DesArmada

Hoy me llamó mi papá. Llegó bien, pero tenía una mala noticia. Se la olvidó ¡Se la olvidó! La dejó acá en casa, en el cajón, ¡En mi habitación! ¡Donde duermo! Me dijo que tendría que tenerla hasta que volviera de nuevo a Buenos Aires, pero solo Dios sabe cuánto falta para eso. Suele venir una vez al mes, dos como mucho, y ahora él está a 800 kilómetros, y yo acá, encerrada con la “cosa” esta. No sé qué hacer. Ya sé que me dijiste que la ignore, que no la toque, pero siento que la van a venir a buscar. Mi papá la compró para su protección después de que lo amenazaran para que se echara atrás y él no lo hiciera. Saben quién soy yo, ¿Y si vienen acá?
No, por favor, no me dejés sola, ya sé que no puede hacer nada ahí en el cajón pero yo me siento… Bueno, bueno, está bien; entiendo.
Mi papá me dijo que me calmara, que ellos a mí no me van a venir a buscar, que la cosa es con él, que lo amenazaron a él y le pegaron a él, que todo queda ahí, en La Pampa. Acá en Buenos Aires soy intocable. O al menos eso me dice él. Me dijo que no la toque, que no sea boluda. No es que sea curiosa, pero cuando me acuesto puedo sentir el frío del acero, el peso, en paralelo a mi cabeza, en el cajón de la mesita de luz. Yo no sé bien porque algo tan pequeño, tan inerte, puede producir tanto miedo cuando se lo tiene cerca. No, no te preocupes, no la toqué. Abrí el cajón una vez para ver si estaba, no se había movido.
Pasé el fin de semana sola acá y no pasó nada: estudié como siempre, pedí una pizza, capaz tenés razón, soy una paranoica. Voy a bajar un cambio.
La facu está tomada, a veces voy a llevarles café a mis compañeros para acompañarlos, pero no tiene nada que ver con militar. Es que en casa la soledad me abruma. Quedate tranquila, yo me quedo callada y nadie sabe lo que opino. Ahora cuando llegue a casa voy a revisar que esté todo bien y le avisó a papá.
Todo bien. Se me ocurrió poner alguna ropa encima pero después pensé que podía pasar una tragedia si a alguien se le ocurría abrir mi cajón para buscar una remera y de repente la encontraba; no, nadie se queda a dormir a casa, pero qué se yo. Lo llamé a mi papá para avisarle, no está muy bien, pasa noches enteras revisando archivos y expedientes, buscando alguna fisura en la cual meterse. Es tan feo lo que le hicieron. Al principio lo admiraba, implacable denunciando a todos públicamente, decidido a hacer justicia por él, por sus amigos, pero después de que entraran a casa y le pegaran no es el mismo. Se consolaba pensando que lo agarraron estando solo, ¡Imaginate si estaba yo! Pero el golpe fue duro, intentaron llevárselo y no pudieron, y yo, tan lejos, absolutamente incapaz de ayudarlo. Y después de eso se compró el revolver, nadie estaba de acuerdo, pero él estaba convencido de que era lo mejor ¡Y ahora se la olvidó en casa! ¿Podés creer? Te juro que me supera. ¿Y si lo atacan y él no tiene nada con que defenderse?
Hoy se me ocurrió tomarla en mis manos, solo para ver si era tan pesada como se veía. No es como en las películas, que se ven livianas y el protagonista desenfunda ágilmente y mata de un solo tiro: no, es pesada, mis manos se sienten temblorosas abrazándola, ni sé cómo sacar el cargador, pero papá me mostró hace un tiempo donde está el seguro y pude comprobar que no se puede disparar sin querer. Pero estoy totalmente segura de que está cargada.
Papá me dijo que no sea boluda, que no la toque, que no me haga la viva. Él también está paranoico, irascible. Estoy segura que esto es mucho más que miedo: es bronca, es impotencia. Me dijo que me cuide cuando vaya a la facultad, que ande siempre en grupos y me cuenta que siguen llegando amenazas, sigue faltando gente de su círculo y la angustia de papá se sigue acumulando, así como se le acaban los recursos. Su abogado vive con él, así de comprometidos están ambos en la causa.
La facu últimamente está llena de policías, por lo que nos reunimos con mis compañeros en casas prestadas a estudiar y hablar en general. Dicen que están echando docentes y que tenemos que protegernos entre nosotros, pero yo no sé bien cómo aportar, a veces creo que estoy para llenar la silla nada más, perdida un poco en mis pensamientos…
Y… sí, un poco me incomoda llegar a casa sola y saber que está ahí.
Creo que alguien intentó entrar a mi casa. El arma estaba en el cajón como siempre pero había unas marcas en la puerta, creo que intentaron forzar la cerradura o algo así. Papá me dijo que llame a la policía, pero nadie me da bola. Dicen que no es nada ¡No lo digas vos también! ¿Y si me encontraron? Papá no cree que eso sea posible, pero mi dirección está en mis datos de la facultad y saben quién es mi papá… ¿Y sí…?
Quizás papá me contagió un poco de su paranoia…
Ayer llegué a mi casa y la cambié de lugar, la puse adentro de una caja en el placard, si alguien estuvo en mi casa, tengo que cambiarla de ubicación, para mi seguridad.
Sí, es cierto, me volví a juntar con los chicos de la agrupación. No, no estoy intentando evitar mi casa. ¡Si puedo dormir con eso en mi casa tranquilamente también puedo estar! Bah, la verdad es que no estoy durmiendo bien. Papá me dijo que ya falta poco para que vuelva, así que despreocupate, cuando venga se la lleva y yo vuelvo a estar bien. Me pone nerviosa todo esto, nada más.
Contestame por favor, ya sé que es tarde, pero te juro que la movieron, me desperté con ganas de ir al baño y abrí la caja y estaba movida. No, no fui yo, te juro alguien estuvo en mi casa.
La moví otra vez de lugar. No te voy a decir a donde, por la seguridad de ambas.
¿Che, está noche puedo quedarme en tu casa? Tengo miedo. Siento que estuvieron en mi casa otra vez.
Parece que todo está más tranquilo, papá me dijo que en una semana estaba acá, finalmente, porque te juro que no aguanto más. Ya ni sé cuántas veces la cambié de lugar, revisé el seguro, me quedé toda la noche despierta con la policía en marcado rápido.
Hace un par de días que papá no me contesta el teléfono. ¿Habrá pasado algo? Capaz volvieron a entrar a casa y él de vuelta indefenso, y ahora está en el hospital y mi familia no me quiere preocupar, estando tan lejos. ¿Lo habrán matado? No puede ser, no me esconderían una cosa tan grande, pero algo pasó, estoy segura. ¡No me digas más que me calme! ¿Qué sabés vos por lo que estoy pasando?
No, no voy a ir a tu casa, me cansé de tu hipocresía, pensé que eras mi amiga. Pero vos, igual que todos me tratás de loca, como si esto fuera una telenovela en mi cabeza. ¡Mi familia está a 800 kilómetros y yo acá esperando siempre lo peor!

Mi papá me llamó, me dijo que me calmara, que en tres días está acá y que me iba a cuidar, pero no me dio más detalles. Perdón si reaccioné mal, pero de verdad estoy muy consternada y, encima, no me dijo si le pasó algo o no. Todo esto es muy raro. Necesito que me acompañes.
No sabía a quién más llamar. Nadie me contesta. Ayer llegué de una reunión de la agrupación y no está, no la encuentro. ¿¡Cómo me podés decir que me olvidé donde la guarde!? Si, la cambié de lugar varias veces pero la última vez la dejé en una caja abajo de la cama ¿O la metí en el baño? No, no estoy durmiendo bien. Pero tenés que creerme ¡Alguien la agarró! ¡Mi papá no me contesta! No me cortés, no por favor, ¿Podés venir a casa? ¿O yo voy a…? ¿Hola? ¿¡Hola!?
Era de noche, el aire estaba espeso, como si el verano se estuviera aferrando a un último atisbo de vida antes de morir. Llegué a mi casa. La cerradura hizo un ruido raro. La luz de la habitación estaba encendida. Quise volver sobre mis pasos, huir, pero una mano me atajó al voltearme y un guante de cuero ahogó mi grito. Llevaban pasamontañas, todos vestidos iguales. Vi dos, pero escuché una tercera voz diciendo “ésta es la última”. Pude verla, en todo su esplendor, el revolver de mi papá, empuñada por otra mano enguantada. Cerré los ojos. Sentí el frío del cañon en la sien. Yo tenía razón.

Se comunica a la población que a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones. Firmado: Jorge Rafael Videla, Teniente General, Comandante General de Ejército; Emilio Eduardo Massera, Almirante, Comandante General de la Armada; Orlando Ramón Agosti, Brigadier General, Comandante General de la Fuerza Aérea.

Octavia – Relatos

El periodismo en tiempos difíciles

El periodismo, en su esencia, busca ser genuino y fiel a sus lectores, oyentes y televidentes. Se trata de eso, de encontrar la verdad para poder brindársela al público. Durante la última dictadura cívico-militar argentina, hubo medios de comunicación que la apoyaron, pero también existieron aquellas personas que no mintieron y mostraron la realidad que el país atravesaba.

Para entender el rol de los medios masivos, hay que comprender el término «censura». Esta era una herramienta que utilizaban con frecuencia los militares de tres formas diferentes: censura previa, que consistía en revisar todo lo destinado a los grandes medios antes de que llegara al público; censura, que refiere a la eliminación de la nota ya publicada; y autocensura, cuando los mismos periodistas decidían no hablar de ciertas cosas.

La radio

El 24 de marzo de 1976, a las 3:15 a.m., comenzó el sexto golpe de estado desde 1930 conducido por las FF. AA. Desde ese momento, las radios de todo el país se llenaron de censura, levantamiento de programas, clausura de emisoras y personas sobre las que no se podía hablar. Los puestos de asesores fueron ocupados por militares que, lejos de ayudar en los contenidos de la programación, se encargaban de controlar que todo funcionara de acuerdo a sus ideas. Había que ser cuidadoso con cada palabra dicha, cada canción que se pasaba. Toda la información se reducía a los primeros grandes pasos de Diego Armando Maradona.

La libertad de expresión estaba corrompida en una sociedad atravesada por la violencia como nunca se había visto.  Es por eso que, a partir de entonces, se pusieron de moda las llamadas “radios ilegales”, barriales, alternativas que fueron aprovechadas por gente que quería contar su historia y lo que sucedía realmente.

La prensa escrita

El diario que se animó a escribir lo que sabía sobre lo que pasaba fue La Prensa, que en varias oportunidades publicó solicitadas exigiéndole al Estado que dijera la verdad al pueblo. No obstante, en su mayoría, los periódicos apoyaron el golpe de estado. Ejemplos claros pueden encontrarse tanto en Clarín como en La Nación, donde no se pudo leer en ninguna de sus ediciones alguna nota respecto de los desaparecidos o los muertos.

La Razón se declaró de manera pública a favor del régimen hasta el final y, cuando este concluyó, confesaron estar totalmente en contra. El diario se caracterizó por “no hablar de nada”, sus notas eran vacías en contenido y nada tenían que ver con la actualidad de Argentina.

Sin embargo, dentro de todo el terror, la violencia y la desinformación, hubo algunos periódicos que se animaron, periodistas que arriesgaron sus vidas (y algunos la perdieron) para contarle a los ciudadanos lo poco que sabían. Buenos Aires Herald fue uno de los primeros en publicar listas de desaparecidos y también varios artículos sobre derechos humanos y sus violaciones.

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La televisión

No fue la excepción. Plagados por la censura, los conductores y los actores recurrían al doble sentido para referirse a la situación de la república. El clásico “Tato” se burlaba una y otra vez de los militares y de muchas cosas que ellos hacían, pero no podían prohibirlo porque que jamás los nombraba. La televisión era en blanco y negro, hasta el Mundial del 78’ cuando se introdujo la TV a color, y los canales eran cuatro: Canal 7 (del Estado), Canal 9, Canal 11 y Canal 13.

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Alguien distinto

Lo censuraron, lo mataron, intentaron callar su voz pero no pudieron: Rodolfo Walsh. Ejemplo como tantos otros de que el periodismo estaba ahí para llegar a todos, para quitar las vendas y abrir los ojos. A pocos días de la divulgación de la tan valiosa Carta abierta a la Junta Militar, el periodista fue emboscado por el subcomisario Webber y un pelotón especializado. Se resistió, luchó y entonces lo mataron. Su cuerpo nunca apareció.

En aquel momento, todo lo que Walsh decía parecía una locura: a los ciudadanos les costaba entender y nadie podía creer que todo eso (violación de derechos, tortura, desaparecidos) estuviera pasando en Argentina, en nuestro país.

En memoria de aquellos periodistas que hoy no están y que lucharon con su vida por la verdad.

Fuentes: http://www.desaparecidos.org/