Judith Butler: romper con los feminismos transexcluyentes

Artículo colaboración escrito por Cielo Martínez


En la actualidad, habitamos un mundo donde ya no hablamos de feminismo como una categoría singular. Hoy en día, el movimiento feminista se nutre de ideologías y ramas muy distintas entre sí. Sin embargo, en la diversidad del movimiento se ocultan ideas que van en contra de las libertades y las luchas colectivas: la vuelta de un feminismo «por y para la mujer» excluye y niega los espacios del colectivo queer, un concepto clave que le autore construye en El género en disputa.

Las teorías queer, en pocas palabras, cuestionan la existencia innata de categorías como las de hombre, mujer, heterosexualidad y homosexualidad ya que, para este enfoque, todas son construcciones sociales que se imponen dentro de la sociedad. Judith Butler fue le primere teórique queer en abordar la separación entre género y sexo y en establecer al género como algo performativo, como una actuación dada a través de la cultura.

En este sentido, no existirían limitaciones preestablecidas. Las identidades siempre estarían en construcción: «El sujeto, el mantenerse uno mismo, lejos de ser estático es un proceso de hacerse, de construirse dentro de una cultura», afirma Butler invalidando la perspectiva binaria que establece lo masculino y lo femenino, hombre o mujer.

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Y es precisamente en esta ruptura con el binarismo donde las teorías queer entran en juego. Butler sitúa lo queer entre la resistencia y la disidencia, invita a pensar que las categorías sexuales son inestables, que la identidad sexual puede ser transitiva y discontinua y que ya no existe una estabilidad, esta solo se presenta a partir de los contextos sociales particulares.

Desde hace más de treinta años, la posibilidad de abandonar la palabra queer como una etiqueta utilizada para denotar una sexualidad patológica y anormal fue un logro y aporte de le teórique, pionere en cuestionar estas ideas y visibilizar la exclusión de las disidencias, una exclusión que vuelve en la nueva ola radfem.

¿TERF es el nuevo feminazi?

Existe un debate intenso entre las teorías queer y algunos sectores del feminismo más radicalizados, denominados TERF (del inglés Trans Exclusionary Radical Feminist, traducido como feminista radical transexcluyente), debate donde incluso se han posicionado celebridades internacionales como J.K Rowling, autora de la saga literaria Harry Potter.

Pero, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a las TERF? El feminismo radical como corriente surge a finales de los años 60 y desde hace algunos años resurgieron sus ideas en las nuevas generaciones. Dentro de las ramas del radfem, se utiliza una perspectiva biológica para definir a las mujeres y a los hombres. De esta manera, una mujer trans no sería considerada «mujer», dado que esta es una categoría biológica y es la genitalidad la que confiere la condición de mujer. La genitalidad, para esta corriente, es el origen de la opresión de las mujeres.

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En definitiva, la postura del feminismo radical define al género, que equipara con el sexo, como la razón de la opresión a las mujeres y por ello el fin último que persigue es abolirlo. Sin embargo, ya vimos como para las teorías queer y para Butler el género es sólo un constructo, es un sistema sociocultural situado en un tiempo y espacio. No se trata de algo universal.

En términos de discusión, el debate es interminable: constantemente ambas posturas se enfrentan entre sí y cada vez se vuelve más difícil generar consensos, pero como afirmamos en un principio: ya no hablamos de feminismo en singular. El feminismo tiene lugar para todes, aunque algunos espacios se rehúsen a esta idea.

Volver a Butler es comprender que cualquier feminismo que sea transfóbico, cualquiera que esté involucrado en formas de odio, de miedo y de discriminación, es inaceptable. Le autore, más allá de los aportes teóricos, afirma el compromiso con la libertad de género, las alianzas con las minorías y disidencias sexuales. «Un feminismo transfóbico no es feminismo, eso no puede suceder».

Imagen de Drew Angerer/Getty Images.

Acercarse al cuestionamiento

De alguna manera, ya vimos como la obra de Judith Butler fue una suerte de giro copernicano para las teorías feministas. Su teoría le vuelve une referente en el pensamiento contemporáneo y es por ese motivo que no existe un artículo que alcance para abordar sus aportes al debate en el seno de los feminismos que construimos.

Si no hay resumen que alcance, lo importante es volver a las obras de le autore para nutrirnos de su teoría, cuestionar y cuestionarnos todo lo establecido. Entre los indispensables de la biblioteca feminista se encuentran:

  • El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (1990): Un texto clave de le autore que tomamos de referencia para debatir sobre teorías queer.
  • Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del «sexo» (1993): En esta ocasión, Butler revisa sus propias contribuciones a la teoría de género y da pie a pensar los caminos alternativos para pensar la sexualidad por fuera del esencialismo y el constructivismo.
  • Vida precaria. El poder del duelo y la violencia (2004): Uno de los libros más reflexivos en términos sociales y políticos, esta edición recoge cinco ensayos que le autore escribió tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 donde reflexiona sobre el recrudecimiento nacionalista en Estados Unidos. En esta ocasión el análisis busca poner atención a la necesidad de conformar comunidades políticas contra el neoliberalismo y el fascismo.
  • Desposesión: lo performativo en lo político (2017): Junto a Athena Athanasiou, exponente de la filosofía política y las teorías queer, proponen nuevas formas de colectividad que se oponen a la desposesión de poblaciones enteras. En esta ocasión, también retoma el cuestionamiento al neoliberalismo y el capitalismo con foco en los cuerpos que protestan y luchan en las calles.

Butler construye teorías, análisis y reflexiones. En la actualidad existen movimientos feministas fundados íntegramente a partir de sus ideas y corrientes que discuten sus aportes desde otras perspectivas, y esa es justamente la riqueza que nos otorga y regala. Una estrella de rock de nuestros feminismos, muchas veces cuestionade y otras tantas apreciade, celebramos sus aportes y apostamos a seguir construyendo un feminismo para todas y todes. 

Respetá mis pronombres: adolescencias trans

En este artículo se utiliza terminología propia de la diversidad LGBTIA+. Podés repasar los conceptos que desconozcas en nuestro glosario sobre género y sexualidad.


Palermo. Domingo por la mañana. Tres jóvenes trans se reúnen para hablar de sus realidades, del pasado, del presente y del futuro. Las infancias trans apenas empiezan a ser tema de agenda y hace quince años no disponían de las mismas herramientas que hoy para ponerle palabras a su sentir. Masculinidad, femineidad, binarismos y no binarismos. ¿Cómo expresar algo para lo cual no se tienen palabras ni referencias? Las personas trans no estaban en la televisión, no tenían espacio en las escuelas y mucho menos en la mesa familiar.

Lucian (20) se presenta como persona no binaria y usa pronombres neutros o masculinos. Federico e Iván (17) son dos varones trans no binarios, pronombres masculinos, gracias. Los tres coinciden en algo, sin titubeos: el género que se les asignó al nacer no era correcto.

«Un día, una amiga (ese femenino, con muchas comillas) del colegio dijo “¿No les pasa que les molesta que nos vean como mujeres, que nos digan que somos minas?”. Las otras dos chicas del grupo enseguida dijeron que no y yo me quedé pensando, “¿Sabés que sí?”. Nunca lo había pensado pero lo empezamos a plantear y tenía sentido. Nos fuimos descubriendo entre nosotros. Si él no me lo hubiese dicho, hoy yo estaría en la misma igual pero quizás no tendría las herramientas para ponerlo en palabras», relata Iván.

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Fede

No hay edad para el autodescubrimiento. Muchas personas lo saben de pequeñas, otras lo intuyen pero no lo pueden explicar y otras tantas se lo cuestionan en la adultez. Ser testigo del proceso de construcción ajeno ayuda a comprender la tormenta propia de dudas y curiosidad sobre la identidad, y es por eso que resulta vital normalizar y visibilizar las vivencias trans. «Hace años, no se usaba mucho el pronombre “elle” pero cuando lo empecé a escuchar más y empecé a ver personas que eran súper femenines e igual usaban pronombres neutros, igual eran válides, empecé a aceptarme y a verme como una persona válida», recuerda Lucian.

«Desde chico tenía problemas con mi nombre y mi cuerpo. Había algo que no me cerraba pero no tenía idea de qué ni por qué. Veía niños en películas y sentía que quería que me vieran así a mí. En todos mis juegos, yo era un varón y me llamaba Lázaro», afirma Fede. «Años más adelante, investigué, descubrí la denominación “bigénero” y dije “Bueno, creo que me pasa esto”. No fluctúo, hay una esencia mía que no cambia, pero a veces se expresa de una forma y a veces de otra. Me daba mucho miedo pensar en cómo sería mi vida si salía del clóset. Pensaba si me iban a odiar, si me iban a desear, si me iban a querer. Pero yo sentía la cosquillita de saber que eso era lo correcto».

En Argentina, la comunidad trans-travesti y les disidentes de género se mantuvieron como estricto tabú durante décadas, incluso cuando la diversidad sexual comenzaba a asomarse. El avance histórico se vio particularmente ralentizado por las nociones que nuestro país imponía en cuanto a cultura familiar y «estilos de vida correctos», pero estas ideas no eran más que un pensamiento propio de ciertos sectores que pretendían (y aún pretenden) predicarlos como verdades universales.

La cisnorma binaria no es universal y los ejemplos abundan. Les Hijras son una parte del pueblo hindú que existe desde hace más de mil años (las primeras leyendas que narran su origen desde lo divino datan del siglo IX) y se les considera personas de un tercer género. Durante siglos fueron venerades y admirades e incluso oficiaron como consejeres imperiales. En nuestro propio continente, diversos pueblos nativos norteamericanos reconocen hasta cinco géneros distintos y las personas no son juzgadas por su identidad sino por su contribución al desarrollo de sus comunidades. En estos y tantos otros casos, la llegada de los invasores colonizadores significó el comienzo de la opresión a través de la imposición de la ideología europea y cristiana que, al día de la fecha, domina en la mayoría de las culturas del mundo.

Repensar el género en comunidad

«Me sentía una masculinidad pero me daba miedo asumirme como tal porque no quería que la gente me viera como un chabón hegemónico. Si me asumía 100% como una masculinidad, iban a empezar a caer miles de estereotipos sobre mí. Hay algunos que sigo y con los que me siento cómodo, pero otros no. No soy eso», rechaza Iván.

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Lucian

La juventud trans hoy se plantea la esencia misma de qué es ser un hombre, una mujer, ambos o ninguno. Las construcciones de masculinidad viril y femineidad delicada se quedan cortas, pero en una cultura que todo lo codifica como femenino o masculino es imposible construir identidades enteramente aisladas de los estereotipos. «No se trata de perpetuar estereotipos sino de sentirme bien. Me puedo poner un binder [faja que se utiliza para aplanar la zona del busto] y ser más andrógine o pintarme toda la cara y dejarme el pelo largo lleno de rulos. Lo hago por mí, para vivir cómode», explica Lucian.

Existe una definición errada pero muy difundida de lo que significa ser trans: «Para ser “trans en serio”, se debe sufrir disforia». La disforia es un término patologizante que describe a las personas trans como personas que «creen que son víctimas de un error de la naturaleza y que están cruelmente encarceladas en un cuerpo incompatible con su sentimiento interno» y se utiliza para listar a la transexualidad dentro del capítulo sobre trastornos de la identidad sexual del famoso manual médico MSD.

Dentro de la comunidad trans-travesti, esta noción es cada vez más rechazada por haber sido una forma histórica de opresión y violencia médica. La disforia no es una faceta innata del ser trans, sino que se hace presente a partir de la mirada social: cuando una persona trans afirma su género real, la sociedad cisbinarista espera que cambie su cuerpo, su ropa, su comportamiento para alinearse con lo que entiende como «propio» de ese género. Si la transición no ocurre o la persona no logra «verse cis», empiezan los ataques que terminan causando esa disforia: «Tan trans no sos», «Lo decís porque está de moda», «Es una fase, ya se te va a pasar», «Que no te gusten los vestidos no significa que seas varón», «Sin vagina, no sos mujer».

Ser trans es, sencillamente, no ser del género que fue asignado al momento del nacimiento; no es requisito odiar el propio cuerpo ni preferir los estereotipos de un género sobre otros. El género es una vivencia interna, que puede o no reflejarse en la forma de presentarse ante les demás. Desde su experiencia, Fede admite que suele darse un intento de «adaptación» forzado desde lo cultural, porque muchas personas solo aceptan a las identidades trans y travestis cuando estas se adecuan en cuerpo y comportamiento a los estereotipos del género que la persona expresa.

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«A veces me quería poner un vestido y unos shorts que me quedan divinos pero, por ejemplo, con mis xadres no podía porque siempre tuvieron problemas para aceptarme como pibe trans y sentía que no podía hacer nada que les hiciera pensar que yo estaba “volviendo para atrás”. Tenía que ser el estereotipo de pibe macho. En el colegio, era todo muy buena onda pero siempre había un tono de duda, como si me preguntaran “¿Seguro que sos trans?”», recuerda Fede. «Quiero ser visto como un varón trans, que se note que soy varón pero no con los estereotipos cis. Me molesta que, para que la gente me vea como varón, me pidan que me cambie el cuerpo. Yo ya soy un varón, ¿dónde ves una mujer acá?».


¿Querés saber más sobre juventudes trans y feminismo, violencias y representación?

Segunda parte de la nota: Existimos y resistimos: adolescencias trans II


Fotografía: Juana Lo Duca
Maquillaje: Lucía Rossi

Crímenes de odio

A casi dos meses de su inicio, alrededor de 280 mujeres fueron asesinadas en lo que va del año 2019. Una problemática que se extiende desde México hasta Argentina y se lleva la vida de personas inocentes que se convierten en víctimas del desprecio.

Vivir en América Latina es tener miedo a robos, secuestros, acosos y abusos. Vivir en América Latina es saber que, siendo mujer, quizá una noche no regreses a casa. Es saber que el noticiero de la mañana probablemente anuncie una nueva violación o el asesinato de una compañera. Vivir en América Latina es vivir con miedo, y es iniciar 2019 con altas tasas de femicidios.

Femicidio o feminicidio se entiende como «la muerte violenta de mujeres por razones de género, ya sea que tenga lugar dentro de la familia, la unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, en la comunidad, por parte de cualquier persona, o que sea perpetrada o tolerada por el Estado y sus agentes, por acción u omisión». Extractos del Modelo de protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), solamente en

cc news
Imagen extraída de CC News.

2017 fueron contabilizados más de 2700 crímenes contra la mujer. En este 2019, México, Argentina, Brasil, Bolivia, y Chile, entre otros, fueron los primeros en registrar este tipo de casos.

Una escalada de crímenes de odio que, pese a leyes, denuncias y movimientos en pos de su eliminación y prevención, se siguen generando de forma cada vez más violenta y repetida.

No es casualidad que, según la ONU, América Latina sea considerada la zona más violenta del mundo para las mujeres fuera de contextos de guerra. Ya en 2018, El País le adjudicaba a estas tierras el concepto de «región letal» y El Imparcial se refería a ellas como «zona roja», advirtiendo que el machismo era el principal verdugo.

La misoginia tiene raíces en comportamientos estructurales, normalizados y perpetuados dentro de la sociedad patriarcal, y son los responsables de esta epidemia que acecha. No son problemas aislados: se trata de patrones violentos basados en el machismo, completamente enraizados en las sociedades.

En un recorrido geográfico, México con 104 y Brasil con 69 encabezan la lista de números más altos de femicidios de este año. Según la especialista Esther Pineda, de CC News, este tipo de crímenes sexistas se caracterizan por la crueldad y sexualización. Quienes cometen estos delitos pueden ser simples desconocidos, pero en general se trata de personas con las que se ha mantenido o se mantiene relaciones sexoafectivas y, muchas veces, a pesar de las denuncias hay un Estado ausente.

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Observatorio feminicidio México.

Pineda destaca que los números son cada vez más altos y que, a pesar de que las luchas por visibilizar la problemática y encontrar soluciones tanto por parte de lxs familiares de las víctimas como de grupos feministas son activas, todavía se trata de una realidad desatendida.

El caso más reciente en México tuvo como víctima a Giselle, una menor de 11 años.

Según HuffingtonPost, en dicho país, para que un homicidio doloso (acto que busca quitarle la vida a una persona intencionalmente) sea considerado femicidio, debe cumplir con el artículo 325 del Código Penal Federal, establecido como «privar de la vida a una mujer por razones de género».

El problema es que esas razones quedan a criterio de ministerios públicos o de jueces que muchas veces por ignorancia y desconocimiento caratulan la causa de forma equivocada. Conforme un conteo realizado por el portal, basado en datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, se registran 2,2 femicidios al día, uno cada 11 horas.

En Brasil la situación no es muy diferente. En lo que va del año fueron registrados más de 130 femicidios, lo cual concentra el 40% de asesinatos por motivos de género en América Latina. Son cifras alarmantes que remarcan la violencia y hacen crecer la necesidad estatal de implementar políticas y estrategias integrales para prevenir más víctimas.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) manifestó su preocupación respecto de los asesinatos y tentativas de homicidio con motivo de género que tuvieron lugar en ese país. Según El Ciudadano, solo en Río de Janeiro alrededor de 300 mujeres son asesinadas cada año.

«Los asesinatos de mujeres son la forma más extrema de violencia y discriminación contra ellas y representan una violación flagrante a sus derechos de humanos. Vemos con preocupación la prevalencia de asesinatos de mujeres, así como las trágicas consecuencias que las tentativas de asesinato tienen para las víctimas y sus familias, como las profundas afectaciones psicológicas, emocionales y físicas que estas agresiones conllevan». Antonia Urrejola, comisionada, Relatora para Brasil CIDH

La comisión advierte sobre determinados riesgos que enfrentan las mujeres, ya sea por vulnerabilidad, por origen étnico o racial, por su orientación sexual o su identidad de género, por su situación de movilidad, por condiciones de pobreza, por su trabajo o activismo, etcétera.

En este sentido, Brasil enfrenta otra problemática más: la discriminación étnica/racial. Son muchos más los casos de asesinatos y victimización de mujeres de color. De 2003 a 2013, según estudios publicados por FLACSO, el porcentaje de asesinatos de mujeres negras creció un 54% mientras que el de mujeres blancas cayó un 9,8%, marcando una innegable conexión entre el racismo y el machismo.

Por la impunidad que prevalece frente a estos crímenes y la desprotección estatal, la violencia machista es tolerada. Pese a que la ley que tipifica el femicidio en Brasil encarna un paso primordial, la comisión pide que se refuercen los mecanismos de protección con medidas estratégicas que brinden asistencia y atención.

Un poco más al norte, en Perú, se registraron 11 femicidios a lo largo del mes de enero. En diálogo con el portal IPS, Gladys Acosta, abogada y una de las 23 integrantes del Comité de Expertas que supervisa el  cumplimiento de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, expuso:

«Se difunden las noticias como si fueran un espectáculo, sin explicarlas. Se muestran las imágenes violentas y uno pensaría que eso puede detener el fenómeno al exponer una actitud tan destructiva, pero no es así. Eso me hace pensar que mucha gente mira al agresor como un héroe patriarcal. […] En ciertas mentalidades eso se traduce como: “Qué valiente, yo quisiera hacerlo pero no puedo”».

Argentina también es testigo de uno de los picos más altos de violencia machista, que arremete contra las mujeres y contra personas trans y travestis. Según el portal Tucumán a las 7, además del alto número de femicidios ocurridos a lo largo de enero fueron registrados 15 casos de travesticidio en menos de dos meses.

Detrás de esos números, hay mujeres, y detrás de esas mujeres hay niñxs. En base a la recopilación de datos que El País realizó sobre la ONG La Casa del Encuentro, en la última década, estos crímenes dejaron a 3378 menores de edad huérfanos de madre.

Ada Rico, titular de La Casa del Encuentro, declaró para Perfil:

«Se ha avanzado mucho en materia legislativa. Tenemos la ley 26.485 (de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, sancionada en 2009), tenemos el agravante por violencia de género, la reparación económica para hijas e hijos, la pérdida de la responsabilidad parental del femicida. Pero indudablemente aún es insuficiente porque nos está dando un promedio de una mujer asesinada cada 32 horas en nuestro país».

Los recortes presupuestarios en sectores especializados en género, como el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), alcanzan este año reducciones nominales del 39%. Sobre esto se manifestó Raquel Vivanco, coordinadora del observatorio «Ahora Que Sí Nos Ven», para La Nota Tucumán:

«Tan solo $11 por mujer para el 2019 representa en ínfimo presupuesto otorgado a este organismo para dar batalla a este flagelo que se cobró 895 vidas en lo que va de la gestión del gobierno de Cambiemos. […] Un femicidio cada 34 horas durante el primer mes del 2019 es la muestra contundente de que el Estado está en deuda con las mujeres. Estamos lejos de poder vivir una vida libre de todo tipo de violencia como prevé la ley 26.485 y los tratados internacionales de derechos humanos de las mujeres».

Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá) encabezó una junta de firmas para exigir al estado que declare la emergencia nacional por violencia de género, buscando una respuesta frente al silencio de los funcionarios de un Estado que falla en la toma de medidas políticas activas y eficientes.

Para erradicar la agresión y el machismo, también hay que eliminar los mandatos y los comportamientos pilares de esas normas dañinas. No es No, la violencia no es amor y hay que romper con estas creencias para salir del círculo abusivo, pero no es fácil y aún con denuncias y órdenes perimetrales, los femicidas atacan y el Estado no aparece.

Vivas nos queremos.

 


Fuentes

Judith Butler: sexo, género y deseo

Artículo de divulgación producido por Rosa María García para Perspectiva,
compartido bajo licencia Creative Commons


  1. Introducción. ¿Por qué el problema es importante?

Judith Butler es conocida y reconocida, tanto por intelectuales académicas como por activistas y movimientos sociales, por dar pie a la llamada “teoría queer”. Poco se conoce sobre ello, al margen de su problematización del concepto de género, pero es cierto que en el imaginario feminista resuenan nociones muy asociadas a sus tesis: la crítica al “sexo” y al binarismo, o a la misma norma del “género”. En este artículo voy a analizar, breve y sistemáticamente, estas ideas. Y, ya que Butler ha sido objeto de críticas inmerecidas tanto por académicas como por activistas sociales, haré énfasis no sólo en lo que la autora muestra, sino sobre todo en lo que no muestra. Para ello me voy a valer esencialmente de tres de sus textos: dos de ellos están en El género en disputa [el original se titula Gender Trouble y fecha de 1990; yo uso la edición española de Paidós, Barcelona (2007)] y son el segundo prefacio (1999) y el primer capítulo; el otro forma parte de Deshacer el género [original como Undoing Gender, fechado de 2004; traducido en Paidós, Barcelona (2006)], y es “El reglamento del género”. También usaré otros textos auxiliares sobre la marcha. [1]

  1. Contexto biográfico-intelectual.

En primer lugar, se trata de hablar de las discusiones de las cuales proviene el pensamiento de la autora: no es posible entender con propiedad sus ideas si no podemos asociarlas a los temas y problemas concretos con los que dialoga.

Hay que decir que el mundo biográfico e intelectual que rodea a Butler es muy rico. Por supuesto, los debates feministas de la época (años 70′ y 80′) tienen que ver con la sexualidad, la privacidad o publicidad del cuerpo [femenino] y con la jerarquización que se establece en el género a partir del deseo (la homosexualidad en relación a la heterosexualidad). También lee en sus años de estudio a los posestructuralistas (Foucault, Derrida, Deleuze; Lacan; Barthes), pero no entraré en este punto.

    1. Cuerpo y destino: Beauvoir y Rubin.

Partiremos de una autora más conocida: Simone de Beauvoir. Su nombre se recuerda asociado al clásico entre los clásicos del pensamiento feminista: El segundo sexo. La idea que resume su investigación en el prefacio ha tomado ya la forma de un leit motiv al que se recurre de vez en cuando en debates internos. Beauvoir afirma: «una no nace mujer, sino que llega a serlo», y para ello acude a la fenomenología existencial de Sartre a lo largo del libro, comprendiendo el cuerpo propio como una situación de la que se parte y a la que se está sujeta. La condición de ser mujer se escribe estrictamente a travésde la corporeidad; es inentendible sin ella. Y, al contrario, la condición de ser hombre es la condición por defecto de la humanidad, ocultando a la Mujer como un Otro. En definitiva, y valiéndose para ello de la antropología estructural de Lévi-Strauss, Beauvoir sostiene que el Hombre es el centro de la civilización (material y simbólica), mientras que la Mujer sólo puede afirmarse como un Otro. [2]

Su estudio sobre el sexo y el género se basa en textos clásicos de antropología, haciendo énfasis habituales en la división sexual del trabajo y la donación y propiedad de las mujeres por parte de los hombres. Las palabras mágicas aquí son «sexo» y «género». Los «sexos» son entendidos como algo natural, mientras que el género sería la imposición estructural que se establece sobre los sexos mismos.

    1. Psicoanálisis y feminismo lésbico: Irigaray, Wittig.

Irigaray le dará mucho más peso a las tesis del psicoanálisis lacaniano en relación al «sexo»: para ella, ser mujer significa ser «ese sexo que no es uno» o, en otras palabras, ese sexo que no es ni el Uno ni el Otro. De Beauvoir se equivocaría: la Mujer no es el Otro, sino la imagen especular. La imagen de la Mujer es ya pública y se utiliza habitualmente; el hecho es que no tiene poder porque es comprendida, precisamente, como imagen. Mujer es «el sexo que no es uno» ni el Otro porque es, en cambio, la diferencia. Más al modo de Freud, la diferencia entre los sexos no se inscribe como una cuestión fisiológica, sino que hay que entenderla a partir de la función que ejercen los cuerpos en el campo de la economía sexual como significación. En este esquema, Mujer no es un Otro, sino una ausencia, una falta que la sexualidad masculina necesita para presentarse como la única sexualidad.

¿Quizá entiendes “diferencia sexual” como un correlativo de “genitalidad”? Esto explicaría un malentendido entre nosotras. ¿Debemos recordar que la chica tiene un cuerpo sexualizado diferente del chico ya antes de la fase genital? En fin, obviamente esto no es más que un modelo de una sexualidad normal, normativa. Cuando digo que debemos volver a la cuestión de la diferencia sexual… no es volver a la “genitalidad”.[3]

Wittig, autora paradigmática del feminismo lésbico, llega a conclusión similar, aunque desde una perspectiva muy diferente. Su lectura marxista sobre la lucha de clases se vierte en su concepción sobre el «sexo»: de la misma forma que las clases son producto de la relación de explotación, también los sexos serían producto de la construcción de hombres y mujeres en dos clases antagónicas. Para Wittig «no hay ningún sexo. Sólo hay un sexo que es oprimido y otro que oprime. Es la opresión la que crea el sexo, y no al revés». La fisiología no sería una categoría dada, natural, o un dato preparado para ser leído; estaría sujeta a una interpretación que llevaría consigo una lucha política, análoga a la lucha de clases que se puede batallar si se toma conciencia de la propia clase. La división política entre los sexos llevaría a reconocer como «natural» tanto el discurso de la reproducción y conservación de la especie humana como la heterosexualidad que se le presupone en su lectura de los cuerpos. Macho y Hembra significan aquí «familia» y «maternidad»; la Mujer no existiría fuera de este esquema, y sería, entonces, una «marca». [4]

  1. Sexo y género.

    1. Problema 1. El sujeto del feminismo.

El problema con el que Butler se encuentra en su contexto es la exclusividad del feminismo, frente a la impugnación de mujeres con experiencias heterogéneas. No es esta autora, sino las protestas desde dentro del propio movimiento feminista las que ya habían convertido a la idea de las «mujeres» en un problema, en un término problemático, un lugar de refutación, un motivo de angustia». Por eso, la cuestión con la que comienza su texto es la de la identidad de las mujeres, el sujeto del feminismo.

Si una “es” mujer, es evidente que eso no es todo lo que una es, … porque el género no siempre se constituye de forma coherente o consistente en contextos históricos distintos, y porque se entrecruza con modalidades raciales, de clase, étnicas, sexuales y regionales de identidades. Es imposible separar el “género” de las intersecciones políticas y culturales en las que constantemente se produce y se mantiene. (GD, pág. 49)

El género en disputa es un intento teórico de construir un sujeto del feminismo que tenga en cuenta este reto y se replantee su naturaleza misma. Para ello, Butler espera dar agumentos en torno al «orden obligatorio de sexo/ género/ deseo», en dirección a

una nueva política feminista para combatir las reificaciones mismas de género e identidad, que sostenga que la construcción variable de la identidad es un requisito metodológico y normativo, además de una meta política. (GD, pág. 53)

    1. Problema 2. Sexo y género.

Si se trata de hacer una «genealogía feminista de la categoría de las mujeres», el debate sobre la diferencia sexual entra de lleno en estas páginas. Aquí se discute la relación sexo/ género, y se lleva el problema de la dicotomía naturaleza-cultura hasta sus últimas consecuencias.

Si el género es los significados culturales que acepta el cuerpo sexuado, entonces no puede afirmarse que un género únicamente sea producto de un sexo. Llevada hasta su límite lógico, la distinción sexo/género muestra la discontinuidad radical entre cuerpos sexuados y géneros culturalmente construidos. (GD, pág. 54)

Butler pone aquí en entredicho dos cosas: primero, la idea de que el género corresponde unívocamente a los cuerpos sexuados sobre los que se sitúa, es decir, que las personas con ciertos cuerpos representan el género que se les designa; segundo, la idea de que pueden existir exclusivamente dos géneros. En todo caso, lo que se ve claramente es que lleva hasta las últimas consecuencias la distinción entre sexo y género que se había trazado antes. Pero aún va a extremar más esta diferenciación.

¿Podemos hacer referencia a un sexo “dado” o a un género “dado” sin aclarar primero cómo se dan uno y otro y a través de qué medios? ¿Y al fin y al cabo qué es el “sexo”? ¿Es natural, anatómico, cromosómico u hormonal, y cómo puede una crítica feminista apreciar los discursos científicos que intentan establecer tales “hechos”? ¿Tiene el sexo historia? (…) Si se refuta el carácter invariable del sexo, quizás esta construcción denominada “sexo” esté tan culturalmente construida como el género; de hecho, quizá siempre fue género, con el resultado de que la distinción entre sexo y género no existe como tal. (GD, pág. 55)

Si esto es así, entonces el «sexo» es ya una categoría mediante la cual leemos los mismos cuerpos. La pregunta sobre la historia del cuerpo ─del sexo como dato bruto─ es una forma de buscar una genealogía que atraviese el discurso científico que actualmente establece las capacidades y los límites para comprenderlo. Ahora bien, esto no significa en ningún caso que la fisiología particular que corresponde a cada individuo sea una mera invención libre, ni que su interpretación sea azarosa. Butler no está pensando esto en absoluto. Señala simplemente que el cuerpo no es un «medio pasivo», sino que necesita de un medio discursivo en el que se pueda interpretar y, en esa medida, comprender:

Pero el cuerpo es en sí una construcción… No puede afirmarse que los cuerpos posean una existencia significable antes de la marca de su género; entonces, ¿en qué medida comienza a existir el cuerpo en y mediante las marcas del género? […] Los limites del análisis discursivo del género aceptan las posibilidades de configuraciones imaginables y realizables del género dentro de la cultura y las hacen suyas. Esto no quiere decir que todas y cada una de las posibilidades de género estén abiertas, sino que los límites del análisis revelan los límites de una experiencia discursivamente determinada. (GD, págs. 58-59)

Si, como Butler afirma, el género resulta ser «una complejidad cuya totalidad se posterga de manera permanente» (pág. 70), lo que está claro es que se han afirmado tanto a lo largo de la historia occidental como de la historia del feminismo como lo hemos abordado dos posturas posibles en relación al género: masculino y femenino. Posturas que, asimiladas o no en torno a los cuerpos sexuados, son comprendidas ante todo como los géneros tal y como se muestran. Por tanto, son los géneros «inteligibles», que «instauran y mantienen relaciones de coherencia y continuidad entre sexo, género, práctica sexual y deseo». Toda expresión que de algún modo no se ajuste a este continuidad sólo se concibe en relación a ella:

… los fantasmas de discontinuidad e incoherencia, concebibles únicamente en relación con las reglas existentes de continuidad y coherencia, son prohibidos y creados frecuentemente por las mismas leyes que procuran crear conexiones causales o expresivas entre sexo biológico, géneros culturalmente formados y la “expresión” o “efecto” de ambos en la aparición del deseo sexual a través de la práctica sexual. (GD, pág. 72)

Esta coherencia y continuidad pretende designar una «unidad de experiencia» que supone ya una «unidad metafísica»: establece o prescribe un sexo “normal” para un género “normal” y una heterosexualidad [“normal”] (págs. 79-81). La coherencia entre sexo y género [según su asignación] se denomina “metafísica de los sexos”; pero Butler va más allá y se propone leer el papel que juega la misma sexualidad (sexo/ género/ deseo) en el atributo de la humanidad. ¿Cómo podemos comprender la sexualidad sin una perspectiva esencialista, fundacionalista, sin privilegiar al cuerpo como una instancia sustantiva, sólida?

La metafísica de la sustancia desaparece en la tesis de Butler, pero no porque el género mismo se convierta por arte de magia en una idea totalizadora. A la fácil pregunta “¿qué es el género?”, Butler no puede responder, sin más: “el género es esto”. No porque abarque más de lo que se puede nombrar, sino porque está más allá:

… género no es un sustantivo, ni tampoco es un conjunto de atributos vagos; … dentro del discurso legado por la metafísica de la sustancia, el género resulta ser performativo, es decir, que conforma la identidad que se supone que es. En este sentido, el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto que se pueda considerar pre-existente a la acción. … No existe una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye… por las mismas “expresiones” que, al parecer, son resultado de ésta. (GD, págs. 84-85)

Que la identidad sea «performativa», por otra parte, no significa que sea ilusoria y nada más. Asumir la performatividad ─la creación por la recreación─ del género supone admitir la necesidad de una práctica social constante como forma de concebirla como natural, dada, y como medio para perpetuarla. Se ha criticado constantemente y de forma errónea la cuestión de la performatividad, tratando esta idea como una reducción del género a su expresión más superficial, o bien como un modo de vaciar las «identidades». Esta crítica todavía se hace a día de hoy, pero lo cierto es que Butler ya se ocupó de ella en su “Segundo prefacio”:

Escribir sobre esta desnaturalización no obedeció meramente a un deseo de… recomendar payasadas teatrales en vez de la política “real”, como algunos críticos han afirmado (como si el teatro y la política fueran siempre distintos); obedece a un deseo de vivir, de hacer la vida posible, y de replantear lo posible como tal. … ¿Cómo debemos reformular las limitaciones morfológicas idóneas que recaen sobre los seres humanos para que quienes se alejan de la norma no estén condenados a una muerte en vida? (GD, pág. 24)

De hecho, en las páginas siguientes se responde a esta clase de críticas, que generalmente se hacen en la misma línea y con la misma idea. La ética que está detrás de las respuestas de Butler es clara. En cualquier caso, El género en disputa no busca analizar en profundidad este problema, sino plantearlo y dejar claro cuál es su capacidad y dónde está su horizonte.

  1. Notas finales.

Aunque la discusión es larga y podría seguir durante páginas y páginas, las críticas a las ideas de Butler se han centrado en algunos de los puntos que he comentado: la desnaturalización del sexo, la recomposición del género, la cuestión de la performatividad… Generalmente resultan ser críticas mal dirigidas por desconocimiento, aunque a veces son ─en los peores y no poco habituales casos─ simple y llanamente tribunas políticas malintencionadas. No espero que las personas de esta bajeza moral y deshonestidad intelectual ─dos de los peores atributos que se pueden exhibir en una discusión─ me lean, o en todo caso que me lean para buscar una mejor lectura de Butler. Pero sí espero haber dado algunas ideas a quienes quieren entender tanto las ideas de la autora como la ética que se esconde detrás. «Vivir una vida habitable» no es poca cosa, y toda persona que vive en los márgenes conoce bien esta situación.


Bibliografía y documentación

[1] Para citar fragmentos de textos de Butler marcaremos la página correspondiente a la edición citada. Para El género en disputa marcaremos como GD; para Deshacer el género marcaremos DG. Para profundizar más en torno al pensamiento de Judith Butler, puede leerse la tesis doctoral de mi antiguo profesor, Juan de Dios García Martínez, titulada Sujeto y agencia en Judith Butler, en su versión online.

[2] El segundo sexo, versión online.

[3] The sex which is not one, en Cornell University Press, New York (1985), pág. 142. No he querido acudir al texto de Butler aquí por cuestiones de estructura del artículo, pero dedica algunas páginas muy valiosas a resumir la diferencia entre De Beauvoir e Irigaray (59-60). También se puede consultar en la Internet Encyclopedia of Philosophy.

[4] El pensamiento heterosexual, EGALES, Madrid (2006), págs. 21-30 [“La categoría de sexo”] y 31-44 [“No se nace mujer”].

5 cosas que no sabías sobre #LenguajeInclusivo

Panelistas en medios de comunicación indignados, foros feministas en lucha por la democratización del lenguaje y la RAE que se manifiesta en contra. Así se planteó el escenario en el que estalló el debate social: «¿Para qué usar lenguaje inclusivo? ¿Por qué no hacen algo más importante por la igualdad en lugar de ponerse a pelear por esas boludeces?». Porque para nosotres lo que se dice y cómo se dice importa.


Si bien diversas fuentes en Internet aseguran que el lenguaje inclusivo es utilizado hace más de una década dentro de comunidades LGTBI+ y se reconoce que, antes de elegir la terminación -e como vocal adecuada para neutralizar el lenguaje, circulaban otros caracteres que tenían un significado similar (x, @, =, *), lo cierto es que la información en relación al tema en la mayoría de lo sitios resulta escasa, poco clara o se limita a explicitar cómo utilizar el lenguaje inclusivo.

Le seguimos la huella al uso del pronombre nosotres y al uso de los caracteres antes mencionados a través de una investigación digital*, y conseguimos algunos datos que queremos compartir:

1) Durante los siglos a. I. (Antes de Internet)

«Cuando une se dirija a un grupo en una conferencia, en una carta circular, etc., podrá comenzar diciendo “querides amigues”. Les trabajadores podrán escribir en sus pancartas reivindicativas “estamos hartes de ser explotades”. Les polítiques podrán llamar compañeres a sus partidaries. Les progenitores podrán educar a sus hijes más fácilmente en forma no sexista. En los periódicos, los anuncios por palabras solicitarán une cocinere, une abogade o une secretarie».

Álvaro García Meseguer (1976)

Se volvió un tema candente en el debate social, pero ¿es posible que el lenguaje inclusivo lleve más de 40 años vigente? Según un texto que dio a conocer la investigadora cordobesa Rocío Piñero en su trabajo El género gramatical en el español: Variaciones morfo-semánticas del masculino genérico desde una perspectiva socio-etimológica, parece ser que hacia la década del setenta el escritor García Meseguer ya había comenzado a poner sobre la mesa cierta incomodidad en relación a la raíz social del discurso: ¿era la lengua profundamente sexista o, en verdad, lo eran sus hablantes?

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2) Judith Butler: un puntapié teórico para poner el lenguaje patas para arriba

Hacia 1990, la filósofa posestructuralista Judith Butler, oriunda de Estados Unidos, publica su polémica obra El género en disputa. En dicho texto, la autora plantea lo que años más tarde se conocerá como las bases de la teoría queer: la idea de que el género es una construcción social en tanto se trata de un conjunto de comportamientos aprendidos culturalmente, negando la noción que reconoce a la identidad como una creación determinada biológicamente. En este sentido, su aporte de vanguardia permite poner de relieve las implicancias del discurso sobre la constitución del ser, brindándole legitimidad a las identidades que se definen por fuera del patrón binario que la sociedad establece como válido.

«La apariencia o el efecto del ser siempre se produce mediante las estructuras de significación».

Judith Butler (1990)

En relación directa con este aporte fundamental a la comprensión del género desde un marco que encuadra al concepto dentro de los intereses de las ciencias sociales por su condición cultural, encontramos una publicación de 2002 en la revista Athenea Digital donde se divulga la propuesta de la autora haciendo énfasis en las implicancias discursivas de dicho planteo político. Y, lo que resulta aún más interesante, para aquella fecha, quien redacta elige utilizar el símbolo @ como método de comunicación para explicar la teoría de Butler a sus lectores:

«Y es que tod@s cuando nacemos somos bautizad@s con un nombre, y este nombre nos inaugura como sujetos sociales, aún cuando el efecto de este espacio interior todavía no ha llegado a producirse. Después, cuando nos iniciamos en el habla, el pronombre que en un principio utilizamos para referirnos a nosotros mismos es el de la tercera persona, puesto que aún no somos capaces de distinguirnos a «nosotros» de «los otros». El uso del pronombre «yo» inaugura más tarde la posibilidad del espacio interior, a la vez que será entonces cuando quedarán inaugurados también todos aquellos procesos clásicamente pensados como exclusivamente psicológicos, cuando no son sino productos eminentemente sociales y lingüísticos (por poner un ejemplo, la misma memoria, o ¿algun@ de vosotr@s tiene algún recuerdo pre-lingüístico?)».

Eva Patricia Gil Rodríguez (2002)

3) Punks y anarquistas, pioneros en cuestionar el género

«¿Y de quién depende qué se oprime?
De nosotres.
¿Y de quién depende que esto acabe?
De nosotres también».

Loa a la dialéctica, Puagh (2001)

En 1993, surge la banda punk con planteos anarquistas Puagh. Hacia 1997, dan a conocer su longplay titulado «Bienvenid@s a las delicias del capitalismo», en el cual implementan el símbolo @ como método inclusivo. Un tiempo después, en su canción Loa a la dialéctica, el grupo decidirá utilizar la terminación -e para dar cuenta de la batalla cultural que sostenían.

Asimismo, en la Argentina de 2005 surge la agrupación punk Axion Protesta, oriunda de Rosario (Santa Fe), la cual publica sus letras escritas con arrobas en los pronombres, como ocurre en el caso del sencillo Muerte al Estado.

Siguiendo esta línea ideológica, son destacables varios blogs ácratas que algunos años más tarde cuestionan el carácter político de la lengua manifestándose por escrito con el uso de arrobas: Cruz Negra Anarquista (España, 2003), alasbarricadas.org (España, 2004), antimilitaristas.org (2005).

En Mundo Libertario encontramos una suerte de manifiesto que se propone dejar en claro las diferentes variables que hay para combatir el lenguaje sexista.

«Toda esa concepción se refleja por fuerza en el lenguaje hablado y escrito; por ejemplo, está aceptado por consenso como género gramatical neutro el género masculino. Cuando nos dirigimos a una multitud formada por mujeres y hombres, hablamos en masculino: “vosotros, que estáis aquí, lo sabéis perfectamente”; a pesar de que estemos ante un grupo de 50 mujeres y 2 hombres, sólo se usa el género femenino para referirnos a un grupo cuando ese grupo está sólo compuesto por mujeres. También encontramos casos en los cuales se refleja claramente un dominio cultural de le hombre frente a le mujer: “El Hombre está poniendo en serio peligro al Planeta”, aquí se ve claramente como, para referirse a toda la Humanidad, al Ser Humano, se habla de “El Hombre”».

Grupo Pirexia en Mundo Libertario (2011)

4) La comunidad LGBTI y la columna Soy

Por primera vez en Latinoamérica, el diario Página 12 inaugura en 2008 una sección dedicada a la comunidad LGBTI+, titulada Soy, la cual sigue funcionando en la actualidad.

En ese mismo año nos encontramos con un escrito publicado por Mauro Cabral, un activista transgénero por los derechos de las personas intersexuales y trans de Argentina, quien manifestaba entonces:

«Arrobas, equis, asteriscos. La escritura de la diversidad —y, más aún, de la disidencia sexual— tiene hoy en día un repertorio diverso y disidente de rupturas con el binario en la lengua. Y es que la lengua, ya se sabe, vuelve reales a quienes nombra, y otorga una realidad espectral a quienes, por imposibles, calla. Realmente imposibles».

Entre otros aportes destacables en materia de lenguaje y representación, en 2013 la reconocida activista travesti Lohana Berkins publica:

«Nosotras hicimos nuestro aporte y al nosotros y nosotras le sumamos el nosotres. Yo también tengo mis recaudos con el nosotres y el todes. No estoy de acuerdo con ese orden que en general aparece en el “todos, todas y todes”. Me parecería mejor decir simplemente “todes”. Porque, si no, se está relegando a todo lo que queda fuera de la “o” y de la “a” a lo periférico. Se reproduce la jerarquía: hay un “él”, un “ella”, y todas las sobras, todos los restos, terminan en el “todes”. El lenguaje es un monolito que no admite fisuras».

Lohana Berkins, columna Soy (2013)

Manga de travestis, último número de Soy

De esta manera, una práctica cultural que comenzó hace más de cuarenta años en voz de unos pocos, quienes se animaban a ponerle palabra y cuerpo a la lucha por una representación más equitativa en la lengua, tomó forma hasta llegar a los diferentes debates que se dan hoy en día en medios de comunicación masiva y redes sociales.

5) No es una obligación, es una responsabilidad

Una acotación para cerrar: no existe obligación alguna que nos imponga el deber de hablar y/o escribir usando lenguaje inclusivo. Pero sí hace falta dejar en claro la responsabilidad que supone tener conciencia de que el discurso inscribe a los, las, les sujetxs que lo habitan y que, por tanto, reconocer la existencia de personas que no se identifican dentro de los géneros binarios e intentar crear una manera de nombrar luchando contra la invisibilización supone un planteo político legítimo.

Todo hecho social es, a su vez, un acto político en la medida en que esté implicada una toma de decisiones. La comunicación, el lenguaje y las relaciones que tenemos con las otras personas son, entonces, procesos políticos que toman forma según los contextos culturales dentro de los que tengan lugar: entender el lenguaje inclusivo es, antes que un capricho, una demanda de la sociedad que nos toca habitar.


*La información planteada en el artículo deviene de un conjunto de datos recolectados desde varias navegaciones en Internet, generadas con Google como motor de búsqueda, a partir de los cuales se organizaron las informaciones obtenidas de forma cronológica, a fin de dar un hilo de sentido al material obtenido. De ningún modo pretende revestir un carácter científico sino, más bien, se intenta arrojar luz sobre las prácticas culturales que hacen a la legitimidad del uso del lenguaje inclusivo.

Fuentes

Explotación y precarización laboral

Las desigualdades sociales, económicas y culturales, el desarrollo asimétrico en los distintos grupos de la sociedad y el mercado hostil en el que se inserta el complejo entramado de relaciones laborales son causas de la precarización laboral y las distintas formas de explotación, entendida como la apropiación de los recursos, el capital o incluso las cualidades de un individuo.

Una de las formas de explotación más prominentes en el patriarcado es la prostitución forzada. Aunque, según Infobae, el número de víctimas de trata rescatadas se encuentra en crecimiento, muchas de las ofertas laborales que hoy en día están publicadas no son más que frases engañosas con el objetivo de reclutar a jóvenes en lo que se conoce como «redes de trata» para obligarlas a prostituirse, explotarlas y privarlas de su libertad. En estas redes, las mujeres son captadas, trasladadas, violentadas y vulneradas con el fin de someterlas y de lucrar con su actividad.

La sexual no es el único tipo de explotación existente: según información distribuida por el Ministerio de Seguridad de nuestro país, entre 2016 y 2018 hubo más de 1000 allanamientos relacionados con el delito de trata, en donde alrededor de 2700 víctimas fueron rescatadas. La mayor parte de ellas pertenecía a redes de explotación laboral o servidumbre.

Si bien está ligada a una cuestión de género (afecta mayormente a mujeres jóvenes), también se vincula con la nacionalidad de las víctimas que son, en gran parte, inmigrantes de países limítrofes y, además, con una cuestión socioeconómica. La vulnerabilidad socioeconómica genera que cada vez sean más quienes, por querer cambiar su vida, caigan en el engaño de una mejoría.

Aunque la explotación sexual es una de las actividades ilegales que aumentó en estos años, la que más porcentaje de crecimiento demuestra es la explotación laboral en un 201%. En la mayor parte de los casos revela una ilusión hecha pedazos que termina en un taller clandestino, en pequeños supermercados barriales o en huertas donde se cultivan verduras y hortalizas, y en donde las jornadas duran a veces más de 12 horas.

En 2017, Laura Aparicio afirmaba para La Izquierda Diario que la precarización laboral tiene «rostro de mujer», que emigran a edades cada vez más tempranas enfrentándose a muchos posibles peligros como el acoso sexual o el femicidio.

Raquel, hoy una mujer con dos hija y sostén de su hogar, lo vivió en primera persona. En diálogo con Escritura Feminista afirma:

«La explotación laboral viene desde hace mucho tiempo. Soy paraguaya, llegué acá en 1991 con 18 años, trabajaba en una casa en donde tenía que hacer de todo, y la crianza de los nenes que vivían ahí estaba a mi cargo. La diferencia se sentía, o me la hacían sentir. No comíamos en la misma mesa, me pagaban poco y nada porque era muy joven y además extranjera, entonces se aprovechaban. Durante ese tiempo estuve muy triste, había adelgazado mucho y me quería volver a mi país. Mi marido también trabajaba muchísimo, como 10 horas, y le pagaban muy poco».

El testimonio de Raquel es muy parecido a la información que aportan los medios con respecto a quienes atraviesan este tipo de situaciones, en donde la explotación, aunque se trabaje «en blanco», es moneda corriente. ¿Realmente se redujo este tipo de procesos para “sacar provecho”? ¿O simplemente cambió sus formas, buscando adaptarse?

Aunque los modos más conocidos de aprovechamiento ilegales, insalubres y vinculados a la esclavitud sean los talleres y la servidumbre, hay un nuevo tipo de abuso de poder que arrasa en el siglo XXI. Se trata de grupos empresariales o empresas multinacionales que obtienen un beneficio de la precariedad laboral ya instalada en el sistema, que externalizan los riesgos empresariales a costa de lxs trabajadorxs y que carecen de control o regulación normativa.

Son instituciones cada vez más reconocidas, como por ejemplo las de rápidos delivery, que no solo mantienen jornadas de trabajo muy largas, sino que también pagan poco y ya han recibido varias denuncias por maltrato y explotación. Las nuevas plataformas buscan abaratar costos e implementan reformas que alimentan cada vez más la desigualdad vigente en un sistema que sostiene la precariedad en el contexto de crisis.

Según El Salto, este tipo de empleos de baja calidad actúa como una imagen de recuperación económica y está vinculado a lo que se conoce como “economía colaborativa”, un tipo de empleo que, básicamente, pide a lxs trabajadorxs que aporten sus propias herramientas o dinero para empezar a trabajar.

Verónica Itatí González, de la Universidad Nacional del Nordeste, plantea que en países como Argentina los empleos permanentes de tiempo completo siempre fueron escasos. En lugar de avanzar hacia trabajos más estables, se retrocede hacia empleos más precarios que atentan contra los derechos y los beneficios de los trabajadores a nivel mundial, y recaen en prácticas de explotación que van desde lo ilegal hasta lo estacional o temporal.

En su artículo Estudios de género y migración: Una revisión desde las perspectiva del siglo XXI, publicado por Autoctonía, Pierrette Hondagneu-Sotelo retoma las cuestiones de género y migración. Expone que hay un vínculo muy estrecho entre las mujeres migrantes, el trabajo doméstico y la atención familiar, que empezó a manifestarse a partir del siglo XX, y también con el tráfico sexual.

La problemática de la migración trasnacional que antes solía recaer sobre la mano de obra masculina ahora se cierne sobre las mujeres, que no solo deben buscar un trabajo por el que ganan muy poco, sino que también deben ocuparse del hogar y, muchas veces, dejar a sus hijos en otro punto geográfico. Esta decisión, conocida como «los niños dejados atrás», inicia cuando sus madres emigran, en su mayoría, como trabajadoras domésticas.

Cynthia Cranford, socióloga de la Universidad de Toronto, sostiene que la reestructuración económica, el trabajo y la política sindical activa de las mujeres migrantes latinas permiten desafiar las restricciones de género impuestas en múltiples ámbitos. Remiseras, plomeras, electricistas que no solo pretenden brindar seguridad, sino también romper la brecha salarial y de desempleo que históricamente suele afectar más al género femenino.

Aplicaciones de trabajo como Sara y Femplea fueron pensadas como bancos de trabajo de mujeres para mujeres, para facilitar la inserción laboral femenina. Silvia Ferraro, de la Fundación Mujeres en Igualdad, desarrolló Femplea con el objetivo de que trabajadoras y clientas «puedan ofrecer su servicio y tener la confianza de que van a llegar a mujeres a su hogar».

«Son algo más que una propuesta de seguridad. Son una estrategia de acción afirmativa a favor de grupos desaventajados en sus condiciones laborales. Las mujeres son mayoría en el trabajo informal y las peor rentadas en la escala laboral, sobre todo en el trabajo doméstico. La estrategia alcanza a otros géneros perjudicados en las oportunidades laborales -travestis y mujeres y varones trans- y también a colectivos particulares como, por ejemplo, sobrevivientes de explotación sexual». Diana Maffia, directora del Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires.

Es evidente que en Argentina existe un alto margen de precarización laboral, cada vez más visible por la crisis que afecta de forma estructural al país. La inmigración y los cambios en las perspectivas de género impactan sobre el funcionamiento del mercado, buscando que la inserción laboral de aquellxs más marginadxs, sea legal y que gocen no solo de los derechos laborales y de la protección, sino también de los beneficios que vienen aparejados con el trabajo «en blanco».

 


Fuentes

ESI sí

Nueve casos de abuso confirmados gracias a una clase de educación sexual integral.

Hace dos meses, y en contraposición a los grupos que se oponen a la ESI (ley 26.150), una maestra de sexto grado de la escuela Nº 38 de Stefenelli, Río Negro, decidió hablar con sus alumnxs sobre la importancia del cuidado del cuerpo y los límites que deben tener lxs demás en cuanto a las partes íntimas.

Como parte de la actividad, invitó a lxs chicxs a escribir de forma anónima dudas que tuvieran con respecto al tema, y entonces se desató el horror: una de las nenas escribió en su papel que el maestro de cuarto grado la «había tocado» en varias oportunidades. No solo fue ella. Ocho chicas más describieron lo mismo.

Según TN, gracias a que la maestra reconoció las letras, pudo hablar con las víctimas y confirmar los abusos. Todas relataron con detalle las situaciones, en las que se repetía el mismo patrón: el maestro las llamaba al frente para corregirles el cuaderno, las hacía sentarse sobre él y en ese momento las tocaba.

María Calarco, fiscal del caso, pudo constatar todas las declaraciones, por lo que el acusado fue suspendido y separado de su cargo. Cuando citaron a la madre de una de las nenas, afirmó que su hija le había contado de los abusos:

«Yo hablé con el profesor, pero me manipuló diciendo que el problema eran los alumnos, que no sabían respetar. Yo llegué a pensar que era así, que era culpa de mi hija. Este monstruo abusaba de ella, la manipulaba y la amenazaba frente a todos en el aula».

«Logramos juntarnos todos los padres y denunciarlo en Fiscalía, a la par del sumario de la escuela. Se hicieron las Cámaras Gesell y se comprobaron los nueve casos».

El Ministerio de Educación y la Secretaría de Derechos Humanos trabajaron junto a las menores para que, acompañadas por abogados, tuvieran contención física, emocional y psicológica. En diálogo con Clarín, la directora de Inclusión Educativa de Río Negro, Maricel Cevoli, declaró:

«Esto nos muestra la importancia de la Educación Sexual Integral y cómo cuando se habilita la palabra es que estas cosas pueden suceder. De eso se trata la ESI, de habilitar la escucha y la palabra. Además del buen trabajo de la docente, que les dio confianza a sus alumnas para que pudieran contar».

Remarcó que no es la primera vez que un caso así sucede en esta escuela y que, si bien los otros incidentes referían a abusos intrafamiliares, en cifras representan la mayoría de los casos.

La ley 26.150 fue aprobada en 2006 pero nunca se implementó correctamente, y hoy es motivo de brecha entre la población. #ConMisHijosNoTeMetas es la frase que acompaña a los grupos «provida» que se oponen a las clases sobre sexualidad, alegando que los contenidos están basados en perspectivas de género que no comparten y que quieren ser ellos quienes eduquen a sus hijxs.

 

 


Fuentes

Modelos para desarmar: publicidades infantiles y roles de género

Pasó otro Día de la Niñez, y con él pasaron decenas de publicidades con productos infantiles como objetivos de venta. Una famosa cadena de supermercados debió disculparse por la publicidad sexista que reproducía roles que aún se intentan erradicar. ¿Qué cuentan y qué esconden las publicidades destinadas a la niñez?

La asociación Grow–Género y Trabajo estudia las construcciones sociales en relación al género. Durante el año 2017, relevaron 851 publicidades de 7 canales infantiles para analizar cómo se conforman las subjetividades de niños y niñas. Pudieron advertir que más de la mitad de los personajes son mujeres, pero sólo el 45% de sus voces venden productos. ¿Consumidoras pero no vendedoras?

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¿Quiénes venden? ¿Quiénes compran?

Desde Grow se planteó la siguiente hipótesis: tanto las publicidades como los canales están segregados. Algunos priorizan la venta de productos para niñas a través de voces femeninas; otros apuntan de forma exclusiva a los niños con voces masculinas. Sin embargo, el 68% de las publicidades dirigidas tanto a niños como niñas es narrado por varones.

Esta diferencia se acentúa más ante el público adolescente: el 66% de los productos para mujeres son vendidos por voces femeninas, mientras que el 100% de los dirigidos a varones son vendidos por voces masculinas. En los productos destinados a ambos géneros, el 78% de las voces son masculinas. La voz masculina parecer ser la más habilitada para vender a mujeres y varones. La femenina sólo le vende a mujeres.

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Representaciones de la niñez

Otro de los objetivos de la investigación consistió en analizar qué hacen lxs niñxs en las publicidades. Los números indican que en el 52% de las publicidades dirigidas a niñas se realizan acciones pasivas (modelar, tomar sol, charlar, estar en la publicidad sin hablar), mientras que en el 100% de aquellas dirigidas a niños las acciones son activas (jugar, saltar, explorar). Solo cuando el objetivo son ambos géneros, la brecha se reduce: el 60% de las mujeres realiza acciones activas.

El informe de Grow advierte acerca de esto:

“Una posible conclusión de este dato es que las mujeres están habilitadas a ser más ‘activas’ cuando están al lado de varones, mientras que estos están habilitados a realizar acciones más ‘pasivas’ cuando están junto a ellas: el porcentaje de varones en acciones pasivas en publicidades dirigidas a ambos es de 26%, versus un 10% en aquellas dirigidas solamente a varones”.

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Televisión y representaciones de género

Las publicidades siguen reproduciendo la lógica binaria: varón/mujer; celeste/rosa; agresividad/belleza. Casi la totalidad de las publicidades dirigidas a niñas están relacionadas con belleza y romance, amistad y cuidado familiar (70%). Para los varones, la mayoría apelan a la acción, las aventuras y la agresividad (66%). Podemos observar que desde muy temprana edad se representa a hombres y mujeres con roles preestablecidos que construyen y perpetúan estereotipos.

Si queremos infancias más felices y adultos sin prejuicios, es fundamental deconstruir las significaciones sociales hegemónicas sobre los modos de ser niñxs, para que vivir en una sociedad más igualitaria y equitativa deje de ser una utopía.


*Informe completo aquí.