Dinamarca: sin consentimiento explícito, es violación

El Parlamento de Dinamarca aprobó la nueva ley que califica como violación cualquier tipo de relación sexual sin consentimiento explícito previo entre las partes involucradas. La ley busca dar mayor protección a las víctimas de abuso sexual.

La ley, aprobada hace unas semanas y promovida por la primer ministra Mette Frederiksen, entró oficialmente en vigor el 1 de enero de 2021 y fue aprobada sin oposición ni abstenciones, fruto de una ardua lucha de supervivientes y de la presión de Amnistía Internacional.

«Que tengamos ahora una nueva ley de consentimiento significa un día revolucionario para la igualdad de género en Dinamarca».

Nick Haekkerup, ministro de Justicia.

Según el Ministerio de Justicia danés, en el país cada año 11.400 mujeres sufren una violación o un intento de violación y una investigación de la Universidad del Sur de Dinamarca calcula que en el año 2017 la cifra puede haber sido de hasta 24.000, pero la cantidad de denuncias y condenas es muchísimo menor. Se espera que esta ley proteja los derechos de supervivientes y garantice justicia.

Según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, 1 de cada 10 mujeres de 15 años o más habría sufrido algún tipo de violencia sexual. Tan solo 12 países europeos reconocen que las relaciones sexuales sin consentimiento constituyen violación. El último en modificar su ley fue Grecia el año pasado, mientras que España y Países Bajos anunciaron su intención de seguir este camino.

La nueva normativa supone un gran avance respecto a la antigua legislación, en la que los fiscales debían demostrar que el violador había hecho uso de la violencia o atacado a alguien que no podía resistirse para poder calificar los hechos como violación. A partir de la aprobación de la ley bastará con que la otra persona no haya manifestado claramente su deseo de mantener relaciones sexuales.

La influencia sueca

El país vecino que cambio su legislación hace dos años fue una gran fuente de inspiración para la redacción de la ley. Luego de la modificación en la ley sueca en el año 2018, la condenas por violación aumentaron un 75% respecto a las interpuestas con la legislación anterior.

En el artículo 36 de la ley se deja en claro que «el consentimiento debe prestarse voluntariamente como manifestación del libre arbitrio de la persona considerado en el contexto de las condiciones circundantes».



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¿Qué es el sexo kink?

¿El mundo de las relaciones sexuales no convencionales es tal como lo muestran Bonding y las producciones de la industria cultural heteronormativa?

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«Stealthing», atentado contra la protección

Se trata de una forma de agresión sexual que, al volverse cada vez más común, derivó en un concepto para identificarla. «Stealthing», acuñado por Alexandra Brodsky, proviene del verbo inglés stealth, que denota el «hacer una acción o movimiento con cautela», y se utiliza para designar el acto llevado a cabo por hombres de quitarse el preservativo en secreto mientras mantienen relaciones sexuales, a pesar de haber acordado el uso de protección.

Muchas organizaciones defensoras de derechos sexuales consideran que debe tratarse a este tipo de situaciones como violación. El acto sexual consensuado puede convertirse rápidamente en uno sin consentimiento que puede provocar embarazos no deseados y abrir una puerta a las enfermedades de transmisión sexual.

A pesar de que la ley no es la misma a nivel global, la abogada experta en delitos sexuales Sandra Paul cree que se trata de una violación porque debe haber algún acuerdo en la retirada del preservativo. Sacárselo sin avisar puede ocasionar graves consecuencias y constituye una violación a la dignidad, características que llevan a la pérdida el consentimiento previo.

«Ellas denuncian que los varones se sacaron el preservativo durante el acto sexual y las forzaron a continuar hasta que ellos eyacularan. A veces les dicen  “No te preocupes, me lo saco pero termino afuera”, algo que no sucede y que tampoco evita un embarazo ni una enfermedad de transmisión sexual.

No son muchas las que denuncian: como son relaciones ocasionales muchas sienten vergüenza, tienen la sensación de que son responsables», explica María Soledad Dawson, psicóloga coordinadora de los Equipos Móviles de Violencia Sexual del Ministerio De Justicia y DD. HH. de la Nación.

Por otra parte, Katie Russell de la ONG Rape Crisis afirmó a BBC no estar de acuerdo con el término adjudicado a este tipo de práctica, alegando que se incurre en una trivialización: «Es un término muy aceptable para algo que es extremadamente inaceptable y que, de hecho, es un acto de violencia sexual».

Uno de los últimos casos ocurrió en Alemania: involucró a un policía acusado de agresión sexual, quien fue condenado a prisión, a pagar una multa de 3000 euros y a pagar una prueba de salud sexual para la víctima. En Argentina, según La Voz, existe un precedente en Córdoba donde una condena de 2013 por abuso sexual se centró en el uso de preservativo (eso llevó a la víctima a radicar la denuncia). Como consecuencia, el acusado recibió 6 años de prisión.

El fiscal de la cámara cordobesa, Marcelo Altamirano, afirma que si bien es posible denunciar «stealthing», es difícil comprobar si el preservativo se salió por accidente o si fue intencional. En algunos países este tipo de agresiones están penadas por ley, pero lo más preocupante es que por ejemplo, en Estados Unidos, existen foros para compartir consejos sobre cómo sacarse el preservativo sutilmente o incluso para fingir que se abre el empaque.

«Las agresiones que promueven estos ataques a través de la web basan sus acciones en la misoginia y en la proclamación de la supremacía sexual masculina», afirma la abogada Alexandra Brodsky.


Fuentes

 

De látigos, correas y cuerdas: BDSM y feminismo

Artículo colaboración de María Sánchez Arias


El BDSM (Bondage, dominación, disciplina, sumisión, sadismo y masoquismo) es un término paraguas. Engloba una serie de prácticas sexuales alejadas de lo que es considerado «convencional», desde aquello que comúnmente denominamos sado hasta el shibari (arte japonés de atadura erótica).

Todas estas prácticas se suelen realizar bajo un contrato, verbal o escrito, que ha de regirse por las siglas SSC (seguro, sensato y consensuado). Esta serie de prácticas sexuales ha sido motivo de debate dentro del movimiento feminista; sobre todo, las que tienen que ver con las relaciones D/s (Dominación y sumisión). A falta de estadísticas que determinen cuáles son los roles ejercidos por cada género y en qué incidencia se dan en las prácticas sexuales, solo queda la experiencia.

Así, quien conozca mínimamente el mundo BDSM, se encontrará con que la mayoría de personas que ejercen el rol sumiso suelen pertenecer al género femenino mientras que el rol dominante es ejercido por el género masculino, al menos, en las relaciones heterosexuales. En consecuencia, puede argüirse que existe cierta relación entre el mundo del BDSM, los roles que se ejercen en él y el sistema patriarcal, si bien de manera provisional. Ahora bien, ¿hasta qué punto eso es cuestionable?

Las representaciones heteropatriarcales

En primer lugar, es claro que difundir imágenes de violencia sexual hacia la mujer, sean consensuadas o no, es algo peligroso, puesto que aunque se dé el consentimiento no puede ser mostrado en una fotografía.

A la vez, aunque el caso de la pornografía es mucho más complejo que cuando la relación BDSM se da de manera consentida en una relación sexual no filmada y no destinada al consumo, esta tampoco no suele mostrar el previo consentimiento que dan las actrices (cuando ocurre) al realizar ese tipo de prácticas.

En cualquiera de los casos, la mayoría de los usuarios que consumen estas imágenes no se cuestionan qué es lo que hay detrás, es decir, si hay consentimiento o si, en cambio, se trata de violencia totalmente gratuita hacia la mujer. Por ende, estos contenidos audiovisuales refuerzan el imaginario heteropatriarcal.

De hecho, no solo lo refuerzan sino que suponen un aumento en la intensidad de las formas de violencia que existen en contra de la mujer, ya que este tipo de relaciones sexuales con alto contenido de violencia y en las que el hombre extrae el placer de someter y humillar a la mujer han aumentado en la pornografía y en las redes sociales. Con respecto al BDSM, esto implica que, al menos en el ámbito público, su difusión puede conllevar que en el imaginario colectivo se blinde y fortifique el patriarcado, los roles de género y la misoginia.

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El lugar del deseo

En segundo lugar, el psicoanálisis nos enseñó que existía algo más que el mero ámbito mental consciente que se puede controlar. Freud y sus compañeros nos mostraron también que es muy difícil alterar los deseos, las emociones y los sentimientos que se albergan en el inconsciente y el subconsciente.

Más allá de estas teorías que no han podido ser demostradas mediante el método científico, está claro que el deseo sexual y aquello que nos excita es muy difícil de cambiar, por lo que, a veces, lo masoquista no es la práctica sexual en sí sino el sentirnos obligadas a hacer que esas fantasías sexuales desaparezcan.

Las mujeres estamos sometidas a grandes presiones en el ámbito sexual que nos cohíben y coartan, reduciéndonos el placer y el disfrute que podríamos obtener. Si, además de aquellos condicionamientos, tenemos que autocensurarnos para casar con aquello que algunas tendencias feministas promulgan (erradicar de nuestras relaciones este tipo de prácticas), nos sometemos a una doble presión que puede resultar muy dolorosa.

No obstante, tampoco se puede olvidar aquella consigna tan repetida durante la tercera ola: «lo personal es político». Pero así como es político, también lo personal es lo individual: aquello que se circunscribe a un ámbito privado que no debería ser penetrado por lo público, por el dedo acusador; aquel espacio que permite al individuo ser sin tener que soportar el peso del canon, de lo social, de la presión que viene desde la superestructura de aquellos espacios colectivos que se presuponen seguros, pero que a veces se tornan violentos y dolorosos.

Ante este panorama, solo nos queda preguntarnos: ¿qué hacemos las feministas?

Este debate parece estar más en auge que nunca, puesto que aunque ahora el foco caiga en la prostitución y la pornografía, lo intrincado del problema reside en la dificultad de conciliar la teoría y la praxis. Existen realidades materiales que implican violencias y contradicciones, pero cuya erradicación requiere de un análisis complejo y poliédrico, que no puede circunscribirse a una o dos arengas más que trilladas.

No podemos, pues, realizar análisis simplistas que solo tengan en cuenta consignas y dogmas que no sobrepasan los debates de 140 o cuantos caracteres ahora sean. Quizá la respuesta pase por entender que hay que volver a delimitar los espacios, públicos y privados, y ser conscientes de que no estamos libres de nada, pero que tampoco podemos ser nosotras mismas las que nos ejerzamos la violencia.

Aprender a cabalgar entre contradicciones y conflictos, quizá, sea una posible solución, siempre y cuando exteriorizarlos en un debate que no sea un mero cruce de acusaciones personales sea la consecuencia lógica y no un simple marco idealista, como tanto gusta a rawlsianos y habermasianos.

No es consentimiento

Durante esta semana, las redes sociales se vieron inundadas de fotografías de tangas en respuesta a un caso de abuso sexual informado el 6 de noviembre por Irish Examiner: una joven irlandesa de 17 años reportó haber sido abusada sexualmente en un callejón de Cork, ciudad de la República de Irlanda.

El acusado, un hombre de 27 años, sostuvo que fueron relaciones sexuales consentidas, y su abogada, Elizabeth O’Connell, solicitó durante el juicio que se tuviera en cuenta la forma en la que la víctima estaba vestida, ya que llevaba una tanga de encaje. La justicia falló a favor del abusador, quien fue absuelto de los cargos, culpabilizando así una vez más a la mujer.

Tras un voto unánime del jurado, compuesto por ocho varones y cuatro mujeres, fue declarado inocente en base a un testimonio del acusado que indicaba que cuando la joven le pidió que se detuviera, él lo hizo.

Sin embargo, la adolescente tiene otra versión de los hechos. Según Diario de Cuyo, la cuestión giró en torno al consentimiento. La joven le dijo al hombre: «Me violaste», mientras que él contestó: «No, solo tuvimos sexo». Ella tiene bastante claro que no dio su consentimiento, nunca antes había tenido relaciones sexuales.

La campaña de apoyo se inició luego de que los hechos se volvieran públicos. Circula con el hashtag #ThisIsNotConsent («No es consentimiento»), que manifiesta lo aberrante de que la ropa interior de la joven haya sido considerada como un argumento para absolver al abusador sexual. Cientos de mujeres se mostraron a favor de la adolescente a través de Twitter, como la usuaria @Samana1988 que sostuvo:

«Estoy del lado de la joven de 17 años en la causa por violación en Cork. Te creo. #ThisIsNotConsent #IBelieveHer. Sí, es bonita [la tanga]. No, no quiero tener sexo. La uso para mí, para nadie más».

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Foto BBC.

La parlamentaria Ruth Coppinger mostró una tanga de encaje en el parlamento, con la intención de crear conciencia sobre la culpabilización de las víctimas de agresiones sexuales. Afirmó que debería haber capacitaciones obligatorias para los jueces y para los miembros del jurado, y además invitó a participar a la gente en las manifestaciones.

Según Irish Examiner, sostuvo:

«O el poder judicial cree los mitos de violación, en cuyo caso debería verse obligado a recibir educación, o los abogados los están utilizando para introducir estereotipos sexistas que, como saben, resuenan en la sociedad y en los jurados. Sospecho que este último es el caso».

«La ropa, el bronceado falso e incluso la anticoncepción se han utilizado recientemente para desacreditar a las mujeres que tuvieron la valentía de ir a los tribunales».

Noeline Blackwell, directora del Dublin Rape Crisis Center (centro de atención para casos de violencia sexual de Dublín), no se mostró sorprendida por la importancia que adquirió la ropa interior de la adolescente.

«La referencia a la ropa interior y la inferencia de que el jurado fuera invitado a pensar que, debido a que estaba vestida de esa manera, estaba «pidiendo» sexo, no nos sorprende. Acompañamos a la gente a los Tribunales y todo el tiempo vemos estereotipos de violación utilizados para desacreditar denunciantes».


Fuentes