Romances tóxicos en ficción: ¿qué idea del amor reciben les jóvenes?

Artículo colaboración escrito por Josefina Anschütz y Mar Cortés


Muchas veces se dice que la ficción supera a la realidad pero podemos postular que se trata de una retroalimentación constante. Las relaciones tóxicas existen tanto en la vida real como en las películas; la cuestión es que las personas estamos atravesadas por la cultura y nuestros consumos audiovisuales. La falta de representación de relaciones sexoafectivas sanas quita la posibilidad que podamos ver en producciones personajes que aporten a la construcción de relaciones más saludables.

Desde Mr. Rochester en Jane Eyre hasta el enigmático «bad boy» Noah Flynn en The Kissing Booth; desde Mr. Darcy en Pride and Prejudice hasta Damon Salvatore en The Vampire Diaries. Estos nombres y muchos más que pueden ser nombrados traen a colación un tema poco novedoso dentro de los productos culturales dirigidos a las audiencias jóvenes: la romantización del comportamiento y las relaciones tóxicas.

En una sociedad donde la violencia de género es cada día más preocupante, esta romantización no ayuda a que el problema se visibilice. Sin embargo, sea adrede por parte de les autores o no, este fenómeno provoca que la violencia y el mal comportamiento dentro de las relaciones afectivas se vea normalizado, hasta el punto de que se encuentren cientos de justificaciones de por qué «está bien».

¿El personaje obliga a la protagonista a irse con él a raíz de un ataque de celos? ¡Qué romántico! ¿La manipula psicológicamente para que se quede junto a él debido a que «la ama y no puede vivir sin ella»? ¡Más tierno no puede ser! ¿La sigue a todos lados porque quiere protegerla, aunque en realidad no la deja ni respirar, y solo él puede cumplir con el rol de «guardaespaldas»? ¡Es tan bondadoso! ¿La usa para su propio beneficio pero se lo retribuye sentimentalmente? ¡Tenía sus motivos, nunca quiso lastimarla!

No, no y mil veces no. La romantización de estos personajes lo único que logra es que se invisibilizan millones de casos por los que se viene luchando hasta hoy en día. Durante las décadas de 2000 y 2010, este patrón comenzó a verse más a menudo en las películas y series dirigidas a niñes y jóvenes. Entre los cientos de ejemplos que pueden encontrarse, seleccionamos los siguientes.


  • Severus Snape (Saga Harry Potter)
Severus Snape (Saga Harry Potter)

El siniestro y malhumorado profesor de Harry Potter desde siempre ha dado de qué hablar. En el fandom (término usado para describir a las comunidades activas de fanátiques de productos culturales) de la saga, se tiene una opinión bastante dividida acerca de este personaje. Muches lo romantizan por «haber estado enamorado de Lily Potter e intentado proteger a Harry». Sin embargo, y pese al intento de darle una redención al personaje, eso dista mucho de sus verdaderas acciones y motivaciones.

El hombre de pelo oscuro y grasiento, como lo describe Rowling en sus páginas, no es más que un varón obsesionado con una mujer con la que nunca tuvo más que una amistad. Como se narra en los libros y se ve en la última película, cuando Harry ve los recuerdos del profesor fallecido, descubre que él y Lily habían mantenido una amistad temprana, interrumpida por culpa de Snape. Posteriormente, y aún «enamorado» de ella, cometió el error de llevarla a su muerte junto con su marido y, pese a sus intentos de salvarla sólo a ella, no lo logró. Fallecidos los padres del «niño que sobrevivió», Snape no duda en maltratar a Harry cada vez que tiene la oportunidad, no solo verbalmente sino también psicológicamente, por ser la viva imagen de James Potter, su progenitor y esposo de Lily.

Mientras que muches Potterheads (como se autoproclaman les seguidores de la saga) afirman que este personaje siempre actuó movido por su amor a Lily y su deseo de proteger al hijo de ella, esta teoría se aleja de la realidad al intentar romantizar y hasta perdonar de pena y culpa a un hombre macabro que no pensaba más que en su propio beneficio y en su enfermiza obsesión con una mujer muerta.

  • Travis Maddox (Saga Beautiful Disaster)

El típico boxeador y bad boy con complejo de Edipo. La toxicidad andante y cliché por la cual cualquier adolescente, si no es advertide, caería a sus pies. Vive por y para luchar. ¿Su pasatiempo preferido? «Bolsearse» a desconocidas para luego denigrarlas por meterse con «alguien que no tiene intenciones de llamarlas». Y, además, perseguir como psicópata a la protagonista, la «única mujer que ama y amará», para que se quede junto a él.

Su comportamiento es uno de los más tóxicos que encontramos en las novelas juveniles de la década de 2010, ya que no solo presenta al personaje que realiza todo por amor, sino que romantiza de una manera extrema la violencia física y psicológica. Si él no puede conseguir que la chica que «ama» esté con él, lo intentará mediante trucos como el comprarle regalos o comportarse de forma tierna para manipular la situación a su favor. Además, si las cosas no salen como él quiere, su respuesta será romper todo lo que haya a su paso o golpear a quienes se encuentren a su alrededor.

Este es, sin lugar a dudas, un personaje bastante peligroso de adaptar hoy en día. No solo porque la historia no es apta para menores, sino que también porque puede darle una idea equivocada a les jóvenes de hoy en día.

  • Hardin Scott (Saga After)

After es una saga de nueve libros escritos por Anna Todd, una escritora estadounidense que surgió de la red social para personas escritoras Wattpad. Esta saga, en principio, se trató de un fanfic de One Direction. El fanfic es un género literario en el que se toma como base a personajes y universos de otres autores o a personas de la vida real (por ejemplo, celebridades) y se crean ficciones en torno a esos elementos. El personaje de Hardin está basado en Harry Styles, el ex vocalista de One Direction, aunque la historia no tiene nada que ver con la banda inglesa.

Hardin Scott (Saga After)

La saga de libros, que se publicó en 2014, tuvo tanta popularidad que en 2019 se llevó al cine bajo el título After, aquí comienza todo, protagonizada por Hero Fiennes Tiffin y Josephine Langford.

Tanto la novela como el filme son criticables desde muchos puntos de vista e incluyen la romantización de una de las peores relaciones tóxicas de la cultura popular después de la que Christian Grey sostiene con Anna. El personaje de Hardin Scott es el típico bad boy sufrido, que tuvo una infancia traumática y justifica su violencia y su alcoholismo en esto. Por otro lado, tenemos a Tessa Young, una «nena bien»: buena hija, buena estudiante y profesional responsable. Por casualidad, conoce a Hardin en una fiesta y la química es innegable. El clásico boy meets girl.

El problema comienza cuando Hardin despliega toda su toxicidad sobre ella: la manipula, le grita, la maltrata, la acosa, depende de ella para su estabilidad mental y emocional, la cela, la persigue. Todas las red flags juntas, pero ella es tan buena y lo ama tanto que lo perdona y lo sigue eligiendo a pesar de todo.

¿Por qué se siguen representando estas pésimas relaciones en el cine? ¿Por qué se siguen mostrando estos amores imposibles al estilo Romeo y Julieta? Es ficción, claro está, pero en ningún momento ningún personaje se cuestiona que la relación está mal; que Tessa no es su psicóloga ni su saco de boxeo. Si Harden necesita terapia, que vaya; una pareja no es la solución a los problemas y es mucha carga emocional tener que ser quien los repare.

  • Noah Flynn (Saga El stand de los besos)
Noah Flynn (Saga El stand de los besos)

Cerramos con el típico estereotipo de chico popular jock, violento y abusivo. Noah Flynn es un personaje detestable y de lo más tóxico, de esos que, mejor, mantener bien lejos, pero la tierna y dulce Elle Evans no puede evitar caer en sus encantos. Su sonrisa, su lunar estratégicamente colocado entre sus abdominales y todo eso, sí, pero las red flags abundan.

Desde el inicio, la relación no comienza bien. Ella es menor que él y él siempre la había considerado como su hermanita pequeña, ya que es compañera de su hermano, hasta que las cosas cambian. Se trata de un hombre que, supuestamente, demuestra afecto a los golpes, como cuando se pelea con cualquiera que mire a Elle más de 30 segundos, cuando cela a su propio hermano porque pasa más tiempo con ella que él mismo, cuando la obliga a que elija entre ellos o cuando la manipula para que vaya a la misma universidad. Es un personaje detestable por donde se lo mire y no tiene crecimiento ni maduración a través de la trilogía: se mantiene como el mismo golpeador, violento, abusivo, celoso y posesivo de siempre. Elle tiene algunos instantes de lucidez donde decide que la relación ya no va más, que podría salir con otras personas que sí la quieren y la respetan, pero siempre vuelve a Noah y su toxicidad, porque no puede vivir sin su bad boy.


Luego de este recorrido por varios personajes tóxicos y la pésima representación de relaciones sexoafectivas en producciones audiovisuales, queremos brindar una luz de esperanza: no todos los personajes son tóxicos. Durante la década de 2010 y en esta de 2020, empezaron a aparecer producciones que muestran buenas relaciones sexoafectivas. Para nombrar algunas, podemos hablar de Moxie, Sex Education, BookSmart y Ladybird, películas y series que intentan mostrar relaciones un poco más reales y personajes no tan acartonados, mucho más humanos. Esperamos que cada vez haya más representación de este tipo de personajes y menos estereotipos. Confiamos en que es posible.


Las dos jaulas

Ficción colaboración escrita por Micaela Abdala


El Sr. y la Sra. Picklets habían estado casados por casi veintisiete años. Él era corredor de bolsa y ella una simple ama de casa.

Henry Picklets consideraba a los de su especie jefes de familia, los únicos capaces de traer dinero a la casa, dinero bien ganado con la fuerza de su trabajo. En su vida y en sus pensamientos, su mujer era solo una acompañante de sus logros. Las opiniones de ella no interesaban y, a pesar de eso, la relación entre ellos se mantenía estable, siempre y cuando al llegar a casa la cena estuviera lista. Nada de lo que ella hacía era suficiente para recibir un reconocimiento por parte de él. Los unía la costumbre, la visión que tenían del mundo, la idea de sentir que ambos pertenecían a alguien.

A Amanda Picklets esto no le afectaba. Sabía cómo era desde el momento en que lo conoció porque se había criado de la misma forma que él. No le importaba que sus opiniones no fueran tenidas en cuenta, tampoco estar en la casa encerrada las veinticuatro horas del día. No consideraba un problema el no tener amigos y tampoco que su marido le prohibiera algunas actividades. Se encontraba cómoda con su vida. Para ella, las restricciones que le imponía Henry no eran más que una muestra de cariño y cuidado.

Su rutina giraba en torno a las preocupaciones que le demandaba el mantenimiento de su hogar. No tenía hijos de los que ocuparse, mascotas a las que comprarles alimento, ni un trabajo que odiar. Toda su vida se reducía a lo que sucedía entre las paredes que la separaban del mundo exterior y que le recordaban día a día lo felices que eran sus vecinos. Siempre que podía, se hacía un tiempo para espiarlos desde su balcón mientras desayunaba. En ellos veía reflejado sus primeros años de noviazgo. 

Decía que amaba la soledad, el silencio, el poder disfrutar de un tiempo de tranquilidad, pero quizás no recordaba lo que era sentirse acompañada. A veces se encontraba a sí misma rememorando con anhelo las salidas con sus viejas amigas en Milán, quienes comenzaron a formar parte del pasado cuando Henry se convirtió en su presente y su futuro. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que había compartido un trago en un bar. Ya no recordaba lo que era llegar borracha a casa, ni reír hasta que las mejillas comenzaran a dolerle. 

De forma inesperada y casi sin permiso, llegó el día en que dejó de contar sonrisas y se convirtió en coleccionista de miradas inexpresivas. Una parte de su alma se concibió encarcelada y, como un acto de revelación, se separó de su cuerpo y emprendió un viaje del que no regresó. Un viaje que le estaba costando su ser.

De lo que Amanda estaba segura era de que amaba leer: le gustaba ser parte de millones de historias en las que ella era la protagonista. Probablemente eso era lo que la mantenía con vida. Había leído cientos de libros -incluso algunos más de una vez-, pero ninguno de ellos era sobre historias de amor, porque al Sr. Picklets le parecían tonterías y, al fin y al cabo, él era quien le compraba los libros. 

«Una mujer tan linda y con gustos tan ordinarios», le dijo Henry aquella tarde de otoño cuando le quitó sin permiso el ejemplar de Anna Karenina que ella tenía en sus manos. «Cuando me conozcas, esto no te va a hacer falta», agregó, acercándose a un tacho de basura y soltando aquel libro. «El amor no se lee, se siente y yo lo percibí en el mismo instante en que crucé la calle y te vi», terminó diciendo. Sus palabras, la seguridad en cada una de ellas, fueron lo que hizo que cayera rendida a sus pies. Lo que él no supo es que, cuando le dejó su número y se fue, ella revolvió la basura hasta encontrarlo. Todavía lo tenía guardado, envuelto entre la ropa en la que él nunca buscaría. 

Una mañana en soledad, no tan diferente al resto de las mañanas, mientras regaba las plantas de su inmenso jardín, descubrió entre los árboles una pequeña puerta de metal incrustada sobre el suelo. De la innumerable cantidad de veces que había pasado por allí, esta era la primera vez que la veía. Observó hacia todos lados como si la respuesta ante tal acontecimiento se encontrara a su alrededor. Temerosa, pero guiada por la curiosidad, la abrió y encontró una escalera que conducía hacia un largo pasillo. La puerta se cerró a sus espaldas cuando bajó el primer escalón y su corazón latió muy fuerte. Paso a paso recorrió el extenso camino en la oscuridad. El olor a humedad impactó directo en sus sentidos y el suelo áspero bajo sus pies le indicó el camino. Al final se encontró con la entrada de un pequeño cuarto.

Empujó y, en cuanto esta se abrió, sus ojos salieron de sus órbitas con lo que allí vio. Por un instante se sintió como Alicia en el País de las Maravillas. Era una sala repleta de libros: estaban por todas partes y divididos en secciones. Nunca había visto tantos en un solo lugar y, como un acto reflejo, corrió hacia los libros de romance que tanto anhelaba. Creyó sentir el momento en que su alma retornaba y se unía a su otra mitad. Recostándose sobre un pequeño sillón pasó la tarde inmersa en nuevas historias. El tiempo corrió lo suficientemente rápido para darse cuenta de que pronto Henry llegaría a casa y despidiéndose de aquel mágico lugar partió a preparar la cena.

Las sonrisas habían vuelto a su puerto, pensó, mientras revolvía la sopa de calamares.

Cuando su marido llegó, le contó lo sucedido y con emoción lo acompañó fuera para enseñarle aquel cuarto soñado, pero se llevó una gran decepción al notar que al levantar la tapa, todo había desaparecido, dejando en su lugar un montón de elementos de jardinería.

—Si no te dejo trabajar es para que te ocupes de la casa —le dijo su marido de mala manera—. Estás por volverte loca —agregó y se marchó, dejándola sola y confundida.  

Aquella noche Amanda no durmió y lloró en silencio al lado de quien decía ser la persona que más la amaba. Las palabras de León Tolstói resonaban como consuelo en su cabeza: «Cada familia infeliz lo es a su manera». 

Al día siguiente esperó ansiosa la partida de su esposo y, en cuanto este puso un pie fuera de la casa, se dirigió al jardín. Miró al cielo, contuvo la respiración, cerró los ojos, se persignó y empujó aquella puerta. La sonrisa se abrió camino nuevamente en su rostro. 

—¡Sabía, sabía que no estaba loca! —gritó mientras saltaba. 

Encontró las escaleras a esa pequeña habitación y emocionada corrió por aquel pasillo como una niña a repetir lo que había hecho el día anterior.

Así, en compañía de su pequeño secreto, pasaron varias semanas en su vida. Era tal el afán que tenía por las miles de historias que leía que comenzó a devorarse libros enteros día a día. Solo había un problema: ninguna de las historias que allí se describían era similares a la suya. No había malos tratos, ni golpes, ni insultos. Poco a poco comenzó a replantearse otra forma de amor. Llegó a sentirse miserable al darse cuenta de que, en realidad, aquello que creía verdadero sobre amar no era ni la mitad de bueno de lo que vivían los personajes de esos relatos. Amanda deseaba tener un amor como los que allí se describían. 

Sabía que su camino para conseguirlo no estaba allanado; estaba casada, apenas salía de casa y solo conocía a unas pocas personas de la ciudad, no tenía familiares ni nadie a quien acudir pero sentía que debía darse la oportunidad y buscar a alguien que la hiciera sentir como la antigua joven de veinte años. Alguien que la hiciera coleccionar risas. Tenía miedo y sabía que no podía huir porque no tenía a dónde ir, todo lo que hacía o conocía de su vida estaba manejado por su marido.

En su mente afloró la idea de mudarse a aquella pequeña habitación, él nunca la buscaría allí. Cada día que partía al trabajo, llevaba parte de sus cosas y las instalaba, hasta que por fin logró crear su propio espacio. 

Ni siquiera tuvo que dar explicaciones de por qué muchas de las cosas del hogar habían comenzado a faltar y pensó que, quizás, ella sería para él una de esas.

«El amor sí se lee», escribió en aquella nota que le dejó sobre la mesa. 

Regó las flores del jardín por última vez, se despidió de la casa y se prometió a sí misma que cuando estuviese lista volvería a salir al mundo. 

Mientras tanto, allí, con todas las historias que aún no había podido leer, aprendería del amor todo aquello que le había sido negado durante los últimos veintisiete años. 


Foto de portada: Gabriel Abdala.


Tener valor

A la memoria de Sandra y Rubén. Presentes.

Anoche casi no dormí. Hoy a las 9:45 a. m. tengo mi primera clase virtual como docente. Tomé horas en la materia Introducción a la Comunicación, en el 3° año de Secundaria. Muchas dudas dan vueltas en mi cabeza… Esto de la docencia, no sé… Pienso y me pregunto: ¿por qué está tan desvalorado el trabajo docente?

Lo del sueldo precario es una respuesta obvia, no voy a indagar sobre eso en mis pensamientos. Prefiero hacerlo en la calle y reclamarlo junto a nuestres pares docentes y alumnes en cada oportunidad. Creo que la desvaloración —si se me permite ese término— puede originarse en la mayoría de institutos privados y públicos que suelen dar contenidos con una visión eurocéntrica, que nos alejan de poner el foco en las prácticas actuales de nuestra sociedad latinoamericana, de nuestro cotidiano. 

Y así aprendimos, desde muy chiques, una educación tradicional de absorción de conocimientos, lo que el gran Freire llama «la educación bancaria». Que al final no beneficia ni a educadores ni a educandes, solo genera desigualdad y marginación. Revertir eso conlleva un doble trabajo y el contexto argentino nunca ayuda a la situación de les docentes, menos en esta pandemia.  

Prendo la computadora, me organizo la agenda y preparo el café mientras pienso. Tenemos que ser conscientes y repensar la historia: esa educación tiene ya 200 años. Debemos recuperar la práctica de eses docentes que le han puesto todo de sí a la educación pública y detenernos menos en los mandatos de Sarmiento.

Pero, también, seamos honestes. La educación utópica la veo de lejitos: que contenga diversidades, que enseñe a aprender, que nos haga pensar para crear, que nos tienda alas a todes. «Ay, que ilusa», susurro. ¿Qué pensarán les estudiantes? ¿Qué quieren aprender les pibes hoy? ¿Querrán realmente eso? ¿Cómo nos adaptaremos a esta virtualidad? La incertidumbre me inunda pero no me ciega.

Con los pies en la tierra reflexiono: son poquitos 200 años de esta historia escrita por unos pocos, tenemos tiempo de hacerla desde una alternativa inclusiva, diversa y respetuosa. Voy a ir un poco más atrás en la historia para reivindicar luchas de mujeres, de colectivos disidentes, de pueblos originarios. Acompañar los procesos de cada estudiante para generar conciencia, escucharles y transformar con paciencia. Inspiro hondo y, finalmente, doy inicio a la videollamada: «¡Buenos días, chiques!».


Imagen de portada: Adrián Pérez


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Belleza por catálogo

Apenas entró en el probador, una sensación incómoda le recorrió el cuerpo. La lamparita sobre el largo espejo titilaba de manera intermitente. Comenzó a desvestirse lentamente, con cuidado de colocar la ropa sobre el pequeño gancho que estaba dispuesto a su derecha. 

—¡Probala arriba de la ropa interior, bella! —escuchó a la vendedora gritarle desde el otro lado de la cortina. 

Cuando desabrochó el jean y lo bajó, tambaleó y perdió el equilibrio. Su cuerpo golpeó la pared izquierda del probador y causó un gran estruendo sobre el fibrofácil. 

—¿Bella, estás bien? —volvió a inquirir la vendedora. 

Incorporándose, asintió con la cabeza, aunque no podían verla. Sin sacarse la bombacha, deslizó el bombachon de la malla por entre sus piernas. Sintió ambos codos chocar nuevamente con las paredes estrechas. 

Minutos después, tomó el corpiño y lo colocó con cautela. Tuvo cuidado de no chocar los codos, ni el cuerpo contra el cubículo. Le hizo un nudo bastante fuerte en la espalda pero le aliviaba sentir los breteles tan ligeros en sus hombros, lejos de esos modelos estranguladores que se atan al cuello. 

Se miró al espejo. Se veía bien. La malla era cómoda, flexible, le resaltaba los pechos y le escondía la panza. Pero el color no le gustaba. Había hecho bastante terapia para aceptar y poder luchar contra los estigmas, pero tampoco le daba para pasearse por Mar de Ajó con una bikini rojo pasión. Era mejor imponerse sus propios límites que después tener que chocar en vivo y en directo con ellos. 

Abrió la cortina sin dejar que se viera mucho el interior, decidida a preguntarle a la vendedora por alguna otra tonalidad. Sin embargo, no había terminado de asomar la cabeza cuando la muchacha le habló. 

—Ay… Me parecía que no te iba a quedar, bella. ¿Querés que te traiga un talle más grande? —dijo, con una mueca que se dividía entre moralidad y lástima. 

~Bella, como las empleadas aquel día insistían en llamarla, frenó en seco con el pedido detenido en la boca. Pestañeó los ojos con fuerza, como queriendo despertar del mal sueño, y miró a la vendedora con la expectativa de que siguiera hablando, como si hubiese quedado colgando en el aire el remate de un mal chiste. 

La empleada tragó saliva y rellenó el silencio incómodo. 

—También hay muchos modelos enterizos, quizás esos van mejor para tu cuerp… Con tu onda —se corrigió a último momento. 

~Bella sintió las mejillas arder en carne viva. Observó los ojos de la chica, después le recorrió el cuerpo hasta posar la vista en las piernas esbeltas. Todo le daba asco y repulsión.

Sin responderle una sola palabra, cerró la cortina del probador y se miró de frente al espejo. No iba a llorar, no de nuevo, en el cubículo más estrecho de toda la avenida, pero no pudo evitar sentir nauseas y arcadas. Quizás era la luz que seguía tintineando o las tres lucas que había decido ignorar porque finalmente, después de un día agotador —en el sentido más mental que físico—, había encontrado una malla que le quedaba. Una malla que le gustaba.

Se sacó el traje de dos tirones fuertes, se volvió a poner el jean y la remera y salió del probador con la cabeza gacha. Empujó la prenda sobre los brazos de la vendedora y evitó hacer contacto visual que la pusiera en evidencia, que la dejara más desnuda de lo que hacía minutos estaba. 

Caminó rápidamente hacia la salida, antes de poder escuchar algún ~bella más. Sus pies cruzaron el umbral del local y sintió el caluroso viento de la tarde. 

Cuando se adentró en la masa de gente que copaba la avenida ese sábado, se dejó llorar sin importarle las posteriores manchas del maquillaje. Entre la multitud, con su jean tiro alto y su remera larga hasta los muslos, caminó con los brazos cruzados mientras intentaba en vano poner la mente en blanco. 

Seguía con la garganta seca y las constantes arcadas que amenazaban con volverse materia corpórea. Tenía el ~bella incrustado en el estómago y el color rojo pinchándole el hígado, poniendo en peligro el funcionamiento de su sistema digestivo. Advertía la mirada paupérrima de la empleada que, a cuadras del local, todavía sentía clavada en su abdomen rebalsado de grasa. Carecía de fuerzas para ponerse a buscar al interior de su belleza. 

Y, sobre todo, adolecía profundamente por caer en la cuenta de que la psicología individual nunca le iba a curar la eterna culpa que le provocaba la existencia tan estrecha y plana de los demás.

Lloraba, entonces, porque otra vez salía de un local sin encontrar una belleza que le quedara.


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Hasta que la muerte las separe

Colaboración por Candela Fumale


Mi abuela Lita vivió cincuenta y tres años con la prima Estela. Mamá decía que vivían juntas para abaratar el alquiler. En cambio, papá me contaba que la convivencia era una forma de hacerse compañía, porque ninguna de las dos había conseguido casarse. Y, como una versión no contradecía a la otra, crecí sin dudar de ninguna de las dos.

Durante años fui a tomar la leche a lo de mi abuela. Siempre las miraba mientras me preparaban la chocolatada. Se metían las dos en la cocinita y mientras una batía la leche y el polvo, la otra me ponía vainillas en una bandeja. A veces se chocaban y una le ponía un brazo en la espalda a la otra, como pidiendo perdón. Yo creía que las unía un cariño parecido a la necesidad. Que se daban la mano porque las mujeres tienen permitidas ciertas demostraciones de sentimientos que la hombría vedaba a los hombres. O que los sábados hacían reuniones con otras señoras concubinas y se ponían corbatas solo para inventar a los maridos que quisieran tener.

Me acuerdo el momento exacto cuando pregunté por qué Lita y Estela dormían en una cama grande. Mamá se quedó quieta con los platos llenos de detergente y la canilla corriendo. Papá la miró a mamá. Entre los dos me explicaron que su dormitorio era bien chiquito y una cama matrimonial entraba mejor que dos camas simples, pero que no se me ocurriera preguntarle eso a ellas, las podía ofender por tener poco espacio. Pero los nenes no conocen la discreción, así que una vez que me puse a mirar tele con mi abuela en la cama, me ganó la curiosidad. Ella se rió y me contestó que hay amores que no entran en una cama chica.

Hace diez años, cuando se promulgó la ley de matrimonio igualitario, Lita y Estela fueron las primeras del pueblo en ejercerla. Colgaron un portarretratos enorme con la foto del civil en la cocina. Al lado pusieron encuadrada la libreta de matrimonio, en la que vi por primera vez el apellido de la prima Estela. ¿De quién era prima la prima si no había nadie más con ese apellido en la familia? Cuando exigí saber, mis padres me dieron más respuestas dudosas: que «prima» es una forma cariñosa de decir «amiga» y que el matrimonio era para que ambas pudieran compartir la misma obra social, ahora que ya estaban jubiladas.

Tengo veinte años y vengo del crematorio de mi abuela. Estela murió hace tres meses, Lita no aguantó la casa vacía. Veo tanto espacio vacío y pienso cómo nunca me di cuenta de todo el amor que habitaba esos cuartos. Que Estela pintó las paredes hasta el último año que pudo subirse a una escalera, que tenían fotos de las dos en todos los muebles, que la repisa está llena de los libros que se regalaban y no hay uno solo sin dedicatoria, que Lita llevaba en la billetera un rulo de cuando Estela tenía veinticinco años. Cómo nunca racionalicé eso que todos callaban y yo no sabía nombrar.

Hoy me enteré, en medio de abrazos y parentela, que mis tíos habían querido desalojarla a la prima Estela, porque «le gastaba el sueldo a la abuela». ¿Sería eso o sería que hubieran preferido que la abuela gastase su sueldo en un hombre, o mejor, que un hombre se gastase el sueldo en ella? Sea cual fuere, cuando ellas se casaron, la orden de desalojo que mis tíos habían conseguido firmar de forma poco elegante quedó sin efecto. Entonces, es cierto que un papel no garantiza el amor pero cuando el amor desborda, un papel te garantiza derechos.


Paso, punto, caramelo

Cuando la alzó por los aires y sintió las manos del partenaire en sus piernas, el recuerdo se le disparó como una metralleta automática.

Elevó la cabeza para estirar la postura y resolver una perfecta mímica de un pájaro sobre la figura de su compañero. No pudo evitar mirarse en el espejo, su reflejo volando a una altura insuperable mientras que el resto de sus compañeras danzaban en un círculo incesante de giros en media punta. Su cuerpo se elevaba en el centro como el eje de toda la estructura. 

En los ensayos previos, la mentora de actuación había explicado varias pautas para darle interpretación a los movimientos de la danza. No utilizar la memoria corporal de una experiencia real era una. Para eso estudiaban a los personajes de la obra, para eso construirán un alter ego literario. La mentora lo había advertido: la reminiscencia a una situación particular las llevaría por un camino de ida que los tiempos de la coreografía no podrían parar. 

Efectivamente, para ese momento, Camila se estaba yendo. Frente a sus ojos, las secuencias transcurrían como filminas a gran velocidad. Las palmas de su partenaire en su cadera, los dedos firmes y sujetados contra sus muslos eran disparador y cable a tierra al mismo tiempo. 

Camila sabía que el siguiente paso era extender sus brazos para completar la figura mientras la compañía en escena se arrojaba al piso con brazos arqueados. Pero el recuerdo que había empezado como recurso artístico ya se había cristalizado. Se había materializado. 

A través del espejo vio el salón vacío, los parlantes apagados, las luces en un tono más tenue. La falta de ventanas volvía el ambiente pesado y silencioso, alejado de algún rasgo de humanidad. Distinguió en ella misma el cambio al tutú blanco, uno de los primeros que su mamá le había comprado.

Quizás, en retrospectiva, había sido una situación cantada. La barra, las llaves que viraban, la lata de caramelos y los envoltorios dispersos en el suelo. 

Pero ella nunca lo hubiese adivinado. Ni en el peor de los escenarios lo hubiese descifrado. 

Su cuerpo continuaba flotando, firme, en un pedestal de manos frías, grises, de estatua. 

Quizás después de tanto, era momento de ver que el tutú se había ajado, se había vuelto amarillo y ya no le entraba. 

Intentó estirar sus brazos, no hacia los costados como la coreografía lo indicaba, sino hacia adelante, en búsqueda de algún tipo de reacción que durante años no había tenido. Lo más cercano a un manotazo de ahogado, que salvase a su reflejo y que la hiciese despertar de aquella extraña evocación. Escondidos en su mano distinguió un par de caramelos de papel verde y marrón brillante. La sensación de que después de tantos años aún los conservaba se extendió por todo su cuerpo.  

Los miró con atención apoyados sobre su mano pálida y temblorosa. Eran dos. Los restantes que no había comido, porque no le permitían comer más de tres. 

A ninguna chica que quisiera ser bailarina le permitían comer más de tres. 

Y así y todo, él volvía y le ofrecía cada vez más. 

Solo el grito de su compañero la sacudió del trance y la retornó al mundo real. De regreso al estado de conciencia y normalidad, volvió en sí justo para la caída final. 

Las manos pasaron de la cadera, a la cintura, hasta finalmente rodear sus brazos. Camila cayó en puntas de pie, rozó el tutú con sus propias manos y miró al público imaginario frente a ella para sorprender con su gran final. 

Tomo envión. Paso punto paso y se alzó por su cuenta a los aires, sus piernas abiertas en un rústico grand jeté.

Cuando volvió al suelo no paró. No sé detuvo en seco, no se arrojó al suelo para demostrar el monstruoso final del personaje principal, cuyo fatídico destino se interponía en su camino. 

Siguió corriendo, planta sobre el suelo, directo al baño del lugar. Cerró todas las puertas con llave y solo dió un último giro sobre su eje para vomitar.

En su bolso habían quedado las pastillas, pero qué más daba.

Salió del cubículo, se acercó a las piletas dispuestas y solo abrió la canilla para ver el agua pasar. Para verla desaparecer de la cañería.

Escuchó los gritos y el cotilleo que habían rodeado la sala contigua callarse tras la entrada. Se erigió contra el espejo, la espalda esbelta ahora alerta a lo que sucedía del otro lado de la puerta. 

La respiración previa a la emisión de palabras alcanzó para erizarle los pocos pelos del cuerpo. 

—¿Camila, estás ahí? —habló una voz ronca, de tonalidad grave y aparente calma.

No contestó.

—Necesito saber si estás bien —retomó.

Podía oír las palabras penetrar en su cabeza y retumbar en su mente como el eco eterno de un acantilado. La barba actual no quitaba la sensación árida de su quijada y la respiración oleosa que daba en bocanadas. El aliento a café y menta resbalaba por su mejilla a la par de las gotas de sudor posensayos.

Los detalles eran tan vívidos que sus ojos revisaban todos sus flancos, a ver si él no se había escabullido y se había posicionado a su lado. Las sensaciones eran tan presentes que ni su propio reflejo en el espejo era confiable. 

—Tomate tu tiempo, Camila —la mención de su nombre le rebasó la primera lágrima. 

La catarata de llanto que la sucedió no fue suficiente para enfrentar la frase final. Aquella que la disciplinaba y le advertía —sino la amenazaba— que las cosas debían e iban a seguir bajo ese pacto de silencio eterno. Que era su ticket de garantía para conservar su lugar. 

—Cuando quieras, te espero en mi despacho para discutir tu estado en la compañía —sintió la voz volverse sombra y deslizarse dentro por debajo de la puerta—. Tengo caramelos de café y menta.


Mapa de grafitis

Ficción colaboración por Candela Fumale


Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado, supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en calles cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera, no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es «piba nueva, lugar nuevo».

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, ¡pum! El bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella, cruzada de piernas enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese, México-Túnez, hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar. A veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.


Ilustración de portada: Malakkai – Isaac Mahow

De cigarrillos y flores

– Argentinian cigarettes already?

      – Oh, yes. They are cheaper. Sigue leyendo De cigarrillos y flores