Aurora Venturini: la mujer de papel que no se rompe

Aurora Venturini (1922-2015) se parece tanto a un personaje que nos llena de dudas, de risas, de asombro. Venturini aparece y hace recordar también esa forma tan Enrique Zymns. Con otro estilo pero siembra la duda, nos quita toda certeza posible sobre qué es verdad y qué no de todo lo que cuenta.

En las entrevistas, a pesar de ser Aurora una mujer predispuesta, fue también una presa difícil de atrapar en su decir. A lo largo de varios reportajes, hechos en distintas épocas, ella se desdice de algunas cosas; incluso quienes la conocieron y fueron de su círculo más íntimo niegan ciertas afirmaciones que Aurora hizo y mantuvo en el tiempo, por ejemplo, la de que tuvo un hermano que murió.

Aurora

Escritora, docente y traductora, nació en la ciudad de La Plata el 20 de diciembre de 1922 y falleció el 24 de noviembre de 2015. Aurora siempre supo, y lo afirmaba cada vez que podía, que todo lo que tenía —o, mejor dicho, aquello que iba a tener siempre— eran sus letras, su literatura, sus libros. Lo que parece un cliché no lo es. Cuando ella misma describe su infancia, su adolescencia y toda su adultez, la pinta de pies a cabeza. Aurora: el animal extraño, la isleña, la distinta, la viajera, la coleccionista de muñecas, la eterna concursante.

En el año 2007 Aurora pegó ese salto a la fama que muches esperan. No porque antes de esa fecha no hubiese hecho nada trascendental. Venturini escribió tantos libros como pudo: casi 40. Pero fue en 2007 que ganó el premio Nueva novela/Página 12 por su novela Las Primas. Cuando el jurado abrió el sobre para ver los datos de la participante que se había presentado bajo el seudónimo de Beatriz Portrinari (creían que era una joven incipiente en la literatura), se encontraron con que la ganadora tenía 85 años y era nada más y nada menos que Venturini. En 2010, la edición española de Las Primas fue votada como el mejor libro editado en español en 2009 y recibió el segundo premio Otras Voces, Otros Ámbitos.

Trabajó junto a Eva Perón: fueron amigas y grandes compañeras. Recorrió escuelas, ganó cátedras en las que trabajó sin parar, viajó y vivió en Paris; fue amiga de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y Borges, entre otres destacades intelectuales. Ella decía que eso era lo mejor de su vida: viajar, conocer gente, nutrirse, participar de mesas redondas donde podía ser ella misma y dar su opinión.

Aurora era peronista, una peronista nacida en una familia radical. Y fue eso lo que terminó de confirmarle su filiación política. En 1956 viajó a Paris gracias a su trabajo junto a Eva y además porque el exilio era necesario para sobrevivir a la dictadura. Allí estudió en La Soborna la carrera de Psicología y vivió en la mítica ciudad francesa en sus años dorados. El gobierno francés la distinguió con el premio Cruz de Hierro por sus traducciones de Villon y Rimbaud. Recién volvió a Argentina 25 años después, a su departamento de calle 37 en la ciudad platense.

Las palabras en el tiempo

Venturini, esa mujer delgada, que se rompió los huesos una y otra vez, nunca se rompió la cabeza en complicadas abstracciones. Empezó a escribir a los cuatro años, dicho por ella. Muchas veces declaró que había cosas de las que prefería no hablar, que había fantasmas a los que mejor dejar en paz. Algunes indignades, como su hermana María Ofelia de Castro, le endilgaban que mentía, que mentía en muchas cosas. Pero ¿y si le servía para narrar? ¿Es reprochable ante tanta letra volcada sobre el papel? Lógico, no somos su familia.

Venturini es aventura, casera, callejera, intimista, rupturista. Aurora fue novelista, cuentista, poetisa, ensayista. Un trabajo sin descanso. Hasta los últimos días de su vida estuvo escribiendo. En dichos años tenía quien le escribiera en computadora todo lo que ella pensaba. Nunca se llevó bien con los aparatos, escribía de ocho a diez horas por día, a mano. Constante en su pasión o, tal vez, su destino.

Para cerrar, unas palabras suyas en una entrevista a la revista Gatopardo realizada por Leila Guerriero. Fue alumna de la escuela Miss Mary O’ Graham, un colegio privado donde cursó primario y secundario y, aunque tenía diez en todas las materias, su clasificación en conducta era regular:

«No me portaba mal, pero era rebelde. En la clase de religión dije que me parecía mal que Adán se hubiera casado con Eva, porque si era de una costilla de él, entonces era la hija. Fue un escándalo. Las maestras nos pegaban. Y en casa nos decían: “Si la señorita les pega, no importa, ustedes aguanten porque la señorita nació en Lyon”. Nos tenían frenados a nosotros. De qué manera».

Aurora Venturini.

Recomendaciones:

Betariz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini. Dirigido por Agustina Massa y Fernando Krapp. Disponible en Cine.ar.


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Gilda: Santa y Reina de todos los deseos

Gilda sigue viva. No solo como una santa a la que sus fieles le rezan donde está su altar en la localidad de Ceibas o en cada una de sus casas, invocando el poder de esa mujer que perdura en el recuerdo y en el presente de muchas generaciones. A Gilda no le gustaba que le atribuyeran poderes, le hacía gracia, no se creía todo eso que ponían sobre ella. Además de «santa» para sus fieles, esa mujer de «corazón valiente» es, hoy en día, la que siguió sus deseos.

Puso el cuerpo y su trabajo a disposición de cumplir su sueño, ser cantante y artista. Ella, la mujer que cambió de pareja, de profesión, de espacios, con la fortaleza de tener un objetivo e ir por todo. En su corta vida dejó sembrada la semilla de hacerse cargo del propio deseo y seguir esas corazonadas y esa voz interior que debemos aprender a escuchar.

En el documental «Gilda: soy pueblo» de Canal Encuentro se muestran sus influencias musicales: ella escuchaba rock nacional (Sui Generis) pero encontró en el género de la cumbia su espacio, su forma de entregarse al mundo. En los 90, cuando Gilda explotó en el ambiente musical, predominaban los intérpretes y los grupos conformados por hombres; las mujeres que pisaban más firme en la escena cumbiera eran mujeres sexys, voluptuosas y, como era costumbre (y todavía, a veces, lo sigue siendo), pensadas como un producto para el consumo masculino.

Gilda rompió con todo eso, dejó ese lugar de objeto que hasta ese entonces tenían las mujeres que pisaban los escenarios cumbieros. No solo su estética era distinta: la empezaron a seguir mujeres, empezaron cantar sus canciones en Argentina y en países vecinos. Ella fue quien a través de sus letras empezó a cambiarlo todo: «¿Quién te dijo que mi puerta tiene que estar siempre abierta? […] Te cerraré la puerta en la cara, te cerraré la puerta para que aprendas…».

Miriam Alejandra Bianchi (Gilda) a los 19 años de edad ya tenía el título de maestra jardinera y trabajó en un jardín maternal familiar para ayudar a su madre luego de que su padre muriera. Dejó a quien fue su única pareja reconocida, Raúl Cagnin, padre de sus hijos Mariel y Fabricio, para dedicarse de lleno a la música. Se había casado con él cuando tenía 18 años y, cuentan los biógrafos y allegados a Gilda, cuando ella quiso empezar a crecer en su carrera decidió separarse porque Cagnin y Gilda querían cosas diferentes. Ella se plantó a pesar de que su familia no tomó bien la noticia de la separación. Sin embargo, fue el único gran amor que Gilda reconoció haber tenido e incluso lo acompañó en su salud hasta el día que ella misma falleció en aquel accidente de tránsito.

Gilda: el mito

Gilda ya había empezado ganar reconocimiento cuando ocurrió el fatal accidente que se llevaría su vida junto a su mamá Tita, su hija Mariel y Quique Tolosa, quién (dicen) estaba con Gilda a escondidas de Toti Giménez, sabiendo todo lo que ella había pasado por estar cerca de Toti y para hacer crecer su carrera musical. 

Falleció el 7 de septiembre de 1996. Antes, componía, grababa y ensayaba con los músicos mientras se encargaba de poner un halo de misterio respecto de su vida privada. La cantante tenía ángel, carisma; todavía hoy en sus videos se pueden ver sus hermosas interpretaciones y la entrega para con su público. Gilda era una obrera, una trabajadora de la música y del arte. Por eso daba tantos recitales por noche, por eso los viajes, por eso iba con su familia aquel día. Ella en ese momento era el sostén y quería darles un buen pasar económico a su hija y su hijo. Pero a Fabrizio (su único heredero) le dejó mucho más que eso.

Un camión embistió el micro donde viajaba ella, parte de su banda y su familia. Pero el mito siguió; no hay verdadera fiesta y alegría si Gilda no suena. En los encuentros feministas siempre está presente recordándonos que, incluso aunque los tiempos sean de lucha, hay que seguir e ir por nuestros sueños, abrirnos, hacernos espacio y habitar los lugares que deseamos.

La artista buscaba expresar realidades profundas: el fin no solo era que la gente bailara sino también era expresar otras cosas que hasta el momento no se decían de esa manera. Ella demostró que hay que romper con los propios prejuicios. Gilda siguió su deseo, no dejó de escucharlo y por eso llegó a ser quién es hoy. Santa o Reina, Gilda dejó su profesión de maestra jardinera y decidió dedicarse a la música. Esa decisión tan importante que cambiaría radicalmente su vida le costó su primera pareja.

Juan Carlos «Toti» Giménez se atribuye haber sido la última pareja de la cantante, cuenta cómo Gilda decidió cambiar su imagen para entrar en el mercado de la música: tuvo que cambiar su imagen para entrar en el mundo de la cumbia que en esos años no tenía demasiadas representantes mujeres (a excepción de Lía Crucet, Gladys La Bomba Tucumana y otras menos reconocidas). Cuenta Giménez que llegaron a decirle que Gilda cantaba bien pero que su imagen no vendía.

Sus fans, en distintos grupos de redes sociales, ponen en controversia la figura de Toti y dicen que supo sacar rédito del trabajo de la artista pero que en realidad nunca fue su pareja. Las versiones chocan entre sí pero, luego de su muerte, Giménez hizo uso permanente de la figura de Gilda e incluso en algunas declaraciones la trató de «fantasiosa», de inventar historias para hacer crecer su figura. Son muches les fans que dicen que su representante la maltrataba y que ella lo toleró porque lo necesitaba para abrirse camino.

Polo Tiseira (documentalista, artista visual y militante por los Derechos Humanos y sobrino de Quique Tolosa) expresó en una entrevista a la Agencia Paco Urondo que la cantante «soportó cosas que nadie se imagina». Afirmó, también, que la película No me arrepiento de este amor de Lorena Muñoz no quiso oír todo lo que había para decir y consensuó una película con Toti Giménez. Sin embargo, el hijo de Gilda, Fabrizio, dijo estar conforme con la película y sus repercusiones.

En la última época de su vida, Gilda le quitó acceso a las canciones a Toti y se quedó solo con Quique Tolosa para componer y hacer sus arreglos musicales. Según Polo Tiseyra, mantenían una relación secreta. Él pide que el público vea el documental La banda de Gilda.

Gilda era un boom en ese entonces y lo sigue siendo hoy. La diferencia sustancial que marcó fue lograr entrar y competir frente a frente con artistas hombres. Las mujeres empezaron —empezamos— a cantar sus canciones, apenas suenan los primeros acordes y se escucha «yo soy Gilda» hay que levantarse y empezar a bailar. Incorporó nuevos sonidos y letras, decidió ponerse al frente de su sueño y su deseo; era el producto pero también la capitana, sin nunca dejar de lado a su gente.

En una nota de la revista Sudestada, Micaela Arbio Grattone propone una crónica excelente que cruza la vida de la artista y la vida de Victoria, una fan y devota de la santa Gilda. En ella da cuenta de por qué las feministas adoramos a Gilda. Lejos de todo fetiche, aprendimos a ir al ritmo de nuestro deseo.


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