Buscan censurar una película LGTBI de Corrientes

Artículo escrito en colaboración con Javier Franco


La plataforma Netflix comenzó a distribuir la película Las Mil y Una a comienzos de mes. A raíz de ello, la multipremiada cinta LGTB recibió críticas de les vecines del barrio donde fue ambientada. ¿Se trata de comentarios de odio hacia la diversidad? ¿A quién representa el largometraje?

Las Mil y Una (2020) es la segunda película de Clarisa Navas, directora de cine correntina. La historia retrata la juventud de Iris, una basquetbolista que experimenta su sexualidad a escondidas en un barrio de clase trabajadora plagado de violencias.

La coproducción argentino-alemana recibió diferentes reconocimientos y premios en los festivales de Mar del Plata, San Sebastián, Lima, Valdivia, Toulouse y Guadalajara. Sin embargo, a algunes de quienes viven en el complejo Las Mil Viviendas, donde se ambienta el largometraje, no les pareció digna de elogios.

Un vecino inició una petición en change.org para cambiarle el título, ya que entiende que el retrato no representa a su barrio tal como él lo ve. Algunos comentarios que aparecen en la colecta de firmas, con 65 adherentes al momento, incluso sugieren censurarla y quitarla de circulación.

Fotograma de la película.

¿Qué narra Las Mil y Una?

Navas nos introduce en la vida dentro de unos monoblocks ubicados a 3 km de la capital de Corrientes. En este contexto, retrata en profundidad la cotidianidad de les habitantes del barrio: desde las historias de vida complejas de sus personajes hasta cada sonido que construye el espacio y la falta de privacidad que rodea a les protagonistas. Simultáneamente, expone las dificultades que supone la intersección entre desigualdad de clase, género y discriminación por orientación sexual.

La puesta de cámara tiene su propio protagonismo: nos convierte en un habitante más que recorre, junto a Iris, Renata y sus primos, los pasillos del barrio con extensos planos secuencias. En ocasiones, deja la cámara fija para convertirnos en testigos impotentes que presencian los sucesos sin poder hacer nada. Su elección es interesante para plantear una mirada del lugar en la que todo sucede sin ninguna intervención.

Otro detalle que se construye desde la puesta en escena audiovisual es cómo se materializa la poca intimidad que poseen los personajes, con personas interrumpiendo constantemente y sonidos externos ingresando a escena en todo momento.

Iris, interpretada por la basquetbolista Sofía Cabrera.

Si de representación hablamos…

«Puedo asegurar que esta es la historia de un montón de disidencias del interior que, como yo, se emocionan de ver cuando un personaje cuenta con detalles todo aquello que quisimos ver en otros y nos parecía imposible, porque nos creíamos solas. Pero afortunadamente nunca lo estuvimos».

Mauricio Vila, actor en Las Mil y Una.

El elenco de la película está compuesto por actores y actrices de Corrientes, Formosa y Chaco, lo que no resulta un dato menor en materia de representación. En algunas entrevistas, la directora contó que la historia fue escrita en base a sus experiencias (y las del reparto) viviendo en Las Mil Viviendas.

Además, para la comunidad LGTB de la región, la cinta demuestra una forma de representación gay, trans y bisexual alejada de los clichés y caracterizaciones convencionales. La participación de Pilar Cubells y Mauricio Vila, activistas feministas, también sumó en este sentido.

Lo que pasa detrás de las cámaras

«A mí me dejaron de decir torta, me dicen puto de mierda cuando voy sole caminando por la calle».

Milo, vecine de Las Mil Viviendas.

Varies militantes correntines encontraron al pedido de censura como un ataque hacia las expresiones artísticas que se salen de la heterocisnormatividad. Milo, une joven trans del barrio, relata que vivió en repetidas ocasiones la discriminación en primera persona: «Me pasó un montón de veces de estar tomando mates en la plaza con mi novia y que de repente venga gente a darme su opinión como felicitándonos por ser valientes, o preguntándonos qué hacemos en la plaza».

En su opinión, Las Mil y Una fue una experiencia cinematográfica muy cercana. Cuando vio la película por primera vez en el Festival de Mar del Plata (transmitido en línea), junto a su novia, recuerda que pausaban constantemente para ubicar qué lugar aparecía en cada escena; en qué parada de colectivo estaban las protagonistas; cómo habían usado el boliche gay de la zona. Incluso, en la escena de la fiesta, estaban emocionades buscando a su amiga que participó como extra.

El Colectivo de Mujeres de Corrientes compartió un hilo de Twitter de Iriel Amancay, periodista con perspectiva de género de la provincia, adhiriendo a su reflexión sobre el tipo de representación positiva que la película otorga a su comunidad. La directora de la cinta, por su parte, manifestó en medios locales que quienes se manifestaron contra su audiovisual parecen estar olvidando la dimensión subjetiva del arte.


Hay un poco de nacionalismo en tu odio

El Día el Orgullo debiera ser una fecha de celebración en Argentina, donde el matrimonio igualitario y la identidad autopercibida son leyes nacionales hace varios años. Sin embargo, esta semana algunos grupos de civiles autoproclamados nacionalistas intentaron bajar las banderas LGTBIQ+ colgadas por los municipios: ¿fue un acto de homo-lesbo-trans-odio?

¿Nacionalismo encubriendo odio? ¿Otra vez?

El pasado viernes, el Municipio de Córdoba colgó una bandera arcoíris en el mástil del parque Sarmiento. Si bien su intendente reconoció que fue izada con motivo del Mes del Orgullo, la insignia con siete barras de colores identifica a Cuzco (Perú) y el cooperativismo.

Un día después, dos excombatientes de Malvinas asistieron al lugar para bajar la bandera en cuestión. Uno de ellos afirmó mirando hacia la cámara que grababa el accionar:

«Soy ciudadano argentino. Vengo en nombre de mi familia, de mis hijos, de mis nietos, a desagraviar el mástil de nuestra insigna patria. La bandera nacional argentina es un símbolo sublime que no se debe compatibilizar con ningún otro tipo de bandera ni banderola. Está establecido en nuestra Constitución Nacional así que, por lo tanto, vamos a sacar cualquier otro trapo que no represente la bandera nacional argentina. Muchas gracias».

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Destrucción de una placa conmemorativa por la inclusión LGTBIQ+.

La policía intervino y procuró que el símbolo continuase en su lugar. Las autoridades llegaron a un acuerdo para izar, por turnos, ambas banderas. Aun así, el video no tardó en viralizarse en redes. Y los disturbios en el lugar continuaron, ya que hubo enfrentamientos que tomaron una dimensión más violenta: un ataque con cadena, ostentación de arma de fuego y destrucción de una placa conmemorativa de la efeméride, según informó Agencia Presentes.

En Rosario (Santa Fe), cuatro civiles vestidos con uniformes militares intentaron evitar el izamiento de una bandera LGTBIQ+, amparándose en una supuesta ley. La actividad había sido aprobaba por el Consejo local del municipio por lo que, tras una discusión, se continuó adelante.

La historia de la bandera LGTBIQ+: una lucha por ser visibles

Cada color en la bandera tiene un significado. Creada en 1978 por el diseñador Gilbert Baker, fue realizada a pedido del primer dirigente gay de Estados Unidos en hacer pública su orientación, Harvey Milk. Su idea era generar un emblema que ayudara a visibilizar a la comunidad queer, históricamente censurada. En principio, la insignia se componía por ocho franjas de colores, pero con el paso del tiempo mutó a seis. Asimismo, cada grupo dentro del espectro cuenta con su propia identificación.

Si bien el sentido común entiende como homofobia a los actos que discriminan estrictamente a una persona física por razón de su orientación sexual o identidad de género, dicha definición amerita una revisión. La subestimación hacia lo que la bandera LGTBIQ+ representa también es una forma de ataque contra las políticas públicas de visibilización que se llevan a cabo desde el Estado para legitimar a una comunidad que ha sido vulnerada en sus derechos a lo largo de la historia.

En Argentina, la ley Nº 26.485 entiende a la violencia simbólica como una forma de violencia de género, definida como «la que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales». Si bien no es una acepción directamente aplicable al caso en discusión, es útil para identificar cuándo se incurre en este tipo particular de violencia.

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Publicación en el muro de Facebook de Alejandro Lopez, uno de los manifestantes de Córdoba.

Siguiendo esta idea, bajo argumentos de corte nacionalista y amparándose en la Constitución Nacional sin precisar el artículo según el cual actuaban, estos grupos —formados por hombres de más de cuarenta años de edad— transmitieron un mensaje de odio al dejar en evidencia el desconocimiento que tienen en torno a la historia de la comunidad LGTBQ+ y sus íconos, al desentenderse de las decisiones locales que reivindican el orgullo y la inclusión.

Así como la bandera argentina representa luchas patrióticas (en una historia oficial escrita durante años por hombres, con una visión eurocéntrica, desde políticas racistas como fue el genocidio llevado adelante por Julio Roca), la insignia LGTBIQ+ también lleva consigo la carga simbólica de años de batallas: las luchas diarias por una existencia digna.


Fuentes consultadas


Cigarrillos de colores

Julián cerró con llave la puerta de su habitación y se quedó parado con el picaporte en la mano. La tarde del segundo martes de febrero se le había hecho larga. Estaba húmedo y el transporte público se había tomado el trayecto de vuelta a su casa con suma calma, similar a la lentitud de las gotas de sudor que bajaban por su espalda. 

Después de caminar las cuadras que lo separaban de la parada, pasó por el kiosquito de la esquina, con la mirada dirigida a las cajas de cigarrillos detrás del mostrador. Los últimos años había fumado Philip Morris religiosamente, pero ahora todas las marcas le parecían iguales. Suaves, normales, Marlboro, Camel. En realidad, no entendía mucho la diferencia.  

«Los mentolados son de puto», le había advertido un no-tan-amigo un par de años antes, cuando aún estaba en la secundaria. «Que no te vean fumando esos porque ya sabes qué pasa»

Finalmente, en el confinamiento de su habitación, abrió el paquete de mentolados que después de tanto tiempo se había animado a comprar. Se sentó en la cama, con la mirada hacia la ventana. La humedad cubría la pared del patio y una planta estaba muerta en una solitaria maceta. Apretó la bolita del filtro del cigarrillo y, luego de encenderlo, se lo llevó a la boca para dar la primera pitada. 

Con la sensación de frescura en la boca, se sacó el uniforme de trabajo y lo dejó hecho una bola en el piso. Debía lavarlo y tenerlo seco para el otro día, pero Julián no estaba tan seguro de querer volver al supermercado, su lugar de trabajo. 

Quizás era una decisión que debió haber tomado cuatro meses antes, al segundo día de haber sido contratado, pero las palabras de su padre lo habían acobardado. 

«Andá a trabajar. Hacete hombre y deja de mariconear por cualquier cosa». 

Claro que su padre no entendía que, aquel primer día, el gerente le había explicado el trabajo parado a metros de distancia con las dos manos detrás de la espalda. No había dicho nada pero Julián no era lento a la hora de comprender el lenguaje corporal. Solo una mirada bastaba para experimentar la incomodidad y la vergüenza. Solo un gesto facial, para leer lo que pasase por una mente prejuiciosa.

A pesar de su corta edad, Julián había transitado lo suficiente para entender que él no corría con la ventaja de «no parecer». Sabía demasiado bien que cualquier cosa que él hiciese era motivo para detonar el conservadurismo y la discriminación.

Durante las siguientes semanas, de todas maneras, había tratado de adaptarse y de generar lazos laborales, sencillos y superficiales pero lazos al fin. El supermercado solo tenía empleados hombres y jóvenes. Su madre lo había alentado a que se relacionara. 

«A ver si de una vez por todas tenés un amigo varón, Julián».

Era una lástima que entre los pocos empleados y él hubieran diferencias sustanciales.

El primer comentario lo tomó desprevenido y casi le causó gracia. Fue un miércoles, el tercero que trabajaba. Llegó temprano y decidió esperar su turno en la sala de descanso. Luego de saludar a uno de sus compañeros con un tímido «hola» no correspondido y antes de que se generase un silencio incómodo, le preguntó al sujeto cuánto hacía que estaba en la sucursal, como para sacar charla. 

—Mirá que yo no soy puto, eh. O sea, todo bien con los gays, pero a mí me gustan las minas —contestó bruscamente y de inmediato, sin dirigirle siquiera la mirada.

Julián no había sabido qué responder, las palabras lo habían dejado congelado. «El out of context más out of context del mundo», pensó. Y, sin embargo, se quedó allí, asintiendo con la cabeza y retrayendo para que el reloj corriera más rápido. 

El humo mentolado salió de su boca y lo sacó del trance. Subió las piernas a la cama y se apoyó sobre el respaldar. Rió de manera irónica ante el recuerdo y la inocencia de pensar que eso era lo más jodido que le había pasado en el trabajo. 

Pero no fue tan difícil volver a tropezar con la misma piedra. La segunda vez, todavía en su plan de hacer amigos, la había encontrado con sus compañeros antes de levantar las persianas. Era lunes y los comentarios sobre la fecha del campeonato inundaban la charla. 

Se ubicó a un costado del grupo para poder escuchar y cuando mencionaron Boca-Aldosivi no dudó en participar. 

—Para mí, no era para roja la patada —dijo con total naturalidad.

El grupo se quedó callado, hasta que uno de ellos —el sujeto— lanzó el chiste más obvio pero que menos esperaba. 

—A este le debe gustar cuando intercambian las camisetas al final —exclamó sin mirarlo. Sin reconocer siquiera su comentario, ignorando prácticamente la presencia de Julián.

Unos pares estallaron en ridículas risas, otros fingieron gracia y los menos se quedaron callados. Julián esperó que, al menos, después del chiste tuviesen la decencia de seguir la conversación pero se encontró con el silencio y la distancia absoluta.  

Acomodó la espalda en la almohada y le dio dos pitadas fugaces al cigarrillo. Sin aviso previo, sintió las lágrimas caer por su cara hinchada. Ácidas y saladas, las sentía hervir contra su mejilla. Todo porque rompía con la normatividad pactada. Todo porque siempre le iban a gustar más los mentolados. 

En retrospectiva, Julián entendió que desde aquel día ya tenía escrita la condena. Aun antes de haber hablado el tema en Recursos Humanos.  El reporte quedó en la nada pero le había valido dos semanas de castigo, ejercido por los propios empleados, que pasó limpiando todo el supermercado. Había sido duro volver tan abajo en la cadena de mando. Injusto. 

Sin embargo, Julián se encontró con que ninguna situación anterior tenía comparación con lo que había sucedido horas antes ese martes. Ni los malos tratos, ni los chismes detrás de su espalda. Nada se le asimilaba.  

Durante el mediodía, se había cruzado con su compañero en el sector de toallitas femeninas. Generalmente le indicaban acomodar ese sector, una y otra vez. Mientras Julián acomodaba las góndolas superiores, el sujeto, un par de años más grande que él, se agachó al costado para reponer el stock de los estantes inferiores.

Si bien los separaba un carrito lleno de paquetes de pañales, Julián tenía vista panorámica del empleado de rodillas. No quiso reír, pero pudo evitar soltar un leve bufido al recordar lo que le había dicho ese empleado la primera vez que habían hablado. 

«Mirá que no soy puto, eh» y sin embargo ahí estaba, agachado casi a su lado, solo separados por un chango.

Julián soltó una risa ante lo bizarro del pensamiento y continuó acomodando. Su mirada se despegó de la góndola por unos segundos pero eso alcanzó para soltar el desastre. 

—¿Vos te estás riendo de mí? —le preguntó desde el suelo, con prepotencia.

Julián se despabiló de sus pensamientos y lo miró desconcertado.

—¿Qué? —respondió, con tono desorientado. 

—¿Que qué? ¿Me estabas mirando, pelotudo? —el sujeto se paró de un salto. Una mezcla de ira y rabia internalizada le empapaba la cara. La bronca que emitía lo hacía crecer de tamaño.

—N-no, nada que ver —llegó a decir, entrecortado. Tenía aún dos paquetes de toallitas en las manos. 

—Me estabas mirando el culo, ¿no, pelotudo? —la inacción de Julián parecía enojarlo aún más. 

El sujeto empujó el chango hacia atrás con fuerza. Julián sintió la manija chocar contra su abdomen. No tuvo tiempo de cubrirse con los brazos. El sujeto se acercó a él y lo impulsó contra las góndolas de manera violenta con las manos aferradas a las solapas de su remera. 

—Escuchame, puto de mierda, a mí no me mandás más al frente, ¿entendiste? —Julián sintió las gotas de saliva en su cara, al tiempo que el aliento caliente inundaba todo a su alrededor. Estaba agitado, los latidos del corazón le zumbaban en los oídos pero la sangre se le había helado. 

—¡¿Entendiste?! —reiteró el sujeto fuera de sí. Lo zamarreó de las solapas y provocó que se golpeara contra los estantes. 

Julián no dijo nada. Solo asintió. Rápido, con la cara pálida y la boca en una línea recta. Tenía la garganta seca, apenas podía respirar. El sujeto lo soltó y lo empujó una vez más contra las góndolas, como si quisiera darle un ultimátum. 

—Más te vale que no te enganche de nuevo mirándome el culo —reiteró con un dedo acusador mientras se alejaba. 

Se había quedado inmóvil hasta que escuchó que alguien más se acercaba. Al ver a una clienta, se incorporó y fingió acomodar los productos en el estante mientras hacía fuerza para no romper en lágrimas. 

El mentolado del cigarrillo aromó las palabras que, aun en su habitación, seguían retumbando en su cabeza. Las paredes reproducían las frases de manera amplificada y Julián no podía calmar el llanto. Lloraba demasiado para un hombre con un cuerpo tan escueto y tan pequeño. 

Puto de mierda, escuchaba. Al eco se le unieron los retos de su abuelo y las risas de sus primos.  

Puto pelotudo.

Percibió las burlas de sus compañeros de la secundaria y los llamados de atención de sus maestros. 

Puto marica.

Oyó las acusaciones de su padre y los lamentos al cielo de su madre. 

Puto asqueroso.

Por último, le retumbó el silencio. Pero no el propio, sino el silencio desolador de todos aquellos que se habían quedado callados, que no habían saltado a darle una mano. 

Puto fracasado. 

Con la imagen de mil dedos índices que apuntaban hacia él, siguió llorando y fumando su mentolado. 

Puto y todas sus variaciones. 

Julián se sentía devastado. Había pagado muchas cuotas durante su vida fuera del clóset, muchas multas por faltar a la heteronorma. No podía evitar frustrarse, ¿hasta cuándo las abonaría? 

Aquel atardecer, decidió nunca más volver. Terminó el cigarrillo mentolado. Escuchó la puerta de entrada y el sonido distintivo de su padre. Se secó la cara y se vistió con ropa de casa. Se dirigió fuera con intención de saludarlo. En una reacción instantánea, escondió los mentolados entre el colchón y la madera de la cama y salió a recibir a su padre con la caja de Philip Morris en la mano.


Alabama, (no tan) dulce hogar

Un nuevo retroceso en materia de derechos y otro caso de homofobia pusieron al Estado de Alabama en la mira de todes.

Aunque la conocida canción «Sweet Home Alabama» de Lynyrd Skynyrd nos hable de un bello lugar ubicado al sudeste de los Estados Unidos, el Estado de Alabama ahora es conocido por tener una de las leyes de regulación de abortos más restrictivas de los Estados Unidos.

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La semana pasada, el Senado de Alabama aprobó una ley que penaliza el aborto, incluso en casos de violación o incesto. Aunque la ley no prohíbe a las personas gestantes abortar ni las criminaliza, les profesionales de la salud que intervengan en la interrupción de embarazos podrían enfrentar penas de hasta 99 años en prisión una vez que esta ley entre en vigencia.

La gobernadora republicana Kay Ivey promulgó la ley apenas 24 horas después de que fuese aprobada. Con su sanción, la ley podría entrar en vigencia en seis meses. Sin embargo, la gobernadora reconoció que será difícil que la ley se aplique debido a un fallo de la Corte Suprema de ese país que legaliza el aborto en los 50 estados.

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«Esta ley respalda firmemente nuestra creencia tan arraigada como alabameños de que toda vida es preciada. Toda vida es un regalo sagrado de Dios». – Kay Ivey, gobernadora de Alabama

Miles de personas salieron a las calles a manifestarse en contra de esta ley, así como también lo hicieron muchas celebridades a través de las redes sociales. Entre quienes se manifestaron a favor del derecho al aborto estuvieron Ellen DeGeneres, Lady Gaga, Rihanna, Jameela Jamil, Dua Lipa, Reese Whiterspoon, Laura Dern y Kerry Washington.

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«¿Provida? Prohíban las armas». |Foto: Reuters

Otro ataque contra las minorías

Tras aprobar la ley que criminaliza la práctica de abortos, Alabama decidió dar otro paso en una dirección similar.

La televisión pública de este Estado decidió no emitir un episodio de la serie infantil «Arthur» donde el protagonista y sus amigues asisten al casamiento de su profesor con su pareja, que para disgusto de los conservadores de Alabama, era un hombre.

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La escena del casamiento que Alabama no quiso emitir. |Imagen: PBS Kids

El director de programación, Mike Mckenzie, anunció a través de un correo electrónico que su audiencia «confía en ellos» y que quienes ven el programa televisivo son niños pequeños. En el año 2005 ya había ocurrido un hecho similar, cuando no emitieron un episodio en el que se mostraba que uno de los personajes tenía dos madres.

Creemos que el entrañable Arthur está apretando su puño en su mundo, en señal de enojo con la televisión pública de Alabama luego de este lamentable hecho homofóbico.

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Meme de «Arthur».


Fuentes consultadas:
BuzzFeed News
Quartz
Advanced Local Alabama

Electroshock: Brasil retrocederá por lo menos 15 años

La técnica de electroshock dejó de utilizarse hace, por lo menos, 15 años. Hoy, el gobierno de Bolsonaro busca implementarla de nuevo en áreas de salud mental y adicción a las drogas. Como todo gobierno de ultraderecha, avanza contra todo lo que atañe a derechos humanos y libertades individuales y colectivas.

La situación para la población de Brasil se agrava con el correr del tiempo. Desde su asunción, el gobierno presidido por Jair Bolsonaro no ha dejado de tomar medidas en contra de las mujeres, la comunidad LGBTI y los trabajadores.

¿De qué se trata?

La nueva propuesta se enmarca como «cambios en la política Nacional de Salud Mental y en la política Nacional sobre drogas», y apunta a volver a utilizar los electrochoques como forma de terapia en manicomios, incluso en pacientes menores de edad.

Como pasa en otros países, esta problemática también tiene su dimensión económica ya que se recortó el presupuesto en los Centros de Atención Psicosocial (CAPS), quienes ofrecen tratamientos más actuales y humanizados en caso de enfermedades mentales y  dependencia a sustancias químicas.

Desde el gobierno de Michel Temer (2016-2018) comenzaron los cambios en las políticas de salud. Ahora, al asumir Bolsonaro, se sigue retrocediendo en el tiempo. No es casualidad que esto ocurra: muchas de las comunidades terapéutica de Brasil están vinculadas a comunidades religiosas. El mismo presidente está vinculado a la Iglesia Evangelista. 

El gran problema entre líneas es que los electrochoques puedan usarse para la «normalización» de los cuerpos, en contra de las libertades. La comunidad LGBTI denuncia que se podrían usar sobre adultxs, adolescentes y niñxs homosexuales, como tratamiento de «cura» como ya ofrecen algunas comunidades terapéuticas porque ven en ellos una enfermedad, no una identidad sexual. 

La psiquiatra Nise da Silveira (1905-1999), importante figura femenina en Brasil durante el siglo XX, fue la primera en reemplazar estos métodos violentos por terapias artísticas y ocupacionales. Nise fue perseguida, acusada de subversión y de tener ligaduras con el comunismo por llevar adelante su tarea profesional. Además, estuvo detenida como presa política por 18 meses durante la dictadura de Vargas.

En los años 80 y 90 surgieron más grupos de lucha contra el método del electrochoque en Brasil, porque creían que el tratamiento no tenía efecto y en cambio era utilizado como método de tortura con los pacientes. 

¿A qué se consideran enfermedades mentales?

Las enfermedades mentales existen y pueden ser tratadas de diversas maneras y con equipos interdisciplinarios. Algunas necesitan medicalización y otras no. Eso depende de cada paciente y de cada caso en particular.

El problema en Brasil es que el mismo presidente considera una enfermedad mental, por ejemplo, la homosexualidad. Al asumir su mandato, anunció combatiría también toda «ideología de género». Cambiar las leyes para hostigar a lxs ciudadanxs, controlar sus actividades, sus pensamientos, sus deseos, sus libertades y sus elecciones es no solo una decisión política, sino también una forma de destruir las bases logradas durante gobiernos populares previos y por oposición fundar nuevas formas de control y de poder.

Los ataques de Bolsonaro, apoyados por el conservadurismo religioso y político, una vez más se cargan al sector de la sociedad más oprimido a lo largo de las historia: pobres, homosexuales, trabajadores y mujeres.

¿Iguales ante los ojos de Dios?

Una institución católica dejó sin vigencia su contrato al enterarse que estaba casada con una mujer. Nuevamente, presenciamos la discriminación y la no aceptación de las elecciones personales de parte de una institución que pregona «el amor al prójimo».

El pasado 7 de septiembre, Carolina compartió su historia en redes sociales. Una institución católica había dejado sin vigencia su contrato luego de enterarse que su pareja era una mujer.

Carolina es docente de italiano y estaba en plena búsqueda laboral en el mes de julio cuando concretó tres entrevistas con el Instituto Madre de los Emigrantes (IME), un colegio de gestión privada y católico ubicado en el barrio de La Boca, Buenos Aires.

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La parroquia del IME | Fuente: Historia de Parroquias de Buenos Aires

En las entrevistas, Carolina le comentó a las autoridades sobre un viaje que tenía pautado para el mes de agosto y que podría afectar su ejercicio en la institución. En su momento, las autoridades decidieron incorporarla de igual manera y fue citada por última vez para presentar la documentación pertinente para su incorporación al establecimiento escolar.

Una vez ya firmada una declaración jurada con todos mis datos personales para que me diesen de alta en AFIP, la secretaria corroboró la información y dio con que mi cónyuge es mujer. Me preguntó de hecho si efectivamente era así, con cierto tono de «sorpresa».

Once dias mas tarde, a través de un correo electrónico, la institución le informó a Carolina que su incorporación quedaba anulada a raíz del viaje que ella había informado desde la primera entrevista y el cuál no había parecido ser un problema al momento de contratarla.

El IME es un colegio que profesa la religión católica y cuya máxima autoridad es un cura. Dentro de la institución, las paredes visten carteles que convocan a luchar «Por las 2 vidas».

Lo primero que hice fue la denuncia en el INADI y al día siguiente mandé un telegrama al IME en contestación al mail que me enviaron de rechazo. No hubo respuesta pese a que fueron intimados en un plazo de cinco días. Consecuentemente, dimos el paso hacia la conciliación en el SECLO del Ministerio de Trabajo.

En las instancias de conciliación que Carolina tuvo con las autoridades de la institución y sus representantes legales, no hicieron más que negar su accionar discriminatorio. Incluso, según cuenta Carolina, la abogada del IME desconocía la Ley Antidiscriminación. «Nos pedía que yo demuestre que fui discriminada cuando justamente por ley es la otra parte quien tiene que demostrar que no discriminó».

Tras la última instancia de conciliación, en la que la institución siguió sin presentar una oferta o reconocer el daño moral, Carolina presentará una demanda junto al equipo de la Defensoria LGBT y llevarán a juicio a la institución.

Me había proyectado dando clases ni bien terminasen las vacaciones de invierno y por el resto del año. Además de que habría sido la primera vez que dictaba clases en el Nivel Inicial y Primario. (…) Cuando recibí la noticia llegué a pensar que el sistema educativo me cerraba puertas por cuestiones ajenas a mi formación. De ahí mi impotencia.

A pesar de no haber tenido comentarios negativos sobre la institución al momento de presentarse a las entrevistas, tras dar a conocer el caso recibió el apoyo de muchxs docentes y alumnxs de la escuela. Así fue como conoció la situación particular de un alumno que tuvo que retirarse de la escuela debido a que sufría bullying por parte de sus compañerxs mientras la institución no hacía nada para ayudarlo e incluso lo culpaba por lo que ocurría.

Es de público conocimiento el accionar discriminatorio por parte de la iglesia católica hacia la comunidad LGBTIQ+. Muchos de sus fieles condenan la homosexualidad y al día de hoy hablan de esta orientación sexual como «un pecado» y algo que su Dios condenaría. Sin embargo, parecen no darle tanta importancia a los graves delitos que la institución a la que le rinden culto comete año tras año y que suelen quedar impunes.

En estos días, se dieron a conocer nuevas denuncias por abuso de menores en el Instituto Próvolo de La Plata en el que se habla de 17 víctimas abusadas por curas que ya tenían denuncias por estos mismos delitos en la sede Mendoza. Uno de los sacerdotes denunciados habría sido trasladado a Verona. Es un modus operandi común dentro de la iglesia católica: proteger a los abusadores y excluir a cualquier persona que no actúe según sus ideales.

El de Carolina es uno más de los casos de discriminación por parte de la iglesia católica que vemos a diario en portales de noticias. No dejemos que quede impune, no dejemos que las instituciones sigan opinando sobre nuestras vidas. Una institución que no es capaz de condenar a su propia gente por los delitos que comete no tiene autoridad moral alguna para querer decidir sobre la vida de quienes son ajenos a ella y cerrarle puertas en base a su vida personal.

 


Fuentes:
Historia de Parroquias
Diario San Rafael

A prisión por defenderse

Joe Lemonge se defendió de sus agresores y podrían condenarlo a ocho años de prisión.

Todo comenzó (o culminó) el 13 de octubre de 2016, cuando Joe Lemonge fue atacado por tres hombres en su casa, ubicada en Santa Elena, provincia de Entre Ríos.

Como lo digo y no me canso de repetirlo: no fue al voleo, no era una cuestión aislada. Esta persona [su agresor] me conocía del barrio y ya desde años anteriores eran insultos o la típica burla cada vez que iba a un kiosco o al almacén”.

Durante este episodio, Joe se defendió e hirió de bala a Juan Manuel Gimenez, uno de sus agresores. Es por esto que se lo imputó por “tentativa de homicidio” y podrían condenarlo hasta a 8 años de prisión.

Joe contó que, junto a su familia, denunció varias veces las agresiones, pero estas nunca fueron registradas de forma oficial.

“Sabían todos en el pueblo que siempre fui abiertamente homosexual. Luego, ya por el físico, decían ‘es un macho viejo, hay que matarlo’, insultos por los que estoy traumado y de los que estoy cansado de escuchar. Yo sabía, esa noche que vinieron, que era la última; decía ‘esta noche no me salvo, algo va a pasar’”.

Según cuenta Joe, los motivos de la agresión fueron siempre los mismos: en principio la homofobia y luego la transfobia.

Durante una de las audiencias por el juicio, los agresores incendiaron su casa y dejaron sin nada tanto a él como a su mamá.

A la fecha, espera una nueva audiencia que se llevará a cabo el 4 de mayo. Su abogado, Alejandro Mamaní, de la red Abogados por los Derechos Sexuales, dijo que el juicio probablemente sea express ya que en estos casos, sin visibilización en medios, no suelen hacer nada.

«El fiscal puso como agravante que soy una persona culta, con estudios, y que eso hizo que tuviera conocimiento de lo que hice”.

El fiscal Santiago Alfieri descree de la versión de Joe. Dice que Giménez y los otros dos agresores fueron a comprar al kiosco de Joe, y ante la insistencia porque no los atendían, Joe salió con un arma y amenazó con disparar si seguían insistiendo.

«Toda la defensa de Joe es solamente su versión, no hay ningún elemento objetivo que lo acompañe. Sin embargo, todas las pruebas objetivas corroboran la versión inicial de la víctima», dijo Alfieri.


Fuentes:
UNO Entre Ríos
Agencia PRESENTES

Homofobia e impunidad en Buenos Aires

En la madrugada del primero de diciembre pasado, Jonathan Castellari y Sebastián Sierra habían decidido salir a divertirse en el barrio porteño de Palermo cuando una patota de ocho machos homofóbicos los cruzó en una casa de comidas rápidas.

El desenlace es tristemente fácil de adivinar: entre gritos e insultos, parte del grupo golpeó con brutalidad y odio a Jonathan mientras los demás amenazaban a Sebastián para evitar que se acercara a auxiliar a su amigo.

Jonathan salvó su vida gracias a la intervención de Mercedes, una enfermera que se encontraba en el local, quien le administró los primeros auxilios antes de su internación en el Hospital Güemes. Estuvo en grave peligro de perder la visión en un ojo, y debió pasar varios días internado.

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«Hay un grito que nunca voy a olvidar: “Hay que matarlo por pu7*”», expresó Jonathan a través de su cuenta de Facebook.

La investigación abierta a partir de la denuncia judicial está a cargo del juez Alberto Baños y la fiscal María Paula Asaro.

La primera carátula de la causa rezaba “tentativa de homicidio agravada por la orientación sexual”, aunque más adelante sería cambiada por “lesiones graves, agravadas por la orientación sexual”. Aun así, sienta un precedente en lo que respecta a la violencia contra la comunidad LGBTQIA+ al explicitar que no fue un crimen corriente, sino uno de odio contra una minoría específica.

Siete de los agresores fueron identificados gracias a las grabaciones de las cámaras de seguridad ubicadas en la zona y gracias al trabajo de las mismas víctimas, quienes los localizaron a través de las redes sociales antes que la Justicia.

«Nunca tuve miedo de mostrarme tal cual soy, y hoy sí tengo miedo. No salgo solo de mi casa porque tengo miedo de que vuelva a pasarme algo parecido», declaró Jonathan en el programa radial No Se Puede Vivir Del Calor, con Franco Torchia.

Entre los días 27 y 28 de diciembre cinco de los acusados fueron detenidos: Alejandro y Gastón Trotta, Juan Ignacio Olivieri, Facundo Curto y Jonatan Antony Romero Escobar. Para el 30 de diciembre, todos habían sido puestos en libertad, tras pagar fianzas que alcanzaban los $50 000, ya que el juez considera que no hay riesgo de fuga ni de entorpecimiento de la investigación.

Diversas organizaciones en defensa de los derechos de la comunidad LGBTQIA+ acompañan a las víctimas y siguen con ojo crítico la investigación. Desde Escritura Feminista, nos solidarizamos por completo con Jonathan y con todas las víctimas de violencia homofóbica, cuyas voces trabajamos por ampliar.