Las dos jaulas

Ficción colaboración escrita por Micaela Abdala


El Sr. y la Sra. Picklets habían estado casados por casi veintisiete años. Él era corredor de bolsa y ella una simple ama de casa.

Henry Picklets consideraba a los de su especie jefes de familia, los únicos capaces de traer dinero a la casa, dinero bien ganado con la fuerza de su trabajo. En su vida y en sus pensamientos, su mujer era solo una acompañante de sus logros. Las opiniones de ella no interesaban y, a pesar de eso, la relación entre ellos se mantenía estable, siempre y cuando al llegar a casa la cena estuviera lista. Nada de lo que ella hacía era suficiente para recibir un reconocimiento por parte de él. Los unía la costumbre, la visión que tenían del mundo, la idea de sentir que ambos pertenecían a alguien.

A Amanda Picklets esto no le afectaba. Sabía cómo era desde el momento en que lo conoció porque se había criado de la misma forma que él. No le importaba que sus opiniones no fueran tenidas en cuenta, tampoco estar en la casa encerrada las veinticuatro horas del día. No consideraba un problema el no tener amigos y tampoco que su marido le prohibiera algunas actividades. Se encontraba cómoda con su vida. Para ella, las restricciones que le imponía Henry no eran más que una muestra de cariño y cuidado.

Su rutina giraba en torno a las preocupaciones que le demandaba el mantenimiento de su hogar. No tenía hijos de los que ocuparse, mascotas a las que comprarles alimento, ni un trabajo que odiar. Toda su vida se reducía a lo que sucedía entre las paredes que la separaban del mundo exterior y que le recordaban día a día lo felices que eran sus vecinos. Siempre que podía, se hacía un tiempo para espiarlos desde su balcón mientras desayunaba. En ellos veía reflejado sus primeros años de noviazgo. 

Decía que amaba la soledad, el silencio, el poder disfrutar de un tiempo de tranquilidad, pero quizás no recordaba lo que era sentirse acompañada. A veces se encontraba a sí misma rememorando con anhelo las salidas con sus viejas amigas en Milán, quienes comenzaron a formar parte del pasado cuando Henry se convirtió en su presente y su futuro. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que había compartido un trago en un bar. Ya no recordaba lo que era llegar borracha a casa, ni reír hasta que las mejillas comenzaran a dolerle. 

De forma inesperada y casi sin permiso, llegó el día en que dejó de contar sonrisas y se convirtió en coleccionista de miradas inexpresivas. Una parte de su alma se concibió encarcelada y, como un acto de revelación, se separó de su cuerpo y emprendió un viaje del que no regresó. Un viaje que le estaba costando su ser.

De lo que Amanda estaba segura era de que amaba leer: le gustaba ser parte de millones de historias en las que ella era la protagonista. Probablemente eso era lo que la mantenía con vida. Había leído cientos de libros -incluso algunos más de una vez-, pero ninguno de ellos era sobre historias de amor, porque al Sr. Picklets le parecían tonterías y, al fin y al cabo, él era quien le compraba los libros. 

«Una mujer tan linda y con gustos tan ordinarios», le dijo Henry aquella tarde de otoño cuando le quitó sin permiso el ejemplar de Anna Karenina que ella tenía en sus manos. «Cuando me conozcas, esto no te va a hacer falta», agregó, acercándose a un tacho de basura y soltando aquel libro. «El amor no se lee, se siente y yo lo percibí en el mismo instante en que crucé la calle y te vi», terminó diciendo. Sus palabras, la seguridad en cada una de ellas, fueron lo que hizo que cayera rendida a sus pies. Lo que él no supo es que, cuando le dejó su número y se fue, ella revolvió la basura hasta encontrarlo. Todavía lo tenía guardado, envuelto entre la ropa en la que él nunca buscaría. 

Una mañana en soledad, no tan diferente al resto de las mañanas, mientras regaba las plantas de su inmenso jardín, descubrió entre los árboles una pequeña puerta de metal incrustada sobre el suelo. De la innumerable cantidad de veces que había pasado por allí, esta era la primera vez que la veía. Observó hacia todos lados como si la respuesta ante tal acontecimiento se encontrara a su alrededor. Temerosa, pero guiada por la curiosidad, la abrió y encontró una escalera que conducía hacia un largo pasillo. La puerta se cerró a sus espaldas cuando bajó el primer escalón y su corazón latió muy fuerte. Paso a paso recorrió el extenso camino en la oscuridad. El olor a humedad impactó directo en sus sentidos y el suelo áspero bajo sus pies le indicó el camino. Al final se encontró con la entrada de un pequeño cuarto.

Empujó y, en cuanto esta se abrió, sus ojos salieron de sus órbitas con lo que allí vio. Por un instante se sintió como Alicia en el País de las Maravillas. Era una sala repleta de libros: estaban por todas partes y divididos en secciones. Nunca había visto tantos en un solo lugar y, como un acto reflejo, corrió hacia los libros de romance que tanto anhelaba. Creyó sentir el momento en que su alma retornaba y se unía a su otra mitad. Recostándose sobre un pequeño sillón pasó la tarde inmersa en nuevas historias. El tiempo corrió lo suficientemente rápido para darse cuenta de que pronto Henry llegaría a casa y despidiéndose de aquel mágico lugar partió a preparar la cena.

Las sonrisas habían vuelto a su puerto, pensó, mientras revolvía la sopa de calamares.

Cuando su marido llegó, le contó lo sucedido y con emoción lo acompañó fuera para enseñarle aquel cuarto soñado, pero se llevó una gran decepción al notar que al levantar la tapa, todo había desaparecido, dejando en su lugar un montón de elementos de jardinería.

—Si no te dejo trabajar es para que te ocupes de la casa —le dijo su marido de mala manera—. Estás por volverte loca —agregó y se marchó, dejándola sola y confundida.  

Aquella noche Amanda no durmió y lloró en silencio al lado de quien decía ser la persona que más la amaba. Las palabras de León Tolstói resonaban como consuelo en su cabeza: «Cada familia infeliz lo es a su manera». 

Al día siguiente esperó ansiosa la partida de su esposo y, en cuanto este puso un pie fuera de la casa, se dirigió al jardín. Miró al cielo, contuvo la respiración, cerró los ojos, se persignó y empujó aquella puerta. La sonrisa se abrió camino nuevamente en su rostro. 

—¡Sabía, sabía que no estaba loca! —gritó mientras saltaba. 

Encontró las escaleras a esa pequeña habitación y emocionada corrió por aquel pasillo como una niña a repetir lo que había hecho el día anterior.

Así, en compañía de su pequeño secreto, pasaron varias semanas en su vida. Era tal el afán que tenía por las miles de historias que leía que comenzó a devorarse libros enteros día a día. Solo había un problema: ninguna de las historias que allí se describían era similares a la suya. No había malos tratos, ni golpes, ni insultos. Poco a poco comenzó a replantearse otra forma de amor. Llegó a sentirse miserable al darse cuenta de que, en realidad, aquello que creía verdadero sobre amar no era ni la mitad de bueno de lo que vivían los personajes de esos relatos. Amanda deseaba tener un amor como los que allí se describían. 

Sabía que su camino para conseguirlo no estaba allanado; estaba casada, apenas salía de casa y solo conocía a unas pocas personas de la ciudad, no tenía familiares ni nadie a quien acudir pero sentía que debía darse la oportunidad y buscar a alguien que la hiciera sentir como la antigua joven de veinte años. Alguien que la hiciera coleccionar risas. Tenía miedo y sabía que no podía huir porque no tenía a dónde ir, todo lo que hacía o conocía de su vida estaba manejado por su marido.

En su mente afloró la idea de mudarse a aquella pequeña habitación, él nunca la buscaría allí. Cada día que partía al trabajo, llevaba parte de sus cosas y las instalaba, hasta que por fin logró crear su propio espacio. 

Ni siquiera tuvo que dar explicaciones de por qué muchas de las cosas del hogar habían comenzado a faltar y pensó que, quizás, ella sería para él una de esas.

«El amor sí se lee», escribió en aquella nota que le dejó sobre la mesa. 

Regó las flores del jardín por última vez, se despidió de la casa y se prometió a sí misma que cuando estuviese lista volvería a salir al mundo. 

Mientras tanto, allí, con todas las historias que aún no había podido leer, aprendería del amor todo aquello que le había sido negado durante los últimos veintisiete años. 


Foto de portada: Gabriel Abdala.


Llorar por cosas buenas

Colaboración escrita por Micaela Abdala


Llevate los autitos, me dice mamá. Según ella, el tiempo pasa más rápido si tengo algo para jugar, pero para mí es lo mismo, porque no me gusta estar encerrado en el quincho. Entra mucho sol por las ventanas y si cierran las puertas me muero de calor. Más ahora en verano y sin pileta. Además mamá sabe que nunca juego, siempre estoy parado, apoyado contra la puerta viéndolos mover la boca y hacerse señas con las manos. Ellos saben que yo los miro. 

Soy como un pollo cocinándose adentro de un horno, pienso y me río. Eso debe ver un pollo cuando yo me acerco a mirar por la ventanita si ya está listo para comer. Me río tan fuerte que parece que me escuchan, porque papá me señala y los dos me miran. Mamá está llorando, como siempre, seguro papá la retó por encerrarme y tiene razón, ¿cuál es el secreto tan grande que guardan como para mandarme al quincho? Veo que él le levanta la mano y mamá mira para donde estoy yo como diciendo «Esto es lo que les pasa a los que se portan mal».

Que se haga hombre, grita papá, lo dice tan fuerte que yo puedo escucharlo desde donde estoy. No sé qué quiere decir con eso, deben ser cosas de grandes y yo no me tengo que meter, así que agarro los autitos y me pongo a jugar. Me estoy haciendo pis pero tengo que aguantar, porque si salgo me van a retar y sé que en un rato mamá va a venir. Yo odio estar acá, pero cuando viene a buscarme es mi parte favorita, porque después vamos a tomar un helado o a la plaza y estar conmigo a mamá la pone contenta.

La veo cruzar el patio, viene llorando y tiene el brazo rojo, como cuando yo me rasco las picaduras de los mosquitos. Abre la puerta y me abraza fuerte.

—¿Por qué lloras mamá? —le pregunto.

—Porque te amo mucho, hijo —me dice.

No entiendo mucho su respuesta.

—Pero eso es algo bueno —le digo.

No me contesta. Me sigue abrazando y yo también lo hago. Tengo que hacerlo, porque está llorando por mí y eso me pone mal. Yo también la amo mucho, pero no me dan ganas de llorar por cosas buenas.

Quiero que esté feliz así que antes de que me diga qué hacer, voy a bañarme, como hago siempre que me viene a buscar. Entro a casa y papá no está, casi nunca está. Cuando él y mamá hablan, se va y vuelve por la noche. No lo veo, porque siempre me obligan a acostarme temprano y encerrarme en la pieza. Pero yo los escucho. Encerrado, otra vez, pero no me molesta porque a esa hora me da sueño.

Nancy nos pasa a buscar para ir al parque y cuando mamá la ve, corre a abrazarla. Veo que empieza a llorar otra vez y me pongo celoso. Si llora es porque también la ama, seguro más que a mí, porque se conocen desde antes de que yo naciera. Es su mejor amiga, iban a las escuela juntas. Yo también quiero que Felipe sea mi amigo cuando seamos grandes.

A papá no le cae muy bien Nancy, a veces se refiere a ella como «la trola esa». Creo que es algo malo, porque mamá siempre le dice que no diga eso. Seguro Nancy sabe, porque no viene mucho a casa cuando está él. A mí no me importa lo que sea ser trola, porque ella es como una tía para mí y siempre me regala cosas y la hace reír a mamá.

—¿Cómo anda mi hombrecito preferido? —me pregunta Nancy cuando la suelta—. Mirá lo que te traje.

—No soy hombrecito, soy Francisco —le respondo y agarro la bolsa de caramelos.

Se ríe y me despeina.

—Decí gracias, Pancho —me dice mamá—, y caminá adelante que con la tía tenemos que hablar.

Corro hasta la esquina y cuando llego la miro para que me deje cruzar la calle solo. Le grito que no viene ningún auto y me hace señas para que siga.

Es domingo, hace más calor que en el quincho y el parque está lleno de chicos para jugar. La veo a Juana subiéndose a la hamaca y cuando me ve me llama para que vaya. También los veo a sus papás, que están tomando mate sentados, riéndose. En un momento el papá la abraza y le da un beso en la boca y yo miro para otro lado. Me da asco, por suerte en casa no tengo que ver eso.

—Hola, Fran —me dice Juana.

—Hola. Tus papás se están besando —le digo y me subo a la hamaca que está al lado.

Juana se da vuelta para mirarlos.

—Siempre se dan besos —me responde—. Cuando yo sea grande quiero un novio como mi papá.

Lo que dice suena raro pero no le respondo. Tomo envión para ir rápido y llegar más alto con la hamaca. Tan alto que siento que estoy tocando las nubes con mis pies.

—¿Por qué llora tu mamá? —me pregunta Juanita.

La miro y veo que Nancy la está abrazando otra vez. Es la única que llora en la plaza y me da un poco de vergüenza porque no sé qué le pasa.

Me bajo de la hamaca y, escondiéndome entre los árboles, voy hasta donde están para ver si puedo escuchar algo de lo que hablan. Juana grita mi nombre y le hago señas para que se calle. No quiero que se enteren de que las estoy espiando. Nunca me dejan escuchar lo que hablan porque dicen que son cosas que no entiendo, me tratan de tonto.

—A mí no es la violencia lo que me preocupa —le dice mamá llorando—, es el hecho de que por más que haga lo que haga no puedo dejarlo.

—Escuchame, flaca —le dice la tía—. Esto no va para más. Ahora sos vos, mañana es Pancho y la próxima no la cuentan ninguno de los dos. 

Presto más atención cuando escucho mi nombre.

—Pero yo lo amo —le dice mamá.

Nancy le contesta que eso no es amor y yo salgo de mi escondite antes de que se den cuenta y vuelvo con mi amiga.

—¿Y? ¿Por qué llora? —me pregunta.

—Porque ama mucho a mi papá —le respondo.

—¡Ahhh! ¡Pero eso es algo bueno, tonto! Se quieren como mis papás —me dice y vuelve a subirse a la hamaca.

Yo los vuelvo a mirar y ahora la mamá de Juana está leyendo con la cabeza apoyada en las piernas del papá, mientras él le acaricia el pelo y la mira todo el tiempo. No estoy muy seguro de que mis papás se quieran igual que ellos, como dice Juana.

Mamá me grita para que vaya a donde está ella. Nos vamos, dice. Yo saludo a mi amiga y le prometo que el domingo que viene voy a venir a la misma hora para que juguemos. Me dice que me va a esperar en las hamacas con una sorpresa y yo ya quiero que llegue ese día. 

—Vamos Pancho, apurate que tengo que hacer cosas en casa —me dice mamá.

—¿Y Nancy? —le pregunto mientras caminamos.

—Se fue, pero en un ratito la vemos —me contesta y me da la mano para cruzar la calle.

Me tironea para caminar y llegamos súper rápido. Cuando abre la puerta me dice que la abuela está enferma y que nos vamos a ir unos días a la costa para estar con ella y que se sienta mejor. Yo me pongo feliz, estamos de vacaciones y la playa me encanta. Además hace mucho no veo a la abuela, ya no me acuerdo ni de su cara.

Prepara dos valijas grandes y una chica donde pone todas mis cosas, está apurada porque no dobla nada de lo que guarda, las hace un bollo, como hago yo cuando me saco la ropa.

—¿Puedo llevar la pelota? —le pregunto.

—Sí, mi amor, pero apurate  —me responde—. Y traé también las cosas de la escuela.

No sé por qué quiere que lleve los libros. Estamos de vacaciones y yo no quiero practicar cuentas, todavía falta para volver a clase, pero igual le hago caso y pongo todo en la mochila.

—¿Y las cosas de papá quién las prepara? —le pregunto.

Está arrodillada frente al mueble revolviendo papeles y metiéndolos en una carpeta. Saca la billetera, cuenta plata y mete todos los collares y los aritos en una bolsa.

—¿Ya tenés todo? —me pregunta.

—Sí, ¿y papá? —le repito.

—Papá no viene ahora, tiene que trabajar.

Pobre, pienso. Se va a perder ir al mar y armar castillitos conmigo.

—¿Le podemos dejar una notita? —le pregunto.

—No, Fran —me responde enojada—. Yo después lo llamo y hablo con él.

No pregunto más nada. No quiero que se enoje conmigo. Ya lloró mucho en el día y no quiero volver a verla llorar. Espero sentado en el living mientras termina de acomodar las cosas. Afuera está oscuro, papá tiene que estar por volver y aunque no voy a llegar a decirle chau, estoy contento porque es la primera vez que voy a viajar de noche. Nunca estuve despierto hasta tan tarde.

Afuera se escuchan bocinazos. Me asomo por la ventana y veo a Nancy abriendo el baúl.

Le grita a mamá que se apure y ella abre la puerta con todas las valijas y corre.

—Vamos, vamos —me dice y mira para todos lados.

Subimos al auto y mamá saluda a la casa como hace siempre que viajamos, pero esta vez se pone a llorar. Nancy la abraza como hoy a la tarde. Flaca, pensá en el nene, le dice.

Mamá me mira triste y me da la mano desde el asiento de adelante. La tía arranca y yo miro cómo nuestra casa se hace chiquita. Estoy contento. No hay nada que quiera más que ya estar jugando en la arena, aunque me hubiese gustado avisarle a Juanita que el domingo no voy a llegar.

Imagen de portada: Gabriel Abdala


Tener valor

A la memoria de Sandra y Rubén. Presentes.

Anoche casi no dormí. Hoy a las 9:45 a. m. tengo mi primera clase virtual como docente. Tomé horas en la materia Introducción a la Comunicación, en el 3° año de Secundaria. Muchas dudas dan vueltas en mi cabeza… Esto de la docencia, no sé… Pienso y me pregunto: ¿por qué está tan desvalorado el trabajo docente?

Lo del sueldo precario es una respuesta obvia, no voy a indagar sobre eso en mis pensamientos. Prefiero hacerlo en la calle y reclamarlo junto a nuestres pares docentes y alumnes en cada oportunidad. Creo que la desvaloración —si se me permite ese término— puede originarse en la mayoría de institutos privados y públicos que suelen dar contenidos con una visión eurocéntrica, que nos alejan de poner el foco en las prácticas actuales de nuestra sociedad latinoamericana, de nuestro cotidiano. 

Y así aprendimos, desde muy chiques, una educación tradicional de absorción de conocimientos, lo que el gran Freire llama «la educación bancaria». Que al final no beneficia ni a educadores ni a educandes, solo genera desigualdad y marginación. Revertir eso conlleva un doble trabajo y el contexto argentino nunca ayuda a la situación de les docentes, menos en esta pandemia.  

Prendo la computadora, me organizo la agenda y preparo el café mientras pienso. Tenemos que ser conscientes y repensar la historia: esa educación tiene ya 200 años. Debemos recuperar la práctica de eses docentes que le han puesto todo de sí a la educación pública y detenernos menos en los mandatos de Sarmiento.

Pero, también, seamos honestes. La educación utópica la veo de lejitos: que contenga diversidades, que enseñe a aprender, que nos haga pensar para crear, que nos tienda alas a todes. «Ay, que ilusa», susurro. ¿Qué pensarán les estudiantes? ¿Qué quieren aprender les pibes hoy? ¿Querrán realmente eso? ¿Cómo nos adaptaremos a esta virtualidad? La incertidumbre me inunda pero no me ciega.

Con los pies en la tierra reflexiono: son poquitos 200 años de esta historia escrita por unos pocos, tenemos tiempo de hacerla desde una alternativa inclusiva, diversa y respetuosa. Voy a ir un poco más atrás en la historia para reivindicar luchas de mujeres, de colectivos disidentes, de pueblos originarios. Acompañar los procesos de cada estudiante para generar conciencia, escucharles y transformar con paciencia. Inspiro hondo y, finalmente, doy inicio a la videollamada: «¡Buenos días, chiques!».


Imagen de portada: Adrián Pérez


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Belleza por catálogo

Apenas entró en el probador, una sensación incómoda le recorrió el cuerpo. La lamparita sobre el largo espejo titilaba de manera intermitente. Comenzó a desvestirse lentamente, con cuidado de colocar la ropa sobre el pequeño gancho que estaba dispuesto a su derecha. 

—¡Probala arriba de la ropa interior, bella! —escuchó a la vendedora gritarle desde el otro lado de la cortina. 

Cuando desabrochó el jean y lo bajó, tambaleó y perdió el equilibrio. Su cuerpo golpeó la pared izquierda del probador y causó un gran estruendo sobre el fibrofácil. 

—¿Bella, estás bien? —volvió a inquirir la vendedora. 

Incorporándose, asintió con la cabeza, aunque no podían verla. Sin sacarse la bombacha, deslizó el bombachon de la malla por entre sus piernas. Sintió ambos codos chocar nuevamente con las paredes estrechas. 

Minutos después, tomó el corpiño y lo colocó con cautela. Tuvo cuidado de no chocar los codos, ni el cuerpo contra el cubículo. Le hizo un nudo bastante fuerte en la espalda pero le aliviaba sentir los breteles tan ligeros en sus hombros, lejos de esos modelos estranguladores que se atan al cuello. 

Se miró al espejo. Se veía bien. La malla era cómoda, flexible, le resaltaba los pechos y le escondía la panza. Pero el color no le gustaba. Había hecho bastante terapia para aceptar y poder luchar contra los estigmas, pero tampoco le daba para pasearse por Mar de Ajó con una bikini rojo pasión. Era mejor imponerse sus propios límites que después tener que chocar en vivo y en directo con ellos. 

Abrió la cortina sin dejar que se viera mucho el interior, decidida a preguntarle a la vendedora por alguna otra tonalidad. Sin embargo, no había terminado de asomar la cabeza cuando la muchacha le habló. 

—Ay… Me parecía que no te iba a quedar, bella. ¿Querés que te traiga un talle más grande? —dijo, con una mueca que se dividía entre moralidad y lástima. 

~Bella, como las empleadas aquel día insistían en llamarla, frenó en seco con el pedido detenido en la boca. Pestañeó los ojos con fuerza, como queriendo despertar del mal sueño, y miró a la vendedora con la expectativa de que siguiera hablando, como si hubiese quedado colgando en el aire el remate de un mal chiste. 

La empleada tragó saliva y rellenó el silencio incómodo. 

—También hay muchos modelos enterizos, quizás esos van mejor para tu cuerp… Con tu onda —se corrigió a último momento. 

~Bella sintió las mejillas arder en carne viva. Observó los ojos de la chica, después le recorrió el cuerpo hasta posar la vista en las piernas esbeltas. Todo le daba asco y repulsión.

Sin responderle una sola palabra, cerró la cortina del probador y se miró de frente al espejo. No iba a llorar, no de nuevo, en el cubículo más estrecho de toda la avenida, pero no pudo evitar sentir nauseas y arcadas. Quizás era la luz que seguía tintineando o las tres lucas que había decido ignorar porque finalmente, después de un día agotador —en el sentido más mental que físico—, había encontrado una malla que le quedaba. Una malla que le gustaba.

Se sacó el traje de dos tirones fuertes, se volvió a poner el jean y la remera y salió del probador con la cabeza gacha. Empujó la prenda sobre los brazos de la vendedora y evitó hacer contacto visual que la pusiera en evidencia, que la dejara más desnuda de lo que hacía minutos estaba. 

Caminó rápidamente hacia la salida, antes de poder escuchar algún ~bella más. Sus pies cruzaron el umbral del local y sintió el caluroso viento de la tarde. 

Cuando se adentró en la masa de gente que copaba la avenida ese sábado, se dejó llorar sin importarle las posteriores manchas del maquillaje. Entre la multitud, con su jean tiro alto y su remera larga hasta los muslos, caminó con los brazos cruzados mientras intentaba en vano poner la mente en blanco. 

Seguía con la garganta seca y las constantes arcadas que amenazaban con volverse materia corpórea. Tenía el ~bella incrustado en el estómago y el color rojo pinchándole el hígado, poniendo en peligro el funcionamiento de su sistema digestivo. Advertía la mirada paupérrima de la empleada que, a cuadras del local, todavía sentía clavada en su abdomen rebalsado de grasa. Carecía de fuerzas para ponerse a buscar al interior de su belleza. 

Y, sobre todo, adolecía profundamente por caer en la cuenta de que la psicología individual nunca le iba a curar la eterna culpa que le provocaba la existencia tan estrecha y plana de los demás.

Lloraba, entonces, porque otra vez salía de un local sin encontrar una belleza que le quedara.


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Paso, punto, caramelo

Cuando la alzó por los aires y sintió las manos del partenaire en sus piernas, el recuerdo se le disparó como una metralleta automática.

Elevó la cabeza para estirar la postura y resolver una perfecta mímica de un pájaro sobre la figura de su compañero. No pudo evitar mirarse en el espejo, su reflejo volando a una altura insuperable mientras que el resto de sus compañeras danzaban en un círculo incesante de giros en media punta. Su cuerpo se elevaba en el centro como el eje de toda la estructura. 

En los ensayos previos, la mentora de actuación había explicado varias pautas para darle interpretación a los movimientos de la danza. No utilizar la memoria corporal de una experiencia real era una. Para eso estudiaban a los personajes de la obra, para eso construirán un alter ego literario. La mentora lo había advertido: la reminiscencia a una situación particular las llevaría por un camino de ida que los tiempos de la coreografía no podrían parar. 

Efectivamente, para ese momento, Camila se estaba yendo. Frente a sus ojos, las secuencias transcurrían como filminas a gran velocidad. Las palmas de su partenaire en su cadera, los dedos firmes y sujetados contra sus muslos eran disparador y cable a tierra al mismo tiempo. 

Camila sabía que el siguiente paso era extender sus brazos para completar la figura mientras la compañía en escena se arrojaba al piso con brazos arqueados. Pero el recuerdo que había empezado como recurso artístico ya se había cristalizado. Se había materializado. 

A través del espejo vio el salón vacío, los parlantes apagados, las luces en un tono más tenue. La falta de ventanas volvía el ambiente pesado y silencioso, alejado de algún rasgo de humanidad. Distinguió en ella misma el cambio al tutú blanco, uno de los primeros que su mamá le había comprado.

Quizás, en retrospectiva, había sido una situación cantada. La barra, las llaves que viraban, la lata de caramelos y los envoltorios dispersos en el suelo. 

Pero ella nunca lo hubiese adivinado. Ni en el peor de los escenarios lo hubiese descifrado. 

Su cuerpo continuaba flotando, firme, en un pedestal de manos frías, grises, de estatua. 

Quizás después de tanto, era momento de ver que el tutú se había ajado, se había vuelto amarillo y ya no le entraba. 

Intentó estirar sus brazos, no hacia los costados como la coreografía lo indicaba, sino hacia adelante, en búsqueda de algún tipo de reacción que durante años no había tenido. Lo más cercano a un manotazo de ahogado, que salvase a su reflejo y que la hiciese despertar de aquella extraña evocación. Escondidos en su mano distinguió un par de caramelos de papel verde y marrón brillante. La sensación de que después de tantos años aún los conservaba se extendió por todo su cuerpo.  

Los miró con atención apoyados sobre su mano pálida y temblorosa. Eran dos. Los restantes que no había comido, porque no le permitían comer más de tres. 

A ninguna chica que quisiera ser bailarina le permitían comer más de tres. 

Y así y todo, él volvía y le ofrecía cada vez más. 

Solo el grito de su compañero la sacudió del trance y la retornó al mundo real. De regreso al estado de conciencia y normalidad, volvió en sí justo para la caída final. 

Las manos pasaron de la cadera, a la cintura, hasta finalmente rodear sus brazos. Camila cayó en puntas de pie, rozó el tutú con sus propias manos y miró al público imaginario frente a ella para sorprender con su gran final. 

Tomo envión. Paso punto paso y se alzó por su cuenta a los aires, sus piernas abiertas en un rústico grand jeté.

Cuando volvió al suelo no paró. No sé detuvo en seco, no se arrojó al suelo para demostrar el monstruoso final del personaje principal, cuyo fatídico destino se interponía en su camino. 

Siguió corriendo, planta sobre el suelo, directo al baño del lugar. Cerró todas las puertas con llave y solo dió un último giro sobre su eje para vomitar.

En su bolso habían quedado las pastillas, pero qué más daba.

Salió del cubículo, se acercó a las piletas dispuestas y solo abrió la canilla para ver el agua pasar. Para verla desaparecer de la cañería.

Escuchó los gritos y el cotilleo que habían rodeado la sala contigua callarse tras la entrada. Se erigió contra el espejo, la espalda esbelta ahora alerta a lo que sucedía del otro lado de la puerta. 

La respiración previa a la emisión de palabras alcanzó para erizarle los pocos pelos del cuerpo. 

—¿Camila, estás ahí? —habló una voz ronca, de tonalidad grave y aparente calma.

No contestó.

—Necesito saber si estás bien —retomó.

Podía oír las palabras penetrar en su cabeza y retumbar en su mente como el eco eterno de un acantilado. La barba actual no quitaba la sensación árida de su quijada y la respiración oleosa que daba en bocanadas. El aliento a café y menta resbalaba por su mejilla a la par de las gotas de sudor posensayos.

Los detalles eran tan vívidos que sus ojos revisaban todos sus flancos, a ver si él no se había escabullido y se había posicionado a su lado. Las sensaciones eran tan presentes que ni su propio reflejo en el espejo era confiable. 

—Tomate tu tiempo, Camila —la mención de su nombre le rebasó la primera lágrima. 

La catarata de llanto que la sucedió no fue suficiente para enfrentar la frase final. Aquella que la disciplinaba y le advertía —sino la amenazaba— que las cosas debían e iban a seguir bajo ese pacto de silencio eterno. Que era su ticket de garantía para conservar su lugar. 

—Cuando quieras, te espero en mi despacho para discutir tu estado en la compañía —sintió la voz volverse sombra y deslizarse dentro por debajo de la puerta—. Tengo caramelos de café y menta.


Mapa de grafitis

Ficción colaboración por Candela Fumale


Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado, supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en calles cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera, no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es «piba nueva, lugar nuevo».

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, ¡pum! El bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella, cruzada de piernas enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese, México-Túnez, hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar. A veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.


Ilustración de portada: Malakkai – Isaac Mahow

Lo incorrecto de los halagos

Ficción por Candela Fumale


Cuando miro hacia abajo, sin adelantar mucho la cabeza, veo dos tetas y la punta de mis zapatillas. No voy a hablar de las tetas en sí, esta vez, sino de todo lo que ellas ocultan. Literalmente.

Muchas veces me ha pasado escuchar comentarios graciosos, provocadores, desubicados, sobre el tamaño de mis tetas. Esas observaciones siempre me parecieron vacías. Es como que te halaguen, no sé, la forma del codo. Naciste así, qué le vas a hacer. Sigue leyendo Lo incorrecto de los halagos

#Ficciones En un tango por dos años

Cuento colaboración de Magalí Robles


Achával estaba soñando en blanco y negro cuando apareció el enfermero y le dijo que se fuera. Y eso que del Borda no se sale fácil, menos después de estar veinte años internado. Ni qué decir si estuvo ahí por una hebefrenia de no se acuerda qué calibre. ¿Seguiría soñando, pero ahora en colores?

Al salir por la puerta de atrás, vio escrito en una pared: «Ojalá me pueda ir pronto». Pero lo que él pensaba era que, antes que volver a la vida que llevaba antes, mejor sería seguir soñando. Aunque fuera en blanco y negro. El miedo a los cambios lo hacía ser un cobarde.

Cuando, después de dar vueltas a la manzana por varias horas, se decidió y entró al bar que se encontraba a tres cuadras del hospital, sobre la avenida Caseros, se dio cuenta de que los clientes estaban como en trance. Cara seria, ojos grandes, mirada perdida, un café sobre el borde la mesa sostenido firmemente entre las manos, la mayoría de piel suave, como si no tocaran nada hacía años y años.

Achával pensó que ellos también debían ser pacientes. Que les habrían dicho, a ellos también, que se fueran del hospital. Que debían haber encontrado ese bar y se habrían quedado todos en esa posición desde su salida. Ahí, pasmados, para siempre.

Él hizo lo mismo: se sentó, pidió un café y con la mirada perdida le mandó cinco cucharadas de azúcar. Abrió un diario, uno que estaba ahí desde la semana anterior. En ese diario se anunciaba un evento para esa misma noche. Se presentaba una milonguera. No. Una milonguera, no: la milonguera, para él.

Achával, antes de quedar internado, laburaba en una metalúrgica. Vivía una casita de dos por dos, solo. Se había enamorado, en sus cincuenta años, más de noventa veces; la palabra enamoramiento, para él, era sagrada.

Una sola vez su corazón se destruyó, cayó de una meseta de miles y miles de kilómetros, se armó de nuevo y nunca volvió a ser el mismo. Fue meses antes de que lo internaran y pasase veinte años en el Borda. Lo peor, reniega Achával, es que esa tregua en su vida duró solamente dos.

Él tenía poco más de treinta y fue de esa misma milonguera de quien se había enamorado. Recuerda que la primera vez que la vio, ella bailaba en un barcito de mala muerte. Aunque el barcito era de esos que de afuera parecen la nada, el tipo entró sin pensarlo ni dar vueltas y se sentó en una mesa en el medio a la izquierda. Un compañero de la metalúrgica le había dicho que en esa ubicación era donde mejor se escuchaba. Aunque él no había ido a escuchar, él había ido a ver.

Primero, una mirada de alguien que sabe sobre tango. Y al decir tango él quiere decir amor. Pero mientras va avanzando hacia su encuentro se da cuenta de que, más que saber, él siente. Y desde ese primer momento él ya intuye que nada de esto va a salir bien. A cada paso que da, dice «esto se va a ir a la mierda».

Es desde esa primera vez que él no tiene más rastros de eso que algunos llaman felicidad. Eso que fue hace veinte años, duró solamente dos; al mes ya estaba internado y lo trataban de loco. Nunca quiso contar qué es lo que pasó con la milonguera. Una milonguera que, decían, bailaba tango como ninguna otra y que nunca se la jugó por evitar romper un corazón.

Recordó que una vez un amigo –y dice un amigo para no decir otro enfermo– dentro del Borda le había dicho:

—Y es así, Achával. Si no te mata la droga que te dan acá, te mata el amor.

Eso se lo había dicho horas antes de irse para el otro lado después de que otro paciente lo agarrara a cuchillazos. Tiempo después, se enteraron de que este le jugó una mala pasada en el amor.

De esta historia, sobre todo, se sabe una cosa: cuando el mozo del bar le lleva la cuenta y, al verlo con lágrimas en los ojos, le pregunta qué le pasa, Achával responde:

—Me enamoré de una milonguera. Me enamoré de una milonguera y viví en un tango por dos años. Ahora no sé qué carajo voy a hacer. Supongo que tratar de olvidar. En este bar.