Belleza por catálogo

Apenas entró en el probador, una sensación incómoda le recorrió el cuerpo. La lamparita sobre el largo espejo titilaba de manera intermitente. Comenzó a desvestirse lentamente, con cuidado de colocar la ropa sobre el pequeño gancho que estaba dispuesto a su derecha. 

—¡Probala arriba de la ropa interior, bella! —escuchó a la vendedora gritarle desde el otro lado de la cortina. 

Cuando desabrochó el jean y lo bajó, tambaleó y perdió el equilibrio. Su cuerpo golpeó la pared izquierda del probador y causó un gran estruendo sobre el fibrofácil. 

—¿Bella, estás bien? —volvió a inquirir la vendedora. 

Incorporándose, asintió con la cabeza, aunque no podían verla. Sin sacarse la bombacha, deslizó el bombachon de la malla por entre sus piernas. Sintió ambos codos chocar nuevamente con las paredes estrechas. 

Minutos después, tomó el corpiño y lo colocó con cautela. Tuvo cuidado de no chocar los codos, ni el cuerpo contra el cubículo. Le hizo un nudo bastante fuerte en la espalda pero le aliviaba sentir los breteles tan ligeros en sus hombros, lejos de esos modelos estranguladores que se atan al cuello. 

Se miró al espejo. Se veía bien. La malla era cómoda, flexible, le resaltaba los pechos y le escondía la panza. Pero el color no le gustaba. Había hecho bastante terapia para aceptar y poder luchar contra los estigmas, pero tampoco le daba para pasearse por Mar de Ajó con una bikini rojo pasión. Era mejor imponerse sus propios límites que después tener que chocar en vivo y en directo con ellos. 

Abrió la cortina sin dejar que se viera mucho el interior, decidida a preguntarle a la vendedora por alguna otra tonalidad. Sin embargo, no había terminado de asomar la cabeza cuando la muchacha le habló. 

—Ay… Me parecía que no te iba a quedar, bella. ¿Querés que te traiga un talle más grande? —dijo, con una mueca que se dividía entre moralidad y lástima. 

~Bella, como las empleadas aquel día insistían en llamarla, frenó en seco con el pedido detenido en la boca. Pestañeó los ojos con fuerza, como queriendo despertar del mal sueño, y miró a la vendedora con la expectativa de que siguiera hablando, como si hubiese quedado colgando en el aire el remate de un mal chiste. 

La empleada tragó saliva y rellenó el silencio incómodo. 

—También hay muchos modelos enterizos, quizás esos van mejor para tu cuerp… Con tu onda —se corrigió a último momento. 

~Bella sintió las mejillas arder en carne viva. Observó los ojos de la chica, después le recorrió el cuerpo hasta posar la vista en las piernas esbeltas. Todo le daba asco y repulsión.

Sin responderle una sola palabra, cerró la cortina del probador y se miró de frente al espejo. No iba a llorar, no de nuevo, en el cubículo más estrecho de toda la avenida, pero no pudo evitar sentir nauseas y arcadas. Quizás era la luz que seguía tintineando o las tres lucas que había decido ignorar porque finalmente, después de un día agotador —en el sentido más mental que físico—, había encontrado una malla que le quedaba. Una malla que le gustaba.

Se sacó el traje de dos tirones fuertes, se volvió a poner el jean y la remera y salió del probador con la cabeza gacha. Empujó la prenda sobre los brazos de la vendedora y evitó hacer contacto visual que la pusiera en evidencia, que la dejara más desnuda de lo que hacía minutos estaba. 

Caminó rápidamente hacia la salida, antes de poder escuchar algún ~bella más. Sus pies cruzaron el umbral del local y sintió el caluroso viento de la tarde. 

Cuando se adentró en la masa de gente que copaba la avenida ese sábado, se dejó llorar sin importarle las posteriores manchas del maquillaje. Entre la multitud, con su jean tiro alto y su remera larga hasta los muslos, caminó con los brazos cruzados mientras intentaba en vano poner la mente en blanco. 

Seguía con la garganta seca y las constantes arcadas que amenazaban con volverse materia corpórea. Tenía el ~bella incrustado en el estómago y el color rojo pinchándole el hígado, poniendo en peligro el funcionamiento de su sistema digestivo. Advertía la mirada paupérrima de la empleada que, a cuadras del local, todavía sentía clavada en su abdomen rebalsado de grasa. Carecía de fuerzas para ponerse a buscar al interior de su belleza. 

Y, sobre todo, adolecía profundamente por caer en la cuenta de que la psicología individual nunca le iba a curar la eterna culpa que le provocaba la existencia tan estrecha y plana de los demás.

Lloraba, entonces, porque otra vez salía de un local sin encontrar una belleza que le quedara.


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Esta vida

Si cierro los ojos
aún te siento
anidando en mi oreja derecha
entregando el instante
más fugaz
que alguna vez
en mi cuerpo
ha tenido lugar.
Te siento negándote
a un instante más
y dejando en mi oreja
un jadeo final.

Si cierro los ojos
aún te veo acá
malgastando segundos valiosos
convirtiendo mi hogar
en silencio pesado
castigo en mutismo voraz.

Te veo acá
y si estiro los brazos
te puedo tocar.
Si expando mis oídos
aún te puedo encontrar
en aquella canción
que es «la murga que nace
en la entraña del malón».

Si cierro los ojos
aún puedo besar
tu espalda entre sueños,
después puedo inventar
los versos más bellos,
más tristes
que leerás jamás.
Pero ninguno, mi amor,
va a alcanzar jamás
mi amor por vos
su injusticia,
su crueldad
y su dolor.

Si abrazo mi cuerpo
aún te siento
calmando tu sed
con los restos,
rompiendo mi piel
con tu piel.
Y maldigo el momento en que amé.
Maldigo la vida
que alguna vez inventé
de camino a tu casa
a esa casa
donde ya
no volveré.

Maldigo en un grito
esta vida
donde ya
no te voy a ver.

Hasta que la muerte las separe

Colaboración por Candela Fumale


Mi abuela Lita vivió cincuenta y tres años con la prima Estela. Mamá decía que vivían juntas para abaratar el alquiler. En cambio, papá me contaba que la convivencia era una forma de hacerse compañía, porque ninguna de las dos había conseguido casarse. Y, como una versión no contradecía a la otra, crecí sin dudar de ninguna de las dos.

Durante años fui a tomar la leche a lo de mi abuela. Siempre las miraba mientras me preparaban la chocolatada. Se metían las dos en la cocinita y mientras una batía la leche y el polvo, la otra me ponía vainillas en una bandeja. A veces se chocaban y una le ponía un brazo en la espalda a la otra, como pidiendo perdón. Yo creía que las unía un cariño parecido a la necesidad. Que se daban la mano porque las mujeres tienen permitidas ciertas demostraciones de sentimientos que la hombría vedaba a los hombres. O que los sábados hacían reuniones con otras señoras concubinas y se ponían corbatas solo para inventar a los maridos que quisieran tener.

Me acuerdo el momento exacto cuando pregunté por qué Lita y Estela dormían en una cama grande. Mamá se quedó quieta con los platos llenos de detergente y la canilla corriendo. Papá la miró a mamá. Entre los dos me explicaron que su dormitorio era bien chiquito y una cama matrimonial entraba mejor que dos camas simples, pero que no se me ocurriera preguntarle eso a ellas, las podía ofender por tener poco espacio. Pero los nenes no conocen la discreción, así que una vez que me puse a mirar tele con mi abuela en la cama, me ganó la curiosidad. Ella se rió y me contestó que hay amores que no entran en una cama chica.

Hace diez años, cuando se promulgó la ley de matrimonio igualitario, Lita y Estela fueron las primeras del pueblo en ejercerla. Colgaron un portarretratos enorme con la foto del civil en la cocina. Al lado pusieron encuadrada la libreta de matrimonio, en la que vi por primera vez el apellido de la prima Estela. ¿De quién era prima la prima si no había nadie más con ese apellido en la familia? Cuando exigí saber, mis padres me dieron más respuestas dudosas: que «prima» es una forma cariñosa de decir «amiga» y que el matrimonio era para que ambas pudieran compartir la misma obra social, ahora que ya estaban jubiladas.

Tengo veinte años y vengo del crematorio de mi abuela. Estela murió hace tres meses, Lita no aguantó la casa vacía. Veo tanto espacio vacío y pienso cómo nunca me di cuenta de todo el amor que habitaba esos cuartos. Que Estela pintó las paredes hasta el último año que pudo subirse a una escalera, que tenían fotos de las dos en todos los muebles, que la repisa está llena de los libros que se regalaban y no hay uno solo sin dedicatoria, que Lita llevaba en la billetera un rulo de cuando Estela tenía veinticinco años. Cómo nunca racionalicé eso que todos callaban y yo no sabía nombrar.

Hoy me enteré, en medio de abrazos y parentela, que mis tíos habían querido desalojarla a la prima Estela, porque «le gastaba el sueldo a la abuela». ¿Sería eso o sería que hubieran preferido que la abuela gastase su sueldo en un hombre, o mejor, que un hombre se gastase el sueldo en ella? Sea cual fuere, cuando ellas se casaron, la orden de desalojo que mis tíos habían conseguido firmar de forma poco elegante quedó sin efecto. Entonces, es cierto que un papel no garantiza el amor pero cuando el amor desborda, un papel te garantiza derechos.


Cigarrillos de colores

Julián cerró con llave la puerta de su habitación y se quedó parado con el picaporte en la mano. La tarde del segundo martes de febrero se le había hecho larga. Estaba húmedo y el transporte público se había tomado el trayecto de vuelta a su casa con suma calma, similar a la lentitud de las gotas de sudor que bajaban por su espalda. 

Después de caminar las cuadras que lo separaban de la parada, pasó por el kiosquito de la esquina, con la mirada dirigida a las cajas de cigarrillos detrás del mostrador. Los últimos años había fumado Philip Morris religiosamente, pero ahora todas las marcas le parecían iguales. Suaves, normales, Marlboro, Camel. En realidad, no entendía mucho la diferencia.  

«Los mentolados son de puto», le había advertido un no-tan-amigo un par de años antes, cuando aún estaba en la secundaria. «Que no te vean fumando esos porque ya sabes qué pasa»

Finalmente, en el confinamiento de su habitación, abrió el paquete de mentolados que después de tanto tiempo se había animado a comprar. Se sentó en la cama, con la mirada hacia la ventana. La humedad cubría la pared del patio y una planta estaba muerta en una solitaria maceta. Apretó la bolita del filtro del cigarrillo y, luego de encenderlo, se lo llevó a la boca para dar la primera pitada. 

Con la sensación de frescura en la boca, se sacó el uniforme de trabajo y lo dejó hecho una bola en el piso. Debía lavarlo y tenerlo seco para el otro día, pero Julián no estaba tan seguro de querer volver al supermercado, su lugar de trabajo. 

Quizás era una decisión que debió haber tomado cuatro meses antes, al segundo día de haber sido contratado, pero las palabras de su padre lo habían acobardado. 

«Andá a trabajar. Hacete hombre y deja de mariconear por cualquier cosa». 

Claro que su padre no entendía que, aquel primer día, el gerente le había explicado el trabajo parado a metros de distancia con las dos manos detrás de la espalda. No había dicho nada pero Julián no era lento a la hora de comprender el lenguaje corporal. Solo una mirada bastaba para experimentar la incomodidad y la vergüenza. Solo un gesto facial, para leer lo que pasase por una mente prejuiciosa.

A pesar de su corta edad, Julián había transitado lo suficiente para entender que él no corría con la ventaja de «no parecer». Sabía demasiado bien que cualquier cosa que él hiciese era motivo para detonar el conservadurismo y la discriminación.

Durante las siguientes semanas, de todas maneras, había tratado de adaptarse y de generar lazos laborales, sencillos y superficiales pero lazos al fin. El supermercado solo tenía empleados hombres y jóvenes. Su madre lo había alentado a que se relacionara. 

«A ver si de una vez por todas tenés un amigo varón, Julián».

Era una lástima que entre los pocos empleados y él hubieran diferencias sustanciales.

El primer comentario lo tomó desprevenido y casi le causó gracia. Fue un miércoles, el tercero que trabajaba. Llegó temprano y decidió esperar su turno en la sala de descanso. Luego de saludar a uno de sus compañeros con un tímido «hola» no correspondido y antes de que se generase un silencio incómodo, le preguntó al sujeto cuánto hacía que estaba en la sucursal, como para sacar charla. 

—Mirá que yo no soy puto, eh. O sea, todo bien con los gays, pero a mí me gustan las minas —contestó bruscamente y de inmediato, sin dirigirle siquiera la mirada.

Julián no había sabido qué responder, las palabras lo habían dejado congelado. «El out of context más out of context del mundo», pensó. Y, sin embargo, se quedó allí, asintiendo con la cabeza y retrayendo para que el reloj corriera más rápido. 

El humo mentolado salió de su boca y lo sacó del trance. Subió las piernas a la cama y se apoyó sobre el respaldar. Rió de manera irónica ante el recuerdo y la inocencia de pensar que eso era lo más jodido que le había pasado en el trabajo. 

Pero no fue tan difícil volver a tropezar con la misma piedra. La segunda vez, todavía en su plan de hacer amigos, la había encontrado con sus compañeros antes de levantar las persianas. Era lunes y los comentarios sobre la fecha del campeonato inundaban la charla. 

Se ubicó a un costado del grupo para poder escuchar y cuando mencionaron Boca-Aldosivi no dudó en participar. 

—Para mí, no era para roja la patada —dijo con total naturalidad.

El grupo se quedó callado, hasta que uno de ellos —el sujeto— lanzó el chiste más obvio pero que menos esperaba. 

—A este le debe gustar cuando intercambian las camisetas al final —exclamó sin mirarlo. Sin reconocer siquiera su comentario, ignorando prácticamente la presencia de Julián.

Unos pares estallaron en ridículas risas, otros fingieron gracia y los menos se quedaron callados. Julián esperó que, al menos, después del chiste tuviesen la decencia de seguir la conversación pero se encontró con el silencio y la distancia absoluta.  

Acomodó la espalda en la almohada y le dio dos pitadas fugaces al cigarrillo. Sin aviso previo, sintió las lágrimas caer por su cara hinchada. Ácidas y saladas, las sentía hervir contra su mejilla. Todo porque rompía con la normatividad pactada. Todo porque siempre le iban a gustar más los mentolados. 

En retrospectiva, Julián entendió que desde aquel día ya tenía escrita la condena. Aun antes de haber hablado el tema en Recursos Humanos.  El reporte quedó en la nada pero le había valido dos semanas de castigo, ejercido por los propios empleados, que pasó limpiando todo el supermercado. Había sido duro volver tan abajo en la cadena de mando. Injusto. 

Sin embargo, Julián se encontró con que ninguna situación anterior tenía comparación con lo que había sucedido horas antes ese martes. Ni los malos tratos, ni los chismes detrás de su espalda. Nada se le asimilaba.  

Durante el mediodía, se había cruzado con su compañero en el sector de toallitas femeninas. Generalmente le indicaban acomodar ese sector, una y otra vez. Mientras Julián acomodaba las góndolas superiores, el sujeto, un par de años más grande que él, se agachó al costado para reponer el stock de los estantes inferiores.

Si bien los separaba un carrito lleno de paquetes de pañales, Julián tenía vista panorámica del empleado de rodillas. No quiso reír, pero pudo evitar soltar un leve bufido al recordar lo que le había dicho ese empleado la primera vez que habían hablado. 

«Mirá que no soy puto, eh» y sin embargo ahí estaba, agachado casi a su lado, solo separados por un chango.

Julián soltó una risa ante lo bizarro del pensamiento y continuó acomodando. Su mirada se despegó de la góndola por unos segundos pero eso alcanzó para soltar el desastre. 

—¿Vos te estás riendo de mí? —le preguntó desde el suelo, con prepotencia.

Julián se despabiló de sus pensamientos y lo miró desconcertado.

—¿Qué? —respondió, con tono desorientado. 

—¿Que qué? ¿Me estabas mirando, pelotudo? —el sujeto se paró de un salto. Una mezcla de ira y rabia internalizada le empapaba la cara. La bronca que emitía lo hacía crecer de tamaño.

—N-no, nada que ver —llegó a decir, entrecortado. Tenía aún dos paquetes de toallitas en las manos. 

—Me estabas mirando el culo, ¿no, pelotudo? —la inacción de Julián parecía enojarlo aún más. 

El sujeto empujó el chango hacia atrás con fuerza. Julián sintió la manija chocar contra su abdomen. No tuvo tiempo de cubrirse con los brazos. El sujeto se acercó a él y lo impulsó contra las góndolas de manera violenta con las manos aferradas a las solapas de su remera. 

—Escuchame, puto de mierda, a mí no me mandás más al frente, ¿entendiste? —Julián sintió las gotas de saliva en su cara, al tiempo que el aliento caliente inundaba todo a su alrededor. Estaba agitado, los latidos del corazón le zumbaban en los oídos pero la sangre se le había helado. 

—¡¿Entendiste?! —reiteró el sujeto fuera de sí. Lo zamarreó de las solapas y provocó que se golpeara contra los estantes. 

Julián no dijo nada. Solo asintió. Rápido, con la cara pálida y la boca en una línea recta. Tenía la garganta seca, apenas podía respirar. El sujeto lo soltó y lo empujó una vez más contra las góndolas, como si quisiera darle un ultimátum. 

—Más te vale que no te enganche de nuevo mirándome el culo —reiteró con un dedo acusador mientras se alejaba. 

Se había quedado inmóvil hasta que escuchó que alguien más se acercaba. Al ver a una clienta, se incorporó y fingió acomodar los productos en el estante mientras hacía fuerza para no romper en lágrimas. 

El mentolado del cigarrillo aromó las palabras que, aun en su habitación, seguían retumbando en su cabeza. Las paredes reproducían las frases de manera amplificada y Julián no podía calmar el llanto. Lloraba demasiado para un hombre con un cuerpo tan escueto y tan pequeño. 

Puto de mierda, escuchaba. Al eco se le unieron los retos de su abuelo y las risas de sus primos.  

Puto pelotudo.

Percibió las burlas de sus compañeros de la secundaria y los llamados de atención de sus maestros. 

Puto marica.

Oyó las acusaciones de su padre y los lamentos al cielo de su madre. 

Puto asqueroso.

Por último, le retumbó el silencio. Pero no el propio, sino el silencio desolador de todos aquellos que se habían quedado callados, que no habían saltado a darle una mano. 

Puto fracasado. 

Con la imagen de mil dedos índices que apuntaban hacia él, siguió llorando y fumando su mentolado. 

Puto y todas sus variaciones. 

Julián se sentía devastado. Había pagado muchas cuotas durante su vida fuera del clóset, muchas multas por faltar a la heteronorma. No podía evitar frustrarse, ¿hasta cuándo las abonaría? 

Aquel atardecer, decidió nunca más volver. Terminó el cigarrillo mentolado. Escuchó la puerta de entrada y el sonido distintivo de su padre. Se secó la cara y se vistió con ropa de casa. Se dirigió fuera con intención de saludarlo. En una reacción instantánea, escondió los mentolados entre el colchón y la madera de la cama y salió a recibir a su padre con la caja de Philip Morris en la mano.


Tren y circo

Cuando la señora a mi derecha saluda con muchos signos de exclamación y bloquea su celular, me doy cuenta de que mi mirada se desvió totalmente. Y por desviar me refiero a que desde el primer vagón se podían detectar mis ojos mirando su pantalla. No es que lo haga a propósito; es más, me atrevo a decir que ni siquiera es voluntario. Quizás es algún tipo de trastorno cuya cepa central sea leer conversaciones ajenas. 

La señora, bastante más bajita que yo, levanta la cabeza para dedicarme una mirada que desaprueba mi actitud. Yo mantengo la vista hacia adelante, directo a la ventana y no me dejo intimidar aunque claramente me están temblando las patas. 

Aquí no ha pasado nada. 

La oscuridad del exterior me desconcentra y el aburrimiento vuelve a tomar lugar en mi cabeza. Los asientos del tren están llenos, la formación en sí misma está llena y sin embargo no hay lectura alguna para hacer. 

Intento virar mi mirada hacia el hombre que está delante mío, sentado, con su perfil bajo dirigido a su celular. Para mi decepción, ni siquiera hay un título de alguna canción para leer. Solo un juego muy aburrido cuyo nivel no puede pasar. 

Dios, señor, ¿no ve que ahí puede hacer una triple combinación con los caramelos verdes? Preste atención. 

—¿Morena? —escucho una voz preguntar.

—Morena es nombre de perro —Ay no, ahí van mis ojos de nuevo—. No le voy a poner a mi hija un nombre de perro.

Dos mujeres, una más joven que la otra, están sentadas un par de hileras más atrás. No necesito ajustar la vista para ver la gran panza de la que está del lado del pasillo. 

—Mi prima se llama Morena —le responde la otra, algo cortante. Para parecer mayor de 30 años, tiene una vincha con moño demasiado infantil. 

—Con más razón, no le voy a poner Morena —redobla con un tono despectivo. 

Parpadeo un par de veces para relajar la vista. Con una mano me acomodo el auricular derecho, que a esta altura ya está de decoración. Agradezco haber tomado el tren de las 19:20 h. que, a comparación del de las 19:04 h., está mucho más silencioso y calmo. 

—¿Nerea? —la del moño en la cabeza vuelve a preguntar.

—Es literalmente el mismo nombre, Julieta —Oh, con que la jovata tiene nombre. 

—¿Solo porque suenan parecido? —Julieta lo dice relajada, como si no le molestara que su… ¿amiga? le retruque lo que sugiere. 

—Nerea, Morena, es iguaaal —la embarazada responde alargando la a

Alza los brazos para recogerse el pelo y mientras se termina el rudimentario rodete, se abanica con una mano. 

¿Esta señora no va a parir acá, verdad?

—A ver… Vamos a seguir buscando —Julieta levanta el libro que tiene entre las manos. Es finito y alargado. Y, oh qué casualidad, es rosa—. ¿Norma?

No necesito ni esforzar la vista para ver la reacción de la embarazada. 

—¿Cómo le vamos a poner Norma a un bebé?

—¿Qué tiene? —Ay, Julieta. ¡¿Cómo que tiene?!

—¿Y qué, va a nacer con 50 años? —La embarazada tiene un punto. 

Julieta rueda los ojos y suelta un suspiro. 

—¿Y qué nombre le querés poner vos, a ver? —Bueno, Julieta levantó la voz.

La embarazada se la queda mirando. Aprovecho el canon de cabezas que giran hacia ellas para inspeccionar la escena con mucho más detenimiento, sin temor a ser descubierta (de nuevo).

Julieta saca su mano de arriba de la propia de la embarazada y se cruza de brazos, expectante a la respuesta de su… ¿novia?

La embarazada no se queda atrás.

—No sé, a mi vieja le gusta Reina.

Oh, no. No hay ni una sola cosa en esa oración que esté bien. 

Julieta gira. La está fulminando con la mirada. 

—¿Qué? —el monosílabo sale en voz baja pero de manera exasperada, como el susurro con menos intención de ser susurro del mundo.

—Eso, que a mi mamá le gusta Reina —repite con total naturalidad. 

Creo que escuché a Saussure gritar desde el infierno. 

Julieta vuelve a rodar los ojos, esta vez con más intensidad. No dice nada pero la expresión en su rostro es suficiente. La boca en una línea, los cachetes rojos, los ojos serios. 

No necesito escuchar (aunque lo voy a seguir haciendo) para saber qué pasa. 

—¿Qué, Julieta? —la embarazada contraataca, ahora con la ceja levantada. 

—Nada.

—Dale, boluda, te estoy viendo.

—Nada, ya está.

Ay, por Jesús y la Virgen. Julieta, hablá. 

La embarazada le da la espalda —o al menos intenta hacerlo, su panza es gigante— y mira hacia el pasillo. 

Solo es cuestión de minutos hasta que Julieta empiece:

—¿Ni el nombre de tu hija podés elegir sin preguntarle a tu vieja? —Opa, se la dijo. 

—¿Que decís, boluda? —la embarazada se da vuelta abruptamente. 

Que su madre es una metida, señora. No es tan difícil.

—Ah, dale. No me jodas.

Quién hubiese pensado que buscar nombres de bebés podría volverse tan violento. 

—No entiendo qué te molesta, mi vieja quiere estar presente.

—Mejor ni me hagas recordar lo que pasó la última vez que «quiso estar presente».

Sí, Julieta, recordá. El vagón quiere saber. 

—Y sí, si es lo que hacés siempre, te olvidas y ya está.

—Ah, listo. Vos no tenés cara.

Los ojos se me abren como platos, sin querer. La señora bajita que se había enojado porque le observaba el celular se gira levemente para compartirme una mirada. Las dos torcemos la boca y nos alzamos de hombros. 

Já, quién es la chusma ahora, señora. 

Cuando vuelvo la vista, ambas están mirando al frente. Tienen el ceño fruncido y la boca llena de palabras calladas.

Por favor, digan alguna. El vagón quiere escuchar. 

O, bueno, yo. 

Con un pequeño reflejo, distingo en la oscuridad del exterior el paredón antes de llegar a mi estación. 

Agudizo el oído unos segundos más y pongo todas mis fuerzas mentales en que terminen la charla de una vez. 

Me quedan tantas preguntas sin responder. El nombre del bebé, los responsables del bebé, ¡¡la madre!! El tema de la madre… 

¿Justo en este momento deciden quedarse calladas?

Miro por la ventana una vez más y ya estamos entrando a la plaza. Mientras me acerco a la puerta, miro sobre el hombro para ver si vuelven a hablar. Nada. 

Al parecer es algo jodido porque no se dicen ni una palabra.

Finalmente desciendo de la formación, los pies en el andén pero mi cabeza atenta al interior del vagón.

Camino las pocas cuadras hasta mi casa, apurada, pero sin dejar de pensar en la discusión.

Quizás la madre de la embarazada es una arpía. De esas que son pasivoactivas al momento de insultarte.

Quizás es medio facha. 

O, bueno. Quizás simplemente Julieta no confíe en ella. Después de todo, quién confiaría en alguien que le quiere poner Reina a la nieta.

Quizás le podrían poner Isabella. Se hubieran ahorrado toda la discusión del viaje si a alguna de las dos se les hubiese ocurrido ese nombre. 

Gracias al Dios del Entretenimiento Casual, no lo hicieron.


El tamaño de tu amor

Ficción colaboración por Candela Fumale


Este escrito no es para gente disidente. Es para que la gente disidente se los mande a sus padres por mail, se los deje impreso en la mesita de luz o nada más se sienten adelante y se lo lean.

Voy a empezar diciendo que el día que agarré a mis papás y les conté que era lesbiana, mi situación fue privilegiada. ¿Mis papás lloraron? Sí. ¿Me entendieron? No. ¿Se lo esperaban? Tampoco. Muchos meses después llegaron a contarme que incluso habían rezado para que cambie de parecer. Vi todo el dolor y la desazón que los atravesó. Pesaba mucho que la misma situación que a mí me estaba liberando tanto a ellos los angustiara en la misma medida. Ningún hijo quiere hacer sufrir a los padres pero ¿cuál hubiera sido la otra opción?

La mentira. Mentir constantemente sobre con quién estaba o a dónde salía. Mentir cuando mamá me preguntara si me gustaba un chico. Mentir cuando papá quisiera saber con quién me reía tanto por teléfono. Mentir cuando subiera una foto para que la vieran todos menos ellos. Mentir significaría ocultar la parte más trascendental de mí, esconderles la alegría de saber quién soy e ir dejándolos de a poco fuera de mi vida.

¿Por qué dije privilegiada? Porque nuestra primera charla terminó con la frase más cariñosa y sincera que podrían haberme dicho: «No te entendemos, pero te queremos y no nos importa lo que elijas». Por supuesto que necesité muchas más charlas y paciencia hasta que el tema se naturalizó. Papá se enojaba si yo usaba el término «torta» y mamá no se animaba a preguntarme con quién estaba saliendo cuando me veía irme toda arreglada. Con mi hermano fue más fácil: ya se había dado cuenta de todo y en una tarde dimos el tema por resuelto.

Un año después, llevé a una chica a casa por primera vez y todos se portaron igual que cuando había llevado a un chico. Ya hacía tiempo que mamá había empezado a querer indagar en las mismas cuestiones amorosas de antes y papá había dejado de hacerse mala sangre por cómo me expresara.

Yo sé que hay cosas que les siguen costando mucho, cosas que en su época no pasaban (es decir, pasaban pero no se decían) y para las que no están preparados. Pero ellos no tienen idea de que su esfuerzo es lo que más vale. Porque la calle es dura. Es denigrante que te griten insultos desde los autos si te ven de la mano con otra mujer; es cansador ocultarlo en el trabajo porque tu jefe es homofóbico y de él depende tu sueldo; y qué decir de que te agarren a trompadas en un boliche por vestirte con corbata siendo mujer.

Sin embargo, mucho más terrible es que tus propios padres te den la espalda, que te miren con desprecio y digan que mejor sería que estuvieras muerto, como les dijeron a algunos amigos. Que te echen de tu casa sin más. O ese «hacé lo que quieras, pero acá no» y, otra vez, te obligan al silencio y a la mentira como si fuera la dictadura y tuvieras que acallar las verdades.

Esos padres pseudodictadores viven bajo la lógica de que no existe lo que no se ve. Si no ves a tu hijo pintándose los labios es porque ya se encaminó. Pero en el fondo sabés que se traga el odio cuando le decís que no sea puto y se corte el pelo como los hombres, sabés que las pinturas de labios que le desaparecen a tu mujer se las lleva él, sabés que sigue siendo puto, solo que fuera del reinado de tu mirada. Y tu hija te habló de frente y bien clarito: «Papá, Micaela es mi novia», pero a vos esa palabra se te queda atravesada y solo te sale decirle «amiga». Te encerrás tanto en tu dolor que no ves la lágrima que tu hija se saca con la mano cada vez que te escucha decir así. Algún día esas lágrimas terminan colmando el vaso…

Es necesario que reconozcamos que el miedo es real. Los límites de nuestra compresión existen. Todos nos enmarcamos en alguna especie de concepto moral o religioso. Y tiemblo cuando pienso en qué me llevarán la contra mis hijos, porque dentro de treinta años quizás se sientan y piensen cosas que a mí me enseñaron que estaban mal y de repente se ve que ya no. A pesar de todo esto, el límite más grande que nos coarta el accionar no es el miedo, nuestro límite es el amor.

Cuando tu hijo tenía cinco, le agarró pulmonía y pensaste que se moría. No dejaste avanzar al miedo porque no tenías otra opción que cuidarlo. Cuando tenía doce y los compañeros de la escuela le pegaban a la salida, lo acompañaste caminando todo el año para que se sintiera seguro, aunque los otros padres te decían que eras un boludo porque son cosas de chicos. Ahora tu hijo tiene veintitrés, trabajo o estudia, es un adulto. Aunque creas que no, seguís siendo una figura protectora ante la mierda que es el mundo. La agresión y la discriminación te lastiman cuando vienen de la sociedad, por supuesto, pero te destrozan cuando vienen desde adentro; es ir caminando y pisar un clavo parado que no viste; es el aborto sentimental de quienes te protegieron y quisieron pero ya no creen que lo merezcas, como si dejaras de ser una persona digna de amor, como si dejaras de ser una persona.

Entonces, date cuenta de una vez: no está mal que la idea de una sexualidad diferente te incomode, que no sepas del tema o te cueste acostumbrarte. Lo que está mal es que pongas la incomodidad por encima de la relación con tu hijo. Lo que está mal es que prefieras que tu hijo te mienta. Lo único que está mal, acordate, es que tu miedo sea más grande que tu amor.


Imagen de portada: Georgina Rivolta

Paso, punto, caramelo

Cuando la alzó por los aires y sintió las manos del partenaire en sus piernas, el recuerdo se le disparó como una metralleta automática.

Elevó la cabeza para estirar la postura y resolver una perfecta mímica de un pájaro sobre la figura de su compañero. No pudo evitar mirarse en el espejo, su reflejo volando a una altura insuperable mientras que el resto de sus compañeras danzaban en un círculo incesante de giros en media punta. Su cuerpo se elevaba en el centro como el eje de toda la estructura. 

En los ensayos previos, la mentora de actuación había explicado varias pautas para darle interpretación a los movimientos de la danza. No utilizar la memoria corporal de una experiencia real era una. Para eso estudiaban a los personajes de la obra, para eso construirán un alter ego literario. La mentora lo había advertido: la reminiscencia a una situación particular las llevaría por un camino de ida que los tiempos de la coreografía no podrían parar. 

Efectivamente, para ese momento, Camila se estaba yendo. Frente a sus ojos, las secuencias transcurrían como filminas a gran velocidad. Las palmas de su partenaire en su cadera, los dedos firmes y sujetados contra sus muslos eran disparador y cable a tierra al mismo tiempo. 

Camila sabía que el siguiente paso era extender sus brazos para completar la figura mientras la compañía en escena se arrojaba al piso con brazos arqueados. Pero el recuerdo que había empezado como recurso artístico ya se había cristalizado. Se había materializado. 

A través del espejo vio el salón vacío, los parlantes apagados, las luces en un tono más tenue. La falta de ventanas volvía el ambiente pesado y silencioso, alejado de algún rasgo de humanidad. Distinguió en ella misma el cambio al tutú blanco, uno de los primeros que su mamá le había comprado.

Quizás, en retrospectiva, había sido una situación cantada. La barra, las llaves que viraban, la lata de caramelos y los envoltorios dispersos en el suelo. 

Pero ella nunca lo hubiese adivinado. Ni en el peor de los escenarios lo hubiese descifrado. 

Su cuerpo continuaba flotando, firme, en un pedestal de manos frías, grises, de estatua. 

Quizás después de tanto, era momento de ver que el tutú se había ajado, se había vuelto amarillo y ya no le entraba. 

Intentó estirar sus brazos, no hacia los costados como la coreografía lo indicaba, sino hacia adelante, en búsqueda de algún tipo de reacción que durante años no había tenido. Lo más cercano a un manotazo de ahogado, que salvase a su reflejo y que la hiciese despertar de aquella extraña evocación. Escondidos en su mano distinguió un par de caramelos de papel verde y marrón brillante. La sensación de que después de tantos años aún los conservaba se extendió por todo su cuerpo.  

Los miró con atención apoyados sobre su mano pálida y temblorosa. Eran dos. Los restantes que no había comido, porque no le permitían comer más de tres. 

A ninguna chica que quisiera ser bailarina le permitían comer más de tres. 

Y así y todo, él volvía y le ofrecía cada vez más. 

Solo el grito de su compañero la sacudió del trance y la retornó al mundo real. De regreso al estado de conciencia y normalidad, volvió en sí justo para la caída final. 

Las manos pasaron de la cadera, a la cintura, hasta finalmente rodear sus brazos. Camila cayó en puntas de pie, rozó el tutú con sus propias manos y miró al público imaginario frente a ella para sorprender con su gran final. 

Tomo envión. Paso punto paso y se alzó por su cuenta a los aires, sus piernas abiertas en un rústico grand jeté.

Cuando volvió al suelo no paró. No sé detuvo en seco, no se arrojó al suelo para demostrar el monstruoso final del personaje principal, cuyo fatídico destino se interponía en su camino. 

Siguió corriendo, planta sobre el suelo, directo al baño del lugar. Cerró todas las puertas con llave y solo dió un último giro sobre su eje para vomitar.

En su bolso habían quedado las pastillas, pero qué más daba.

Salió del cubículo, se acercó a las piletas dispuestas y solo abrió la canilla para ver el agua pasar. Para verla desaparecer de la cañería.

Escuchó los gritos y el cotilleo que habían rodeado la sala contigua callarse tras la entrada. Se erigió contra el espejo, la espalda esbelta ahora alerta a lo que sucedía del otro lado de la puerta. 

La respiración previa a la emisión de palabras alcanzó para erizarle los pocos pelos del cuerpo. 

—¿Camila, estás ahí? —habló una voz ronca, de tonalidad grave y aparente calma.

No contestó.

—Necesito saber si estás bien —retomó.

Podía oír las palabras penetrar en su cabeza y retumbar en su mente como el eco eterno de un acantilado. La barba actual no quitaba la sensación árida de su quijada y la respiración oleosa que daba en bocanadas. El aliento a café y menta resbalaba por su mejilla a la par de las gotas de sudor posensayos.

Los detalles eran tan vívidos que sus ojos revisaban todos sus flancos, a ver si él no se había escabullido y se había posicionado a su lado. Las sensaciones eran tan presentes que ni su propio reflejo en el espejo era confiable. 

—Tomate tu tiempo, Camila —la mención de su nombre le rebasó la primera lágrima. 

La catarata de llanto que la sucedió no fue suficiente para enfrentar la frase final. Aquella que la disciplinaba y le advertía —sino la amenazaba— que las cosas debían e iban a seguir bajo ese pacto de silencio eterno. Que era su ticket de garantía para conservar su lugar. 

—Cuando quieras, te espero en mi despacho para discutir tu estado en la compañía —sintió la voz volverse sombra y deslizarse dentro por debajo de la puerta—. Tengo caramelos de café y menta.


Mapa de grafitis

Ficción colaboración por Candela Fumale


Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado, supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en calles cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera, no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es «piba nueva, lugar nuevo».

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, ¡pum! El bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella, cruzada de piernas enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese, México-Túnez, hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar. A veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.


Ilustración de portada: Malakkai – Isaac Mahow