Las dos jaulas

Ficción colaboración escrita por Micaela Abdala


El Sr. y la Sra. Picklets habían estado casados por casi veintisiete años. Él era corredor de bolsa y ella una simple ama de casa.

Henry Picklets consideraba a los de su especie jefes de familia, los únicos capaces de traer dinero a la casa, dinero bien ganado con la fuerza de su trabajo. En su vida y en sus pensamientos, su mujer era solo una acompañante de sus logros. Las opiniones de ella no interesaban y, a pesar de eso, la relación entre ellos se mantenía estable, siempre y cuando al llegar a casa la cena estuviera lista. Nada de lo que ella hacía era suficiente para recibir un reconocimiento por parte de él. Los unía la costumbre, la visión que tenían del mundo, la idea de sentir que ambos pertenecían a alguien.

A Amanda Picklets esto no le afectaba. Sabía cómo era desde el momento en que lo conoció porque se había criado de la misma forma que él. No le importaba que sus opiniones no fueran tenidas en cuenta, tampoco estar en la casa encerrada las veinticuatro horas del día. No consideraba un problema el no tener amigos y tampoco que su marido le prohibiera algunas actividades. Se encontraba cómoda con su vida. Para ella, las restricciones que le imponía Henry no eran más que una muestra de cariño y cuidado.

Su rutina giraba en torno a las preocupaciones que le demandaba el mantenimiento de su hogar. No tenía hijos de los que ocuparse, mascotas a las que comprarles alimento, ni un trabajo que odiar. Toda su vida se reducía a lo que sucedía entre las paredes que la separaban del mundo exterior y que le recordaban día a día lo felices que eran sus vecinos. Siempre que podía, se hacía un tiempo para espiarlos desde su balcón mientras desayunaba. En ellos veía reflejado sus primeros años de noviazgo. 

Decía que amaba la soledad, el silencio, el poder disfrutar de un tiempo de tranquilidad, pero quizás no recordaba lo que era sentirse acompañada. A veces se encontraba a sí misma rememorando con anhelo las salidas con sus viejas amigas en Milán, quienes comenzaron a formar parte del pasado cuando Henry se convirtió en su presente y su futuro. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que había compartido un trago en un bar. Ya no recordaba lo que era llegar borracha a casa, ni reír hasta que las mejillas comenzaran a dolerle. 

De forma inesperada y casi sin permiso, llegó el día en que dejó de contar sonrisas y se convirtió en coleccionista de miradas inexpresivas. Una parte de su alma se concibió encarcelada y, como un acto de revelación, se separó de su cuerpo y emprendió un viaje del que no regresó. Un viaje que le estaba costando su ser.

De lo que Amanda estaba segura era de que amaba leer: le gustaba ser parte de millones de historias en las que ella era la protagonista. Probablemente eso era lo que la mantenía con vida. Había leído cientos de libros -incluso algunos más de una vez-, pero ninguno de ellos era sobre historias de amor, porque al Sr. Picklets le parecían tonterías y, al fin y al cabo, él era quien le compraba los libros. 

«Una mujer tan linda y con gustos tan ordinarios», le dijo Henry aquella tarde de otoño cuando le quitó sin permiso el ejemplar de Anna Karenina que ella tenía en sus manos. «Cuando me conozcas, esto no te va a hacer falta», agregó, acercándose a un tacho de basura y soltando aquel libro. «El amor no se lee, se siente y yo lo percibí en el mismo instante en que crucé la calle y te vi», terminó diciendo. Sus palabras, la seguridad en cada una de ellas, fueron lo que hizo que cayera rendida a sus pies. Lo que él no supo es que, cuando le dejó su número y se fue, ella revolvió la basura hasta encontrarlo. Todavía lo tenía guardado, envuelto entre la ropa en la que él nunca buscaría. 

Una mañana en soledad, no tan diferente al resto de las mañanas, mientras regaba las plantas de su inmenso jardín, descubrió entre los árboles una pequeña puerta de metal incrustada sobre el suelo. De la innumerable cantidad de veces que había pasado por allí, esta era la primera vez que la veía. Observó hacia todos lados como si la respuesta ante tal acontecimiento se encontrara a su alrededor. Temerosa, pero guiada por la curiosidad, la abrió y encontró una escalera que conducía hacia un largo pasillo. La puerta se cerró a sus espaldas cuando bajó el primer escalón y su corazón latió muy fuerte. Paso a paso recorrió el extenso camino en la oscuridad. El olor a humedad impactó directo en sus sentidos y el suelo áspero bajo sus pies le indicó el camino. Al final se encontró con la entrada de un pequeño cuarto.

Empujó y, en cuanto esta se abrió, sus ojos salieron de sus órbitas con lo que allí vio. Por un instante se sintió como Alicia en el País de las Maravillas. Era una sala repleta de libros: estaban por todas partes y divididos en secciones. Nunca había visto tantos en un solo lugar y, como un acto reflejo, corrió hacia los libros de romance que tanto anhelaba. Creyó sentir el momento en que su alma retornaba y se unía a su otra mitad. Recostándose sobre un pequeño sillón pasó la tarde inmersa en nuevas historias. El tiempo corrió lo suficientemente rápido para darse cuenta de que pronto Henry llegaría a casa y despidiéndose de aquel mágico lugar partió a preparar la cena.

Las sonrisas habían vuelto a su puerto, pensó, mientras revolvía la sopa de calamares.

Cuando su marido llegó, le contó lo sucedido y con emoción lo acompañó fuera para enseñarle aquel cuarto soñado, pero se llevó una gran decepción al notar que al levantar la tapa, todo había desaparecido, dejando en su lugar un montón de elementos de jardinería.

—Si no te dejo trabajar es para que te ocupes de la casa —le dijo su marido de mala manera—. Estás por volverte loca —agregó y se marchó, dejándola sola y confundida.  

Aquella noche Amanda no durmió y lloró en silencio al lado de quien decía ser la persona que más la amaba. Las palabras de León Tolstói resonaban como consuelo en su cabeza: «Cada familia infeliz lo es a su manera». 

Al día siguiente esperó ansiosa la partida de su esposo y, en cuanto este puso un pie fuera de la casa, se dirigió al jardín. Miró al cielo, contuvo la respiración, cerró los ojos, se persignó y empujó aquella puerta. La sonrisa se abrió camino nuevamente en su rostro. 

—¡Sabía, sabía que no estaba loca! —gritó mientras saltaba. 

Encontró las escaleras a esa pequeña habitación y emocionada corrió por aquel pasillo como una niña a repetir lo que había hecho el día anterior.

Así, en compañía de su pequeño secreto, pasaron varias semanas en su vida. Era tal el afán que tenía por las miles de historias que leía que comenzó a devorarse libros enteros día a día. Solo había un problema: ninguna de las historias que allí se describían era similares a la suya. No había malos tratos, ni golpes, ni insultos. Poco a poco comenzó a replantearse otra forma de amor. Llegó a sentirse miserable al darse cuenta de que, en realidad, aquello que creía verdadero sobre amar no era ni la mitad de bueno de lo que vivían los personajes de esos relatos. Amanda deseaba tener un amor como los que allí se describían. 

Sabía que su camino para conseguirlo no estaba allanado; estaba casada, apenas salía de casa y solo conocía a unas pocas personas de la ciudad, no tenía familiares ni nadie a quien acudir pero sentía que debía darse la oportunidad y buscar a alguien que la hiciera sentir como la antigua joven de veinte años. Alguien que la hiciera coleccionar risas. Tenía miedo y sabía que no podía huir porque no tenía a dónde ir, todo lo que hacía o conocía de su vida estaba manejado por su marido.

En su mente afloró la idea de mudarse a aquella pequeña habitación, él nunca la buscaría allí. Cada día que partía al trabajo, llevaba parte de sus cosas y las instalaba, hasta que por fin logró crear su propio espacio. 

Ni siquiera tuvo que dar explicaciones de por qué muchas de las cosas del hogar habían comenzado a faltar y pensó que, quizás, ella sería para él una de esas.

«El amor sí se lee», escribió en aquella nota que le dejó sobre la mesa. 

Regó las flores del jardín por última vez, se despidió de la casa y se prometió a sí misma que cuando estuviese lista volvería a salir al mundo. 

Mientras tanto, allí, con todas las historias que aún no había podido leer, aprendería del amor todo aquello que le había sido negado durante los últimos veintisiete años. 


Foto de portada: Gabriel Abdala.


Llorar por cosas buenas

Colaboración escrita por Micaela Abdala


Llevate los autitos, me dice mamá. Según ella, el tiempo pasa más rápido si tengo algo para jugar, pero para mí es lo mismo, porque no me gusta estar encerrado en el quincho. Entra mucho sol por las ventanas y si cierran las puertas me muero de calor. Más ahora en verano y sin pileta. Además mamá sabe que nunca juego, siempre estoy parado, apoyado contra la puerta viéndolos mover la boca y hacerse señas con las manos. Ellos saben que yo los miro. 

Soy como un pollo cocinándose adentro de un horno, pienso y me río. Eso debe ver un pollo cuando yo me acerco a mirar por la ventanita si ya está listo para comer. Me río tan fuerte que parece que me escuchan, porque papá me señala y los dos me miran. Mamá está llorando, como siempre, seguro papá la retó por encerrarme y tiene razón, ¿cuál es el secreto tan grande que guardan como para mandarme al quincho? Veo que él le levanta la mano y mamá mira para donde estoy yo como diciendo «Esto es lo que les pasa a los que se portan mal».

Que se haga hombre, grita papá, lo dice tan fuerte que yo puedo escucharlo desde donde estoy. No sé qué quiere decir con eso, deben ser cosas de grandes y yo no me tengo que meter, así que agarro los autitos y me pongo a jugar. Me estoy haciendo pis pero tengo que aguantar, porque si salgo me van a retar y sé que en un rato mamá va a venir. Yo odio estar acá, pero cuando viene a buscarme es mi parte favorita, porque después vamos a tomar un helado o a la plaza y estar conmigo a mamá la pone contenta.

La veo cruzar el patio, viene llorando y tiene el brazo rojo, como cuando yo me rasco las picaduras de los mosquitos. Abre la puerta y me abraza fuerte.

—¿Por qué lloras mamá? —le pregunto.

—Porque te amo mucho, hijo —me dice.

No entiendo mucho su respuesta.

—Pero eso es algo bueno —le digo.

No me contesta. Me sigue abrazando y yo también lo hago. Tengo que hacerlo, porque está llorando por mí y eso me pone mal. Yo también la amo mucho, pero no me dan ganas de llorar por cosas buenas.

Quiero que esté feliz así que antes de que me diga qué hacer, voy a bañarme, como hago siempre que me viene a buscar. Entro a casa y papá no está, casi nunca está. Cuando él y mamá hablan, se va y vuelve por la noche. No lo veo, porque siempre me obligan a acostarme temprano y encerrarme en la pieza. Pero yo los escucho. Encerrado, otra vez, pero no me molesta porque a esa hora me da sueño.

Nancy nos pasa a buscar para ir al parque y cuando mamá la ve, corre a abrazarla. Veo que empieza a llorar otra vez y me pongo celoso. Si llora es porque también la ama, seguro más que a mí, porque se conocen desde antes de que yo naciera. Es su mejor amiga, iban a las escuela juntas. Yo también quiero que Felipe sea mi amigo cuando seamos grandes.

A papá no le cae muy bien Nancy, a veces se refiere a ella como «la trola esa». Creo que es algo malo, porque mamá siempre le dice que no diga eso. Seguro Nancy sabe, porque no viene mucho a casa cuando está él. A mí no me importa lo que sea ser trola, porque ella es como una tía para mí y siempre me regala cosas y la hace reír a mamá.

—¿Cómo anda mi hombrecito preferido? —me pregunta Nancy cuando la suelta—. Mirá lo que te traje.

—No soy hombrecito, soy Francisco —le respondo y agarro la bolsa de caramelos.

Se ríe y me despeina.

—Decí gracias, Pancho —me dice mamá—, y caminá adelante que con la tía tenemos que hablar.

Corro hasta la esquina y cuando llego la miro para que me deje cruzar la calle solo. Le grito que no viene ningún auto y me hace señas para que siga.

Es domingo, hace más calor que en el quincho y el parque está lleno de chicos para jugar. La veo a Juana subiéndose a la hamaca y cuando me ve me llama para que vaya. También los veo a sus papás, que están tomando mate sentados, riéndose. En un momento el papá la abraza y le da un beso en la boca y yo miro para otro lado. Me da asco, por suerte en casa no tengo que ver eso.

—Hola, Fran —me dice Juana.

—Hola. Tus papás se están besando —le digo y me subo a la hamaca que está al lado.

Juana se da vuelta para mirarlos.

—Siempre se dan besos —me responde—. Cuando yo sea grande quiero un novio como mi papá.

Lo que dice suena raro pero no le respondo. Tomo envión para ir rápido y llegar más alto con la hamaca. Tan alto que siento que estoy tocando las nubes con mis pies.

—¿Por qué llora tu mamá? —me pregunta Juanita.

La miro y veo que Nancy la está abrazando otra vez. Es la única que llora en la plaza y me da un poco de vergüenza porque no sé qué le pasa.

Me bajo de la hamaca y, escondiéndome entre los árboles, voy hasta donde están para ver si puedo escuchar algo de lo que hablan. Juana grita mi nombre y le hago señas para que se calle. No quiero que se enteren de que las estoy espiando. Nunca me dejan escuchar lo que hablan porque dicen que son cosas que no entiendo, me tratan de tonto.

—A mí no es la violencia lo que me preocupa —le dice mamá llorando—, es el hecho de que por más que haga lo que haga no puedo dejarlo.

—Escuchame, flaca —le dice la tía—. Esto no va para más. Ahora sos vos, mañana es Pancho y la próxima no la cuentan ninguno de los dos. 

Presto más atención cuando escucho mi nombre.

—Pero yo lo amo —le dice mamá.

Nancy le contesta que eso no es amor y yo salgo de mi escondite antes de que se den cuenta y vuelvo con mi amiga.

—¿Y? ¿Por qué llora? —me pregunta.

—Porque ama mucho a mi papá —le respondo.

—¡Ahhh! ¡Pero eso es algo bueno, tonto! Se quieren como mis papás —me dice y vuelve a subirse a la hamaca.

Yo los vuelvo a mirar y ahora la mamá de Juana está leyendo con la cabeza apoyada en las piernas del papá, mientras él le acaricia el pelo y la mira todo el tiempo. No estoy muy seguro de que mis papás se quieran igual que ellos, como dice Juana.

Mamá me grita para que vaya a donde está ella. Nos vamos, dice. Yo saludo a mi amiga y le prometo que el domingo que viene voy a venir a la misma hora para que juguemos. Me dice que me va a esperar en las hamacas con una sorpresa y yo ya quiero que llegue ese día. 

—Vamos Pancho, apurate que tengo que hacer cosas en casa —me dice mamá.

—¿Y Nancy? —le pregunto mientras caminamos.

—Se fue, pero en un ratito la vemos —me contesta y me da la mano para cruzar la calle.

Me tironea para caminar y llegamos súper rápido. Cuando abre la puerta me dice que la abuela está enferma y que nos vamos a ir unos días a la costa para estar con ella y que se sienta mejor. Yo me pongo feliz, estamos de vacaciones y la playa me encanta. Además hace mucho no veo a la abuela, ya no me acuerdo ni de su cara.

Prepara dos valijas grandes y una chica donde pone todas mis cosas, está apurada porque no dobla nada de lo que guarda, las hace un bollo, como hago yo cuando me saco la ropa.

—¿Puedo llevar la pelota? —le pregunto.

—Sí, mi amor, pero apurate  —me responde—. Y traé también las cosas de la escuela.

No sé por qué quiere que lleve los libros. Estamos de vacaciones y yo no quiero practicar cuentas, todavía falta para volver a clase, pero igual le hago caso y pongo todo en la mochila.

—¿Y las cosas de papá quién las prepara? —le pregunto.

Está arrodillada frente al mueble revolviendo papeles y metiéndolos en una carpeta. Saca la billetera, cuenta plata y mete todos los collares y los aritos en una bolsa.

—¿Ya tenés todo? —me pregunta.

—Sí, ¿y papá? —le repito.

—Papá no viene ahora, tiene que trabajar.

Pobre, pienso. Se va a perder ir al mar y armar castillitos conmigo.

—¿Le podemos dejar una notita? —le pregunto.

—No, Fran —me responde enojada—. Yo después lo llamo y hablo con él.

No pregunto más nada. No quiero que se enoje conmigo. Ya lloró mucho en el día y no quiero volver a verla llorar. Espero sentado en el living mientras termina de acomodar las cosas. Afuera está oscuro, papá tiene que estar por volver y aunque no voy a llegar a decirle chau, estoy contento porque es la primera vez que voy a viajar de noche. Nunca estuve despierto hasta tan tarde.

Afuera se escuchan bocinazos. Me asomo por la ventana y veo a Nancy abriendo el baúl.

Le grita a mamá que se apure y ella abre la puerta con todas las valijas y corre.

—Vamos, vamos —me dice y mira para todos lados.

Subimos al auto y mamá saluda a la casa como hace siempre que viajamos, pero esta vez se pone a llorar. Nancy la abraza como hoy a la tarde. Flaca, pensá en el nene, le dice.

Mamá me mira triste y me da la mano desde el asiento de adelante. La tía arranca y yo miro cómo nuestra casa se hace chiquita. Estoy contento. No hay nada que quiera más que ya estar jugando en la arena, aunque me hubiese gustado avisarle a Juanita que el domingo no voy a llegar.

Imagen de portada: Gabriel Abdala


30 de diciembre

Aquella noche era la tercera vez que Maricel se despertaba agitada, interrumpida por un sueño pesado pero que no se lograba conciliar. Desde la altura de la cucheta, visualizó el reloj despertador en la mesita de luz. 

Las manecillas recién tocaban la medianoche. 

Quizás era por el calor o por el agotamiento adolescente que ese jueves la habían llevado a la cama tan temprano. Giró hacia su derecha y quedó de cara al techo, con sus ojos totalmente abiertos. 

Del cielo raso colgaban las últimas estrellitas de plástico que había cambiado en el kiosco por seis tapitas cada una con la promoción de Navidad. Brillaban en la oscuridad de la habitación. Las había ubicado justo arriba de su cabeza para encontrarse con ellas antes de dormir y después de despertar. Tenía cinco, una ya se le había caído y las otras dos se las había regalado a Román. Su querido Román. 

Su hermano roncó con suficiente volumen para irrumpir sus pensamientos y Maricel pudo escuchar la patada sonámbula con la que se quitaba de un tirón las sabanas del hombre araña. Al menor de la casa le tocaba la peor parte de la cucheta. Maricel lo había tenido que bajar de su cama a tironeadas para que la deje dormir en paz, para que la deje echar lágrimas sin control en su almohada.

Estaba decepcionada y encabronada. Ella no debía estar allí, con las patas casi colgando del colchón y la mirada empañada absorta en lo fluorecente de las estrellas. Había aprobado todas las materias y hacía prácticamente un mes que no había pisado más la escuela. Hasta matemática había dado, una constante de la mesa de febrero. Se había armado su camino al polimodal libre de materias previas. El trato con su mamá siempre se basaba en eso: «Vos estudiá y cuidá a tu hermano que del resto me encargo yo»

Con cuidado de no despertar a su hermano, estiró medio cuerpo y se dejó caer para llegar al cajón de la mesa de luz. Con la tenue luz de la luminaria que entraba por la ventana, tanteó el interior del cajón y sacó una carta. Se volvió a acostar en su cama y la observó en la oscuridad. No necesitaba ver con claridad para leerla, lo recordaba de memoria.

En el pliegue del frente, se leía «Román» con letra imprenta-cursiva mezcladas. Desplegó la hoja rayada N°3 hasta encontrarse con su propio trazo azul, que escribía unas diez líneas. Maricel lo había planeado todo. La rudimentaria carta sería su plan B en caso de que el sonido de su primera cita fuese tan alto que no pudiesen hablar. Bajo ningún concepto iba a dejar que su declaración de amor se le escape otro año más. Si tan solo no hubiese sido tan cobarde…

En el margen inferior derecho, justo debajo de su firma, se encontraba pegado un recorte de revista que publicitaba el canje de tapitas por estrellitas. Sin razón aparente, Maricel sintió sus mejillas tomar temperatura y dejó escapar una risa de manera risueña. 

-Pero yo no te compré nada- se había lamentado la tarde del 25, cuando Román pasó por su casa para dar el saludo de Navidad y le entregó un sobrecito de diario. 

-Regalame un par de esas estrellitas de la propaganda y estamos- había respondido él, en forma de broma. 

Dentro del sobre, había un billete de cinco pesos algo percudido y con ranuras pegadas con cinta scotch

-Me dijiste que te faltaban cinco pesos para la entrada- había agregado con una sonrisa vergonzosa.

Ahora, en su cama, Maricel seguía conmovida por ese gesto aunque también le angustiaba todavía tener el billete, sin haberlo gastado. Era el empujón que necesitaba, era la confirmación después de años de juegos y juntadas en el barrio. Era el pie para poder decir en voz alta que estaba enamorada de Román, lisa y llanamente. Román, con sus 17 recién cumplidos y con la actitud de pibe que solo caminar le bastaba para levantar suspiros en el barrio. Román, que había repetido segundo de polimodal y que podía estar hablando un día entero sobre rock nacional. Román, que llevaba su remera de Callejeros a todas partes. 

Era todo lo que Maricel quería en ese momento. 

Se lo había explicado a gritos a su mamá. Le había suplicado que la dejara ir al recital, que había ahorrado por sus propios medios para la entrada. Que iba a ir con Román, que la iba a cuidar porque era más grande, que lo conocían de toda la vida y sabían que no era mal pibe. 

Sin siquiera levantar la cabeza y sin titubear ni una palabra, su madre le había refutado con las mismas palabras sus argumentos. Que ella todavía era chica, que eran muy distintas las edades, que Once quedaba muy lejos y que con la cantidad de gente Román no la iba a poder cuidar todo el tiempo. Que Maricel no tenía idea de cómo iba la cosa en esos lugares y que así como conocían al vecino de toda la vida, sabía en qué estado iba a terminar. 

Maricel había desbordado en ira y lágrimas y se había encerrado en su habitación al grito de «ya entiendo por qué Florencia se fue a la mierda de esta casa». Desde ese día, con su madre no habían vuelto a hablar. 

En los días posteriores, Román le había sugerido que se escapara, que aprovechara que su mamá esa noche estaba de guardia en el Ramos Mejía y que nunca se iba a enterar. Que él la pasaría a buscar y estaría siempre con ella. Hasta le había dibujado un croquis del recorrido del colectivo que debían tomar. Que llevara el DNI pero que si su madre se lo escondía que no pasaba nada, que entraba igual… 

A Maricel le resbaló una lágrima por la cara. Se arrepentía de haberse negado. De ser tan nena de mamá. Giró hacia la mesita de luz y ajustó la vista para ver el reloj una vez más. 

Una de la madrugada. 

Consideró levantarse y prender la televisión del comedor, pero lo mejor que podía hacer en ese momento era esperar que pase la noche para volver a ver a Román. Con el calor latiéndole en la frente y la garganta sofocada en palabras sin decir, dejó la hoja de papel debajo de su almohada y cerró los ojos, decidida a dormir.

Al otro día, con algo de suerte y magia, quizás su declaración de amor estaría ambientada por brindis con sidra barata y miradas nostálgicas a los fuegos artificiales en el cielo.


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Maradona, los alguienes, el encierro

«Y esta vez tu amor será, será sin abandono»

(Luis Alberto Spinetta, «Sin abandono» del disco Para los árboles)

En la tele
alguien dice que
«los sueños se
pueden cumplir»
.
Está llorando
porque murió Maradona
(sí,
Maradona)
y está esperando
bajo el rayo del sol
para entrar a un velorio
multitudinario.
Hay pandemia,
y está desaconsejado
lo multitudinario.
No trabajan los teatros
ni los cines,
es difícil festejar
un cumpleaños.
Pero parece ser
que algunos velorios sí
se pueden hacer.
Parece ser
que es peligroso crear,
mostrar,
laburar de eso.
Parece ser
que es peligroso celebrar
pero no llorar sobre los restos
de un varón
que es sabido
que fue violento.

Un varón
que hace muchos, muchos años
metió un gol con la mano
cuando según, el reglamento,
había que meterlo con el pie.

¿Entienden?
Con el pie.

En la tele
alguien dice que
«los sueños se
pueden cumplir»
.
Otros alguienes
buscan culpables,
responsables
de la muerte del varón
y nada dicen
sobre el estilo de vida
que él decidió.

No se acercan siquiera
a problematizar su dolor.
A cuestionarse cómo, cuándo, por qué
o incluso para qué
llegó a ser un ídolo
aquel varón.

Yo escucho un disco
de Spinetta
y lloro un poco,
Pero no por el varón.
Mucho menos
por los alguienes
del televisor.
Lloro porque
resulta ser
que aquella música
resuena bien
para contar nuestro encierro.

Un encierro
en el cual
aquello de que
«los sueños se
pueden cumplir»

no es
tan cierto.
No sucede
todo el tiempo.
Un encierro en el cual
nos preguntamos por
los ídolos
y también por el dolor,
pero lloramos menos
y también nos abrazamos
menos,
y un montón de veces
nos miramos de lejos
como los alguienes
ven al Diego,
pero sin
pasión.
Sin la pulsión
que nos haga creer
porque sí,
por la posibilidad de creer.
Y nos mueva a juntarnos
desde los cuerpos.


Juntarnos
bajo una imagen común
aunque sea la del Diego.


Imagen destacada: TyC Sports

Húmeda (una voz extraña)

Mi amor

tiene una voz extraña

color de la arena, la tierra,

la playa.

Mi amor

tiene una voz extraña

que hace juego con sus ojos

sus cejas y sus pestañas.

Arma con ellos la danza

que yo

no sé.

La danza que alguna vez

supe bien y olvidé.

Y arma también

la danza

de aquello que es frontera,

aquello que

quizás regresa.

Y también

puede ser

apenas un espejismo

una expresión de deseo en sí mismo

y escaparse una vez más

esfumarse, retirarse

como el mar,

como las olas, en realidad,

dejando al pasar

la arena

húmeda

marcada por la otredad

por su existencia imparable

inabarcable,

voraz.

Mi amor

sabe cómo bailar

la danza de esta poesía

y otras de

tonalidad similar.

Sabe actuar

la tragedia, el rechazo,

incluso, la soledad.

Y sabe también encontrar

las palabras precisas para un final,

la cadencia perfecta

para contar la guerra, la paz.

Y también todas las cosas

que entre estas líneas

aún no encuentran lugar.


Amarlo

Dormir es un sueño y amarlo también.

Es el acto de envolverse en un espacio suave, terso y caliente.

Envolverse y dejar de ser. «Dormir el dolor».

Quedarse cubierto, cubierta, cubierte por finas sábanas blancas. No ver.

Dormir es un sueño. Amarlo también.

Recostado, recostada, recostade, sin sábanas blancas,

me pregunto por qué. Cómo. Cuándo fue.

Quiero romper la crisálida. Ver el vuelo. Ser el vuelo. Militar el vuelo.

Pero en el vuelo también se quiebra algo. Duelen las alas, a veces, de aletear tanto.

Y, entonces, dormir es un sueño.

Amarlo, también.

#Reseña Guapis: hipersexualización de las infancias, de la realidad a la pantalla

Luego de atravesar una polémica por la presentación que realizó Netflix, el pasado 9 de septiembre se estrenó Guapis (nombre traducido del inglés Cuties o su nombre original francés Mignonnes) y demostró que el argumento de la película dista mucho de lo que se ha denunciado originalmente.

Hace algunas semanas, las controversias se desataron en torno a la imagen que utilizó Netflix para lanzar la promoción de la película: una imagen donde se muestra a cuatro niñas con ropa ajustada (mientras que la imagen original de la película emitida inicialmente en Francia deja ver a las cuatro preadolescentes saltando con bolsas y prendas de ropa interior).

Esto llevó a que les usuaries denunciaran la hipersexualización de los cuerpos de las menores y apología de la pedofilia. Actualmente el sitio Change.org tiene recolectadas más de 300.000 firmas para el pedido de la cancelación de esta película. Desde la plataforma extendieron un pedido de disculpas por la inapropiada manera de comunicar el estreno pero la exigencia de cancelación persiste y la directora de la película, Maïmouna Doucouré, cerró su cuenta de Twitter luego de las críticas y agresiones recibidas. 

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La película narra la historia de Amy Diop (Fathia Youssouf), una niña de 11 años de edad que vive en un barrio humilde de Francia junto a su familia de ascendencia senegalesa. La historia comienza cuando se mudan de vecindario junto a su madre y dos hermanos menores, de quienes debe hacerse cargo durante gran parte del día cuando su madre trabaja.

Amy es una niña callada y curiosa, con dificultades para expresar lo que piensa al comienzo de esta historia. Su padre (quien no aparece en escena), aún está en Senegal y tomará una segunda esposa, motivo por el cual la madre de Amy está muy nerviosa y angustiada. 

Junto a su madre, Amy asiste a reuniones propias de la cultura musulmana donde les enseñan a las mujeres, principalmente a las menores, lo que deben hacer para satisfacer a los maridos, los cuidados en el hogar y las «buenas conductas». Los comportamientos inapropiados de las mujeres, por ejemplo, los asocian con el uso de poca indumentaria. 

En los 96 minutos de película, vemos a una Amy desafiante que crece en pos de su deseo: bailar con un grupo de niñas de su edad que participará en una competencia. Para lograrlo debe, en principio, lograr la aceptación de las niñas y aprender a bailar. Esto lo consigue copiando los pasos de los videos que mira en Internet, reproduciendo poses sensuales de mujeres con muches seguidores en redes sociales y cambiando su vestuario por ropa más ajustada y pequeña.  

Guapis recibió en enero de este año el premio a mejor dirección en la sección World Cinema Dramatic del Festival de Sundance y una mención especial en el Festival de Berlín. En ese momento, no se esperaba la ola de críticas que se desató en las últimas semanas. 

¿Cuál es la controversia en una película reconocida por la crítica internacional?  

La película aborda, desde un relato real y crudo, la reproducción de la feminidad hegemónica y la sexualización de los cuerpos en la infancia como un acto de repetición y una copia a un modelo impuesto. Doucouré logró plasmar la manera en que estos actos de repetición se dan entre la inocencia propia de la etapa que viven estas niñas, el desconocimiento y la exploración de su sexualidad. 

La forma en que las niñas pueden exponer sus cuerpos sin ser conscientes de esto llevó a la directora a crear esta historia luego de ver un grupo de baile infantil en una fiesta de barrio:

«Durante un año y medio, hablé con grupos de chicas en la calle, en las escuelas y en asociaciones. Las grabé cuando tuve el consentimiento de los padres, recopilé sus historias, sus relatos, para saber dónde se situaban ellas como niñas, como futuras mujeres, cómo se situaban en la sociedad con sus amigas, sus familias, el colegio o las redes sociales. Todas estas historias han contribuido a la escritura de Guapis». 

La temática es controversial por sí misma. El cuestionamiento a los modelos del cuerpo femenino que nos imponen es un tema que está en discusión hace mucho. Sin embargo, la película es parte de esta misma crítica.  

Otra de las aristas interesantes que aborda la película es el sentido de pertenencia entre pares logrado por la mirada de une otre, la superficialidad, la sexualidad del cuerpo y las consecuencias que eso mismo puede ocasionar: la exposición de sus cuerpos en redes sociales con el objetivo de lograr el reconocimiento de les compañeres y el mismo desprecio que esas mismas imágenes generan en la volatilidad del comportamiento social, los estándares y las condiciones de aceptación. 

El final de la película (¡tranqui, no es spoiler!) es extraordinario teniendo en cuenta el análisis mencionado anteriormente. Un zamba de emociones de la protagonista entre tanta copia de estereotipos y comportamientos desconocidos que encuentra su refugio en el juego. 

Guapis es una critica en sí misma a la hipersexualizacion de las infancias que se le criticaba. Lo que puede resultar incómodo es la forma de abordarlo y el detalle de las escenas al mostrar los cuerpos de las niñas y sus posturas. Resulta necesario de todas maneras preguntar por la integridad de las niñas que actúan. Esta película pateó el tablero de los estereotipos y puso en escena la peligrosidad que representa el hecho de asociar la sexualización de los cuerpos en la infancia con el éxito y la aceptación. 


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Tener valor

A la memoria de Sandra y Rubén. Presentes.

Anoche casi no dormí. Hoy a las 9:45 a. m. tengo mi primera clase virtual como docente. Tomé horas en la materia Introducción a la Comunicación, en el 3° año de Secundaria. Muchas dudas dan vueltas en mi cabeza… Esto de la docencia, no sé… Pienso y me pregunto: ¿por qué está tan desvalorado el trabajo docente?

Lo del sueldo precario es una respuesta obvia, no voy a indagar sobre eso en mis pensamientos. Prefiero hacerlo en la calle y reclamarlo junto a nuestres pares docentes y alumnes en cada oportunidad. Creo que la desvaloración —si se me permite ese término— puede originarse en la mayoría de institutos privados y públicos que suelen dar contenidos con una visión eurocéntrica, que nos alejan de poner el foco en las prácticas actuales de nuestra sociedad latinoamericana, de nuestro cotidiano. 

Y así aprendimos, desde muy chiques, una educación tradicional de absorción de conocimientos, lo que el gran Freire llama «la educación bancaria». Que al final no beneficia ni a educadores ni a educandes, solo genera desigualdad y marginación. Revertir eso conlleva un doble trabajo y el contexto argentino nunca ayuda a la situación de les docentes, menos en esta pandemia.  

Prendo la computadora, me organizo la agenda y preparo el café mientras pienso. Tenemos que ser conscientes y repensar la historia: esa educación tiene ya 200 años. Debemos recuperar la práctica de eses docentes que le han puesto todo de sí a la educación pública y detenernos menos en los mandatos de Sarmiento.

Pero, también, seamos honestes. La educación utópica la veo de lejitos: que contenga diversidades, que enseñe a aprender, que nos haga pensar para crear, que nos tienda alas a todes. «Ay, que ilusa», susurro. ¿Qué pensarán les estudiantes? ¿Qué quieren aprender les pibes hoy? ¿Querrán realmente eso? ¿Cómo nos adaptaremos a esta virtualidad? La incertidumbre me inunda pero no me ciega.

Con los pies en la tierra reflexiono: son poquitos 200 años de esta historia escrita por unos pocos, tenemos tiempo de hacerla desde una alternativa inclusiva, diversa y respetuosa. Voy a ir un poco más atrás en la historia para reivindicar luchas de mujeres, de colectivos disidentes, de pueblos originarios. Acompañar los procesos de cada estudiante para generar conciencia, escucharles y transformar con paciencia. Inspiro hondo y, finalmente, doy inicio a la videollamada: «¡Buenos días, chiques!».


Imagen de portada: Adrián Pérez


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