A un año de los incendios en la Patagonia

Título original: Las marcas del fuego

Autora: Tatiana Fernández Santos   Fotos: Julieta Distasio

—Andre, no bajes. Hay que salir ya— le advirtió un vecino que escapaba en dirección opuesta.

Andrea Depetri corría cuesta abajo por el valle donde se ubicaba su casa, perseguida por las llamas que se expandían a sus espaldas. Pronto se encontraría con un segundo foco ígneo que avanzaba de frente hacia ella.

—No sé si Licán salió, tengo que bajar— respondió Andrea, sin frenar el paso acelerado para adentrarse en el bosque de pinos Oregón. Tenía que asegurarse de que su hijo de 14 años hubiera logrado escapar.

Los montículos de fuego se multiplicaban sobre el pasto en pocos segundos, el humo se hacía más denso, el calor se intensificaba, las chapas de las casas se retorcían y crujían, sonaban como una bestia lamentándose de dolor. Los pinos expulsaban sus piñas encendidas como granadas por el efecto de la temperatura que alcanzaba la resina al estar expuesta al calor. Los ruidos de las garrafas de gas que estallaban aturdían los tímpanos de la mujer como ecos de bombas. Las hileras de pinos propagaban las llamas con la rapidez de una cerilla encendida en el interior de una caja de fósforos. Del cielo llovía fuego.

—¡Licán! ¡Licán! ¿Saliste? — gritaba Andrea con todas sus fuerzas mientras buscaba con la mirada a su hijo en los alrededores de la casa. Los gritos de vecinos y vecinas que se abrían paso para huir del infierno que los comenzaba a rodear se mezclaban con los ruidos de la expansión de las llamas. Las palabras de Licán se perdían en el bullicio.

A la misma altura de la ladera del cañadón donde había frenado Andrea, pero del otro lado del arroyo seco que atravesaba el barrio, estaba él. Andrea buscó entre la superposición sonora hasta que logró aislar la voz del joven.

—¡Má! ¡Estoy acá!¡Estoy subiendo!

Los músculos de los hombros se le relajaron, liberó la presión con la que apretaba sus dientes, respiró profundo y, al exhalar, los ruidos de la destrucción recobraron su protagonismo.

—¡Salí! Salí que después nos encontramos— gritó la madre al cerciorarse que su hijo estaba a pocos pasos de salir del barrio por el sendero que se dirige hasta la ruta 40.

Andrea giró y comenzó a subir por el camino de la ladera este del valle empinado por donde había descendido. En esa misma ladera, unos metros más abajo, estaba ubicada su vivienda. Pero ya era demasiado tarde. El fuego le pisaba los talones. Al darse vuelta nuevamente observó cómo la casa de su vecina Lorena, ubicada a 100 metros de la suya, desaparecía entre las llamas. La única opción que le quedaba era escapar por donde lo había hecho Licán.

La mujer logró caminar cuesta abajo hasta su vivienda, agarró la riñonera con sus documentos, se cargó la mochila al hombro y observó cómo Carpo, el perro blanco con manchas grises oscuras que acompañaba a la familia desde hacía 13 años, permanecía inmóvil. No respondía a sus gritos, que se perdían en el caos. Lo rodeó con una manta aguayo de lana de llama y lo tironeó con todas las fuerzas que le quedaban, pero moverlo fue imposible.

Carpo no se inmutaba. Estaba tieso pero su mirada, de alguna manera, transmitía tranquilidad. Con los ojos llenos de lágrimas Andrea se despidió de él y corrió por el cañadón hasta cruzar el puente de madera construido por las personas que habitaban el barrio boscoso para atravesar un arroyo sin caudal por la sequía del verano.

El corazón le latía fuerte, con más frecuencia que la normal, las piernas le temblaban, las gotas de transpiración le habían empapado la frente y humedecido la musculosa que llevaba puesta. Ya no recordaba la cantidad de veces que había ascendido y descendido por la ladera este del barrio desde que una amiga la llamó para advertirle que había un fuego cerca del barrio.

Tenía que hacer el último esfuerzo. Caminar 436 pasos por la ladera oeste, cerca de 150 metros en subida con un desnivel de 42 metros. Empezó a avanzar con la mayor velocidad que podía en ese camino empinado. Pocos metros delante de ella, un vecino escapaba del fuego por el mismo sendero. Andrea gritó con fuerzas, pero no emitía ningún sonido. O el humo absorbía sus palabras.

El aire a su alrededor se tornó negro, la visibilidad era nula. Pensó que no podría seguir. Una ráfaga inesperada despejó por un breve instante el humo que la rodeaba. Andrea continuó por la subida, aceleró su paso. El barrio estaba cercado de manera natural por una hilera de arbustos de moras que lo separaban de la ruta. Ahora, se habían transformado en una pared de fuego.

Se cubrió la cara con la mano izquierda, del hombro opuesto colgaba su mochila cargada con sahumerios de canela, aserrín, palo santo y de otras hierbas que juntaba de su jardín. Tenía la riñonera cruzada. Sentía que el fuego absorbía la parte lateral de su cuerpo, el calor la aspiraba. Atravesó las llamas, gritó hasta llegar a la calle. Un brigadista vestido de rojo se acercó.

Había llegado hasta la ruta. El fuego avanzaba también de frente.

—¡Licán! — gritó —¿No viste un chico alto más o menos por acá, flaco, con rastas? — preguntó al combatiente de incendios mientras indicaba la altura de su hijo con las manos.

—Está con nosotros en la camioneta— la tranquilizó el hombre.

—Me quemé —respondió la mujer al comenzar a sentir el dolor en su cuerpo.

Una catástrofe sin precedentes

La catástrofe socioambiental del 9 de marzo de 2021 en el noroeste de la provincia de Chubut, en la Patagonia argentina, no está aislada de la crisis climática que afecta al planeta. De acuerdo con la climatóloga e investigadora argentina Inés Camilloni en su análisis sobre el informe de los últimos 60 años del Servicio Nacional Meteorológico, en esta región se registran aumentos de temperaturas, disminución de precipitaciones y, en consecuencia, sequías que generan las condiciones propicias para la propagación de incendios.

El calentamiento global y los cambios en el uso del suelo potencian las posibilidades de temporadas de incendios forestales más extensas y peligrosas. Así lo advirtió Naciones Unidas en su Sexto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) publicado en 2020.

Durante el verano de 2021, dos episodios de incendios de gran magnitud ocurrieron en la Comarca Andina del Paralelo 42, conformada por un grupo de pueblos, ciudades y parajes rurales ubicados entre en el suroeste de la provincia de Río Negro y en el noroeste de la de Chubut. El primero comenzó el 24 de enero, tuvo su epicentro en la zona de Cuesta del Ternero, en las cercanías de la ciudad de El Bolsón, en Río Negro. Duró 42 días hasta que el 7 de marzo los brigadistas lograron controlarlo.

Apenas pasaron 48 horas desde que se logró extinguir el primero cuando se inició el segundo incendio de gran magnitud, alrededor de 15 kilómetros hacia el suroeste, del otro lado del límite provincial, en el noroeste de Chubut. Una columna de fuego de más de 20 metros se formó en la zona del paraje Las Golondrinas el 9 de marzo, a las cuatro de la tarde, y poco después -a tres kilómetros- empezó a arder la zona de Radal.

El fuego necesitó ocho horas para destruirlo todo antes que las lluvias lograran frenar la expansión del incendio, que arrasó con 13 mil hectáreas. En ese lapso, 620 familias de las localidades de Lago Puelo y El Hoyo, en Chubut, perdieron su casa mientras que 41 familias sufrieron daños parciales, según los datos oficiales. Más de 1.580 personas resultaron damnificadas, entre ellas al menos 25 mujeres -como Andrea Depetri- a cargo de niños y niñas, 98 adultos mayores y 27 personas con alguna discapacidad.

Según la explicación técnica de brigadistas del Servicio Nacional del Manejo del Fuego, cuando coexisten dos columnas de fuego de gran magnitud a pocos kilómetros de distancia, las mismas se atraen por la diferencia de presiones atmosféricas. La columna de mayor magnitud absorbe a la más pequeña.

Ese día, las fuertes ráfagas de viento en dirección sur aceleraron la tormenta de fuego que se cobró la vida de dos personas en poco tiempo. Una tercera persona falleció producto de las quemaduras días después. Las fuentes consultadas coinciden en señalar que se trató del incendio de interfase -así se denominan a los que se producen en zonas boscosas donde también hay viviendas- más destructivo que jamás hayan vivido en La Comarca Andina.

Si bien las áreas afectadas tienen diferentes situaciones habitacionales, un gran porcentaje de las personas damnificadas también trabajaban en esos espacios en emprendimientos productivos o turísticos. En el territorio arrasado coexistían casas residenciales, zonas de chacras productivas, emprendimientos de turismo y al menos tres barrios populares que no tenían regularizada su situación dominial, según detallaron desde el gobierno local de Lago Puelo.

Según el cálculo que surge del Informe final de Emergencia ígnea elaborado por la secretaría de Desarrollo Humano y Social de esa localidad, el 44% de las familias que sufrieron las consecuencias de los incendios allí habitaba en los asentamientos conocidos como la Ecoaldea, El Pinar y Bosques del Sur.

Territorio

El Pinar -donde vivía Andrea-, también conocido como Parcela 26, fue uno de los barrios populares más afectados por el incendio producido a finales del verano de 2021. Con el incendio ardieron los pinos Oregón, entre cuyas hileras se habían instalado los primeros vecinos veinte años atrás, y 175 familias se vieron afectadas.

Las especies exóticas que rodeaban este asentamiento popular fueron introducidas entre mediados de los años 70 y la década del 80 del siglo pasado, después del desmonte de especies nativas para la extracción de madera a partir de un contrato firmado entre la entonces Dirección General de Bosques y Parques de Chubut y empresas privadas.

La reforestación se realizó con especies exóticas de rápido crecimiento como pinos Oregón, ponderosa, radiata o murrayana, que permiten la obtención de madera en forma rápida. Mientras que el pino Oregón puede alcanzar un diámetro de tronco de más de 50 cm en 20 años, el alerce nativo alcanza 1 cm de espesor en 15 o 20. Asimismo, los coihues y cipreses que predominaban en la zona afectada tienen un crecimiento más lento.

“Cuando se toman decisiones en temas ambientales, hay que pensar responsablemente el tema forestal 30, 40 y hasta 50 años hacia adelante. Lo que hoy es una verdad revelada, mañana puede ser una catástrofe o un desastre. Eso podría ser una enseñanza de las consecuencias del reemplazo de bosque nativo por especies exóticas”, explica un experto que ocupó cargos directivos en la Dirección General de Bosques y Parques de la provincia de Chubut, que optó por reservar su identidad.

La introducción de estas especies provocó también un proceso de acidificación del suelo que afecta el desarrollo de otras plantas. Además, la fácil combustión de los pinares fue un factor clave en el desencadenamiento de la catástrofe, sumada a las temperaturas extremas sin precedentes en La Comarca Andina, los fuertes vientos, el bajo contenido de humedad en la vegetación producto de las sequías y un territorio repleto de ramas, troncos secos y podas realizadas fuera de temporada que componían un exceso de residuo forestal combustible en la zona.

La precariedad de tendidos eléctricos que se entrecruzan con árboles de más de 20 metros por falta de mantenimiento en las zonas de interfase urbano forestal, así como el crecimiento exponencial de la población con una urbanización acelerada y sin planificación, fueron también factores que aportaron al desencadenamiento del desastre ambiental y social que significaron los incendios forestales de marzo de 2021, según explicaron tanto desde el Servicio Nacional de Manejo del Fuego como desde Defensa Civil del Lago Puelo.

Por encontrarse en una zona roja para la construcción debido a la inclinación del terreno, a las 16 familias residentes en ese sector de El Pinar, la Municipalidad de Lago Puelo les propuso reubicarse. Solamente dos aceptaron. Una de ellas, Andrea y su hijo. Sin embargo, los tiempos que llevará esa relocalización y la desconfianza en la ejecución de la propuesta le representan miedos de que la misma no se concrete. Por eso, hasta que esa posibilidad se concrete, vecinos y vecinas de la feria regional de El Bolsón, donde ella trabaja, la invitaron a instalarse en el barrio popular Tierra y Dignidad, ubicado en la localidad de El Bolsón.

Calor y sequía

Uno de los efectos de la crisis climática en la región de la Patagonia argentina es la mayor recurrencia de sequías, lo que favorece la propagación de incendios forestales. De acuerdo a registros realizados por el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), entre los años 1961 y 2020 la temperatura en promedio aumentó en la zona de la Patagonia en 1ºC. También existe una tendencia a la disminución de precipitaciones en esta área.

En la Comarca Andina se registraron en marzo del 2021 temperaturas de hasta 4.2ºC más elevadas que la media máxima histórica correspondiente a ese mes. Después de un invierno con escasas lluvias y nevadas en la región cordillerana de la Patagonia, se prevén para el verano austral 2021/2022 precipitaciones inferiores a las normales.

Asimismo, el informe del Pronóstico Climático Trimestral correspondiente a diciembre 2021, enero y febrero 2022 del SMN indica que las temperaturas superiores correspondientes a la zona centro y norte de la Patagonia serán superiores a las normales. Estos pronósticos, que se condicen con los efectos del cambio climático en la región patagónica de los últimos 60 años, preocupan a brigadistas de cara a futuras temporadas de verano con preponderancia de sequías y alertas de incendios.

El trabajo es agotador”, cuenta Isabel Namor, una brigadista de 25 años. “Muchas veces te gana el fuego, pero no hay mayor satisfacción que cuando logramos detener o contener un incendio y se quema mucho menos de lo que podía llegar a quemarse”. Con 20 años ingresó al Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) desde donde combate, junto a colegas de todo el país, incendios en diferentes puntos del territorio nacional. Su base es la brigada que está ubicada en el predio del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Golondrinas.

Isabel recuerda con nitidez lo que pasó en marzo de 2021: “Fue muy angustiante. Fue la primera vez que estuvimos en un incendio en el que se perdieron vidas, personas, casas. Nos daba mucha impotencia. Trabajamos de esto y por momentos sentíamos que no podíamos hacer nada”.

El 9 de marzo, Isabel estaba de guardia. Hacía más de 27 grados y el viento soplaba con rachas de hasta 90 kilómetros por hora. Cuando tomaron noticia del primer foco, acudieron con la brigada a intentar salvar las dos primeras casas que comenzaban a desaparecer entre las llamas. Pero en pocos minutos, las condiciones meteorológicas extremas y un verano de sequías provocaron que la expansión fuera inevitable. El objetivo de todas las brigadas pasó a ser de inmediato la evacuación. La propia casa de un compañero brigadista se quemó mientras asistía a otras personas.

Los brigadistas combatían dos incendios de interfase al mismo tiempo. El que avanzaba en dirección al Maitén desde la reactivación del foco en Cuesta del Ternero y el que había comenzado el mismo 9 de marzo en Cholila.

Por lo que analizamos, vamos a tener una temporada muy complicada ya que hay muy poca agua en la zona”, adelantó la brigadista en relación al verano 2021/2022. Según el Servicio Nacional de Manejo del Fuego, el 95% de los incendios se dan por causas antrópicas, es decir por acción humana.

Cicatrices

A pesar del calor atípico de principios de noviembre, Andrea cubre su cuerpo con una camisa de mangas largas, usa una capelina y si camina bajo el sol agrega una chalina para resguardarse. Pasaron 247 días desde el incendio y, de vez en cuando, aún le brotan ampollas en el brazo quemado.

Con 43 años es alta y flaca, y tiene el pelo negro corto, lacio y grueso. Cuando se lo recoge, aparecen en su perfil izquierdo las marcas que el fuego le dejó, desde el cuello hasta la frente. Cubren parte de su pómulo izquierdo, su oreja izquierda y una línea que se extiende por su mentón hasta la mitad de la cara. Hay otras marcas que el fuego dejó que nacen desde su cadera izquierda y frenan a la altura del pecho, para luego retomar desde la base de su cuello. La parte externa de su brazo izquierdo también está quemada hasta la mitad de la mano.

Andrea recorre el sendero que tantas veces hizo aquel 9 de marzo, conoce cada parte del camino. Es la tercera vez que visita el territorio donde alguna vez estuvo su casa y se alegra por los brotes que renacieron de las cenizas. Hay mentas, melissa, romero, un ciruelo y un sauco. Mientras recoge los plantines de una menta híbrida con albahaca, recuerda los frutos que el ciruelo le ofreció durante once años.

La mujer que sobrevivió al fuego se dedicaba a la artesanía y gran parte de la gente del barrio trabajaba en la feria artesanal de El Bolsón. Allí le espera el espacio donde solía armar su puesto. Sin embargo, todavía no sabe cuándo regresará.


Esta historia forma parte de “Territorios y Resistencias” la investigación federal y colaborativa de Chicas Poderosas Argentina, que fue realizada entre octubre y diciembre del año 2021, con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos en Argentina, por un equipo de más de 35 mujeres y personas LGBTTQI+ de todo el país de forma colaborativa. 

Están vendiendo la Costanera

La sesión comenzó el 2 de diciembre al mediodía. Dentro de los proyectos aprobados, se habilita la construcción de edificios en los predios públicos ribereños de Costa Salguero y Punta Carrasco, que suman 32 hectáreas. Otro autoriza a la empresa IRSA a construir un barrio con torres de 45 pisos sobre el humedal conocido como ex Ciudad Deportiva, ubicado en la Costanera sur y lindero con la Reserva Ecológica.

El paquete impulsado por el gobierno de la Ciudad afectará a más de cien hectáreas del acceso al Río de la Plata, entre Costanera norte y Costanera sur. Con 36 votos a favor, del oficialismo y aliades, y 22 en contra, del Frente de Todos y el Frente de Izquierda, quedó aprobada la rezonificación de Costa Salguero; en tanto que el convenio con IRSA recibió 36 votos a favor, 20 en contra y 2 abstenciones. La medida se da pese a la negativa manifestada en las audiencias públicas y a las movilizaciones de organizaciones vecinales.

Descripción de imagen: listado del recuento final de votos por apellido. Afirmativos: Álvarez Palma, Arce, Blanchetiere, Bou Pérez, Cingolani, Cortina, de las Casas, Del Gaiso, del Sol, Ferrero, Fidel, Forchieri, García de Aurteneche, García de García Vilas, Garrido, González Estevarena, González Heredia, Gorbea, Guouman, Halperin, López, Méndez, Michielotto, Morán, Nosiglia, Ocampo, Peña, Reyes, Romano, Romero, Straface, Suárez, Thourte, Villafruela, Vischi, Weck. Negativos: Andrade, Barroetaveña, Bielli, Cámpora, de Mendieta, Fernández, Martín, Martínez, Montenegro, Morresi, Muiños, Neira, Pokoik, Roberto, Santoro, Segura Rattagan, Socías, Valdés, Velasco. Abstenciones: Abrevaya, Casielles.

Resistencia de vecines

En paralelo a la sesión, organizaciones ambientales, políticas y sociales que rechazaban las propuestas inmobiliarias protestaron en la puerta de la Legislatura. Entre los convocantes se encontraban el Movimiento La Ciudad Somos Quienes la Habitamos; Basta de Demoler; el Colectivo de Arquitectas en defensa de las tierras públicas y grupos de vecinos de los barrios de Núñez, Parque Chacabuco, Colegiales, Villa Ortúzar, Bajo Belgrano y San Telmo.

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En el mismo sentido, meses atrás se llevaron adelante audiencias públicas para consultarle a la ciudadanía su opinión sobre dichos proyectos: el resultado fue que el 98% de los mil oradores se mostró en contra. Además, a las críticas se sumó un freno judicial en dos instancias que impidió la venta de los terrenos.

Entre noviembre de 2020 y enero de 2021, más de dos mil porteños se manifestaron en contra del cemento sobre la costa en la audiencia pública por la rezonificación. En noviembre, en tanto, el Frente de Todos y organizaciones sociales entregaron más de 53 mil firmas en apoyo a la Iniciativa Popular (IP) para crear un parque público. Al superar las 40 mil adhesiones, la Legislatura quedó obligada a debatir el proyecto cuando el Tribunal Superior de Justicia termine de verificar las firmas. La aprobación de este jueves no impide que la IP sea tratada.

Descripción de imagen: docenas de personas protestan al sol en la vía pública con carteles donde se leen consignas como «Basta de destruir nuestro barrio. Asociación Vecinos Bajo Belgrano», «Por una ciudad con vista al río para todas y todos, ¡ponele tu firma!» y «La Legislatura vulnera nuestros derechos por privilegios» (en el último, las letras S están reemplazadas por $).

Sesión con una legislatura vallada

Durante la sesión, el bloque UCR-Evolución en la Legislatura porteña pidió retirar del temario el convenio entre el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la empresa IRSA para construir un nuevo barrio en la ex Ciudad Deportiva de Boca. El pedido fue realizado por el jefe del bloque, Martín Ocampo, quien argumentó que la iniciativa debe ser «mejorada» y requiere «seguir trabajando» en ella. Sin embargo, el pedido de Ocampo no prosperó, al no ser acompañada por el bloque oficialista Vamos Juntos (VJ).

Quedaron excluidos los acuerdos que contemplaban los permisos para construir en los predios de la calle 11 de Septiembre 1535, en Belgrano, donde estaba previsto una edificio de 53 metros, y el de la avenida Corrientes 3410, esquina Gallo, donde se iba a levantar un torre de 73 metros.

«Vende – ZonaPro. Larreta remata la costanera», decían los carteles que legisladores y legisladoras del Frente de Todos (FdT) mostraron sobre sus bancas durante las casi seis horas de debate. «Creo que estamos en la sesión más importante que nos tocará en nuestros mandatos: estamos discutiendo cien hectáreas sobre la costanera», alertó Matías Barroetaveña, legislador del FdT, al inicio de su discurso.

«Hoy es un día muy triste para la Ciudad de Buenos Aires. El oficialismo de Larreta votó la pérdida de 100 hectáreas de espacios verdes y humedales sobre la costanera para seguir construyendo torres de lujo que luego quedan vacías por la especulación inmobiliaria».

Matías Barroetaveña, diputado del Frente de Todos.
Descripción de imagen: una persona de pie en la protesta lleva una máscara del rostro de Horacio Rodríguez Larreta con un $ dibujado en la frente y levanta sobre la cabeza un cartel impreso que dice «Basta de negociados inmobiliarios corruptos» (una letra S está reemplazada por un $).

Por su parte, el jefe del bloque VJ, Diego García Vilas, defendió los proyectos al afirmar que en Costa Salguero se está «poniendo a la ciudad en la primera fila de cara al río» y aseguró que «de las 30 hectáreas que suman Costa Salguero y Punta Carrasco, 25 se convertirán en parque público». Sobre el convenio con IRSA, remarcó: «Estamos recuperando 50 hectáreas, de 70 que hoy son privadas».

Futuras consecuencias

Días atrás, la ingeniera María Eva Koutsovitis, especializada en hidráulica, explicó la relación directa que existe entre las construcciones inmobiliarias impulsadas por el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta, las inundaciones de los últimos días y la crisis climática actual. «Las megaobras de infraestructura ejecutadas por este gobierno fueron diseñadas con datos de lluvias de fines de los 90 y con criterios técnicos de hace casi un siglo», sostuvo a través de su cuenta de Twitter.

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«En la última década, se privatizaron cómo mínimo 150 hectáreas de superficies verdes absorbentes y en plena pandemia el GCBA modificó el Código Urbanístico para transformar en estacionamientos de autos los pulmones verdes de manzana. Nuestra metrópolis es una de las ciudades del mundo con menos superficie verde pública por habitante».

María Eva Koutsovitis.

En el mismo sentido, Koutsovitis advirtió que la ocupación del borde costero con mega emprendimientos inmobiliarios van a impedir que podamos mitigar adecuadamente los ascensos del nivel de río. «Se planifica en función de los negocios de las grandes desarrolladoras inmobiliarias sin ningún tipo de evaluación de impactos», aseguró.

La ingeniera remarcó a través de sus redes sociales que la Ciudad de Buenos Aires tiene un Plan Hidráulico completamente desactualizado con relación a los indicadores actuales de la crisis climática. «El negacionismo de la crisis climática por parte del poder político nos plantea destruir un pulmón verde», aseguró Koutsovitis, quien explicó que uno de los pocos humedales que la ciudad conserva se quiere destinar a construir un nuevo Puerto Madero en la Costanera sur. Según sus palabras, para evitar el colapso de la ciudad «necesitamos diseñar políticas hídricas integrales y transversales desde la perspectiva de la agenda climática y el paradigma de la democracia participativa ambiental».


Youth4Climate: «Basta de promesas huecas»

En la conferencia Youth4Climate, Greta Thunberg acusó a los líderes mundiales de «ahogar» las esperanzas de la juventud con sus «promesas huecas».

La activista sueca reclamó nuevamente acciones urgentes para mitigar los efectos del cambio climático. El pasado miércoles 28, la creadora de Fridays for Future dio un discurso contundente en la conferencia Youth4Climate en Milán. Durante casi 5 minutos frente a más de 400 jóvenes de casi 200 países, se dirigió a los líderes mundiales e hizo hincapié en su falta de acción. 

«Reconstruir mejor, bla bla bla, no hay un planeta B, no hay planeta bla bla, bla bla bla, bla bla bla, economía verde bla bla, neutralidad de carbono para 2050 bla bla. Eso es todo lo que escuchamos por parte de nuestros llamados líderes: palabras. Palabras que suenan bien pero que no han provocado ninguna acción. Nuestras esperanzas y sueños se ahogan en sus palabras de promesas vacías. Por supuesto, necesitamos un diálogo constructivo pero ellos ya llevan 30 años de bla bla y ¿a dónde nos ha conducido eso?».

– Greta Thunberg en Youth4Climate.

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Thunberg afirmó que «se proyecta que en 2021 se experimentará la segunda emisión de gases de efecto invernadero (GEI) más alta de la historia» y que «seguimos acelerando en la dirección equivocada». Y los números le dan la razón. Según el último reporte del IPCC, la concentración de dióxido de carbono (CO2) es la más alta en, al menos, 2 millones de años.

Además, el informe asegura que sobrepasaremos el objetivo del Acuerdo de París de contener ese recalentamiento en 1,5ºC o 2°C este siglo «a menos que se hagan profundas reducciones en la emisión de CO2 y otros GEI en las próximas décadas». Es vital limitar el calentamiento por debajo de 1,5°C. Con estas temperaturas aún sentiremos los efectos del cambio climático pero serán mucho menos graves que si no hacemos nada.

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«La falta de acción intencional de nuestros líderes es una traición hacia todas las generaciones presentes y futuras. Las personas en el poder no pueden afirmar que están tratando porque es claro que no lo están haciendo. Si esto es lo que consideran que es acción climática, entonces no lo queremos», exclamó Greta.

A su vez, la activista ambiental reclamó que los líderes no les escuchan: «Elles invitan a gente joven de pueblos originarios a reuniones como esta para pretender que nos están escuchando, pero no lo están haciendo. Claramente, elles no nos están escuchando y nunca lo han hecho. Tan solo miren los números, miren las estadísticas: las emisiones siguen subiendo». 

Discurso completo de Greta Thunberg en la conferencia Youth4Climate

El mensaje final de la activista es que aún hay esperanza, no todo está perdido, pero hay que actuar ya. Las personas somos las responsables del cambio climático, pero también somos quienes podemos minimizar sus efectos. La ciencia asegura que necesitamos reducir nuestras emisiones de GEI de manera drástica y sostenida. Para ello, necesitamos políticas públicas que protejan nuestros ecosistemas y financien energías renovables y limpias. 

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«Se necesitarán reducciones de emisiones drásticas y anuales como nunca se ha visto en el mundo. Y, como no tenemos las soluciones tecnológicas que, solas, pueden lograr algo cercano a eso, significa que tendremos que cambiar. Ya no podemos dejar a las personas en el poder decidir lo que es políticamente posible y lo que no lo es. Ya no podemos dejar a las personas en el poder decidir qué es la esperanza. La esperanza no es pasiva. La esperanza no es bla, bla, bla. La esperanza es decir la verdad. La esperanza es actuar. Y la esperanza siempre viene de la gente» finalizó la joven, entre los aplausos de sus pares.


Fuentes:


Hay que actuar ya: ¿qué dice el nuevo informe del IPCC?

El reporte muestra la información más relevante en materia de cambio climático. Destacó la necesidad urgente de una disminución fuerte y continuada de las emisiones de gases de efecto invernadero, sobre todo de dióxido de carbono.

El cambio climático es irrefutable y la responsabilidad humana sobre él también. Eso concluyó el nuevo informe AR6 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Se trata del reporte correspondiente al Grupo de Trabajo I del IPCC que se ocupa de las bases físicas del cambio climático y el sistema climático. El mismo se presentó el lunes 9 de agosto y advirtió (otra vez) sobre los efectos de esta problemática y la necesidad urgente de actuar.

Fuente: IPCC

El reporte explica que los efectos del cambio climático ya se han hecho presentes y no hay región del planeta que se encuentre a salvo. Como vemos en la imagen, la concentración de dióxido de carbono (CO2) es la más alta en, al menos, 2 millones de años. El aumento del nivel del mar sucede en un ritmo más rápido del que se ha visto en 3 mil años. El área de hielo marino en el Ártico se encuentra en su nivel más bajo en al menos mil años y el retroceso de los glaciares que hoy vemos no tiene precedentes en al menos 2 mil años.

Los eventos climáticos extremos, como las fuertes precipitaciones en Alemania, los incendios masivos en Grecia y la letal ola de calor en Canadá, solo van a intensificarse a medida que pase el tiempo. 

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La influencia humana está 100% relacionada con esto: les más de 230 científiques de 66 países que participaron del escrito pudieron comprobar que la alteración climática provocada por los seres humanos se ha agravado de tal manera que «la temperatura global continuará incrementándose hasta la mitad del siglo XXI» y que sobrepasaremos el objetivo del Acuerdo de París de contener ese recalentamiento en 1,5ºC o 2°C este siglo «a menos que se hagan profundas reducciones en la emisión de dióxido de carbono (CO2) y otros gases de efecto invernadero (GEI) en las próximas décadas». 

No todo está perdido

Por otro lado, el reporte del IPCC explica que algunos efectos del cambio climático son irreversibles. Ciertas consecuencias del calentamiento del planeta, como el aumento del nivel del mar, ya son permanentes y estarán con nosotres durante cientos de años. Sin embargo, el Grupo de Trabajo I hace hincapié que con acciones inmediatas, en pos de reducir la emisión de CO2 y otros GEI, otros efectos, como las olas de calor, las precipitaciones torrenciales y las sequías, pueden suavizarse y no resultar tan extremos.

Esto hace que la necesidad de actuar sea urgente. Rodrigo Rodriguez Tornquist, secretario de Cambio Climático, Desarrollo Sostenible e Innovación del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, afirmó: «Tenemos una oportunidad pero es muy pequeña, yo creo que estamos hablando de meses para ponernos de acuerdo de aquí a Glasgow para poder lograr medios de implementación para poder llevar adelante los compromisos que asumimos los países y pocos años para llevarlos a la práctica».

Pero, ¿qué beneficios tiene mantenerse dentro de los 1,5°C, como estipula el Acuerdo de París? Según el World Resources Institute, con un aumento de 2°C, la cantidad de personas expuestas a olas de calor severas afecta hasta casi el 37% de la población, frente al 14% en un escenario de 1,5°C. Además, el impacto sobre los ecosistemas también aumenta a casi el doble: el daño a los ecosistemas y el permafrost y el rendimiento de los cultivos empeora. Esto pone en riesgo la seguridad hídrica y alimentaria. Y lo que es más, ciertos ecosistemas son muy frágiles frente a los aumentos en la temperatura porque no se pueden adaptar rápidamente a cambios tan bruscos, por ejemplo, los arrecifes de coral, que junto con otros ecosistemas marinos, contribuyen al 80% del oxígeno que respiramos.

Otra cuestión a tener en cuenta es lo que explica la científica climática argentina Inés Camilloni: «El cambio climático es un proceso. No es que un día de un año particular va a significar el cambio irreversible. Cuando se habla del objetivo necesario de estabilizar el aumento de la temperatura en 1,5°C, no significa alcanzar la cifra en un año en particular, sino en un promedio de 30 años continuados». Es decir, es necesario mantener la temperatura por debajo de 1,5°C por 30 años o hasta 2100 para evitar las consecuencias más graves del cambio climático. 

Efectos en América Latina

¿Qué sucederá en esta región del planeta? El reporte AR6 detalla los eventos climáticos extremos que afectarán a Sudamérica, fruto del cambio climático. Afirma que la ocurrencia de estos acontecimientos será cada vez más frecuente y que se sufrirán más sequías y olas de calor. También advierte por la suba de la temperatura media en la zona de los Andes centrales y la Patagonia.

Otro de los efectos es el aumento del nivel del mar. Durante las últimas tres décadas, en el Atlántico Sur y el Atlántico norte subtropical el nivel del mar ha aumentado a un ritmo más alto. Es «extremadamente probable» que el aumento relativo del nivel del mar siga aumentando en los océanos alrededor de América Latina y Centroamérica, contribuyendo a la inundación de las costas

Fuente: IPCC

A su vez, el informe propone 5 escenarios posibles a futuro. El primer escenario es el más positivo, solo aquí se cumple el objetivo del Acuerdo de París. El segundo considera que la temperatura media sobrepasará los 1,5°C (mapa del medio). Sin embargo, para mantenernos en estos valores se requiere acción inmediata. Y una novedad: ya no es suficiente con lograr la neutralidad de carbono, sino que también se necesita la captura de CO2 para evitar el calentamiento por encima de los 2°C.

Esto se logrará con la acción conjunta de la tecnología y la reforestación con especies autóctonas. Así, se vuelve una prioridad detener la deforestación de la Amazonia y del Gran Chaco de manera urgente. El resto de los escenarios proyecta un aumento de las temperaturas mucho mayor, llegando en el escenario 5 a sobrepasar los 4°C, con consecuencias catastróficas (mapa inferior).

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La publicación de este escrito se da en un momento clave: a pocos meses de la Conferencia de las Partes N°26 (COP26) en Glasgow, Escocia. Esta reunión entre los países miembro de las Naciones Unidas (ONU) debe ser el momento en que las naciones transformen sus palabras en acciones concretas, urgentes y ambiciosas. No podemos darnos el lujo de esperar otro año a una nueva COP. Debemos poner en marcha políticas públicas que apunten a reducir las emisiones de GEI hasta llegar a la neutralidad de carbono y, así, emprender el camino por la senda de un calentamiento de 1,5°C.

Los contundentes datos del reporte evidencian que cada medida que contribuya a disminuir la emisión de CO2 importa. Si logramos limitar el calentamiento por debajo de 1,5°C, aún sentiremos los efectos del cambio climático pero serán mucho menos graves que si no hacemos nada. Cada grado menos cuenta y cada acción más vale la pena. 


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Lo que faltaba: se incendió el océano

A principios de este mes, el día 2 de julio, las imágenes impactantes de un «ojo de fuego» enorme en el medio del mar recorrieron el mundo. ¿Por qué sucedió? ¿Qué consecuencias tiene para el ambiente?

El incendio fue provocado por una fuga de gas en un ducto submarino de Petróleos Mexicanos (Pemex), ubicado en aguas del Estado de Campeche, en el Golfo de México. Además, según la empresa, el fuego se inició debido a las fuertes descargas eléctricas, producto de una tormenta que ocurría en la zona al momento de la fuga de gas. En resumen, mala suerte. Pero, ¿solo podemos culpar a la mala suerte? 

Las llamas fueron apagadas por operadores de la empresa petrolera después de 5 horas. Desde Pemex comunicaron que «no existió derrame de crudo» y que las acciones para controlar el fuego «evitaron daño ambiental». Sin embargo, no pueden asegurarlo ya que no se realizó ninguna investigación posterior para evaluar los daños al ecosistema.

Sumado a esto, la petrolera afirmó que pudo controlar las llamas gracias a que «utilizó nitrógeno» sobre el oleoducto. Esta sustancia «es el peor contaminante del mundo que afecta a los océanos», explica el Instituto Ocean River, porque causa la proliferación de algas nocivas, el enriquecimiento excesivo en nutrientes del ecosistema acuático y la aparición de zonas muertas del océano por hipoxia. En conjunto, hace que la vida marina sea más vulnerable a las enfermedades, que se reduzca la biodiversidad, que se degraden los ecosistemas oceánicos.

Por otro lado, el nitrógeno en las floraciones de algas también produce óxido nitroso (N20), un gas de efecto invernadero (GEI) mucho más potente que el dióxido de carbono. Todos estos efectos contribuyen al calentamiento global, ya que se degradan aún más los océanos al aumentar la acidez del agua a medida que los océanos absorben cada vez más carbono.

Son plataformas como la del Golfo de México las que se quieren poner en el mar argentino. El aumento en la explotación de petróleo que pretende el gobierno de Alberto Fernández no solo dañará el ecosistema marino, sino que también va en contra de la meta de reducción de la emisión de GEI con la que se comprometió Argentina en la última Contribución Nacional Determinada (NDC). Aún estamos a tiempo de evitar otra catástrofe similar en nuestro país.

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El incendio en el Golfo de México demuestra la falacia de la seguridad que intentan instalar las petroleras. Estos mal llamados «accidentes» se repiten varias veces en el año: hay reportes de fugas de gas en líneas de Pemex ocurridas en agosto y septiembre de 2019 y en febrero y abril de 2021. Y estos son solo los que han sido informados al público.

En este caso, el video del «ojo de fuego» fue compartido en Twitter, Instagram y Facebook por millones de personas. Esto hizo que la empresa Pemex tuviera que dar explicaciones. Sin embargo, si nadie hubiera grabado ese video o nadie hubiera sacado una foto, ¿tendríamos hoy conocimiento de esta catástrofe?

El incendio puede haber tenido consecuencias terribles para el ecosistema marino. Tal vez no veremos las evidencias de este ecocidio hasta dentro de algunos años. Para Greenpeace se considera ecocidio porque es un «acto ilícito o arbitrario perpetrado a sabiendas de que existen grandes probabilidades de que cause daños graves, extensos o duraderos al medio ambiente». Lo cierto es que la vida marina no preocupa a las petroleras, solo interesan las ganancias.

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Las empresas que explotan los combustibles fósiles operan con impunidad en todo el mundo. El caso de Pemex, además, es particular porque el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, apoya fuertemente la explotación del petróleo y busca basar la economía del país en el autoabastecimiento de combustibles. La protección del presidente de México para con Pemex es tal que ha propuesto hacerse cargo de la deuda millonaria que tiene a la empresa en bancarrota desde hace años, según France 24.

Pero el aval a la explotación petrolera debe terminar. Greenpeace México denunció que el complejo Ku-Maloob-Zaap, donde ocurrió el incendio, representa «el 40% de los 1,68 millones de barriles diarios de crudo que produce Pemex». Desde la organización ambiental calculan que esas instalaciones emiten 158.390 toneladas de CO2 a la atmósfera por día. En este sentido, resulta vital que la petrolera disminuya sus emisiones de GEI si se quiere cumplir con el Acuerdo de París

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Pemex ocupa el tercer lugar entre las empresas petroleras con mayor riesgo ambiental del planeta, según el análisis del Think Tank México Evalúa. Además, como lo evidencian las múltiples fugas y rupturas de líneas, tiene infraestructura muy vieja cuya operación ha bajado significativamente el rendimiento y ha aumentado el riesgo para el planeta. Esto se agrava cuando consideramos que esta empresa se encuentra en el puesto 9 de 20 en cantidad de emisiones de metano y dióxido de carbono. Asimismo, la explotación de petróleo hace que México sea el quinto país a nivel mundial con más emisiones de dióxido de azufre, un gas altamente tóxico que tiene severos impactos a la salud. 

Es evidente, entonces, que esta actividad extractiva solo acelera el calentamiento global y, mientras dejamos morir a los océanos, no nos damos cuenta que los necesitamos para nuestra propia supervivencia como especie. Lo ocurrido es otro ejemplo de la necesidad urgente que tiene la humanidad de dejar de financiar la explotación de combustibles fósiles y transicione a energías renovables y sostenibles.


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Día Mundial de los Océanos: una propuesta especista

Se celebró el pasado 8 de junio. El tema propuesto este año por la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) fue «El océano: vida y medio de subsistencia». En esta línea, la organización insiste en que debemos cuidar los mares por los recursos que nos brindan. 

El objetivo de celebrar el Día Mundial de los Océanos es concientizar sobre la importancia de los mismos y poner en relevancia lo urgente que resulta poder gestionar de manera cuidadosa este recurso mundial esencial.

Para Volkan Bozkir, el Presidente de la Asamblea General de la ONU: «El océano es una potencia económica, generando trillones de dólares cada año y es una potencia de biodiversidad». Las palabras del mandatario, pronunciadas en el marco de las celebraciones de la ONU de este día, reflejan la mirada antropocéntrica y especista que mantenemos sobre los mares. Evidentemente, en esta celebración quedan por fuera las víctimas principales de la explotación humana: las especies que habitan las aguas marinas. 

Medusas en Monterrey, Estados Unidos. Foto de Kevin Lanceplaine en Unsplash.

La organización señala en su comunicado que los océanos son «una fuente importante de alimentos y medicina y una parte fundamental de la biósfera» y destaca su importancia económica; explica que son «la mayor fuente de proteínas del mundo». La importancia de este ecosistema que representa más del 70% de nuestro planeta va mucho más allá de los recursos que puede brindarnos. Son una parte vital del ecosistema mundial, ya que contienen el 97% del agua y representan el 99% de la superficie habitable del planeta en volumen.

Además, ayudan a mitigar los impactos del cambio climático: absorben, aproximadamente, el 30% del dióxido de carbono emitido por el ser humano. Son los verdaderos pulmones del planeta, no solo porque absorben este gas, sino porque el fitoplancton que habita en los mares produce entre el 50 y el 85% del oxígeno que se libera cada año a la atmósfera, según datos de National Geographic. Por esto, la salud de los océanos es vital para la salud humana.

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Los microorganismos, los mamíferos, los peces, los cetáceos y los crustáceos son una parte fundamental del esquema marino. Estos mal llamados «recursos» son los seres vivos que permiten que los océanos funcionen. Sin ellos, el equilibrio natural se tambalea y, si bien aún no es tarde para detener la pérdida de biodiversidad que sufren los mares, debemos actuar con rapidez.

A pesar de su importancia, los océanos y sus animales están en peligro. El calentamiento global pone en riesgo toda la vida en el mar. Causa la acidificación de los mares, haciendo del agua un lugar inhabitable para varios miles de especies marinas; derrite las capas polares, hogar de muchos peces, cetáceos, mamíferos y plantas marinas y genera la aparición de zonas sin oxígeno bajo el agua. 

No solo esto, sino que también deben soportar la contaminación constante producida por los humanos. Los contaminantes más comunes son «plaguicidas, herbicidas, fertilizantes químicos, detergentes, hidrocarburos, aguas residuales, plásticos y otros sólidos», explica National Geographic. Pero la contaminación acústica también representa una amenaza para la vida marina. Los buques pesqueros y la búsqueda de petróleo tienden a aturdir a las especies que se comunican con ecolocalización y pueden llegar a causar su muerte. 

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La acción humana está llevando a los océanos a un punto límite

Pescadores en Mui Ne, Vietnam. Foto de Evgeny Nelmin en Unsplash.

Desde que conquistamos los mares como especie, no hemos dejado de explotarlos hasta su destrucción. No solo con los constantes derrames de petróleo, los plásticos que tiramos a sus aguas y la sobrepesca, sino que también la acción humana ha causado que el 90% de las grandes especies marítimas de peces hayan disminuido y que el 50% de los arrecifes de coral hayan sido destruidos, según Naciones Unidas. Además, debemos agregar el bombardeo de los océanos en busca de petróleo, un fenómeno reciente en Argentina, increíblemente dañino para nuestros ecosistemas marinos. 

«Estamos en el punto de, o bien, continuar con esta actitud extractivista de tomar, tomar, tomar de la naturaleza, o darnos cuenta de que lo más importante que tomamos de la naturaleza es nuestra existencia».

– Sylvia Earle, Presidente de Mission Blue.

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La pérdida de biodiversidad que sucede en los océanos no tiene precedentes. La desaparición de muchos de estos seres vivos es imposible de revertir y los efectos de su extinción podrían ser catastróficos. Por ello, si bien la ONU enunció como objetivo la regulación de la pesca para evitar la explotación pesquera, esta medida resulta insuficiente.

Es vital poner en marcha planes de reconstrucción de los corales, iniciativas de reproducción en cautiverio de las especies en peligro de extinción y proyectos que prohíban la pesca indiscriminada y la caza de ballenas. También, como ya dijimos, debemos proteger los mares de los efectos del cambio climático y, para ello, hay que dejar de financiar los combustibles fósiles, restaurar ecosistemas e impulsar políticas ambientales que reconozcan la importancia de las especies marinas. Pero, sobre todo, debemos repensar nuestra relación con la naturaleza y cambiarla por una más respetuosa y consciente. 


Fuentes: 


#CicloCrisis: Aferrar(nos) o transformar(nos), paso uno

La pandemia que hoy hace temblar al mundo nos hace presentir que algo puede cambiar para siempre. ¿Estamos en una crisis? La tan evocada e incierta idea de «nueva normalidad» puede paralizarnos y hacernos aferrar a la querida «vieja normalidad». Este ciclo ratifica el estado actual de crisis pero anima a entretejer las múltiples aristas que toda crisis pone a jugar: el contacto con el estado de crisis, las fuertes emociones que origina y las preguntas sobre la resolución de la misma. Las crisis exhortan a accionar: es nuestra decisión aferrarnos a lo que fue o transformarnos en lo que puede ser.

Las cuatro notas que componen este ciclo proporcionan reflexiones y herramientas para analizar el estado de crisis, sentir las contradicciones y emociones que este estado nos despierta. Debemos abrir la cabeza y la imaginación para pensar qué viene después.

Paso 1: RASGAR LAS ANTEOJERAS: ¿QUÉ CRISIS?

Probablemente no sea la primera vez que escuchamos nombrar la crisis ecológica y climática. Vimos durante el año pasado y a principios de este las impactantes noticias de los incendios forestales en la Amazonia y Australia. Leímos en febrero de este año que la temperatura en la Antártida superó los 20 grados y registró, así, una temperatura récord desde que se tienen registros y que lo mismo sucedió el mes pasado en el Ártico, donde la temperatura alcanzó los 38 grados.

Hoy, mientras vivimos en carne propia la conmoción que la actual pandemia de COVID-19 está causando en todo el mundo, ya nos llegó la información sobre un posible mañana con otra pandemia proveniente de la nueva cepa de gripe porcina. Escuchamos, vimos, leímos, nos informamos y se alteró toda nuestra cotidianeidad pero, aun así, la crisis ecológica y climática nos parece cosa de ambientalistas o preocupaciones de lujo del «Primer Mundo».

Se podrían esgrimir múltiples motivos por los que resulta tan difícil tomar real conciencia de esta crisis. América Latina está invadida de carencias, de desigualdades y de hambre, ¿por qué poner nuestro foco en una crisis que no demuestra mayor urgencia ni resulta prioritaria? La mayoría de personas que están leyendo esta nota probablemente vivan en contextos urbanos lejos de donde la crisis muestra sus manifestaciones más inmediatas, ¿cómo entrar en contacto con un estado de crisis que solo se ve por la tele o por redes? Y fundamentalmente, ¿quién nos garantiza que el estado de situación es tal como para ser declarado como crisis?

¿Quién nos certifica que hay una relación entre los incendios del Amazonas, las elevadas temperaturas en el Ártico y la pandemia de COVID-19? ¿Qué tenemos que ver nosotres con una crisis que es de la ecología y el clima? Esta última pregunta puede funcionarnos como la punta del ovillo para ir desandando algunas reflexiones que resultan necesarias.

Hay tres mecanismos (humanos) que impulsan la crisis ecológica y climática y revelan la honda intersección que hay entre esta crisis y todas las otras crisis humanas. Estos mecanismos son el dominio, la explotación y la opresión.

Los genocidios, los etnocidios, los femicidios, los travesticidios, les refugiades, la segregación por religión, género, raza, orientación sexual, especie, clase social, discapacidad, las desigualdades, los hacinamientos, la desnutrición, el 99% en manos del 1% y tantas otras cosas se explican —también— por medio de estos tres mecanismos. Es el modelo hegemónico actual «la normalidad»— el que funciona y se reproduce a partir de estos mecanismos: dominando territorios, explotando ecosistemas y oprimiendo pueblos. Por ello, la crisis ecológica y climática no es más que uno de los resultados catastróficos de este modelo en el que vivimos.

Una de las cualidades mas distintivas del modelo es su capacidad de invisibilizar sus mecanismos y sus formas de funcionamiento, de negar la existencia de modelos alternativos y de externalizar sus consecuencias sociales, económicas o ecológicas. Mientras tanto, en paralelo, ha construido y validado como absolutas e insuperables ciertas maneras de vivir, de sentir, de pensar y de relacionarnos. De este modo, se fue forjando un modelo civilizatorio de pretensiones universales que, a través del colonialismo primero y la globalización después fue ganando lugar en cada rincón del planeta.

El modelo civilizatorio del que somos parte se presenta como libre de ideologías —las invisibiliza a través de la naturalización— pero no es más que un tejido ideológico que moldea cuerpos, tierras y vidas, y que crea (cierto tipo de) realidad y materialidad. Las ideologías medulares del modelo son[1] el extractivismo, como modelo de desarrollo, producción y acumulación ilimitados; la tecnociencia positivista, como modelo de validación del conocimiento y como horizonte de la ciencia; el liberalismo, como modelo de ética y moral y, por supuesto, también de mercado; el patriarcado, como relación de poder entre los cuerpos; el etnocentrismo, como relación de poder entre las culturas, sus territorios y tradiciones; y el antropocentrismo, como relación de poder con todo lo no-humano que habita y es parte del planeta.

El orden de los factores, si lo hubiera, sería así: el modelo instala y reproduce sus ideologías a través del dominio, la explotación y la opresión, y se lo permitimos, en gran parte, porque niega, invisibiliza y externaliza sus ideologías, sus mecanismos, sus consecuencias y la existencia de otras alternativas.

Nada de esto es nuevo. Hace siglos que este modelo civilizatorio viene avanzando, mutando, camuflándose y retrocediendo según los requerimientos de los contextos y los momentos (aunque nunca abandonando lo medular) para instituirse como «lo normal» en todo el mundo. Empero, hoy la crisis ecológica y climática sí trae consigo algo novedoso. Lo que la crisis ecológica y climática viene a evidenciar es que la vida tal como la conocemos no puede (literal) continuar: la forma en que estamos viviendo gran parte de la humanidad es insostenible en sus bases materiales y, por lo tanto, también simbólicas. De no cambiarla, la vida se alterará por completo, volviéndose probablemente invivible.

En este punto, es conveniente dejar de hablar de crisis ecológica para empezar a hablar de crisis civilizatoria. Lo que está en riesgo no es «el medio ambiente», sino todo lo que conforma nuestra vida y, también, la de los ecosistemas. No cabe duda de que son y serán las poblaciones vulneradas las primeras en sufrir los daños, las poblaciones históricamente descartables y descartadas. No obstante —y aquí lo novedoso—, de esta crisis nadie está a salvo. Estamos exponiéndonos a que la vida, en todas sus formas, ya no sea posible. El modelo civilizatorio en que vivimos niega nuestra profunda dependencia con todo lo que existe en el planeta, calla que somos una parte más de ello y elude que si el planeta está en crisis, todes nosotres también.

Imposible es vaticinar cómo se irán dando las manifestaciones de esta crisis pero, incluso desde fuentes conservadoras como el Banco Mundial[2], el panorama es desolador: enormes masas de refugiades climátiques, agudización de las desigualdades sociales, aumento gigantesco del número de excluides del sistema, extinción de cientos de miles de especies animales y vegetales, grandes porciones de tierra degradada e inutilizable, escasez de agua dulce para consumo y riego, proliferación de enfermedades, virus. Estas son solo algunas.

Entrar en contacto con este estado de situación nos despierta profundos estados emocionales. Enojo, impotencia, angustia, miedo, incertidumbre, escepticismo y muchas otras emociones nos invaden. Es ineludible sentirnos incómodes y, en general, le huimos a ello. Sin embargo son estos estados emocionales los que pueden despabilarnos y sacarnos de la somnolencia civilizatoria en la que vivimos. Necesitamos sentir el cuerpo para ponerlo en acción hacia nuevos rumbos. Necesitamos aprender a transformar estados penosos en fuerza que nos empuje a crear. Así como resulta imperioso tomar conciencia del estado de crisis civilizatoria, es igual de importante conectarnos con un proceso de recuperación y construcción de otras maneras de vivir y de pensar la vida.

Nos hace falta un nuevo horizonte civilizatorio. Nos hacen falta nuevos horizontes civilizatorios, muchos, en plural. La diversidad y lo múltiple es la característica esencial del planeta del que somos parte y, por lo tanto, de nosotres como humanidad. La monocultura —o monocultivo de la mente, como tan bellamente lo nombra Vandana Shiva— es la farsa más nociva que se ha impuesto y vuelve imposible figurarse todo aquello que tiene que ver con la vida. Es un laborioso proceso de deconstrucción el que tenemos por delante.

Hoy, la mayoría de nosotres ya somos «lo normal», lo reproducimos en nuestra cotidianeidad, en nuestros trabajos, en nuestros vínculos, en nuestra alimentación, en nuestro consumo, incluso en nuestros placeres. Repensar(nos) cómo estamos viviendo y hacia dónde esas formas nos están llevando, urge. Construir redes que impulsen y colectivicen esa transformación, apremia.

Este ciclo pretende ser el puntapié de una gran urdimbre de artículos que habiliten el ir abriendo los ojos, la cabeza, los sentidos y el corazón. Necesitamos rasgar las anteojeras que estrechan nuestra creatividad y cooperación, para poder imaginar mundos que acojan reconocernos inter y eco dependientes.


[1] Sin duda resulta simplista y esquemático hacer un listado de las ideologías, pero resulta útil para lo que este espacio pretende ilustrar. Será tarea de otras reflexiones detallar y complejizar cómo se manifiestan estas y otras ideologías en cada contexto y en cada momento histórico.

[2] Banco Mundial

Imagen destacada: Florencia Carella


El planeta en llamas

La humanidad ha superado un nuevo récord: temperaturas de 38° C en el Círculo Polar Ártico. Esto se registró el 20 de junio en la ciudad rusa de Verkhoyansk, en Siberia, que sufre una prolongada ola de calor y el aumento de la actividad de incendios forestales. La Organización Mundial Meteorológica (OMM), que investigó esta elevación inusual, asegura que el Ártico se está calentando al doble de velocidad que el promedio mundial. Lo ocurrido se da luego de un mes de mayo con temperaturas 10 grados por encima del promedio.

Este último informe de una temperatura ártica más cercana a la de los trópicos llega luego de que la base de investigación argentina Esperanza, apostada en el extremo norte de la península antártica, estableciera un nuevo récord de 18,4°C el 6 de febrero. Esto resulta alarmante si tenemos en cuenta que los valores normales en la Antártica van de los -60°C en invierno a los -20°C en verano.

Un estudio publicado por la revista Nature explica que: «El océano en el Pacífico tropical occidental comenzó a calentarse rápidamente al mismo tiempo que el polo sur». Sus autores aseguran: «Descubrimos que casi el 20% de las variaciones de temperatura de un año a otro en el polo sur estaban relacionadas con las temperaturas oceánicas en el Pacífico tropical y varios de los años más cálidos en el polo sur en las últimas dos décadas ocurrieron cuando el océano Pacífico occidental también era inusualmente cálido».

Sistemas de baja presión más fuertes y un clima tormentoso en la Península Antártica han fomentado el calentamiento de esta zona, ya que facilitan el transporte de aire cálido y húmedo hacia allí. 

Si bien es cierto que las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cayeron drásticamente durante el aislamiento obligado por el SARS-COV-19 y que varias ciudades se liberaron del smog, ahora que gran parte del mundo está saliendo del aislamiento, expertes aseguran que hoy los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera son los más altos en la historia de la humanidad. De hecho, la última vez que las cantidades de CO2 atmosférico fueron tan altas fue hace más de 3 millones de años, cuando la temperatura era entre 2-3° C más alta que durante la era preindustrial y el nivel del mar unos 15–25 metros más alto que hoy, afirma un informe publicado por Rebeca Lindsey.

Las consecuencias de estos cambios drásticos en las temperaturas mundiales se ven todos los días en las noticias. A principios de este mes, el récord de temperaturas cálidas en Siberia provocaba incendios forestales «zombies» en las turberas (humedales compuestos de plantas antiguas y descompuestas) del Ártico. Son llamados zombies por algunes expertes ya que permanecieron activos en 2019 bajo la nieve en invierno y, a medida que aumentaban las temperaturas, se reavivaron este año.

Además, se cree que el derrame monumental de petróleo que ocurrió el 10 de junio en el Ártico en Norilsk, en el centro-norte de Rusia, se dio por el derretimiento del permafrost por las altas temperaturas, que causó el derrumbe de un reservorio.

Luego, el 27 de junio, vimos enjambres masivos de langostas llegar a Nueva Delhi, India. Los insectos devoran todo a su paso, por lo que los reservorios de comida y los cultivos se vieron amenazados. En África, se estima que por el paso de esta plaga ahora hay hasta 26 millones de personas en riesgo de escasez aguda de alimentos y hambre. La comunidad científica sugiere que el aumento de los enjambres es una consecuencia directa del calentamiento de las temperaturas en el Océano Índico. Esto creó un patrón de lluvias torrenciales y ciclones que produjeron zonas de reproducción más fértiles para las langostas. 

Además, centrándonos en Latinoamérica, expertes aseguran que el Amazonas en Brasil peligra. Han expresado su temor por una propagación de incendios aún mayor que en 2019, no solo por el aumento global de las temperaturas, sino también por la deforestación indiscriminada.

Esta última es fomentada por el gobierno de Jair Bolsonaro, quien ha puesto obstáculos a las agencias ambientales que penalizan esta actividad. Nuevas reglas impuestas por el gobierno dificultan la acción de las organizaciones ambientales y la efectiva detención de esta práctica nociva. Por ejemplo, ahora tienen que anunciar las redadas en operaciones de tala ilegal con un día de anticipación, lo que da tiempo a los grupos deforestadores criminales para limpiar y evitar ser multados y hace que los equipos de ejecución estén expuestos a represalias violentas.

La biodiversidad peligra debido al aumento de la deforestación y los incendios forestales.

En Argentina, no estamos lejos del peligro tampoco, con la reciente denuncia de Greenpeace sobre talas ilegales en el norte y las quemas intencionales en las islas del Río Paraná. Sebastián López Brach, fotógrafo documental, fue una de las voces que se alzaron fuertemente contra estas quemas. Su Instagram es un espacio de denuncia contra estas actividades ilegales que dañan el ecosistema del país. En comunicación con Escritura Feminista afirmó: «Es hora de que empecemos a valorar y a identificarnos con nuestro entorno, con nuestra fauna y con nuestra flora autóctona»

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Explicó que durante varias semanas, la ciudad estuvo sumergida en una lluvia de lágrimas negras. Él catalogó lo sucedido en las islas del Río Paraná como un ecocidio y en sus redes reiteró la necesidad de la sanción de una Ley de humedales«Los humedales forman un ecosistema muy enriquecedor para el planeta por las innumerables funciones ecológicas que cumplen y por su riqueza en cuanto a la biodiversidad. Este humedal, más precisamente, es uno de los más importantes de nuestro país y está en emergencia desde hace varios años», afirmó.

También confirmó que el diputado Germán Martínez presentó un proyecto de ley para que se declare a los humedales del delta como reserva nacional, lo que ayudaría a protegerlos. Pero asegura que la actitud irresponsable de los productores siempre estuvo presente y considera difícil generar un cambio si no culpamos a quienes hasta hoy han destruido nuestra tierra. «La provincia de Santa Fe prohibió la quema desde 2000 pero Entre Ríos no. Necesitamos de acciones políticas más fuertes y ligadas a los derechos ambientales de las y los argentinos», explicó. 

«Es hora de despertar, es hora de reclamar nuestros derechos y nuestros recursos ambientales como argentinos, porque es fácil lamentarse por los incendios en la amazonia o en otras regiones, pero cuando hay que mirar para adentro el trabajo es más complejo. Comprender que no estamos defendiendo a la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sebastián López Brach, fotógrafo documental.

La destrucción de estos ecosistemas hace que sea más difícil para el planeta contrarrestar los efectos de los gases de efecto invernadero, no solo por la pérdida de biodiversidad y flora, vitales para nuestra subsistencia, sino también porque los incendios forestales son responsables de la emisión de 3 millones de toneladas de GEI.

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Con cada quema se liberan dióxido de carbono, metano y monóxido de carbono a la atmósfera. Los GEI pueden permanecer años en la atmósfera, causando el aumento de las temperaturas globales. Sus niveles no disminuirán hasta que las actividades humanas y los ecosistemas sean capaces de eliminar más GEI del que producen. La única opción que tenemos para disminuir su volumen es reducir las emisiones netas a cero, de manera prolongada.


Fuentes:

  • The Washington Post x, x