Violencia sexual como crimen de lesa humanidad

En los Centro Clandestinos de Detención (CCD) que funcionaron durante la última dictadura cívico-militar hubo maltratos de todo tipo, sin distinción de género. Sin embargo, en el caso específico de las mujeres existieron además otros métodos de tortura, no solo por ser militantes sino también por su género; en particular, por no ser las mujeres que la sociedad heteropatriarcal esperaba.

Según la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad, se encontraron delitos sexuales en 36 de las 254 sentencias dictadas hasta principios de marzo. En cuanto a los condenados de estas causas, representan el 11% del total. Dicho de otra manera, de un total de 1025 personas condenadas por crímenes de lesa humanidad hasta hoy, 121 fueron responsabilizadas también por delitos sexuales.

«Cada vez son más las causas en las que se trata y se acepta de forma autónoma e independiente el tratamiento de los casos de agresiones sexuales en el marco del plan sistemático».

Ángeles Ramos, Fiscal Federal a cargo de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad.

En 2000, la Corte Penal Internacional estableció como delitos de lesa humanidad a las violaciones, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, los embarazos forzados, la esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable «cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque». La repercusión de lo establecido tardó 10 años en llegar al país.

De hecho, en diciembre de 2008, en la causa «Riveros, Santiago Omar y otros por privación ilegal de libertad, tormentos, homicidio», condenaron a Santiago Omar Riveros por otros crímenes pero dictaron falta de mérito respecto al delito de violaciones sexuales, por considerar que habían sido «eventuales y no sistemáticas» y, por lo tanto, no constituían crímenes de lesa humanidad. Cuando en realidad estos delitos contra la integridad sexual formaron parte del ataque sistemático del terrorismo de Estado.

En 2006 se realizaron los dos primeros juicios como resultado de la declaración de inconstitucionalidad y de la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Desde ese entonces, hubo 36 juicios concluidos que abordaron delitos de violencia sexual, los cuales representan el 14% del total. En ellos existen 136 víctimas, que se dividen en 112 mujeres y 24 varones.

El proceso judicial y sus demoras

La Justicia se tomó su tiempo para escuchar estas denuncias. Durante el Juicio a las Juntas de 1985, consideró a las violaciones como parte integral del resto de las prácticas inhumanas en vez de tomarlas como hechos autónomos y nombrarlas como lo que son.

Susana Chiarotti, fundadora del Comité Latinoamericano y del Caribe para la Defensa de las Mujeres (CLADEM), en la investigación Grietas del silencio, detalla algunas de las dificultades que identificaron en el aparato judicial para recibir estas denuncias en particular: «Prejuicios y falta de sensibilidad; mayores exigencias para probar la violación sexual que para probar la tortura; negativa a aceptar la responsabilidad mediata en casos de violación sexual, entre otros».

Por su parte, Pablo Llonto, abogado querellante, en diálogo con Escritura Feminista, explicó la situación de los delitos sexuales en ese momento histórico: «Antes estaban invisibilizados porque cuando las víctimas contaban esto, la Justicia lo subsumía en la figura de los tormentos y por lo tanto no aparecían las prácticas sistemáticas de violaciones y abusos sexuales centralmente contra mujeres».

Además, detalló otras trabas y su resolución: «Las víctimas mujeres estaban encapuchadas y, salvo excepciones, no podían identificar al genocida agresor, entonces el salto se dio al poder condenar en algunos casos a los jefes de los centros clandestinos, de las áreas y de los cuerpos del ejército, lo cual tiene un valor enorme porque ellos sí sabían que el plan sistemático de exterminio incluía el secuestro, la tortura, el saqueo, el robo, las violaciones, los abusos sexuales, las apropiaciones de bebes».

Recién en 2010 se logró la primera condena a un represor como violador. Y en 2011, el juez Sergio Torres, a cargo de la causa ESMA, declaró a los sometimientos sexuales en el centro clandestino como prácticas sistemáticas llevadas a cabo por el Estado dentro del plan clandestino de represión y exterminio.

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La conquista de esta batalla por la autonomía de los delitos sexuales de los tormentos cometidos por los genocidas tuvo múltiples impulsoras. En primer lugar, las personas sobrevivientes que tuvieron la fuerza de brindar sus testimonios; a la par, las querellas y las fiscalías que con su arduo trabajo lograron que las causas avanzaran; por otro lado, el movimiento feminista que pudo compartir sus convicciones con el ámbito de los derechos humanos y, en este sentido, Pablo Llonto también menciona a la nueva generación de abogadas que hizo fuerza para que se diera este gran paso.

Por ejemplo, las organizaciones feministas CLADEM y el Instituto de Género, Derecho y Desarrollo (INSGENAR) se presentaron como amicus curiae en la causa de Riveros antes mencionada para lograr que se reconozcan, juzguen y castiguen los delitos contra la integridad sexual que figuran en los testimonios correspondientes.

Sentido de memoria y verdad

Como lo que no se nombra, no existe, poder tipificar de manera correcta estos delitos y no considerarlos ni aislados ni parte de un todo le da un significado muy valioso para toda la sociedad pero particularmente para las sobrevivientes y sus familias.

«Permitió que se comprendiera desde las víctimas y los familiares el valor jurídico, en el sentido de memoria y verdad, que tenía reflejar de una vez por todas todo esto como corresponde. No es lo mismo escuchar la frase «por tortura» en una condena que escuchar «por tortura, por violación» o «por tortura, secuestro y abusos sexuales», que da cuenta con exactitud de lo que sucedía dentro de los centros clandestinos a la vista, el control y la supervisión de los ojos de los represores».

Pablo Llonto, abogado querellante.


En este sentido, se destaca la condena al ex agente de inteligencia del Ejército Argentino Horacio Barcos por el secuestro, privación ilegal de la libertad y torturas contra Amalia Ricotti y quien era su marido, José Alberto Tur, detenidos en el centro clandestino conocido como «La Casita». En esta condena, se consideró por primera vez la violencia sexual como un crimen de lesa humanidad.

El fiscal y los abogados querellantes plantearon que «la violencia sexual cometida en los centros clandestinos de detención de la dictadura fueron parte del plan sistemático de represión ilegal y, por lo tanto, constituyen delitos de lesa humanidad, imprescriptibles». En consecuencia, se solicitó al tribunal que Barcos sea condenado también por la violencia sexual que padeció Amalia en el centro clandestino.

Para tener dimensión de lo que la violencia de género significó en el plan sistemático es importante saber cuáles fueron sus formas. Entre ellas se registran: violaciones; abusos; abortos forzados; desnudez; tocamientos; partos en cautiverio, lo que incluía en muchos casos que a los siete meses, aproximadamente, les inducían el parto (en general, cesáreas); negación de productos de higiene para cuando menstruaban; y robo y apropiación de bebés.

«Si la justicia minimizara o dejara de investigar y sancionar estos hechos estaría enviando un mensaje equívoco a la sociedad, lo que fomentaría la impunidad y la discriminación, además de no mostrar la verdadera imagen de quienes estuvieron a cargo de la represión ilegal», denunció la representante de CLADEM.

Hoy visibilizamos que los crímenes de violencia sexual no estuvieron aislados del plan represivo general de los genocidas sino que fueron parte, como también representaron una forma de la violencia machista más extrema. Lo resaltamos, lo juzgamos y lo repudiamos para que no suceda NUNCA MÁS.


Encanallados en el amor: sobre las novelas de militancia (II)

Ensayo colaboración de Carla Benisz (parte I)


Excursus de coyuntura: el pibe trosko

En 2017, la editorial cordobesa Caballo Negro publicó Apparatchikis, la última novela de Mario Castells. Castells es un escritor difícilmente asociable a las tradiciones recurrentes (hegemónicas) de la literatura argentina, que para algunos críticos aún se bifurca en el binomio Arlt-Borges. Ha editado también en Paraguay y el resto de sus títulos se asocian –por lenguaje, referencias, tradiciones– más a la narrativa paraguaya que a la argentina.

En este sentido, es uno de esos escritores cuya obra exige una perspectiva con anclaje regional antes que nacional, reducido por lo general a Buenos Aires. Sin embargo, sí se encuentra con la narrativa argentina en este espacio residual de las novelas de la militancia; espacio en el que lo hago coincidir, para este protorelevamiento, con el escritor tal vez más negado de los noventa (Benesdra) y el novelista hoy oculto bajo el peso de su otro oficio como operador político (Asís).

En una sintonía similar, cuando presentó Apparatchikis en Buenos Aires, Alfredo Grieco y Bavio la relacionó con el «ensayo negro», una especie de clasificación subgenérica tomada de un ensayo de Juan José Sebreli sobre Correas. La característica del ensayo negro, según la interpretación de Grieco, es la de «demoler una reputación». En Apparatchikis la reputación en cuestión es la de un partido más o menos reconocible de la izquierda argentina.

El ensayo negro, como todo ensayo, linda con bordes de la no-ficción, lo biográfico y lo argumentativo; en este caso, desde la ficción, estamos ante una novela que explica y baja línea a la par que narra y pone en juego ambas dimensiones, la argumentativa y la (auto)biográfica. El resultado, desde lo narrativo, no es siempre convincente pero la singularidad riesgosa del planteo destaca a Apparatchikis en el páramo de limones exprimidos de la literatura del yo.

Como su mismo título indica, Apparatchikis toma como problemática central el quiebre existencial de un «aparato» (mención aparte: la deshumanización del sujeto en la jerga) partidario de izquierda en uno de los espacios característicos del trotskismo vernáculo: la universidad. Lejos de la parodia de «pibe trosko», como se intentó caracterizar a los dirigentes universitarios del trotskismo en los años del kirchnerismo, el narrador de Apparatchikis contiene en su crisis personal y política muchas de las contradicciones de la militancia post 2001, esa herida al sistema que se cerró con torniquete pero sin cicatrizar.

La peripecia política del apparatchik Darío Castelví, alter ego bastante evidente de Mario Castells, tiene como escenario un partido ficticio de la izquierda trotskista pero identificable con ciertos referentes históricos. La crisis que atraviesa el partido tiene coordenadas reconocibles en el desajuste que generó el kirchnerismo, como emergencia política de la coyuntura, en algunos partidos de izquierda que teclearon en su caracterización y, en consecuencia, en su posicionamiento frente a él.

Darío es trasladado de una regional rebelde a la dirección nacional en Rosario a la regional de la Facultad de Filosofía y Letras en Buenos Aires. Este escenario que ha alimentado la narrativa de los escritores-críticos (me refiero a los que ficcionalizan a la vez que hacen crítica literaria) contextualiza aquí el universo cotidiano de cuadros medios de la izquierda, un espacio familiar para el ambiente universitario pero de poco recorrido en la literatura. Y lo hace con una estética de la representación que recupera lo impugnado por la teoría literaria post-estructuralista: el realismo. Por eso, Apparatchikis abre con la dedicatoria a la «novela monstruo» de Benesdra, parámetro político y estético de Castells.

En esta facultad, antes que escritores y críticos, rumbean militantes alejados de la disciplina bolchevique por una estructura partidaria en crisis que los dispone para su lumpenización. Además de actuar en el frente universitario en un contexto de fuerte cuestionamiento hacia su dirección política, los personajes, una suerte de «detectives salvajes» de la lumpen-academia argentina, deben militar la campaña electoral de su partido revolucionario en el teatro de la política burguesa y con una línea oportunista y conciliadora.

Esto se evidencia en uno de los primeros parágrafos de la novela que es, justamente, una reunión de equipo en la que supuran las diferencias, los conflictos y la desconfianza entre el recién llegado (Castelví) y sus nuevos compañeros.

Allí el narrador conoce a Virginia, con quien mantendrá un vínculo erótico pero, enlace prototípico entre Eros y Thanatos, tensionado por el consumo constante de cocaína; esta tensión de sexo, drogas y trotskismo lumpen es, de hecho, uno de los motivos recurrentes de la novela. En este sentido, el narrador es autodestructivo antes que canalla, o en todo caso, los gestos de machismo residual que en alguna ocasión destila, gangrena de sus propias heridas.

En consecuencia y a diferencia de las novelas anteriores, en las que la utopía política era superada por el cinismo o el derrotismo, esta novela sí permite una salida más abierta a una perspectiva revolucionaria; eso tiene que ver tanto con la etapa histórica que la atraviesa como con la voluntad del sujeto representado.

Por un lado, Castelví nunca termina de volverse un «fundido», mucho menos un reventado o un «ex» trotskista. Por otro, además, el año 2001 permanece como una evidencia latente de que «el fin de la historia» aún no cerró.

Si en los noventa el neoliberalismo era la confirmación de la caída del muro y la cancelación de cualquier modelo alternativo al capitalismo; si en los setenta la violencia de la dictadura canceló cualquier posibilidad, así fuera angustiosa u oportunista, de la política; en cambio, el desarrollo de los movimientos sociales alrededor de 2001 tiñó a la sociedad argentina de una cultura política dinámica y con un mayor margen de maniobra ante la hegemonía liberal-burguesa, aunque el régimen de gobierno no se hubiera modificado sustancialmente.

Sobre ese margen de maniobra opera el trotskismo aspiracional de Castelví (y de Castells también) como un horizonte abierto, más difuso, pero es por eso mismo que no se cancela en torno a los apparatchikis.

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Lo personal es político

«La fisura se para sobre el desencanto», dice uno de los personajes de Apparatchikis, y en esta sentencia asocia los dos niveles de los que traté de dar cuenta aquí: los de la crisis política acompañada o causante de la moral y personal. La autobiografía es entonces una jugada límite en el ajuste de cuentas político.

Se trata, en todos los casos, de novelas en extremo personales y que a través de ese gesto autobiográfico, a través de la exposición de sus propias laceraciones, pasan factura a la historia, a la política, al partido. Como puede verse, es una apuesta riesgosa, no solo por la exposición que implica la autobiografía sino también porque el otro borde del descanto es el nihilismo, la negación de la política.

En otras palabras, estas novelas corren el riesgo, en primer lugar, de exponer los límites del sujeto de la política; el militante, que –revolucionario o no, dirigente o base– encarna la política, es aquí un sujeto quebrado. En segundo lugar, porque la demostración de la política, de su quehacer cotidiano a través de esos sujetos, la expone como una caja resonancia de los mismos conflictos sociales. Por eso, la promesa de transformación social que contiene el ejercicio de la política está puesta en cuestión o, en el caso de Apparatchikis, queda diferida.

No es menor que el campo semántico que se forma en torno al militante esté repleto de términos como reventado, fundido, apparatchik, delirante, «elucubrador talmúdico». Todo esto para distintas esferas de la expresión política en la Argentina, como el peronismo, el trotskismo y el amplio espectro gris del progresismo.

Sin embargo, este primer relevamiento de las novelas de la militancia dibuja una traza, cerrada aquí con Apparatchikis, que termina rescatando la política aunque no los modos de hacerla. En el post 2001, se amplía el margen de maniobra para la militancia que los noventa parecían haber cerrado, pero deja latente una deuda que tal vez esté siendo planteada recién en los últimos años: la de una reeducación «sentimental» de las estructuras y los sujetos, orientada a explicar lo personal en lo político.

Bebitos que sí y bebitos que no

Hace ya un año, Mariana Rodríguez Varela lidera una campaña en contra del derecho al aborto acompañada de su bebito de yeso. Convocó a una marcha por el “Día del Niño por Nacer”, pero parece que se olvidó de un par de bebitos.

Allá por marzo de 2017 la conocimos. Con un video en Facebook que se hizo viral, Mariana Rodriguez Varela presentaba su campaña. “Quiero pedirte, quiero rogarte que este mensaje viaje y vuele por todo el país. Este es el mes de marzo, el mes del niño por nacer. Quiero pedirte que pongas al bebito en tu agenda”, decía con una figura de un bebe en su mano.

Invitaba a la gente a poner carteles “a favor de la vida” en balcones, negocios, lugares públicos. Pedía a la gente que se comunicara con ella para conseguir los stickers, los folletos, los bebitos y todo su merchandising.

Bebito
El bebito en un balcón del barrio de Recoleta

El 1 de marzo de este año, cuando Mauricio Macri inauguró las sesiones en el Congreso de la Nación, nuestra querida “loca del bebito” estuvo presente. Corrió el auto presidencial casi una cuadra para mostrarle el bebito a Macri y luego subió videos a sus redes en los que festejaba su accionar.

Pero parece que esta justiciera, esta defensora de los derechos del “niño por nacer” se olvidó de ciertos bebitos. Mariana es hija de Alberto Rodríguez Varela, quien fuera Ministro de Justicia durante la última dictadura cívicomilitar a cargo de Rafael Videla. Varela era tan cercano al represor que incluso fue su abogado durante el Juicio a las Juntas.

En el año 2008, pidieron la detención de Varela, quien también fue Fiscal federal durante los dos primeros años de la dictadura.

Otra vez, en 2012, el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata pidió su detención bajo acusación de tormentos y de privación ilegítima de la libertad a la familia Gravier, ya que varios testigos habían declarado que él solía presentarse en Puerto Vasco, el centro clandestino de detención donde habían sido torturados.

En diciembre de ese año, la Academia de Derecho y la Académica de Ciencias Morales lo defendió mediante un comunicado en el que dijo que pedir su detención era una venganza.

«Ha hecho demostración a lo largo de su vida pública y privada de respeto irrestricto a valores éticos y morales que lo enaltecen. Es imprescindible que la acción de la Justicia quede alejada de objetivos de venganza o represión ideológica».

Al parecer, Rodriguez Varela (padre) fue quien inspiró a su hija para luchar por la vida de los bebitos. En el año 2006, participó de una publicación de la  Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas titulada El “Derecho Humano” a la vida, durante su desempeño como Vicepresidente de la Junta Directiva de la institución.

“El óvulo fecundado es, pues, un individuo de la especie humana que debe ser tratado como persona, con todo lo que ello significa jurídicamente en cuanto al reconocimiento de derechos que le son inherentes y que derivan del orden natural objetivo”.

En el año 2015, también participó de un encuentro en la Academia Nacional de Medicina donde hablo sobre este tópico.

«Provocar la muerte, de modo directo –en cualquier segmento de su vida– de un ser humano inocente, es un grave acto moral y jurídicamente ilícito. En lenguaje común: un homicidio».

Lo llamativo es que Mariana, a pesar de ser una ardua defensora de los derechos del niño por nacer, jamás haya repudiado el accionar de su padre. Al parecer, se olvidó de que hubo bebitos a los cuales el gobierno de facto al que pertenecía su padre no defendió. Esos que nacieron en los centros clandestinos durante el período en que Varela era Ministro de Justicia.

Ambos se olvidaron de todos esos bebés a los que les quitaron el derecho a la identidad, a quienes arrancaron de sus madres y les robaron parte de su historia. Se olvidaron de todas esas vidas que arruinaron “en nombre de la Patria” y que aún hoy en día siguen siguen sin conocer su identidad ni sus familias.

Parece que la cosa funciona así: están los bebitos «buenos», aquellos que en realidad son embriones y no nacieron, y los bebitos “malos”, aquellos ya nacidos de madres ”subversivas”, “montoneras” que “algo habrán hecho”, y que por eso no merecen que los Rodriguez Varela peleen por sus derechos.

 


Fuentes
La Nación
Pagina 12
La Izquierda Diario
Acerca del comienzo de la vida humana – ANCMYP
El «derecho humano» a la vida – ANCMYP

¿Querés ver genocidas sueltos? Veraneá en La Feliz

A finales de 2017, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 6 le otorgó la prisión domiciliaria a Miguel Etchecolatz. Repasamos quién es y repudiamos sus días de paseo por Mar del Plata.

Miguel Osvaldo Etchecolatz fue, durante la última dictadura cívicomilitar, el Director de Investigaciones de la Policía Bonaerense. Coordinó los grupos de tareas (encargados del secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de personas) y los 21 centros clandestinos de detención de la provincia de Buenos Aires, conocidos como el «Circuito Camps» (en alusión a Ramón Camps, jefe de la policía bonaerense de ese entonces).

Junto a Camps, estuvo a cargo de la Noche de los lápices: el secuestro organizado de estudiantes secundarios en septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata. Solo cuatro de los secuestrados lograron sobrevivir, y seis permanecen desaparecidos al día de hoy.

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Izq. a der.: Daniel A. Racero, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Francisco Lopez Muntaner, Claudio de Acha, María Claudia Falcone.

En el año 1986, Etchecolatz fue condenado a 23 años de prisión en el marco de la Causa Camps, como responsable de 95 delitos de tormentos. En 2004, fue condenado a 7 años de prisión en la Causa Sanz, por la supresión de la identidad de Carmen Sanz, hija de desaparecidos. En esa causa se le otorgó el beneficio de la prisión domiciliaria por primera vez, que luego le sería revocado por tener un arma de fuego en su domicilio.

A fines de la década de 1990, se iniciaron los Juicios por la Verdad. Fue entonces cuando Jorge Julio López se presentó a declarar en calidad de testigo en los juicios llevados a cabo en La Plata. López había sido secuestrado durante la dictadura y permaneció detenido en varios de los centros clandestinos a cargo de Etchecolatz.

En el año 2006, tras la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, Miguel Etchecolatz fue el primer genocida en enfrentarse a un juicio oral. Se lo condenó a prisión perpetua por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura y, por primera vez, se usó el termino «genocidio» en una condena de este tipo.

Durante este juicio, conocido también como la Causa Etchecolatz, Julio Lopez se presentó a declarar en tres oportunidades, la última en junio de 2006. El 18 de septiembre de 2006 fue el último día en que se vio a Julio Lopez con vida, quien al día de la fecha permanece desaparecido.

En el año 2014, Etchecolatz fue condenado nuevamente junto a otras 14 personas que intervinieron en el centro clandestino de detención «La Cacha». En el marco de ese juicio, Leo Vaca, fotógrafo de InfoJus, tomó una foto donde el genocida tiene un papel en su mano, en el que se lee «Jorge Julio López. Secuestrar».

 

En marzo de 2016, se lo volvió a condenar a cadena perpetua por el secuestro y la desaparición  de Daniel Favero y María Paula Alvarez. Al sumarse las cuatro sentencias anteriores, se le unificó una reclusión perpetua.

En diciembre de 2017 fue beneficiado con prisión domiciliaria debido a su «delicado cuadro de salud», sumándose así a los casi 600 genocidas que gozan de este beneficio. Desde entonces,  reside en su casa en el Bosque Peralta Ramos, en Mar del Plata, donde vive también una de sus víctimas.

A pesar del repudio de vecinos, organizaciones de Derechos Humanos y distintos movimientos políticos, el represor, genocida y torturador transcurre sus días en la comodidad de su casa. Incluso, el pasado domingo 21 de enero se lo vio mientras era trasladado a la Clínica Colón sin siquiera estar esposado.

La única casa de un genocida es la cárcel. Pero parece que, por ahora, los dejamos veranear en La Feliz.


Fuentes:
La Izquierda Diario
Página 12
Diario Veloz
Agencia Paco Urondo
Perfil

Radiografía de un represor: «Astiz»

A raíz del fallo de la corte suprema de justicia que aplicó el 2×1 a Luis Muiña, condenado por crímenes de lesa humanidad en el Hospital Posadas, la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad analizó la situación y concluyó que más de la mitad de los condenados sentenciados están en condiciones de pedir el beneficio del 2×1 y quedar libres.

Alfredo Ignacio Astiz, «el ángel de la muerte«, es uno de ellos. Está implicado en dos causas internacionales: uno por el asesinato de Dagmar Hagelin y otro por el secuestro de las monjas francesas. Secuestró, torturó y asesinó, pero eso es lo único que le enseñaron a hacer y lo único para lo que fue bueno.

Nació en Mar del Plata, un 8 de noviembre de 1950, tiene 66 años. Una edad que se acerca a la que tenía una de las monjas francesas cuando fue secuestrada, torturada y asesinada en uno de los vuelos de la muerte. Todo planificado y comandado por él.

«Gustavo Niño» fue el nombre ficticio que utilizó para infiltrarse en la Iglesia de la Santa Cruz, lugar donde se reunían las madres y familiares de desaparecidos en aquel momento. Él se hizo pasar por un hermano de desaparecido. Su nombre ficticio llegó a aparecer en una lista de una solicitada del diario La Nación reclamando la libertad de sus familiares.

Entre el 8 y 10 de diciembre de 1977 se llevaron, en total a 12 personas. Fueron 12 nombres que él indicó luego de pasar 6 meses como infiltrado. Fueron 12 personas que él condenó a muerte.

Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce, las tres madres fundadoras de la naciente organización «Madres de Plaza de Mayo».

Alice Domon y Léonie Duquet, las dos monjas francesas.

Ángela Auad, Remo Berardo, Horacio Elbert, José Julio Fondevilla, Eduardo Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo, activistas por los derechos humanos.

El destino fue la ESMA, en el altillo escondido del casino de oficiales llamado «capuchita» se encuentra una prueba judicial. Son cinco números tallados en  la capa de pintura que estaba cuando era un centro clandestino. Cinco números. Sólo le falta uno para ser el del teléfono del convento de la Iglesia de la Santa Cruz.

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Debido al escándalo internacional con el gobierno francés, los militares decidieron atribuirle su secuestro a los Montoneros. Pero el detenido que pintó la bandera dibujó un círculo perfecto en vez de un óvalo como realmente es el logo. Nadie les creyó, tuvieron que acelerar el proceso de desaparición de las víctimas.

Los testimonios de los sobrevivientes que estuvieron en la ESMA indican que las mantuvieron poco tiempo en el centro clandestino.

El 20 de diciembre de 1977 comenzaron a aparecer cuerpos con las manos y piernas atadas, algunos con capuchas. Los vecinos pensaron que se trataba de un naufragio. Los enterraron como NN, o en una fosa común. Guardaron silencio.

En agosto de 2005 el Equipo Argentino de Antropología Forense analizó los NN que se encontraban en el Cementerio de General Lavalle.

99,92 por ciento fue la compatibilidad de uno de los restos con los familiares de Léonie Duquet.

«Fracturas múltiples a nivel de miembros superiores e inferiores y cráneo, compatibles con la caída desde altura contra una superficie dura que podría ser el mar», dictó el informe del Equipo Argentino de Antropología Forense.

Astiz es rubio y tiene ojos celestes, por eso las madres lo apodaban «rubito» cuando era jóven, por eso parecía un ángel. Aunque estaba muy lejos de serlo.

«—Usted los secuestraba y torturaba.

-Yo nunca torturé. No me correspondía ¿Si hubiera torturado si me hubieran mandado? Sí, claro que sí. Yo digo que a mi la Armada me enseñó a destruir. No me enseñaron a construir, me enseñaron a destruir. Sé poner minas y bombas, sé infiltrarme, sé desarmar una organización, sé matar- Todo eso lo sé hacer bien. Yo digo siempre: soy bruto, pero tuve un solo acto de lucidez en mi vida, que fue meterme en la Armada.» 

Alfredo Astiz en una entrevista con Gabriela Cerruti (1998).


Fuentes utilizadas:

https://www.pagina12.com.ar/35762-via-libre-para-la-patota-de-la-esma

https://www.clarin.com/ediciones-anteriores/identifican-restos-monjas-francesas_0_H1wZfAwyAFx.html

http://www.fernandopeirone.com.ar/Lote/nro068/Astiz.htm

Entrevista completa con Gabriela Cerruti:

Alfredo Astiz: «No me arrepiento de nada»

 

 

Los pañuelos blancos cumplen 40 años

Las Madres de Plaza de Mayo celebran su lucha rememorando el largo camino hasta hoy en ese lugar que tanto les pertenece, acompañadas por la mayor parte de la sociedad argentina y siempre de la mano de diversas actividades culturales.

«Nosotras solamente queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos. Angustia porque no sabemos si están enfermos, si tienen frío, si tienen hambre. No sabemos nada. Y desesperación, señor, porque ya no sabemos a quién más recurrir: consulados, embajadas, ministerios, iglesias, en todas partes se nos han cerrado las puertas. Por eso les rogamos a ustedes, son nuestra última esperanza, por favor, ayúdenos», pronunciaba una madre desesperada a un periodista.

Fue un sábado 30 de abril de 1977 cuando Azucena Villaflor propuso que todas las madres, unidas por la misma esperanza de encontrar a sus hijos, marchasen juntas a Plaza de Mayo en busca de una respuesta que nunca llegaría.

Para diciembre de ese mismo año, en forma de mensaje para todas las integrantes de esta organización que recién se estaba iniciando, Alfredo Astiz, «el ángel de la muerte», junto al grupo de tareas 3.3.2, se ocuparon de secuestrar, torturar y desaparecer en los llamados «vuelos de la muerte» a las tres madres fundadoras: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce de Bianco; a dos monjas francesas: Alice Domon y Léonie Duquet; y a siete activistas de derechos humanos.

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Solicitada que anunciaba las desapariciones de las madres. Nunca fue publicada.

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Otros materiales emblemáticos se pueden encontrar en: http://www.memoriaabierta.org.ar/materiales/emblematicos/interior.php?tema=MADRES&selTema1=MADRES

Aún así, no bajaron los brazos y siguieron con su lucha que se volvió cada vez más fuerte, hasta ser reconocidas en el mundo como el organismo de derechos humanos más importante de Argentina.

Madres libres, nunca esclavas

Hoy a las 18 hs. tendrá lugar en la Biblioteca del Congreso la inauguración de  una exposición que recorre los 40 años de lucha de las Madres a partir de diversas imágenes, algunas de ellas inéditas. Además, se exhibirán algunos objetos históricos que representan la historia de la Asociación.

La muestra fotográfica «Las madres libres, nunca esclavas» podrá visitarse hasta el 25 de Mayo ya que intentará unir, en términos simbólicos, la lucha de las Madres por la liberación de los pueblos con aquella que protagonizaron los revolucionarios de 1810.

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A lo largo de sus 40 años de existencia, las Madres participaron activamente, como aquellos patriotas de 1810, de la lucha por la liberación de los pueblos: no hubo conflicto que no las tuviera presentes. Después de 207 años de la Revolución de Mayo, las Madres llevan adelante una revolución apasionada que, día a día, nos hace más libres, dignos y soberanos.

«El pañuelo blanco se convirtió en un emblema mundial de rebeldía, coraje, valentía y dignidad.»

 40 años de lucha

El domingo 30 de abril, la intensa jornada por la conmemoración de su lucha va a comenzar a partir de la 13 hs., donde lo primero que se va a poder percibir será un gigantesco muro con los rostros de los desaparecidos colgado en la Plaza de Mayo, en reconocimiento a la lucha revolucionaria de los 30.000.

A las 13:30 hs., el Coro CUMPA les dará la bienvenida a las Madres interpretando algunos temas de su repertorio.

A las 15:30 hs., las Madres marcharán alrededor de la Pirámide, acompañadas por miles de personas. Será un momento histórico, 40 años después de su primer encuentro en la Plaza.

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Además, durante toda la celebración habrá distintos shows musicales: Ignacio Copani, Pablo Riquero, la Murga La Que Se Viene, el grupo de percusión CAFUNDÓ y, en el cierre, Bersuit Vergarabat Oficial.

Intercalando cada presentación musical, se brindarán algunos discursos políticos, a cargo de Demetrio Iramain (Director de la revista de las Madres “Ni un paso atrás”), Carlos Cuevas (La Puiggros), Walter Correa (Secretario general del Sindicato de Obreros Curtidores y referente de la Corriente Federal de Trabajadores), y Hebe de Bonafini (Presidenta de la Asociación).

Además, las Madres les entregarán el pañuelo blanco, su máxima distinción, al periodista y abogado Pablo Llonto, y a la organización italiana Kabawill, grupo de apoyo y acción política con sede en Pescara que también las acompañó ayer,  jueves, en su marcha número 2037 por la Plaza de Mayo.


Fuentes:

http://madres.org/

http://madresfundadoras.blogspot.com.ar/

http://www.memoriaabierta.org.ar/materiales/emblematicos/interior.php?tema=MADRES&selTema1=MADRES

http://www.bcnbib.gov.ar/469/Madres-libres-nunca-esclavas.html#full

DesArmada

Hoy me llamó mi papá. Llegó bien, pero tenía una mala noticia. Se la olvidó ¡Se la olvidó! La dejó acá en casa, en el cajón, ¡En mi habitación! ¡Donde duermo! Me dijo que tendría que tenerla hasta que volviera de nuevo a Buenos Aires, pero solo Dios sabe cuánto falta para eso. Suele venir una vez al mes, dos como mucho, y ahora él está a 800 kilómetros, y yo acá, encerrada con la “cosa” esta. No sé qué hacer. Ya sé que me dijiste que la ignore, que no la toque, pero siento que la van a venir a buscar. Mi papá la compró para su protección después de que lo amenazaran para que se echara atrás y él no lo hiciera. Saben quién soy yo, ¿Y si vienen acá?
No, por favor, no me dejés sola, ya sé que no puede hacer nada ahí en el cajón pero yo me siento… Bueno, bueno, está bien; entiendo.
Mi papá me dijo que me calmara, que ellos a mí no me van a venir a buscar, que la cosa es con él, que lo amenazaron a él y le pegaron a él, que todo queda ahí, en La Pampa. Acá en Buenos Aires soy intocable. O al menos eso me dice él. Me dijo que no la toque, que no sea boluda. No es que sea curiosa, pero cuando me acuesto puedo sentir el frío del acero, el peso, en paralelo a mi cabeza, en el cajón de la mesita de luz. Yo no sé bien porque algo tan pequeño, tan inerte, puede producir tanto miedo cuando se lo tiene cerca. No, no te preocupes, no la toqué. Abrí el cajón una vez para ver si estaba, no se había movido.
Pasé el fin de semana sola acá y no pasó nada: estudié como siempre, pedí una pizza, capaz tenés razón, soy una paranoica. Voy a bajar un cambio.
La facu está tomada, a veces voy a llevarles café a mis compañeros para acompañarlos, pero no tiene nada que ver con militar. Es que en casa la soledad me abruma. Quedate tranquila, yo me quedo callada y nadie sabe lo que opino. Ahora cuando llegue a casa voy a revisar que esté todo bien y le avisó a papá.
Todo bien. Se me ocurrió poner alguna ropa encima pero después pensé que podía pasar una tragedia si a alguien se le ocurría abrir mi cajón para buscar una remera y de repente la encontraba; no, nadie se queda a dormir a casa, pero qué se yo. Lo llamé a mi papá para avisarle, no está muy bien, pasa noches enteras revisando archivos y expedientes, buscando alguna fisura en la cual meterse. Es tan feo lo que le hicieron. Al principio lo admiraba, implacable denunciando a todos públicamente, decidido a hacer justicia por él, por sus amigos, pero después de que entraran a casa y le pegaran no es el mismo. Se consolaba pensando que lo agarraron estando solo, ¡Imaginate si estaba yo! Pero el golpe fue duro, intentaron llevárselo y no pudieron, y yo, tan lejos, absolutamente incapaz de ayudarlo. Y después de eso se compró el revolver, nadie estaba de acuerdo, pero él estaba convencido de que era lo mejor ¡Y ahora se la olvidó en casa! ¿Podés creer? Te juro que me supera. ¿Y si lo atacan y él no tiene nada con que defenderse?
Hoy se me ocurrió tomarla en mis manos, solo para ver si era tan pesada como se veía. No es como en las películas, que se ven livianas y el protagonista desenfunda ágilmente y mata de un solo tiro: no, es pesada, mis manos se sienten temblorosas abrazándola, ni sé cómo sacar el cargador, pero papá me mostró hace un tiempo donde está el seguro y pude comprobar que no se puede disparar sin querer. Pero estoy totalmente segura de que está cargada.
Papá me dijo que no sea boluda, que no la toque, que no me haga la viva. Él también está paranoico, irascible. Estoy segura que esto es mucho más que miedo: es bronca, es impotencia. Me dijo que me cuide cuando vaya a la facultad, que ande siempre en grupos y me cuenta que siguen llegando amenazas, sigue faltando gente de su círculo y la angustia de papá se sigue acumulando, así como se le acaban los recursos. Su abogado vive con él, así de comprometidos están ambos en la causa.
La facu últimamente está llena de policías, por lo que nos reunimos con mis compañeros en casas prestadas a estudiar y hablar en general. Dicen que están echando docentes y que tenemos que protegernos entre nosotros, pero yo no sé bien cómo aportar, a veces creo que estoy para llenar la silla nada más, perdida un poco en mis pensamientos…
Y… sí, un poco me incomoda llegar a casa sola y saber que está ahí.
Creo que alguien intentó entrar a mi casa. El arma estaba en el cajón como siempre pero había unas marcas en la puerta, creo que intentaron forzar la cerradura o algo así. Papá me dijo que llame a la policía, pero nadie me da bola. Dicen que no es nada ¡No lo digas vos también! ¿Y si me encontraron? Papá no cree que eso sea posible, pero mi dirección está en mis datos de la facultad y saben quién es mi papá… ¿Y sí…?
Quizás papá me contagió un poco de su paranoia…
Ayer llegué a mi casa y la cambié de lugar, la puse adentro de una caja en el placard, si alguien estuvo en mi casa, tengo que cambiarla de ubicación, para mi seguridad.
Sí, es cierto, me volví a juntar con los chicos de la agrupación. No, no estoy intentando evitar mi casa. ¡Si puedo dormir con eso en mi casa tranquilamente también puedo estar! Bah, la verdad es que no estoy durmiendo bien. Papá me dijo que ya falta poco para que vuelva, así que despreocupate, cuando venga se la lleva y yo vuelvo a estar bien. Me pone nerviosa todo esto, nada más.
Contestame por favor, ya sé que es tarde, pero te juro que la movieron, me desperté con ganas de ir al baño y abrí la caja y estaba movida. No, no fui yo, te juro alguien estuvo en mi casa.
La moví otra vez de lugar. No te voy a decir a donde, por la seguridad de ambas.
¿Che, está noche puedo quedarme en tu casa? Tengo miedo. Siento que estuvieron en mi casa otra vez.
Parece que todo está más tranquilo, papá me dijo que en una semana estaba acá, finalmente, porque te juro que no aguanto más. Ya ni sé cuántas veces la cambié de lugar, revisé el seguro, me quedé toda la noche despierta con la policía en marcado rápido.
Hace un par de días que papá no me contesta el teléfono. ¿Habrá pasado algo? Capaz volvieron a entrar a casa y él de vuelta indefenso, y ahora está en el hospital y mi familia no me quiere preocupar, estando tan lejos. ¿Lo habrán matado? No puede ser, no me esconderían una cosa tan grande, pero algo pasó, estoy segura. ¡No me digas más que me calme! ¿Qué sabés vos por lo que estoy pasando?
No, no voy a ir a tu casa, me cansé de tu hipocresía, pensé que eras mi amiga. Pero vos, igual que todos me tratás de loca, como si esto fuera una telenovela en mi cabeza. ¡Mi familia está a 800 kilómetros y yo acá esperando siempre lo peor!

Mi papá me llamó, me dijo que me calmara, que en tres días está acá y que me iba a cuidar, pero no me dio más detalles. Perdón si reaccioné mal, pero de verdad estoy muy consternada y, encima, no me dijo si le pasó algo o no. Todo esto es muy raro. Necesito que me acompañes.
No sabía a quién más llamar. Nadie me contesta. Ayer llegué de una reunión de la agrupación y no está, no la encuentro. ¿¡Cómo me podés decir que me olvidé donde la guarde!? Si, la cambié de lugar varias veces pero la última vez la dejé en una caja abajo de la cama ¿O la metí en el baño? No, no estoy durmiendo bien. Pero tenés que creerme ¡Alguien la agarró! ¡Mi papá no me contesta! No me cortés, no por favor, ¿Podés venir a casa? ¿O yo voy a…? ¿Hola? ¿¡Hola!?
Era de noche, el aire estaba espeso, como si el verano se estuviera aferrando a un último atisbo de vida antes de morir. Llegué a mi casa. La cerradura hizo un ruido raro. La luz de la habitación estaba encendida. Quise volver sobre mis pasos, huir, pero una mano me atajó al voltearme y un guante de cuero ahogó mi grito. Llevaban pasamontañas, todos vestidos iguales. Vi dos, pero escuché una tercera voz diciendo “ésta es la última”. Pude verla, en todo su esplendor, el revolver de mi papá, empuñada por otra mano enguantada. Cerré los ojos. Sentí el frío del cañon en la sien. Yo tenía razón.

Se comunica a la población que a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones. Firmado: Jorge Rafael Videla, Teniente General, Comandante General de Ejército; Emilio Eduardo Massera, Almirante, Comandante General de la Armada; Orlando Ramón Agosti, Brigadier General, Comandante General de la Fuerza Aérea.

Octavia – Relatos

La revolución viene oliendo a jazmín

María Victoria Walsh era Hilda para los enemigos y La Cabezona para los compañeros. Norma Arrostito se hacía llamar Irma o La Gaby, pero a veces le decían Gaviota. Ambas, guerrilleras de altos cargos en Montoneros. Ambas murieron en la lucha por la justicia social. A 41 años de la última dictadura cívico-eclesiástica-militar, sus historias son testimonio de la irrupción de la mujer en la política y la lucha armada.

En la mañana del 29 de septiembre de 1976, María Victoria Walsh, responsable de Prensa Sindical de Montoneros, y Alberto Molina Benuzzi, Secretario Político de la misma organización, subían a la terraza de la casa ubicada en la calle Corro al 105, en el límite entre los barrios porteños de Villa Luro y Floresta. En la planta baja, Guillermo Amarilla, Ismael Salame y José Carlos Coronel, responsables de diferentes frentes, contenían el fuego de los 150 militares que rodeaban la manzana.

“Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía», contó después uno de los soldados a Rodolfo Walsh, padre de Victoria y miembro de  la agrupación Montoneros.

Después de una hora y media de enfrentamiento, una frase dicha con voz de mujer, que pesaría por siempre en la memoria de los testigos, acabó con la lluvia de balas: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Acto seguido, Victoria y Molina se apoyaron sus fusiles en la sien y gatillaron.

Norma Arrostito, en cambio, murió dos veces. La Gaby fue la única mujer parte de la línea fundadora de Montoneros. El 2 de diciembre de 1976, el gobierno de facto decidió fingir su asesinato para desmoralizar a sus compañeros. Los medios la contaron entre los muertos de una emboscada en Lomas de Zamora, pero las fuerzas del Estado habían fusilado a otra mujer para montar la escena frente a los vecinos.

El 15 de enero de 1978, murió en la que solía ser la Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada (ESMA). Los sobrevivientes del centro clandestino de detención aseguran que murió por envenenamiento, pero los militares siempre sostuvieron que falleció por causas naturales. Tras un año de encierro, de torturas y de utilizarla como trofeo de guerra, no pudieron sacarle información útil.

Los años 60 y 70 sorprendieron al mundo con la irrupción de la mujer en el mercado laboral, en los ámbitos estudiantiles, en los movimientos políticos y sociales. La sociedad moderna delimitaba claramente el rol femenino: ocuparse de la casa y de la crianza de los hijos, acudir donde hubiera una “falta”. Lo doméstico, el silencio, la sumisión y la fragilidad eran sus signos. Sin embargo, las imágenes de las guerrilleras con un fusil al hombro distan mucho del ideal de mujer delicada y obediente. Fue una época bisagra, marcada por el genocidio y la represión, que empujó a las mujeres a ocupar nuevos espacios y a redefinirse.

 

Mujeres en armas: las nuevas soldadas

“Cuando me están torturando, el milico me dice que tenían a Norma Arrostito, que en la ESMA estaban todos. Yo le dije que no, que a Norma la habían matado”, relató Graciela Daleo, una de las testigos en los Juicios a la Junta Militar de 1985.

“¿A quién querés ver?”, le preguntó el militar a Daleo, para demostrarle que «los tenían a todos».

“A la Gaby”.

“No, no, no. Ahora no puede bajar porque está con ruleros”.

“No está Gaby porque no usaría ruleros”.

Los dos primeros gobiernos peronistas implementaron políticas que reconocían el rol social de las mujeres más allá del hogar. La Ley de Sufragio Femenino, aprobada de forma unánime en 1952, la participación de Evita en las cuestiones de Estado y como conductora espiritual, la creación de espacios sociales y políticos para mujeres. Fueron medidas de peso, pero el cambio era muy gradual. El sujeto político femenino recién comenzaba a gestarse.

Para 1970, la revista cubana Cristianismo y Revolución publicó una entrevista a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en la que preguntaba por la participación femenina en sus filas. La organización contestó: “La mujer tiene que tener el mismo grado de participación que el hombre en todos los procesos de la sociedad y, sobre todo, en el proceso de cambiar una sociedad que la ha sumergido en una situación de marginación y dependencia”.

La igualdad entre hombres y mujeres se fue incorporando al discurso de las organizaciones armadas, a medida que las guerrilleras eran más y tomaban más responsabilidades. Según el estudio La participación femenina en la guerrilla argentina, de Xavier Vilar, Montoneros contaba con tres mil mujeres. Es decir, representaban el 30% de sus militantes. En el Partido Revolucionario de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), el porcentaje se elevaba al 40%, con un total numérico de 2 mil militantes.

Sin embargo, el camino se mostró dificultoso para las mujeres. Lejos de intercambiar roles, se sumaron nuevos. La maternidad y la casa seguían siendo sus obligaciones, al mismo tiempo que se cargaban a la espalda la responsabilidad de parir una patria nueva.

 

Ser mujer, madre y militante

A Victoria le decían Vicky los más cercanos, con ternura. Pero Vicky tenía un temperamento particular, bien diferente de lo tierno. Un día abrió de una patada la puerta de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, su patrón. No quería recibirla y decidió entrar por la fuerza en su oficina. Era delegada sindical, trabajo que le interesaba más que el periodismo, hasta que tuvo que dejar el medio porque el director denunciaba a sus trabajadores ante el Ejército.

En la carta que le dedicó luego de su muerte, Rodolfo Walsh la describió como una mujer de “decisiones firmes y claras”. Con ese ímpetu que la caracterizaba, entró en las filas montoneras a los 22 años.

El día de su muerte, acababa de cumplir 26. Una militante había sido detenida un mes atrás y el Batallón de Inteligencia 601 le había arrancado información crucial: en la casa de la calle Corro se reunirían miembros de la Secretaría Política de Montoneros, el 28 de septiembre por la noche.

Victoria era la única mujer presente en esa reunión, acompañada por su hija de un año y dos meses. Las mujeres guerrilleras no tenían muchas más opciones que no fueran incluir a sus hijos en la vida clandestina, llevarlos a sus encuentros, enseñarles a memorizar identidades e historias falsas. Otra opción era dejarlos a cargo de los abuelos o de amigos, lo que significaría compartir poco tiempo con ellos. El esposo de Victoria, Emiliano Costa, había caído preso a principios de 1975 y no habían vuelto a saber de él desde entonces.

Durante la balacera, Victoria dejó a su hija debajo de un colchón en el baño, a sabiendas de que no iba a volver a buscarla. El Ejército la encontró luego y la entregó al padre de Costa.

La maternidad en la guerrilla significaba riesgos y responsabilidades siempre mayores para las mujeres que para los hombres. Se calcula que el 30% de los desaparecidos fueron mujeres, un tercio de las cuales estaban embarazadas. Abuelas de Plaza de Mayo estima que alrededor de 500 niños y niñas fueron apropiados durante la última dictadura. Quitárselos a sus madres en los centros de detención clandestina al nacer era una práctica común.

“Montoneros hace una resignificación de la figura materna de la militancia y del planteo de que lo que hay que sostener es una familia, porque los hijos son el futuro y lo que se quiere es una revolución que transforme la sociedad para que las nuevas generaciones vivan mejor”, analizó la socióloga Alejandra Oberti en una entrevista a Página 12. El mandato social que obligaba a las mujeres a ser madres se reprodujo dentro de la organización armada y la tarea de la crianza permaneció dentro de las obligaciones exclusivamente femeninas.

En su investigación, Xavier Vilar recogió varios testimonios de militantes montoneras respecto de su relación con los compañeros. Una de ellas decía que “(la maternidad) implicaba para todas las mujeres una desventaja para nuestros ascensos dentro de la organización, porque muchas veces no podíamos ir a reuniones, o no podíamos disponer para nuestra formación el mismo tiempo que tenían los varones (…) O perdíamos como militantes, o perdíamos como madres”.

Otra exmontonera explicaba: «Las organizaciones no estaban en otro planeta, y pasaba lo mismo que en cualquier otro ámbito. Entonces, la mujer, además de militar igual que un hombre, tenía que ocuparse sola de lo considerado «femenino» (…) A la hora de promoción de los cuadros, se traducía en una discriminación impresionante (…) A pesar de que fue muy difícil ese doble rol femenino y militante, no veo que haya habido otro momento en la historia de cada una en que podamos habernos sentido tan vivas como entonces».

 

Con el fusil en la mano y Evita en el corazón

Norma Arrostito estaba casada con Fernando Abal Medina. Lo conoció en 1966 en la cárcel, luego de haber sido detenida por apoyar a obreros portuarios en huelga. Fue una de las pocas mujeres en llegar a las cúpulas de Montoneros y, por ello, estaba más expuesta. Era más fácil camuflar a un hombre entre varios hombres que a una mujer entre varios hombres.

Fue la única mujer involucrada en el secuestro y asesinato de Juan José Aramburu, la acción que dio surgimiento a Montoneros. Para ese entonces, ya había viajado a Cuba para recibir adiestramiento militar y ya había participado en asaltos de coches y armamento para el ejército revolucionario. Tenía una fuerte formación marxista y se acercó al catolicismo de la mano de Abal Medina.

Para los medios, era una delincuente famosa y peligrosa. En portadas de diarios solía verse su foto al lado de la palabra “DENÚNCIELOS”.

“ESTHER NORMA ARROSTITO. Alias “Irma”, argentina, 30 años de edad, casada. Cutis blanco, 1.62 mts. de estatura”, rezaban los afiches. Esa era Arrostito para los medios de comunicación controlados por el Estado. Cuando murió falsamente en Lomas de Zamora, en las primeras planas se celebraba un nuevo “golpe a la subversión”.

Pero, para sus compañeros, esa mujer era otra cosa.

“Hay una foto de Norma Arrostito (…) tomada durante un acto en el Club Atlanta, en la que ella aparece sonriente y con el pelo suelto, la imagen más acabada de las hijas de Evita. La compañera que se coloca al lado del hombre y comparte con él todos los aspectos de la militancia”, describía Oberti.

En su ensayo, Las revolucionarias. Vida cotidiana y afectividad en los ’70, la socióloga desmenuzó el ideal de mujer que encarnaba la Evita Montonera, “de aspecto frágil pero de voz resuelta, de cabellos rubios que caen sobre su espalda y de ojos afiebrados y gesto sonriente”. La Evita de rodete no podía expresar a la mujer nueva del peronismo. Era necesaria la otra, la que sonreía al viento con el pelo suelto, la militante pasional y entregada a la causa hasta las últimas instancias.

“La organización armada elimina de los discursos los tramos en los que Eva arremete contra las feministas, reenvía a las mujeres a sus casas (…) Así es como son madres-esposas-trabajadoras y herederas de una Evita que encarna plenamente la lucha revolucionaria”, explicó Oberti.

Esa imagen asumió Arrostito frente a los revolucionarios. Por esta razón, cuando fue chupada por el Ejército y llevada a la ex ESMA, se la usó de varias maneras. Era el trofeo de guerra de la Marina frente al resto de las fuerzas. Se la mostraban a los militantes que captaban para quebrarlos. El mensaje era: si la tenemos a Arrostito, están perdidos.

Elisa Tokar, sobreviviente de la ex ESMA, relató sus encuentros con Gaby. Un día, los militares le asignaron a Tokar tareas de trabajo esclavo, que eran a menudo una forma de supervivencia en el cautiverio. Arrostito, al enterarse, le dijo: “Vos sos una perejila, decí que escribís a máquina”. Aún en la tortura, Norma seguía significando apoyo y contención para sus compañeros. Desde el encierro, inspiraba fuerzas para resistir, para no colaborar ni rendirse.

“Para mí, Gaby era todo un símbolo. No era una compañera de militancia, era un símbolo de mi militancia”, afirmó Tokar.