Las desventajas de ser invisible

Hoy, 31 de marzo, se conmemora desde el año 2009 el Día Internacional de la Visibilidad Travesti/Trans con el motivo de otorgarles voz a quienes jamás la tuvimos e instar a la reflexión sobre la realidad que nos atañe como colectivo. Si bien podemos decir que en los últimos años hemos adquirido mayor resonancia y llegamos, incluso, a estar en la agenda pública con la ley de identidad de género o el cupo laboral trans, ¿qué es lo que efectivamente se conoce sobre nosotres? ¿Qué se sabe sobre nuestras identidades, corporalidades y vivencias más allá de la falta de oportunidades a la que nos enfrentamos día a día?

Es muy posible que quienes circunden por ámbitos reflexivos y feministas, ya sean marchas, centros culturales, espacios de militancia o a través de simples publicaciones en redes sociales, encuentren familiares los números 35 y 40 cuando hablamos de las personas trans y travesti, especialmente las femineidades: estos reflejan nuestra expectativa de vida como colectivo (entre 35 y 40 años), apenas la mitad en promedio que el resto de la población (cis).

Quienes sean un poco menos osades en su búsqueda de conocimiento, vociferarán las mismas frases cliché que se leen en Internet, aunque quizá con las mejores intenciones: «Vivimos en un cuerpo equivocado», «Soy una niña atrapada en el cuerpo de un niño», «Antes era mujer y ahora es hombre», «Desde pequeña yo jugaba con muñecas y me vestía con la ropa de mi madre».

Por otro lado, nunca faltan quienes también repiten frases hechas pero con la intención de invalidarnos, del tipo: «Se cree mujer por ponerse tetas». A menudo surgen también ciertas presuposiciones sobre nuestras vivencias: la terapia hormonal como único propósito en la vida; la imperiosa necesidad de la operación (en general, en referencia a la vaginoplastia o faloplastia); la ropa, los juegos, los deportes, las actitudes, los rasgos físicos y las preferencias sexuales estereotípicamente femeninas en caso de las mujeres o las masculinas en caso de los varones (no binaries, abstenerse).

Se habla mucho sobre nosotres pero muy poco es lo que de verdad se sabe. Frente a la escasez de ESI se abre lugar al prejuicio y a la desinformación, incluso entre nosotres mismes, lo cual se refleja en una vulneración del acceso a nuestros derechos. ¿Acaso a alguien le explicaron en una clase de ciencias naturales cómo funciona la terapia de reemplazo hormonal o los centros de salud que la propician? Por mi parte, jamás. Como tampoco tuve la oportunidad de encontrar en algún libro de estudio la anatomía de mi vulva. No me explicaron en qué consistía esa operación, ni cómo se vería luego, ni dónde hacerla. La mera experiencia y algún que otro video en YouTube de otra chica trans fueron mi única educación sexual. Y, al parecer, no soy la única, porque a nuestras dudas se le añaden las dudas externas.

InESIstente

Dado que el derecho a la información es universal y más aun cuando se trata de nuestra propia salud, conocer nuestros cuerpos y los de les otres es fundamental para poder vincularnos de manera saludable. Habitar la sexualidad de forma plena y responsable requiere de tener una mínima noción de quiénes somos, qué nos gusta y de qué manera nos relacionamos con ella. De esto, ni siquiera las personas cisgénero pueden jactarse por completo. ¿O acaso todos los hombres cis pueden decir dónde se ubica el clítoris? ¿Sabrán siquiera que vagina y vulva no son sinónimos?

Está claro que si es muy poco lo que se educa sobre sexualidad cis, no se puede pretender que el común de la población entienda algo de la genitalidad travesti/trans. Menos aun cuando se rompen los esquemas de la binariedad. «Existen mujeres con pene y hombres con vulva», solemos decir con rigor desde la diversidad sexual. A esto habría que agregarle que no todas las mujeres trans tienen pene ni todos los hombres trans tienen vagina. Asimismo, no todas las mujeres trans reniegan de su pene ni los hombres de su vagina. El deseo y el goce son indistintos a la identidad de género. Las identidades de género por fuera de la cisnorma no necesariamente implican disforia de género. Y así, cientos de afirmaciones más.

Si no se tiene una amiga trans operada, es factible que se desconozca por completo que la vulva de una mujer trans se constituye íntegramente con restos de piel del mismo pene –por lo que carecemos de órganos internos como el útero u ovarios–, o cuál es el régimen estricto de dilataciones que hay que realizarse para que el canal vaginal no ceda. Es muy posible que nadie sepa que las mujeres trans con vagina también utilizamos toallitas o protectores diarios. No menstruamos –como me han preguntado para mi asombro en más de una oportunidad– pero si secretamos un poco de sangre al comienzo y fluidos de un tono amarillento que ni yo sé bien de qué se tratan. Y ahí se encuentra el punto.

Cuerpes… ¿visibles?

Nadie nunca nos enseñó nada. Ni de nuestra anatomía corporal ni de nuestra identidad. Crecimos en este mundo a escondidas hasta que, por alguna casualidad del destino, nos topamos con la palabra trans –o travesti, dependiendo la generación–. Aquella palabra tan poco nombrada pero que, en caso de utilizarse, enarbola un prototipo hegemonizado de la vivencia disidente.

Las únicas mujeres trans visibles (los hombres trans o y les no binaries parecen no existir) son aquellas que de niñas jugaban con muñecas, vestían la ropa de su madre o hermana y que desde los 3 años son conscientes de su verdadera identidad. Mujeres que desde tan temprana edad detestaban su propio cuerpo –cualquier semejanza con los mandatos de la femineidad es pura coincidencia–, enajenando de su vida hasta el más mínimo atisbo de lo socialmente aceptado como masculino.

No hay lugar para otro tipo de manifestaciones de la identidad y la vivencia personal del género. Apenas sí lo hay en la periferia para aquellas mujeres «que no parecen trans». ¿Qué es parecer trans? No tenemos metas, aspiraciones, sueños, emociones, sensaciones, amoríos. Nuestra condición humana pareciera no existir o estar supeditada meramente a la «transición». ¿Transición de qué? Nuestra identidad es siempre una. Lo otro, nada más que la socialización impuesta bajo los cánones de lo masculino y femenino dependiendo del genital con el que nacimos.

En este día tan paradigmático, sería de gran importancia que nos comencemos a preguntar: ¿somos visibles? Varones y mujeres cis: ¿a cuántas personas trans pueden nombrar? ¿Cuántes familiares, amigues, conocides trans tienen? ¿Cuántas artistas, científicas, políticas, deportistas, empresarias, médicas, periodistas, docentes travas conocen? ¿Qué imagen se les viene a la mente cuando hablamos de travestis y trans? Estoy segura de que no les demandará más de dos minutos pensarlo, pero a nosotres nos demanda la oportunidad de vivir una vida mejor. Visibilizar a quienes sí llegan, que les hay pero en un número muy reducido, y expandir el abanico de posibilidades hacia el conjunto nos resultará más conveniente que añadir nuevas efemérides al calendario.


Imagen de portada: Asociación Civil Infancias Libres


Es con todas (y todes)

Un nuevo 8M pasa. Esta vez un poco diferente en un año diferente. El glitter, los pañuelos, los carteles, las pancartas y las banderas que suelen teñir las calles del país –y del mundo– por estas fechas, se entremezclan con las caras ceñidas por barbijos de lo más diversos e innumerables pomos de alcohol en gel. Se vislumbran incluso algunos rostros recubiertos por máscaras y cascos protectores de Covid-19.

Las laringes forzadas por la poca resonancia de las mascarillas no impiden oír los cánticos característicos ni los gritos de furia de cada une de les presentes. Miles de mujeres congregadas una vez más, dispuestas a derribar a fuerza de pico y pala los cimientos de la gran muralla que divide a los mortales con vulva respecto a sus pares con pene. Bueno, algunos.

Sucede que el abanico de la diversidad humana es muy grande, pero tal como termina por suceder en otras esferas de la vida, la libertad se limita para unos pocos. Podríamos pasarnos horas describiendo y debatiendo acerca de las estructuras falocéntricas sobre las que se levantan nuestras sociedades y nuestras culturas. Litros y litros de tinta se han volcado en teorías sobre el régimen patriarcal que nos sostiene (¿o sostenemos?).

Pero lo cierto es que nadie, al menos hacia el interior del movimiento feminista, niega ni pone en discusión el poder que otorga portar un falo entre las piernas. Ni siquiera nosotras, las mujeres trans y las travestis, quienes por este motivo somos colocadas frecuentemente en el banquillo de les acusades poniendo en tela de juicio nuestra identidad como mujeres. Incluso si somos de las que, cirugía mediante, también tenemos vulva, con toda la carga cultural y simbólica que ello significa.

Una historia de prejuicios

Han pasado 30 años desde que Judith Butler irrumpió al feminismo con El género en disputa y cientos de miles de estudios similares le precedieron. Aun así, se nos sigue culpando de perpetuar estereotipos de género, de misoginia y hasta de ser «hombres infiltrados que quieren apropiarse del feminismo». Algunos discursos más «moderados» afirman que lo que sufrimos no es opresión, como las personas nacidas con vulva, sino discriminación. Como si una cosa fuese mejor que la otra o no existiese de igual manera una situación de desigualdad que atenta contra nosotres (incluyendo varones trans y no-binaries). Lo cierto es que, más allá del carácter de odio que se le pueda asignar a estos razonamientos, quienes tenemos una mirada social crítica no podemos dejar de analizarlos y comprenderlos en su contexto.

La imagen monstruosa que el patriarcado se ha encargado de construir socialmente sobre nosotras hizo a nuestra reputación dentro de los feminismos. Hasta hace no mucho tiempo, era inmediata la relación entre travestismo, venta y consumo de drogas, robos y prostitución que se cruza por la cabeza de muchas personas cisgénero. Un verdadero cóctel delictivo del cual «mejor alejarse».

En este punto nunca está de más aclarar que la prostitución, en muchos casos, no la elegimos. Es la única alternativa a la exclusión familiar, escolar y laboral. Lohana Berkins fue echada de su casa a los 13 años de edad. Dejó su familia atrás, sus estudios y salió a enfrentarse al mundo real siendo apenas una niña. Desafortunadamente, hay muchas Lohanas en esta vida. Sin ánimos de cargar las tintas sobre las trabajadoras sexuales –otro sector constantemente atacado dentro del movimiento feminista–, en la realidad de las mujeres trans y las travestis, la prostitución dista mucho de ser una elección personal en la mayoría de nosotras.

El papel de los medios de comunicación

Quien no comprenda el rol que ejercen los medios en la construcción del «sentido común» de una sociedad, se pierde una pieza fundamental del rompecabezas político. Todes hemos crecido, en mayor o menor medida, siendo espectadores de películas, programas de televisión e incluso publicidades donde desfilaba el machismo con estereotipos, roles de género y, por supuesto, la relegación de la mujer a un segundo plano hipersexualizado. Los hay hasta nuestros días. Pero si nos remontamos unas décadas atrás, el nivel de machismo presente nada más y nada menos que en la comedia –donde se suelen naturalizar con mayor facilidad este tipo de violencias–, es extremadamente repulsivo.

Durante mucho tiempo se adoptó como recurso la interpretación de personajes femeninos por varones cisgénero a modo de parodia –y ojo, no confundir esto con la cultura Drag–. Esta forma concreta de «hacer humor» y el enfoque que le otorgaban derivó en una estigmatización feroz de las mujeres trans. Pero no solo era netamente transfóbico, sino también misógino. Se utilizaba a lo travesti como objeto de burla a la vez que se ridiculizaba el rol de la mujer cis. Dos pájaros de un tiro.

Sin una representación verdadera de nosotras en los medios de comunicación, la invisibilización/marginación de nuestras identidades, los prejuicios machistas y la supremacía del discurso biologicista –el mismo que hasta el año 2018 consideraba a la transexualidad un trastorno mental–, ¿qué otra imagen podría formularse de las mujeres trans si no es una misógina ridiculización de la mujer cisgénero? Siendo víctimas de las violencias que ya conocemos (física, verbal, psicológica, económica, etc.) ejercidas por hombres cis, sumado a la desinformación sobre nuestra realidad cotidiana, es común que las mujeres cis nos hayan visto durante tanto tiempo no como sus pares sino como victimarios. Pero la realidad actual exige una deconstrucción de esos preceptos.

Tiempos modernos

La aparición de voces verdaderamente trans y travesti en los últimos años sirvió para visibilizar y contraponer al estigma nuestro propio discurso. Ahora somos nosotres quienes hablamos por nosotres y nuestras identidades. Hemos ido conquistando espacios antes impensados para una travesti/trans, donde se pone de manifiesto la carencia argumentativa del discurso transodiante. No existe un modelo único de ser trans como tampoco existe un modelo único de ser cisgénero. Figuras como las de Flor de la V y Lizzy Tagliani en el mundo del espectáculo, Diana Zurco en el periodismo o inclusive Mara Gómez en el fútbol –deporte masculino por antonomasia–, contrastan la imagen estereotipada y hegemónica de la travesti/mujer trans desvivida únicamente por el rosa y el maquillaje.

Hoy en día, incluso la misma ciencia que se encargó de negarnos, nos avala y entiende el sexo ya no como un binario estático en Hombre-Mujer, sino como un espectro mucho más amplio y complejo. Afirmar que una mujer trans no es una verdadera mujer o que «se cree mujer por ponerse tetas» no solo implica un desconocimiento total de lo que es la identidad de género, sino que expone la verdadera misoginia de ese discurso al reducir a las mujeres a un par de senos. O, en su defecto, a una vulva.

Todas compañeras (y compañeres)

Como ya nos enseñó Simone de Beauvoir (1949): «No se nace mujer, llega una a hacerlo». Compartir el discurso reaccionario que declaman quienes defienden permanentemente el statu quo anti derechos solo contribuye a seguir reproduciendo las mismas lógicas opresivas de las que se nutre el patriarcado. Debemos comprender de una vez que todas somos compañeras. Todas padecemos este sistema que nos relega, nos invisibiliza, nos abusa, nos viola, nos mata. El enemigo está ahí afuera y nos quiere divididas porque sabe que juntas somos invencibles. No se va a caer, lo vamos a derribar, pero para ello hay que dejar de sostenerlo. El feminismo es con todas y todes, o no será.


Imagen de portada: Malena Blanco Barrientos.


La deconstrucción del deporte empieza con dESIsión

Nadie con un poco de criterio y capacidad de análisis puede negar que el mundo del deporte es uno de los espacios histórica y exclusivamente masculinos más reticentes a abrirle paso a la deconstrucción. La polémica que envuelve (una vez más) al rugby por los nefastos tuits de jugadores de Los Pumas dan cuenta de la impunidad que otorga el vestuario en la construcción de la identidad masculina hegemónica y la conformación de un sentido común cooptado por el individualismo.

Pero esto no sucede solo en un equipo profesional de determinada disciplina deportiva: es un fenómeno que enmaraña a todo el entorno deportivo en su conjunto, comenzando por el más institucionalizado y por el que deben transitar todos los seres humanos de las sociedades modernas, incluso antes de aprender a leer y escribir: las clases de educación física

Siendo esta una de las instancias escolares (y, podría decir, de la vida) con un rol crucial en la construcción de nuestra identidad como personas y con una incidencia particular en la reproducción (o no) de las lógicas patriarcales que nos atraviesan como sociedad, es fundamental comenzar a desandar ciertas cuestiones en torno a esta asignatura para luego expandir el debate a toda la actividad deportiva en su conjunto.

Primero lo primero: transversalizar la ESI

Como mujer trans que compartió «camuflada» por 12 años las 2 horas semanales que establece la currícula escolar de educación física únicamente con varones, puedo dar cuenta de lo mucho que nos falta a los feminismos y movimientos de la diversidad sexual poder interpelar estos espacios, habitados casi de forma exclusiva por hombres cis heterosexuales.

En primera instancia, no deja de resultar curioso como esta asignatura es la encargada por antonomasia de replicar a rajatabla los estandartes de la masculinidad y la feminidad hegemónica en el ámbito escolar. En pleno siglo XXI, año 2020, se hace verdaderamente difícil hallar una respuesta lógica que nos permita entender por qué esta materia -la única en todo el sistema educativo- continúa dictándose en forma diferenciada según nuestra anatomía genital. Resulta perverso, no solo por la escisión de les estudiantes en grupos según los parámetros arcaicos y binarios de varón-mujer, sino por el hecho de que el mismo plan de estudios se estructura según portes un falo o una vulva entre las piernas.

Si bien existen colegios donde la educación física se dicta sin distinción de género y, por lo tanto, las actividades a realizar son igual para todes, la realidad de las mayorías estudiantiles tiende a la división. Si esto puede ser un fastidio para algunas personas cis, representa un verdadero infierno para las personas trans, travestis y no binaries. Especialmente quienes no han tenido el «valor» de mencionar con antelación su identidad y tener así una mínima chance de ir a clases con otro grupo, dependiendo de la buena voluntad que disponga la institución pese a haber una ley en la que ampararse.

Hablando de roles de género

Por otro lado, en una clase de educación física de varones (que es lo que conozco), casi con exclusividad el deporte predilecto a realizar es el fútbol. También suele ser del agrado del docente el handball y el vóley. Con mucha suerte se practican otros deportes, como el básquet, dependiendo de la fisonomía del lugar, las condiciones climáticas, los recursos disponibles y la predisposición del profesor a escapar un poco de lo convencional.

Claro que nada de ello le huye demasiado a la norma. Reducir la actividad física a un puñado de 3 o 4 disciplinas es cuanto menos dudoso. Más aun cuando se trata de disciplinas tan arraigadas al arquetipo de lo masculino como lo es el fútbol y que no son practicadas en el caso de las mujeres (y otras personas con vulva). Al menos no con la misma regularidad. Jamás me ha tocado observar a los grupos de chicas jugar un torneo de fútbol ni a los de chicos hacer gimnasia rítmica.

Pero, independientemente de que el deporte que se escoja para la clase nos resulte ameno o no, hay una cuestión más profunda. No solo es el juego un problema en sí, sino todo lo que ello conlleva. ¿Cuántas personas han sido víctimas de bullying en su paso por la escolaridad por parte de sus compañeres por no destacarse en la actividad física y, muchas veces, con la complicidad del docente? ¿Podemos desentender ese bullying del contexto en el que se abarca el juego? Por otra parte: ¿qué estamos haciendo como estudiantes, como docentes e incluso como xadres para erradicarlo?

El deporte como formador de la masculinidad

Sin lugar a dudas, nadie nace odiando ni discriminando ni hostigando a otres. Un sujeto como Pablo Matera, cuestionado capitán de Los Pumas, no se forja por sí solo. En cualquier entorno deportivo, sea en la escuela, en un club o en una plaza, todo tipo de comentarios o actitudes racistas, misóginas, homofóbicas, clasistas, xenófobas están a la orden del día. Está claro que el contexto moldea y retroalimenta. Pero, ¿por qué se da ese contexto? ¿Qué clase de personas estamos formando a través del deporte? ¿Se promueve la empatía, la solidaridad, el respeto, el compañerismo, el trabajo en equipo, la unidad, aportar nuestras características particulares en favor de un bien colectivo? ¿O predominan el individualismo, la competitividad extrema, la codicia, la altanería, la segregación y la denigración hacia quienes son diferentes?

Es interesante cómo confluyen de forma tan peligrosamente desapercibida los valores mismos del patriarcado y del neoliberalismo en el deporte. En efecto, todas estas características son propias de lo que debe ser un varón y un ciudadano «de bien». Pero, en el caso de la educación física, por ser una etapa institucionalizada por la que todes pasamos sin elegirla, le cabe una cuota de responsabilidad particular.

Pues, tal vez sin quererlo, es un lugar génesis en la vida del varón cisgénero heterosexual donde se pone en disputa su propia masculinidad y su lugar en la escala social, las cuales deben reafirmarse en cada clase mediante el juego. Se propicia una suerte de Darwinismo social en donde el más habilidoso, el más chistoso, el más musculoso, el más atractivo, el más soberbio, el más abusivo, el más violento, en definitiva, es el más macho entre los machos, es el más «apto», encontrándose impune frente a quienes no cumplan con esos requisitos. Será, además, el ejemplo a seguir, el ganador, el «sueño americano» del débil, quien, en su afán aspiracional por ser parte de ello, se impondrá a su vez frente a los más débiles.  

Un abordaje con perspectiva de género

Demás está decir que somos lo que conocemos y, por lo tanto, los valores y la forma de vincularse que se aprenden en estos espacios, ya desde el jardín de infantes, se naturalizan y son luego replicados en la vida cotidiana. ¿Cómo sorprendernos entonces ante la violencia machista que sufrimos día a día las mujeres y personas LGBTTIQNB+ si estamos educando y siendo educades bajo las mismas lógicas patriarcales que pretendemos erradicar? ¿Cómo podemos hablar de consentimiento a la vez que permitimos los «chistes», la mirada desubicadamente lasciva y la cosificación por parte de los varones cis hacia sus compañeras? ¿Cómo podemos hablar de inclusión siendo el mismo docente quien hace «chistes» transfóbicos/transodiantes? ¿Cómo podemos hablar de solidaridad y conciencia social cuando se promueve la competitividad y el egoísmo desde el momento mismo en que se pisa una pelota?

Ha llegado el momento de que nos hagamos estas preguntas. De una vez y para siempre, es imperioso reformular las relaciones humanas que se generan a través del deporte. En este sentido, las instituciones educativas no pueden ni deben desentenderse. El abordaje que realicen transversalmente en torno a la ESI será decisivo en la formación de ciudadanes capaces de habitar el mundo manteniendo vínculos saludables basados en el respeto, la inclusión y la solidaridad, lejos de la imagen que hoy rodea a un jugador de rugby promedio.

Claro está que no se trata de cargar las tintas únicamente sobre una materia escolar ni con la escuela en sí cuando hay todo un sistema detrás que conduce a ello. Más aun siendo que un problema tan estructural como este no se resuelve de la noche a la mañana. Pero la deuda histórica en materia de género que pesa sobre el deporte, comenzando por la educación física, necesita ser saldada sin más dilaciones. La responsabilidad que le compete a cada una de las instituciones es inmensa. Pero eso no quita que sea tarea de todes: docentes, estudiantes, directives, jugadores, entrenadores, clubes, equipos, espectadores. Porque no hacer nada y permitir que se sigan replicando estos ambientes destructivos también es una decisión política.



¿Qué censuran cuando nos censuran?

Los senos siempre han despertado críticas e incomodado a la moral patriarcal, llegando a ser su exposición en determinados contextos objeto de repudio. Desde la ya cotidiana costumbre de las redes sociales de prohibir fotos con el torso desnudo de mujeres, travestis, trans y no binaries, hasta las innumerables descalificaciones que recibió hace apenas un mes la primera ministra de Finlandia por utilizar un traje escotado en una entrevista, el odio hacia las tetas da cuenta una vez más de lo mucho que nos falta para lograr una verdadera autonomía sobre nuestros cuerpos.

La doble vara

Si existe un largo y continuo debate que ha puesto sobre la mesa el movimiento feminista en los últimos años es el uso «obligatorio» del corpiño. Y es que la desigualdad que impera sobre los pechos según nuestro género es muy evidente. En la playa, en Instagram, en la televisión, haciendo deporte en la plaza o incluso caminando por la vía pública, no existe ningún impedimento jurídico ni moral para que un hombre cisgénero pueda quitarse su remera haciendo gala de su desnudez.

Como debe suceder, nadie dudará por un solo momento de su hombría ni de sus intenciones. Tampoco se le adjudicará un carácter sexual a dicho acto ni le harán llegar un aluvión de obscenidades aquellos transeúntes que pasen cerca suyo, algo que no podemos afirmar de las mujeres, travestis, trans y no binaries que tengan el coraje de apelar a su comodidad y poder de decisión sobre su cuerpo para dejar al descubierto el busto, sea en Internet o en la calle.

Fuente: Infobae

Pero esta doble vara para sentenciar los cuerpos no solo es opresiva, sino que bordea la irracionalidad. Parecieran ser los pezones el eje central de la «aberración mamaria». Si el pezón no se muestra, la foto de Instagram sale. Si el botón mamario se cubre, no hay problema de salir ridiculizada y en ropa interior en el Bailando. ¿Quién decide realmente cuándo se pueden mostrar y cuándo no?

En otros contextos, como en las clases de educación sexual, queda terminantemente prohibido mostrar imágenes reales sobre nuestro cuerpo. Exceptuando algunas ocasiones, que bien podríamos llamar «revolucionarias», casi siempre se «educa» mediante esquemas lo suficientemente abstractos como para no «perturbar la moral». ¿Censurar nuestras tetas es algo natural o un mero capricho moral? ¿Por qué solo molesta la exhibición de los pechos feminizados y se permiten con total naturalidad los pechos masculinizados? ¿Se las prohíbe en todo momento o solo cuando tenemos la voluntad de decidir?

Quizás te interese leer: «Todes podemos contraer cáncer de mama: que no senos olvide», por Yamila Figueroa, Yanina Bellizzi y Ariadna Birocco

Misoginia y feminización de los cuerpos

Tanto en las redes sociales como en la vida cotidiana, la prohibición y la censura son factores recurrentes que afectan no solo a las mujeres cisgénero sino también a travestis, mujeres trans y no binaries. Incluso podría añadir a esta lista a varones trans que no se hayan realizado una mastectomía.

Esto no es un detalle menor dado que, incluso sin haber nacido con vulva o con una identidad de género diferente, ante los ojos del patriarcado el desarrollo mamario implica una lectura de feminización del cuerpo en cuestión y, como tal, digno de ser repudiado. El binarismo dominante y el odio a lo femenino (o lo asociado culturalmente a la feminidad), bases sobre las que se asienta el machismo, son el principio que rige la negación del cuerpo feminizado. No hay lugar para lo femenino, mucho menos para todo aquello que huye de la dicotomía hombre-mujer.

Pero el hecho de que el malestar y la censura perjudiquen por igual a mujeres cis, trans, travestis y no binaries no hace más que derrumbar el mito del carácter naturalmente sexuado y, por lo tanto, cercenado de la vida pública, de los senos femeninos (entendiendo, en términos biologicistas, como femenino a quienes nacen con vulva). De hecho, en otras culturas es (o fue) normal que una mujer deje al descubierto sus pechos sin por esto serle asignado un carácter lascivo. Una vez más, predominan la irracionalidad  y la misoginia.

¿Y qué es lo que molesta?

Si la «obscenidad de los pechos» fuese el problema, la indignación también se haría presente cuando se hipersexualiza el cuerpo de las mujeres en las publicidades y en los programas de televisión. O el nefasto rol que ocupan las mujeres cis y trans en la pornografía, destinada claramente al deseo y el consumo del hombre cisgénero heterosexual. Pero esa no es la cuestión.

Quizás te interese leer: «Historia de la depilación», por Juana Lo Duca

Si escarbamos un poco, lo que incomoda en realidad es la acción, necesariamente opuesta a la sumisión característica del rol femenino. El poder decidir qué hacer, cómo, cuándo y dónde con nuestro cuerpo. Por ello su postura reaccionaria frente al matrimonio igualitario, frente a la identidad de género y hoy, más que nunca, frente a la legalización del aborto. Arrebatarles la decisión y el permiso, tan arraigados al deseo masculino, insignia del poder que otorga portar y seguir el mandato fálico establecido para ejercer soberanía sobre nosotras, nosotres, es lo que hierve la sangre de muchos. Y, curiosamente, también de muchas.  

Entonces… ¿el corpiño no va más?

El uso del corpiño es un tema muy similar a la depilación, también fundada en la obligatoriedad que nos exige el patriarcado de mostrarnos conforme el deseo masculino. No se trata tampoco de dar vuelta la tortilla y censurar a quienes deseen depilarse o, en este caso, utilizar un corpiño. Lo que debe primar en nuestro sano juicio, lejos de la imposición e indistintamente de nuestro género, es nuestro poder de decisión.

Quizás te interese leer: «El corpiño, ¿un mal necesario?», por Florencia Gamón

No vamos a tolerar más la injerencia sobre nuestro cuerpo, sobre nuestras decisiones, sobre nuestros deseos. Que exista la posibilidad de ser diferentes, de hacer las cosas de otra manera y que ello no represente un peligro o un factor de hostigamiento para nadie debería ser el objetivo de todas, todes y todos. Eso sí: algunas personas van a tener que aprender a ceder sus privilegios.



¿Te gustó la nota?

Invitame un café en cafecito.app

Aimé Painé: el Tahil Mapu continúa vivo en nuestra memoria

El pasado 23 de agosto a través de la plataforma Cont.ar se estrenó para todo el país la miniserie de la legendaria artista y activista mapuche-tehuelche Aimé Painé. Dirigida por Aymará Rovera y protagonizada por Charo Bogarín, esta breve ficción biográfica se propone hacer un repaso por la vida de una mujer poco recordada en las grandes urbes pero que sin duda ha dejado su huella en la historia, cargada de una épica propia de quien transita un largo camino hacia el autorreconocimiento y la reivindicación de la identidad originaria durante los tiempos más obscuros de la Historia argentina.

La voz del pueblo mapuche

Aimé Painé nació el 23 de agosto de 1943 en la ciudad rionegrina de Ingeniero Huergo, en esas tierras «desérticas» que por años les winkas (personas no mapuche) hemos codiciado, conquistado, arrasado y denominado vulgarmente como Patagonia, en el milenario territorio del Puelmapu («tierra del este», en mapuzungún). Dada la imposibilidad legal en ese entonces de adoptar un nombre originario, su nombre de nacimiento es Olga Elisa Painé.

Aimé Painé.

De muy pequeña, huérfana de madre, fue arrebatada de su tierra y de los brazos de su humilde padre para ser enviada a un orfanato religioso, el Instituto Unzué de Mar del Plata. Allí fueron sus comienzos en el mundo del canto. Su gran talento vocal le valió que una pareja muy bien acomodada económicamente de la ciudad decidiera adoptarla.

Al cabo de unos años, allá por los 70, Aimé se traslada a Buenos Aires e ingresa al Coro Polifónico Nacional, donde permanece 5 años. Es entonces cuando comienza a surgir en ella el interés por sus raíces y su cultura originaria. De hecho, nuevamente en Mar del Plata, en un encuentro internacional de coros, descubre que la Argentina era el único país participante que no incluía en su repertorio música autóctona.

Estas experiencias la devolverán con su inquietud y su arte a la Patagonia, a intentar reencontrarse luego de más de 3 décadas con su verdadera familia. Aprovechará estos tiempos también para internarse en las costumbres y la espiritualidad de su pueblo a través de las enseñanzas de las papay (ancianas), de quienes aprenderá el mapuzungún, idioma mapuche.

«Saber quién es uno es el comienzo de ser culto»

Aimé no fue una simple cantante. Ella utilizaba su kimün (conocimiento) para transmitir a través del Tahil (canto sagrado o ceremonial) la cosmovisión mapuche, a la vez que denunciaba las penurias que atravesaba (y en gran parte aún atraviesa) su pueblo, desde la llamada Conquista del desierto hasta los días actuales de negación de su identidad y sus derechos. Utilizando prendas tradicionales como el trarilonco e instrumentos característicos como el  Kultrün, las kaskawilla y el trompe, la gran Aimé se hizo un lugar en la historia llevando sus presentaciones incluso más allá de la frontera argentina.

En tiempos donde abundaba el estigma, la invisibilización y el furibundo odio a le originarie (si no estaban extintes, eran «indios que provenían de Chile»), fue pionera y revolucionaria al entonar su canto en mapuzungún, la «lengua de la tierra». A pesar de no haber podido grabar un disco, supo plantársele a una sociedad entera y  alzar la voz de todo un pueblo, el pueblo mapuche, que está más vivo que nunca.

«Un tiempo después de la dictadura del 76 llegó Aimé Painé a la universidad en Viedma, espacio donde estudié. Para mí, Aimé representa la primera zomo (mujer) mapuche que se atrevía a descolonizar en una institución educativa el pensamiento instituido, con una simple y profunda pregunta: “¿Ustedes conocen sus raíces, alguien de aquí sabe si la abuela, el abuelo es mapuche y por extensión ustedes saben quiénes son?”. Pregunta ontológica, filosófica, que en el devenir sitúa, historiza, empodera, habilita el andar y el rompecabezas se va construyendo. Te das cuenta, te vas juntando y sabés que no estamos solas».

Mabel Pizarro, integrante del lof Aimé Painé.

Pero además de sus presentaciones, ella dedicó su vida a despertar esas mentes sedadas por lo citadino y la vorágine propia del winka. Recorrió escuelas y universidades intercambiando palabras con les jóvenes y difundiendo la cultura mapuche en cada rincón del país. Formó parte también de la Asociación de Indígenas de la República Argentina. En cada lugar al que iba, portaba con orgullo las banderas originarias y buscaba llegarles especialmente a sus lamgen (hermanes, compañeres) que aún no se reconocían como tales. «Saber quién es uno es el comienzo de ser culto», decía. Pues por esos años, saber quién era une era mucho más que un acto de búsqueda identitaria. Era, sin lugar a dudas, un gran acto de valor.

Quizás te interese leer: «Eulalia Ares: primera gobernadora en Argentina», por Julieta Iriarte

La serie  

La serie se encuentra disponible de forma gratuita en la plataforma Cont.ar desde el 23 de agosto (fecha de nacimiento de Aimé). Está dirigida por Aymará Rovera y protagonizada por la artista formoseña y de origen guaraní Charo Bogarín, con la participación especial de Juan Palomino. Fue declarada por el Ministerio de Cultura de la Nación «de interés social, cultural y educativo» y ganadora por Patagonia del concurso INCAA y del Festival Audiovisual de Bariloche 2018. La realización se hizo íntegramente en el Puelmapu (territorio mapuche del «lado Argentino») y consta de 4 episodios de 25 minutos.

A pesar de ser una serie homenaje y de contar con el apoyo y consentimiento de la familia de Aimé, como toda ficción biográfica tiene sus desencuentros en cuanto a la veracidad de algunos hechos que se muestran, incluidos cuestionamientos sobre la protagonista.

«Hay un cuestionamiento a la actriz Charo, porque ella ha tenido una actitud desubicada ante los pueblos (y en particular ante el Mapuche) al entregarle un instrumento sagrado Mapuche como el Kultrün al Papa, con todo lo que significa la Iglesia en la conquista colonizadora. Además, ella es originaria guaraní; sin ánimo de desprestigiar, sino de reconocer la cultura Mapuche y su transmisión genuina».

Mabel Pizarro.

Pese a los cuestionamientos que se le puedan hacer, esta miniserie no deja de ser una herramienta muy importante de difusión de su persona. No obstante, desde Escritura Feminista recomendamos siempre comparar los datos que allí se muestran con otras fuentes.

Su legado

Aimé Painé falleció el 10 de septiembre de 1987 a los 43 años, producto de un derrame cerebral, mientras se encontraba en Asunción de Paraguay. Es en conmemoración a su intensa labor por rescatar la identidad de su pueblo que se celebra cada 10 de septiembre el Día de la Cultura Mapuche.

A pesar de no ser tan conocida en los grandes conglomerados urbanos de nuestro país, en los últimos años y en especial desde las comunidades mapuche y también desde el movimiento feminista, su figura ha tomado mayor trascendencia. Desde una calle en Puerto Madero hasta su rostro en el Salón Mujeres Argentinas (y mapuche) de la Casa Rosada, no cabe duda de que Aimé nos ha dejado un gran legado de lucha y de respeto por la multiculturalidad que habita nuestro suelo.


Fuentes:

Imagen destacada: Diana Costa


¿Te gustó la nota?

Invitame un café en cafecito.app

Neuquén inclusivo: otorgan 12 viviendas a mujeres trans

En medio de las dificultades que acarrea la pandemia de COVID-19, la ciudad de Neuquén dio un paso histórico en la ampliación de derechos para la diversidad sexual. El «Condominio Social Tutelado para Mujeres Trans» fue inaugurado el pasado 10 de agosto en el barrio Confluencia. Se trata del primer complejo habitacional del mundo destinado a la población travesti/trans en situación de vulnerabilidad. Fue impulsado por la monja Mónica Astorga Cremona, miembro de la Orden de las Carmelitas Descalzas, quien lleva 10 años a cargo del proyecto.

Un sueño hecho realidad

«Yo comencé a acompañar a las trans hace 14 años. Lo que a mí más me impactó es que cuando les pregunté qué sueño tenían, me dijeron que lo que querían era una cama para morir».

Hermana Mónica Astorga Cremona para Agencia Presentes.

La construcción del «Albergue de la Costa del Limay – Sustentable» estuvo a cargo del Instituto Provincial de Vivienda y Urbanismo con una inversión de 27.6 millones de pesos y se levanta sobre un terreno cedido por el municipio en el año 2017. Consta de 12 monoambientes equipados con cocina, baño completo, calefacción y termotanque. También poseen un balcón o patio interno, un salón de usos múltiples y un patio de uso común.

Cartel de bienvenida hecho por la Cooperativa de Trabajo Los Amigos Ltda., empresa constructora del condominio.

«No podían ni agarrar la llave por el llanto, no podían creer lo que estaba pasando. Recuerdo que una me dijo: “El baño es más grande que el cuarto donde vivía”».

Hermana Mónica Astorga Cremona a la Agencia Presentes.

Las viviendas son administradas por el monasterio al que pertenece Astorga, apodada «la monja de las trans», y fueron cedidas en comodato a 12 mujeres travesti/trans de entre 40 y 70 años. En caso de defunción de alguna de sus propietarias, la unidad será destinada a otra mujer trans.

La realidad de las trans

La emergencia habitacional del colectivo no es novedad. En la Argentina, la expectativa de vida como personas travestis/trans no supera los 40 años. El acceso a la educación superior es aún un privilegio de poques y, sumado a la discriminación que la mayoría sufre a la hora de una entrevista laboral, subsistir de la prostitución es lo más inminente. Al carecer de un trabajo registrado con recibo de sueldo, conseguir un alquiler sin precios abusivos y en condiciones de salubridad se vuelve toda una odisea.

En lo que hace a la situación específica en las provincias de Neuquén y Río Negro, según el relevamiento «Trans-formando Realidades» de la Universidad Nacional del Comahue en conjunto con otros organismos gubernamentales, la expectativa de vida es de 42 años, más de un 60% de la comunidad no completó sus estudios secundarios y el 45% ejerce la actividad sexual como fuente de ingresos. En lo que hace a vivienda, en la provincia de Neuquén, el 65% no posee vivienda propia y el 45% tuvo problemas para alquilar por discriminación, motivos económicos y sobreprecios.

Tenencia de la vivienda que habitan.

Por ello, en materia de derechos, este es un avance muy importante para la ciudad y se suma a la reciente aprobación en el Concejo Deliberante Neuquino de la ley de cupo laboral «Yanina Piquet» el pasado 13 de agosto, que establece un porcentaje del 1% del empleo público para les travestis, transexuales y transgéneros.


Fuentes:

Imagen: Diario Río Negro


¿Te gustó la nota?

Invitame un café en cafecito.app