Deconstruyendo las infancias: colonización, patriarcado y adultocentrismo

Artículo colaboración por Luciana Bianchi


«El cuerpo humano es, como sabemos, una fuerza de producción, pero el cuerpo no existe tal cual, como un artículo biológico o como material. El cuerpo humano existe en y a través de un sistema político. El poder político proporciona cierto espacio al individuo: un espacio donde comportarse, donde adoptar una postura particular, sentarse de una determinada forma o trabajar continuamente». Michel Foucault. Sigue leyendo Deconstruyendo las infancias: colonización, patriarcado y adultocentrismo

Los abusos en la música

Artículo colaboración de Francisco D’Amore


En el último tiempo, se ha hecho moneda corriente encontrar testimonios de fans abusadas o violentadas por músicos populares. ¿Se puede analizar esta epidemia de denuncias como un resabio más del machismo sistemático? ¿O hay un patrón en los músicos famosos que pueda disponernos a tocar el tema con más profundidad?

Que nuestro artista preferido sea un abusador más en la lista negra de los escraches es un miedo recurrente que tenemos muchos cuando entramos a las redes en este contexto de cambio de paradigma sociocultural que estamos atravesando y del que las artes no escapan. Pero este temor revela, implícitamente, un hecho que esquivamos durante toda la historia de la música popular: el «ídolo» es un par.

Siendo el ídolo un ser humano de carne y hueso, es imposible entender esta idealización sin que la justificación diste de la finalidad primordial de la música. La fe ciega y la mitificación de la vida personal del músico han corrido el eje de importancia: pareciera que ya no es más el arte el que vale sino la historia personal del individuo, relegando su obra a un segundo plano.

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Esta concepción moderna del músico popular nace en el Romanticismo con Ludwing Van Beethoven. Antes, los músicos eran enjuiciados como buenos o malos en su oficio, pero nunca se había creado semejante mito sobre la vida y la personalidad. Su sordera, sus actos de rebelión y desprecio por la autoridad, sus trastornos bipolares y su forma de ser arisca levantaron un muro de misticismo e idealización alrededor del músico, a cuyo funeral asistieron más de veinte mil personas. Había nacido el músico popular moderno.

A partir de él, este fenómeno creció hasta tener sus picos de popularidad en los años 60 con bandas como The Beatles, que exaltaron el fanatismo de sus seguidores hasta puntos enfermizos, y en la primera década del siglo XXI, con el auge de las boyband como Jonas Brothers o One Direction.

Pese a la familiaridad que podemos sentir con nuestra forma de entender la música, durante muchos años esta ni siquiera fue considerada un arte, concepto que ha cambiado de forma drástica a lo largo de la historia. Pasó de ser entendida como una interpretación literal de su origen etimológico en latín, «ars» (destreza, habilidad), a ser relacionado con las siete musas. Recién a partir del siglo XIX, con el capitalismo surge la invención del término «bellas artes» para denominar a las artes clásicas y discriminarlas de las artes manuales, como las artesanías.

Según Raymond Williams, esta distinción estuvo relacionada con los cambios inherentes a la división concreta del trabajo y a la producción capitalista de mercancías, con sus respectivas especializaciones y con la reducción de los valores de uso a los valores de cambio. Ciertas destrezas pasaron a ser admitidas como artes o humanidades cuando sus formas de uso no estaban determinadas por el intercambio inmediato y podían abstraerse conceptualmente.

Esa fue la base formal de la distinción entre bellas artes y arte útiles. Los artesanos pasaron a ser mano de obra, productores, y los artistas fueron mitificados como bohemios, cultos y trascendentales.

Pero ¿cómo se relaciona esto con los músicos abusadores? Que la música sea o no un arte, ¿condiciona su forma de consumo?

Esa abstracción que plantean las bellas artes incomoda en parte a un sistema económico que funciona con capital inmediato de oferta y demanda. Es entonces que, para su subsistencia, se obliga a convertir la imagen en un producto concreto que atraiga y se venda junto con las obras. Cuando resulta imposible comercializar el arte como tal en un ordenamiento que no premia la cultura, nace este ídolo popular, tan tóxico y tan corrosivo, como un invento del capitalismo para vender una expresión artística que se ve relegada y marginalizada de su sistema de cambio.

Siendo un fenómeno efímero, es sencillo ver por qué la música no siempre fue aceptada como una expresión artística. Recién con la invención de la notación musical, su reificación permitió que pase a ser comprendida como tal. Esta primera forma de música occidental escrita, los cantos llanos o gregorianos, no fueron creados con un valor estético ni como recreación; por lo contrario, eran utilizados por la iglesia católica para amenizar la lectura de salmos y para atraer fieles a las congregaciones.

Ya en estas formas primitivas de música escrita se establecían jerarquías entre quienes interpretaban y escribían la música, quienes la escuchaban y el verdadero destinatario: Dios. Si bien, como dice Nietzsche, este último ha muerto con el antropocentrismo, aún en nuestra música podemos distinguir jerarquías impuestas culturalmente entre artistas y consumidores.

Para estimular el lucro en la modernidad, la industria musical ha vuelto a estructurar los conciertos para retrotraerlos a la función litúrgica del siglo XI. Los escenarios y los reflectores no hacen más que remarcar la distinción entre el artista (en lo alto, iluminado) y el público (en lo bajo, a oscuras), convirtiendo el acto de escuchar música en una especie de adoración devota al intérprete.

Este mensaje subliminal de la industria cala profundo en la psiquis de los consumidores, que comienzan a entender al músico como una entidad superior y misteriosa, digna de admiración como individuo y no como artista. Este fanatismo deja de lado el valor artístico de la composición y construye alrededor del músico una especie de narrativa gracias a la cual se conoce hasta el color de su cepillo de dientes. Este tipo de culto al individuo es peligroso cuando uno abstrae la condición de ser humano del artista y su admiración se torna rendición.

En el artista, esta crisis de la subjetividad golpea de forma inversa. La aparente sumisión de los fanáticos ante su estatus de ídolo incondicional, la deshumanizante transformación del músico a objeto de consumo y la incitación del ambiente a la disparidad y jerarquización generan en él una desinhibición en su comportamiento ante ellos.

Así, se forja una relación de poder que, en un ámbito tan dominado por el hombre como lo es la música, ha sido interpelada por la desigualdad de género y la cosificación de la mujer. El artista ya posicionado en su condición de ídolo tiene aún menos problemas en pasar por encima de un colectivo que se le ha enseñado culturalmente como inferior. La desigualdad dentro de la disparidad.

En el ensayo «Introducción al narcisismo», Freud nos explica que este fenómeno de idealización se puede dar cuando el individuo proyecta en un ajeno la perfección narcisista de su infancia donde él fue su propio ideal hasta que las admoniciones de su época de desarrollo y el despertar de su juicio propio terminaron estorbándole.

Si dicha relación de poder existe hace 3 siglos, ¿por qué recién ahora salen a la luz tantos casos de abusos? La razón es clara: las nuevas generaciones han roto con el ídolo de una forma irreconciliable. Los millennials y los centennials, crecidos en un mundo globalizado y tan tecnologizado, ya no son estimulados por la leyenda de un artista. La presencia de las redes desbarata la divinización de los músicos populares.

Bandas como Daft Punk o Gorillaz nos invitan a disfrutar de la música cuestionando el concepto de autor, a escuchar obras sin conocer la identidad de sus compositores o a partir de una banda donde los músicos son personajes de ficción. Esta nueva forma de entender la música evita establecer jerarquías sin sentido, ya que la imagen que se vende sobre el escenario no es la de un igual sino un personaje apto para el consumo. El humano detrás de una máscara o de las animaciones desafía el estrellato, vende una imagen diferente a la tradicional donde la privacidad y la integridad del artista están más cuidadas.

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Sumado a esto, el auge de los movimientos feministas ha hecho repensar costumbres arraigadísimas tanto por músicos como por consumidores, visibilizando así situaciones de abuso que hace 20 años no hubiesen sido tan fáciles de distinguir.

Si nos abstraemos de la nostalgia que nos producen los ídolos populares de nuestra infancia, esta transición resulta positiva para la cultura. Los artistas ya no son imperdonables, ya no son inalcanzables; volvieron a ser pares. Y este es un buen punto de partida para replantear nuestro disfrute de la música, para volver a poner el foco en el sonido y en el mensaje.

Tal vez, si esta despersonalización de las artes sigue evolucionando, nos podamos acercar a un futuro donde los conciertos dejen de ser una misa llena de adeptos devotos y donde la banda esté entre el público que, a oscuras, podrá disfrutar de la verdadera escucha sin condicionamientos del entorno.

Seguiremos decepcionándonos al leer denuncias por redes; no se puede separar al arte del artista. Pero podemos empezar por plantearnos el arduo ejercicio de desmitificar a los ídolos y «terrenalizarlos».

El sexismo que venden las campañas publicitarias

Un hombre intenta cambiar una lamparita en su casa. Corta la luz. Aparece en escena la esposa, que quiere llamar al seguro para que solucione el problema. Él se rehúsa a quedar como un “inútil” y rechaza la posibilidad. La mujer propone autoculparse por el desperfecto al momento del llamado, a lo que él accede muy conforme.

Estas son escenas de una pauta publicitaria del área de seguros de un banco que funciona en nuestro país, y que aparece al menos dos veces cada hora en la tanda publicitaria de todos los canales de televisión. No genera risas ni reflexiones; es una más dentro del universo publicitario que persigue un único objetivo: mostrar la eficacia del producto que ofrece para captar más compradores.  

La publicidad es un conjunto de estrategias orientadas a dar a conocer productos y servicios a la sociedad. Cada paso y acción está pensado en relación a un público determinado, apuntando a sus necesidades e intereses. Sin embargo, en varias ocasiones las empresas publicitarias ponen el ojo en el enfoque incorrecto y terminan lanzando al mercado campañas que se les vuelven en contra.

En tiempos donde el feminismo ha ganado terreno y ha sacado a la luz muchos conceptos y estereotipos patriarcales, como el rol de la mujer en la casa o el del hombre en una empresa, se puso en la mesa la discusión acerca de lo que la sociedad consume en términos de márketing.

En este sentido, aparece escondida bajo el contexto de una situación sumamente cotidiana la legitimación del estereotipo de macho todopoderoso y su esposa incapaz de resolver ese tipo de problemas domésticos (aunque se sobreentiende que los que atañen al cuidado del hogar y la familia los resuelve muy bien).

No es el único

Días antes de que empezara el mundial de fútbol en Rusia, un canal deportivo lanzó una pauta publicitaria en la que pretendían mostrarle a Putin que la homolesbotransfobia no era una enfermedad.

En el afán de demostrar lo «progres» que son los varones amantes del fútbol en Argentina, hicieron un producto que duró lo que un click en internet porque se trataba de una burla al colectivo LGBTQ ruso que demostró el desconocimiento de la terrible persecución que sufre por parte del gobierno y la sociedad.

En lo que refiere a productos de limpieza, una marca intentó diferenciarse de sus competidores mostrándose más empática con las cuestiones de género, aunque todavía se ve un sesgo de machismo en sus publicidades.

Hace unos pocos años lanzó la historia de un papá soltero que, según se relataba, sabía aprovechar el tiempo con su hija y elegía un limpiador de la marca para no pasarse horas fregando. Lo que obviaron fue al musculoso salvador, dando por sentado que las únicas que dependen un hombre son las mujeres.

En el contexto intenso que representa la discusión sobre la legalización del aborto en Argentina, contexto en que se abrió paso a debates de otros temas en torno a la figura de la mujer, una gigantesca cadena de hipermercados demostró no estar al tanto.

Con motivo del próximo día del niño, se lanzó una campaña que representa al cien por cien el sexismo del márketing: en un juego lingüístico, con la letra C (con la que comienza el nombre del hipermercado) hacían alusión al niño campeón y a la niña cocinera.

Las redes sociales estallaron en repudio, lo que provocó que la empresa retirara el anuncio y se excusara diciendo que había sido un “error” que no coincidía con los valores que pregonaban desde adentro.

Estos casos, como tantos otros, dan cuenta del escenario ambiguo en el que se desempeñan las empresas. Por un lado, se nota un avance en términos de mostrar equidad, a la mujer en representaciones de productos, trabajos o lugares antes impensados. Por otro, se percibe el claro interés por la venta, sin importar la estigmatización.

Lo que resulta interesante es que se logra poner en discusión los conceptos de estereotipos que construyen las publicidades día a día, ya que el consumo que hacemos de ellas está tan naturalizado que los mensajes implícitos deben pasar por un tamiz para ser decodificados.

Resulta de vital importancia hacer el ejercicio constante de calzarnos los lentes de género para deconstruir lo que se supone habitual, para incomodarlo y volverlo a construir.

Mujeres de América Latina traficadas en Londres

Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR:

La trata consiste en utilizar, en provecho propio y de un modo abusivo, las cualidades de una persona. Para que la explotación se haga efectiva los tratantes deben recurrir a la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas. Los medios para llevar a cabo estas acciones son la amenaza o el uso de la fuerza u otras formas de coacción, el rapto, el fraude, el engaño, el abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad.

Yenny Aude es la directora de LAWA («Latin American Women’s Aid»), una organización que apoya a mujeres latinoamericanas en Reino Unido.  LAWA realiza un servicio dedicado y especializado, dirigido por y para mujeres de comunidades latinoamericanas, afrodescendientes y de minorías étnicas. Trabajan juntas para poner fin a la violencia que viven mujeres y niñxs, y promueven su proceso de empoderamiento.

Yenny pasa sus días escuchando relatos de chicas secuestradas, engañadas para viajar y luego desaparecidas.

El modus operandi de quienes trabajan para las redes de trata es por lo general el mismo: engañan a las víctimas para que viajen, casi siempre mediante ofertas de trabajo, y una vez que las mujeres llegan al lugar, caen en manos de tratantes que les quitan sus pasaportes y documentos, y les bloquean cualquier contacto con sus familias.

Expertos y testimonios de sobrevivientes señalan que los traficantes alquilan casas por periodos cortos de tiempo para evitar que la policía les haga seguimiento.

Uno de los casos que más conmueve a Yenny es el de una mujer colombiana, cuyo nombre no menciona para proteger su identidad:

“Cuando llegó la policía, la encontraron colgada: así era como la violaban y así fue como abortó. Estaba siendo violada mientras estaba pariendo.

La mujer había salido de Colombia rumbo a España con la intención de trabajar. Pero fue engañada y, cuando llegó, le sacaron sus documentos y la forzaron a prostituirse por «unos años». Cuando hablé con ella la primera vez, le pregunté si sabía dónde estaba y me dijo: ‘¿En España?’. No recordaba cómo la habían trasladado a Londres.

Cuando la conocí, no tenía dientes; también tenía baches en su cuero cabelludo. Cuando no hacía lo que sus captores querían, le sacaban un diente o le arrancaban cabello”.

En LAWA le brindaron apoyo psicológico, le ayudaron a arreglar sus dientes y a recomponer su pelo, para lograr la imagen con la que había salido de Colombia un tiempo atrás.

Otra historia es la de “Ana” (nombre falso), quien viajaba desde España a Londres para visitar a su prima. En ese entonces tenía solo 18 años, y buscaba escapar de un familiar que había abusado sexualmente de ella. Su prima mandó a un “amigo” a buscarla. Amigo que a «Ana» le sacó todos sus documentos y se los intercambió por unos falsos con los que ingresó al país.

Cuando llegó a destino, el primer encuentro con su pariente fue el comienzo de la pesadilla:

 «‘Ahora te toca pagarme todo lo que gasté en ti. Te va a tocar empezar a trabajar. Vas a hacer todo lo que yo te diga. Estás en mis manos’. De pronto, del baño salieron cuatro chicas y se sentaron con nosotras. Mi prima sacó unos teléfonos y una libreta y los puso sobre la mesa. Era como si todo hubiese estado escondido.

Le pregunté a mi prima: ‘¿Qué pasa?’ y me dijo: ‘En esto es en lo que vas a trabajar’. Me negué: ‘Yo no voy a trabajar en esto’, pero me respondió: ‘En esto vas a trabajar hasta que termines de pagar la deuda que tienes conmigo’.

Las chicas estaban en sujetador y bikini, con vestiditos muy transparentes, muy maquilladas y con tacones bien altos. Recuerdo que me habían dicho que eran de Bolivia, Colombia, México y Venezuela, y que tenían entre 19 y 24 años.

Llegó un momento en que ‘los clientes’ no miraban a las otras chicas y querían solo conmigo y conmigo. Mi prima las sacó y me quedé sola en esa casa».

Aude sostiene que, en muchos de los casos, las mujeres no se dan cuenta de que fueron traficadas.

“Muchas de las que vienen a pedirnos ayuda, llegan por otras razones. Cuando nos empiezan a contar sus historias y les empezamos a hacer preguntas es que nos damos cuenta que fueron víctimas de trata. Pero ellas no lo reconocen como tal porque no se da de la manera tradicional.

No siempre son forzadas por un extraño o una empresa que les promete el trabajo soñado en Europa y que, cuando llegan, les quita los papeles, las encierra y las obliga a hacer trabajo forzado o a la explotación sexual. Una forma de tráfico actual, que me impactó mucho en su momento, es el uso de la figura del novio«.

La figura del novio se trata también de un engaño. Un hombre enamora a una mujer latinoamericana, pasan tiempo juntos, hace que ella confíe en él y con el tiempo le pide que lo visite en su país de origen. Ahí es cuando se apoderan de ella, la torturan, la obligan a prostituirse, y/o la explotan como servidumbre. Incluso en algunos casos, las obligan a traficar drogas.

El problema es que una vez que logran escaparse y denunciar, su caso no se entiende como tráfico de personas. Según Aude, es porque la versión de su historia migratoria «Vine a visitar a mi novio» o «Llegué con mi novio» no es clasificado como trata.

«Si a ti te preguntan ‘¿Tú vienes con este hombre? ¿Este hombre te está forzando a algo?’, dices que no porque es tu enamorado. O si te preguntan ‘¿A qué viene usted aquí?’, respondes ‘A reunirme con mi novio, él me está esperando afuera’.

Esa situación no enciende ninguna alarma en el funcionario de inmigración. Una vez que la mujer entiende que ha sido una víctima de trata, es extremadamente difícil hacer que denuncie su caso a las autoridades,  no quieren hablar de eso».

Según Julián Chávez, abogado:

«El principal obstáculo para tener estadísticas confiables, en términos de nacionalidad, es que muchas de las latinoamericanas que llegaron al Reino Unido como víctimas de la trata de blancas lo hicieron con pasaportes falsos (pasaportes europeos).

Cuando llegaron a España, Holanda o Francia (tres de los puertos de entrada más usados por los tratantes), sus captores les quitaron sus pasaportes y al instante esas mujeres desaparecieron del mapa. Fueron obligadas a tener identidades falsas con pasaportes de España, Bulgaria, Hungría…

Casi todas las mujeres que he conocido que han sido víctimas de trata de personas coinciden en un punto: les da miedo decir cuál es su país de origen, porque no quieren ser deportadas, pues aseguraban que «las mafias las encontrarían y les cobrarían no sólo el cargamento de droga que las autoridades les hubieran incautado, sino además ‘la deuda’ que habían contraído por venir a Europa».

Según la ONU, los flujos de trata de personas que se originan en las Américas representan alrededor de 3% de las víctimas en el oeste y sur de Europa. La mayoría procede de Sudamérica y son principalmente detectadas en Francia y España.

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Estadísticas del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Presidencia de la Nación.

En el año 2008, se sancionó en Argentina la ley 26.364, cuyo objetivo es la prevención y la sanción de la trata de personas, y otorgar ayuda a sus víctimas. Desde entonces, se rescataron más de 5000 personas en el marco de los operativos realizados.

En el programa nacional de rescate y acompañamiento a las personas damnificadas por el delito de trata (del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos), se reciben denuncias las 24 horas los 365 días del año.

LOS DENUNCIANTES PUEDEN LLAMAR AL 145 o comunicarse a través de:


 

Fuentes
BBC
LAWA
Ministerio de Justicia y Derechos Humanos

La metamorfosis

Los trastornos alimenticios están relacionados con el enfoque obsesivo que se tiene tanto en la comida como en el peso, y que incluye, por ejemplo, la manía de contar la cantidad de calorías que se ingiere en cada comida. Las más comunes suelen ser la bulimia y la anorexia, y muchas veces están conectadas con el acoso o las burlas (por cuestiones estéticas) que se reciben por parte de otras personas, incluso de la propia familia.

Aquellxs que sufren de este tipo de trastornos vinculados con factores biológicos, psicológicos, emocionales y personales, entre otros, encuentran un refugio en la comida. Pero, después del atracón, llega la angustia y una nueva dieta a seguir o un método conocido para eliminar lo que se acaba de ingerir, el vómito.

La carga emocional que aísla, avergüenza y por sobre todas las cosas genera una profunda tristeza y ansiedad, puede dar el pie para iniciar el cambio del cuerpo. Mirarse al espejo duele, pensar en unx mismx duele y buscar la vía más rápida para alcanzar lo que se desea suele ser la solución.

Según Family Doctor, los cambios en la alimentación suelen ser regulares, se omiten comidas y se generan otras transformaciones, que a veces son obvias pero en otros casos no, y con frecuencia aquellxs que padecen trastornos alimenticios intentan ocultarlo de todas las maneras posibles.

Everyday Feminism publicó un poema escrito por Blythe Baird (21), quien padeció un desorden alimenticio y decidió expresarlo a través de la escritura:

«El año de las gelatinas sin azúcar,
tomamos ‘Vitamin Water’ y vodka,
brindamos por la secundaria y la supervivencia
mientras nos halagábamos los huecos entre nuestros muslos.

Probamos las dietas que encontramos en Internet:
cigarrillos mentolados, comer frente a un espejo, donar sangre,
reemplazar comidas por otros pasatiempos prácticos
como hacer coronas de flores o desmayarse.

Preguntarme por qué no había tenido mi período en meses,
o por qué el desayuno tenía sabor a derrota,
o de cuántas otras formas más productivas podría haber gastado mi tiempo hoy
además de googlear cuántas calorías tiene el pegamento de un sobre,
o ver America’s Next Top Model como si fuera el evangelio,
o encorvarme desnuda sobre la pesa del baño,
llorando sobre un plato vacío de cereales,
porque sólo me siento linda cuando tengo hambre.

Si no te estás recuperando, te estás muriendo.

Cuando tenía dieciséis, ya había experimentado tener sobrepeso, bajo peso, y obesidad.

Cuando niña, “gorda” era la primera palabra que la gente usaba para describirme, lo cual no me ofendía hasta que descubrí que se suponía que debía hacerlo.

Cuando perdí peso, mi papá estaba tan orgulloso que comenzó a llevar mi foto del ‘antes’ y el ‘después’ en su billetera, tan aliviado de haber dejado de preocuparse de que contrajera diabetes, porque él había visto un programa con una noticia sobre la ‘epidemia de la obesidad’.

Me dijo que estaba muy feliz de verme, al fin, cuidándome a mí misma.

Si desarrollas un trastorno alimentario cuando ya estás flaca, vas al hospital.
Si desarrollas un trastorno alimentario cuando no estás flaca, eres una historia de éxito.

Así que cuando me evaporé, todos me felicitaban por estar saludable.
Niñas en la escuela que nunca me habían hablado antes
me detenían en el pasillo para preguntarme cómo lo había hecho.
Yo les dije: ‘Estoy enferma’.
Ellas me dijeron que no, que era una ‘inspiración’.

¿Cómo podría no haberme enamorado de mi enfermedad?
¿Con tener el tipo de silueta de la cual, se supone, la gente se enamora?
¿Por qué habría querido dejar de estar hambrienta cuando la anorexia era la cosa más interesante de mí?

Entonces, qué afortunada soy de ser aburrida ahora.
La manera que no te lleva al hospital es aburrida,
la manera de mirar una manzana y ver sólo una manzana
y no sesenta, o media hora de sentadillas, es aburrida.

Mi historia puede ahora no ser tan emocionante como solía serlo
pero, al menos, no hay nada que contar.

La calculadora en mi cabeza finalmente se detuvo.

Me encantaba la sensación de beber agua con el estómago vacío,
esperar que la frialdad se deslizara hasta el fondo y aterrizara en el fondo,
no obsesionada con estar vacía pero temerosa de estar llena.

Solía estar orgullosa cuando tenía frío en una habitación cálida;
ahora, estoy orgullosa de haber dejado de buscar venganza contra este cuerpo.
Este fue el año de comer cuando tenía hambre, sin castigarme.

Y sé que suena ridículo, pero esta mierda es difícil.

Cuando era pequeña, alguien me preguntó qué quería ser cuando fuera grande.

Y yo dije ‘pequeña’».

Sophia Bugueño, una jóven chilena entrevistada por BioBioChile, sostiene que:

“Esto parte como un juego, pero cada vez se va apoderando más y más de ti. Ya no puedes controlar tu mente, no dejas de escuchar esa voz que te impide comer. Esa voz que te dice que estás gorda y fea, que escondas la comida cuando nadie está mirándote.

Lo primero que uno necesita para enfrentar esta enfermedad son los recursos. Estar dos meses internada en una clínica no es gratis, y no se trata sólo de una hospitalización. Hay que ver un montón de médicos. Mi papá hacía viajes todos los fines de semana para ir a verme.

La gente piensa que es una enfermedad caprichosa, que una baja de peso para ser flaca, regia, pero no es así… Es realmente la pena interna que se refleja en lo físico.

Siempre me he cuestionado por qué decir ‘tengo cáncer’, ‘tengo diabetes’, o cualquier otra enfermedad es normal, y cuando uno dice ‘tengo anorexia’, la gente critica”.

“Yo jamás quise quedar en los huesitos”, lamenta Sophia, quien, en su estado más crítico, llegó a pesar 42 kilos con una dieta que no superaba las 100 calorías diarias. Fue en ese momento, a los 15 años, cuando sus padres la obligaron a ir al psiquiatra tras las actitudes sospechosas que tenía.

“Mi papá insistía en llevarme a un doctor pero yo me negaba, creía que estaba exagerando. Lo encontraba ridículo. Hasta que un día, junto a mi mamá, me agarraron a la fuerza y me llevaron donde un psiquiatra. En esa primera visita estaba en el límite… Continué con un nutricionista hasta que finalmente la pediatra me diagnosticó la enfermedad”.

En la actualidad, Sophia sigue luchando para visibilizar este tipo de problemas corporales. Podés encontrarla en su página o ver antiguas publicaciones en su blog.

 

Una película reciente, que ganó fama justamente por mostrar este tipo de trastornos y hacerlos más evidentes es To the bone («Hasta el hueso»), protagonizada por la famosa actriz Lily Collins.

Se trata de la historia de una adolescente que padece anorexia; a pesar de algunas críticas, según La Vanguardia es la primera vez en el cine que se muestra un desorden alimenticio con tanta sinceridad, ya que en general es uno de los temas de los cuales no se habla.

Lily sostiene que en la etapa de perder peso para la película, recibía cumplidos, y que ahí es cuando la enfermedad se convierte en algo glamuroso si no se visibiliza correctamente. Pero Collins no estaba sola. Antes de ella, muchas otras celebridades lucharon también contra la “glamurización” de la anorexia.

Por eso, es importante reconocer cualquier tipo de actitud extraña en las personas que nos rodean, sean hombres, mujeres, adultxs o jóvenes, incluso niñxs. Cualquier cambio en el hábito de la alimentación puede ser un indicador de otra cosa, que pasa en lo interno y que no podemos ver. Lo más importante es saber que no estás solx.

 


Fuentes

La rebelión del cuerpo
EverydayFeminism
FamilyDoctor
HealthyChildren
BiobioChile
La Vanguardia

Condenada

Las diferencias entre el hombre y la mujer no son novedad, no nacieron en esta época, pero como siempre, están relacionadas con los procesos sociohistóricos, culturales y económicos que atraviesan al mundo. La preferencia por los varones constituye una característica de muchas culturas a nivel global.

Pero ¿qué pasa cuando la inclinación también abarca a los bebés? ¿Qué harías si supieras que se somete a las niñas a desnutrición y falta de atención porque todo lo recibe el hijo varón?

Sí, con el favoritismo hacia los hijos no solo se perpetúa la discriminación y la violación de los derechos femeninos, sino que también crece el número de infanticidios, en especial en países como India, en donde, según Diario Uno, hoy en día faltan más de 63 millones de mujeres en todo el territorio.

En este país ubicado al sur de Asia, la primacía de los hombres se basa en antiguas tradiciones; creen que una mujer es una maldición, y están condenadas a sufrir las consecuencias de haber nacido “malditas”. Además de causar un alto déficit demográfico, continúa Diario Uno, más de 21 millones de niñas no son deseadas por sus familias y cada año desaparecen 2 millones de ellas.

Estas desapariciones son comunes, y se generan por enfermedades (causadas por la falta de atención), feticidios femeninos, falta de educación, malnutrición y carencia de cuidados. Se las priva de la atención médica y de una buena alimentación, algo que los niños no sufren, pues sí son llevados al médico, poseen niveles más altos de conocimiento y crecen con una buena base alimentaria, además de recibir vacunas y vitaminas de las que carecen las niñas.

La realidad es que las preferencias no solo están sustentadas por antiguos mandatos, sino también por cuestiones económicas. Se entiende que los hombres son aquellos que pueden ganar más dinero, porque además de trabajar más duro, lo pueden hacer por más tiempo.

Asimismo, tener una hija es visto como motivo de deudas, debido a que las familias se encuentran en la obligación de asumirlas, para pagar la dote en el momento del matrimonio (algo que hoy es ilegal pero en algunos lugares se sigue llevando a cabo).

La desigualdad se ve, y se siente. La llegada de un varón a la familia es motivo de orgullo y celebración, mientras el nacimiento de una hija suele relacionarse con decepciones y situaciones humillantes, lo cual produce una consecuente desvalorización de la mujer.

Un hombre entrevistado por ONU Mujeres sostuvo:

“El nacimiento de un hijo varón me hace subir de estatus, mientras que el de una niña me hace bajar la cabeza”.

La constante presión que las mujeres adultas sienten (por parte de los maridos y sus familias) para concebir un hijo pueden generar consecuencias si ese varón no llega, y en su lugar dan a luz a una beba indeseada. Estas famosas consecuencias pueden incluir tanto la violencia y el maltrato físico como el abandono, el divorcio o incluso la muerte.

Un caso atroz, divulgado durante 2010 por El Mundo, trata sobre una madre que después de tener a su tercera niña, después de verse oprimida y castigada por no traer al mundo al varón tan esperado, tomó la decisión de arrojar a sus tres hijas a un pozo, para después suicidarse.

Aunque parezca irreal, las situaciones violentas e inhumanas son normales. En cuestiones demográficas, pueden llegar a desatarse por la cantidad de hombres que hay y las pocas jóvenes disponibles para casarse, lo que en algunos casos produce tráfico de mujeres (de un pueblo a otro), casamientos forzados o el compartir esposas entre hermanos.

En la sociedad patriarcal india, los hijos son los que portan el nombre de la familia y aseguran tanto la vejez de sus padres, como la continuidad de la descendencia, ya que las jóvenes cuentan con poca autonomía económica, si no es nula, y no tienen permitido heredar propiedades.

Además, al casarse, pasan a formar parte del grupo familiar de sus esposos, dejando sin entrada económica a su propia familia. Tampoco tienen la posibilidad de orar por sus progenitores; los únicos que pueden encargarse de las tareas espirituales son los varones, y son los también los únicos que tienen permitido llevar a cabo los rituales del nacimiento, la muerte y el matrimonio.

Un proverbio hindú sostiene que «Criar a una hija es como regar el jardín del vecino», precisamente porque luego de comprometidas y casadas, las mujeres empiezan a funcionar como elemento productivo para otra familia.

A pesar de que las consecuencias  logran verse con mayor intensidad en la niñez, porque la desnutrición y la falta de cuidado es clara e incuestionable, las mujeres adultas, luego de pasar por negligencias alimenticias y médicas  durante la infancia, tienen la posibilidad de morir antes, durante y después del embarazo.  Incluso algunas son obligadas a efectuarse abortos (si saben que van a traer al mundo a una hija), que muchas veces resultan en muertes por estar mal practicados.

La discriminación a la mujer es prenatal y postnatal, son segregadas inclusive antes de nacer, ya que suelen ser eliminadas simplemente por ser mujeres, y si finalmente nacen, son marginadas durante toda su vida.

Preferir hijos varones está directamente ligado, y da origen, a la baja población femenina, a la mortalidad infantil, e incluso, al estado anímico de las niñas.

De hecho, una serie de estudios publicados por Psyciencia, (realizados a un grupo de niñxs en Malasia), encuentra que “al percibir discriminación parental por motivo del sexo (PDPS), la felicidad y autoestima se relaciona de manera negativa y significativa, pero, sólo para las niñas. En otras palabras, las hijas que sentían que sus padres preferían hijos varones eran menos felices y tenían menor autoestima”.

Para países como India, Bangladesh, China, Corea del Sur y Pakistán, las mujeres tienen menos valor e importancia en una economía de comercio, además de generar deudas y ser una complicación  o una carga.

Diario de León cree que, la preferencia por los varones provocó que haya demasiados hombres solteros, más allá de la desproporción demográfica, ya que no se casan y no tienen hijxs, por lo tanto la población envejece y no hay gente joven para reemplazarla. La única salida que ven, es la de introducir incentivos a la natalidad, algo impensado hace un tiempo que puede que ni siquiera funcione.

En definitiva, hay muchos factores relacionados con la preeminencia de los hijos. En países más desarrollados esta diferencia no es tan sustancial debido a que poseen un mejor estado económico, las mujeres son independientes (en su mayoría) y hay incesantes luchas para equilibrar las disparidades, la composición dentro de las familias suele ser más equitativa, y las culturas no se rigen por mandatos. Pero, en países donde la tradición pisa más fuerte que los derechos, las mujeres siguen estando en desventaja, poniendo en riesgo su salud, su autoestima y principalmente su vida.

Según Unicef, estos problemas no datan de ahora, de hecho, cincuenta millones de niñas han sido sacrificadas en suelo indio durante el siglo pasado. En la mayoría de los casos se trata de interrupciones de embarazos, y los abortos tenían que ver con el sexo del feto.nena india

En estados donde la sociedad y la cultura son patriarcales, sexistas, y antifeministas, erradicar este problema es muy complicado, romper las leyes es algo normal para aquellas familias que están decididas a no traer a una mujer al mundo, y eliminarlas no es tan difícil como parece. Incluso, tópicos como la menstruación siguen siendo tabú, y las jóvenes aún se ven castigadas por procesos naturales que no pueden evitar.


 

Fuentes

#Análisis: El cuarto poder y el machismo disfrazado de noticia

El 29 de diciembre de 2017, Nahir Galarza disparó contra su pareja, Fernando Pastorizzo, utilizando el arma reglamentaria de su padre policía. Según consta en el expediente, la joven cambió su declaración tres veces, desde admitir el asesinato y explicarlo en detalle hasta declarar que habría sido un accidente.

Desde principios de enero, Galarza aparece a diario en todos los portales de noticias. Los titulares hablan del «caso Nahir» y describen en detalle información de vital importancia: qué libros lee la acusada detenida, qué comidas caseras saborea mientras está recluida, cuántas fotos con poca ropa publicó en su cuenta de Instagram e incluso cómo su padre se negó a reconocer hijos de parejas anteriores a la madre de Nahir.

De Fernando, poco más que unas fotos repetidas y una mención a las protestas de familiares y amigos que exigen justicia.

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Fernando Pastorizzo.

En un escenario ideal, el tratamiento mediático de cada crimen cometido contra la integridad de otra persona debe exponer a los victimarios mientras se respeta la memoria de la víctima. A simple vista, ese parecería ser el caso en cuanto al crimen de Fernando Pastorizzo. Sin embargo, ¿a cuántos perpetradores más conocemos en tanto detalle? ¿Qué se esconde detrás de la noticia?

Según la organización La Casa del Encuentro, una mujer es asesinada cada 30 horas en Argentina. Uno de los grupos más afectados es el de las mujeres trans y travestis. La información difundida desde la Procuraduría de Trata y Explotación Sexual indica que más de 3000 niñas, adolescentes y adultas están desaparecidas y las mayores sospechas recaen en las redes de trata para explotación sexual.

¿Por qué no se publican las caras sin censura de todos estos victimarios en primera plana? ¿Por qué no se habla de ellos en los noticieros a diario, cuando efectivamente muere una mujer por día a manos de la violencia de género?

Los medios como poder (o el poder de los medios)

El concepto del cuarto poder, surgido a principios del siglo XIX, describe a los medios de comunicación como un poder adicional a los tradicionales políticos. Ignacio Ramonet, eminencia del periodismo español, lo categoriza como:

«[El poder] del que disponían los ciudadanos para criticar, rechazar, enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales contra personas inocentes, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas».

Ramonet denuncia, sin embargo, que hacia fines del siglo XX comenzó a gestarse un vaciamiento de sentido de este poder, ligado al auge del capitalismo globalizado. Los medios se agruparon en corporaciones masivas y multinacionales, cuyo objetivo dejó de ser actuar como «voz de los sin-voces». El nuevo enfoque pasa a ser la propia preservación y no les tiembla la mano a la hora de confabular con los poderes tradicionales si es necesario.

Entonces, concluye Ramonet, surge la necesidad de un «quinto poder» que retome el concepto original y denuncie los atropellos de los conglomerados mediáticos. Así, entran en juego las distintas agendas de lo que cada sector considera relevante: la agenda pública, la de los medios y la política.

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Al establecer que los medios y la política se entrelazan sin pudor en el cuarto poder, la pregunta restante es ¿qué pasa con la agenda pública?

La politóloga alemana Elisabet Noelle-Neumann publicó en 1977 la teoría de la espiral del silencio, que explica cómo una opinión mayoritaria y una oposición debilitada pueden establecer qué actitudes son aceptables y cuáles no en una sociedad. El ser humano es un animal social y mantener una postura poco popular puede llevar al aislamiento.

El ciudadano promedio se apoya en la información que se distribuye a gran escala en televisión, radio y prensa escrita. Cuando el cuarto poder corrupto decide qué información priorizar y qué opinión anunciar como predominante, la agenda pública se ve inevitablemente infectada.

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Ante el grito feminista cada vez más alto, el poder patriarcal se refuerza a través de este medio. Desde su nacimiento, el movimiento feminista fue blanco de ataques que buscaban desprestigiarlo. Las sufragistas, las que exigen la igualdad de derechos y el fin de la violencia, las partidarias de todos los feminismos son eternamente tildadas de «feas», «frígidas», «histéricas», «necesitadas», «resentidas» y más.

La agenda hegemónica, entonces, es clara: la culpa siempre debe ser de la mujer. Si es la víctima, se la buscó; si es victimaria, representa a todo el colectivo femenino y anula las figuras del femicidio y la violencia de género. Resulta curiosa esta última interpretación, al tener en mente la rotunda negativa de los grupos antifeministas a «generalizar», porque «no todos los hombres son machistas».

¿Homicidio o femicidio?

Cuando hablamos de violencia de género, no nos referimos a la violencia aleatoria que resulta ejercida por una persona (de un género) sobre otra (de distinto género), como podría ser un robo, un secuestro extorsivo o un homicidio. La violencia de género es una violencia sistematizada que dispone de toda una estructura que la avala.

Existe una relación de poder en juego, sostenida gracias a la estructura patriarcal que ha enseñado por siglos que el varón es quien debe trabajar y «llevar los pantalones» en su casa, mientras la mujer, propiedad del marido (¿por qué, si no, ella toma su apellido y él no?), se limita a criar a los hijos, cocinar y limpiar. Sí, querido.

Así, dentro del espacio familiar, la mujer resulta dependiente del hombre respecto de su economía (ya que ser ama de casa es un empleo no remunerado). Fuera del hogar, el patriarcado se entrelaza con la cultura de la violación y escupe frases infames: «Mirá cómo iba vestida», «¿Qué hacía sola en la calle?», «Si le encanta la joda, que se la banque».

Quienes ejercen la violencia son quienes ostentan el poder. Una mujer puede ser machista, puede ser cómplice, pero el sistema eleva al hombre y le da el poder real como grupo demográfico. El hombre como individuo también puede ser víctima del patriarcado (ejemplo reciente: Jonathan Castellari). La cuestión no se centra en quién es la víctima, sino en quién es el victimario contra el que se plantea la lucha.

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El quinto poder está aún en pañales, y para lograr una sociedad equitativa debemos criarlo con perspectiva de género. El incremento de mujeres en los cargos de todo tipo de poder es una deuda pendiente; ¿cómo se oirán las voces femeninas si el micrófono está en la mano de un hombre?

Cuando las leyes son escritas por varones sin perspectiva de género, cuando las posiciones de poder son vedadas a la mujer por considerarla incapaz —como si menstruar o ser trans afectaran la intelectualidad o la habilidad—, cuando la sociedad en su conjunto culpa a la mujer e inventa justificaciones medievales para defender el accionar del macho («Los hombres son así», «Si calienta la pava…»), nos encontramos con violencia de género.

Caso Nahir Galarza vs. el femicidio nuestro de cada día

Lo primero que salta a la atención del lector es la denominación del caso en los medios. «Caso Nahir Galarza». Se recuerda a la víctima solo en su ámbito personal mientras el culpable se menciona en el proceso judicial.

Caso Melina Romero.

Caso Ángeles Rawson.

Caso Micaela García.

Caso Lola Chomnalez.

Caso Camila Carletti.

Caso Anahí Benitez.

¿Casualidad o imposición sutil? ¿Por qué no «Caso Fernando Pastorizzo»? ¿Por qué no nombrar culpables en los femicidios? ¿Por qué no hacer hincapié siempre en la víctima o siempre en el victimario, de forma consistente, en lugar de hablar de la mujer sea cual sea su parte en el crimen?

Los nombres de las víctimas quedan escritos en las pancartas pero los nombres y los rostros de los femicidas caen en el olvido. Caminan entre nosotros con absoluta impunidad, pues nadie los reconoce en la calle. La vida sigue para ellos.

Las fotos de los femicidas aparecen censuradas mientras las fotos de las mujeres se dividen en dos categorías marcadas: las fanáticas de los boliches, sexualizadas, y las chicas «bien», la dulzura hecha persona. La que se lo merecía y la que no.

No es una decisión inocente, sino que se busca apelar al inconsciente colectivo machista que le asigna más o menos importancia a los asesinatos y perpetúa la opresión femenina bajo el yugo del estereotipo de cómo actúa una «señorita correcta».

Así, echaron a los lobos a Melina porque «se lo merecía por puta» mientras alzaban altares para Ángeles, la jovencita modelo. Pocos repararon en el hecho de que, en ambos casos, dos vidas de igual valor fueron aplastadas. Dos adolescentes llenas de sueños y esperanzas. Dos futuros, dos seres humanos cuya importancia no variaba en base a sus personalidades.

La hipocresía de los medios hegemónicos sale a la luz una y otra vez, desde la forma en que plantean a la mujer hasta el vocabulario que utilizan. Las mujeres «mueren», no son asesinadas. Los crímenes son «pasionales», no de odio. Él «malentendió la situación», no la acosó. Ella «exagera», no se sintió vulnerada. Ella «estaba borracha y quiere perjudicarlo», no la violaron.

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Los grupos antifeministas y el colectivo Nadie Menos gritan que a Fernando lo mató la violencia de género, sin argumentos, sin un sistema de poder que sostenga la idea.

Mientras tanto, la violencia cisheteronormativa afecta a diario la vida de miles de hombres sin que a los autoproclamados antifeministas se les mueva un pelo: contra los hombres no heterosexuales, los hombres trans, los niños. La masculinidad tóxica es un concepto foráneo a ellos y Carlos Tévez sigue siendo el jugador del pueblo mientras pregona en televisión abierta que apoya la coerción violenta contra su propio hijo como método «correctivo» de la homosexualidad.

La violencia sexista oculta detrás de las noticias que se publican en primera plana puede ser sutil o grosera. Dependerá de un lector informado y crítico que la primicia se compre tal cual la escupe la caja boba o se analice en profundidad para desarrollar un juicio personal, que se traduzca en una manera de ver y vivir el mundo actual.