La adolescencia según «Euphoria»

Aunque parezca mentira, el concepto de adolescencia tiene tan solo cien años de uso. Es una idea moderna: no deja de responder a fenómenos culturales que evolucionan junto con las sociedades. Tal vez este sea el motivo por el cual es difícil definir qué se entiende por «adolescente».

Sin embargo, podemos estar de acuerdo en que la adolescencia —o, al menos, lo que popularmente se entiende por este término— es complicada. No es fácil vivirla y es aún más difícil retratarla sin caer en la romantización de sus partes más oscuras ni recurrir a la completa edulcoración de lo que significa pasar por esta fase de mutación, en la que la angustia y la ansiedad parecen tomar total control.

Sin embargo, existen excepciones que triunfan en mostrar la adolescencia con todos sus matices, como es el caso de «Euphoria».

La polémica rodeó a esta producción de HBO desde el estreno de los primeros episodios de su primera y más reciente temporada, ya fuera por su frontalidad a la hora de abordar temas como la adicción, el sexo, los trastornos psicológicos y la pedofilia, como por mostrar numerosos desnudos totales masculinos o incluso por la representación animada de un fanfic erótico con Harry Styles y Louis Tomlinson, ex miembros de la banda One Direction, como protagonistas.

Lo cierto es que no hay medios tintes en la manera en que se abordan los fantasmas a los que se enfrenta cada personaje. Es una serie explícita y cruda, pero se aleja de la glorificación del sufrimiento. Pone el foco en cuestiones que se negaron históricamente, expone las amenazas reales a las que se enfrentan los jóvenes y lo hace con una belleza visual que resulta hasta contradictoria en relación con la oscuridad de lo que se está contando.

La protagonista de «Euphoria» es Rue Bennett (interpretada por Zendaya), una chica de diecisiete años con múltiples trastornos psicológicos que es adicta a los opioides, los cuales consume desde que tenía trece años. Su dependencia de sustancias como el Vicodin (utilizado como calmante derivado de la morfina) la lleva a una sobredosis y, posteriormente, a rehabilitación.

A lo largo de los ocho episodios que componen la primera temporada, la seguimos a ella, mientras intenta recomponer su vida y hacerle frente a su enfermedad, y a sus amigos, quienes a su vez combaten sus propios problemas.

Es imposible criticar la obra a nivel realización y también es difícil usar adjetivos para calificar lo magnética que es. Retoma la estructura narrativa que usa la serie británica «Skins», con la que se la comparó por abordar temáticas similares, enfocando cada capítulo en un personaje mientras desarrolla las otras tramas.

Además, es hermosa desde un punto de vista estético y utiliza la voz en off, los movimientos de cámara e incluso la ruptura de la cuarta pared como recursos narrativos que no suelen verse en series destinadas a un público juvenil. No solo rompe con los esquemas de lo que se espera contar acerca de los modos de vida adolescentes, sino también con la manera en que se suele hacer.

Más allá de lo técnico, hay que reconocer que «Euphoria» ocupa el lugar vacante para invitar a la reflexión sobre una situación que, aunque en el mundo adulto se silencie, coexiste continuamente con los ámbitos en los que se mueven los adolescentes. La droga circula libre y el aumento de las cifras de adicción en los jóvenes lo prueba, aunque se insista en no hablar de eso. Esta serie puede resultar incómoda, pero no se queda en la simple provocación. Muestra la cara más oscura de la adolescencia porque entiende que la prevención no se hace desde la negación sino desde la información.

Por otro lado, «Euphoria» está inspirada en las vivencias del creador de la serie, Sam Levinson, quien pasó la mayor parte de sus años adolescentes entrando y saliendo de hospitales, rehabilitación y casas de transición. Desde hace catorce años no consume drogas. Levinson expresó que «Euphoria» tiene como principal objetivo abrir el diálogo entre padres e hijos acerca de las dificultades que conlleva ser adolescente.

Asimismo, entendiendo que las producciones cinematográficas tienen que ser coherentes con la sociedad en la que se inscriben, la serie intenta estar a la altura de la coyuntura. El elenco es diverso en la representación racial y étnica, en las diferentes corporalidades e incluso en la participación casi protagónica de la actriz, modelo y activista trans Hunter Schafer, quien interpreta a la mejor amiga e interés romántico de Rue.

No hay razones por las cuales no valga la pena darle una oportunidad a «Euphoria», sin importar la edad que se tenga. Es una magnífica primera temporada que anuncia la llegada de una nueva manera de retratar el sufrimiento adolescente: validándolo, exponiéndolo y, sobre todo, entendiéndolo.

A los jóvenes de ayer (II)

Ensayo colaboración de Francisco D’Amore (parte I)


Otra crítica frecuente es su supuesta simplicidad musical. De esta aserción capacitista surge el debate en torno a si la dificultad hace a la belleza en las artes y para tratarlo me permito remontarme primero a 1890, cuando el compositor francés Erik Satie escribía sus primeras piezas para piano, denostadas por el academicismo elitista de la época pero bien recibidas por el público y por sus colegas, lo cual desató una revolución minimalista que terminó fundando el impresionismo musical.

Algunos pasajes armónicos de Satie repetían dos acordes por más de 15 o 20 compases (El Gymnopedie Nº 1 repite los acordes Gmaj7 y Dmaj7 durante los primeros 16 compases). Sin embargo, los famosos preludios de Debussy y Ravel no existirían sin la influencia de Satie y sería osado para cualquiera llamar simplistas a estos compositores.

Si este ejemplo resulta alejado del contexto del lector, estaciono el DeLorean esta vez en 1974, en el barrio de Queens, ciudad de Nueva York, donde un grupo de cuatro jóvenes de clase media baja revolucionan la música popular con el nacimiento de The Ramones. No sólo fueron pioneros en la música y la ideología punk, sino que cambiaron las reglas de la cultura pop influenciando a artistas de todas épocas con su estética y su forma de concebir el arte, todo esto sin usar más de tres acordes por canción que usualmente no salían de la subdominante y dominante (Blitzkrieg bop), y, en el mejor de los casos, siguiendo escalas mayores o jugando con octavas (We want the airwaves).

Que estos grandes artistas hayan logrado revolucionar la historia de las artes con estas obras tan, si se quiere, simplistas no implica que la complejidad y el academicismo sean fútiles, sino que estos tienen que ser una herramienta más de la estética que se quiera mostrar. Satie no buscaba el virtuosismo, buscaba rebelarse contra el elitismo de la música académica del siglo XIX.

Con esto en cuenta, nace la inquietud: si la lírica y la sonoridad los géneros urbanos no son particularmente innovadoras ni complejas, ¿en dónde radica su éxito en las masas?

La clave está en la sencillez con la que su mensaje se transmite a las clases más pobladas. El trabajador y el joven de clase baja por fin encuentran representantes musicales en los primeros puestos de los rankings de lo más escuchado. Artistas que hablan con sus mismos códigos y que entienden sus inquietudes. Una música representativa y sin metáfora, con una literalidad que choca y que, como todo buen arte, incomoda.

Esta literalidad, cuando se tocan temáticas que para ciertos sectores sociales son tabú, desemboca en una explicitación de contenido que la clase acomodada prefiere que se metaforice, como el sexo, la delincuencia y las drogas. Esta acción de incomodar a la élite del status quo hace que dichos géneros sean los más contestatarios de la actualidad y los que terminan representando a las clases vulneradas y a la juventud no escuchada.

La mayoría de las críticas aquí nombradas no son inocentes, sino que tienen un trasfondo purista y clasista. Para muchos conservadores es difícil tolerar que la música que ocupa los primeros puestos del Billboard no haya sido concebida en Europa, con raíces en la música clásica y tocada por blancos, sino en los barrios bajos de América y Centroamérica con raíces en la música africana y popularizada por los negros y los pobres.

Claro que dicha aversión resiste hasta que músicos y productores se dan cuenta de la potencialidad de lucro económico que tiene adaptarse a estos movimientos y terminan, con mucha inteligencia, apropiándose culturalmente de los fenómenos. Esto pasó con el blues, el rock, el jazz y está pasando con el reggaetón. Por ejemplo, las canciones Shape of you de Ed Sheeran, Sorry de Justin Bieber y Bellyache de Billie Eilish, entre otras, están sincopadas, una característica del ritmo dembow que consiste en acentuar un pulso en un lugar débil del compás. El alma del reggaetón. Productores y músicos se rinden ante un fenómeno masivo que los supera.

Este ensayo nació el 29 de mayo de 20118, cuando en el Centro Cultural Kirchner se celebraba la vigésima edición de los Premios Gardel. En el mismo escenario donde minutos antes el trapero argentino Duki había versionado su canción Rockstar entre aplausos y felicitaciones, Charly García recibía el premio máximo de la velada, el Gardel de oro. En su discurso dejó una frase que resume lo que he tratado en estas páginas: «Hay que prohibir el autotune», afirmó en alusión al efecto vocal que había usado Duki, un corrector de tono que es otro elemento característico de la estética urbana.

García redobló la apuesta al final del evento cuando en una entrevista con el diario Clarín exclamó:

«Una pendeja va al estudio de grabación, le muestra el culo al productor y la contratan».

Una frase que, además de derrochar un nivel de misoginia estratosférico, demuestra la ignorancia del artista respecto de la autogestión de los músicos urbanos (sobre todo desde el auge de los SoundCloud rappers).

Lejos de querer hacer sangre con el sexagenario músico, me interesa analizar la frase y su contexto. Empieza con un subjuntivo que suena más a un imperativo: «Hay que», una sugerencia que suena a una orden. Orden legitimada por el peso de las instituciones que tenía García en su mano izquierda, el premio. Sigue con el verbo «prohibir», censurar. Cierra con el objeto, «el autotune»: la estética del género, el alma de una música que García no entiende. Quiere que censuren lo que amenaza su entendimiento y su poder.

Declaración fuerte, viniendo del autor de Juan represión, Los jóvenes de ayer y Botas locas. Podemos marcar una incoherencia en el discurso de García, algo que le molesta lo suficiente a un músico veterano y de amplia trayectoria que lo lleva a querer atacar a un artista que no hace ni más ni menos que lo que él hizo hace casi cincuenta años: incomodar al conservadurismo artístico, representar a la juventud y plantarse con firmeza ante los arcaicos academicistas que intentan ver a la música como algo con un contorno ya delimitado. Como dijo Charly, para él el autotune es «el límite».

Todo esto se da en un marco donde los géneros urbanos han tomado las enseñanzas del rock joven y las han adaptado al siglo XXI, apropiando conceptos y filosofías. Haciendo que ahora sean los mismos rockeros los que se tapan los ojos ante este acto de desacato.

Y no es la primera vez que pasa: el rock primitivo tuvo que enfrentar muchísimas criticas similares a las que se le hacen al trap o al reggaetón. Por ejemplo, el actual perreo es un nieto del cadereo de Elvis, un baile que desató polémica en su momento por su clara incitación sexual. El jazz de negros, de Coltrane y Monk, en sus inicios tuvo que soportar arduamente los prejuicios de la opinión académica, antes de convertirse en un género de culto. Incluso la música electrónica pasó de ser resistida a dominar los principales festivales del mundo.

Pareciera que existe una condición cíclica en la historia de la música donde el género que nace rebelde se asienta en las instituciones para convertirse en hegemónico. Para evitar caer en esta ciclicidad, es importante evitar los análisis simplistas y prejuiciosos, y entender que la música es compleja y relevante en su contexto y en sus códigos estéticos, no en su lírica y su sonoridad que son un fenómeno dinámico que se adapta a lo que las generaciones van reclamando: romper estructuras jerárquicas, tabúes y esquemas.

«Míralos, míralos, están tramando algo. Pícaros, pícaros, quizás pretenden el poder».

Natacha Jaitt: otra vez, la «mala víctima»

Tras darse a conocer la noticia de que Natacha Jaitt había sido encontrada muerta, la repercusiones no se hicieron esperar. Un sector de la sociedad reclama para que el caso se esclarezca, otro sector acusa al feminismo de haberle dado la espalda cuando Natacha necesitó apoyo y, por su parte, los medios se hacen eco del morbo con un tratamiento repudiable de la noticia.

¿Qué hicimos por Natacha? ¿Cómo se la acompañó desde la difusión mediática y el apoyo feminista? ¿Cuántas Natachas hay esperando ser escuchadas y acompañadas? ¿Cuántas se callarán por temor a ser «malas víctimas»?

Pasaron tan solo seis días de la muerte de Natacha Jaitt. Las circunstancias de su muerte son poco claras y, aunque mintió en sus declaraciones, el único acusado, el productor Raúl Velaztiqui Duarte, ya está libre. Es decir, a seis de días de su muerte, las cosas siguen oscureciéndose.

El caso

Velaztiqui fue quien llamó al 911 para avisar que Jaitt se encontraba (en teoría) descompuesta en la cama de la suite de Villa La Ñata. Fue también quien recibió a los paramédicos junto a Gonzalo Rigoni, dueño del lugar.

Velaztiqui y Rigoni fueron citados a declarar. El primero fue cambiando su testimonio: al principio, dijo no haber visto el teléfono de la víctima pero luego las cámaras de seguridad lo registraron entrando a su camioneta mientras los paramédicos estaban en el lugar, para luego volver al salón. ¿Qué hacía en ese momento? Guardaba el celular de Jaitt, según dijo después, «para preservarlo». El fiscal Sebastián Fitipaldi no le creyó y ahora el teléfono está en manos de la justicia.

Velaztiqui fue detenido por falso testimonio y excarcelado el jueves 28. Fue incongruente en sus declaraciones, no pudo responder a lo que la justicia le preguntaba y las cámaras lo muestran en lugares que no coinciden con su relato. Sin embargo, el falso testimonio se considera un delito menor y él ya está libre.

Mientras se daba a conocer la noticia de la muerte, se empezaron a filtrar imágenes que dañaban una vez más a la víctima. El morbo televisado y viralizado en redes no se hizo esperar. ¿Cómo pudo pasar? Sencillo: un policía de comando de patrullas del Tigre que estuvo en la escena de la muerte ese día entró para tomar fotos que luego filtró y que terminaron viralizadas en todo el país.

A Natacha Jaitt no se la respetó mientras vivía y se la daña incluso después de haber muerto, a ella y a todo su círculo íntimo. Natacha era madre de dos hijos (Antonella, de 20 años, y Valentino, de 12 años), pero en el show televisivo eso no le interesaba a nadie.

¿Cuánto valía la palabra de Natacha?

Jaitt era modelo, actriz y una mujer que no tenía miedo de los medios, ni del poder ni de nadie.

El año pasado fue ella quien, sentada en la mesa de Mirtha Legrand, denunció la pedofilia en el fútbol nombrando a periodistas, políticos y otras personas. Sin embargo, sus dichos dejaron de hacer ruido al poco tiempo. Apenas algunas personas volvían a este tema.

Natacha nunca se calló nada y era difícil discutir sobre su palabra, ya que era una mujer que tenía información permanente y la decía sin tapujos. Sin embargo, su alto perfil, sus adicciones y su admisión de ejercer la prostitución era lo que muchxs necesitaban para no tomar en serio lo que decía o quitarle peso a situaciones graves.

En estos días no faltaron los usuarios de redes y los famosos o personajes de los medios que salieran a acusar al feminismo de haber dejado sola a Natacha. No solamente con al denuncia de pedofilia en el fútbol, sino también ante su presentación en la justicia y su declaración ante los medios de haber sido violada por dos amigos suyos, dos hombres en los que ella confiaba.

Es cierto que lo que ella declaró se supo en todos lados y sin embargo la respuesta no fue tan rápida como ha sucedido con otras mujeres o actrices. No supimos, o no pudimos, escucharla y accionar. Como colectivo, como sociedad, como compañerxs.

¿Y ahora qué? Y ahora, buscar justicia por esa mujer que vivió como eligió o como pudo y que, incluso después de su muerte, siguió siendo ninguneada, acusada y no respetada.

El medio El destape publicó información sobre una nueva denuncia que Natacha Jaitt estaba preparando. Ahora, se está investigando en relación a su muerte. Alejandro Cipolla, su abogado, declaró que él no creía que lo ocurrido fuera por denuncias anteriores, sino por cosas que quería denunciar actualmente. Además declaró que él «no podía asegurar que Velaztiqui no fuera parte de los servicios de inteligencia».

Todos los hechos que rodean al caso son confusos. La vida de Natacha parece haber sido muy intensa: su exposición mediática le aseguró muchas veces un espacio para hablar y, al mismo tiempo, pudo haber sido también una condena. En los últimos tiempos, se pudo ver a una mujer angustiada, quizás con miedo, no tan bien parada como otras veces.  Nada justifica haberla dejado sola.

Una vez más debemos recordar no correr el eje de la información, no quitarle gravedad a lo ocurrido y, sobre todo, no mirar para otro lado cuando la realidad y los hechos se vean oscuros. Las «malas víctimas» no existen. Se trata de un armado social, mediático, judicial e incluso político para evitar que salgan a la luz las miserias y las verdades ocultas.

Tratamiento mediático

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No resulta ser un dato menor el modo en que se comunicó la noticia en medios masivos ni las sucesivas actualizaciones de información que no dejaron de tener connotaciones negativas entre sus titulares: «Alterada, llorando y medicada», «Una mujer más odiada que amada», «Abandonada por ser prostituta».

Si bien aún no circula información exacta sobre qué ocurrió con Natacha Jaitt, lo cierto es que la opinión pública no tardó demasiado en hilar sentido para responsabilizar a la víctima por su trágico destino: «Estaba enfiestada, con hombres, drogada. Entonces se la buscó». Si eso no es patriarcado, ¿qué es? 

El respeto, tanto por la imagen de la difunta como por el recuerdo que de ella quieran conservar sus allegados y familiares, no es algo que se pueda negociar. El periodismo con perspectiva de género reclama que se comunique en base a información chequeada, con ética y sin la intencionalidad de insistir en la construcción de imaginarios morbosos.


Fuentes:

  • El Destape Web: x, x, x.

«Internaciones involuntarias» como secuestros

Todos los 26 de junio, junto a organizaciones de todo el mundo, la ONG Intercambios promueve en Argentina  la campaña global Support. Don’t Punish (Acompañe. No Castigue), que busca resignificar mensajes, promoviendo el acceso a intervenciones de reducción de daños y la eliminación de la criminalización de las personas que consumen drogas.

Escritura Feminista entrevistó al escritor, investigador y periodista Pablo Galfré, autor del libro La Comunidad, viaje al abismo de una granja de rehabilitación.

 


Escritura Feminista: ¿Qué busca la campaña #AcompañeNoCastigue?

Pablo Galfré: El 26 de junio fue establecido por la ONU como el día internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas, pero hace algunos años se resolvió que debía ser el día de «acompañar sin castigar» a las personas que hacen uso de sustancias ilegales.

Se trata de tener una visión mas holística y compleja, en vez de una visión prohibicionista y abstencionista. Proponemos acompañar en vez de castigar, acompañar y preguntar a esas personas qué les pasa.

E. F.: ¿Quiénes y por qué solicitan la clausura de la comunidad terapéutica san Antonio?

P. G.: La solicitud nace de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) y del Órgano de Revisión (OR) de la ley de salud mental de la provincia de Buenos Aires.

Como ya pasó con San Camilo, los miembros de la comisión junto al órgano de revisión resolvieron realizar una inspección a la comunidad terapéutica San Antonio. En febrero, la CPM presentó un habeas corpus en el juzgado N° 6 del doctor Nicolás Ceballos que, si bien fue rechazado, logró que se aceptaran algunas medidas de prueba.

El juez pidió que los internos de San Camilo fueran entrevistados por un equipo de psicología de la municipalidad de Pilar. En el informe, redactado por la CPM y el OR a partir de entrevistas, los chicos reconocen que habían sido secuestrados en sus casas y en la vía publica por los servicios de la granja San Antonio.

El informe constata pruebas de tratos crueles e inhumanos. Los agarraban, los ataban, los «pichicateaban» y los llevaban a San Antonio, donde nuevamente eran atados al comienzo del «tratamiento». Cuando cometían alguna «falta», los ataban con sábanas a las camas. En una habitación, constataron la presencia de menores de edad, más personas internadas de lo habilitado y cucarachas; no había vidrios, no había matafuegos.

E. F.: ¿Qué consecuencias jurídicas generó tu investigación publicada en el libro «La comunidad»?

P. G.: El año pasado, a partir de mi libro, el OR y la CPM inspeccionaron San Camilo, solicitaron la clausura y el Ministerio de Salud de la provincia determinó la clausura. Por otro lado fue elevada a juicio oral la causa sobre la muerte de Saulo Rojas en la granja San Camilo, y la carátula pasó de «muerte dudosa» a «homicidio culposo».

E. F.: ¿Por qué se habla de tratos crueles e inhumanos en comunidades terapéuticas donde se supone los psicólogos, los enfermeros y los psiquiatras te van a tratar de buena manera?

P. G.: Porque secuestran a los chicos en la vía publica y en las casas. Porque apenas entran en la granja, los «pinchan» (como dicen ellos), los sobremedican con drogas psiquiátricas que los dejan convertidos en unos muertos vivos, y después los siguen sobremedicando durante todo el «tratamiento».

San Antonio y San Camilo son los dos lugares que investigué y donde entrevisté a un montón de fuentes con nombre y apellido. Se trata de chicos, chicas, pacientes adultos, ancianos, gente de clase alta, baja, padres y psicólogos que me relatan estos hechos. Los internados eran atados en colchones podridos y malolientes.

Rociaban los colchones con gas pimienta, de ese que usa la policía, para que les quemase el cuerpo desnudo. También les rociaban el cuerpo y los ojos, mientras los tenían atados a la cama con sogas de sujeción psiquiátrica. Chicas tenían que dejarse tocar los senos para recibir cigarrillos. En San Camilo, encerraban a los chicos en celdas y tenían que defecar y orinar en baldes sucios de plástico.

Estos tratos crueles e inhumanos pasan no solo en San Antonio y San Camilo, sino en muchas comunidades terapéuticas que son de puertas abiertas. Les impiden recibir visitas o llamados telefónicos, y eso también es un trato cruel e inhumano.

E. F.: ¿Por qué se habla de secuestro en vez de internaciones involuntarias? ¿Esto es un cambio histórico para la jurisprudencia argentina?

P. G.: Todavía no. El OR y la CPM hablan de secuestros en sus informes. En mi libro, yo los planteo como secuestros porque creo que eso son. En el código penal, no sé si serían secuestros.

Por otro lado, no son «internaciones involuntarias» porque no cumplen con el articulo 20 de la ley de salud mental: no alcanza con tres firmas interdisciplinaras, sino que tiene que constatarse riesgo de vida cierto e inminente. Los consumidores problemáticos de drogas o las personas con una adicción no necesariamente están en riesgo cierto e inminente para sí mismos o para terceros.

Si sos una persona usuaria o paciente de salud mental, tenés que conocer tus derechos garantizados en la ley N° 26.657, enunciados en el artículo 7.