Soltar la panza para habitar el presente

Escritura Feminista entrevistó a Samis y Mey, del proyecto digital «Soltá la panza». En esta edición te vas a enterar de qué se trata y por qué es tan importante repensar nuestras corporalidades.

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La cara de orto y el mandato de agradar

En la asunción de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner hubo un momento que no pasó desapercibido, fue la expresión de la vicepresidenta cuando saludó al ex mandatario Mauricio Macri con un claro descontento en su rostro que fue criticado en redes sociales. 

«Maleducada», «soberbia», «irrespetuosa», eran algunos de los adjetivos que dispararon algunes usuaries de Twitter contra CFK por dejar expuesto su disgusto, por no sonreír y fingir que todo está bien, por no ser simpática y agradable (como se supone) que deben ser las damas.

La politóloga Florencia Freijo se refirió al debate en cuestión en su cuenta de Twitter y opinó: «¿Cómo desde el feminismo piden que Cristina sea “bien educada” con su agresor? Desconocen todo lo sucedido, le están pidiendo que sostenga formas (mandatos) con un machista del poder».

La cara (de ojete) de Cristina no es capricho, sino producto del hartazgo de años de difamación mediática y persecución político-judicial. Fueron muchas las estrategias para perjudicarla desde la modificación, a través de una resolución, que impidió el traspaso de mando en el año 2015, hasta no conceder la trasmisión en vivo de su actual declaración en el juicio oral y público de las causas que fueron tapa, editoriales e informes periodísticos en los principales medios de comunicación.

Poques polítiques en la historia argentina fueron tan atacades como Cristina Kirchner. Las tácticas para desprestigiar su figura obedecieron lógicas patriarcales: la trataron de loca, histérica, chorra, bruja. Indagaron en la vida y salud de sus hijes e incluso se ha llegado a cuestionar si realmente había fallecido su marido Néstor Kirchner. Después de todo, una cara de orto es lo mínimo que se puede esperar.

Usted es una señorita

¿Cuántas veces nos dijeron cómo sentarnos, cómo comer, cómo hablar, cómo caminar, cómo «mejorar la postura», cómo vestirnos o peinarnos, cómo ser una dama? Una señorita amable (que merece ser amada), que agrade a la vista, que se comporte, que no ofenda, que caiga bien. 

¿Cuántas veces escuchamos frases como: «sentate bien», «cerrá las piernas», «no hables tan fuerte», «no queda bien que una chica diga groserías»? Guardar las formas para las feminidades es mucho más que ubicarse, es seguir un estereotipo de mujer: callada, sonriente, decorativa. Como una promotora que se para atrás del piloto de carreras.

La disconformidad sin tapujos expresada por Cristina, es la rebeldía de muchas y muches que en estos años lograron romper con los mandatos de agradar y comportarse para mostrarse tal cual son. Es el dejar de caretearla con el machirulo y hacerle saber que con él está todo mal, aunque haya sido el Presidente de la Nación. 

Lo femenino asociado a lo fantástico de los cuentos de hadas, a la princesa o hechicera (tal como describió a su esposa Mauricio Macri) que canta feliz por el bosque rodeada de tiernos animalitos se terminó, porque las feminidades no siempre somos delicadas, finas, sonrientes y agradables, también nos enojamos, clavamos cara de orto y lo hacemos saber.

This girl is on fire

«Yo no soy hipócrita, no lo voy a ser nunca», anunció la vicepresidenta frente a miles de personas reunidas en Plaza de Mayo con motivo de la asunción del nuevo gobierno y agregó: «Ustedes saben, puedo equivocarme, puedo cometer errores pero ustedes saben, que digo lo que pienso y hago lo que siento». 

Nunca fue gratis decir lo que pensamos ni hacer lo que sentimos, desafiar lo establecido trae consecuencias, es por eso que Cristina habla de «coraje» y lo diferencia de la «soberbia» que siempre le han adjudicado como figura política femenina: «Porque para llevar las cosas adelante hay que tener coraje»,  advirtió en su discurso.

Esperar que una mujer, después de haber padecido todo tipo de violencias simbólicas, se «comporte» de manera ¿correcta? Es un deseo patriarcal porque significa, una vez más, callar las injusticias para no armar bardo, para no ofender al macho, para dejar que el status quo siga funcionando perfectamente.

El gesto de Cristina es el de muches que, como ella, están hartes de posar y fingir algo que no son. Es la transparencia de ser sincere con une misme y cortarle el rostro al que te quiso denigrar. Marcar la cancha y hacer saber que si me maltratás no te pienso mirar a los ojos, que con la violencia se corta de raíz y que hay cosas que ya no se toleran más. 

Respetá mis pronombres: adolescencias trans

En este artículo se utiliza terminología propia de la diversidad LGBTIA+. Podés repasar los conceptos que desconozcas en nuestro glosario sobre género y sexualidad.


Palermo. Domingo por la mañana. Tres jóvenes trans se reúnen para hablar de sus realidades, del pasado, del presente y del futuro. Las infancias trans apenas empiezan a ser tema de agenda y hace quince años no disponían de las mismas herramientas que hoy para ponerle palabras a su sentir. Masculinidad, femineidad, binarismos y no binarismos. ¿Cómo expresar algo para lo cual no se tienen palabras ni referencias? Las personas trans no estaban en la televisión, no tenían espacio en las escuelas y mucho menos en la mesa familiar.

Lucian (20) se presenta como persona no binaria y usa pronombres neutros o masculinos. Federico e Iván (17) son dos varones trans no binarios, pronombres masculinos, gracias. Los tres coinciden en algo, sin titubeos: el género que se les asignó al nacer no era correcto.

«Un día, una amiga (ese femenino, con muchas comillas) del colegio dijo “¿No les pasa que les molesta que nos vean como mujeres, que nos digan que somos minas?”. Las otras dos chicas del grupo enseguida dijeron que no y yo me quedé pensando, “¿Sabés que sí?”. Nunca lo había pensado pero lo empezamos a plantear y tenía sentido. Nos fuimos descubriendo entre nosotros. Si él no me lo hubiese dicho, hoy yo estaría en la misma igual pero quizás no tendría las herramientas para ponerlo en palabras», relata Iván.

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Fede

No hay edad para el autodescubrimiento. Muchas personas lo saben de pequeñas, otras lo intuyen pero no lo pueden explicar y otras tantas se lo cuestionan en la adultez. Ser testigo del proceso de construcción ajeno ayuda a comprender la tormenta propia de dudas y curiosidad sobre la identidad, y es por eso que resulta vital normalizar y visibilizar las vivencias trans. «Hace años, no se usaba mucho el pronombre “elle” pero cuando lo empecé a escuchar más y empecé a ver personas que eran súper femenines e igual usaban pronombres neutros, igual eran válides, empecé a aceptarme y a verme como una persona válida», recuerda Lucian.

«Desde chico tenía problemas con mi nombre y mi cuerpo. Había algo que no me cerraba pero no tenía idea de qué ni por qué. Veía niños en películas y sentía que quería que me vieran así a mí. En todos mis juegos, yo era un varón y me llamaba Lázaro», afirma Fede. «Años más adelante, investigué, descubrí la denominación “bigénero” y dije “Bueno, creo que me pasa esto”. No fluctúo, hay una esencia mía que no cambia, pero a veces se expresa de una forma y a veces de otra. Me daba mucho miedo pensar en cómo sería mi vida si salía del clóset. Pensaba si me iban a odiar, si me iban a desear, si me iban a querer. Pero yo sentía la cosquillita de saber que eso era lo correcto».

En Argentina, la comunidad trans-travesti y les disidentes de género se mantuvieron como estricto tabú durante décadas, incluso cuando la diversidad sexual comenzaba a asomarse. El avance histórico se vio particularmente ralentizado por las nociones que nuestro país imponía en cuanto a cultura familiar y «estilos de vida correctos», pero estas ideas no eran más que un pensamiento propio de ciertos sectores que pretendían (y aún pretenden) predicarlos como verdades universales.

La cisnorma binaria no es universal y los ejemplos abundan. Les Hijras son una parte del pueblo hindú que existe desde hace más de mil años (las primeras leyendas que narran su origen desde lo divino datan del siglo IX) y se les considera personas de un tercer género. Durante siglos fueron venerades y admirades e incluso oficiaron como consejeres imperiales. En nuestro propio continente, diversos pueblos nativos norteamericanos reconocen hasta cinco géneros distintos y las personas no son juzgadas por su identidad sino por su contribución al desarrollo de sus comunidades. En estos y tantos otros casos, la llegada de los invasores colonizadores significó el comienzo de la opresión a través de la imposición de la ideología europea y cristiana que, al día de la fecha, domina en la mayoría de las culturas del mundo.

Repensar el género en comunidad

«Me sentía una masculinidad pero me daba miedo asumirme como tal porque no quería que la gente me viera como un chabón hegemónico. Si me asumía 100% como una masculinidad, iban a empezar a caer miles de estereotipos sobre mí. Hay algunos que sigo y con los que me siento cómodo, pero otros no. No soy eso», rechaza Iván.

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Lucian

La juventud trans hoy se plantea la esencia misma de qué es ser un hombre, una mujer, ambos o ninguno. Las construcciones de masculinidad viril y femineidad delicada se quedan cortas, pero en una cultura que todo lo codifica como femenino o masculino es imposible construir identidades enteramente aisladas de los estereotipos. «No se trata de perpetuar estereotipos sino de sentirme bien. Me puedo poner un binder [faja que se utiliza para aplanar la zona del busto] y ser más andrógine o pintarme toda la cara y dejarme el pelo largo lleno de rulos. Lo hago por mí, para vivir cómode», explica Lucian.

Existe una definición errada pero muy difundida de lo que significa ser trans: «Para ser “trans en serio”, se debe sufrir disforia». La disforia es un término patologizante que describe a las personas trans como personas que «creen que son víctimas de un error de la naturaleza y que están cruelmente encarceladas en un cuerpo incompatible con su sentimiento interno» y se utiliza para listar a la transexualidad dentro del capítulo sobre trastornos de la identidad sexual del famoso manual médico MSD.

Dentro de la comunidad trans-travesti, esta noción es cada vez más rechazada por haber sido una forma histórica de opresión y violencia médica. La disforia no es una faceta innata del ser trans, sino que se hace presente a partir de la mirada social: cuando una persona trans afirma su género real, la sociedad cisbinarista espera que cambie su cuerpo, su ropa, su comportamiento para alinearse con lo que entiende como «propio» de ese género. Si la transición no ocurre o la persona no logra «verse cis», empiezan los ataques que terminan causando esa disforia: «Tan trans no sos», «Lo decís porque está de moda», «Es una fase, ya se te va a pasar», «Que no te gusten los vestidos no significa que seas varón», «Sin vagina, no sos mujer».

Ser trans es, sencillamente, no ser del género que fue asignado al momento del nacimiento; no es requisito odiar el propio cuerpo ni preferir los estereotipos de un género sobre otros. El género es una vivencia interna, que puede o no reflejarse en la forma de presentarse ante les demás. Desde su experiencia, Fede admite que suele darse un intento de «adaptación» forzado desde lo cultural, porque muchas personas solo aceptan a las identidades trans y travestis cuando estas se adecuan en cuerpo y comportamiento a los estereotipos del género que la persona expresa.

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«A veces me quería poner un vestido y unos shorts que me quedan divinos pero, por ejemplo, con mis xadres no podía porque siempre tuvieron problemas para aceptarme como pibe trans y sentía que no podía hacer nada que les hiciera pensar que yo estaba “volviendo para atrás”. Tenía que ser el estereotipo de pibe macho. En el colegio, era todo muy buena onda pero siempre había un tono de duda, como si me preguntaran “¿Seguro que sos trans?”», recuerda Fede. «Quiero ser visto como un varón trans, que se note que soy varón pero no con los estereotipos cis. Me molesta que, para que la gente me vea como varón, me pidan que me cambie el cuerpo. Yo ya soy un varón, ¿dónde ves una mujer acá?».


¿Querés saber más sobre juventudes trans y feminismo, violencias y representación?

Segunda parte de la nota: Existimos y resistimos: adolescencias trans II


Fotografía: Juana Lo Duca
Maquillaje: Lucía Rossi

Educación sexual para decidir

En el año 2006, se sancionó la Ley de Educación Sexual Integral pero, al día de hoy, sigue sin cumplirse. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué es necesaria su implementación? 

«Establécese que todos los educandos tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión estatal y privada de las jurisdicciones nacional, provincial, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y municipal», líneas introductorias a la ley 26.150 (ESI).

A pesar de que la ley cumplirá 12 años desde que fuera sancionada, aún hoy sigue sin implementarse de manera adecuada y, por lo tanto, quedó desactualizada.

Según la ley, la ESI comprende tanto los aspectos biológicos de la sexualidad como los psicológicos, sociales, afectivos y éticos. Esto implica que las escuelas no deben simplemente hablar del sistema reproductor y enseñar a usar los métodos anticonceptivos de manera efectiva, sino que además deben explorar la diversidad, el respeto hacia las parejas sexuales y la sexualidad responsable, entre otras cosas.

«En cuarto año, una profesora de salud y adolescencia se animó a hablarnos, pero cada vez que teníamos su clase tenía que cerrar las puertas, y que nada de lo que habláramos saliera del curso porque, si no, corría «riesgos»». Rocio, exalumna de un colegio católico de Lanús.

Actualmente, la educación sexual es abordada en las escuelas de manera paupérrima, si es que siquiera se aborda. Se habla poco y nada, en clases de biología o salud mayormente. Muchas veces, se realizan talleres a pedido de los propios estudiantes, pero sigue sin abordarse de manera transversal como la ley indica.

«En mi colegio, la Educación Sexual se habla en marco del pedido de lxs estudiantes estrictamente. En cuatro años de cursada, todas las actividades en torno a E.S.I. fueron organizadas por el centro salvo una excepción el año pasado donde se trató violencia de género». Cassandra, alumna de una escuela pública de Balvanera.

La educación sexual es importante, no sólo para poder concebir una sexualidad responsable desde temprana edad, sino también para poder derribar los estereotipos de género y el desconocimiento por la diversidad sexual. Sin embargo, la sexualidad sigue siendo abordada desde una mirada cisheteronormativa que no incluye a las distintas identidades de género ni tampoco contempla las diversas orientaciones sexuales.

«Me hubiera gustado que hablen de las orientaciones sexuales. Yo, como una persona bisexual, me sentí súper invisibilizada. Lamentablemente, la única vez que tocamos el tema fue cuando uno preguntó si la OMS consideraba a la homosexualidad una enfermedad. La respuesta de la profesora fue un «no» y cambió de tema». Aylén, alumna de una escuela católica de Morón.

Lo más habitual es que los contenidos de educación sexual se vean en los últimos dos años de secundaria, con alumnos de entre 16 y 18 años. Según distintos estudios, en nuestro país los adolescentes comienzan su vida sexual antes de los 16 años: por ende, estos temas se abordan de manera tardía.

«Todo lo que nos dieron de educación sexual, ya lo había aprendido antes fuera del colegio. Ya sea por las redes sociales, mis viejes, amigues, etc. Decidí no esperar a cumplir 17 años y llegar al último año de secundario para aprender cosas que me parecen sumamente importantes y que se tendrían que enseñar mucho antes». Lucas, exalumno de una escuela católica del microcentro porteño.

Dado que hay un artículo de la ley que establece que cada institución escolar tiene derecho a decidir sobre el proyecto institucional para abordar el tema, muchas escuelas (principalmente religiosas) abordan solo la sexualidad con fines reproductivos e incluso desalientan el uso de métodos anticonceptivos.

Según una encuesta realizada por la Fundación Huesped, el 86% de los alumnos siguen asociando la educación sexual al sistema reproductivo. Si bien hoy en día hay movimientos estudiantiles interesados en promover la ESI, la situación no es homogénea dentro de la comunidad educativa.

La ESI debería poder otorgar herramientas a los jóvenes para disfrutar de su sexualidad de manera responsable y libre de prejuicios. Para educarse en la diversidad y el respeto hacia el otro. Para derribar los estereotipos de género y educar una sociedad más equitativa.

Aunque mucha gente decida hacer oídos sordos, una de las bases de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto es la lucha por la Educación Sexual Integral. Si no tenemos una educación sexual integral, transversal y que se cumpla en todas las escuelas, tenemos una sociedad desinformada, que desconoce sus derechos, que no puede elegir libremente.

Educación sexual para decidir.

Anticonceptivos para no abortar.

Aborto legal para no morir.


Fuentes:
Ley de Educación Sexual Integral
Fundación Huesped

Liderazgo masculino

La visión de líder o jefe construida socialmente a lo largo de los años suele ser la misma en el imaginativo de cada unx. Un hombre con experiencia, imponente, bien vestido, exitoso… Pero la característica más importante, que se repite en cada caso, es justamente la de un líder hombre.

Tina Kiefer, profesora en comportamiento organizacional de la Universidad de Warwick (Inglaterra), descubrió que, en general y sin importar nuestro género, las personas solo consideran líderes a los masculinos.

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Foto de Tina Kiefer

En una entrevista con The New York Times, Kiefer destacó que:

“Incluso cuando no se hace ninguna alusión en torno al género, la gran mayoría señala a un líder con términos masculinos, en vez de neutros  o femeninos. Hasta cuando los dibujos tienen un género neutro, lo cual es poco común, la mayoría de los grupos presenta las ilustraciones usando un lenguaje masculino (él)”.

Los estereotipos afectan las percepciones y, por ser constructos que se prolongan a lo largo del tiempo, están presentes en las mentes de todxs, lo cual genera que incluso las mujeres no se consideren líderes entre ellas. La profesora Elizabeth McClean, de la Universidad de Arizona, sostiene que:

“La gente tiene en su mente estos estereotipos respecto de cómo luce un líder. Así, cuando vemos a una persona nos preguntamos, ¿calza con mi idea de uno?”.

Basada en este aspecto, la revista especializada Academy of Management Journal publicó las conclusiones de análisis de un grupo de destacados investigadores: destacarse como líderes en el lugar de trabajo es más difícil para las mujeres que para los hombres. Aunque ambos realicen las mismas tareas, solo se suele reconocer el potencial masculino.

“No importa lo que diga una mujer. No aumenta su estatus por compartir su visión, y por ende tiene muchas menos posibilidades de ser considerada como líder”, asegura el profesor Alfred Lerner.

Alice Eagly, psicóloga de la Universidad de Northwestern (Estados Unidos), afirma que virtudes como la inteligencia, la organización o la sensatez suelen reconocerse más en mujeres que en hombres; pero cuando se habla de la capacidad de “hacerse cargo”, esta se convierte en una cualidad masculina.

Además, los patrones se ven reforzados constantemente porque son hombres los que siempre desempeñan cargos directivos; por lo tanto, las personas tienden a seguir pensando de la misma forma.

Una encuesta realizada por LivePerson reveló que solo un 4% de los encuestados fue capaz de nombrar a una líder de la industria tecnológica. Un 57% no tuvo problemas en nombrar a hombres como Bill Gates, Steve Jobs, o Mark Zuckerberg, mientras que una cuarta parte mencionó a “Siri” y “Alexa”, voces de servicios de Inteligencia Artificial, como líderes tecnológicas femeninas.

A pesar de lo anterior, los resultados también muestran que la mayoría de lxs encuestadxs confiaría más en una compañía tecnológica si estuviera dirigida por una mujer.


Fuentes
Biobiochile
NYTimes
Netmedia

La belleza duele

¿Qué es la feminidad? ¿Qué significa ser femenina? Es un conjunto de atributos asociados al rol tradicional de la mujer, que varía en las distintas sociedades y contextos históricos. Estos incluyen el carácter, el comportamiento aprendido y el aspecto físico. Es decir, ser femenina significa verse femenina.

El ideal de feminidad es un ideal colectivo de lo que debería ser una mujer y de cómo debería verse, donde la moda y la belleza toman relevante importancia, y se inculcan en las mujeres desde que son chicas.

Encontrar ejemplos que lo demuestren es sencillo: las jugueterías están llenas de valijitas de maquillaje y de muñecas rubias, esbeltas y de ojos claros, cuyo slogan es “Se lo que quieras ser, se una Barbie Girl”; en la adolescencia, el comportamiento debe asemejarse al de una “señorita” y cuando llegan las primeras sesiones en la depiladora, el consuelo generalmente suele ser “las primeras veces duele, después te empezás a acostumbrar”.

En esta frase resuena la costumbre, y es que desde pequeñas se aprende que aquello que molesta e irrita es parte de lo cotidiano, que “la belleza duele”. La incomodidad se vuelve hábito.

Para las mujeres, es un hábito aprendido buscar imperfecciones y corregirlas a toda costa en el intento de alcanzar ese canon de belleza o ese ideal femenino presente en las publicidades de revistas, en las películas y en la industria de la moda. Canon que puede llegar a generar consecuencias desastrozas en nuestra salud física y mental.

La imagen de mujer perfecta genera que se pierda tiempo, plata, comodidad, y hace sobresalir las inseguridades. Lo paradójico es que la incomodidad genera cierta seguridad. Los tacos altos que hacen doler los pies y el maquillaje en exceso que no permite sonreír sin pensar “¿Tendré labial en los dientes?” son los que supuestamente otorgarán confianza en una misma.

La farsa de la “belleza natural”

Hay quienes argumentan que consideran más bella a aquella mujer que está “al natural”. Lo cierto es que esa idea de “belleza natural” no incluye vello en las piernas, estrías ni acné, y en su lugar trae a la mente a una mujer depilada, tal vez sin maquillaje, pero con una piel sin ninguna marca.

Esto se evidencia claramente en las tendencias de maquillaje como el “no make – make up”, que buscan un rostro natural pero que aun así procuran ocultar las imperfecciones.

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El cuerpo de mujer en su verdadero estado natural y sin intervenciones no es considerado bello sino descuidado o masculino, porque lo común es asociar a la feminidad con la idea arreglarse y “cuidar” del cuerpo. De hecho, hasta se asocia a lo antihigiénico (pero solo en las mujeres, jamás en los varones).

Con todo esto, no es la idea rechazar por completo la feminidad sino intentar alejarla de la imagen tóxica de mujer perfecta, responsable de enfermedades alimenticias, gordofobia, hipersexualización de los cuerpos (incluso de los cuerpos de adolescentes y niñas), y acercarla a una más real.

Que lo femenino no se asocie a lo hermoso por su superficialidad, delicadeza y debilidad, sino a lo hermoso por lo diverso y fortalecedor que puede ser.

 


Imagen destacada: Ana Miranda.

No seas gorda vs. No seas flaca: cuando los demás te dicen cómo tenes que ser

Los cánones de belleza no han sido estáticos: se transforman con el paso del tiempo y varían según época y cultura. La década del 60 llegó cargada de cambios. Además del rock and roll y los vestidos a lunares, se formaba toda una estética según la cual ver un cuerpo más “rellenito” era sinónimo de “buena salud”.

Había una vez… una fórmula mágica que podía quitarte el aspecto de “flacuchx débil”, para transformarte en una persona vigorosa, fuerte, sana, llena de vida y de energía. Se llamaba Plus Forma, y se vendía en farmacias. El ideal de belleza en el cuerpo de las mujeres estaba marcado por sus curvas y formas redondeadas, mucho más cercano a los cuerpos renacentistas de los siglos XV y XVI que a los actuales.

Basta recordar comentarios de nuestros padres, abuelos o conocidos para asociar esta temática: si lx niñx está gorditx, es porque goza de buena salud.

Para graficar esta idea de cuerpo vigoroso y curvas que no pedían permiso, imaginemos por un momento a Isabel “la Coca” Sarli, la actriz argentina de referencia más indicada para realizar comparación con los casos de actrices y modelos actuales.

Hacia los años 90, algo cambió. Nuevas figuras se introdujeron en el marco cultural. Valeria Mazza marcó tendencia en el modelaje mostrando un cuerpo muy distinto y delgado: un nuevo cánon había llegado para quedarse.

De las modas impuestas por la cultura actual, encontramos una nueva epidemia, que son los trastornos alimenticios como la bulimia o anorexia, acompañados de una delgadez extrema. Este tipo de cuerpos es promovido como ideal de belleza, lo necesario para “estar en forma”: este es el mensaje que llega a millones de adolescentes a diario por medio de series, novelas, redes sociales y publicidades, de forma mucho más veloz de lo que pueden hacerlo las demoliciones de estereotipos.

Hacia el nuevo milenio, pudimos observar que ya no alcanzaba con ser delgadx para cumplir con la bajada de línea normativa, sino que en el caso de las mujeres se sumó una irrupción de siliconas y bótox que llegaron para sexualizar aún más la imagen femenina.

La publicidad es un reflejo de lo que sucede en la sociedad, y no al revés. Es por esto que actualmente vemos que, ante la concientización feminista en cuanto a los roles estereotipados de género, una conocida marca de quitamanchas “comprendió” en 2017 que no somos sólo las mujeres quienes usamos el lavarropas, por mencionar sólo un ejemplo de los pequeños avances actuales.

En todos los tiempos hubo una línea que mantener, estilos que nada tienen de naturales pero que la sociedad requiere. Ejemplo sencillo: hoy, en la cultura argentina, el maquillaje está destinado a las mujeres; en la cultura egipcia, 4000 años A. C., los productos cosméticos no distinguían sexo ni género, además de tener otras connotaciones sociales.

Lo mismo sucede con la depilación. “Hay que sufrir cochura por hermosura”, dice el refrán sobre la quemazón que siente el cuerpo al ser depilado, pero como todo mandato cultural, ha calado hondo.

Los cánones de belleza, al igual que otros fenómenos culturales, son construcciones espacio-temporales, ya que nada sucede de forma aislada. Por eso es que cada reflexión debe estar situada y ser analizada en función de su contexto determinado.

La emulsión Plus Forma no es sólo un producto que fue publicitado con fines comerciales en lo económico; fue una venta de producto, pero también de valores. Es la venta de una estética particular que logra imponerse como valor universal, para así poder entrar en el “orden ideal de la existencia”.

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Como Nunca, una obra rupturista

Como Nunca es una obra que vino a romper, quebrar y (auto)revisar al colectivo LGBTQ en todo su espectro. Vino a desinstalar estereotipos propios de la revista teatral porteña y de la cultura gay en sí, y algunos estereotipos impuestos, también. Franco Torchia y Juan Pablo Mirabelli se propusieron este proyecto, que Liliana Viola se encargó de escribir y Dino Balanzino de dirigir, y se subieron al escenario.

Desde Escritura Feminista, charlamos con Franco Torchia sobre la obra y el proyecto.

“Somos autocríticos en reconocer que nadie está exento de marginar y excluir, porque vivimos en un sistema de exclusión y marginación permanente. Todos pertenecemos a un sistema socioeconómico, histórico y cultural que no nos deja exentos a nosotros (el colectivo LGBTQ) de discriminar”, describe Franco Torchia, Licenciado en Letras, conductor y periodista, que se animó a incursionar en la actuación.

“La cultura gay le rinde pleitesía a la imagen, al cuerpo trabajado, al levante exprés, al sexo casual, a la vestimenta, a la industria de la moda, y nosotros [en la obra] somos autocríticos en ese sentido”, explica quien fuera la histórica voz del programa televiso de las décadas de 1990 – 2000 Cupido, que también tiene un cuadro en el show.

El espectáculo, de estilo café concert, propone ser una especie de disparador de autocrítica al centro y hacia afuera del colectivo LGBTQ en cuanto a situaciones discriminatorias, a través de puestas en escena humorísticas como el sketch, el monólogo e incluso la interacción con el público.

Torchia menciona como algunas de esas situaciones a “una cierta lesbofobia que hay entre los gays, o el modo en el que muchos gays usan a las personas trans o travestis”.

Para continuar con la línea rupturista, la obra presenta al primer vedette hombre y, con él, las preguntas de ¿por qué el rol de vedette tiene que ser ocupado únicamente por una mujer? ¿Qué es ser vedette, hoy, en la Argentina? ¿Hay requisitos?

“Juan Pablo Mirabelli siempre quiso construir la figura de vedette hombre y esto responde a la construcción de un personaje desde la actuación, pero, al mismo tiempo, nunca hubo un vedette hombre en la historia argentina.

Ponemos el énfasis ahí porque creo que implica arrebatarle la categoría al teatro de revistas que siempre la usó de una manera un tanto humillante, porque siempre es una mujer la que ocupa ese rol”, argumenta Torchia.

A estos interrogantes, los protagonistas suman una reflexión en torno a los cánones de belleza impuestos en el mundo de la revista teatral.

“Juan Pablo no tiene un cuerpo voluptuoso o de gimnasio extremo como un stripper. Entonces, ahí también hay un punto, porque a lo largo del tiempo el cánon de los cuerpos de las vedettes mujeres ha ido cambiando, aunque hay un patrón. Esto también marca un quiebre porque permite pensar por qué ese rol no puede ser ocupado por un hombre, ya que el mundo de las vedettes está dominado por mujeres”.

Sin quererlo, Como Nunca supone ser una expresión activista del colectivo LGBTQ, aunque Franco Torchia afirma que no buscan dialogar con el activismo aunque ya lo están haciendo, sin proponérselo. Lo que sí se proponen es instalar interrogantes a través del humor y lograr que el público se vaya con algo más que risa.

Como Nunca

Dónde: Work Bar, Gurruchaga 1832.

Cuándo: miércoles de diciembre y enero a las 21 hs.

Entradas: $ 250.