Grooming: ley Micaela Ortega

Aprobada por unanimidad en la Cámara de Diputados de la Nación Argentina, el proyecto de concientización y prevención de grooming se transformó en una nueva ley.

¿Quién fue Micaela Ortega?

Micaela Ortega era oriunda de Bahía Blanca y tenía 12 años cuando, en 2016, Jonathan Luna la contactó a través de Facebook haciéndose pasar por otra menor de edad con el apodo «La Rochi de River». Esta cuenta no era la única que Jonathan tenía abierta, ni Micaela la única menor de edad con la que mantuvo contacto, pero sí fue con ella con quien se encontró, engañándola y, finalmente, cometiendo el femicidio que se convertiría en el primer caso de grooming seguido de muerte, por el que fue condenado a cadena perpetua.

imagen Télam

El caso de Micaela fue el impulsor de este proyecto para evitar que otres niñes sean engañades, acosades, perseguides y molestades. Se trata del Programa Nacional de Prevención y Concientización del Grooming o Ciberacoso contra Niñas, Niños y Adolescentes. Si aún no sabes de qué se trata el grooming, quizá te interese leer ¿Quién esta del otro lado?. Básicamente, es una forma de engaño mediante el cual ciertos adultos buscan ganarse la confianza de niñes y/o adolescentes para causarles algún tipo de daño y, en casi todos los casos, buscan llegar a establecer un encuentro presencial con la víctima.

Crear un programa de este tipo, que genere mayor conocimiento sobre los peligros de Internet y las redes sociales es fundamental. Según afirmó el portal Filo News, Karina Banfi, diputada radical, sostuvo que:

«La creación de este programa nacional llega en un momento clave, las denuncias de ciberacoso y grooming en las redes aumentaron en un 58 % desde que comenzó la pandemia».

– Karina Banfi para Filo News.

El objetivo de este proyecto es generar un uso responsable de las tecnologías, de los medios de comunicación, de las redes sociales, de la información que se le brinda a quienes nos contactan y de la comunicación. La base del programa es garantizar la protección de todes les niñes y adolescentes, además de capacitar a la sociedad y a la comunidad educativa para concientizar y formar a les menores sobre este tipo de problemáticas. También serán importantes las campañas de difusión y la divulgación de información que se generen, a partir de la aprobación de esta ley, para llegar a cada une.

Según la agencia Télam, también se dispondrá de la inclusión como pantalla de inicio de teléfonos celulares, tabletas y cualquier otro tipo de dispositivo inteligente, información sobre: la peligrosidad de la sobreexposición en las redes de niñes y adolescentes, acerca de la existencia de delitos cibernéticos, se aconsejará rechazar los mensajes de tipo pornográfico, se advertirá sobre la peligrosidad de publicar fotos propias y/o de amigues, se recomendará el uso de perfiles privados en todas las redes sociales, se sugerirá no aceptar en redes sociales solicitudes de amistad de personas desconocidas y se hará hincapié en el derecho a la privacidad de datos e imágenes.

Además, se aconsejará mantener la seguridad de los dispositivos electrónicos y el uso de programas para proteger a los mismos de virus y softwares malintencionados, se brindará información sobre cómo actuar ante un delito informático, se informará respecto a la importancia de conservar pruebas como: conversaciones, mensajes, capturas de pantalla, en caso de haberse producido una situación de acoso y, finalmente, se facilitará información sobre dónde denunciar este tipo de delitos.

Para más información ingresá a la web de Mamá en línea, una ONG conformada por dos madres, cuyas hijas fueron víctimas de grooming, que desde entonces luchan por la protección de todes y en donde podés encontrar datos, noticias e información para realizar las denuncias correspondientes en caso de ser víctima de un ciberdelito.


Fuentes:

El fin de una década, el comienzo de una era

«Miss Americana» es un recorrido por la carrera de la cantante Taylor Swift donde, más allá de mostrar sus logros y sus desaciertos, nos lleva a algo más profundo: cómo logró pararse y defender sus ideales frente a una sociedad que constantemente le decía que no lo hiciera. Sigue leyendo El fin de una década, el comienzo de una era

Los abusos en la música

Artículo colaboración de Francisco D’Amore


En el último tiempo, se ha hecho moneda corriente encontrar testimonios de fans abusadas o violentadas por músicos populares. ¿Se puede analizar esta epidemia de denuncias como un resabio más del machismo sistemático? ¿O hay un patrón en los músicos famosos que pueda disponernos a tocar el tema con más profundidad?

Que nuestro artista preferido sea un abusador más en la lista negra de los escraches es un miedo recurrente que tenemos muchos cuando entramos a las redes en este contexto de cambio de paradigma sociocultural que estamos atravesando y del que las artes no escapan. Pero este temor revela, implícitamente, un hecho que esquivamos durante toda la historia de la música popular: el «ídolo» es un par.

Siendo el ídolo un ser humano de carne y hueso, es imposible entender esta idealización sin que la justificación diste de la finalidad primordial de la música. La fe ciega y la mitificación de la vida personal del músico han corrido el eje de importancia: pareciera que ya no es más el arte el que vale sino la historia personal del individuo, relegando su obra a un segundo plano.

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Esta concepción moderna del músico popular nace en el Romanticismo con Ludwing Van Beethoven. Antes, los músicos eran enjuiciados como buenos o malos en su oficio, pero nunca se había creado semejante mito sobre la vida y la personalidad. Su sordera, sus actos de rebelión y desprecio por la autoridad, sus trastornos bipolares y su forma de ser arisca levantaron un muro de misticismo e idealización alrededor del músico, a cuyo funeral asistieron más de veinte mil personas. Había nacido el músico popular moderno.

A partir de él, este fenómeno creció hasta tener sus picos de popularidad en los años 60 con bandas como The Beatles, que exaltaron el fanatismo de sus seguidores hasta puntos enfermizos, y en la primera década del siglo XXI, con el auge de las boyband como Jonas Brothers o One Direction.

Pese a la familiaridad que podemos sentir con nuestra forma de entender la música, durante muchos años esta ni siquiera fue considerada un arte, concepto que ha cambiado de forma drástica a lo largo de la historia. Pasó de ser entendida como una interpretación literal de su origen etimológico en latín, «ars» (destreza, habilidad), a ser relacionado con las siete musas. Recién a partir del siglo XIX, con el capitalismo surge la invención del término «bellas artes» para denominar a las artes clásicas y discriminarlas de las artes manuales, como las artesanías.

Según Raymond Williams, esta distinción estuvo relacionada con los cambios inherentes a la división concreta del trabajo y a la producción capitalista de mercancías, con sus respectivas especializaciones y con la reducción de los valores de uso a los valores de cambio. Ciertas destrezas pasaron a ser admitidas como artes o humanidades cuando sus formas de uso no estaban determinadas por el intercambio inmediato y podían abstraerse conceptualmente.

Esa fue la base formal de la distinción entre bellas artes y arte útiles. Los artesanos pasaron a ser mano de obra, productores, y los artistas fueron mitificados como bohemios, cultos y trascendentales.

Pero ¿cómo se relaciona esto con los músicos abusadores? Que la música sea o no un arte, ¿condiciona su forma de consumo?

Esa abstracción que plantean las bellas artes incomoda en parte a un sistema económico que funciona con capital inmediato de oferta y demanda. Es entonces que, para su subsistencia, se obliga a convertir la imagen en un producto concreto que atraiga y se venda junto con las obras. Cuando resulta imposible comercializar el arte como tal en un ordenamiento que no premia la cultura, nace este ídolo popular, tan tóxico y tan corrosivo, como un invento del capitalismo para vender una expresión artística que se ve relegada y marginalizada de su sistema de cambio.

Siendo un fenómeno efímero, es sencillo ver por qué la música no siempre fue aceptada como una expresión artística. Recién con la invención de la notación musical, su reificación permitió que pase a ser comprendida como tal. Esta primera forma de música occidental escrita, los cantos llanos o gregorianos, no fueron creados con un valor estético ni como recreación; por lo contrario, eran utilizados por la iglesia católica para amenizar la lectura de salmos y para atraer fieles a las congregaciones.

Ya en estas formas primitivas de música escrita se establecían jerarquías entre quienes interpretaban y escribían la música, quienes la escuchaban y el verdadero destinatario: Dios. Si bien, como dice Nietzsche, este último ha muerto con el antropocentrismo, aún en nuestra música podemos distinguir jerarquías impuestas culturalmente entre artistas y consumidores.

Para estimular el lucro en la modernidad, la industria musical ha vuelto a estructurar los conciertos para retrotraerlos a la función litúrgica del siglo XI. Los escenarios y los reflectores no hacen más que remarcar la distinción entre el artista (en lo alto, iluminado) y el público (en lo bajo, a oscuras), convirtiendo el acto de escuchar música en una especie de adoración devota al intérprete.

Este mensaje subliminal de la industria cala profundo en la psiquis de los consumidores, que comienzan a entender al músico como una entidad superior y misteriosa, digna de admiración como individuo y no como artista. Este fanatismo deja de lado el valor artístico de la composición y construye alrededor del músico una especie de narrativa gracias a la cual se conoce hasta el color de su cepillo de dientes. Este tipo de culto al individuo es peligroso cuando uno abstrae la condición de ser humano del artista y su admiración se torna rendición.

En el artista, esta crisis de la subjetividad golpea de forma inversa. La aparente sumisión de los fanáticos ante su estatus de ídolo incondicional, la deshumanizante transformación del músico a objeto de consumo y la incitación del ambiente a la disparidad y jerarquización generan en él una desinhibición en su comportamiento ante ellos.

Así, se forja una relación de poder que, en un ámbito tan dominado por el hombre como lo es la música, ha sido interpelada por la desigualdad de género y la cosificación de la mujer. El artista ya posicionado en su condición de ídolo tiene aún menos problemas en pasar por encima de un colectivo que se le ha enseñado culturalmente como inferior. La desigualdad dentro de la disparidad.

En el ensayo «Introducción al narcisismo», Freud nos explica que este fenómeno de idealización se puede dar cuando el individuo proyecta en un ajeno la perfección narcisista de su infancia donde él fue su propio ideal hasta que las admoniciones de su época de desarrollo y el despertar de su juicio propio terminaron estorbándole.

Si dicha relación de poder existe hace 3 siglos, ¿por qué recién ahora salen a la luz tantos casos de abusos? La razón es clara: las nuevas generaciones han roto con el ídolo de una forma irreconciliable. Los millennials y los centennials, crecidos en un mundo globalizado y tan tecnologizado, ya no son estimulados por la leyenda de un artista. La presencia de las redes desbarata la divinización de los músicos populares.

Bandas como Daft Punk o Gorillaz nos invitan a disfrutar de la música cuestionando el concepto de autor, a escuchar obras sin conocer la identidad de sus compositores o a partir de una banda donde los músicos son personajes de ficción. Esta nueva forma de entender la música evita establecer jerarquías sin sentido, ya que la imagen que se vende sobre el escenario no es la de un igual sino un personaje apto para el consumo. El humano detrás de una máscara o de las animaciones desafía el estrellato, vende una imagen diferente a la tradicional donde la privacidad y la integridad del artista están más cuidadas.

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Sumado a esto, el auge de los movimientos feministas ha hecho repensar costumbres arraigadísimas tanto por músicos como por consumidores, visibilizando así situaciones de abuso que hace 20 años no hubiesen sido tan fáciles de distinguir.

Si nos abstraemos de la nostalgia que nos producen los ídolos populares de nuestra infancia, esta transición resulta positiva para la cultura. Los artistas ya no son imperdonables, ya no son inalcanzables; volvieron a ser pares. Y este es un buen punto de partida para replantear nuestro disfrute de la música, para volver a poner el foco en el sonido y en el mensaje.

Tal vez, si esta despersonalización de las artes sigue evolucionando, nos podamos acercar a un futuro donde los conciertos dejen de ser una misa llena de adeptos devotos y donde la banda esté entre el público que, a oscuras, podrá disfrutar de la verdadera escucha sin condicionamientos del entorno.

Seguiremos decepcionándonos al leer denuncias por redes; no se puede separar al arte del artista. Pero podemos empezar por plantearnos el arduo ejercicio de desmitificar a los ídolos y «terrenalizarlos».

«No están aceptando la realidad de que la infancia trans existe»

La historia de Tiziana representa una de las tantas luchas en busca de derechos, contra el bullying y el acoso; de experimentar un nuevo mundo, perseguir la felicidad y la comodidad con unx mismx. Dos años después de compartir con sus papás su sentimiento de ser mujer, Tiziana logró ser reconocida por la justicia salteña y pudo cambiar su género en el Documento Nacional de Identidad.

Desde ese día sostiene que la gente debe respetarla por lo que es, y que ella se siente como cualquier otra nena de su edad.

Sin embargo, con tan solo 10 años tuvo que enfrentar burlas y faltas de respeto por parte de las autoridades del colegio Alejandro Gauffin, al cual asistía. A pesar de la pérdida de algunxs amigxs, el lunes comenzará las clases en otra escuela, en la cual busca mayor contención y una nueva oportunidad de disfrutar su infancia.

Graciela Puchetta, madre de la niña, presentó ante el INADI una denuncia en la que informa el maltrato y la discriminación de los que era víctima su hija, tanto por parte de sus pares como por parte de las autoridades del colegio.

Sus compañerxs le decían “doble”, “puto famoso”. Puchetta afirma que su hija no quería ir a clase por temor a las maestras. Cuando se enojaban con ella, la llamaban con nombre de varón o le decían “papito”. Tiziana tenía miedo de hablar y, por eso, no le contaba a sus padres el tormento por el que pasaba, del que se enteraron a raíz de una discusión que tuvo con un compañero de clase.

Graciela habló con la vicedirectora del establecimiento, y en ese momento entendió que quienes estaban al poder tampoco respetaban la identidad de su hija: se referían a ella como “niñito”. Por eso decidió realizar las denuncias correspondientes, en defensa de Tiziana y para evitar que esto vuelva a pasar.

«Me decían que los varones no usaban pelo largo y aritos, pero Tiziana era una nena y me hacían mandar autorizaciones firmadas para que pudiera usarlos. Ahora, hasta con un papel, siguen vulnerando los derechos de mi hija y no piensan cambiar».

Tiziana no es la única víctima de este tipo de situaciones, que muchas veces son fomentadas desde los medios de comunicación, cuando por ejemplo ultrajan la identidad de figuras como Florencia de la V.

Por este tipo de razones, entre otras, es de suma urgencia que se aplique la ley de Educación Sexual Integral en las escuelas (ESI), en espera de que la información sobre identidades sexuales eduque y termine con la discriminación.

«Estoy contenta pero pienso pedir audiencia con la ministra de educación. Tengo esperanzas de que no le pase lo mismo en la nueva escuela. Voy a seguir las denuncias pertinentes, pido a todas las organizaciones y les activistas que también lo hagan. No están aceptando la realidad de que la infancia trans existe. Quiero que respeten a mi hija y también a todes les niñes trans», sostuvo la madre de Tiziana.


Fuentes

Violación y abuso: correr el eje de la mirada

La semana pasada, por declaraciones de la actriz Cecilia Roth se volvió a abrir el debate sobre el poder de los cuerpos. ¿Por qué se acusa a las mujeres de sufrir violaciones o abusos? ¿Cuándo es una violación o un abuso? Debemos correr la mirada, y seguir luchando para que el ojo se ponga dónde debe, y no ser cómplices de un sistema históricamente machista.

Durante una entrevista en el programa radial Perros de la calle, Cecilia Roth declaró haber sido violada.

Como de un tiempo a esta parte vivimos en un contexto en el que las mujeres se animan a hablar cada vez más, muchas personas que están del otro lado (léase: oyentes, televidentes, comunidades, lectores, etc.) cuestionan por qué dejar pasar el tiempo, qué gana quien lo cuenta; acusan de utilizar un hecho semejante para ganar fama o a cambio de algo.

Se toma al abuso o la violación como una mercancía que tiene su valor, su precio y su premio. ¿Asistimos acaso a la deslegitimación de la palabra? ¿A la burla, la risa, y la negación de lo ocurre todos los días? ¿Por qué? ¿Qué  significado cobra el cuerpo de la mujer, y la mujer  en sí misma, en un contexto social, histórico y político que (por lucha) está cambiando el paradigma en todos los sentidos posibles?

La actriz abrió el debate de lo que se pone en juego de forma permanente en los medios y en la sociedad cuando se tocan estos temas: cuándo un abuso, un acoso o una violación lo es como tal. Una vez más se pone el eje sobre la mujer, dejando abierta la duda implícita de si pudo ser “provocado” o “consentido” de la manera que sea, si fue una relación sexual consentida, por placer o por interés (según conclusiones que lanzan en redes quienes no sólo no tienen empatía, sino que además intentan defender y sostener una estructura que se cae a pedazos hace años).

Roth declaró que ella en Madrid fue violada por un periodista local. Que no recuerda el nombre, ni su cara. Era un amigo de su expareja. En un momento en el cual la actriz se sentía mal, porque la había dejado su novio, fueron a la casa de él y ella le dijo que no. Pero él insistió y “No es no, pero a veces parece que puede ser sí”, dice Cecilia.

Incluso va más allá; además de defender a Rita Pauls (también por su declaraciones sobre el acoso que recibió por parte de Tristán), apoya a todas las que se atreven a hablar y hace un planteo fundamental, en el que muy pocos quieren meterse: ¿qué pasa cuando el no lo dice la esposa, y su esposo quiere igual? Ese hombre que tenés al lado todos los días, y al que no sabés cómo decirle que no. ¿Eso qué es? ¿Cómo se llama?

A Roth, como era de esperarse, salieron a matarla por todos lados, sobre todo los usuarios de redes. Pero es muy interesante el planteamiento que ella propone, el repensar nuestras relaciones (actuales y anteriores) y revisar nuestra forma de vincularnos teniendo la matriz del machismo metida hasta lo más profundo de nuestro ser, esa que tenemos que combatir y erradicar.

Lo que Cecilia plantea no es ninguna locura; es la vida diaria de muches, es el NO entendido como histeria o como un sí encubierto, que tal vez encuentra como respuesta un «no me importa, yo sí quiero«. En definitiva, es eso. Cada vez que alguien se atreve a decir “sí tenés ganas”, “dale, sí querés” o “no podés dejarme así”, lo que quiere decir es que el goce que importa es el propio. Tus ganas, tu deseo está sometido a su persona.

Ese lugar es el que se nos ha dado por años. Desde la educación intrafamiliar hasta las escuelas, y cada discurso que atraviesa la sociedad. Ese lugar también es el que se le ha dado al “macho”, que puede convocar o rechazar, elegir cuándo va a suceder y decidir que quien tenga adelante tiene la obligación de satisfacer sus deseos y necesidades. Se trata de leer entre líneas las declaraciones de Cecilia, e ir más allá.

Otra mirada que nos lleva a comprender

Rita Segato, antropóloga, escritora y feminista con toda una vida de trabajo y dedicación a temas de violencia de género, expone diferentes puntos de su pensamiento para, una vez más, hacer pensar y poner en jaque lo que somos como sociedad.

“El violador también es alguien que tiene que mostrarse dueño, en control de los cuerpos. Entonces, el violador doméstico es alguien que accede a esos cuerpos porque considera que le pertenecen, y el violador de calle es alguien que tiene que demostrar a sus pares, a los otros, a sus compinches, que es capaz. Son variantes de lo mismo, que es la posesión masculina como dueña, como necesariamente potente, como dueño de la vida [sic].

Yo creo que aquel último gesto, que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana y que no son crímenes pero son agresiones también, y hacen un caldo de cultivo para causar este último grado de agresión que sí está tipificado como crimen… pero que jamás se sucedería si la sociedad no fuera como es.

Se sucedería en un psicópata, pero la mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes».

Respecto de una justicia punitivista, agrega: “La eficacia material del derecho es ficcional, es un sistema de creencias, creemos que el derecho lleva a una condena. Pero claro que tiene que existir el derecho, todo el sistema legal, el debido proceso y la punición.

Lo que yo digo es que la punición, la sentencia, no va a resolver el problema, porque el problema se resuelve allá abajo, donde está la gran cantidad de agresiones que no son crímenes, pero que van formando la normalidad de la agresión. Ninguno tomaría ese camino si no existiera ese caldo de cultivo”.

Cambiar el eje, en eso estamos

Lo que intentamos cada día quienes que estamos en lucha es, justamente, romper-desmenuzar-reventar ese caldo de cultivo que Segato plantea con tanta claridad. Empezar a deconstuir de lo micro a lo macro. Desde esas palabras que provienen de los vínculos intrafamiliares, a las acciones y los discursos del sistema en todas sus maneras.

Los medios como uno de los factores más elementales y sistemáticos para la violencia y perpetración machista y heteronormativa; la educación en sus todas sus instancias para luego ver los ejes de la justicia que lleva siglos bajo las mismas normas y sus diversos aparatos de control.

Si bien el eje se está corriendo, y hoy en día se da espacio a poder hablarlo, se sigue culpando a la mujer y poniendo el ojo acusador en la víctima y no en el victimario. Es nuestra tarea romper con la historia en acciones y en palabras, para desarmar ese “caldo de cultivo” del que habla Segato.

Es decir, poder pararnos en un mundo que históricamente avala al hombre, y gritar: ¡acá estamos, no bajaremos los brazos! ¡Aunque la lucha sea diaria y agotadora! Por todes les que no están y les que sí estamos, queriendo la libertad y la equidad.

 

 


Fuentes consultadas:

http://www.conclusion.com.ar/info-general/una-falla-del-pensamiento-feminista-es-creer-que-la-violencia-de-genero-es-un-problema-de-hombres-y-mujeres/08/2017/

http://diariofemenino.com.ar/v2/index.php/2017/04/16/rita-segato-la-violacion-es-un-acto-de-poder-y-de-dominacion/

http://mercosursocialsolidario.org/valijapedagogica/archivos/hc/1-aportes-teoricos/2.marcos-teoricos/3.libros/RitaSegato.LasEstructurasElementalesDeLaViolencia.pdf

 

Roberto Pettinato y el misterio del consentimiento

Acceder a tener relaciones sexuales en contra de la voluntad propia puede ser una tortura. Mirar el reloj y ver que la hora no pasa. Simular goce para complacer. Compartir cuestiones que podemos sentir íntimas y que quizás no queremos dar a conocer de esa forma, en ese momento.

Pero, ¿por qué accedemos entonces? Las razones pueden ser infinitas.

Porque nos enseñaron que la mujer es más atractiva cuando se pone a disposición del deseo ajeno. Porque nuestra pareja nos trajo un regalo y no sabemos cómo decirle que, justo hoy, no. Porque nos sentimos zarpadas. Porque quien nos lo propone es nuestro nuevo jefe, nuestro profesor, alguien con influencia y poder relativos en una estructura jerárquica, o inclusive alguien que nos intimida.

«A veces pienso que el acoso sucede porque la otra persona tarda mucho tiempo en decirte que no quiere coger con vos. Si la otra persona lo dijera rápidamente, el 50% de los hombres se achicarían», propuso el conductor Roberto Pettinato para disminuir los índices de acoso, a los que fue acusado de aportar, según relatos de ex compañeras de trabajo.

Además de no ser el indicado para ofrecer soluciones sin antes rever sus actitudes y discursos, deja por fuera de su visión la violencia sistemática que nos pone en el lugar de la sumisión.

Sí, tenemos que empoderarnos. Y lo estamos haciendo. Las marchas, los paros, los Encuentros Nacionales con convocatorias multitudinarias y las asambleas de Ni Una Menos que organizamos las mujeres, las trans y las lesbianas desde 2015 lo demuestran.

Sí, tenemos que aprender a decir “no”. La cantidad de denuncias públicas a acosadores, violentos y violadores que se desencadenan desde el año pasado en la farándula argentina y en las alfombras rojas hollywoodenses bien podrían ser ejemplo de que muchas mujeres ya no nos bancamos ser las sometidas ni las sumisas.

Detrás de las cámaras, en la vida cotidiana, hay debates que se están colando en todos los espacios y las instituciones, que poco a poco van instalándose para cuestionar el orden de las cosas.

Sí, es cierto, sería mejor si nos fuera más fácil decir “no”. Pero no alcanza. También necesitamos que la sensibilidad y la empatía empiecen a ser signos de “lo masculino”. Educar a los hombres (y a todxs) en la sexualidad, para preocuparse por lo que le pasa a la o las personas que están al lado; esa es la clave para entender la práctica sexual como un placer compartido y no como un deseo que se impone sobre otros.

El consentimiento no es simplemente decir “sí”: es una manera de relacionarse con el otrx, en la cual podemos sentirnos segurxs y cuidadxs, y en donde todas las partes pueden disfrutar. El goce es para todxs o para nadie. Si tuviéramos eso en claro, sería difícil “juzgar mal” las ganas de otras personas y sería simple entender cuándo sí y cuándo no.

Pettinato y su postura de hombre indomable, sin limitaciones, sin consideraciones, es síntoma de una época. El repudio generalizado ante sus dichos, es síntoma de otra. Ya no queremos ese “no” atravesado en la garganta. Queremos gritarlo.

Treinta años de «La Mujer y el Cine»

Con un gran brindis lleno de directoras, técnicas, actrices y personalidades de la industria del cine, «La Mujer y el Cine» comenzó los festejos por sus treinta años en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

En el marco de este festival, Lita Stantic fue homenajeada por su labor en la industria. Stantic es productora, directora y guionista. Participó como productora en la reconocida película «Camila», dirigida por María Luisa Bemberg, quien también fue parte y una de las impulsoras de la creación de La Mujer y el Cine.

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Lita Stantic en el 32° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

Dado que Mar del Plata es una ciudad muy importante para la asociación, aprovecharon el 32° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata para anunciar las actividades que realizaran en el año 2018 en el marco de su aniversario.

La Mujer y el Cine es una asociación cultural sin fines de lucro, con personería jurídica, que tiene como objetivo fomentar la igualdad de género, en particular, a través del estímulo de la labor de mujeres en el cine y de la difusión de sus obras.

Esta conformada por Annamaría Muchnik (presidenta), Graciela Maglie (vicepresidenta), María Victoria Menis (tesorera), Sabrina Farji (secretaria), Gabriela Pedrali, Fremdina Belén Bianco y Blanca Monzón (vocales) y también cuenta con el cargo de Presidenta Honoraria, ocupado por Marta Bianchi.

Hablamos con Annamaría Muchnik para que nos contara más sobre la asociación y sus proyectos para el 2018.

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Annamaría Muchnik en el 32° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

Annamaría nos habló de los comienzos de la asociación, en una época muy cercana al retorno de la democracia en nuestro país.

En ese momento, la única directora que filmaba con apoyo y proyección internacional era María Luisa Bemberg.

Con la vuelta a la vida democrática y la aparición de las escuelas de cine, surgió un grupo de mujeres de la cultura encabezado, desde Mar del Plata, por Susana López Merino, y a quien se unieron María Luisa Bemberg, Marta Bianchi, Gabriela Massuh, Sara Facio, Lita Stantic y Beatriz Villalba Welsh.

Ellas crearon La Mujer y el Cine con el objetivo de apoyar y dar visibilidad y difusión a las realizadoras mujeres.

A lo largo de los años, el rol de la mujer ha ido cambiando tanto en la sociedad como en los ámbitos particulares. Uno de ellos es el cine. Le preguntamos a Annamaría si notaba cambios significativos desde que comenzaron a trabajar con la asociación.

El número de mujeres cineastas ha crecido significativamente, así como también de las técnicas que trabajan detrás de cámara. Han surgido nuevas voces y, con ellas, nuevas maneras de filmar y mostrar realidades que nos eran ajenas. También empezaron a circular por los festivales internacionales películas realizadas por mujeres cada vez con mayor frecuencia.

Los primeros pasos fueron dados, firmes y con convicción, y aunque se ven los frutos, todavía nos falta mucho camino por recorrer.

Además, nos contó sobre los planes que tienen para festejar sus 30 años.

Celebraremos con una nueva edición del Festival de La Mujer y el Cine, que contará con una sección competitiva de cortometrajes, además de estrenos, países invitados, mesas de debate y una proyección de una película antigua restaurada.

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Todas las mujeres que participaron de los festejos por los 30 años de La mujer y el Cine en Mar del Plata.

En este último tiempo, muchas mujeres se animaron a hablar y a denunciar abusos por parte de grandes directores y actores, como por ejemplo el reconocido director Harvey Weinstein. Estos casos habían sido callados durante años por el temor de las víctimas a no ser escuchadas; muchas de ellas mantuvieron silencio tras amenazas y ofertas monetarias por parte de sus victimarios.

Nos comentó que, lamentablemente, es algo muy común tanto en la industria del cine como en todos los ámbitos de la vida.

Las mujeres ya no queremos callarnos, y la industria del cine, como constructor de discursos y reproductor de estereotipos, tiene el deber de dejar de ser cómplice de estos hechos.

Por ello, si actualmente salen a la luz estos casos, bienvenidos sean para que la gente empiece a darse cuenta de la presión machista en ámbitos donde todo parece color de rosa.  

Le preguntamos también que le diría a aquellas mujeres que quieren dar sus primeros pasos en la industria del cine pero aún tienen miedo de hacerlo.

Que se animen, que se atrevan, que sean osadas y corajudas, que todo está por decirse y hacerse, que el camino es largo y difícil, pero las mujeres tenemos garra y somos solidarias, debemos apoyarnos entre nosotras, no temer y tejer juntas una red que nos contenga.

La industria del cine aún está conformada por muchos hombres que creen tener el poder para pasar por encima de sus colegas, aprovecharse de ellas, y siempre salir impunes.

Por eso, sigamos denunciando los abusos, sigamos hablando y creando espacios seguros entre nosotras. No hay que dejar que nos subestimen y debemos apostar a nuevos desafíos, aunque parezca imposible tomar el protagonismo.

La Mujer y el Cine hace ya treinta años cumple un rol fundamental en el empoderamiento de la mujer en esta industria, y esperamos que siga cumpliéndolo por muchos años más.


Imágenes
La Capital de Mar del Plata
La mujer y el cine

Castigar a la víctima

Circula por las redes sociales una reflexión bastante simple: si 5 varones dicen que una mujer es puta o fácil, no se pone en duda, pero si 5 mujeres acusan a un hombre de violador o acosador, se las cuestiona.

Hasta el momento, 5 mujeres denunciaron haber sido acosadas por el conductor de radio y televisión Ari Paluch. Las experiencias que expusieron hablan de abuso en el ámbito laboral e incluyen frases desubicadas, insinuaciones, cuestionamiento de sus capacidades, maltrato cotidiano.

Estas denuncias se escriben en un marco más amplio, donde encontramos cada vez más víctimas que se animan a contar lo que les hicieron, ya sea porque se impone un clima de época atravesado por el feminismo o porque las redes sociales se convierten en una vía de difusión rápida. El problema es que, al mismo tiempo, las redes sociales dan lugar al nuevo método de lapidación del siglo XXI.

En Argentina, vimos las denuncias de varias jóvenes contra el cantante de Salta la Banca, Santiago Aysine, y contra otros miembros de la misma banda como Santiago Maggi y Juanjo Gaspari. Esta semana, sin ir más lejos, salieron a la luz los testimonios de casi 40 mujeres que aseguraban haber sido abusadas por James Toback, director de cine estadounidense.

No todos los ambientes son iguales y no todas las figuras tienen la misma relevancia, pero hay patrones que se repiten: los denunciados son hombres que gozan de determinada fama y éxito laboral, tienen personas o proyectos a cargo, y ese poder relativo parece traducirse en poder sobre los cuerpos de personas que los idolatran o que están subordinadas a ellos.

La pregunta importante es ¿qué pasa en las audiencias cuando las denuncias toman conocimiento público a través de las redes sociales? Varias reacciones también siguen un patrón.

El desprestigio a las mujeres que denuncian es moneda corriente y va en diferentes sentidos. A veces, porque “no denunciaron en el momento” en que ocurrieron los hechos, como si el ejercicio de romper el silencio fuera simple y automático. Otras veces, porque estiman que son parte de una conspiración contra el denunciado.

También entra en juego alguna cuota de identificación: si es tan fácil que una mujer denuncie a un hombre y “arruine su carrera”, ¿por qué no podría pasarme a mí? Entonces, los fusiles apuntan al feminismo: “Esto es todo parte de una moda”.

En todo caso, la culpa recae siempre en la víctima y en los colectivos del feminismo que llevan adelante sus causas, mientras el acusado puede gozar no sólo de los privilegios con los que ya contaba -como el de tener una posición social cómoda, ser reconocido y admirado, ser jefe-, sino también de un ejército de usuarios de las redes sociales dispuestos a defenderlos y creerles gratuitamente.

Se constituye así una forma actualizada de lapidar reclamos y personas. Si en la Biblia se describía cómo se le arrojaban piedras a María Magdalena por cometer adulterio, hoy los comentarios en las redes sociales suplen esa función con una gran dosis de desapego y apatía: los usuarios desconocen a la víctima y al tema en discusión, y pueden injuriar sin tener ningún tipo de responsabilidad sobre lo que suceda a la persona violentada.

Estas situaciones deben servir para analizar el inconsciente colectivo -si es que hay solamente uno- y la lógica de las redes sociales que, lejos de ayudar a la profundización de los debates, ayuda a banalizarlos.

Cuando se hace necesario debatir por qué tenemos que erradicar el abuso en todas sus versiones posibles o por qué es necesario tomar en cuenta la palabra de la víctima en lugar de desmerecerla, se evidencian las raíces del machismo que nos condiciona.

No sólo queda expuesta una solidaridad generalizada con el abusador, sino que se ve entre líneas la imagen de la mujer en falta. La mujer que está en falta por denunciar, por aprovechadora. La mujer que está en falta por no denunciar a tiempo. La mujer que está en falta por no bancársela, la mujer que está en falta por bancársela. La mujer que está en falta por despertar en el hombre deseos sexuales irrefrenables. La mujer que está en falta por no ceder ante el deseo masculino.

En sí, la mujer que está en falta por ser mujer.

Celebramos la decisión del canal América 24 de rescindir el contrato de Paluch, ya que habla de un gesto de la empresa contra una sociedad menos receptiva y menos comprensiva ante los casos de violencia de género.

Todavía queda cuestionarnos la desigualdad. El día que entendamos que un jefe que abusa de su empleada no puede ser lo normal y que una mujer que habla no debe ser castigada, estaremos hablando de un cambio verdadero.

 

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