Justicia por Evelyn

Evelyn Beatriz Hernandez Cruz, salvadoreña de 18 años, vivía con sus padres y su hermana en una comunidad precaria en Cojutepeque, estudiaba en el Centro Escolar y estaba de novia. Su novio la violó. Nunca pudo hablar ni denunciar el hecho porque la amenazaba con matar a su madre

El 6 de abril de 2016 fue al baño (una letrina, en realidad) por un fuerte dolor en el abdomen y sufrió un desmayo. Había tenido un parto espontáneo. Evelyn no sabía que estaba embarazada. 

Desde ese momento afronta una causa por homicidio agravado. El hospital al que llegó la denunció y la policía corroboró que en su casa estaba el cuerpo de un bebé de ocho meses fallecido por «neumonía aspirativa». 

La jueza de sentencia de Cojutepeque, Nury Velásquez, la condenó a mediados de 2017 a 30 años de prisión por homicidio agravado sin tener en cuenta el desconocimiento de la víctima de su estado. En El Salvador el aborto no es legal bajo ninguna forma y se castiga a las mujeres con penas de hasta 40 años de cárcel incluso si lo hacen por complicaciones en el embarazo. 

Los abogados de Evelyn apelaron esta sentencia y la Sala en lo Penal correspondiente resolvió en diciembre de 2018 que el Tribunal de Cojutepeque celebrase un nuevo juicio. El 14 de febrero de este año decidió que la víctima siguiera el proceso judicial en libertad junto a su familia, después de haber pasado 33 meses presa. 

El 15 de julio pasado, Evelyn debió enfrentarse a un nuevo juicio, pero esta vez por homicidio culposo. Su abogada Bertha Deleón explicó que la Fiscalía General de la República (FGR) decidió cambiar la tipificación del delito de «homicidio agravado» (con dolo y premeditación) a «homicidio culposo» (por negligencia), que tiene una pena que va entre los 10 y los 20 años. 

El análisis del Instituto de Medicina Legal no fue concreto sobre qué desencadenó la muerte del bebé. Sin embargo, la autopsia estableció que había meconio (el primer excremento que se expulsa después de parir, nocivo para el bebé) en los bronquios, lo que podría haberle causado la muerte.

Una situación que desespera

La criminalización de las mujeres que sufren abortos en El Salvador es moneda corriente y una de las más restrictivas del mundo. Según organizaciones de derechos humanos, al menos 16 mujeres están presas acusadas de homicidio tras sufrir abortos que en muchos casos fueron espontáneos.

Los distintos colectivos feministas de El Salvador lograron liberar cerca de 20 mujeres condenadas y encarceladas por haber sufrido, la mayoría, partos espontáneos que derivaron en la muerte de sus bebés. Desde 2016, el Congreso de El Salvador estudia una propuesta para despenalizar el aborto, pero el debate se estancó porque los partidos de derecha se oponen. 

Según el Fondo de Población de Naciones Unidas – UNFPA, en el año 2017 se registraron en El Salvador 19.190 embarazos en niñas y adolescentes entre 10 a 19 años de edad, es decir, 53 niñas o adolescentes embarazadas por día.

El mismo estudio afirma que ocho de cada diez embarazos son perpetrados por personas cercanas a las víctimas, entre estos padres, abuelos, hermanos, tíos, sobrinos, profesores, vecinos, dirigentes de iglesias, entre otros.

Según un documento de Amnistía Internacional, en 2011 la OMS indicó que «el 11% de las mujeres y niñas que se sometieron a un aborto ilegal en El Salvador murieron como consecuencia de ello. Muchas mujeres tienen miedo de pedir asistencia médica cuando sufren complicaciones relacionadas con el embarazo, lo que causa más muertes que se podrían prevenir.  Una encuesta realizada por un periódico en 2013 reveló que el 74% de las personas encuestadas en El Salvador estaban a favor del aborto cuando peligra la vida de la mujer».


 

#Pañuelazo contra la muerte y la desigualdad

El aborto no es inmoral. El aborto es una realidad. Sucede a diario, en todos los rincones de los barrios y del país. Lo inmoral son las muertes que genera la clandestinidad.

El lunes en la tarde, con esta idea como convicción, nos atamos el pañuelo verde al cuello y nos congregamos de a miles frente al Congreso para discutir el aborto como una problemática de salud pública y de desigualdad social y demandar al Estado una ley de aborto legal, seguro y gratuito.

Entre 370.000 y 522.000 personas abortan de manera clandestina al año, según estima el Ministerio de Salud de la Nación desde el año 2009, dato que no puede confirmar por lo irregular de la práctica pero sí calcular en base a la cantidad de consultas e internaciones por sus consecuencias.

Hoy el aborto clandestino es la principal causa de muerte materna. Un informe del Centro Atenea calculó que, a nivel mundial, el aborto causa la muerte del 11% de las personas gestantes. En América Latina, ese número asciende al 13%. En Argentina alcanza el 20% y supera la media de los países vecinos.

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Foto: Télam

Los números abruman y se suman a la desigualdad que viven las niñas, las mujeres y los trans de forma estructural. Porque quienes mueren a causa de los abortos clandestinos son los mismos sectores de siempre: los excluidos del sistema de salud y del sistema en general. Es decir, las pobres. Quienes no pueden acceder a un aborto seguro porque son caros, ni a salud gratuita y de calidad. Y también los hombres trans, que experimentan la marginación en todas las instituciones por las que pasan: desde la familia y el mercado laboral, hasta en los hospitales.

En el 2007, cuando se presentó por primera vez un proyecto de ley para implementar el aborto legal, seguro y gratuito, algunas voces pedían que esperemos porque la sociedad «aún no estaba preparada para ello». Ya fueron presentados seis proyectos por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito y este año vamos hacia el séptimo. Y aún se pide paciencia. Pero, ¿cuántas  muertes más podemos esperar para hacernos cargo?

En los megáfonos, en los afiches y en las remeras, ayer aparecía una y otra vez una misma consigna: educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir. Ese es el horizonte y un paso fundamental para comenzar a construir un mundo un poco más igualitario.

Entre lo clandestino y lo permitido

Antes que nada, cabe aclarar que el aborto no es por completo ilegal en Argentina. Pero tampoco funciona como debería en los casos permitidos por la ley, ya que muchas veces lxs profesionales de la salud deciden no practicarlos por objeción de conciencia, violan el secreto profesional o se interponen procesos judiciales para retrasarlos que culminan al mismo tiempo o después del embarazo.

Otras veces, la idiosincrasia machista encarcela y castiga sin preguntar, como sucedió con Belén, la joven tucumana que llegó al hospital con un cuadro de aborto espontáneo (y sin siquiera saber que estaba embarazada) y salió con una condena de 8 años a prisión.

Desde la segunda reforma al Código Penal, en 1921, la interrupción del embarazo es legal cuando la vida de la mujer peligra o cuando el embarazo es fruto de una violación.

Tras varias modificaciones, dictaduras militares, gobiernos democráticos y reformas constitucionales, en el 2012 la Corte Suprema de Justicia habilitó a lxs médicxs a practicar la Interrupción Legal del Embarazo en las causales previstas desde 1921, en el fallo denominado “F.A.L.”. El único requisito a presentar por las personas gestantes para realizar el aborto sería una declaración jurada sobre el delito sexual que se les hubiera infringido.

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Foto: Primera Piedra

En el año 2015, el Ministerio de Salud de la Nación confeccionó el Protocolo para la Atención Integral de las Personas con Derecho a la Interrupción Legal del Embarazo (Protocolo ILE), basado en los lineamientos de la Corte Suprema y destinado a dictar cómo proceder en hospitales y centros de salud nacionales.

Esta herramienta amplió el concepto de “salud” al incluir los aspectos psicosociales de lxs sujetxs y al tener en cuenta las consecuencias del embarazo y la maternidad obligada en lxs pacientes. Abrió la posibilidad de que el daño psicológico y el estigma social que generaría un embarazo no deseado en la vida de una adolescente, por ejemplo, pudiera llegar a considerarse una causal válida para practicar el aborto. Sin embargo, siempre estuvo sujeto a interpretaciones y a decisiones de la institución interviniente en cada caso.

El problema es que el protocolo ILE no tiene carácter de resolución ministerial, como sí tenían los dos previos, del 2007 y 2010. Además, las autoridades federales no se encargaron de darle una correcta difusión e implementación hasta la fecha. Por lo tanto, las posibilidades de aplicarlo en todo el país disminuyeron.

Sólo ocho provincias adoptaron el protocolo y respetaron en gran medida la disposición del ministerio y la Justicia: Chaco, Chubut, Jujuy, La Rioja, Misiones, Santa Cruz, Santa Fe, Tierra del Fuego y Entre Ríos (esta última, desde noviembre de 2017).

Córdoba, La Pampa, Neuquén, Río Negro y Salta, en cambio, pusieron en funcionamiento un protocolo modificado, con mayores limitaciones que el original. En Córdoba, se encuentra suspendido parcialmente por orden judicial.

En la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri vetó el primer proyecto aprobado por la legislatura cuando aún se desempeñaba como Jefe de Gobierno. El entonces ministro de Salud porteño, Jorge Lemus, presentó otro, mucho más restringido, que aún está siendo tratado por la Justicia.

Otro caso particular es el de la provincia de Buenos Aires, que contaba con la adhesión al protocolo nacional, hasta que la gobernadora María Eugenia Vidal lo anuló en el 2016.

En el resto del país, no existen protocolos y muchas veces no se registran índices de personas atendidas por consecuencias de los abortos inseguros.

 

Foto de portada: Rosario Plus

Llevé mi embarazo a término aunque mi bebé estaba muerto

Estados Unidos. Abril de 2017.

“Darás a luz a ambos, pero solo uno de tus bebés está vivo”. Han pasado más de dos años desde que oí esas palabras. He aprendido a silenciar ese recuerdo hasta convertirlo en solo un suave gruñido que reflota cada tanto, cuando miro a mi hijo de 2 años de edad o escucho que otra mujer ha sufrido una pérdida.

Sin embargo, cuando leí que la Diputada Representante por el estado de Iowa, Shannon Lundgren, impulsaba un proyecto de ley que pretendía obligar a las mujeres a continuar con el embarazo aunque el feto estuviese muerto, las palabras volvieron a bombardear cada rincón de mi cabeza, sin piedad.

Sé lo que se siente tener un feto muerto dentro de mi cuerpo durante meses. Sé lo que es sentir que un bebé patea, y de inmediato recordar que deberían ser dos. Sé lo que se siente dar a luz a un niño vivo y a un feto que jamás podrá ser. Sé lo que, parece, nuestros legisladores no saben, y si creen que tienen el poder de obligar a mujeres a soportar el suplicio que yo sufrí, es hora de que alguien los obligue a entender cómo es en realidad.

El pasado 29 de marzo, los Representantes republicanos por el estado de Iowa pasaron un proyecto de ley que busca prohibir la realización de abortos luego de cumplidas las 20 semanas de gestación.

Dicho proyecto, que define aborto como “la terminación de una gestación humana con cualquier otra intensión que no sea un nacimiento vivo o la remoción de un feto muerto”, se presentó como un reemplazo de un proyecto previo que no tuvo éxito, del mismo estado de Iowa, que pretendía prohibir la realización de abortos a partir de apenas 6 semanas de gestación.

Impulsado por la Representante republicana Lundgren, este proyecto resalta el nivel alarmante de ignorancia sobre la situación que las embarazas se verían obligadas a atravesar.

Al ser cuestionada por el Representante demócrata John Forbes durante el debate dentro de la comisión, Lundgren no mostró indicios de entender realmente las ramificaciones que un proyecto tal tendría. Según el sitio web de noticias ThinkProgress.com, Forbes (cuya hija está embarazada al momento) planteó la siguiente situación hipotética a Lundgren:

“En el peor de los casos, [mi hija] visitará al médico el próximo miércoles y él le dirá ‘El corazón de este niño ya no late’. De acuerdo con esta ley, ¿ella se vería forzada a mantener el bebé en su vientre hasta que su vida corra peligro?”

Lundgren respondió que sí. La hija de Forbes sería obligada a tener el feto hasta el término normal de un embarazo. También, sí, la hija de Forbes sería responsable por remover el feto muerto, excepto que su vida corriese riesgo. Más tarde, la asamblea republicana por el estado de Iowa en la Cámara de Representantes respondió a través de Twitter que Lundgren “se expresó de forma incorrecta” en el momento.

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Imagen cortesía de Danielle Campoamor.

Llevaba 19 semanas de embarazo cuando me enteré de que el corazón de uno de mis mellizos ya no funcionaba. Tenía la esperanza de que mi doctor “se hubiera expresado de forma incorrecta” también, pero no era un error. No había sido un desliz ni un error de comunicación. Era muy, muy real, y dio inicio a un embarazo que fue difícil en todo sentido de la palabra.

Debería mantener al mellizo fallecido en mi vientre, siempre que no me generase un aborto espontáneo que matara al otro mellizo, hasta la fecha original de parto.

Escondí el par extra de enteritos y frazadas para bebé, y fingí que tener dos paquetes de pañales para recién nacidos era simplemente planeamiento inteligente a futuro.

Dejé de referirme a mi futuro hijo por el nombre que había elegido con mi pareja y comencé a llamarlo “el mellizo mermado”. Solo hablaba de él en el consultorio del médico, cuando me preguntaban por él, y usando la terminología médica correcta que había averiguado en Internet.

Mis planes de alumbramiento cambiaron; ya no se trataba de un parto sin analgésicos que me daría dos mellizos sanos. Ahora, mientras uno de mis hijos seguía creciendo, el otro se encogía. Su corazón seguiría sin latir mientras su cuerpo se achicara y el mío comenzara a absorber la placenta que alguna vez lo había mantenido con vida.

Es difícil poner en palabras lo que sientes cuando te dicen que la vida que crecía gracias a tu cuerpo ha muerto de pronto. Al principio, no podía pensar la situación si no era desde un punto de vista científico. Necesitaba alejarme emocionalmente del futuro que sabía que ya no existiría.

Escondí el par extra de enteritos y frazadas para bebé, y fingí que tener dos paquetes de pañales para recién nacidos era simplemente planeamiento inteligente a futuro. Dejé de referirme a mi futuro hijo por el nombre que había elegido con mi pareja y comencé a llamarlo “el mellizo mermado”. Solo hablaba de él en el consultorio del médico, cuando me preguntaban por él, y usando la terminología médica correcta que había averiguado en Internet.

Me concentré en el feto que aún podía nutrir, y oculté en un rincón los pensamientos que me remarcaban mi fracaso. Después de todo, mi cuerpo no era capaz de mantener mellizos. ¿Cómo podría llevar un embarazo a término? ¿Por qué creí alguna vez que sería lo suficientemente buena para eso?

Para sobrevivir, necesitaba darle toda mi energía a la vida que quedaba en mí vientre, a la cual esperaba ser capaz de traer al mundo. La idea de tener un feto oscuro, frío y pequeñito en un rincón del cuerpo que ahora odiaba era demasiado dolorosa.

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Imagen cortesía de Danielle Campoamor.

Eso es algo que los legisladores como Lundgren no entienden.

Incluso si eres capaz de hacer a un lado el horror de saber que el feto en tu vientre está muerto y puedes analizar la situación desde un punto de vista científico, las emociones no se doblegan así. No les interesa la jerga médica.

Las emociones te exigen que abras ese cajón escondido en el clóset y saques el par extra de enteritos. Te ahogan en tu dolor sin importarles tu bienestar. No se detienen cuando las dudas te tocan el hombro para llamar tu atención, ni cuando el odio hacia ti misma te da vuelta y te mira a los ojos. No se calman cuando tropiezas y caes en un pozo de depresión pre- y posparto porque estás obligada a llevar contigo un recordatorio constante del fracaso de tu cuerpo.

El cuerpo se convierte en un envase; un recordatorio vivo de que la única cosa para la cual la biología y la ciencia te han preparado en específico es algo que no puedes hacer.

Durante los meses restantes de embarazo, solo pude aferrarme al alivio de saber que llevar muerte en el vientre significaba que también llevaba vida. Tuve que tolerar el pensamiento de que un feto había perdido la vida para asegurar que el otro pudiera crecer y florecer. Era un sacrificio que jamás hubiera hecho por elección propia, pero que estaba dispuesta a enfrentar si mi otro hijo sobrevivía.

Según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, se estima que 24 000 mujeres por año dan a luz bebés muertos como resultado de abortos espontáneos posteriores a las 20 semanas de embarazo. Ellas no cuentan con el alivio que yo tuve.

Cada día de mi embarazo, cargué con el peso de la vida y la muerte dentro de mí. Para que los legisladores que jamás podrían entenderlo (sea por anatomía o por privilegio) vean con claridad los peligros que supone esto, me arrastro de nuevo a ese rincón del clóset donde guardo mi dolor, y lo revivo.

Desnudo mi agonía ante el mundo como un recordatorio de los riesgos que creamos cuando le quitamos a una mujer el derecho a elegir sobre su propio cuerpo.

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Imagen cortesía de Danielle Campoamor.

De todas formas, la presencia de mi hijo el día de su nacimiento no evitó que sintiera la ausencia aplastante del hijo que nunca fue. Hoy, solo puedo pensar en ese feto como algo abstracto.

Cuando me pidieron que pujara de nuevo después de alumbrar a mi hijo vivo, miré al techo y me repetí a mí misma que no era más que el “posparto”. Algo rutinario, un procedimiento más. Cuando me preguntaron si quería verlo, me negué. No podía imaginar cómo se vería, no formado por completo porque mi cuerpo había dejado de hacerlo, demasiado pequeño y probablemente roto.

No me atreví a manchar la imagen que ya había grabado en mi memoria de él: la que había imaginado el día que descubrí que estaba embarazada de mellizos. Preferí preservarlo de la manera en que quiero recordarlo, tan perfecto como en su primer sonograma en blanco y negro. Ese que todos los doctores dijeron que estaba “saludable y en camino”. Ese es el mellizo que recuerdo.

Rara vez me permito viajar emocional y mentalmente al día en que me enteré de que llevaba un feto muerto en el vientre. Sin embargo, en un país donde se producen de forma constante intentos de robar a las mujeres sus derechos reproductivos y su autonomía física, revivir el pasado sin remordimientos parece ser la única manera de hacer que los legisladores entiendan.

Obligar a una mujer a mantener un feto que representa una amenaza a su salud mental, su bienestar y su deseo de vivir es cruel; es una tortura que jamás hubiera podido imaginar. Hasta ahora, que la conozco.

Cada día de mi embarazo, cargué con el peso de la vida y la muerte dentro de mí. Para que los legisladores que jamás podrían entenderlo (sea por anatomía o por privilegio) vean con claridad los peligros que supone esto, me arrastro de nuevo a ese rincón del clóset donde guardo mi dolor, y lo revivo.

Desnudo mi agonía ante el mundo como un recordatorio de los riesgos que creamos cuando le quitamos a una mujer el derecho a elegir sobre su propio cuerpo.

Por eso, imploro a los legisladores que aceptan esta lógica tan peligrosa, de Iowa y de todo el mundo, que empiecen a escuchar a las mujeres que entienden desde lo más profundo de su alma lo que un dolor así significa para una persona.

Escuchen cuando decimos que no es algo “que se pasa”, ni algo que “aprendemos a superar”. Escuchen cuando decimos que las mujeres no deberían ser obligadas a soportar dar a luz un feto muerto, sin motivos.

Las mujeres tenemos el derecho, la capacidad y el conocimiento necesarios para tomar nuestras propias decisiones informadas, así que escúchennos. Antes de que sea demasiado tarde.


Texto original (inglés) por Danielle Campoamor.

Traducido, con autorización expresa, por Rocio Belén Sileo.