La palabra como arma: homenaje a Rodolfo Walsh en la EX ESMA

Nacido en 1927 en Río Negro, dedicó su vida a escribir con el objetivo de “dar testimonio en tiempos difíciles”, convencido de que la palabra es una herramienta de lucha más eficaz que el fusil. Su Carta de un Escritor a la Junta Militar, que le costó la vida, es sinónimo de valentía y compromiso. A 40 años de su desaparición forzada durante la última dictadura cívico-militar, el Museo Sitio de Memoria (ex ESMA) le rindió homenaje.

Rodolfo Walsh es (qué difícil hablar en pasado de alguien tan vigente) ejemplo de dignidad y entrega para algunos, y de periodismo comprometido para otros. Pero también, es el amigo que ya no está para Horacio Verbitsky, la imagen de un cuerpo fusilado y el recuerdo del cuento leído a escondidas en la ex ESMA para Martín Gras,  y el autor de Operación Masacre, la obra que cambió la vida del escritor Marcelo Figueras.

A partir de estos tres testimonios, se configuró la muestra que le rindió homenaje a 40 años de la desaparición de su cuerpo. Esta se presentó el lunes 21 de marzo y se extendió hasta el sábado 25. Ese último día, la clásica “Visita de las Cinco” que organiza el museo fue dedicada a honrar su vida. La muestra se elaboró a partir de tres piezas audiovisuales, y la exhibición de documentos y testimonios del juicio ESMA.

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Bajo el título Un cuento desaparecido, acercaron al público la historia de Juan se iba por el río terminado en 1977 y “siniestrado” en la ESMA; con La caída, reconstruyeron el secuestro de Walsh cerca de las avenidas San Juan y Entre Ríos; y, a partir de Papeles robados, detallaron el allanamiento de su casa luego de su secuestro.

Intentar cruzar el río: Su último mensaje

¿Quién fue Rodolfo Walsh? ¿Qué lo hace inolvidable? ¿Por qué se lo describe siempre tan presente, tan vivo? No es casual que, junto con su cuerpo, desaparecieran sus documentos y trabajos inéditos.

Lo peligroso de Walsh era su palabra: esa era su arma. Porque incluso cuando solo parecía contar ficción, subyacía en su obra un análisis de comportamientos individuales y colectivos de distintas épocas. Juan se iba por el río, dicen sus únicos dos lectores, no fue la excepción.

En el cuento, el protagonista es “el argentino derrotado del siglo XIX” que, sentado en un banquito frente al río, recuerda su pasado. Cuando percibe que éste comienza a secarse, decide cruzarlo. Mientras avanza, el río comienza a crecer de manera incontenible. Esa es la historia, ese es el final.

Martín Gras recuerda que Lilia Ferreyra, compañera de Walsh, preguntó si al final Juan había podido cruzar el río, a lo que su autor respondió: “No sabemos; lo importante es que se anima a cruzar, a intentar”. Tal vez esa respuesta nos hable más de él que de Juan, el personaje de su cuento.

Rodolfo Walsh es ejemplo de coherencia entre palabra y acción. Intentó con su palabra derrotar el silencio. Describir el terror, contar lo que otros callaban. Se jugó la vida en eso. Aunque no sepamos si cruzó el río, y que su temprana muerte nos haga pensar que no lo logró, sabemos que lo intentó. Esa es su conquista. Eso lo mantiene vivo.

 


Fuentes consultadas:

Imágenes extraídas de:

 

Terrorismo sexual

      “Además de puta, guerrillera” vociferaban los monstruos, mientras dejaban caer sus cuerpos calientes, llenos de odio e ignorancia, sobre los cuerpos indefensos de las mujeres que allí dentro habían perdido todo individualismo, y solo se consideraban cuerpos, así sin más, con dudas hasta de si tenían vida.

      “Además de puta, guerrillera” justificaba el animal, para nada racional, mientras atacaba con la violencia digna de un depredador que busca conquistar a su presa y así sumar victimas a su estante de trofeos humanos.

      “Además de puta, guerrillera” se terminaban creyendo las victimas de consecutivas violaciones. Era lo único que escuchaban, constantemente, junto con los gritos de agonía de sus compañeros.

El género y el factor biológico fueron agravantes durante el cautiverio en los Centros Clandestinos de Detención. Las violaciones sexuales, los abusos y las vejaciones fueron perpetrados de forma sistemática.

Esclavas sexuales

Por alguna extraña razón, estos simios con poder decidían a dedo limpio quien merecía un ¿mejor? trato, y así separaban a sus víctimas en dos grandes grupos: las que eran llevadas a departamentos privados con sábanas limpias, para que la humillación fuera menor (como si eso fuese posible), y las que eran esposadas a camas de chapa para ser violadas cuando les quedara cómodo.

De todas formas, una vez satisfechas las necesidades de los machitos, las de ambos grupos volvían a los grilletes, las esposas y el tabique.

Los abusos sexuales en los Centros Clandestinos de Detención no constituían hechos aislados, sino que conformaban una práctica habitual que se exteriorizaba, indistintamente, a través de diversas conductas.

Comenzaba con episodios como el momento del baño, donde los guardias las obligaban a desnudarse frente a ellos mientras reían y observaban sus cuerpos, gozando de ese morbo tan característico del disfrutar la humillación ajena.

Las violaciones carnales, donde introducían su miembro o algún objeto de similar apariencia en la vagina de la víctima, eran el final de aquellas vejaciones.

“[…] Yo tengo clarísimo que en ese momento pensé: ¿podrá aguantar una mujer que la violen siete hombres, uno atrás del otro? ¿Podrá el cuerpo? Bueno, si no puede, tendrá que poder. Yo tengo que resistir porque, si no, me van a matar” declaró una víctima en la causa ESMA durante el juicio oral en 2010.

 

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Un instrumento más del terrorismo de Estado

La abogada Analía Aucía, una de las autoras de Grietas en el silencio, un libro sobre la violencia sexual en la dictadura, declara que “los valores de una sociedad patriarcal se trasladaron y agudizaron durante la dictadura”, lo que transformó la violación sexual en “un mecanismo para reubicar a las mujeres”.

    “Esto lo podemos deducir porque las entrevistadas en la investigación nos trasmitieron el discurso de los represores, que les decían frases como ‘Mirá en lo que te metiste, si te hubieras quedado en tu casa, cuidando a tu hijo, no te hubiera pasado esto’. Estos dichos no aparecían en los varones cuando se los torturaba o se les aplicaba cualquier tipo de violencia”, afirma Aucía.

La sobreviviente y periodista Miriam Lewin considera que los delitos sexuales no solo tenían como objetivo la humillación o el quiebre directo en la mujer, sino que también eran una herramienta de disciplinamiento.

    “Muchas veces, las violaciones se hacían en público o de manera que los varones tuvieran conciencia de que eso estaba teniendo lugar. Esto está confirmado por muchísimos testimonios. Había mujeres que eran violadas delante de sus maridos o pared de por medio”, relató Lewin.

Delitos de Lesa Humanidad

En 2010, por primera vez, se consideró a las violaciones ocurridas durante la última dictadura militar argentina como un delito de lesa humanidad, en la sentencia que condenó a cadena perpetua al represor Gregorio Rafael Molina.

La Cámara Nacional de Casación Penal consideró culpable al ex jefe del centro clandestino La Cueva por ser “autor del delito de violación de forma reiterada”, entre otras cosas.

A su vez, dictaminó que las violaciones no hubieran ocurrido “de no encontrarse en aquella situación y amparándose en la posición del poder que detentaba”.   

La violencia sexual fue invisibilizada en los testimonios de la década de 1980 en la Argentina, ya que el relato se construyó en torno a la búsqueda de prueba a través del reconocimiento e identificación de personas que continúan desaparecidas.

Sin dudas la principal dificultad es la negativa de los jueces de instrucción a imputar penalmente a los señalados como responsables por delitos de violación sexual, y la falta de sensibilización de los operadores judiciales con respecto a estos temas.

De todas formas, las violaciones fueron solo otra de las prácticas deshumanizadoras que se instalaron en la última (y más sangrienta) Dictadura Militar Argentina.