«Bombshell»: El comportamiento tóxico como regla natural

Incómoda, tensa y necesaria. Esta película pone en primer plano la normalización del machismo, el acoso y la coerción sexual en el trabajo. Sin escrúpulos, escena tras escena, se muestran situaciones hostiles contra las mujeres, que no pueden alzar su voz sin ser tratadas como «exageradas» y «complicadas». Sigue leyendo «Bombshell»: El comportamiento tóxico como regla natural

Fair play

Con la Revolución Francesa y el surgimiento de la sociedad contemporánea (1789- presente) fue necesaria una división sexual del trabajo para asegurar el arraigo y continuidad del nuevo sistema económico pujante, el capitalismo. Esta división calaría profundo en todas las esferas de la vida social: los gustos, las tareas, los deseos, los consumos, sin exceptuar los deportes.

La actividad física propuesta para las mujeres operó históricamente como un medio para el adiestramiento de los cuerpos como mujeres reproductoras (hembras que debían conservarse en condiciones estéticas adaptadas a las convenciones de una época, para el consumo del varón y la reproducción del sistema capitalista). Mientras que, por su parte, para los hombres el deporte se presentó como un dispositivo inmejorable para la transmisión valores tales como masculinidad, valentía, heroísmo, grandeza.

En la antigua Grecia, por ejemplo, regía la prohibición para mujeres casadas de asistir a los juegos olímpicos. El deporte es uno de los tantos ámbitos, junto con el trabajo, la educación y la participación en la vida política y pública, que se le negaba y se le negó a la mujer durante muchos siglos.

Sólo 65 atletas femeninas fueron admitidas para competir de manera oficial en los segundos Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, frente a 2561 atletas masculinos. Recién en la edición de 2012 en Londres, casi 100 años después, todos los deportes del programa olímpico contaron con la participación de atletas femeninas.

Así, la lucha de la mujer por incorporarse al ámbito deportivo tuvo sus pequeñas batallas ganadas a lo largo de la historia. Luego de casi 70 años desde la primera participación de las mujeres en los Juegos Olímpicos, Kathrine Switzer, escritora y deportista norteamericana, se inscribió en la maratón de Boston en 1967 con solo las iniciales de su nombre para evitar ser identificada como mujer.

Durante el evento, Kathrine fue atacada por uno de los organizadores de la carrera, quien la reconoció, intentó retirarla de la pista a empujones y quitarle el dorsal. La deportista, con la ayuda de otros competidores que la acompañaron escoltándola hasta la meta, se convirtió en la primera mujer en correr oficialmente una maratón.

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Kathrine y otros competidores forcejean con el organizador de la carrera que intenta quitarla de la pista.

En los últimos 12 meses, la participación de la mujer en el mundo del deporte, estuvo en el centro de las discusiones de género.

A finales de marzo de 2018, se conocieron una serie de denuncias de abuso sexual y corrupción de menores en las inferiores de los clubes atléticos Independiente y River Plate, que sirvieron como disparador para quitar el velo a las instituciones deportivas sobre el abuso de poder.

En octubre de 2018 se viralizó el video de un entrenador de gimnasia artística japonés que golpeaba a su alumna en pleno entrenamiento y a la vista de otras personas, exponiendo el abuso de autoridad que hay sobre las mujeres y la opresión a la que se encuentran sometidas, al punto de que la misma víctima declarase que reconocía este acto como una actitud «motivacional».

Sin duda, a partir de estos acontecimientos podemos decir que de esto sí se habla. En diciembre de 2018, a través de su cuenta de Instagram e inspirada por la denuncia de Thelma Fardín contra Juan Darthés por abuso sexual, Ludmila Martínez (integrante del equipo de FUTSAL en Los Andes de Munro, River) se animó a contar que había sido abusada sexualmente a los 9 años, en 2009, por quien en ese momento era su entrenador y advirtió que el acusado sigue formando parte de la institución.

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Ludmila Martínez.

En enero de 2019, Macarena Sánchez fue notificada por su entonces entrenador en el club UAI Urquiza que no sería tomada en cuenta para la segunda etapa del torneo a causa de su rendimiento deportivo, lo cual dejaba «libre» a la jugadora para que hiciera con su pase lo que quisiera. Vulnerable frente a la decisión institucional y sin la posibilidad de ser fichada en otro club por estar fuera del período de pases, Macarena decidió arremeter contra la injusticia patriarcal iniciando acciones legales contra el club.

Así sentó el precedente y se hizo oír con fuerza. Colegas y agrupaciones feministas se solidarizaron y apoyaron a Macarena, quien atravesó agravios y amenazas mientras demandaba igualdad para ella y sus compañeras. Unos meses después, a mediados de marzo de 2019, el «Chiqui» Tapia, presidente de la AFA, anunció que el fútbol femenino será profesional.

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Macarena Sánchez.

Este quiebre institucional va a ser portado con orgullo como estandarte de la lucha feminista, que las compañeras futbolistas podrán enarbolar día tras día en el verde césped haciendo su trabajo, jugar al fútbol.

Entre febrero y marzo de 2019, jugadoras de la selección mayor femenina de Colombia expusieron irregularidades en la organización, desde falta de pagos hasta el cobro de pasajes internacionales con fines deportivos. Pocos días después, se dieron a conocer denuncias de abuso sexual contra Dídier Luna, director técnico en la categoría sub-17 de la misma institución.

En respuesta a las acusaciones, la Confederación Colombiana de Fútbol (CCF) disolvió la selección femenina mayor y acusó a las víctimas de tener «afán de figuración y protagonismo inmerecido». Una respuesta evasiva y vergonzosa que apunta directamente a castigar a las denunciantes e infundir obediencia y sometimiento a las demás deportistas.

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Sin embargo, estos hechos obligaron a la CCF a firmar un decreto con la Consejería para la Mujer y otros organismos involucrados, con el objetivo «garantizar y mejorar las condiciones de los menores de edad y las mujeres que hagan parte de las competencias deportivas».

Una vez más la lucha feminista nos permite revisar y ver el desequilibrio que permanece hasta nuestros días, desde prohibiciones y restricciones en la participación de competencias oficiales hasta sabotajes y abusos de poder de las estructuras machistas en instituciones deportivas.

Pero el panorama está cambiando a nivel mundial:

«La Agenda 2030 para Desarrollo Sostenible adoptada por las y los líderes mundiales en 2015 ha establecido la hoja de ruta para alcanzar la igualdad de género para 2030. La Agenda reconoce explícitamente que el deporte es un facilitador importante para el desarrollo y el empoderamiento de las mujeres».

El momento es hoy, es histórico y es el que tiene que ser. Nuestra responsabilidad como mujeres está en seguir poniendo en primer plano la desigualdad de género en todos los ámbitos de la vida para sumarnos batallas en esta lucha; ganadas o perdidas, siempre bien batalladas.

 


Fuentes:

Castigar a la víctima

Circula por las redes sociales una reflexión bastante simple: si 5 varones dicen que una mujer es puta o fácil, no se pone en duda, pero si 5 mujeres acusan a un hombre de violador o acosador, se las cuestiona.

Hasta el momento, 5 mujeres denunciaron haber sido acosadas por el conductor de radio y televisión Ari Paluch. Las experiencias que expusieron hablan de abuso en el ámbito laboral e incluyen frases desubicadas, insinuaciones, cuestionamiento de sus capacidades, maltrato cotidiano.

Estas denuncias se escriben en un marco más amplio, donde encontramos cada vez más víctimas que se animan a contar lo que les hicieron, ya sea porque se impone un clima de época atravesado por el feminismo o porque las redes sociales se convierten en una vía de difusión rápida. El problema es que, al mismo tiempo, las redes sociales dan lugar al nuevo método de lapidación del siglo XXI.

En Argentina, vimos las denuncias de varias jóvenes contra el cantante de Salta la Banca, Santiago Aysine, y contra otros miembros de la misma banda como Santiago Maggi y Juanjo Gaspari. Esta semana, sin ir más lejos, salieron a la luz los testimonios de casi 40 mujeres que aseguraban haber sido abusadas por James Toback, director de cine estadounidense.

No todos los ambientes son iguales y no todas las figuras tienen la misma relevancia, pero hay patrones que se repiten: los denunciados son hombres que gozan de determinada fama y éxito laboral, tienen personas o proyectos a cargo, y ese poder relativo parece traducirse en poder sobre los cuerpos de personas que los idolatran o que están subordinadas a ellos.

La pregunta importante es ¿qué pasa en las audiencias cuando las denuncias toman conocimiento público a través de las redes sociales? Varias reacciones también siguen un patrón.

El desprestigio a las mujeres que denuncian es moneda corriente y va en diferentes sentidos. A veces, porque “no denunciaron en el momento” en que ocurrieron los hechos, como si el ejercicio de romper el silencio fuera simple y automático. Otras veces, porque estiman que son parte de una conspiración contra el denunciado.

También entra en juego alguna cuota de identificación: si es tan fácil que una mujer denuncie a un hombre y “arruine su carrera”, ¿por qué no podría pasarme a mí? Entonces, los fusiles apuntan al feminismo: “Esto es todo parte de una moda”.

En todo caso, la culpa recae siempre en la víctima y en los colectivos del feminismo que llevan adelante sus causas, mientras el acusado puede gozar no sólo de los privilegios con los que ya contaba -como el de tener una posición social cómoda, ser reconocido y admirado, ser jefe-, sino también de un ejército de usuarios de las redes sociales dispuestos a defenderlos y creerles gratuitamente.

Se constituye así una forma actualizada de lapidar reclamos y personas. Si en la Biblia se describía cómo se le arrojaban piedras a María Magdalena por cometer adulterio, hoy los comentarios en las redes sociales suplen esa función con una gran dosis de desapego y apatía: los usuarios desconocen a la víctima y al tema en discusión, y pueden injuriar sin tener ningún tipo de responsabilidad sobre lo que suceda a la persona violentada.

Estas situaciones deben servir para analizar el inconsciente colectivo -si es que hay solamente uno- y la lógica de las redes sociales que, lejos de ayudar a la profundización de los debates, ayuda a banalizarlos.

Cuando se hace necesario debatir por qué tenemos que erradicar el abuso en todas sus versiones posibles o por qué es necesario tomar en cuenta la palabra de la víctima en lugar de desmerecerla, se evidencian las raíces del machismo que nos condiciona.

No sólo queda expuesta una solidaridad generalizada con el abusador, sino que se ve entre líneas la imagen de la mujer en falta. La mujer que está en falta por denunciar, por aprovechadora. La mujer que está en falta por no denunciar a tiempo. La mujer que está en falta por no bancársela, la mujer que está en falta por bancársela. La mujer que está en falta por despertar en el hombre deseos sexuales irrefrenables. La mujer que está en falta por no ceder ante el deseo masculino.

En sí, la mujer que está en falta por ser mujer.

Celebramos la decisión del canal América 24 de rescindir el contrato de Paluch, ya que habla de un gesto de la empresa contra una sociedad menos receptiva y menos comprensiva ante los casos de violencia de género.

Todavía queda cuestionarnos la desigualdad. El día que entendamos que un jefe que abusa de su empleada no puede ser lo normal y que una mujer que habla no debe ser castigada, estaremos hablando de un cambio verdadero.

 

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