#PoesíaVenenosa: Crónicas lesbianas

Cuando salía con Juan Ignacio no estaba saliendo con Juan Ignacio. Es decir, sí, pero no en mi mente. Mi cabeza estaba ocupada en ella, en Mariela, la mamá de Nacho, quien me abrió las puertas de su casa tan amablemente desde el primer día hasta el último, cuando me echó por mentirosa y por lesbiana.

Yo siempre pensaba en ella. La recordaba cuando estaba sola y en mi memoria revivía hermosa (tal vez más hermosa de lo que en realidad era, producto de la ensoñación y la idealización) haciendo todo tipo de tareas. Mi evocación era un cine y yo era la espectadora única de una larga película que no era pornográfica, pero sí insinuadora:

Mariela haciendo pasta, con sus finos y largos dedos sin anillos estrujando la masa.

Mariela tomando mate, apoyando la bombilla con delicadeza sobre la boca y sorbiendo con fuerza, sintiendo el líquido caliente incendiarle las papilas gustativas.

También aparecía Mariela contándome un secreto de la infancia de Nacho, o mostrándome fotos de cuando él y su hermano eran bebés y ella apenas una mocosa de 20 años, madre joven y hermosa, bellísima, con menos arrugas que ahora, es cierto, pero con el mismo brillo y fulgor en los ojos que tenía cuando me contaba sobre sus andanzas o las de sus hijos.

Yo siempre pensaba en ella. Incluso cuando estaba con Nacho, fingía escucharlo con interés mientras intentaba imaginar qué estaría haciendo Mariela en ese momento en el que no estaba dando vueltas por aquella enorme casa. Sin embargo, cuando cogíamos con Nacho (porque las lesbianas reprimidas tenemos que coger con heterosexuales para seguir manteniéndonos cuerdas) no me permitía pensar en Mariela; no quería generar una situación enfermiza, morbosa, ni tampoco servirle a Freud un festín digno de banquete burgués.

Pero un día no lo pude ocultar más. Fue en una típica escena de asado familiar. Estaban todos, todas, no faltaba nadie. Como era costumbre (esa horrible costumbre), los hombres estaban todos reunidos alrededor del fuego (aunque realmente uno solo estaba haciendo el asado) y las mujeres se encargaban de la preparación de las ensaladas en la cocina.

Yo odiaba esa situación de familia tradicional y sexista.

Me parecía cualquier cosa pero, dadas las circunstancias, tenía que tolerarlo. Me tenía que poner a hacer algo. Me quise acercar al fuego, como para romper con los esquemas, los estereotipos, pero los tíos y los primos me miraron como bicho raro y me sugirieron ir a ayudar a “las chicas” con las cosas para poner la mesa. Intenté no revolear los ojos, me contuve y me dirigí a la cocina, donde podía escuchar a Mariela hablando con otra mujer, la tía Tita.

—No sé, Mar, a mí no me parece, ¿qué querés que te diga? —comentaba algo indignada la tía mientras pelaba las papas.

—Ay, Tita, ¡no seas tan retrógrada! —contraatacaba una Mariela en una faceta liberal que desconocía—. Si hoy en día la cosa está más tranquila, la gente acepta más.

—Mmm, no sé, eh.

—¡Pero sí, nena! —insistía—. Fijate, yo hace unos meses nomás me corté el pelo así, “como varón”. Y después de llevarlo siempre hasta casi la cintura, ¡toda la vida! ¿Y notaste algún cambio acá?

Tita hizo mueca de no entender el punto.

—En otro momento, ponele, el tío Osvaldo me hubiese tildado de tortillera. Y hoy por hoy, no dijo nada. Y eso que él es el tipo más mente cerrada y machista que hay… —explicaba entre risas y a mí se me escapaba una sonrisa.

La tía Tita quedó en silencio, sin responderle nada. Seguía pelando las papas mientras su compañera de tareas cortaba tomates. Se le notaba en la cara que quería decir algo, que quería sacar un tema, pero que no se animaba, vaya una a saber por qué. Finalmente, soltó:

—Che, Mar… Decime, acá entre nos… —enunciaba mientras miraba para todos lados para evitarse futuras confrontaciones y acusaciones—. ¿Vos te acostarías con una mujer?

Tuve que apartarme del pasillo que daba a la cocina para no atragantarme.

Mariela dejó los tomates y el sonido del cuchillo en descanso sobre la tabla sonó como una sentencia. Ella miraba para arriba, pensativa pero relajada. No parecía estar incómoda frente a una pregunta de ese tipo. Luego de meditarlo bien unos segundos, contestó.

—Sí… —primero, con temor y duda; luego, con confianza—. Sí, yo creo que sí. ¿Por qué no? —preguntó a su comadre pero también a sí misma mientras volvía a los tomates—. En la vida hay que probar de todo, Margarita.

Y las dos siguieron en silencio con sus quehaceres domésticos.

Por fin, me decidí y entré en la cocina.

— ¿En qué andan, chicas? —pregunté intentando parecer calmada y normal.

—Acá andamos, ¡haciendo el trabajo duro, muchacha! —respondió irónicamente la tía Tita, también algo desbordada por la situación.

Me reí con nervios. La tía Tita hizo lo mismo. Las tres volvimos al silencio incómodo y sepulcral.

—Mejor voy a ver cómo va quedando el asunto. Si no, ¡no comemos más! —nos hizo zafar la tía y, mientras se secaba las manos en el delantal, se fue a conversar con los hombres, dejándonos a Mariela y a mí solas.

—Re está el día para comer asado, ¿no? —intenté sacar tema al mismo tiempo que la veía condimentar la ensalada.

—¡Sí! Un día hermoso, la verdad. Ni mucho calor, ni mucho frío. Ideal está.

“Ideal”, pensé. “Ideal”, una vez más. “Ideal”… Y la tercera fue la vencida.

 

 

 

—¡¿Pero qué carajo hacés, Silvina?! —preguntó a los gritos como respuesta a mi beso inesperado—. ¡Soltame, desviada de mierda! ¡¿Qué te pasa?!

Los tíos y los primos vinieron a presenciar el quilombo. Todos preguntaban lo mismo que Mariela: ¿Qué es lo que pasa? Ella, obviamente, les contestó. Todos quedaron atónitos, asqueados, sorprendidos. Juan Ignacio más que nadie; de los nervios, terminó vomitando al lado del asado.

La que desencajaba en esa escena de espanto era la tía Tita, que adivinó en mí lo que yo adiviné en ella, y solo podía mirarme con pesar e incluso vergüenza.

Mariela se descompensó y, mientras la tía Tita llamaba a la ambulancia, los tíos y los primos me echaban a patadas de la casa familiar, amenazando con acudir a la policía.

Ese día nadie comió asado y la ensalada terminó desparramada en el piso de la cocina.


#PoesíaVenenosa: Sororidad

Algo se quiebra.
Algo, dentro de mí, se rompe.

Siento el ruido.
Crac, hace
y siento cómo duele.

No sana.
Sigue sangrando.

Pasa el tiempo y la cascarita no se forma.

Y justo cuando parece que no se va a curar nunca
aparece una mano

y otra

y después otra más

y todas juntas aprietan,
desinfectan,
presionan,
salvan
aquella herida que ahora es cicatriz.

 

 

#PoesíaVenenosa: El insoportable dolor de ser mujer

Me duele.

Me duele, mamá,

me duele.

Siento en el pecho,

en las piernas,

en el útero,

en la existencia,

el insoportable dolor de ser

-y de ser mujer

en este mundo.

Me matan, mamá,

me matan.

Me asesinan,

me insultan,

me ultrajan,

cada vez que salgo a la calle,

cada vez que entro a la casa,

cuando voy al laburo,

a la universidad,

a la nada.

Ser mujer se convirtió

en un factor de riesgo

y mientras yo me desangro

hay quienes lloran por miedo

a perder sus privilegios.

Mamá, no quiero ser una cifra.

Quiero contar esta vida

aunque no la haya pedido.

Porque yo no lo elegí,

simplemente vine a este mundo.

Tampoco sé si vos lo elegiste,

o si hoy no te llamo por tu nombre

solo porque el aborto es clandestino.

Tal vez lo que querías era no morirte,

como yo, mamá,

y como tantas otras,

compañeras,

amigas,

hermanas,

sororas

que no conocimos

ni conoceremos nunca,

porque el miedo a la mujer sin miedo

se las tragó todas, completitas.

No quedó ninguna, mami.

Cada día hay una menos que respira,

una menos que dibuja,

una menos que canta,

que baila, que brilla.

Y cuando yo me entero

también se entera el universo,

porque nos enteramos todas

y el dolor no pasa desapercibido.

Porque se hace grito

que se siente, que se escucha,

suena fuerte, se hace acción,

se hace lucha.

 

Ilustración: Gabriela Di Pilla

#PoesíaVenenosa: Mi propio entierro

Y vos, ¿de qué planeta viniste?

Yo vengo de Venus,

donde reímos para llorar y viceversa.

Yo vengo del planeta mujer,

aunque mi pelo sea tierra Marte.

Me urge amarme

y nace en mí la necesidad

de fundirme en un abrazo,

de irme al centro de mí misma,

de ser la misma mujer que ama

y la misma mujer amada.

 

Es como si me atravesara una bala

y al mismo tiempo sonaran campanas

anunciando el final del último poema

que escribo y del primer delirio

de la muerte con la idea ridícula

de volver en la resurrección.

Yo, recelosa de mí y de mis versos,

me quiero toda entera, sólo para mí.

No me quiero compartir

pero al mismo tiempo

soy de todxs y no soy de nadie

y las palabras se hacen viento

y yo me esfumo esperando encontrarme

del otro lado y estrecharme

en un abrazo que nunca me di

y siempre quise.

 

 

 

#PoesíaVenenosa: La muda

«Yo misma puedo morir de ser ante mí. La soledad está mezclada en mi esencia».

Clarice Lispector

 

—Solo quiero ir a las inexistencias del tiempo —le susurró Ángela con la cabeza sobre la almohada—. Quisiera quedarme así, con vos, en la nada, haciendo nada, en el vacío —hizo una pausa y se acomodó entre las sábanas—. El vacío me llena, me es, porque yo también soy el vacío. Estoy hecha de interminables vacíos, grandes, medianos, pequeñitos. Todos vacíos que ocupan un espacio dentro de mí.

Se detuvo a pensar por vez primera en todo lo que estaba diciendo sin pensar. Tenía los ojos fijos, bien abiertos, mirando más allá de la nada. Las ojeras delataban la noche en vela, pensando y repensando, llorando de a ratos, quizás, por el insoportable acto de solo existir.

—A veces quisiera que me hablaras. ¡Pero sos tan callado, S! Que tengo que andar adivinando lo que decís cuando no decís nada.

Su compañero no abría la boca ni para respirar.

—Me siento vigilada todo el tiempo, constantemente. Es como si todo el mundo viviera mi vida, excepto yo. Y yo, como siempre, no tengo fuerzas para decidir y me quedo quieta, dejándolos hacer. ¿No te parece de lo más ridículo e injusto, S? —esperó unos segundos por alguna respuesta, pero nada—. A mí sí, ¡pero no sé qué hacer para cambiarlo! Las cosas solo me son, solo me suceden. Yo no sucedo con ellas, yo no las hago a ellas, sino que ellas me hacen a mí. Es complicado de explicar y aún más difícil de entender. Pero vivirlo… ¡Uf! Vivirlo es imposible. Pero solo cuando se es consciente. Cuando soy consciente de lo que vivo es cuando más deseo morirme.

Se dio vuelta para mirarlo fijamente, intentando descifrar alguna expresión en su semblante.

—¿Qué harías vos si yo muriera, si yo dejara de existir?

Él no dijo nada.

—Quizás debería ser más como vos, entregarme a vos por completo, y así olvidar un poco lo que se siente ser yo.

Ángela percibió una mueca de aceptación en su compañero.

—Bien, entonces, decime qué es lo que tengo que hacer.

Y toda la habitación quedó en silencio y a oscuras, y Ángela no habló nunca más.

#PoesíaVenenosa: La que escribe

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«Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. 

¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor».

Clarice Lispector

Decían que Clarice Lispector escribía sus novelas con la máquina sobre la falda, en la sala de estar de su casa, mientras sus chiquillos revoloteaban a su alrededor haciéndole saber sus necesidades. Bueno, yo escribo un cuento en la sala de una casa ajena, sobre un documento ajeno, esperando para comer comida ajena mientras pispeo a mis costados para que nadie me vea.

Un chiquillo con anteojos intenta leer lo que escribo, mirándome de reojo. Seguro piensa que esto, que inició como un juego, ha llegado demasiado lejos, puesto que lo he apartado (aún no se cómo) de la pantalla con solo mirarlo, y me he puesto a escribir. Ahora el niño mira la tele y mueve el pie derecho al ritmo de la música. Parece bastante entretenido y compenetrado. Se ríe como un mocoso y no puedo evitar sonreír cuando lo escucho. Admito que me sonrojo con solo pensar que quizás, por un descuido, pueda llegar a leer esto. Ay, ¿acaso estaré admitiendo más de lo que escribo?  No, bueno… No importa. Ahora eso no importa, porque de seguro él ya sabe lo que yo ya sé y al mismo tiempo no.

Nunca hemos hablado. De hecho, nunca hemos establecido contacto de ningún tipo, excepto algunas miradas cruzadas a medio camino o un roce inesperado a la hora de la cena, cuando ambos quisimos tomar el mismo trozo de tarta. Desde que he llegado a este lugar, gracias a la buena voluntad de la comadrona que se ha ofrecido para asilarme, el chiquillo no me ha dirigido la palabra. Ni siquiera sé su nombre. Casi nunca lo llaman, puesto que no habla con nadie, y solo se limita a reír de vez en cuando y a leer libros bastante avanzados para su corta edad. Al parecer, goza mucho de la prosa de Dostoievsky, razón por la cual he llegado a pensar que sería una buena idea (quizás) regalarle alguno de los libros que yo me he robado y ya he leído y releído hasta el cansancio. Pero, ahora que lo pienso mejor, eso implicaría hablarle y romper con este pacto de silencio, de conversación tácita que hemos mantenido a lo largo de las semanas que he parado en la posada. Aunque podría simplemente dejárselo sobre la mesa, sí, y esperar a que él se haga cargo del presente y lo tome, adoptándolo como suyo. No, no. Eso sería ir demasiado lejos, jugar con su mente, y sería muy injusto. ¿Y si no le gusta que le hagan regalos? ¿Y si solo prefiere leer libros que nadie haya leído antes? Son muchas interrogantes, sí, porque con una mente singular, taciturna y, sobre todo, desconocida, una nunca sabe.

El muchacho está sentado con el mentón sobre la mesa. Pero no por eso deja de voltear de vez en cuando para intentar leer lo que escribo. Hace unos movimientos extraños, como si estuviera incómodo y no pudiera decidir cómo permanecer en la silla. Ahora suspira indignado y, aunque no lo estoy viendo, puedo imaginar que frunce el ceño y eso hace que sus anteojos se suban un poco más sobre el hueso de su nariz. Mantengo la vista fija en mi documento, procurando no arruinar mi escritura silenciosa. Pero escucho una suela de zapatilla que raspa en el piso. Una silla de madera parece deslizarse ruidosamente sobre la cerámica blanca. El niño está parándose  y, no sé por qué, se me erizan los vellos de los brazos. Me enderezo en mi asiento y trago saliva. Él viene hacia mí con un caminar bastante decidido. Escucho que respira y abro súbitamente los ojos, pero sin apartarlos de la hoja, repleta de líneas. Lo siento cerca, cerquísima, justo detrás de mí. Percibo que comienza a leerme, abre la boca y dice:

“.”

 

#PoesíaVenenosa: figurita repetida

No me acostumbro a la desgracia de ser mujer

Hoy tuve que colgar un cartel
en el lugar donde trabajo
para que dejaran de acosarme.
Era uno como aquellos que rezan:
«Cuidado con el perro«,
pero que pedía
que se reserven los comentarios
acerca de mi cuerpo
y de mi vestuario.

Debería rezar:
«Cuidado con la feminista:
está harta de caminar por las calles
con los ojos llenos de lágrimas».

Durante esta semana, hemos experimentado algo así como un flashback televisivo. Por desgracia, no es nada nuevo que los derechos de las mujeres sean vulnerados e incluso ridiculizados todos los días.  Sin embargo, cuando esta ridiculización se realiza frente a una cámara y en horario de gran llegada al público, es de esperar que el hecho se repita por todos lados como el eco en una cueva.

Los dichos del cantante Cacho Castaña nos hicieron recordar a aquella entrevista de Gustavo Cordera con estudiantes de periodismo en TEA ARTE, donde soltó comentarios repulsivos y cargados de machismo acerca de las mujeres y las violaciones.

Hagamos un poco de memoria: “Hay mujeres que necesitan, porque son histéricas, ser violadas, porque psicológicamente lo necesitan y porque tienen culpa y no quieren tener sexo libremente”. ¿Lo recuerdan? Porque yo sí.

No quiero ni imaginar cómo se habrán sentido, cómo habrán quedado marcados a fuego, los dichos de este tipo en aquellas mujeres que fueron violadas, no porque “necesitan”, no porque “son histéricas”, no porque “tienen culpa”, como sostuvo este señor; sino porque algún hijo sano del patriarcado se dio cuenta que está inmerso dentro de todo un sistema que lo avala, que le permite decidir qué hacer con el cuerpo, la vida, la mente de una mujer que, para el planeta entero y desde el principio de los tiempos, siempre ha sido menos que él.

Los dichos de Cordera ocurrieron a mediados de 2016. Justo cuando pensábamos que, con la lucha de todos los días, las masivas convocatorias, las numerosas charlas, los grandes movimientos en las calles y en las plazas, y las pequeñas revoluciones en las escuelas, en las universidades y en las casas, ya estábamos ganando terreno y combatiendo al sistema que  nos vulnera y oprime desde que nacemos hasta que morimos, aparece el señor Castaña a decir que “si la violación es inevitable, relájate y goza”.

Lo dijo en tono gracioso, en un móvil de televisión, y sus dichos fueron recibidos tras un silencio en el aire, seguido por intentos de justificaciones por parte de algunos panelistas y el propio conductor del programa Involucrados, nada más ni nada menos que Mariano Iúdica.

(No olvidemos que Iúdica también cuenta con comentarios machistas en su historial, por ejemplo con respecto al acoso callejero: “Las que inventaron que no hay que decir piropos son todas feas, para emparejar de abajo con las lindas”, dicho en el marco del programa Polémica en el bar, también de América).

Respecto a los dichos de Castaña, Iúdica sostuvo que sabía con qué concepto lo había dicho el cantante, como intentando abrir el paraguas ante las inminentes críticas que casi al instante cayeron sobre su entrevistado por parte de reconocidxs del ambiente televisivo.

Más tarde, el cantante argentino intentó disculparse públicamente, alegando que solo repetía “un viejo refrán” que, en sus tiempos de juventud “resultaba gracioso” pero que, sin embargo, entendía que hoy en día ese tipo de dichos ya no causaban gracia y que nunca lo diría en serio ya que “no es su característica ofender a la mujer”.

En su momento, Gustavo Cordera también se había disculpado mediante las redes sociales, además de haber suspendido sus conciertos próximos a realizarse luego de sus declaraciones.

Sin embargo, lxs víctimas, lxs que se solidarizan con el dolor de otrxs, lxs compañerxs feministas en su gran magnitud, ya no perdonamos más.  No importan más las disculpas grabadas con cara de arrepentido. No nos interesan más los extensos comunicados pidiendo perdón a las mujeres cuyo dolor ahora, de repente y como por arte de magia, sienten hasta lo más profundo de su “auténtico ser varón”.

No viene al caso que lo que dijiste haya sido un dicho para reír a carcajada limpia durante tu adolescencia.  Acá lo único que importa e interesa es el dolor que causaste al abrir esa herida en aquellxs que tuvieron la desgracia de sufrir en carne propia lo que vos contaste con tanta gracia.

Al gran macho argentino, ni olvido ni perdón.