Mapa de grafitis

Ficción colaboración por Candela Fumale


Todos los días vuelvo en colectivo desde la facultad hasta mi casa. A veces, cuando me olvido el libro, me recuesto hacia atrás y cuento las cuadras mientras van pasando. Sesenta cuadras. Cuarenta y cinco minutos.

Quizás hoy estoy demasiado melancólica para jugar así. Mis amores están todos repartidos por la ciudad y, en general, voy por ahí como si no los viera. Eso es lo que se hace con las cosas del pasado, supongo. Pero las escenas siguen impresas en las paredes como un grafiti, esperando que decida volver a mirarlas. En mi mente se despliega entonces un mapa de situaciones amorosas. Y quizás divida el trayecto no en cuadras sino en esquinas donde me besé con alguna piba, donde la esperé hasta que llegara su colectivo, o donde me senté a llorar cuando nos separamos.

Las personas que viven solas van guardando los recuerdos de sus parejas en cajoncitos adentro del ropero. Cuando viene la tristeza los abren. Ponen play a esos cortometrajes que parecieran hechos en la misma locación aunque por diferentes directores. La misma cama en todas las escenas de sexo, diferente la secuencia. Un perro recibe a los visitantes moviendo la cola, cada año un poco más despacio por la artritis. Las charlas en el balcón son muy variadas considerando que las enmarca el mismo horizonte.

Los estudiantes como yo no tenemos casa sola todavía así que vamos desparramando momentos pasionales por las calles. Besamos, metemos manos, desabrochamos botones en calles cortadas y tramos mal iluminados. Con mucha suerte, conseguimos un auto. Casi nunca.

Si bien cada uno tiene su método, la mayoría entra en los siguientes dos grupos. Están los que repiten lugares porque una vez que se encuentra una buena trinchera, no se la abandona por nada. Y después estoy yo, que siento que volver a los escondites con otras chicas es sinónimo de repetir historias. Mi máxima es «piba nueva, lugar nuevo».

Probablemente mi estrategia sea una cagada y lo único que termine haciendo sea plantarme recuerdos por todos lados para tropezar con ellos después. Como un campo minado. Vas caminando, cantando una canción X en tu mente. En realidad no es una canción X. Es una canción pop que le gustaba a tu ex, porque a vos esa banda no te gustaba tanto pero te gustaba que le gustara. Y te alegra poder cantarla sin ponerte de mal humor. Como cuando pasás el dedo por una cicatriz reciente y comprobás que ya no duele. Vas caminando, mirando las casas de enfrente, casa antigua, edificio en construcción, casa fea, ¡pum! El bar donde se vieron las primeras veces.

Aunque la inercia te haga seguir caminando tus ojos se quedaron en el bar. Se quedaron en la mesita donde se sentaron. Se quedaron en ella, cruzada de piernas enfrente tuyo. Imposible detener el recuerdo una vez que empezó a caer. Tenés que dejarlo que se reviente contra el suelo, que los pedazos terminen de moverse, antes de poder barrerlo. Los pedazos grandes son contundentes, te acordás que se fue, que volvió a molestarte un tiempo después, que era hermosa, pero se recogen fácil, así con la mano nomás, y se los tira directo al tacho. No te cortan porque podés esquivarles el filo. Ahora, los chiquitos son peores porque no se ven, pensás que los sacaste y siguen ahí, con una punta diminuta hacia arriba para cuando pases caminando descalza y ay, la escuchaste otra vez diciendo que le des un beso, o sentiste la liviandad de su cuerpo en tus muslos mientras miraban el partido ese, México-Túnez, hasta que se fuera la madre y después garcharon como nunca.

Recién cuando llegás a la otra calle lográs salirte del campo magnético de ese lugar. Te sentís mejor porque en realidad sí la superaste, solo que el recorrido te tomó por sorpresa. Desde el colectivo es más fácil porque la visión del poste de luz donde te apoyaste para que te bese la piba esa de rulos que viste una sola vez dura apenas un segundo y medio. Si tenés suerte y prevenís todos esos grafitis, llegás psicológicamente ilesa a tu casa. Si te salteaste alguno, te cae como cachetazo y te bajás en la parada divagando sobre cosas como el destino.

Hasta ahora vengo bien. Ya pasó la mitad del recorrido y vi los grafitis de siempre. Están un poco descoloridos y me los sé de memoria. En cinco cuadras viene la calle de mi última novia. Ahí me bajaba los días que la veía después de cursar. A veces no le avisaba, a veces solo no quería volver a mi casa y ella lo sabía, me prestaba su cueva para esconderme unas horas, unos días.

Mi cerebro empieza a cantar una canción de rock que a ella no le gustaba pero me la cantaba porque yo se la cantaba y le decía que a ese ritmo me latía el corazón. Me parece que estoy lista para disfrutar de esa canción otra vez. Me lo merezco. Porque la canción era mía primero. Y se la di, como le había dado tanto, sin pensar en que dejaría de pertenecerme. Y ahora es un buen momento para recuperarla.

El colectivo frena en el semáforo. Esa es la esquina, esa es la parada. Ya me estaría bajando apurada por verla. El corazón se me acelera apenas, aunque lo suficiente como para adelantarse al ritmo de la canción que no podía dejar de cantar. Miro hacia afuera. El ángulo no me da para ver la cara del conductor de al lado. Solo veo un brazo colgando por la ventanilla abierta. Los dedos golpean la chapa, de alguna forma, de alguna manera, por alguna razón inexplicable del tiempo y espacio, al ritmo exacto de la canción en mi cabeza. Se acoplaron a mi música como un instrumento que espera para entrar a compás.

El semáforo cambia, todos ponen primera. Hoy también voy a llegar a mi casa divagando sobre cosas como el destino, como el ritmo, como la gente que entra justo a compás en mi mente. Pero esta vez se siente bien.


Ilustración de portada: Malakkai – Isaac Mahow

La calle como lienzo: entrevista a Jimmy C

«Para artistas que cuentan con un significado social detrás de su trabajo, la calle es la plataforma perfecta para comunicar un mensaje».

Aún persiste en nuestra sociedad cierto sector que descalifica al arte callejero. Sin ir más lejos, hace algunos meses el jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Larreta, presentó un proyecto que permitía una mayor libertad de acción a las fuerzas policiales contra artistas callejeros.

Desde Escritura Feminista entrevistamos a James Cochran —o aka Jimmy C, como él se presenta—, un artista australiano pionero del grafiti y de la resignificación del valor del arte en las calles.


Escritura Feminista: Si buscamos tu nombre en Google, los primeros resultados que aparecen nos cuentan que tuviste un rol clave en el desarrollo del movimiento del grafiti underground durante comienzos de la década de los noventa. ¿Cómo te iniciaste en este movimiento?

Jimmy C: Mi interés por el grafiti surgió del movimiento underground que estaba creciendo en ese entonces en Adelaide, Australia. Unos dibujos coloridos ubicados a lo largo de la línea del tren captaron mi atención y, después de crearme una firma, también empecé a pintar en las noches en ese lugar que me había intrigado, por las vías del tren.

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London Hearts. Mural que conmemora las ocho vidas perdidas en el ataque al Mercado de Borough en junio de 2017.

E.F.: ¿Empezaste pintando tags? ¿Quiénes eran tus inspiraciones artísticas en ese momento de tu vida?

J.: Hacía tags pero también piezas —letras con diferentes formas gráficas, por ejemplo— que mejoraba con el tiempo y volvía más complejas al introducirles personajes y paisajes.

La inspiración para mí en esas épocas venía de los grafiteros de Nueva York, como Dondi, Seen y Lee.

E.F.: Tus trabajos son fáciles de reconocer en las calles por la técnica puntillista original y el detallado uso del color. ¿Cómo comenzó este estilo? ¿Tiene algún significado especial?

J.: Empecé a trabajar con puntos en el año 2004, después de participar en murales colaborativos con un artista indígena de Australia. Él usaba puntos en la forma tradicional de la pintura puntillista aborigen, lo que me inspiró a experimentar en mi estudio e hizo que mi trabajo se volviera más cercano al Impresionismo o al estilo puntillista. Desde ahí he desarrollado el drip painting [pintura por goteo] que le da a mis obras un sentimiento más personal.

E.F.: Después de la experiencia académica en la Universidad de Australia, ¿cambió tu forma de entender el arte? ¿Disfrutabas la pintura al óleo antes de estos estudios?

J.: Fue una buena experiencia para mí. En ese momento, sentía que no estaba aprendiendo mucho sobre cómo pintar porque era una formación en arte orientada a lo conceptual y todos los profesores estaban más preocupados por enseñarnos a hacer instalaciones artísticas que por profundizar en pintura.

Esto me hizo ir por mi propio camino y adopté un enfoque bastante tradicional de tratar de aprender a pintar en un estilo realista con pintura al óleo. Antes la había usado, sí, pero pude desarrollar mi habilidad durante ese tiempo en la escuela de arte.

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Jimmy C pinta el retrato de Ana Frank en la entrada del Anne Frank Zentrum, Alemania.

E.F.: Hace algunos meses pintaste un retrato de Ana Frank en la entrada del Anne Frank Zentrum en Alemania. ¿Cuánto tiempo llevó el proceso de trabajo? ¿Cuál fue tu reacción cuando te llamaron para hacer el mural?

J.: De hecho, pinté ese retrato por primera vez en 2013. Fue una idea de mis amigos en Berlín, quienes llevan adelante el blog Street Art Berlin: querían tratar de unir el arte callejero con la historia local, así que sugirieron que pintara este retrato. Desde entonces, suelo tratar de pintar sobre temas conectados al área, al lugar donde estoy pintando.

Luego de que lo pinté le gustó mucho a todo el mundo, incluso al museo, y cuando el mural se dañó por el paso del tiempo me invitaron a restaurarlo. Lo retocaron pocas veces a lo largo del tiempo, pero este año hicimos una restauración completa que incluyó cambiar la pared en sí, que se estaba cayendo. Básicamente tuve que repintar todo el mural.

E.F.: Además de ese mural, pintaste muchos retratos de gente famosa en diferentes calles del mundo. ¿Qué sentís cuando comparten tu arte en redes sociales? ¿Creés que es importante mostrarte a vos mismo como artista en el mundo digital?

J.:  El arte callejero y las redes sociales van muy bien juntos porque el arte está en las calles para cualquiera que quiera verlo o fotografiarlo. Con la nueva tecnología y las cámaras de los celulares es fácil compartir imágenes. Aún si el artista no tiene su propia página, su obra seguramente llegará a las redes porque el arte callejero tiene la particularidad de ser accesible.

Por esa razón, creo que el artista debería tener una página donde pueda controlar él mismo cómo quiere que la gente vea su trabajo o parte del proceso detrás de la creación de su obra. A veces, sin embargo, siento que se va muy lejos cuando el artista se percibe a sí mismo como una suerte de marca o empresa que se ve obligada a publicar para su audiencia.

E.F.: Al día de hoy, ya participaste en varias exposiciones en Europa. ¿Alguna vez pensaste que podrías darle al arte de aerosol esa clase de reconocimiento? ¿Cómo se siente?

J.: Era difícil imaginar que trabajar con latas de aerosol podría llegar a tener tanto reconocimiento pero todo esto ha sido parte del desarrollo y la evolución del arte callejero. Estoy muy feliz de ser parte de esta tradición y de haber estado ahí en la etapa temprana de su surgimiento.

E.F.: ¿Creés que el arte tiene una función social? ¿Cuál?

J.: Creo que sí, porque siempre está emplazado en un contexto social. Incluso si el artista no tiene una motivación política o social, tenés que ser consciente de algún tipo de responsabilidad para poner tu trabajo en la calle, aunque sea por razones puramente subversivas, humorísticas o poéticas.

Para artistas que ponen un significado social detrás de su trabajo, la calle es la plataforma perfecta para comunicar su mensaje.

 

¿Querés saber más sobre este artista? ¡Buscalo en redes! James Cochran en Instagram.


Fotografía de portada tomada de The Telegraph.