#Pañuelazo dentro de las aulas

Los alumnos del Instituto Padre Márquez de Ranelagh, ubicado en Berazategui,  protestaron contra los carteles «provida» pegados en las paredes del colegio.

El lunes 26 de marzo, los alumnos del Instituto Padre Márquez de Ranelagh se encontraron con carteles que espetaban “Toda vida vale” desplegados en las paredes del gimnasio del colegio. Al cabo de una serie de averiguaciones, los alumnos de sexto año comprendieron que los directivos les habían pedido a los chicos de cuarto que los pegasen, quienes creían estar pegando carteles por el Día de la Memoria.

Luego de que los alumnos de sexto hablaran con los de cuarto y ellos comprendieran lo que les habían hecho hacer, los más chicos se negaron a seguir empapelando el colegio con mensajes en contra de la despenalización del aborto. El director de la institución continuó pegando los carteles al toparse con la negativa de los alumnos.

“Nos indignó ver los carteles porque en el colegio nos dijeron muchas veces que estaban orgullosos de que podamos expresarnos libremente y mostrar nuestros pensamientos. Ver eso no nos gustó, porque ninguno se sentía identificado”, nos comenta una de las chicas que fue partícipe.

Ante esta situación, dos alumnas de sexto año decidieron organizar una manifestación pacífica dentro del colegio el día miércoles 28 de marzo.

Los alumnos que quisieran portarían un distintivo con el característico color verde de la campaña de la legalización del aborto durante el primer recreo, para así mostrar su disconformidad con los carteles “provida” y para visibilizar el hecho de que no eran unos pocos los que pensaban así, sino que eran mayoría y estaban juntos.

“Me encargue de leer el reglamento del colegio para ver qué cosas podíamos hacer y qué cosas no, para que no nos amonestaran. La idea era mandar un mensaje de que estábamos en desacuerdo con los carteles y también apoyarnos entre nosotros para poder decir no a esas bajadas de línea sin sentir miedo a que nos retaran”, dice una de las líderes de la manifestación.

La movida se viralizó a través de Twitter, luego de que una exalumna de la institución publicara una foto.

“Se hizo correr la voz entre tercero, cuarto, quinto y sexto, ya que los de primero y segundo son más chicos. Como es probable que no sepan del tema, no queríamos hacerlos participar de algo que no entendían, porque además los directivos podían pensar que los estábamos presionando”, dijo Lucía Sastre, alumna que fue partícipe de la manifestación.

Los directivos se enteraron de la organización de esta protesta y el día martes pasaron por los distintos cursos a explicar que el pegado de carteles era una orden que bajaba del Obispado, y que, más allá de eso, autorizaban la manifestación del día siguiente. Incluso ofrecieron, a partir del mes de abril, abrir un espacio de debate para todos aquellos que quisieran hablar sobre el tema aborto.

“Eso es algo que nos molestó que no se haya dicho [en otros medios], porque a pesar de los carteles, los directivos aceptaron que nos hayamos negado a pegarlos y nos brindaron un espacio. Y eso es un logro siendo un colegio religioso”, nos cuenta Lucía.

Una vez más, las nuevas generaciones nos demuestran que hay que luchar todos juntos, ya que nunca nadie logró nada quedándose de brazos cruzados.


 

#Ficciones Poné la pava que ya llego

“Poné la pava que ya llego”.

Envió el mensaje y salió de la facultad apurada. Era viernes por la tarde y el cansancio de la semana desbordaba por sus ojeras profundas y su caminar pesado.

Tomó las calles habituales, cruzando de vereda en los sitios de siempre, tardando lo mismo que todos los días. Las casas de Buenos Aires lucían más viejas y descuidadas que de costumbre entre tanto edificio nuevo, y poca gente caminaba por la Capital Federal para ser hora pico del último día de la semana. Más allá de eso y de sentirse más observada que lo usual, el mundo seguía girando y la vida seguía siendo la misma.

Entró en una panadería del barrio y compró las medialunas que le gustaban a su mamá; seguramente estaba preparando el mate. Su estómago comenzó a rugir y se percató de que hacía horas no comía nada. Otra razón para querer llegar rápido a casa.

Apuró el paso y al cabo de una cuadra notó cierta incomodidad. Volteó. Nada. El peso de la mochila se estaba haciendo sentir sobre sus hombros, pero no era esa la verdadera molestia. Estaba acostumbrada a sentirse desprotegida al caminar por la calle, aunque esa vez la sensación era un tanto más oscura. Era una sombra, un manto invisible, un campo de fuerza sobre ella. Pero no había nada. Absolutamente nada. Algo extrañada, aumentó un poco más la velocidad.

Caminó otra cuadra. Volteó. La molestia persistía. Se sentía observada. Pero no había nada. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza; se movía casi tan rápido como lo hacían sus cortas piernas de adolescente diminuta.

Otra cuadra. Volvió a voltear. Nada. Entre el cansancio y esa incipiente desesperación que, en sus adentros, intentaba disuadir, comenzó a dificultársele la respiración. Sin dejar de caminar, un cosquilleo la recorrió completa. Volteó, pero otra vez se encontró con la nada misma. ¿Se estaba volviendo loca? ¿Estaba delirando? Su caminar acelerado se transformo en trote, y luego el trote en corrida. Por inercia, comenzó a tomar aire a bocanadas, en un intento por que el corazón no se le saliera por la boca, sin sentir  nada más que pavor.

Mientras corría volteó una vez más. Nada. Sus piernas se movían con desesperación, el corazón se le iba a salir del pecho. La mochila saltaba sobre su espalda alborotada. Cada vez que volteaba no había nadie detrás, pero estaba ahí, lo sentía. El cosquilleo en el cuerpo, la falta de aire, esa sensación que no llega a ser miedo pero que se le parece bastante cuando creés que tenés a alguien detrás, cuando caminás sola por la calle, cuando sabés que ese segundo de existencia es potencialmente el último.

Corrió y volteó, corrió y volteó, corrió y volteó. Lo hizo hasta que perdió la cuenta de las cuadras y sus piernas no pudieron moverse más. Paró en seco en una esquina, para absorver con voracidad todo el aire que sus pulmones desinflados podían almacenar, tanteándose el pecho con ambas manos para asegurarse de que el corazón no se le saliera de lugar. Volteó otra vez; pero tampoco ahora había nadie. Quizá, después de todo, sí estaba delirando; cabía la posibilidad de que estuviera volviéndose loca.

Respiró profundo y al cabo de unos instantes logró recuperarse. Reiteró en su cabeza que todo estaba bien; y lo repitió tantas veces que comenzó a creerlo. Acomodó su mochila, estiró su ropa alborotada, arregló su cabello, tomó la bolsa con el paquete de medialunas con determinación.

Fue justo cuando estaba por reanudar la macha que, con un manotazo, ahogaron el grito desesperado que durante tantas cuadras había intentado callar.

Mientras tanto, en una casa de un barrio del conurbano bonaerense, una madre esperaba sentada en la cocina de su casa y miraba con impaciencia su teléfono celular. El televisor, prendido para hacer compañía, esbozaba a lo lejos exorbitantes cifras sobre femicidios en la república Argentina.

La mujer miró su reloj pulsera mientras se refregaba ansiosamente las manos. Tomó su teléfono y marcó un número. Esperó unos segundos; nada. Se levantó de la silla y asomó su cabeza por la ventana, como si no lo hubiera hecho ya varias veces, como si esa vez el paisaje fuera a cambiar. Ya estaba anocheciendo. Su corazón latía cada vez más rápido, sentía que se le iba a salir del pecho. Volvió a mirar su reloj y vaciló por unos momentos mientras miraba, sin ver, hacia algún punto incierto en el espacio. Finalmente tomó su abrigo a las apuradas y salió de su casa.

La pava quedó chillando sobre el fuego. Los mates nunca fueron tomados. La casa quedó oscura y vacía. Una mochila fue encontrada en una esquina; a su lado, yacía una bolsa con un paquete de medialunas.

Una madre inició una búsqueda desesperada.

Y su hija no volvió más.

Un día te hiciste feminista

Un día te soltás el pelo y decidís que querés tenerlo corto. Pero te dicen que en las chicas queda más lindo el pelo largo.

Un día te sentís más cómoda con tu cuerpo de lo normal y te ponés un escote prominente. Pero te dicen que las chicas «bien» se visten recatadas.

Un día decidís maquillarte. Pero te dicen que una mujer es más linda al natural.

Un día decidís no maquillarte. Pero te dicen que una mujer es más linda cuando se arregla.

Un día te querés hacer un tatuaje. Pero te dicen que las mujeres tatuadas son feas.

Un día decidís teñirte el pelo de colores. Pero te dicen que teñirse así es de mal gusto.

Un día decidís dejar de esconder la panza, las estrías y la celulitis. Pero te dicen que esas son imperfecciones, no la naturaleza humana.

Un día decidís aprender a manejar. Pero te dicen que si sos mujer tu lugar es la cocina.

Un día decidís ser una mujer exitosa. Pero te dicen que el éxito es un lugar exclusivo de los hombres.

Un día decidís que te gustan las chicas. Pero te dicen que ser lesbiana es una etapa.

Un día decidís que te gustan las chicas, aunque también te gustan los chicos. Pero te dicen que eso no es bisexualidad, sino que eso es ser heteroflexible.

Un día decidís que te identificás como hombre. Pero te dicen que no lo sos porque no tenés pene.

Un día decidís que te identificás como mujer. Pero te dicen que no lo sos porque tenés pene.

Un día decidís que no querés ser madre. Pero te dicen que no vas a realizarte como mujer hasta no tener un hijo.

Un día decidís abortar. Pero te dicen que sos una asesina.

Un día decidís contar que se sobrepasaron con vos. Pero te dicen que sos una exagerada.

Un día decidís pedir ayuda porque tu pareja te golpea. Pero te dicen que algo habrás hecho para que te peguen.

Hasta que un día decidís hacerte feminista. Y te dicen que vos podés; que siempre vas a poder.

Un día te hiciste feminista, y te encontraste con vos.

Porque de eso se trata: de encontrarse a una misma, empoderarse, querer bajar al patriarcado. Y dejarse florecer.

 

 

 

Fuente imagen: salon.com

Carta a los Estudiantes

Estimados estudiantes:

Vivimos un contexto en el que los chicos dicen BASTA y toman las riendas de su futuro. Riendas que cayeron en manos de gente que alardea pelear por la educación y, sin embargo, quiere recortar horas de clase para trabajo no remunerado que vulnera no sólo la situación del alumnado, sino también de los docentes y de todos los jóvenes universitarios que estamos en busca de empleo.

Quizás nunca pensamos que sucedería, pero estamos en un momento histórico en el que son los pibes los que les enseñan a los adultos. Les enseñan a luchar, a defender sus derechos, a hacerse valer. Les enseñan que son chicos, sí, pero no son juguetes, no son mano de obra esclava de las empresas, no son títeres del gobierno, ni de este, ni de ningún otro.

Son chicos que quieren aprender a abrir la cabeza, para en un futuro no ser como esos adultos que hoy les niegan la posibilidad de formarse y, sobre todo, de elegir. Les están mostrando que son chicos pero que, en realidad, son enormes.

Y no sé si ustedes son conscientes de cuán grandes son.

Por eso, hoy les digo que no aflojen. Que estudiar no es solo hacer cuentas, escribir informes, aprobar exámenes; estudiar es abrir la cabeza, es aprender a luchar, es sentir empatía. Es salir a la calle y gritar por el que no pueden hacerlo, es exigir respuestas.

Estudiar y aprender. Lograr el pensamiento crítico, cuestionar el orden establecido, cuestionar lo que viene de arriba y plantearse un futuro mejor en el que el valor de una persona no se mida en su coeficiente intelectual o en el rango de su trabajo.

Les digo que estoy orgullosa de ustedes. Que los admiro por hacer algo que yo nunca hice, que estoy embelesada con la fuerza de sus convicciones, que es hermoso verlos no pisando o parados detrás de sus banderas, sino portándolas con determinación.

No bajen los brazos por un grupo de adultos a los que en su adolescencia les negaron la réplica y por eso ahora los quieren también a ustedes sumisos. Enséñenles lo que es la libertad, lo que es pelear por sus derechos, y muéstrenles lo que es ser verdaderamente grandes. Tomen el colegio y hagan historia. Resistan, y no den el brazo a torcer.

Hoy todos los pibes de todos los colegios y de todas las universidades de la provincia, del país, del continente y del mundo estamos sentados ahí, en la toma, con ustedes. Porque en la lucha de unos, está el grito de todos. Las palabras de unos pocos, reflejan la voz de una multitud. Porque, hoy más que nunca, tenemos que mostrarles que los lápices siguen escribiendo. Y que otras manos levantarán los lápices.

Por los alumnos de ayer, hoy y siempre.

Feliz día del Estudiante. Así, con E mayúscula.

 

 

#Imaginario Anahí: a un mes del hallazgo de su cuerpo

El pasado 5 de septiembre se cumplió un mes del hallazgo del cuerpo de Anahí Benítez.

No conocí a Anahí. No fui su amiga. Tampoco su compañera de escuela. Pero si lo hubiera sido, le habría dicho algo como esto:

“Me senté en el lugar de siempre y vi tu silla vacía. Esa silla en la que te sentabas y luchabas día a día. Contra compañeros, contra profesores, contra el patriarcado, contra el mundo. Ese espacio que era (es) el centro de comando del mundo más justo que peleabas por crear, ese banco en el que te indignabas cuando una más desaparecía, y también en el que llorabas cuando te enterabas que nunca más iba a aparecer.

Tu silla estaba vacía y el lugar estaba más frío que de costumbre; supongo que el fuego en tu pecho y el fervor con el que llevabas adelante tu lucha eran los que calentaban la habitación. Pero cómo explicarle a aquel que está vacío de convicciones lo mucho que quema un ideal cuando la situación es apremiante, cómo explicar el calor que emana de un movimiento cuando la situación es urgente.

Sólo tu silla estaba vacía, pero la habitación se sentía completamente desierta. Porque cuando vos hablabas tu voz se multiplicaba, porque tu mensaje era la voz de todas, porque en ella incluso se escuchaban las que ya no están. Hablaba una, pero se escuchaban miles.

Tu silla estaba vacía, pero a la vez estaba llena de ausencia, llena de preguntas, de cómos y de por qués. Y en ese vacío avasallante, en esa ausencia silenciosa, la falta era tan desgarradora que tu silla vacía me repetía con voz enojada, triste, aterrorizada y temblorosa, como si hubiera sido ayer (si es que no fue ayer): “Si un día no vuelvo, hacé mierda todo”.

Me reí cuando me lo dijiste. Una nunca piensa que esas promesas van a tener que cumplirse.

Pero ahora siento el nudo en la garganta. Ahora desde mi silla me indigno cuando una desaparece, y lloro cuando me entero que no va a aparecer nunca más. Ahora me siento en mi silla y lucho contra compañeros, contra profesores, contra el patriarcado, contra el mundo. Porque ahora siento el fuego de las convicciones en el pecho. Porque por fin entendí que la situación es urgente. Porque ahora comprendo que es posible no volver, y tengo la certeza de que casi siempre una se va (se la llevan) para no volver.

Y vos no volviste, compañera.

Y como te lo prometí.

Desde mi silla.

Con tu silla vacía al lado.

Voy a hacer mierda todo”.

Pero aunque no haya sido su amiga ni su compañera de escuela, de alguna manera fuimos, somos, seremos, compañeras de lucha.

Según dicen sus amigas, Anahí era arte. Y el arte nunca muere.

Anahí vive en todas nosotras, las que seguimos resistiendo.

 

¿Dónde está Santiago Maldonado?

Santiago es un nombre común. Bastante común, diría yo. Se podría decir que es una gota más dentro de un vaso de agua. Pero ese vaso rebalsó y una gota se cayó. La cayeron. Un Santiago desapareció de entre todos los Santiagos que andan sueltos, libres por el mundo. Y ese Santiago es Santiago Maldonado.

Santiago Maldonado nos toca de cerca porque es un pibe que hace lo que le apasiona, que vive donde le gusta; un artesano al que le podría haber comprado algo este verano cuando estuve en El Bolsón. Un muchacho que lucha por sus convicciones, que protesta cuando lo cree justo aunque la causa no lo toque de cerca, como lo harías vos, como lo haría yo. Santiago nos toca de cerca porque es una persona desaparecida en democracia. Y Santiago nos pega fuerte porque en un país con una historia de terror como la nuestra, hace ya mucho tiempo decidimos alzar nuestras voces para decir NUNCA MÁS.

Por eso quizás es que da un poco de miedo cómo muchos se niegan a buscarlo o desvalorizan su búsqueda, cómo ignoran los hechos. Una desaparición en democracia es política por definición, pero no hay banderas ni partidos cuando se trata de la presencia y de la vida de una persona.

No hay adoctrinamiento, lo que hay es desinformación. No hay docente que baja línea, hay docente que enseña, y chicos que aprenden. Aprenden a escuchar, a informarse, a luchar, y, sobre todo, a tener memoria. Porque un pueblo sin memoria es un pueblo vulnerable, y un pueblo con treinta mil desaparecidos en un pasado siniestro tan cercano no puede ni debe permitirse olvidar.

Santiago Maldonado no está en su casa. No está en su ciudad. No está en un pueblo cercano. No está con su familia. No está con sus amigos. No está con los mapuches. No está luchando.

Santiago Maldonado, más que una gota que se cayó del vaso, parece una gota que se evaporó. Y nos negamos a creer que simplemente fue el destino el que le quitó a Santiago el futuro, borró su pasado y desintegró su presente.

Santiago Maldonado. Repetimos su nombre para evitar sentir que no está. Porque así evitamos que a su desaparición física y a su ausencia en los medios las siga su desaparición del inconsciente colectivo. Marchamos para exigir su aparición con vida. Gritamos para saber su paradero.

El pueblo exige respuestas, el pueblo ya no se queda callado. El pueblo quiere saber dónde está Santiago Maldonado.

 

Fuente imagen: La Nación