Catamarca también grita ¡La megaminería no tiene licencia social!

Catamarca sabe muy bien de qué se trata la megaminería. Fue allá por 1997, hace 24 años, cuando inició su actividad extractiva la Minera Alumbrera en el Proyecto Bajo La Alumbrera. Tres años antes, el entonces presidente Carlos Menem había protagonizado un acto por el lanzamiento de las obras donde celebraba: «Esta es la Argentina que necesitamos: que se abre al mundo, que recibe inversiones, que promete un futuro». Las promesas de trabajo, protección del ambiente y desarrollo local nunca se cumplieron.

Les vecines de Andalgalá son quienes reconocen en sus cuerpos y sus vidas las marcas que deja un Estado que protege este tipo de proyectos: la escasez y contaminación del agua, el empobrecimiento, el amedrentamiento policial y la criminalización de una lucha que protege el agua y la vida. Aun así nunca descansaron de la defensa de los bienes comunes, el agua, las montañas, el aire, la flora, la fauna y todas las comunidades que viven en los alrededores.

Desde hace 11 años, todos los sábados marchan de forma pacífica por las calles de Andalgalá para exigir el cuidado de la vida y denunciar las prácticas extractivas de las mineras y del Estado. Particularmente en los últimos años, la lucha se focalizó en el Proyecto Agua Rica de la multinacional canadiense Yamana Gold –proyecto hoy llamado MARA luego de su integración con la planta e infraestructura de la Minera Alumbrera–, que asegura una explotación de dimensiones aun mayores que La Alumbrera, más cercana a las comunidades (a solo 17 km de Andalgalá) y en la zona donde nace el río Minas, afluente del río Andalgalá, fuente de agua principal para les vecines de la región.

Fotografía de Marianela Gamboa (@laflornacer).

La semana pasada, luego de que durante la caminata 584 del sábado 10 de abril la policía liberara la zona y varies infiltrades incendiaran las oficinas de Agua Rica y el local del Frente para la Victoria, la fiscal Soledad Rodríguez y el juez Rodolfo Cecenarro ordenaron un operativo de allanamiento de viviendas y detención de varies vecines que estuvieron presentes el sábado. Se trata de algunes que son históriques activistas socioambientales de la zona. Decenas de policías ingresaron por la fuerza a los domicilios, rompieron las puertas, se llevaron detenides a les vecines, les dejaron incomunicades por más 24 horas y no permitieron a les abogades el acceso a los expedientes. Esta escena se repitió el lunes y el miércoles, y dejó un total de 11 personas detenidas hasta el día de hoy.

Entrar en contacto con los testimonios de les vecines y asambleístas permite conectar con una defensa y cuidado de la trama de la vida que no debería tener límites geográficos. La sensibilidad, el compromiso y la resistencia de les ciudadanes de Andalgalá son faros en una época de tanta oscuridad, enfermedad y muerte. Porque es necesario decirlo: los extractivismos, todos ellos (la megaminería, el fracking, la extracción intensiva de hidrocarburos, el agronegocio, la contaminación industrial, la explotación de los mares y los megaproyectos de urbanización), no prometen futuro sino que son fuente de daños irreparables y ponen en serio riesgo de extinción a la vida -humana y no humana- y a todo lo que la sostiene.

Fotografía de Marianela Gamboa (@laflornacer).

A continuación, compartimos el testimonio del sábado 17 de abril, previo a la caminata 585, de Marianela Gamboa, integrante de Feministas Antiextractivistas del Sur y Asamblea el Valle en Movimiento-PUCARÁ, quien, desde el inicio de la «cacería» de vecines y asambleístas, está presente en Andalgalá acompañando con el cuerpo y el corazón a una comunidad criminalizada y en un clima de creciente tensión y hostilidad.


«La sensación de despertar hoy, sábado 17 de abril de 2021, en Andalgalá es la de amanecer palpitando la caminata 585, que no es una caminata más. Es la caminata después de una cacería política-policial desatada brutalmente por el gobierno catamarqueño a les asambleístas y vecines de Andalgalá que se oponen al proyecto de muerte MARA.

La caminata 584 realizada el sábado 10 de abril -días después de que la Asamblea El Algarrobo denunciara que las máquinas perforadoras estaban subiendo al cerro Aconquija de forma ilegal, a espaldas del pueblo y custodiadas por gendarmería-, trascendió las fronteras cuando las imágenes de las oficinas de Agua Rica ardiendo en llamas se viralizaron. Ese día, las calles de Andalgalá estaban llenas de asambleístas pero también de vecinos y vecinas que, cuando sienten el avance de las maquinas, salen a decirle a las mineras que ¡¡NO TIENEN LICENCIA SOCIAL!! Como dicen les compañeres:La subida de las maquinas de forma clandestina al cerro, es la chispa que prendió el fuego”.

Cerro Aconquija
Fotografía de Marianela Gamboa (@laflornacer).

Mi llegada a Andalgalá el día jueves 15 implicó vivenciar no solo el clima de tensión social y de bronca colectiva, sino también de desconfianzas infundidas y temor al constante hostigamiento policial que continúa en curso.

Aun así, el impacto más fuerte y lo que más moviliza es el amor colectivo, el abrazo compañero de les asambleístas y, principalmente, de las mujeres del silencio que cada día continúan con las sentadas pacíficas frente a fiscalía y el acompañamiento frente a la comisaría, que les da fuerza a quienes están privades de su libertad, encerrades en la comisaría. Los ruidos de cacerolas y bocinas se hacen sentir a las 21 hs ya que las disposiciones del COE encierran a las 20 hs a la población en sus casas.

El calor de estar sintiendo dolor por quienes están privades de su libertad no se deja de hacer sentir en ningún momento. Al día de hoy en Andalgalá contabilizamos un total de 11 preses polítiques que expresa la clara intención de arrestar al árbol. Pero como lo colectivo no puede ser detenido, no se lo puede llevar a prisión, eligieron a quiénes arrestar pensando así inmovilizar la lucha. Como dijo Rosita, lo agarraron al Aldo que es un símbolo y quisieron cortar los brotes del algarrobo.

(…)Tanto en Andalgalá como en cientos de puntos del país, miles de pies caminarán abrazando el Aconquija y cada lucha territorial que resiste al extractivismo en sus múltiples expresiones.

POR LA LIBERTAD DE LES VECINES DETENIDES. POR LA LUCHA DE ANDALGALÁ. ¡¡¡LIBEREN AL CERRO!!!».


«Detuvieron a una de las cabezas y podaron los brotes, quieren hachar el árbol pero ¡las raíces son más fuertes!».

Rosa Farías.
Aldo Flores en prisión domiciliaria.
Fotografía de Marianela Gamboa @laflornacer

Desde Escritura Feminista alzamos la voz junto a Marianela, las asambleas socioambientales, las organizaciones feministas y los organismos de derechos humanos que denuncian la judicialización de la protesta, exigen la inmediata liberación de les detenides, revelan conflicto de intereses de la fiscal y el juez (quienes han trabajado para empresas mineras), repudian la represión y recuerdan que la minería en Catamarca no tiene licencia social.


¿Sexta extinción masiva? Informe Planeta Vivo 2020

En los últimos 50 años, enormes cantidades de especies animales y vegetales han desaparecido. Territorios de grandes dimensiones han sido alterados y contaminados. La salud del planeta está en riesgo y también la nuestra como parte de este. Una sexta extinción masiva solo podrá ser contenida si transformamos las bases mismas del sistema en que vivimos: sobreexplotación e inequidad.

INFORME PLANETA VIVO 2020

«La naturaleza, nuestro sistema de soporte vital, está disminuyendo a un ritmo asombroso». Esta afirmación resume las principales conclusiones del Informe Planeta Vivo 2020[1] que el Fondo Mundial para la Naturaleza (más conocido como WWF, World Wildlife Fund) publicó hace pocas semanas.

El Informe Planeta Vivo cumple este año su 50 aniversario. Desde 1970, el WWF hace un seguimiento de casi 21.000 poblaciones de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios en todo el planeta. Los informes, que son bianuales, reflexionan a partir del Índice Planeta Vivo (IPV), indicador que recoge las tendencias poblacionales de las especies para calcular sus cambios porcentuales medios en términos de abundancia. Además, abordan las transformaciones en la biodiversidad del suelo y de la vegetación. Estos datos permiten revelar la salud general de los ecosistemas.

Los números que presenta el Informe 2020 no son nada alentadores:

  • El IPV Global 2020 detecta una disminución media del 68% de las poblaciones estudiadas de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces. El resultado más impactante es la reducción del 94% en América Latina y América Central.
  • Las poblaciones evaluadas por el IPV de Agua Dulce (que representan a 944 especies de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces) han disminuido una media de 84%, equivalente al 4% anual desde 1970.
  • Hasta un 75% de la superficie terrestre no cubierta de hielo ya ha sido significativamente alterada, la mayoría de los mares están muy contaminados y se ha perdido más del 85% de los humedales.
  • El riesgo de extinción de las especies vegetales es comparable al de los mamíferos y más alto que el de las aves. El número de plantas extintas documentadas es el doble que el de mamíferos, aves y anfibios juntos. La biodiversidad vegetal global muestra que una de cada cinco especies (22%) está amenazada de extinción, en su mayoría en zonas tropicales.

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Los datos son alarmantes y desgarradores. La salud de los ecosistemas es esencial e indisociable de la salud de la humanidad. El Informe da cuenta de que, a este ritmo, la posibilidad de que la vida en este planeta sea inviable está demasiado cerca. La sexta extinción masiva ya está sucediendo.

Sin embargo, así plasmados, los datos parecen aislados de nuestra vida cotidiana, de nuestras sociedades, nuestras economías y nuestras políticas y nada es mas erróneo que esa percepción. En los últimos 50 años —los mismos que acaba de cumplir el Informe Planeta Vivo—, las transformaciones en la humanidad han sido gigantescas y es imposible disociarlas de las que acontecieron en la biodiversidad planetaria.

Desde 1970 a la fecha, la población mundial se ha duplicado y superó los 7.000 millones, el capitalismo globalizado ha recrudecido su afán de acumulación de poder y capital, las naciones y los gobiernos han quedado sujetos a las voluntades privadas del mercado, los sistemas de producción han crecido exponencialmente en tamaño y tecnología, la cultura del consumo y el descarte ha alcanzado dimensiones nunca antes vistas.

Todos estos cambios, impulsados principalmente por un modelo civilizatorio que colonizó cada fragmento de la humanidad, se dieron a costa de los ecosistemas: sobreexplotación de recursos naturales, extracción de hidrocarburos de formas no tradicionales, expansión de las fronteras productivas y agrícolas, deforestación, industrialización del sistema alimentario, uso masivo de agrotóxicos, emisión desmedida de gases de efecto invernadero, sobrepesca, alteración de los suelos, contaminación de las aguas y el aire a través de los desechos y la basura. El lazo que liga nuestra interdependencia y responsabilidad para con todo lo otro que existe en el planeta se rompió.

PRIMERA ANIQUILACIóN MASIVA

En esta línea, muchos especialistas han preferido nombrar a este proceso de extinción global como la era de aniquilación biológica. Con ello buscan destacar el papel principal que el accionar humano tiene en esta destrucción. Así, en vez de hablar de una sexta extinción masiva, hablaríamos de la primera aniquilación biológica: la primera extinción a cargo de una sola especie, la humanidad. Los conceptos de antropoceno y terricidio sustentan y enriquecen esta perspectiva.

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¿Es posible poner freno a este proceso? ¿Podemos reconciliarnos con el planeta del que somos parte? ¿Es plausible una restauración de lo dañado? El Informe Planeta Vivo 2020 abre una ventana en este sentido e invita a «revertir la curva». Para ello propone dos ejes en los que deberemos enfocarnos si queremos realinearnos con todo lo que vive y con nosotres mismes. Por un lado, destaca la importancia del incremento en el esfuerzo de la conservación de los ecosistemas y su biodiversidad. Por el otro, pone el foco en lo necesario de la reestructuración de nuestro sistema alimentario, tanto en sus modos de producción como en su consumo.

Me gustaría, además, proponer un tercer eje. Sostengo que es indispensable quebrar la complicidad y subordinación de nuestras instituciones gubernamentales y del conocimiento —ciencias y universidades—. La inequidad y la dominación son las bases constitutivas de la aniquilación biológica a la que nos enfrentamos. La devastación de los ecosistemas se corresponde con la opresión y el exterminio de culturas y saberes. No es casual que el Índice Planeta Vivo difiera tanto entre Norte —33% en América del Norte— y Sur —94% en América Latina y el Caribe—. Esa desigualdad fue planificada y su punta de lanza es la distribución internacional del trabajo.

Los países del norte —los países «desarrollados»— conminaron a los países del sur —«subdesarrollados»— a ocupar el rol de exportadores de materias primas, de sus recursos naturales. Así, a fuerza de desequilibrios económicos e inestabilidades sociales provocadas, los países del sur quedaron fragilizados en sus instituciones y dependientes en sus economías de divisas internacionales. La sobreexplotación de sus recursos naturales —y también humanos— se presenta como la única alternativa. De esta manera, gobiernos e instituciones del saber quedaron maniatados a las prescripciones de quienes detentan el poder y el capital. Pero nada es tan simple. Hoy, en la mayoría de los casos, la subordinación se volvió complicidad, las voluntades ajenas se hicieron propias y, así también, sus consecuencias.

Como ciudadanes planetaries es preciso que transformemos nuestros hábitos, cuestionemos nuestros consumos, restauremos nuestros vínculos y exijamos responsabilidad a quienes dicen representarnos. El desequilibrio ecológico y la inequidad social que desnudó y agudizó la crisis de la COVID-19 son una alarma para nuestras conciencias dormidas. El Informe Planeta Vivo 2020 es una muestra más de nuestra ecodependencia que hoy, más que nunca, debemos abrazar y cuidar.


[1] Se puede descargar un resumen aquí.


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#CicloCrisis: Aventurarnos a un «buen vivir», paso cuatro

Parte de la comunidad científica ha nombrado a la época geológica actual como el «antropoceno». A pesar del debate que persiste sobre su fecha de inicio, todes coinciden en lo necesario de subrayar el rol decisivo que tienen las actividades humanas en los cambios que se vienen sucediendo en los ecosistemas terrestres. En el acto de dar nombre a las enormes transformaciones en el planeta y, sobre todo, a la incidencia que la humanidad tiene en ellas, se da voz a un acontecimiento que constantemente se intenta invisibilizar o negar. La crisis ecológica y climática no es una crisis de «la naturaleza», sino que es el resultado de décadas de pensar a la naturaleza como un objeto a ser explotado y utilizado para nuestra necesidad y bienestar.

La comunidad mapuche del sur de Latinoamérica ha decidido darle otro nombre: elles lo llaman terricidio. El terricidio, además de referir la causa de esta crisis a las acciones humanas, abre otras aristas y complejiza el pensamiento. El terricidio nombra qué parte de la humanidad es la que ha levantado la bandera del «progreso» a costa de todo lo que vive: son «los Estados-Nación y la corporocracia»[1]. Así, el pueblo mapuche señala que no todes llevamos adelante las mismas acciones, ni vivimos las mismas vidas. Pero, sobre todo, el concepto de terricidio hace especial hincapié en evidenciar que las pérdidas van mucho más allá de la destrucción de los ecosistemas. La comunidad mapuche, con el terricidio, denuncia el exterminio de su vínculo con la naturaleza, con la vida y con lo sagrado.

La aniquilación y el menosprecio de nuestra interconexión y codependencia con todo lo no-humano y con todes les otres humanes son la alteración más dañina del modelo civilizatorio en el que vive la mayor parte de la población humana. Ahí está la gran crisis: una crisis civilizatoria. Alienados de nuestros lazos con todo lo que existe, los impactos sobre los territorios y los cuerpos no pueden ser menos que la devastación. Han sido amputadas nuestras subjetividades, cercenado nuestro entendimiento y mutiladas nuestra emociones. Es así como el modelo hegemónico logra que seamos parte de actos de dominio, explotación y opresión que de ninguna manera elegiríamos voluntariamente, pero lo hacemos. Y, hoy, nos hace ser cómplices de un colapso social y ecológico sin precedentes que ya no tiene freno.

Lo cierto es que no sabemos cómo cambiar este sistema. La sensación más inmediata es que no hay alternativas, que no tenemos suficiente poder y caemos en la resignación. Sucede que, a esta altura, la resignación es sinónimo de negación. No podemos quedarnos inmovilizades y seguir haciendo las cosas tal como las veníamos haciendo, a menos que queramos favorecer una extinción masiva. Tampoco podemos creer que estamos a tiempo de evitar los impactos del desequilibrio que hemos causado. El optimismo, hoy, también es negación. Lo que necesitamos es reconocer que se vienen tiempos difíciles e inciertos.

Es momento de dar un paso atrás, tomarnos un tiempo y abrir preguntas: ¿cómo vamos a afrontar y adaptarnos a lo que se viene? ¿Cómo vamos a transicionar hacia civilizaciones alineadas a formas de vida sostenibles —para todes y todo—? No hay respuestas simples ni lineales. La incertidumbre y la complejidad serán nuestras compañeras en todo este viaje.

Desde distintas disciplinas, luchas sociales y culturas no hegemónicas, brotan bosquejos y cadenas de pensamientos que pueden ayudarnos en el trazado de un mapa para la transformación. La interseccionalidad de opresiones que atraviesan a cada cuerpo y territorio da cuenta de lo fundamental que resulta integrar múltiples saberes y experiencias para su abordaje y desmonte. Sin pretender que sea exhaustivo, comparto algunas perspectivas y lineamientos que considero esenciales en la tarea de abrir y cincelar nuestras mentes y corazones.

Desde los feminismos y, sobre todo, desde la economía feminista y los feminismos populares del sur global emerge el paradigma de cuidados. Este paradigma reivindica la necesidad de poner el foco en la sostenibilidad de la vida, asunto nunca tenido en cuenta por la economía como disciplina. Esto precisa tener en cuenta los ciclos de la vida, sus necesidades y, sobre todo, sus límites. Las tareas de cuidado han sido históricamente feminizadas, invisibilizadas y acotadas a las tareas del hogar. Las actividades «productivas», por lo general ligadas a la maximización de la renta, la acumulación y la externalización de los costos, fueron las reconocidas e impulsadas por el modelo civilizatorio hegemónico. Sin embargo, solo poniendo en primer plano la reproducción de la vida en su integralidad —humana y no humana— será posible acercarnos a la posibilidad de evitar una catástrofe.

El paradigma de cuidados exige reconocer nuestra inter y ecodependencia y, así, dar cuenta de que en esto estamos todes. Es preciso disputarle la centralidad a los valores de individualismo, autonomía, productivismo y capacitismo que este modelo tanto pregona, porque nos están llevando al caos y, también, a la infelicidad. Menospreciar o, peor, negar algo tan básico como la interdependencia y la vulnerabilidad no puede nunca llevar a un buen desenlace. Este modelo no cuida: más bien, daña todo lo que toca y, para peor, se burla del cuidar —salvo que lo transforme en mercancía—. Cuidar nuestros cuerpos, nuestra salud, nuestras emociones, nuestros deseos, nuestros vínculos, nuestras redes, nuestros territorios, nuestra casa (el planeta). Para aclarar, «nuestro» no denota propiedad sino cohabitación.

Los pueblos originarios, les campesines y los movimientos socioambientales de todo el mundo —cada une a su manera y con su historia— vienen viviendo y transmitiendo formas de vida alineadas con nuestros «bienes comunes»: los territorios, las aguas, las montañas, los glaciares, el aire, los bosques, los humedales; todo aquello que conforma nuestra casa y nos permite estar vives. Aquí la disputa es con el antropocentrismo que dicta que «la naturaleza» es un «recurso» para ser utilizado y explotado para nuestro propio beneficio. La humanidad se arroga el dominio de todo lo que la rodea y se aliena en prácticas extractivistas que solo aseguran su propia destrucción.

Es imprescindible buscar alternativas a nuestros sistemas energético y alimentario, principalmente. No podemos seguir consumiendo energía de la forma en que lo hacemos, ni podemos seguir extendiendo la funesta industria alimentaria que hoy desarrollamos. Ambos solo llevan a la muerte de cuerpos, de territorios y de animales no-humanos. Ambos enferman, envenenan, saquean, sacrifican, empobrecen. Ambos dependen de «recursos» que supone ilimitados, cuando en realidad son limitados y con ciclos de renovación específicos o, en muchos casos, no renovables. No cabe duda de que proveernos de energía y alimentarnos es imprescindible; por eso urge repensar esos modelos. Hoy, nuestro consumo energético y nuestra alimentación son actos políticos, no individuales.

El pensamiento decolonial, los activismos queer y por la diversidad sexual, corporal y funcional alzan la voz en el reconocimiento de la otredad. Descolonizar nuestras mentes, romper con los binarismos, desbaratar los modelos (de belleza, de normalidad, de capacidad) hegemónicos y tumbar el etnocentrismo son las banderas. La monocultura y el monocultivo de la mente solos nos llevan a una estrechez cada vez mayor. No es casual la dificultad gigantesca —casi diría, la imposibilidad— que tenemos para pensar alternativas a nuestras formas de vida, aun cuando éstas nos están llevando a nuestra propia extinción. No sabemos, ni debemos, salirnos del molde.

La vida es diversidad y pluralidad. Negarlas en negarnos. Olvidarlas es coartar nuestra capacidad de asombro y curiosidad frente a lo desconocido. Rechazarlas es forzarnos a vivir con miedo y aversión. Mientras más nos alejamos de ellas, menos capacidad tenemos de imaginar y crear lo que sea. Se empobrecen nuestras emociones, nuestras subjetividades, nuestros placeres y todo lo que nos rodea, el mundo en su totalidad.

Hasta aquí, ciertas conceptualizaciones y experiencias que nos orientan e inspiran nuevos horizontes civilizatorios. Pero hay tres actos que son la médula de toda posible transformación y que de ninguna manera podremos evadir: renunciar, restaurar y movilizar. No podemos mantener el nivel de vida que llevamos, urge renunciar al consumo y el descarte desmedido y abandonar el deseo de acumulación y concentración. Necesitamos recuperar y restaurar acciones, emocionalidades, vínculos, saberes, formas de vida, de trabajo y de organización que se funden en la reproducción de la vida, la codependencia y la pluralidad. Es imprescindible que corramos la voz, armemos redes, nos movilicemos y exijamos a quienes tienen el poder frenar este sistema insensato.

No habrá «nueva normalidad» porque lo que nombrábamos como «normal» es lo más alejado a cualquier acto de supervivencia y conservación de la vida. Pero no apostemos a sobrevivir, aventurémonos a un «buen vivir» que, indefectiblemente, es en cohabitación y cooperación con todo lo que existe. No hay otro planeta a donde ir, pero tampoco hace falta llegar al punto de necesitarlo. Sanarnos es sanar nuestros territorios y nuestra casa. Es aquí y ahora, para el allí y el mañana. Permitamos que la crisis nos sacuda, nos despierte y nos dé coraje para transformarnos.


[1] Revista Amazonas

Imagen de portada: Florencia Carella


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#CicloCrisis: Labrar nuestros corazones y almas, paso tres

Las crisis dan cuenta de que lo que era ya no puede ser más. Las crisis quiebran, rompen y empujan a imaginar y crear nuevas maneras. Somos instades a soltar las viejas estructuras para animarnos a dejarnos caer en lo incierto de lo novedoso y distinto. Las crisis dan pánico, incomodidad, inseguridad, tristeza, alivio. No siempre son elegidas ni atravesadas con la convicción de lo imprescindible. Pero siempre son necesarias e ineludibles. El ciclo vital tiene sus crisis, los grupos humanos, las organizaciones, la historia humana; el planeta tiene sus crisis geológicas y geofísicas. Todo lo que vive y se mueve las tiene.

Hoy, una crisis civilizatoria, ecológica y climática perfora y compromete la vida en sus múltiples formas. Aun así, nos resulta engorroso tomar contacto con ella y, fundamentalmente, con lo indispensable que resulta la transformación a la que invita. Podríamos decir que los estados emocionales que activa un estado de crisis semejante no son fáciles de gestionar y por ello tanta dificultad. Sin embargo, sin negar esto primero, me atrevo a decir que hay algo propio de nuestros modos de vida hegemónicos que vuelve inaccesible esta aproximación. Hay dos peculiaridades que se complementan y retroalimentan a la perfección para consolidar este escenario: sabemos poco y nos conmovemos poco.

Por un lado, nos es posible reconocer únicamente parcialidades fragmentadas de la actual crisis. Nos resulta casi imposible valorar el entramado complejo —en el que todo tiene que ver con todo— que la conforma. Por el otro, tenemos bastante dormida nuestra capacidad de estremecernos. Nuestro repertorio de emociones se ha empobrecido y se ha circunscrito a la vida privada individual, lo cual vuelve difícil que seamos impactades por lo que sucede «afuera».

Estos dos atributos son constitutivos del modelo civilizatorio hegemónico, son parte esencial de sus narrativas de invisibilización, externalización, homogeneización (sinónimo aquí de universalización) e individualismo. Para empezar, me centraré en la segunda narrativa —nuestra constreñida emocionalidad—, porque nos permite adentrarnos en otro punto fundamental del modelo.

Entre tantas otras cosas, el modelo nos dicta cómo sentir y cómo gestionar nuestra emocionalidad. En realidad, sería más justo decir que el modelo en el que vivimos nos enseña poco sobre sentir y casi nada sobre nuestra emocionalidad. El abanico heterogéneo y multicolor que conforma la emocionalidad humana ha sido censurado y, en su lugar, se ha instalado un catálogo domeñado, pobre y, sobre todo, generizado. Quienes sienten son ellas. Quienes piensan —el pensamiento y el saber también se han canonizado— son ellos. El mundo se dividió, se delimitó, se marchitó.

La generización de «lo humano» —y lo no humano— es una de las manifestaciones del pensamiento binario que, desde la modernidad, ordena la realidad. El binarismo sistematiza al mundo en dos grandes conjuntos cuyos contenidos y características son exclusivos y mutuamente excluyentes. Todo pasa a definirse no solo por sí mismo, sino por lo que no es (por su par antagónico).

Es indudable que describir el mundo a partir de categorías de polos opuestos resulta en un pensamiento completamente limitado. Pero, desde algunas perspectivas, el pensamiento binario puede ser muy atractivo. En primer lugar, el binarismo simplifica. La realidad se clasifica y caracteriza a partir de un par de listados exhaustivos y completamente discriminados. Cada cosa integra solo uno de ellos. Pero, además, todo lo otro que integra el conjunto al que se pertenece también habla sobre une misme: no es lo mismo formar parte de la serie que integra a «lo civilizado» que aquella que incluye a «lo salvaje».

De esto se desprende el segundo punto que vuelve seductor a este pensamiento. El pensamiento binario está jerarquizado. Ser parte de uno u otro polo determina si se es parte de aquello que tiene estatus y reconocimiento en nuestra sociedad, o de aquello que no lo tiene. Claro que esto también simplifica. Las lógicas de valorización se vuelven fáciles: solo con identificar a qué conjunto forma parte aquello que queremos valorar, podremos enlazarlo con un montón de características que permiten esa valoración. Las lógicas de validación también quedan precisadas ya que lo validado pertenece solo a un conjunto, el superior.

Como última instancia atrayente está el hecho de que el binarismo no es solo una forma del pensamiento humano que ordena, define y simplifica las «cosas» del mundo. La humanidad misma es también fraccionada y repartida en estos dos polos antagónicos. Así se explican el androcentrismo, el etnocentrismo, el racismo, el clasismo, la heteronorma, el colonialismo, el capacitismo, el adultocentrismo.

Resulta evidente que esto resulta muy atractivo, principalmente, para quienes forman parte del conjunto que se ha adjudicado la supremacía: el varón, blanco, cis, heterosexual, profesional, de clase media, de mediana edad, racional, «capacitado», urbano, civilizado, con cultura. Pero, aun así, el pensamiento binario —tal como el modelo civilizatorio en su totalidad— no fue adoptado solo por «ellos», sino que se masivizó —ya sea vía aceptación o imposición—, volviéndose hegemónico y suponiéndose universal.

En este reparto de la realidad, las emociones quedaron en el conjunto subordinado. Su antagonista, como arquetipo de la evolución humana: la razón. Lo femenino, la naturaleza, el cuerpo, lo subjetivo, lo particular, lo privado, lo salvaje, la reproducción; subalternos. Lo masculino, la cultura, la mente, lo objetivo, lo universal, lo público, lo civilizado, la producción; enaltecidos. La limitaciones del binarismo se contagian a todo lo que tocan. Las emociones conciernen a las mujeres y a los cuerpos feminizados, pertenecen al ámbito privado del hogar y a sus vínculos íntimos, enlazan con lo salvaje y la naturaleza.

Para peor, lo limitado del binarismo se intensificó con el pensamiento lineal que instaló como única meta el «ir hacia adelante y por más»: el crecimiento ilimitado y la acumulación desmesurada. Así, lo «civilizado» tomó como punto de referencia una porción de la realidad y convirtió a todo «lo otro» en secundario, en utilitario o en desechable, según de qué se trate.

Y aquí se entrama la otra peculiaridad que señalé al comienzo: el saber poco. La crisis actual tiene su centro exactamente en aquello que este modelo hegemónico considera como «otredad»: el cuidado y la reproducción de los ciclos de la vida que secundariza; los territorios, ecosistemas y «naturaleza» que utiliza; y la diversidad de formas de vida y de relación con el mundo que desecha. Por ello, saber sobre esta crisis nos resulta tan difícil. Porque quienes sí saben sobre el estado de crisis son aquelles que, según este modelo, «no saben». Porque quienes ya viven en carne propia las consecuencias de sostener un modelo que pide a gritos transformarse son los cuerpos descartables y los ecosistemas explotables.

El modelo civilizatorio hegemónico conoce muy bien cómo invisibilizar sus mecanismos y formas de funcionamiento, pero más comprende sobre cómo amputar nuestras subjetividades, cómo cercenar nuestro entendimiento y cómo mutilar nuestras emociones. Sabe cómo suturar nuestra creatividad e imaginación sobre posibilidades de algo distinto. En pocas palabras, domina el arte de cincelar nuestros corazones y almas.

Es nuestra tarea empezar a brindar luz y voz a todo aquello que está silenciado, oculto y amordazado. Necesitamos reencontrarnos y abrirnos a la otredad, a lo diverso, a lo múltiple. El compromiso es con recuperar el cincel y labrar nuestros corazones y almas, para así aventurarnos a que la crisis actual nos atraviese, nos sacuda, nos atemorice, nos emocione. Solo así, sabremos lo necesario y urgente que es una transformación, un proceso de adaptación a lo que está llegando, una nueva manera de vivir(nos).


Imagen de portada: Florencia Carella


#CicloCrisis: Desenterrar lo silenciado, paso dos

Si hay algo que distingue a la humanidad del resto de los seres vivos es su capacidad de hacerse preguntas. Al preguntarse, la humanidad quebró el instinto y la intuición que ligan a cada especie con el lugar que le tocó en el tejido de la vida y, a la vez, abrió el contacto con lo abismal e insondable que las preguntas sobre los sentidos del vivir desnudan. Una de las principales formas simbólicas de zurcir estos agujeros fue la construcción de relatos compartidos y transmitidos. Narrativas que dotaban de sentido a la existencia y a sus procederes. Historias que daban pertenencia frente a la propia pequeñez e insignificancia en el gigantesco universo.

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Los actos humanos de preguntar(se) y responder(se) revelan un rasgo maravilloso: la humanidad en su conjunto, al acceder al lenguaje, fue atravesada por una necesidad esencial de entender y reconocer el sentido de su existencia. Toda comunidad humana se ha preguntado su para qué, pero cada una fue creando sus propias respuestas. Las infinitas respuestas dan cuenta de la pluralidad de humanidades que siempre habitaron el planeta.

Las respuestas, los relatos, crean cultura, erigen saberes, tallan emocionalidades, organizan prácticas, instituyen materialidades y sostienen el mundo. En la humanidad todo es narrativa y, tal como sucede con todo lo que vive, es su heterogeneidad la que asegura la supervivencia. Servirse de la misma narrativa para vivir en comunidades caribeñas que para hacerlo en comunidades del altiplano sería simplemente suicida.

Larga es la historia de imposición de narrativas de algunas comunidades a otras. La evangelización como herramienta de colonización en las Américas es paradigmática. Sin embargo, hoy, el afán de uniformar globalmente los relatos está enfilando a la humanidad hacia un proyecto suicida.

El modelo civilizatorio hegemónico actual apuesta —si es que ya no lo ha logrado— a universalizar las narrativas. Así, se dedica a negar, dominar, eliminar o incluso absorber toda narrativa diversa. Al mismo tiempo, propaga y difunde sus propias narrativas junto a sus propias lógicas de valorización y validación, presentándolas como superiores —por ser racionales o por ser «naturales», según de cuál se trata—. Estas lógicas son las que dan cuenta de cómo valoramos todo lo que nos rodea y nos conforma (por ejemplo, un área de bosques puede ser valorizado como esencial para sostener la vida o como un recurso saqueable), y de cómo validamos esas valorizaciones, es decir, cómo reconocemos cuáles son validas y cuáles no.

El modelo otorga los «mejores» relatos que nos conforman, brinda las respuestas «más racionales» que nos explican y enseña a valorizar y validar los «insuperables» modos de vivir, de ser, de desear y de vincularnos que exalta. De esta manera, nos seduce, nos narra y consigue que nos fiemos de que, tal como vivimos, la vida es buena y sostenible; sobre todo, consigue que obviemos preguntar(nos) si, de hecho, las maneras de vivir que nos propone no nos están llevando al colapso.

La narrativa imperante que da orden y sentido a la vida de gran parte de la humanidad, en particular la urbana, es aquella que ubica como metas del vivir (individual) al bienestar, al confort, a la autonomía y a la productividad. El acceso a un buen nivel de vida —fundamentalmente material y de magnitudes nunca antes vistas en la historia humana— se ha masificado; no solo la posibilidad de acceder, sino la atracción que genera. Todo, gracias a los bajos precios de los productos de consumo —efecto de la externalización de los costos sociales y ecológicos reales de su producción—, a la enorme oferta de créditos y préstamos que, a fin de cuentas nos dejan completamente sometides al sistema, y a una inmensa maquinaria publicitaria y de comunicación que promete experiencias de pertenencia, deseabilidad y placer.

La cultura del consumo y el descarte es lo que da forma a nuestros anhelos de felicidad y alto rendimiento y permite que la rueda siga girando: más quiero, más trabajo (con la autoexplotación que supone), más descarto. La mercantilización de la vida —incluso de formas de vida que pueden parecer subversivas— es lo que el modelo civilizatorio necesita (y consigue) a fin de que la acumulación y la concentración de poder en todos sus formatos sea posible. La rueda sigue girando.

Puede que aun suene exagerada la idea del colapso inminente y que aun resulte difícil comprender el estado de crisis civilizatoria. Nada de esto es casual. Es esa la gran artimaña que el modelo realiza: invisibiliza sus narrativas que dan lugar a lo mortífero. La promesa de bienestar es comparable con los espejitos de colores con que se inicia el proceso de colonización en nuestras tierras y que, evidentemente, aún no ha terminado. La opresión, el dominio y la explotación son los mecanismos fundantes del modelo civilizatorio hegemónico y el confort su mejor distractor, su perfecta cortina de humo. Es el capitalismo en su faceta más salvaje.

Esta nota no puede abordar la dimensión y profundidad que la otra cara del modelo tiene y, mucho menos, las hondas e irreversibles consecuencias que conlleva. Harán falta —y los habrá— múltiples artículos para ir desenterrando lo silenciado y otorgarle luz a lo que está por venir, lo que ya comenzó. Aquí quedarán planteados los asuntos prioritarios.

La producción masiva y a bajos costos de mercancías (objetos, turismo, alimentos, tecnología, ropa, calzado) precisa el saqueo y la destrucción de territorios, poblaciones y ecosistemas y la esclavitud laboral de grandes grupos humanos. A esto se le llama maximización de la renta y externalización de los costos, valores fundamentales de las contadas corporaciones transnacionales que hoy manejan todo el mercado internacional. Estas corporaciones se dedican constantemente a buscar dónde es más barato producir. Apuntan, más que nada, a países de la periferia que, por el papel desigual y subordinado que se les ha otorgado en el reparto histórico de poder, ofrecen incentivos fiscales, regulaciones laxas de protección de la industria interna o de conservación de los ecosistemas y mano de obra barata y no sindicalizada.

El agronegocio, aliado fundamental de paquetes tecnológicos para «maximizar la eficacia», es el ejemplo paradigmático de destrucción masiva de los ecosistemas y de todo (y todos) lo que vive allí. Las zonas económicas especiales (o maquilas, en su nombre coloquial) de la industria textil son el ejemplo paradigmático de esclavización de enormes grupos humanos, principalmente de mujeres.

La cultura del descarte ha agudizado el aumento exponencial de los desechos y llevó a lo que fue denominado como una  «crisis mundial de la basura». Anualmente se produce más de 2.100 millones de toneladas de desechos, lo que podría llenar más de 800.000 piscinas olímpicas. Cada año, ocho millones de toneladas de plástico acaban en el océano, lo que quiere decir que, a cada minuto, un camión repleto de basura se vierte en el mar. Se estima que si seguimos a este ritmo, para 2050 serán 4 camiones por minuto. Los niveles de contaminación y daño que los desechos acumulados generan es enorme e impactan tanto a las comunidades como a todo aquello que rodea esas zonas.

La dependencia a la tecnología por parte de individuos, de gobiernos y de corporaciones y a la tecnociencia como horizonte del progreso está supeditada a la dependencia a minerales y metales cuya extracción masiva incluye la destrucción de territorios que son considerados «zonas de sacrificio» por las condiciones en las que resultan; el uso de nuevas modalidades extractivas como la megaminería a cielo abierto; el empleo de millares de litros de agua que termina contaminada con los químicos que se usan para aislar lo que «sirve» de lo que no; y más. La dependencia a la energía fósil sigue estos mismos recorridos. Ambas vienen creciendo a ritmos exponenciales. Ambas se fundan en la extracción de materiales limitados y, en muchos casos, no renovables.

Todos los «efectos colaterales» del modelo civilizatorio hegemónico profundizan la desigual división internacional del trabajo, reprimarizan las economías periféricas, descartan cualquier posibilidad de soberanía de los pueblos, hunden a les pequeñes trabajadores y comercios locales, desaparecen a comunidades indígenas y sus narrativas, alimentan la desigualdad social y la violencia sistémica, son racistas y machistas, enriquecen a poquísimas personas, valorizan los bienes comunes como materia prima explotable y, hoy más que nunca, ponen en serio riesgo el hecho de que nuestras vidas sigan siendo posibles. Estamos en crisis y es antropogénica. Esto no se banca más.

Recuperar el poder de narrar(nos) para dejar de ser títeres de los poderes hegemónicos, proponer(nos) y exigir(les) otras formas de valorizar la vida es fundamental. Necesitamos distanciarnos de las narrativas hegemónicas para hacer(nos) preguntas de base colectiva y territorial. Deberemos levantarnos en lucha por un mundo que sea vivible.


Ilustración: Florencia Carella


#CicloCrisis: Aferrar(nos) o transformar(nos), paso uno

La pandemia que hoy hace temblar al mundo nos hace presentir que algo puede cambiar para siempre. ¿Estamos en una crisis? La tan evocada e incierta idea de «nueva normalidad» puede paralizarnos y hacernos aferrar a la querida «vieja normalidad». Este ciclo ratifica el estado actual de crisis pero anima a entretejer las múltiples aristas que toda crisis pone a jugar: el contacto con el estado de crisis, las fuertes emociones que origina y las preguntas sobre la resolución de la misma. Las crisis exhortan a accionar: es nuestra decisión aferrarnos a lo que fue o transformarnos en lo que puede ser.

Las cuatro notas que componen este ciclo proporcionan reflexiones y herramientas para analizar el estado de crisis, sentir las contradicciones y emociones que este estado nos despierta. Debemos abrir la cabeza y la imaginación para pensar qué viene después.

Paso 1: RASGAR LAS ANTEOJERAS: ¿QUÉ CRISIS?

Probablemente no sea la primera vez que escuchamos nombrar la crisis ecológica y climática. Vimos durante el año pasado y a principios de este las impactantes noticias de los incendios forestales en la Amazonia y Australia. Leímos en febrero de este año que la temperatura en la Antártida superó los 20 grados y registró, así, una temperatura récord desde que se tienen registros y que lo mismo sucedió el mes pasado en el Ártico, donde la temperatura alcanzó los 38 grados.

Hoy, mientras vivimos en carne propia la conmoción que la actual pandemia de COVID-19 está causando en todo el mundo, ya nos llegó la información sobre un posible mañana con otra pandemia proveniente de la nueva cepa de gripe porcina. Escuchamos, vimos, leímos, nos informamos y se alteró toda nuestra cotidianeidad pero, aun así, la crisis ecológica y climática nos parece cosa de ambientalistas o preocupaciones de lujo del «Primer Mundo».

Se podrían esgrimir múltiples motivos por los que resulta tan difícil tomar real conciencia de esta crisis. América Latina está invadida de carencias, de desigualdades y de hambre, ¿por qué poner nuestro foco en una crisis que no demuestra mayor urgencia ni resulta prioritaria? La mayoría de personas que están leyendo esta nota probablemente vivan en contextos urbanos lejos de donde la crisis muestra sus manifestaciones más inmediatas, ¿cómo entrar en contacto con un estado de crisis que solo se ve por la tele o por redes? Y fundamentalmente, ¿quién nos garantiza que el estado de situación es tal como para ser declarado como crisis?

¿Quién nos certifica que hay una relación entre los incendios del Amazonas, las elevadas temperaturas en el Ártico y la pandemia de COVID-19? ¿Qué tenemos que ver nosotres con una crisis que es de la ecología y el clima? Esta última pregunta puede funcionarnos como la punta del ovillo para ir desandando algunas reflexiones que resultan necesarias.

Hay tres mecanismos (humanos) que impulsan la crisis ecológica y climática y revelan la honda intersección que hay entre esta crisis y todas las otras crisis humanas. Estos mecanismos son el dominio, la explotación y la opresión.

Los genocidios, los etnocidios, los femicidios, los travesticidios, les refugiades, la segregación por religión, género, raza, orientación sexual, especie, clase social, discapacidad, las desigualdades, los hacinamientos, la desnutrición, el 99% en manos del 1% y tantas otras cosas se explican —también— por medio de estos tres mecanismos. Es el modelo hegemónico actual «la normalidad»— el que funciona y se reproduce a partir de estos mecanismos: dominando territorios, explotando ecosistemas y oprimiendo pueblos. Por ello, la crisis ecológica y climática no es más que uno de los resultados catastróficos de este modelo en el que vivimos.

Una de las cualidades mas distintivas del modelo es su capacidad de invisibilizar sus mecanismos y sus formas de funcionamiento, de negar la existencia de modelos alternativos y de externalizar sus consecuencias sociales, económicas o ecológicas. Mientras tanto, en paralelo, ha construido y validado como absolutas e insuperables ciertas maneras de vivir, de sentir, de pensar y de relacionarnos. De este modo, se fue forjando un modelo civilizatorio de pretensiones universales que, a través del colonialismo primero y la globalización después fue ganando lugar en cada rincón del planeta.

El modelo civilizatorio del que somos parte se presenta como libre de ideologías —las invisibiliza a través de la naturalización— pero no es más que un tejido ideológico que moldea cuerpos, tierras y vidas, y que crea (cierto tipo de) realidad y materialidad. Las ideologías medulares del modelo son[1] el extractivismo, como modelo de desarrollo, producción y acumulación ilimitados; la tecnociencia positivista, como modelo de validación del conocimiento y como horizonte de la ciencia; el liberalismo, como modelo de ética y moral y, por supuesto, también de mercado; el patriarcado, como relación de poder entre los cuerpos; el etnocentrismo, como relación de poder entre las culturas, sus territorios y tradiciones; y el antropocentrismo, como relación de poder con todo lo no-humano que habita y es parte del planeta.

El orden de los factores, si lo hubiera, sería así: el modelo instala y reproduce sus ideologías a través del dominio, la explotación y la opresión, y se lo permitimos, en gran parte, porque niega, invisibiliza y externaliza sus ideologías, sus mecanismos, sus consecuencias y la existencia de otras alternativas.

Nada de esto es nuevo. Hace siglos que este modelo civilizatorio viene avanzando, mutando, camuflándose y retrocediendo según los requerimientos de los contextos y los momentos (aunque nunca abandonando lo medular) para instituirse como «lo normal» en todo el mundo. Empero, hoy la crisis ecológica y climática sí trae consigo algo novedoso. Lo que la crisis ecológica y climática viene a evidenciar es que la vida tal como la conocemos no puede (literal) continuar: la forma en que estamos viviendo gran parte de la humanidad es insostenible en sus bases materiales y, por lo tanto, también simbólicas. De no cambiarla, la vida se alterará por completo, volviéndose probablemente invivible.

En este punto, es conveniente dejar de hablar de crisis ecológica para empezar a hablar de crisis civilizatoria. Lo que está en riesgo no es «el medio ambiente», sino todo lo que conforma nuestra vida y, también, la de los ecosistemas. No cabe duda de que son y serán las poblaciones vulneradas las primeras en sufrir los daños, las poblaciones históricamente descartables y descartadas. No obstante —y aquí lo novedoso—, de esta crisis nadie está a salvo. Estamos exponiéndonos a que la vida, en todas sus formas, ya no sea posible. El modelo civilizatorio en que vivimos niega nuestra profunda dependencia con todo lo que existe en el planeta, calla que somos una parte más de ello y elude que si el planeta está en crisis, todes nosotres también.

Imposible es vaticinar cómo se irán dando las manifestaciones de esta crisis pero, incluso desde fuentes conservadoras como el Banco Mundial[2], el panorama es desolador: enormes masas de refugiades climátiques, agudización de las desigualdades sociales, aumento gigantesco del número de excluides del sistema, extinción de cientos de miles de especies animales y vegetales, grandes porciones de tierra degradada e inutilizable, escasez de agua dulce para consumo y riego, proliferación de enfermedades, virus. Estas son solo algunas.

Entrar en contacto con este estado de situación nos despierta profundos estados emocionales. Enojo, impotencia, angustia, miedo, incertidumbre, escepticismo y muchas otras emociones nos invaden. Es ineludible sentirnos incómodes y, en general, le huimos a ello. Sin embargo son estos estados emocionales los que pueden despabilarnos y sacarnos de la somnolencia civilizatoria en la que vivimos. Necesitamos sentir el cuerpo para ponerlo en acción hacia nuevos rumbos. Necesitamos aprender a transformar estados penosos en fuerza que nos empuje a crear. Así como resulta imperioso tomar conciencia del estado de crisis civilizatoria, es igual de importante conectarnos con un proceso de recuperación y construcción de otras maneras de vivir y de pensar la vida.

Nos hace falta un nuevo horizonte civilizatorio. Nos hacen falta nuevos horizontes civilizatorios, muchos, en plural. La diversidad y lo múltiple es la característica esencial del planeta del que somos parte y, por lo tanto, de nosotres como humanidad. La monocultura —o monocultivo de la mente, como tan bellamente lo nombra Vandana Shiva— es la farsa más nociva que se ha impuesto y vuelve imposible figurarse todo aquello que tiene que ver con la vida. Es un laborioso proceso de deconstrucción el que tenemos por delante.

Hoy, la mayoría de nosotres ya somos «lo normal», lo reproducimos en nuestra cotidianeidad, en nuestros trabajos, en nuestros vínculos, en nuestra alimentación, en nuestro consumo, incluso en nuestros placeres. Repensar(nos) cómo estamos viviendo y hacia dónde esas formas nos están llevando, urge. Construir redes que impulsen y colectivicen esa transformación, apremia.

Este ciclo pretende ser el puntapié de una gran urdimbre de artículos que habiliten el ir abriendo los ojos, la cabeza, los sentidos y el corazón. Necesitamos rasgar las anteojeras que estrechan nuestra creatividad y cooperación, para poder imaginar mundos que acojan reconocernos inter y eco dependientes.


[1] Sin duda resulta simplista y esquemático hacer un listado de las ideologías, pero resulta útil para lo que este espacio pretende ilustrar. Será tarea de otras reflexiones detallar y complejizar cómo se manifiestan estas y otras ideologías en cada contexto y en cada momento histórico.

[2] Banco Mundial

Imagen destacada: Florencia Carella