Twerk Army: el ejército que se planta bailando

Daniela Pérez de Udaeta y Victoria Hortel son las directoras de esta tropa de bailarines que comenzó en la ciudad de La Plata en 2015, con la simple intención de probar nuevos movimientos en la danza. Al día de hoy, tienen un ejército que pisa fuerte en escenarios, festivales, competencias y shows, haciendo de la danza una herramienta de lucha.

Día a día, este ejército de culos (como se autoproclaman) busca romper con los estereotipos impuestos por esta sociedad patriarcal que rodea a todes y ofrece un espacio seguro en el que cada une puede ser libre sin ser juzgade.

Escritura Feminista: ¿Qué las motivó a crear Twerk Army?

Daniela Pérez: Al principio no éramos tan conscientes del movimiento en sí, lo hicimos porque queríamos hacer algo nuevo. Nos llamó la atención, nos gustó el twerk y lo quisimos probar sin darnos cuenta de la magnitud de lo que sucedería después. Ni siquiera tenía nombre, le decíamos booty dance al principio. Fuimos autodidactas porque no existía en ningún lugar, solamente había otro grupo que eran las «Altas Wachas», que lo hacían en Capital Federal, a las que conocimos después.

Victoria Hortel: Empezamos siendo un grupo de mix dance en el que probamos cosas y de repente nos encontramos siendo 20 chicas haciendo twerk, así que nos pusimos un nombre y empezamos a probar. En el momento nos imaginamos como un ejército por esto de que éramos «las locas contra todo»: se creía que éramos «las putas que movían el culo contra todo lo demás», entonces, nos agarramos del ejército para hacerle frente a lo que viniera. No sé si en ese momento éramos conscientes de a qué nos enfrentábamos, pero dijimos: «Nos plantamos, no sabemos bien pero nos vamos a plantar igual y acá estamos».

E. F.: En paralelo al surgimiento de Twerk Army se dio la irrupción del feminismo, ¿se sintieron interpeladas?

V. H.: A mí personalmente me pasó que el twerk fue el ejercicio práctico del feminismo más fácil que tuve. También tuvimos muchas alumnas feministas entonces ellas nos guiaban también. Fue una construcción que salió del grupo y por ahí había un montón de cosas que no estábamos pensando pero ya las estábamos haciendo.

«No es casualidad, para mí, que haya irrumpido el feminismo y nosotras hayamos empezados con Twerk Army al mismo tiempo y que, por algo, terminaron convergiendo».

D. P.: Se fueron juntando también porque venían medio en paralelo, el feminismo nos venía atravesando a nosotras a la misma vez que empezábamos a formar Twerk Army.

Capaz que, unos años antes, ni te imaginabas hacer una cosa así porque estaba mal visto, significaba llevar una marca de «mirá a la puta esa, no sabe hacer nada, baila mal, entonces mueve el culo nada más».

E. F.: ¿A qué se le tuvieron que plantar? ¿A qué le hicieron frente?

V. H.: Nosotras teníamos que promocionar las clases y queríamos hacerlo porque estábamos muy entusiasmadas pero subir un video en Instagram era enfrentarse a ser. «¿Cómo vas a decir que sos profesional si estás moviendo el culo y lo estás subiendo a las redes?». Eso fue a lo primero que nos tuvimos que plantar porque, de pronto, se nos cuestionaba nuestra condición de bailarinas y artistas. Fue toda una decisión porque dijimos: «Bueno, van a decir esto de nosotras, no es nuestro problema la opinión del resto».

D. P.: Trabajando con artistas nos pasó que algunos entendían que era nuestro laburo, nos dejaban decidir a nosotras como coreógrafas, podíamos decidir qué hacer, qué ponernos y cómo bailar. Mientras que otros lo tomaban desde el lugar típico de la mina moviendo el culo frente a cámara y en el que nos pedían que nos subiéramos más el short.

«Una vez nos invitaron de un programa de televisión y estábamos todes haciendo un juego que era mover un vaso con la cola. Cuando terminó el programa, Twitter explotaba de comentarios como «Qué asco el culo de esa mina, estoy comiendo», «Mi hija está viendo este programa, es una vergüenza, no lo veo más». ¡Y todes habíamos jugado! ¿Por qué a nosotras nos estaban lapidando?».

En un momento nos empezaron a surgir trabajos diferentes que tuvieron que ver con el rumbo que tomamos después. Dejaron de aparecer los comerciales pero empezaron a aparecer otras cosas que nos interesan más en este momento. El año pasado estuvimos en el Provincia Emergente: pudimos hacer un show de twerk, enseñarle a bailar a la gente y fuimos presentadas así. Era Twerk Army bailando para la gente, mostrando ese show. Fue algo nuestro, propio.

V. H.: ¿Qué es lo que tuvimos que soportar todo este tiempo? Hacerle entender a la gente que nosotras elegimos hacer esto por motu proprio y es nuestro trabajo. Que por mover el culo no dejamos de ser serias. La danza mucho tiempo solo fue folclore, danza clásica y contemporánea y resulta que la danza creció un montón fuera de esos tres ejes técnicos y somos muches les que vivimos de la danza.

Nosotras somos bailarinas haciendo twerk que, por lo general, no es lo normal porque la mayoría no son del palo técnico sino que vienen de otras ramas. Nosotras nos encontramos con el estilo y usamos las herramientas del clásico y del contemporáneo para entender el twerk. Y eso fue algo que molesto un montón.

Así como vemos que todo está viejo y hay que cambiarlo, todo lo que es danza clásica todavía sigue siendo arcaico: el método de enseñanza, la bajada de línea de las clases, los comentarios sobre los cuerpos, sobre la vestimenta, sobre lo poco o muy femenina que hay que ser, etc.

E. F.: ¿Se sintieron apoyadas por el entorno de la danza?

D. P.: Fue mal recibido por la gente y por el entorno de la danza en La Plata que hiciéramos twerk porque todos pensaban que se mataban estudiando danza para que nosotras, moviendo el culo, nos lleváramos todo. Nosotras también estudiamos danza.

V. H.: A mí me han llegado a decir: «Yo no necesito mostrar el culo para que me vaya bien en la danza». En algún momento, nosotras entendimos que la gente no entiende y no podemos andar educando por todos lados.

E. F.: ¿Cuál es el mensaje que pretenden transmitir puertas adentro y hacia el afuera?

V. H: Twerk Army es un ejercicio práctico del feminismo porque nos invitó a pensar qué estábamos haciendo, por qué y cómo lo íbamos a hacer. El mensaje que vamos a dar siempre es que la gente venga a sentirse cómoda, a disfrutar, a entender su cuerpo.

D. P.: Una de las cosas que promovemos es la libertad. Cuando empiezan a ser parte de Twerk Army, les alumnes empiezan a ser libres a la hora de salir a bailar, de vestirse… Les cambia mucho la cabeza.

V. H.: Es increíble ver como una persona entra a la primer clase toda indefensa y, de repente, se encuentra en un lugar en el que simplemente puede ser, donde nadie le va a decir nada y de pronto se convierten en algo increíble.

«La gente que va ahí encontró en las clases de twerk un espacio en el que pueden desarrollar su personalidad sin ser juzgada y se encuentran con personas en la misma».

D.P.: En Twerk Army no se da lugar a la gilada. Cada une está en la suya, hay buena onda continua y, si no la hay, bajamos nosotras una línea para que la haya. No se permite ningún tipo de rivalidad. Se liberan un montón porque encuentran un espacio donde no tienen que ajustarse a cierta apariencia. Todo lo que es Twerk Army (las clases, las fiestas que armamos, les alumnes) tiene una personalidad que une no puede mostrar en otros ámbitos, que no es socialmente aceptada.

V.H.: ¿Qué mensaje queremos dar? Que se puede ser re piola y no joder a nadie. Podemos encontrarnos en la danza sin tener que ser, sin tener que tener el cuerpo ese que hay que tener para bailar, sin tener que ponerte determinada ropa. Vení que va a estar todo piola, va a ser un lugar seguro.

Nosotras somos un ejército de twerk, enseñamos la técnica, buscamos formar a la gente desde ese lugar pero, además, trabajar esto hace que la gente se empiece a replantear un par de cuestiones de su vida que nosotras nos tuvimos que replantear también.

La danza es una herramienta de lucha y el twerk viene perfecto para romper todo lo que hay romper. Te presenta en la cara todo lo que está mal y hay que reventar. Y encima hay un montón de gente que nos avala para pelear contra esto. Vamos a seguir en esta.


Imagen de portada: Luisina Baigorria


A los jóvenes de ayer (I)

Ensayo colaboración de Francisco D’Amore


El auge de la tecnología y la atención que las nuevas generaciones les dan a géneros como el trap o el rap han provocado una revolución que ningún género hasta ahora había podido lograr: la democratización del arte. El Internet choca con el concepto de ídolo intangible que predominó durante décadas. Los referentes de los centennials y los millennials más jóvenes son terrenales, sus seguidores los consideran pares y esto genera que empaticen más con ellos y con su arte.

La música, desde una concepción artística y no comercial, se ha visto enriquecida con la posibilidad de que cualquier joven con una computadora sea capaz de grabar piezas que compiten con producciones de estudio. La población ha percibido eso y consume más música de plataformas en línea que las promocionadas en radio o televisión. La industria millonaria de la música y las productoras exprimidoras de artistas cumplen cada día un rol menos relevante en el consumo cultural de la mayoría de los hogares.

Esta pérdida económica sin retorno se manifiesta en declaraciones de músicos y productores que atacan las nuevas olas con tal de salvar su negocio o su concepción nostálgica y elitista del arte. A los intentos desesperados de la industria por rasguñarle algo a los géneros urbanos se les suman el prejuicio y la aversión que estos provocan en la población consumidora de géneros tradicionales o «académicos». Esta parte de la población que no se identifica con los géneros callejeros tiende a emitir juicios de valor presentados como verdades irrefutables acerca de algunos aspectos del movimiento que me propongo objetar.

¿Es cierto, por ejemplo, que la lírica de los géneros urbanos es misógina y cosificadora? Esta es una de las afirmaciones más recurrentes e hipócritas que lanzan los puristas al respecto, ya que, si bien es cierta, no es una característica exclusiva. Por ejemplo, los invito a leer la letra de Run for your life del disco Rubber Soul de The Beatles, que entre otras tiene frases como esta:

«I’d rather see you dead, little girl, than to be with another man. (…) You better run for your life if you can, little girl. Hide your head in the sand, little girl. Catch you with another man, that’s the end».

«Prefiero verte muerta que con otro hombre, niña. (…) Mejor que corras por tu vida si puedes, que escondas tu cabeza en la arena, porque si te encuentro con otro hombre será el fin».

O la reconocida canción de Cacho Castaña, Si te agarro con otro te mato, donde el músico describe con detalle como golpeará y matará a su pareja en caso de que ella le sea infiel.

Si los músicos de rock y de géneros populares también manejan estos códigos, ¿por qué se asocian el trap, el rap y el reggaetón con la objetivización de la mujer? Dichos géneros se caracterizan por la extrema literalidad de sus rimas en un intento por plasmar artísticamente la forma en la que se habla en la calle, dando lugar a una incorrectividad y a una temática de contenido sexual que suele pasar la línea de moral aceptada.

A este factor técnico de la composición se le suma uno más cultural: al ser un género que premia la ostentosidad, no es de extrañar que se presuma a la mujer como un bien material que se posee, se gana y se pierde.

Esto se ve en todo género que exprima temáticas de amor romántico o de infidelidades. Sería un error desentender a los artistas de las problemáticas sociales, cuando ellos son parte y víctima del mismo sistema que nos rige e interpela a todos. Tanto los jóvenes traperos como los tangueros de antaño crecieron expuestos a la propaganda machista y cosificante y eso de una u otra forma se plasma adaptado a la estética de sus obras.

Las referentes mujeres de los géneros callejeros tienen, en muchos casos, un alcance incluso más masivo que sus referentes hombres y traen camuflado en sus líricas sexuales un empoderamiento que pocas veces se ha visto en la historia de la música. Mientras el rock, el metal y diversos otros géneros estallan en una epidemia de denuncias por abuso y violencia de género en un ambiente donde la figura de la mujer se ha reducido a la groupie, la bajista sumisa o la front woman delicada y políticamente correcta, en estos nuevos géneros urbanos surge la mujer como líder, comprometida con causas políticas y, lo que más disgusta a los puristas, que utiliza su sexualidad a gusto, invirtiendo roles.

Sara Hebe, Miss Bolivia, Dakillah y demás artistas urbanas protagonizaron desde la cultura los movimientos feministas que han ido en auge en Argentina en los últimos años, con causas como la legalización del aborto. Dakillah incluso polemizó la doble moral de muchos consumidores de trap con el video de su canción Ac1itud donde muestra a hombres bailando con poca ropa, el lugar común de la mujer en casi todos los géneros.

Mi intención en estos párrafos no es justificar la misoginia y tampoco minimizar su importancia, sino remarcar que ninguna forma colectiva de expresión escapa a la sistematización patriarcal que nos atraviesa, y el arte no es excepción. Defenestrar al reggaetón por esto no significa un ataque profundo al engranaje de dicha sistematización sino una insignificante muestra de activismo oportunista. Lo que interesa no es repensar la posición de la mujer en las artes, sino mantener la subliminalización de esa opresión.


[Continúa en A los jóvenes de ayer (II)]

Día Internacional de las Mujeres Rurales

«El empoderamiento de las mujeres y las niñas rurales es esencial para construir un futuro próspero, equitativo y pacífico para todos en un planeta sano» — António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las mujeres rurales representan más del 33% de la población mundial y el 43% de la mano de obra agrícola. Son las encargadas de mantener la seguridad y sostener a sus comunidades. Sin embargo, sufren los efectos de la pobreza, el cambio climático y la brecha de género en cuestiones de acceso a tierras, créditos, materiales agrícolas e incluso cuestiones de saneamiento.

Este año, la conmemoración del día se centra en «Los retos y las oportunidades presentes en la agricultura resiliente en cuanto al clima, para lograr la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas rurales». Es un acontecimiento muy especial que precede al Día Mundial de la Alimentación y al Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, ambos recordatorios de las dificultades que atraviesan las mujeres rurales en relación con el desarrollo rural y la lucha económica.

Las mujeres rurales son indispensables en la vida cotidiana pero su labor es invisible. No solo no es tomada en cuenta, sino que tampoco es remunerada a pesar de que sus tareas son cada vez más arduas. Completamente vulnerables, carecen de valoración por parte de los estados, algo que se puede reconocer cada 15 de octubre en el que se conmemora su batalla diaria por un mundo más equitativo.

Este año, el enfoque también se centra en tomar medidas para lograr infraestructura, servicios y protección social sostenibles.

Según la ONU, los avances en los temas referidos son tan lentos que hay dudas en cuanto al éxito de alcanzar la igualdad y la sostenibilidad esperadas para el 2030, pese a que falten aún más de 10 años. Afirman que el cumplimiento de los compromisos de la Agenda 2030 en materia de igualdad de género dependen de la asignación de un volumen suficiente de recursos y de una acción concertada de los gobiernos y todas las partes interesadas.

Es necesario que los estados y los organismos de los que dependen las mujeres rurales intervengan mediante políticas activas para brindar herramientas y acompañamiento. Está previsto que alrededor de 124 países apliquen recortes presupuestarios a partir del año vigente, por lo que cada vez será mas difícil tomar medidas de protección para incrementar y fortalecer el rol de las mujeres tanto dentro de sus comunidades como para la economía nacional.

Una de las organizaciones españolas que luchan por alcanzar la igualdad y el progreso de las mujeres que trabajan en el medio rural es la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (FADEMUR). El objetivo principal de esta organización progresista es eliminar la triple discriminación a la que están expuestas las mujeres en el ámbito rural: actividades económicas sometidas a incertidumbre, entorno masculinizado y un medio con poco apoyo social que ayude con las tareas familiares.

Para más información, ingresá a Fademur.

 


Fuentes

W20: mucho ruido y pocas nueces

Esta semana se realizó en el CCK la cumbre del W20, que nos dejó sabor a poco y muchas preguntas: ¿qué es el G20? ¿Cuál es su relación con el W20? ¿Qué agenda de género trabajan? Les dejamos un breve punteo con los datos principales.


Letras y números: del G20 al W20

El G20 es una cumbre de jefes de Estado y de gobierno cuyo objetivo consiste en diseñar soluciones que puedan resolver los desafíos económicos y políticos del mundo. Compuesta por 19 países más la Unión Europea, este año está presidida por Argentina. Las temáticas a tratar incluyen finanzas, agricultura, anticorrupción, comercio e inversiones, educación, empleo, salud y sustentabilidad ambiental, entre otras.

El sitio web oficial destaca:

«El G20 busca enriquecer el contenido de sus diálogos fomentando la participación de la sociedad civil a través de los grupos de afinidad. Cada uno de ellos se enfoca en un tema de importancia global y se reúne de manera independiente a lo largo del año» (G20).

Uno de los grupos de afinidad es Women 20 (W20), una red transnacional que reúne a mujeres líderes de la sociedad civil con el objetivo de influir en las políticas públicas destinadas a incrementar la participación de la mujer en las economías y las sociedades de sus países (W20 Argentina).

El encuentro que se realizó los días 2 y 3 de octubre incluyó una serie de paneles sobre los 4 ejes de trabajo que propuso Argentina: inclusión laboral, inclusión financiera, inclusión digital de las mujeres y desarrollo de mujeres rurales.

w20final

Sabor a poco: las críticas

El Observatorio de Defensoras de Derechos Humanos de las Mujeres para el G20 denunció que no participaron en la organización ni decisión del programa y que las personas integrantes de los paneles representaban miradas corporativas y empresariales con una visión restrictiva y parcial de los derechos de las mujeres.

Además, destacaron que los Estados deben garantizar los derechos humanos de las mujeres desde un enfoque interseccional que incluya:

«(…) promover la corresponsabilidad en el cuidado y el trabajo no remunerado; el derecho a vidas libres de violencias; el acceso a la tierra y al trabajo decente según estándares de la Organización Internacional del Trabajo (OIT); el acceso pleno a sus derechos sexuales y reproductivos; y el acceso universal a la seguridad social, entre otros temas» (ELA).

Asimismo, diversas agrupaciones feministas elaboraron un comunicado conjunto en el que denunciaron las políticas de ajuste que profundizan las relaciones asimétricas entre mujeres y varones:

«Entendemos que el empoderamiento de las mujeres no podrá darse de manera aislada, sino que sólo será posible en el marco de un modelo económico verdaderamente inclusivo, ausente hoy en la mayor parte de las naciones del G20» (Economía Femini(s)ta).

Mientras el W20 no tenga en cuenta las causas estructurales que reproducen la desigualdad de las mujeres, la cumbre no será más que una puesta en escena.

 

Feminista está alterada

Feminista está alterada, sí. Y no, no confunde nada.

Feminista está cansada de ser objeto de burla entre sus amigos que le dicen exagerada. Feminista se siente decepcionada cada vez que su papá dice “¿por qué no es #NadieMenos? Nos matan a todos por igual”, porque sabe que no es así. A nosotras nos matan por motivos muy distintos. Nos matan por ser mujeres, nos matan porque nos creen objetos, porque nos creen inferiores.

Feminista quiere aborto legal, seguro y gratuito porque no quiere que sigan muriendo más pibas en abortos clandestinos. Está a favor porque cree que las mujeres tienen que poder decidir sobre su cuerpo. Que no tienen por qué cargar con una vida dentro suyo nueve meses. También sabe que la vida no es una novela de Cris Morena, donde los nenes van a hogares y terminan felices porque los salva un millonario. Feminista quiere educación sexual en las escuelas, porque sabe que el cambio empieza por ahí.

Feminista se depila, o no. Feminista se deja el pelo largo, corto, rapado. Se tiñe de turquesa, se hace reflejos, ni siquiera se fija. Feminista se maquilla si quiere o vive al natural. Feminista usa pantalones, camisas, vestidos, polleras, tacos, zapatillas. Quiere vestirse sexy o salir en pijama. Feminista estudia, trabaja o es ama de casa. Es mamá de tres hijos o vive con su gata. Feminista tiene marido, novia, pretendientes o está soltera. Es monógama, swinger, y ama libremente.

Feminista quiere poder vivir su sexualidad sin tabúes. No quiere que la juzguen por no querer tener sexo o por tenerlo a montones. Feminista quiere que la respeten cuando dice que no. Muchas veces accedió a hacer cosas que no quería por miedo, pero ya no más. Si no hay consentimiento que no haya nada, dice hoy. Feminista sabe que su cuerpo es suyo, y que ella tiene la última palabra. Feminista puede tener tetas, concha y pito. Porque mujer no se nace, y feminista tampoco.

Feminista no excluye a lxs trans, porque son parte de la lucha. Tampoco a las migrantes, a lxs trabajadorxs sexuales, al colectivo LGBTIQ, a las abolicionistas. Aunque difieran en muchas cosas, todxs vienen buscando lo mismo. Tampoco excluye a las alienadas, porque aunque no se crean parte, el movimiento las abraza.

Feminista aún se está deconstruyendo. Se pone mal cuando nota que sigue reproduciendo algunos micromachismos. Se pone contenta porque ahora se da cuenta. Feminista está a tiempo de corregir muchas cosas y trata de aprender a diario. Feminista no quiere obligar a nadie a reconocerse como feminista, pero quiere que sepan que viven en una sociedad machista.

Feminista pinta catedrales, quema llantas y anda en tetas. Feminista escribe papers y da conferencias. Feminista habla en Intrusos o en un congreso de la ONU. Es escritora y también tuitera. Feminista puede ser economista, periodista, científica, ingeniera. Limpiar casas, atender locales o ser su propia jefa.

Feminista no odia a los hombres, odia al macho. Feminista quiere que sus hermanos levanten la mesa. Que sepan que una mujer no es su sirvienta. Feminista le enseña a sus hermanas que no son menos. Les cuenta de la lucha y lo que propone.

Feminista está enojada, pero también empoderada. Lucha por las que se fueron, las que están y las que aún no vinieron. Marcha, milita, canta y la agita.

“Abajo el patriarcado; se va a caer, se va a caer. Arriba el feminismo que va a vencer”.

Feminista no se va a rendir. Sabe que para cambiar el mundo se tiene que mover. A Feminista no le importa lo que pueda decir una columna en un diario masivo, porque ella sabe que la lucha va por otro camino.

GLOW: lucha y empoderamiento

La nueva serie de Netflix, «GLOW», trata sobre un grupo de mujeres que, por diferentes razones, se unen a un programa de lucha libre femenino durante la década de los ochentas. Para su sorpresa, descubrieron un lado de la lucha libre que no conocían. 

«GLOW» fue creada por Liz Flahive y Carly Mensch y producida por Jenji Kohan, creadora de «Orange Is The New Black», y está basada en un programa de lucha libre con el mismo nombre y con algunos personajes bastante similares a los que podemos ver en esta nueva versión. Es protagonizada por Alison Brie y Betty Gilpin, quienes forman parte de ese alocado grupo de luchadoras.

Aunque uno no sepa mucho sobre la lucha libre o el WWE, sabe que al presenciar una de estos enfrentamientos se encontrará con acrobacias, un poco de actuación y trajes llamativos. En el caso de las catorce mujeres que decidieron formar parte de este programa se encontraron con algo más valioso: el trabajo en equipo y el control de su propio cuerpo.

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Las catorce luchadoras tienen personalidades muy diferentes e incluso hay un gran enfrentamiento entre dos de ellas que genera mucha tensión en el gimnasio. Comienzan sabiendo poco la una de la otra y sin fe en el proyecto, pero conforme avanza la serie, el compromiso de cada una por sacar el programa adelante y por superarse a sí mismas aumenta hasta llegar a considerarse amigas y convertirse en unas profesionales. El lazo que crean entre ellas no se ve solo en el ring, sino especialmente durante los entrenamientos, en su convivencia fuera de él y dentro de los vestuarios.

Las chicas le encontraron el gusto a entrenar todos los días, subirse al ring y realizar destrezas que nunca antes habían hecho. Esto se ve precisamente en el caso de Debbie Eagan o «Liberty Bell», quien recientemente fue madre y dedica gran parte de su tiempo (por no decir todo) y energía a cuidar de su bebé, pero reconoce que el ring es un espacio donde se encuentra cómoda, se siente dueña de sí y es poderosa. Cada personaje es único; podemos encontrar una ama de casa, una actriz frustrada, la hija de tres reconocidos luchadores, unas estilistas e incluso una mujer que cree ser un lobo. Sin importar sus estilos de vida, todas encontraron pasión por este deporte y seguridad en ellas mismas.

En «GLOW» o «Gorgeous Ladies of Wrestling» se muestra de forma cómica y en tono de burla, mediante las personificaciones de las luchadoras, los estereotipos típicos que se encontraban en las mentes estadounidenses de los ochentas. Por ejemplo, una mujer negra del Bronx, una árabe terrorista, una rusa comunista que amenaza con acabar con la libertad del país y una heroína estadounidense.

GLOW 1

También es una crítica a las dificultades de la mujer para triunfar en el mundo del espectáculo de Hollywood. Con solo ver la primer escena de la serie es suficiente para reconocer esto; Ruth, la protagonista, audiciona para un puesto en una película y para ello interpreta un fuerte dialogo de uno de los personajes masculinos. Enseguida la directora le hace notar su error y le pide que haga el papel que le corresponde, el cual requiere únicamente atender un teléfono. Situaciones como estas, donde las mujeres son subestimadas, se ven a lo largo de toda la serie, pero aún así las luchadoras lograron encontrar su espacio en la televisión.

En estos diez capítulos se tocan temas como el compañerismo, el cuerpo y la belleza femenina, el racismo, el nacionalismo, los estereotipos, el mundo del espectáculo, la maternidad, el rol de las mujeres en los ochentas y hasta el aborto. Es una serie que además de ser muy llevadera y cómica, con un estilo y ambientación muy atractivos, es un gran ejemplo del empoderamiento femenino.