¿Qué hacemos con los varones violentos?

Hace años se vienen dando debates sobre las consecuencias de la violencia patriarcal. En muchos ámbitos se ha logrado implementar estrategias de acompañamiento y protocolos de protección a las personas violentadas, pero todavía no sabemos muy bien qué hacer con los machirulos, los violadores, los que vulneran y violentan.

Tal parece que el punitivismo no es el camino. Los escraches han permitido visibilizar muchas situaciones que se escondían bajo la alfombra, e incluso han logrado que muchos, aunque por miedo a ser expuestos, piensen sus actos antes de hacerlos. Pero en otros casos, la cosa sigue igual y los pactos machistas siguen sólidos.

Las consecuencias para quienes se animan a denunciar dependen mucho del acompañamiento que se tenga, el acceso a la información y los espacios de contención, pero también sucede que las situaciones se conocen y nadie hace nada al respecto. ¿Por qué? ¿Qué estamos esperando? ¿Qué nos falta entender aún? ¿A qué tenemos miedo?

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Hace falta corashe

Existe una tensión in crescendo, que solo puede explotar si no se contiene de alguna forma. Los violadores, los abusadores, los violentos son nuestros familiares, amigos, compañeros, referentes, parejas, jefes. Y a pesar de que hubo un gran avance cultural de reconocimiento y deconstrucción en muchos ámbitos, todavía falta mucho.

Hablar del tema es incómodo, reconocer situaciones en las que hemos sido vulnerades es doloroso, acusar no es gratis ni fácil, pedir ayuda lleva tiempo. Esquivar el tema parecería la mejor solución en lo inmediato, cuando no se tienen las herramientas de abordaje, pero esto solo garantiza la impunidad patriarcal. ¿Cuánto tiempo más hay que esperar para dar las discusiones que tenemos que dar? ¿Algún día vamos a estar listes?

Los feminismos vienen dando batalla hace rato sobre esta problemática: con las líneas de varones, las organizaciones que trabajan con masculinidades y la implementación de la Ley Micaela, la necesidad de interpelar a quienes asesinan, violan y abusan es parte de la lucha por erradicar las violencias de género.

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Los resultados están a la vista. Los llamados a la línea 144 van en aumento, el Área de Asistencia a Varones Violentos se encuentra colapsada al punto que la lista de espera para recibir atención se extiende hacia 2022 y solo asisten mayormente quienes son obligados por la justicia.

Existe una demanda de abordaje integral de la cuestión de género, y eso incluye a las masculinidades. Desde la legislatura porteña se presentó el proyecto de ley «Repensarnos» para dejar atrás el punitivismo y buscar otras maneras de trabajar con quienes ejercen violencia patriarcal.

Es una iniciativa que invita, justamente, a repensar cómo plantear políticas públicas para emprender todos los frentes de una problemática tan compleja y arraigada en nuestra cultura.

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Femicida no se nace

«Me mandé una cagada», le dijo Matías Martínez a su tío después de asesinar a Úrsula Bahillo. Una «cagada», así como quien por torpeza comete un accidente, se le pasa la mano, no calcula. Así se delata la intención del macho de adoctrinar con golpes, palabras, manipulación y amenazas. Porque femicida no se nace, se hace.

¿Qué le dijo ese tío al otro lado del teléfono? ¿Cómo reaccionaron sus superiores cuando se enteraron de que Martínez tenía varias denuncias por violencia de género? ¿Qué hicieron sus colegas policías cuando la familia y les amigues de Úrsula fueron a pedir justicia a la comisaría de Rojas? ¿Cómo se sostiene la impunidad de un asesino?

En Argentina un varón mata a una mujer cada 22 horas. Sí, un varón es el que da el golpe final, pero muchos más son los que acompañan, cómplices, al violento en su camino para volverse un femicida. El tío, los amigos, los compañeros de trabajo que le dispararon en la cara a la amiga de Úrsula cuando fue a exigir justicia, los que se negaron a tomarle la denuncia, los que la desestimaron, no una, sino tres veces.

De los 44 femicidios registrados en lo que va del año, el 12% fue cometido por miembros de fuerzas de seguridad en actividad o retirados. La institución, la Justicia y el Estado permitieron que Martínez se convirtiera en un asesino. Es un sistema que les permite a todos los Martínez que andan sueltos violar perimetrales, amenazar y, finalmente, matar. 

Una Justicia feminista no es un discurso idealista sino una necesidad imperiosa si queremos que realmente sirva de algo denunciar, sin que esto genere exponer a la persona en situación de violencia. En un momento histórico que cuenta con un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y con feministas en el gobierno como nunca antes, es tiempo de tomar las decisiones que pueden significar un cambio de paradigma institucional.

Mi amigo es un violento

«Todas tenemos a una amiga violentada pero nadie a un amigo violento. Hay un pacto de silencio que los vuelve doblemente culpables», escribió Pupina Plomer en Twitter y en minutos se viralizó. No actúan solos, la violencia tiene cómplices: son los amigos, los compañeros de laburo, los familiares, los fiscales, los jueces; ahí donde el feminismo todavía no llegó. 

El pacto de machos está presente en todos los ámbitos de la vida, desde el fulbito del sábado a la tarde hasta las mesas de negociación donde son los señores los que toman las decisiones. Se cuidan las espaldas, descreen las denuncias, porque un mundo sin privilegios los asusta. Si cae uno, caen todos y la virilidad es una construcción social muy débil, que necesita reafirmarse por la negativa (soy hombre porque no soy mujer), por lo cual es en otros pares en donde se refugia.

Como nunca antes, aparecieron en redes consignas interpelando a varones, ya no invitándolos, como pacientemente hemos hecho cada vez que nos sentamos a explicar de qué nos quejamos o por qué es más importante la vida de una piba que un poco de pintura en la pared, sino cuestionando por qué aún no se involucran en una problemática que siempre los tuvo de protagonistas.

Porque son ellos los que causan terror, es de ellos de quienes nos cuidamos cuando salimos a la calle, nos subimos al taxi, vamos a una entrevista de trabajo, tenemos una cita o nos ponemos en pareja. Es a ellos a quienes denunciamos en las comisarías, de quienes nos defendemos en los juzgados, son ellos los que nos violan y matan.

Sin embargo, aún siguen siendo muy pocos los varones que se hacen cargo, que revisan sus conductas, les paran el carro a sus amigos, se animan a debatir, a romper pactos, a señalar actitudes machistas, propias y ajenas. A cuestionar amistades, maneras de relacionarse. Aún son muy pocos los que tienen los huevos para escapar de un mandato que los convierte en acosadores, abusadores y femicidas.

¿Dónde están los aliados?

Cuando se trata de ir a las marchas, colgarse el pañuelo verde, compartir fotos en redes sociales o felicitar a las compañeras y compañeres, no faltan aquellos varones «copados» que acompañan la lucha y sostienen las banderas. Pero cuando cuando la posibilidad de intervención se presenta son muchos los miedos que salen a flote: las represalias como las burlas, los comentarios, el castigo físico, la exclusión. El machismo del otro es lo que asusta, igual que a nosotras y a nosotres. 

La paciencia se agotó, ya no podemos perder tiempo en seguir explicando la urgencia de nuestro reclamo. Desde 2015, con el primer #NiUnaMenos, el grito es de hartazgo. Ya es momento que se hagan cargo de que el 98% de los femicidios ocurren en manos de varones, de los cuales el 76% fue cometido por parejas, exparejas o familiares y el 24% por hombres conocidos del círculo íntimo de la víctima.

Es momento de que salgan a la cancha, desde el lugar que les toca: a hacerse cargo, varones cis.


Fuentes:


#AbortoLegal2020 Crónica de una vigilia

Es pleno mediodía, el rayo del sol pega intenso sobre el asfalto de una ciudad que no descansa, ni siquiera cuando es atravesada por un escenario apocalíptico. Van llegando los micros, las banderas, los barbijos verdes. Se empiezan a leer los primeros carteles: «La maternidad será deseada o no será». El deseo es la consigna.

El calor es agobiante pero invita las birras que se ofrecen en cada esquina porque la doble crisis pega y les laburantes salen a juntar el mango. El clima es festivo, se viene a celebrar, a compartir, a disfrutar. Con los cuerpos bañados en sudor y glitter, suenan unos reggaetones y la joda empieza temprano.

La feria se armó a primera hora con todo el merchandising abortero: pañuelos, vinchas, llaveros, medias y, por supuesto, tapabocas, porque las luchas se adaptan al contexto y nada las detiene, ni siquiera una pandemia mundial.

Va cayendo la tarde, se arma un picadito en la esquina de Callao y Mitre. Verdes vs. celestes, les pibis patean y ríen porque no se trata de ganar o siquiera saber jugar, se trata de compartir y animarse. La pelota no se mancha y el feminismo se metió en las canchas para democratizar el fulbito y hacer girar la pelota a quienes quieran acercarse a transpirar la casaca un rato.

Las birras siguen girando, de fondo se escucha un mashup de discursos y cumbia. Algunes se sientan a seguir el debate, otres aprovechan a ponerse al día después de tanto tiempo sin encontrarnos en las calles. Todo es muy diferente a esa primera vigilia de 2018, pero la firmeza en la lucha está intacta y las ilusiones siguen en pie.

El humo de las parrillas invaden las calles abriendo el apetito para una noche que promete ser larga. «Dicen que a las 2 a. m. se vota», «Yo vi en Twitter que a las 6 a. m.», «¿Qué dijo Massa?». Las ansias no se aguantan, hay que distraerse. Por suerte toca Sudor Marika en la otra esquina y la marea verde se predispone a menear hasta abajo.

«¡Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven, abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer!», cantan les marikas desde el escenario. Abajo se agita y se perrea en medio del sudor popular que, caída la noche, no piensa bajar la temperatura. La revolución feminista es bailando o no es.

La madrugada se hace eterna, todavía faltan 60 oradores. Los puchos se consumen y comparten, la manija es incontenible. En algunos lugares sigue la joda aunque con los cuerpos ya cansados; el día fue intenso, el calor no afloja. Muches se sientan en el asfalto a descansar, otres se acuestan a intentar dormir. La calle es nuestra parada y de acá no nos saca nadie.

Falta menos, son incontables las veces en que el presidente de la Cámara pidió ser breve con los discursos. Nosotres seguimos ahí, el sueño vence y algunos ojos empiezan a cerrarse, pero no por mucho tiempo. «A las 5 a. m. se vota», todes arriba. Falsa alarma, faltan los discursos de cierre. Seguimos esperando.

Amanece en Buenos Aires y la marea verde trata de despabilarse, entre tambores y mates individuales, al mejor estilo uruguayo. El cielo amenaza con llover pero solo caen unas tímidas gotas que, después del diluvio de agosto de 2018, no logran intimidar a nadie. Nada nos mueve de la calle. Es una jornada histórica.

Con el maquillaje corrido y los pelos revueltos empiezan a acercarse a las pantallas para escuchar los últimos discursos. Los nervios atraviesan los ojos vidriosos que asoman por encima de los tapabocas. Ya falta menos, se despiertan les dormides del suelo, se preparan los celulares para grabar el momento histórico de la votación.

Por fin llega el motivo que nos reúne a miles un viernes atípico a las 7 a. m. en la capital porteña: se va a votar. Los abrazos son intensos, los ojos se aprietan, el corazón palpita, la respiración se altera. Años de lucha cristalizados en un instante: se va a decidir por nuestros cuerpos, nuestros deseos, nuestras vidas.

Termina la votación, se leen los resultados, el tiempo se detiene. «131 a favor, 117 en contra, 6 abstenciones»: tenemos media sanción. Estalla el Congreso y sus alrededores, las gargantas se desgarran en un grito colectivo. Les amigues se abrazan, una mamá llora en los brazos de su hija, les compañeres tocan los tambores con la fuerza que renace de las entrañas, se agitan los pañuelos—nuestro símbolo de lucha.

«¡Aborto legal en el hospital! ¡Aborto legal en cualquier lugar!», se corea a viva voz mientras las lágrimas desbordan los ojos. Se llora por las muertes por abortos clandestinos, por las niñas obligadas a gestar, por las presas de la justicia patriarcal, por les discriminades y maltratades por prejuicios machistas, por las compañeras que acompañaron abortos en pandemia, por las Socorristas que resistieron los años de macrismo, por las redes feministas que salvan vidas, por les que no habían sido nombrades hasta hoy. Se llora porque estamos un paso más cerca de ser un país más justo y equitativo. 

La emoción es colectiva, luchar sirve. Es inevitable pensar en las pioneras y sus años de lucha, en las marchas, los Encuentros Plurinacionales, las tardes en las plazas exigiendo la libertad de Belén, los debates en las casas, en las escuelas, en los espacios de militancia. Inevitable no ser parte de este movimiento político que vino a cambiarlo todo. Luchar sirve.

La jornada fue intensa, los cuerpos lo revelan, ¿para cuándo, Senadores? Nadie quiere irse, se sigue cantando y agitando tambores y pañuelos. Queremos ley. A seguir luchando que todavía queda otra instancia, tal vez, la más compleja. Ahí estaremos porque esta marea verde no descansa. Será ley.


Imagen de portada: @_anonimeh (fotógrafe)


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La militancia feminista también es militancia

El machismo no distingue ideología y hasta los espacios más progresistas pueden ser lugares hostiles para feminidades y personas lgbtiq+. El 17 de noviembre, día de la militancia, nos invita a repensar: ¿cómo son las experiencias de las personas que militan feminismo dentro de las agrupaciones y organizaciones?, ¿se dan los debates hacia adentro?, ¿cómo construimos espacios libres de violencias?

Cuando se trata de derechos para las feminidades, la distribución del poder y el fin de los privilegios patriarcales, la cosa se complica. Porque por más «progre» que parezcan algunos espacios de militancia, no escapan de la lógica machista que engloba a los vínculos sociales dentro de este sistema. La construcción patriarcal y el pacto entre machos atraviesa, incluso, a quienes militan, se supone, por «un mundo mejor».

En 2018 el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) elaboró un informe sobre la «violencia política contra las mujeres en Argentina» en el que se entrevistaron a 45 personas incluyendo legisladoras porteñas y nacionales de 11 provincias de todo el arco político partidario, en el cual 8 de cada 10 encuestadas afirmaron haber sufrido situaciones de violencia de género a lo largo de sus carreras políticas.

El término correcto para estas situaciones es violencia política. La ley 26.485 para sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, tipifica a la violencia política como «la que se dirige a menoscabar, anular, impedir, obstaculizar o restringir la participación política de la mujer, vulnerando el derecho a una vida política libre de violencia y/o el derecho a participar en los asuntos públicos y políticos en condiciones de igualdad con los varones».

¿Cómo se traduce en hechos este tipo de violencia? Veamos algunos testimonios recolectados en la encuesta que circuló desde Escritura Feminista:

«Fui violentada por mi referente de local que cuestionó mi participación en un espacio de representación. Gritos, subestimación, ser ignorada, no informada, etc», expresó une encuestade. Otro testimonio dijo: «No me creyeron cuando les conté que un compañero me había acosado».

El mansplaining es recurrente: «Un compañero hombre cis me quiso explicar cuál era la mejor manera de difundir una actividad que mis compañeras y yo organizamos con la temática de género y feminismo, quizás fue solo un malentendido pero me sentí humillada, que yo no entendía y él sí». De nuevo en otra voz: «Me dijo que yo no entendía lo que era la rosca política, intentó pegarme cuando me defendí presencialmente por estas violencias. Me gané la fama de «feminazi» por querer plantear ciertos debates y nunca me dieron bola».

«No me invitaron a la reunión porque iba mi ex. Me excluyó de un proyecto arbitrariamente. Estuvimos semanas organizando un taller feminista y un compañero se burló de nosotras, subestimándonos», una experiencia que demuestra que la falta de respeto también es violencia. Une encuestade planteó algo que parece del pasado pero que sigue ocurriendo: «Ahora ya no tanto, pero hubo un tiempo que hablar de aborto era muy difícil porque decían que era chocante y que no estábamos preparados para hablar de eso».

¿Por casa, cómo andamos?

Hoy vemos a muchos dirigentes políticos y sociales hablar de feminismo, pero ¿cuántos de ellos hacen un proceso introspectivo para no reproducir ideas, palabras, conceptos patriarcales? ¿alcanza con estar de acuerdo en la lucha o es necesario que exista un activismo? ¿cómo se generan espacios seguros y amables para la militancia de mujeres y personas lgbtiq+?

Es muy fácil estar de acuerdo con las consignas que reclaman igualdad de derechos para todas las identidades y el fin de las violencias por razones de género. Hoy ya no garpa ser un machirulo y muchos ya se dieron cuenta pero, ¿cómo saber que no es un pinkwashing? Es decir un «uso político o publicitario de símbolos y movimientos de derechos humanos sin ofrecer apoyo real a los grupos oprimidos ni escuchar sus reclamos concretos», tal como lo explica le traductore nobinarie, Rocío Sileo.

«Es significativa la distancia entre la representación de las mujeres en los espacios de militancia, sociales, de estudios y académicos y los niveles de representación en los espacios de toma de decisiones, tanto en el campo de la política partidaria como también en las organizaciones sociales y sindicales», reflexionaba para un artículo de Página 12 la entonces Secretaría de Género de CTA de los Trabajadores, Estela Díaz, hoy Ministra de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires.

Dar los debates es el primer paso para empezar a visibilizar las violencias que existen en los espacios de participación colectiva. La ley de paridad de género fue una de las demandas de los colectivos feministas para democratizar las voces, terminar con la sobrerrepresentación masculina y hacer de los lugares participativos espacios diversos y plurales.

En este sentido, hace unos días se conocieron datos de la Cámara Nacional Electoral (CNE) en relación a la ampliación de la diferencia en la cantidad de mujeres y hombres que se afiliaron a partidos políticos en los últimos años, siendo el 2019 el año con mayor incremento de afiliadas mujeres en todos los partidos políticos.

El Partido Justicialista es el que mayor mayor cantidad de mujeres tiene en sus filas, sin embargo, los espacios de representación siguen siendo mayoritariamente ocupados por hombres. Es allí donde la violencia política se perpetúa para sostener la desigualdad de géneros y otorgar a las masculinidades hegemónicas su lugar de privilegio.

Solo dando los debates feministas hacia adentro de las agrupaciones y organizaciones de militancia lograremos espacios de representación justos y equitativos para todas las identidades. Porque la subestimación de la militancia feminista, también es violencia política.


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#AmigoDateCuenta antes de quedar como un gil

De les creadores de #AmigaDateCuenta llega, finalmente, el #AmigoDateCuenta: una iniciativa de Spotlight —alianza entre la Organización de las Naciones Unidas y la Unión Europea— que cuenta con varios spots dirigidos al público masculino donde se interpela con preguntas del tipo: ¿cómo demostramos los varones que somos varones? ¿Siendo los más fuertes? ¿Teniendo aguante? 

Tal como lo planteamos en Escritura Feminista aquel 25 de noviembre de 2019, cuando se dio a conocer la campaña #AmigaDateCuenta, esta vez las situaciones se plantearon desde otro lado: ese lado que siempre queda inconcluso, que incomoda y que, a veces, da la impresión de que no se sabe cómo comunicar «sin ofender».

¿Por qué nos cuesta tanto hablar de masculinidades? Pareciera que el empoderamiento es un camino individual en el amor propio, que salir de un vínculo tóxico (o, mejor dicho, violento) y que los femicidios son un problema que solo atañe a la población femenina. Pero si quienes nos violentan, violan y matan son, en su enorme mayoría, hombres, entonces ¿no es un problema social la masculinidad?

Charla de chicos

Aunque algo edulcorada y exageradamente financiada —la primera etapa cuenta con un fondo de 5.270.000 euros—, la Campaña #AmigoDateCuenta es una oportunidad para animarnos a encarar estos debates y preguntarnos cuántas políticas públicas destinamos a la población que ejerce violencia: ¿sirve de algo hablarles a los varones violentos? ¿Cómo construimos nuevos modelos de masculinidad?

Muchas veces, es muy difícil hablar de situaciones que remiten a lo emocional en un grupo de varones ya que los sentimientos son considerados «mambo de minitas» o «de putos» y no de personas. ¿Cómo terminamos con la violencia patriarcal si no cuestionamos de quiénes viene? 

En el afán de no ofender o no perder la aprobación masculina, muchas veces se cae en el silencio sumiso, adoctrinador. Por supuesto que también ocurre por miedo a las represalias: es que es difícil para los machos que les cuestionen su accionar en la vida. Las respuestas a esta iniciativa no fueron la excepción. 

Las críticas llovieron y no faltaron los insultos homoodiantes, misóginos y machistas porque la resistencia de las masculinidades privilegiadas a un mundo de igualdad y equidad —donde, lógicamente, esos privilegios son puestos en duda— es absoluta.

«Tontas, las cuidamos»

Hace unos días, la música Marilina Bertoldi tuiteó: «Una persona que se ofende mucho por otras personas obteniendo sus mismos privilegios es una persona que se mide y define mucho en relación a su poder por sobre las mismas. Se achica ese poder, se achica quien soy», en referencia al video viralizado de un albañil muy confundido con los términos igualdad y ladrillos.

La masculinidad sustentada en la superioridad de otres es amenazada en cuanto se la pone en duda y más aun cuando se la discute. El discurso feminista es amenaza para quienes disfrutan de la comodidad de un mundo donde no son discriminados o violentados por razones de género. 

Es por eso que muchas reacciones a las propuestas, donde lo que se cuestiona es a quienes ejercen el poder sobre otres, son violentas y refuerzan la idea patriarcal, porque la única manera que se valida para reafirmar la masculinidad es demostrando agresividad, potencia y seguridad. Mostrarse vulnerable o sensibilizado debilitaría la hombría en este sistema.

«Siempre vamos a decir que las feministas no nos oponemos a los varones: la oposición es al orden patriarcal, a la constitución de las jerarquías y a la constitución de las exclusiones», afirma la socióloga e historiadora feminista Dora Barrancos. «Eso ha reorientado a colectivos de varones a repensarse, a manifestarse de otra manera en cause de una vida mucho más digna de ser vivida», concluye.

Ya es hora, amigo, date cuenta. Entregate a la incomodidad del debate, porque ser mejor persona está en tus manos. 


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Vos, varón, doná plasma

El viceministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Nicolás Kreplak, hizo público un dato que nos hizo revolear los ojos una vez más: el 70% de quienes se ofrecen como donantes de plasma son mujeres. ¡Sorpresa! Además agregó que «más de la mitad de los infectados por COVID-19 son hombres». Bueno. Esto abrió varios interrogantes: ¿qué pasa en la población masculina que se resiste a colaborar con el tratamiento que puede ayudar salvar vidas, tal como dijo el ministro de Salud, Daniel Gollan? ¿Les da vergüenza? ¿Miedo? ¿Son demasiado egoístas? 

El plasma es el componente líquido de la sangre que ayuda a la coagulación y la inmunidad. Como contiene anticuerpos que combaten las infecciones, puede contribuir al tratamiento de la enfermedad que acecha a cada vez más personas en nuestro país y en el mundo, para la cual aún no hay vacuna. Se necesitan donantes ya que es un tratamiento nuevo que ha funcionado en varios casos; por eso es importante, si sos paciente recuperado de COVID-19, colaborar con la donación.

Lo llamativo del dato es que completa el círculo vicioso de la feminización de los cuidados. Desde los controles preventivos y la detección de los primeros síntomas hasta la contribución para con el tratamiento y la recuperación de otres, suelen ser las mujeres quienes se responsabilizan por la salud personal y de les demás. ¿Qué pasa con los varones? ¿Acaso no se dan cuenta que viven en sociedad?

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Nadie se salva sole

A esta altura ya es prácticamente imposible no entender la gravedad de la situación mundial por la alerta sanitaria. Sin embargo, aún hay quienes se resisten a acatar las medidas de prevención y seguridad o les resulta indiferente la integridad del resto. Los rebrotes son una realidad en aquellos países que parecían «volver a la normalidad», no hay salida si no es colectiva.

La concientización es necesaria y urgente. Muchos gobiernos apuestan a la responsabilidad individual de su población y últimamente las estadísticas demuestran que esa responsabilidad recae en su mayoría en las feminidades, porque existe gran parte de la población masculina que, como Maradona con la paternidad, no se hace cargo de la parte que le toca.

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Al parecer, la solidaridad, la preocupación por les otres y el sentido de comunidad también pueden ser valores asociados a lo femenino. «El cumplimiento de las reglas es, muchas veces, equiparado a la sumisión, por lo tanto, asociado a lo femenino, que por oposición a lo masculino es percibido como negativo», afirma Milena D’Atri, investigadora de Grow, género y trabajo.

En las películas, los hombres son los que salvan el mundo; en la vida real, cuando tienen la posibilidad de colaborar con un tratamiento que puede salvar vidas, son los menos los que se animan a hacerlo. ¿Será que donar plasma los hace sentir menos hombres? ¿Existe una sensación de «acatamiento de normas» si se prestan a hacerlo? ¿Puede la indiferencia ser más fuerte que la empatía?

Les interesades en donar plasma en la provincia de Buenos Aires deben llamar al Centro Único Coordinador de Ablación e Implante (Cucaiba) a la línea gratuita 0800 222 3131 de lunes a viernes de 8 a 17 horas.


Fuentes:


Presión social vs. opresión sobre nuestros cuerpos

Hace unos días, la actriz, modelo y cantante Oriana Sabatini publicó en su cuenta de Instagram un video en ropa interior donde mostraba sus «imperfecciones» y lo acompañó de un texto donde cuenta que padece trastornos alimenticios hace varios años. Las redes estallaron y su nombre fue tendencia casi todo el día.

El video circuló por todas las redes y abrió el debate: ¿puede alguien considerada «hegemónica» hablar de amor propio? ¿Qué es el amor propio? ¿Es solo sentirse «linda»? Si Oriana, que es un modelo de belleza hegemónica, no está contenta con su apariencia, ¿qué nos queda a les que no encajamos en esos estándares? ¿Qué lugar ocupa la imagen corporal en nuestra sociedad? ¿Por qué hay personas que ponen en riesgo su salud por alcanzar ideales de delgadez o belleza? 

Son muchas las preguntas y el debate es extenso. Es un tema que alcanza muchas realidades y en el cual hay muchas historias atravesadas pero, cuando la identificación es tanta, cruza la línea de lo personal y se vuelve político. No es Oriana, somos todes. Es un sistema.

«Amo tu cuerpo, se lo vivo diciendo a tu mamá cada vez que me la cruzo», comentó la actriz Emilia Attias en la publicación de Oriana. Varios comentarios hacían hincapié en lo que se ve físicamente y es que desde que nacemos la atención se posa en la imagen, en especial cuando se trata de cuerpos feminizados, ya que la historia de lo femenino siempre se asoció a la belleza, a lo que inspira, a las musas. Pareciera que, si no somos lindas, no somos.

Mujer bonita es la que lucha, uf. ¿Siempre hay que ser bonita?

Series, películas, libros, revistas, publicidades, programas televisivos, expresiones culturales en general donde el discurso sobre la importancia de la imagen se construye y reproduce. «No hay, ni en la publicación ni en los comentarios, ninguna referencia a las causas de los trastornos en la alimentación, en la distorsión de nuestra imagen, nadie habla de la responsabilidad de los medios, de la industria de la moda, de la cosmética, de la música, de las revistas de todo tipo», compartió la cuenta Mujeres que no fueron tapa.

¿Cuáles son las causas de los trastornos alimenticios? ¿Por qué nos obsesiona nuestra apariencia al punto de afectar nuestra salud? ¿Cómo construimos nuestra identidad? ¿Qué peso tienen los comentarios ajenos sobre nuestros cuerpos? ¿La respuesta es el amor propio? ¿La solución es individual o colectiva?

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«La despolitización de estos mensajes, vaciarlos de contenido, nos hace daño», afirma la publicación de Mujeres que no fueron tapa. Hasta que no exista una representación real de la diversidad de los cuerpos en los medios de comunicación, en la industria de la moda, en la política, en la oferta cultural, seguiremos reproduciendo un discurso que admite un solo tipo de cuerpo inalcanzable, un discurso obsesionado con la búsqueda de un cuerpo «perfecto».

El privilegio de la delgadez

«Paralelamente, mientras los medios masivos de comunicación aplauden estos gestos de valentía, reconociéndolos como una celebración de los “cuerpos naturales”, muchas personas gordas, especialmente mujeres, reaccionan con vehemencia ante lo que observan como una forma cada vez más común de apropiación del trabajo político de la positividad corporal y el activismo gordo para enmascarar algo extremadamente difícil de nombrar en nuestra sociedad: el privilegio de la delgadez». 

-Nicolás Cuello, para Cosecha Roja.

Por otro lado, Agustina Cabaleiro (@onlinemami_) no duda de lo espontáneo o real de la publicación de Oriana pero no deja de hacer una diferencia importante: «Lo que sufren las flacas es presión social y no es opresión del tipo de no tener acceso a la salud ni al trabajo», expresó en sus historias de Instagram.

El privilegio de la delgadez hace que este tipo de mensajes sea más difundido o tenido en cuenta si lo publica una persona considerada «hegemónica» que si lo hace una persona gorda. «Pero si eso no incluye la redistribución de la palabra, de recursos, de espacios de visibilidad y el compromiso ético por un trabajo colectivo […] sigue siendo un ritual confesional que, moral y políticamente, beneficia siempre a la gente delgada», afirmó Cuello.

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Contextualizar los mandatos puede ayudarnos a entendernos como un engranaje más en una sociedad que deposita el valor de las personas (en especial de las feminidades) en la imagen corporal, el peso, la estética y no en sus acciones u otras cuestiones que hacen a la identidad. 

El amor propio no es solo una cuestión individual, no depende únicamente de «amarte como sos» sino de que haya maneras de existir aceptadas en todos los ámbitos de la vida, de que exista igualdad de oportunidades, de que haya talles, tamaños, trabajos, deportes, placer, romances, arte para todos los tipos de cuerpos que habitan el planeta. Escuchar a quienes militan por la representación de esa diversidad y seguir aprendiendo.

«Y sí, obvio que los estereotipos afectan a todos los cuerpos, pero hay que admitir que hay cuerpos más cerca de la norma y que, por ende, gozan de privilegios que para nosotras son inalcanzables en este marco normativo», finalizó su video Nik Castillo, Secretaria General de la Federación Universitaria de Buenos Aires.


Fuentes:

Algunes activistas para seguir e informarse:


La masculinidad frágil y el uso del tapabocas

Por debajo de la nariz, sobre la pera, colgado de una oreja o en el cuello prácticamente de adorno suelen llevar el tapabocas quienes se resisten a acatar las normas básicas de salubridad que se piden a la población en medio de una pandemia. A que no adivinan a quiénes les cuesta más seguir estas recomendaciones…

«Un estudio (preliminar) dice que es difícil lograr que los varones usen tapabocas porque les da vergüenza y es muestra de debilidad», tuiteó El Gato y La Caja junto a la investigación mencionada, donde se entrevistó a diversas personas sobre el uso de tapabocas y cuyos resultados confirman que la estupidez humana no tiene límites, ni siquiera en medio de una pandemia.

«Es posible que los hombres, más que las mujeres, expresen haber tenido sentimientos negativos al  usar un protector para la cara», indica el informe y diferencia aquellos lugares en donde el uso del tapabocas es obligatorio de donde no. Los resultados muestran que en los lugares donde no es obligatorio, ellos deciden no utilizarlo más que ellas

¿Puede la masculinidad ser tan frágil que el uso de un tapabocas la amenaza? ¿Cuáles son los parámetros que la rigen? ¿Es más importante demostrar potencia y virilidad que cuidar la salud? ¿Se puede ser tan inconsciente? Para entender a qué se deben estas conductas, debemos remontarnos a la histórica división sexual del trabajo.

Tanto las tareas domésticas como las vinculadas al cuidado personal y familiar fueron delegadas en manos femeninas. A nivel nacional, el 76,4 % del tiempo total dedicado al trabajo doméstico no remunerado lo realizan las mujeres (INDEC, 2013). Posiblemente sea una de las variables por las cuales ellas tienen mayor expectativa de vida que los varones.  

Ir al médico, cuidar de la salud, comer sano, seguir las recomendaciones de les profesionales… ¿atenta contra el mandato de masculinidad?

A mí nadie me dice qué hacer 

«El coronavirus es una simple «gripecita», todos moriremos algún día, hay que enfrentarse al virus como un hombre», afimó Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, un país con más de 1.6 millones de infecciones y más de 65.000 muertos por COVID-19. Hoy, es el segundo país más afectado por la pandemia en el mundo, detrás de Estados Unidos.

Lo peligroso del discurso del «macho superpoderoso» que todo lo puede amparado en su virilidad y fortaleza es que trasciende la ficcionalidad y se vuelve sentido común, logrando que muchos varones se sientan inmunes frente a un virus que se expande todos los días y no distingue géneros.

Personas que visitaron al presidente brasileño durante el aislamiento social revelaron que él se negó a usar máscaras e insistió en que era una «cosa de maricones», según la columnista Monica Bergamo del periódico Folha de S. Paulo. Este pensamiento, aunque no en términos tan literales, opera inconscientemente en muchas personas que se rehúsan a seguir las recomendaciones de les profesionales de la salud.

Luciano Fabbri, politólogo e integrante del Instituto Masculinidades y Cambio Social de Rosario afirma que los varones «no recurren (a la consulta médica) de manera preventiva sino cuando ya están afectados por un proceso de enfermedad, fundamentalmente cuando afecta sus roles tradicionales de proveedor y procreador».

Repensar la masculinidad hegemónica no solo nos lleva a desactivar viejos hábitos sociales incorporados y a distribuir equitativamente las tareas de cuidado: es posible que hasta ayude a salvar vidas.


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