#Reseña Mamá desobediente: una mirada feminista de la maternidad

Mamá desobediente es un libro para aquellas personas que son madres, que no lo son, que buscan serlo y que no quieren. En poco más de 300 páginas, Esther Vivas apunta a contribuir al debate sobre la maternidad desde una perspectiva feminista, con foco en la emancipación y en el respeto. La autora escribe desde su propia experiencia como madre y en el camino alza la voz de distintas mujeres. La obra reúne estas experiencias y se funde en un gran abordaje histórico que repasa los cambios en las percepciones sobre la maternidad.

Contextualizar la obra

Esther Vivas nació en el año 1975. Es periodista, socióloga y autora de libros y publicaciones vinculadas a los movimientos sociales, el consumo responsable y las maternidades. En su abordaje teórico de la maternidad, la autora expone la contradicción de que la sociedad se emocione ante la idea de la infancia y la juventud pero ponga trabas económicas para la crianza, como las dificultades para criar niñes en medio del trabajo y la lógica capitalista. Los espacios para lactancia y las guarderías son reclamos provenientes de las sufragistas y aún hoy están presentes en las discusiones sobre crianza y maternidad. Asimismo, nos habla de la diferencia entre las licencias por ma-paternidades y la rigidez laboral que no concibe a la niñez en la lógica mercantil. Ser madre no es fácil.

En este sentido, la conciliación de la maternidad con el feminismo es el hilo conductor del relato. Al respecto, en una entrevista a Télam, la autora explica:

«Una mamá desobediente es aquella que se rebela contra el ideal de maternidad que nos han impuesto, a caballo entre el ideal patriarcal de madre abnegada y su versión moderna neoliberal, siempre disponible para el mercado de trabajo. Se trata de una madre que reivindica su derecho a decidir sobre el embarazo, el parto, la lactancia y la crianza, al mismo tiempo que defiende la necesidad de transformar la sociedad para que esto sea posible. Una mujer que se reconcilia con su cuerpo y reconoce su capacidad para gestar, parir y dar de mamar».

El libro está dividido en tres partes principales: primero, Maternidad en disputa; luego, Mi parto es mío; por último, La teta es la leche. En cada capítulo, Vivas combina las experiencias en primera persona con una investigación teórica al respecto. «Necesitamos un feminismo que incorpore la maternidad a su agenda. La maternidad entendida como el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro cuerpo, derecho al aborto, derecho a quedar embarazadas cuando deseamos, derecho a decidir sobre nuestro embarazo, parto y lactancia, derecho a poder criar y a tener vida propia más allá de la crianza», postula en su prólogo para la edición argentina y este es, a grandes rasgos, el gran reclamo de Mamá desobediente.

La politización de la maternidad, la medicalización y la intervención de las industrias lácteas en la lactancia son algunos de los temas que la autora pone en jaque a lo largo de sus páginas. Vivas hace hincapié en la violencia obstétrica: las cesáreas e inducciones a parto que podrían evitarse, el negocio de la medicina, el alquiler de vientres (con un gran paralelismo a El cuento de la criada) y también en aquelles profesionales que no cuentan con una preparación con perspectiva de género.

Mención especial a los capítulos:

  • De Eva a la virgen María
  • La maternidad en la Edad Media
  • Caza de Brujas
  • Sufragistas y socialistas

Este libro permite comprender que los cuidados y la crianza son una responsabilidad cívica, no un asunto de mujeres (aunque, en la historia, ellas siempre estuvieron relegadas a ese rol, al instinto materno).

Esperamos ansioses una continuación que aborde la crianza a lo largo de los años e incorpore una mirada con perspectiva de diversidad al relato, que en esta primera entrega está abocado a las mujeres cisgénero. Mamá desobediente debería ser leído por cualquier persona que quiera comprender la maternidad y sus complejidades contadas por una de sus protagonistas.

La maternidad será deseada o no será.


Aurora Venturini: la mujer de papel que no se rompe

Aurora Venturini (1922-2015) se parece tanto a un personaje que nos llena de dudas, de risas, de asombro. Venturini aparece y hace recordar también esa forma tan Enrique Zymns. Con otro estilo pero siembra la duda, nos quita toda certeza posible sobre qué es verdad y qué no de todo lo que cuenta.

En las entrevistas, a pesar de ser Aurora una mujer predispuesta, fue también una presa difícil de atrapar en su decir. A lo largo de varios reportajes, hechos en distintas épocas, ella se desdice de algunas cosas; incluso quienes la conocieron y fueron de su círculo más íntimo niegan ciertas afirmaciones que Aurora hizo y mantuvo en el tiempo, por ejemplo, la de que tuvo un hermano que murió.

Aurora

Escritora, docente y traductora, nació en la ciudad de La Plata el 20 de diciembre de 1922 y falleció el 24 de noviembre de 2015. Aurora siempre supo, y lo afirmaba cada vez que podía, que todo lo que tenía —o, mejor dicho, aquello que iba a tener siempre— eran sus letras, su literatura, sus libros. Lo que parece un cliché no lo es. Cuando ella misma describe su infancia, su adolescencia y toda su adultez, la pinta de pies a cabeza. Aurora: el animal extraño, la isleña, la distinta, la viajera, la coleccionista de muñecas, la eterna concursante.

En el año 2007 Aurora pegó ese salto a la fama que muches esperan. No porque antes de esa fecha no hubiese hecho nada trascendental. Venturini escribió tantos libros como pudo: casi 40. Pero fue en 2007 que ganó el premio Nueva novela/Página 12 por su novela Las Primas. Cuando el jurado abrió el sobre para ver los datos de la participante que se había presentado bajo el seudónimo de Beatriz Portrinari (creían que era una joven incipiente en la literatura), se encontraron con que la ganadora tenía 85 años y era nada más y nada menos que Venturini. En 2010, la edición española de Las Primas fue votada como el mejor libro editado en español en 2009 y recibió el segundo premio Otras Voces, Otros Ámbitos.

Trabajó junto a Eva Perón: fueron amigas y grandes compañeras. Recorrió escuelas, ganó cátedras en las que trabajó sin parar, viajó y vivió en Paris; fue amiga de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y Borges, entre otres destacades intelectuales. Ella decía que eso era lo mejor de su vida: viajar, conocer gente, nutrirse, participar de mesas redondas donde podía ser ella misma y dar su opinión.

Aurora era peronista, una peronista nacida en una familia radical. Y fue eso lo que terminó de confirmarle su filiación política. En 1956 viajó a Paris gracias a su trabajo junto a Eva y además porque el exilio era necesario para sobrevivir a la dictadura. Allí estudió en La Soborna la carrera de Psicología y vivió en la mítica ciudad francesa en sus años dorados. El gobierno francés la distinguió con el premio Cruz de Hierro por sus traducciones de Villon y Rimbaud. Recién volvió a Argentina 25 años después, a su departamento de calle 37 en la ciudad platense.

Las palabras en el tiempo

Venturini, esa mujer delgada, que se rompió los huesos una y otra vez, nunca se rompió la cabeza en complicadas abstracciones. Empezó a escribir a los cuatro años, dicho por ella. Muchas veces declaró que había cosas de las que prefería no hablar, que había fantasmas a los que mejor dejar en paz. Algunes indignades, como su hermana María Ofelia de Castro, le endilgaban que mentía, que mentía en muchas cosas. Pero ¿y si le servía para narrar? ¿Es reprochable ante tanta letra volcada sobre el papel? Lógico, no somos su familia.

Venturini es aventura, casera, callejera, intimista, rupturista. Aurora fue novelista, cuentista, poetisa, ensayista. Un trabajo sin descanso. Hasta los últimos días de su vida estuvo escribiendo. En dichos años tenía quien le escribiera en computadora todo lo que ella pensaba. Nunca se llevó bien con los aparatos, escribía de ocho a diez horas por día, a mano. Constante en su pasión o, tal vez, su destino.

Para cerrar, unas palabras suyas en una entrevista a la revista Gatopardo realizada por Leila Guerriero. Fue alumna de la escuela Miss Mary O’ Graham, un colegio privado donde cursó primario y secundario y, aunque tenía diez en todas las materias, su clasificación en conducta era regular:

«No me portaba mal, pero era rebelde. En la clase de religión dije que me parecía mal que Adán se hubiera casado con Eva, porque si era de una costilla de él, entonces era la hija. Fue un escándalo. Las maestras nos pegaban. Y en casa nos decían: “Si la señorita les pega, no importa, ustedes aguanten porque la señorita nació en Lyon”. Nos tenían frenados a nosotros. De qué manera».

Aurora Venturini.

Recomendaciones:

Betariz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini. Dirigido por Agustina Massa y Fernando Krapp. Disponible en Cine.ar.


Fuentes:


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Alfonsina Storni: derribar su muerte y leerla ardiendo

Artículo escrito en colaboración por Eugenia Jambruia y Julieta Iriarte


Hoy, 25 de octubre, se cumplen 82 años del fallecimiento de Alfonsina Storni, una de las poetas y referentes feministas más importantes de Hispanoamérica. 

Si bien se la vincula directamente con la —curiosa— manera en que dejó el mundo terrenal, Alfonsina supo mostrar, a través de sus escritos, una crítica feminista con respecto a lo que se esperaba del ser mujer. 

Nació en Suiza en 1892 después que, por recomendaciones del médico de la familia, sus padres decidieran irse de vacaciones para disminuir las tensiones que estaba trayendo la caída del negocio de su padre en la provincia de San Juan, Argentina. Atravesó su infancia trabajando mientras padecía los vaivenes económicos que terminaron de estallar cuando falleció su padre en 1906. Sin embargo, pudo viajar a Buenos Aires (desde Rosario, donde residía), recibirse de maestra y llegar a ser directora de un colegio en la localidad de Marcos Paz. 

Los primeros trazos de Alfonsina Storni los dio de chica, al dejarle bajo la almohada un poema a su madre en el que hablaba de la tristeza de la vida. Esa mirada oscura la mantuvo a lo largo del tiempo a la vez que se fue profundizando debido a los constantes episodios de depresión que sufrió. 

En una Argentina donde el feminismo empezaba a dar sus pasos (para 1910 se había hecho el Primer Congreso Femenino), en particular luchando por los derechos cívicos con referentes como Julieta Lanteri, Alfonsina Storni se dedicó a plasmar en libros y poemas ciertas críticas al rol asignado socialmente a la mujer y los estereotipos construidos alrededor del género. 

Para la época de 1910-1920, solamente los «varones calificados» podían votar (en la Ley Saenz Peña las mujeres no tenían prohibido votar de forma expresa pero solo podían hacerlo quienes estaban en el padrón del servicio militar, es decir, los varones) y Alfonsina dedicó varios textos para esgrimir su repudio. Uno de ellos fue publicado en 1920 en el diario La Nación con su seudónimo, Tao Lao, en el que hablaba del segundo simulacro de voto femenino dando estadísticas sobre quiénes eran las votantes y destacaba la organización de la Unión Feminista Nacional (en la que estaba Alicia Moreau).

Como decía Virginia Woolf: «En la mayor parte de la historia, “anónimo” fue una mujer» y Alfonsina no fue la excepción. En ese tiempo, poder habitar el terreno del pensamiento y la acción no solo era osado; además, era muy difícil de lograr. Storni le puso el cuerpo a la poesía y al periodismo y desde allí construía su lugar en el mundo y abría paso.

Debemos recordar que la historia literaria no escapa a la historia contada por hombres, así como también los libros que nos llegaban, la información que circulaba, entre otras cuestiones. Es por eso que debemos, como tarea de reconstrucción, volver otra vez a leer a Alfonsina. Debemos olvidarnos de esa mítica muerte, debemos olvidarnos por un momento de aquella «Alfonsina vestida de mar» para poder ver realmente a esa mujer pionera y feminista, una mujer revolucionaria para la época. 

Alfonsina era imagen pura en sus textos, podemos ver todo eso que nombra. Cada metáfora es un continuo ir y venir entre la vida y la muerte; entre los polos opuestos de lo que significa estar viva, estar ardiendo y escribir. En ese juego dialéctico, la libertad era toda de ella. Logró, a partir de su libro Languidez (1920), crear algo nuevo. Romper la métrica, utilizar una primera persona, tomar términos que provenían de la oralidad y lograr un efecto maravilloso que agradecemos hasta hoy. 

«Mundo de siete pozos»

Se balancea,
arriba,
sobre el cuello,
el mundo de los siete pozos:
la humana cabeza.
(…) Y se abren praderas rosadas
en sus valles de seda:
las mejillas musgosas.
Y riela
sobre la comba de la frente,
desierto blanco,
la luz lejana de una luna muerta (…)

Mujer inquieta, mujer andante. Incursionó también en la dramaturgia y en el teatro para niñes. En el año 1927 estrenó en el Teatro Nacional Cervantes la obra El amo del mundo; en 1931, Dos farsas.  Y en su andar de libertad tuvo, también, la valentía de ser madre soltera en una época en la que eso era algo inaceptable. Todo lo plasmó en su obra: todo lo que en ella habitaba nacía en forma de palabras.


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#Reseña: Todos somos normales

Cuando era adolescente, la literatura funcionaba como una forma de escapar a la realidad que no toleraba: peleas con mamá, necesidad de aprobación en mi entorno social, enamoramientos y exigencias escolares. Así fue como encontré representación en Katniss Everdeen, la protagonista de la saga Los juegos del hambre, que se debate entre el amor de Peeta y Gale; y en Bella Swan, la chica que cautivó los ojos de Edward Cullen en Crepúsculo. Todas, ficciones… heterosexuales.

Si bien hay excepciones, como la serie televisiva Glee que incluye romances gays y lésbicos (aunque, bueno, la pareja protagónica –Rachel y Finn– es heterosexual) o el caso de la película Las ventajas de ser invisible, donde Patrick tiene una relación a escondidas con el deportista más popular de la escuela, lo cierto es que una buena parte de la ficción juvenil continúa reproduciendo estereotipos románticos desde una perspectiva heterosexual. En este sentido, la novela argentina Todos somos normales (2018) rompe con esta lógica.

¿De qué se trata?

La novela fue escrita por Florencia Méndez, comunicadora por la Universidad Nacional de La Plata, y Bel Riddle, abogada y bookstagramer. Ambas pertenecen a la comunidad de Bloggers, Booktubers y Bookstagrammers (BBB) de Argentina. A partir de este vínculo online que comparten con otros lectores, consiguieron publicar esta historia que tiene como protagonista a una joven lesbiana y asexual.

La narración presenta una atmósfera típica de secundaria: la historia comienza con la necesidad de resolver un trabajo grupal para una materia, con compañeros que parecen entorpecer la tarea más que ayudar a resolverla. Sin embargo, la escena cotidiana dará un giro de 360 grados cuando un intento de violación tiene lugar en la casa donde se encuentran reunidos.

«Hace ya bastante que Guada está de novia con Mica, su mejor amiga desde siempre, su confidente. De a poco y a su lado descubrió la etiqueta que define su sexualidad y las lógicas de una pareja. Por ser asexual creía que jamás tendría una relación romántica, pero el tiempo le demostró lo contrario.
Un viernes, Guada y Mica deciden postergar su salida en pareja para juntarse con algunos compañeros y hacer, de una vez por todas, el trabajo práctico final de Escritura Creativa. Sin embargo, el devenir de la jornada toma un curso siniestro: Guada sufre un intento de violación, un miembro del grupo resulta asesinado y sobre Guada recae la decisión final que podría cambiar la vida de varias personas para siempre, incluso la de ella».

Sinopsis de Todos somos normales

La representación plural que necesitamos

Un estudio reciente sobre telenovelas y representación LGTBIQ+ afirma que, en los últimos tiempos, los televisores argentinos recibieron un sinfín de enlatados turcos en los canales de aire: Las mil y una noches, ¿Qué culpa tiene Fatmagul? y Esposa Joven son tan solo algunos de los ejemplos. En ellas, la representación de la diversidad es nula, lo que indica que la cultura de ese país está muy cerrada aún respecto a estos temas. Sin embargo, cabe destacar que en Argentina resultaron tener un elevado éxito en rating.

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Todos somos normales narra la asexualidad en primera persona, tomando como base para la construcción del personaje principal, Guada, las vivencias de una de sus autoras, quien también es asexual. En este sentido, nos encontramos con pasajes muy nítidos que describen la orientación sexual de un modo muy claro y sin estigmas.

«Ahora, con más conocimientos sobre las relaciones, las películas y las orientaciones románticas y sexuales, me causa un poco de gracia: las reacciones que siempre tuve a ese tipo de ficción romántica, siempre sintiéndola tan alejada, siempre pensando que era demasiado irreal, nunca entendiendo a la gente que creía en esa clase de amor… Todo se debía a que yo no lo experimentaba, ni deseaba hacerlo».

Cita del libro

Guada cuenta en carne propia cómo fue su salida del clóset, pero sin que ello signifique el conflicto principal de la trama, lo cual es un punto a favor. Asimismo, la historia también muestra el costado complicado de la diversidad: tener que soportar las burlas o el menosprecio de quienes no están habituados a convivir en la diferencia.

¿Vale la pena leerlo? Spoiler: sí

Por un lado, el hecho de que sea una novela juvenil (recomendada desde 14 años en adelante), le brinda mucha facilidad y fluidez a la lectura. No es una historia pesada y eso se agradece en tiempos de pandemia, home office y clases virtuales. Personalmente, al principio me generó cierta distancia que los personajes hablasen en español neutro cuando, en mi imaginario, me había hecho la idea de una escena argentina. Sin embargo, eso no impidió empatizar con la trama.

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La narración del abuso está muy bien lograda porque genera rechazo e incomodidad al leerla. Esta ficción aborda el tema desde una mirada feminista sin llegar a sostener un punto de vista demasiado fanático o fundamentalista y eso siempre se agradece para crear un verosímil ameno y realista.

El punto más jugoso del libro es el desarrollo de una protagonista asexual, que está en pareja con una chica, sin hacer de eso una rareza llamativa. No son pocas las veces en que nos encontramos frente a ficciones que hacen que la función del personaje gay sea… salir del armario. Ya es hora de naturalizar que la orientación sexual es sólo una dimensión más dentro de la vida de cada persona.

Como recomendación final: el Anexo, al final del libro, narra una historia aparte pero que le da un cierre hermoso a toda la obra. Si tenés la oportunidad de leerlo, no lo dejes pasar.


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#Reseña Cometierra

Cometierra (2019) es la primera novela de Dolores Reyes. Luego de dedicarla «a las víctimas y sobrevivientes de femicidios», la joven escritora argentina se mete de lleno en una temática tan actual como sensible con un tratamiento que está a la altura de las circunstancias.

«Antes tragaba por mí, por la bronca, porque les molestaba y les daba vergüenza. Decían que la tierra es sucia, que se me iba a hinchar la panza como a un sapo. (…) Después empecé a comer tierra por otros que querían hablar. Otros, que ya se fueron».

«Cometierra».

La novela corta adelanta desde el comienzo, de forma clara y en primera persona, el particular hábito de su protagonista: comer tierra. Desde allí adquiere el apodo que titula esta historia. A pesar de que nunca sabemos cuál es su nombre real, llegamos a conocerla desde muy cerca a partir de un episodio que marcará su infancia para siempre: en el entierro de su madre, ella se entera mediante una visión que fue su padre quien la asesinó en un episodio de violencia de género.

Entre ranchos de chapa y barrios humildes, la pequeña deberá buscar junto a su hermano mayor, «el Walter», la forma de sobrevivir sin sus xadres. Ante la necesidad, ella decide empezar a cobrar por sus servicios, sacando provecho de su poder.

«LA TIERRA PARECE ENVENENARME»

El aditamento fundamental de esta novela es lo que sucede cuando Cometierra le hace honor a su apodo. Cuando ingiere tierra relacionada con ciertos cuerpos, ella tiene visiones. Y no cualquier tipo de visiones: puntualmente, ve qué les sucedió a personas desaparecidas que fueron violadas, secuestradas, golpeadas, asesinadas. Ve si están muertas o vivas. Ve en qué lugar les sucedió y hasta a veces ve a los victimarios.

No es algo que disfrute. De hecho, es un hábito que le genera bastante displacer. Sin embargo, con tal de ayudar a su hermano, comienza a aceptar una remuneración por sus servicios. Además, aunque aparenta ser una joven ruda y fría, siempre termina empatizando con esas víctimas y sus seres queridos, quienes buscan consuelo cuando lo único que les queda es la esperanza. La idea surgirá a partir de la insistencia de varios de sus vecinos, que le dejan anónimamente una botella con tierra, el nombre de la desaparecida y un teléfono en el frente de su casa.

tiempo y espacio

La riqueza de esta novela radica en que pudo haber pasado en Retiro, en Avellaneda, en Rosario, en Posadas o en cualquier barrio precario de la extensa Argentina. No es un factor de verdad importante dónde y cuándo transcurre una historia que traspasa la geografía y la temporalidad ya que, lamentablemente, la desaparición, el cautiverio y el asesinato de mujeres y feminidades en manos de la violencia de género es una realidad en nuestro país hace bastante tiempo.

Cometierra no busca ser una heroína. Ella recibe un don y con el tiempo comprende que puede ser muy útil cuando las instituciones estatales y policiales hacen agua en una investigación de este tipo. Si bien es algo que trasciende todas las clases sociales y estilos de vida posibles, sabemos que los índices de violencia de género son aun mayores en barrios carenciados. Cuando en su propia vecindad es moneda corriente el maltrato contra las mujeres, la responsabilidad de Cometierra crece más y más hasta un punto en el que quiere desligarse por completo de ese sexto sentido.

DOLORES REYES

La autora de «Cometierra» es docente, feminista y activista de izquierda. Nació en Buenos Aires, vive en Caseros y tiene siete hijos. Estudió Letras en la UBA pero confesó que el empujón para publicar se lo dieron los talleres de escritura de autores contemporáneos como Selva Almada o Julián López.

Comenzó a escribir esta historia cuatro años antes de publicarla, luego de escuchar una frase de un compañero que le sirvió de disparador: «tierra de cementerio». En ese mismo momento se imaginó a la pequeña Cometierra de espaldas, con las manos y la boca sucias de restos de tierra mezclada con restos humanos. Ella no lo ve como un elemento fantástico sino como un retorno a las raíces. Raíces en sentido figurativo y metafórico. La madre Naturaleza, luego de acoger a la madre de Cometierra, comienza a susurrarle sus secretos.

Cometierra – lavaca
Fuente: La Vaca.

Cuando le preguntan a Dolores qué relación tiene la novela con la actualidad argentina dice que mucha. Y es que Cometierra tiene el plus de un dialecto de fácil lectura para adolescentes, brindando a las vidrieras de las librerías más ostentosas un dialecto de conurbano o villero que le aporta verosimilitud al relato.

En Argentina ya va por la quinta edición y fue vendida a Estados Unidos y Europa. La historia que se compone de desapariciones, conurbano y cerveza barata está dando la vuelta al mundo. La recomiendo con fervor, ya que su extensión es inversamente proporcional al tiempo que continúa acechando en la memoria de le lectore, con cierta dulzura ácida. Igual que un trago de birra caliente en ayunas.


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#Reseña: Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana tiene una forma de narrar y de decir que sorprende. Compone los escenarios, relata la oscuridad y la tensión pero a la vez es totalmente accesible en sus palabras. Construye como escritora un sentido para el mundo y no lo plantea desde el idilio ni los finales felices. Eso la constituye. Establece con todes nosotres una lectura dura, en la que vamos a sentir todos los bordes que no quisiéramos ver nunca pero que, indefectiblemente, hemos de tocar o, al menos, imaginar alguna vez. Sigue leyendo #Reseña: Las cosas que perdimos en el fuego

Encanallados en el amor: sobre las novelas de militancia (II)

Ensayo colaboración de Carla Benisz (parte I)


Excursus de coyuntura: el pibe trosko

En 2017, la editorial cordobesa Caballo Negro publicó Apparatchikis, la última novela de Mario Castells. Castells es un escritor difícilmente asociable a las tradiciones recurrentes (hegemónicas) de la literatura argentina, que para algunos críticos aún se bifurca en el binomio Arlt-Borges. Ha editado también en Paraguay y el resto de sus títulos se asocian –por lenguaje, referencias, tradiciones– más a la narrativa paraguaya que a la argentina.

En este sentido, es uno de esos escritores cuya obra exige una perspectiva con anclaje regional antes que nacional, reducido por lo general a Buenos Aires. Sin embargo, sí se encuentra con la narrativa argentina en este espacio residual de las novelas de la militancia; espacio en el que lo hago coincidir, para este protorelevamiento, con el escritor tal vez más negado de los noventa (Benesdra) y el novelista hoy oculto bajo el peso de su otro oficio como operador político (Asís).

En una sintonía similar, cuando presentó Apparatchikis en Buenos Aires, Alfredo Grieco y Bavio la relacionó con el «ensayo negro», una especie de clasificación subgenérica tomada de un ensayo de Juan José Sebreli sobre Correas. La característica del ensayo negro, según la interpretación de Grieco, es la de «demoler una reputación». En Apparatchikis la reputación en cuestión es la de un partido más o menos reconocible de la izquierda argentina.

El ensayo negro, como todo ensayo, linda con bordes de la no-ficción, lo biográfico y lo argumentativo; en este caso, desde la ficción, estamos ante una novela que explica y baja línea a la par que narra y pone en juego ambas dimensiones, la argumentativa y la (auto)biográfica. El resultado, desde lo narrativo, no es siempre convincente pero la singularidad riesgosa del planteo destaca a Apparatchikis en el páramo de limones exprimidos de la literatura del yo.

Como su mismo título indica, Apparatchikis toma como problemática central el quiebre existencial de un «aparato» (mención aparte: la deshumanización del sujeto en la jerga) partidario de izquierda en uno de los espacios característicos del trotskismo vernáculo: la universidad. Lejos de la parodia de «pibe trosko», como se intentó caracterizar a los dirigentes universitarios del trotskismo en los años del kirchnerismo, el narrador de Apparatchikis contiene en su crisis personal y política muchas de las contradicciones de la militancia post 2001, esa herida al sistema que se cerró con torniquete pero sin cicatrizar.

La peripecia política del apparatchik Darío Castelví, alter ego bastante evidente de Mario Castells, tiene como escenario un partido ficticio de la izquierda trotskista pero identificable con ciertos referentes históricos. La crisis que atraviesa el partido tiene coordenadas reconocibles en el desajuste que generó el kirchnerismo, como emergencia política de la coyuntura, en algunos partidos de izquierda que teclearon en su caracterización y, en consecuencia, en su posicionamiento frente a él.

Darío es trasladado de una regional rebelde a la dirección nacional en Rosario a la regional de la Facultad de Filosofía y Letras en Buenos Aires. Este escenario que ha alimentado la narrativa de los escritores-críticos (me refiero a los que ficcionalizan a la vez que hacen crítica literaria) contextualiza aquí el universo cotidiano de cuadros medios de la izquierda, un espacio familiar para el ambiente universitario pero de poco recorrido en la literatura. Y lo hace con una estética de la representación que recupera lo impugnado por la teoría literaria post-estructuralista: el realismo. Por eso, Apparatchikis abre con la dedicatoria a la «novela monstruo» de Benesdra, parámetro político y estético de Castells.

En esta facultad, antes que escritores y críticos, rumbean militantes alejados de la disciplina bolchevique por una estructura partidaria en crisis que los dispone para su lumpenización. Además de actuar en el frente universitario en un contexto de fuerte cuestionamiento hacia su dirección política, los personajes, una suerte de «detectives salvajes» de la lumpen-academia argentina, deben militar la campaña electoral de su partido revolucionario en el teatro de la política burguesa y con una línea oportunista y conciliadora.

Esto se evidencia en uno de los primeros parágrafos de la novela que es, justamente, una reunión de equipo en la que supuran las diferencias, los conflictos y la desconfianza entre el recién llegado (Castelví) y sus nuevos compañeros.

Allí el narrador conoce a Virginia, con quien mantendrá un vínculo erótico pero, enlace prototípico entre Eros y Thanatos, tensionado por el consumo constante de cocaína; esta tensión de sexo, drogas y trotskismo lumpen es, de hecho, uno de los motivos recurrentes de la novela. En este sentido, el narrador es autodestructivo antes que canalla, o en todo caso, los gestos de machismo residual que en alguna ocasión destila, gangrena de sus propias heridas.

En consecuencia y a diferencia de las novelas anteriores, en las que la utopía política era superada por el cinismo o el derrotismo, esta novela sí permite una salida más abierta a una perspectiva revolucionaria; eso tiene que ver tanto con la etapa histórica que la atraviesa como con la voluntad del sujeto representado.

Por un lado, Castelví nunca termina de volverse un «fundido», mucho menos un reventado o un «ex» trotskista. Por otro, además, el año 2001 permanece como una evidencia latente de que «el fin de la historia» aún no cerró.

Si en los noventa el neoliberalismo era la confirmación de la caída del muro y la cancelación de cualquier modelo alternativo al capitalismo; si en los setenta la violencia de la dictadura canceló cualquier posibilidad, así fuera angustiosa u oportunista, de la política; en cambio, el desarrollo de los movimientos sociales alrededor de 2001 tiñó a la sociedad argentina de una cultura política dinámica y con un mayor margen de maniobra ante la hegemonía liberal-burguesa, aunque el régimen de gobierno no se hubiera modificado sustancialmente.

Sobre ese margen de maniobra opera el trotskismo aspiracional de Castelví (y de Castells también) como un horizonte abierto, más difuso, pero es por eso mismo que no se cancela en torno a los apparatchikis.

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Lo personal es político

«La fisura se para sobre el desencanto», dice uno de los personajes de Apparatchikis, y en esta sentencia asocia los dos niveles de los que traté de dar cuenta aquí: los de la crisis política acompañada o causante de la moral y personal. La autobiografía es entonces una jugada límite en el ajuste de cuentas político.

Se trata, en todos los casos, de novelas en extremo personales y que a través de ese gesto autobiográfico, a través de la exposición de sus propias laceraciones, pasan factura a la historia, a la política, al partido. Como puede verse, es una apuesta riesgosa, no solo por la exposición que implica la autobiografía sino también porque el otro borde del descanto es el nihilismo, la negación de la política.

En otras palabras, estas novelas corren el riesgo, en primer lugar, de exponer los límites del sujeto de la política; el militante, que –revolucionario o no, dirigente o base– encarna la política, es aquí un sujeto quebrado. En segundo lugar, porque la demostración de la política, de su quehacer cotidiano a través de esos sujetos, la expone como una caja resonancia de los mismos conflictos sociales. Por eso, la promesa de transformación social que contiene el ejercicio de la política está puesta en cuestión o, en el caso de Apparatchikis, queda diferida.

No es menor que el campo semántico que se forma en torno al militante esté repleto de términos como reventado, fundido, apparatchik, delirante, «elucubrador talmúdico». Todo esto para distintas esferas de la expresión política en la Argentina, como el peronismo, el trotskismo y el amplio espectro gris del progresismo.

Sin embargo, este primer relevamiento de las novelas de la militancia dibuja una traza, cerrada aquí con Apparatchikis, que termina rescatando la política aunque no los modos de hacerla. En el post 2001, se amplía el margen de maniobra para la militancia que los noventa parecían haber cerrado, pero deja latente una deuda que tal vez esté siendo planteada recién en los últimos años: la de una reeducación «sentimental» de las estructuras y los sujetos, orientada a explicar lo personal en lo político.

Encanallados en el amor: sobre las novelas de militancia (I)

Ensayo colaboración de Carla Benisz


¡Moción de orden! ¡Lista de oradores!

fatigó las piruetas, las chicanas

distribuyó consignas y expulsiones,

doró en llovidas píldoras la orilla

de una ilusión, un grito: un ¡Ipiranga!

¡Alcorta!, rumió  en minutos tuertos las minutas

de la resolución, en la revuelta, alzóse

(efecto Delacroix) en las tinieblas

acolchadas, o rústicas, caballos de alaridos, de retobo […]

 

Perlongher, «Lago Nahuel»

 

A pesar de tener una tradición literaria sumamente política, a la que ya David Viñas le dedicó sus ensayos célebres de Literatura argentina y realidad política, la literatura argentina no cuenta aún con un relevamiento de novelas de la militancia política o de la política partidaria. Y tal vez no sean tantas.

No se trataría tanto de obras que den cuenta de su contexto histórico-social o postulen una tesis teórico-política (es decir, una bajada de línea) a partir de su argumento, sino de novelas en las que la política es el contexto. Novelas en las que los intertextos y los géneros primarios son asambleas, minutas, reuniones de equipo, balances, informes.

Pienso, por ejemplo, en obras que muestran la vida cotidiana de la militancia, como La bolchevique enamorada de Alexandra Kollontai (novela mala que toda la izquierda debería leer y no es casual que entrometa aquí la cuestión de género); en el lenguaje internista y polémico de los documentos de Walsh a la dirección de Montoneros (diferente al tono denuncialista de sus non fiction periodísticos); o en algo similar a El estudiante, la película de Santiago Mitre, para el caso del arribismo realpolitiker.

En cambio, sí hay varios títulos sobre la clase trabajadora (las primeras novelas de Andrés Rivera, por ejemplo) y muchísimos sobre movimientos sociales, hitos históricos, revoluciones, ya sea como impugnación histórica o como muestra de la política desde una perspectiva heroica, antes que en la cotidianeidad de su construcción.

Pareciera que la política contribuyera a reconstruir cierta visión de la realidad, a aportar debates teóricos subyacentes, un fundamento de crítica social y, en ocasiones, vocabulario conceptual, pero no es dispuesta en la especificidad de su lenguaje cotidiano y su microcosmos social. Pareciera, sigo, que el fantasma indeseado del realismo socialista sobrevuela como amenaza latente a la hora de explicitar lo político.

Las novelas de la militancia política parecieran ser, al final, poco «universalizables», en términos de la no-tan-perimida crítica liberal. En general, la literatura y la crítica literaria canónicas tienen una posición anticontenidista y privilegian la política de lo estético y la revolución en las formas literarias, parafraseando al Cortázar que polemizara con Oscar Collazos.

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Tal vez mi modelo aquí sea demasiado específico y reducido, y no amerite el trabajo de un relevamiento crítico. Pero sí creo que es destacable el síntoma que manifiesta: el submundo de la política es considerado como acervo de contenido argumental que, para ser legitimado como literatura, debe ser tamizado por recursos formales que lo vuelvan difuso, indirecto, perfectamente implícito. Que lo limpien del ruido mundanal del inmediatismo histórico.

Esto es lo que se puede ver en novelas «políticas» como Respiración artificial, varias de las novelas de Saer, las parodias de Gamerro al setentismo o El fiord de Osvaldo Lamborghini (cuyo regodeo en la hipérbole linda de forma constante con la desrealización de la política).

A contramano de ese síntoma, abusaré del carácter especulativo del ensayo para proponer aquí un principio de ese relevamiento de novelas de la militancia, con dos casos (más un excursus) de novelistas que hacen de la política un lenguaje –léxico y sistema– y una forma narrativa.

 

Su moral y la nuestra

En primer lugar, me voy a referir a El traductor (editada póstumamente en 1998), «novela-monstruo», como dice Mario Castells, de Salvador Benesdra. En ella, el lenguaje de «la secta» inunda el gran monólogo interior del psicótico, personificado en Ricardo Zevi, su narrador protagonista.

Desde el inicio, Zevi se presenta como extrotskista, pero ese prefijo no impide que su vínculo con la historia se dé siempre en clave de las «elucubraciones talmúdicas» que para él constituye el trotskismo; aún cuando la caída del Muro de Berlín le significa el derrape total de su «estantería ideológica». Al interior de un largo párrafo, como casi todos los que componen la novela, Zevi resume su caracterización:

«Un trotskista era un marxista que sí aludía a la realidad, y permanentemente, pero que no sabía mentir: a lo sumo deliraba, o más bien, a menudo deliraba. […] Entonces, único izquierdista sin un metro cuadrado de esperanza territorial sobre la faz de la tierra, único comunista sin patria socialista, único marxista apegado a la utopía originaria, el trotskista fantaseaba cual cristiano milenarista que las masas estaban a punto de traer el reino de los cielos socialistas sobre la tierra aquí, allá y en todas partes, no por imperio y voluntad de nadie, no por acierto de ninguna vanguardia esclarecida, sino por la fuerza de las cosas, por efecto de las mismas leyes que habían traído un dominio creciente sobre la naturaleza en la historia humana y le habían permitido al mono erecto pasar del esclavismo al feudalismo, del feudalismo a la democracia representativa». (Benesdra, El traductor) 

El universo de la novela está inmerso en una subjetividad fragmentada y cuyo motivo de quiebre es político o, más bien, es la política. En concreto, el fin del «socialismo real» de la URSS y los inicios de la hegemonía neoliberal en la política, la sociedad y hasta en la cultura argentinas.

Paralelamente y en función de acentuar ese quiebre, El traductor narra el último vínculo de Zevi con la lucha de clases, con su dinámica cotidiana y su derrota (en este caso) infame. Pues Zevi es también un delegado que dirige una lucha contra el vaciamiento de Turba, la editorial en la que trabaja; pelea asambleas, caracteriza compañeros, cobardes y traidores.

En este punto la novela funciona como una radiografía de la década del noventa: vaciamiento de empresas, desempleo y precariedad laboral, acompañados por crisis morales y políticas que atrincheran el progresismo dentro del freezer del «fin de la historia». El ajuste de cuentas de El traductor no es solo con la izquierda, cuya «estantería ideológica» ya se derrumbó, sino con el progresismo temeroso de los noventa; es este el que cobija a traidores y cobardes. Por eso, tal vez, fue durante años una novela revulsiva para nuestro predecible espacio literario.

Ahora bien, en ese proceso de flexibilización laboral se comienza a vislumbrar la crisis moral del protagonista. En la coyuntura de su peripecia sindical, Zevi se debate entre la lucha política y la salida individual, y es esta última la que al final se impone con un irónico «final feliz» acorde al aire neoliberal de época.

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En este punto, Zevi es aún un sujeto angustioso y moralmente quebrado puesto que la moral residual de su militancia revolucionaria lo demora en su derrape cínico. Esta demora tiene momentos de locura en los que estalla la psicosis. Pero en el otro andarivel que transita esta novela, el amoroso, es mucho más claro que Zevi es un canalla.

La «historia de amor» se trata en realidad de una relación desigual y manipuladora entre Zevi y Romina, una muchacha adventista, provinciana y «frígida» según la concepción  de sexualidad del protagonista –con una educación sentimental forjada en prostíbulos–. Zevi se propone «curar» a Romina de acuerdo con la principal escuela de relaciones sexoafectivas que conoce, la prostitución, pero no solo le propone a Romina la prostitución como sanación, sino que él mismo la dirige en esa experiencia; se convierte así en su fiolo y oculta esta función patronal tras su obsesión por el orgasmo de Romina.

La moral revolucionaria de Zevi toca fondo, entonces, en el plano de su vida personal y en su relación de pareja de modo mucho más profundo que en el plano de su activismo (y su derrota) políticosindical.

La ironía del «final feliz» radica en que la novela le da un cierre a las heridas abiertas (la moral política de Zevi, su relación con Romina), aún bajo la explícita imposibilidad de conciliación final. De ese modo, la novela se cierra sobre la parábola de los años noventa con una moraleja derrotista: una salida individual, infame y forjada sobre los escombros de la utopía revolucionaria.

 

La sonrisa del general

La militancia como peripecia y agonía es un factor y un valor para la izquierda pero también para el movimientismo (en el amplio espectro que el bonapartismo vernáculo nos legó) que la asume sin tapujos; no así para los partidos liberales de la derecha, que ocultan su ejercicio de la política y la cotidianidad de su organización, bajo estructuras de apariencia «no política» (universidades, iglesias, fundaciones, sociedades de beneficencia y, más recientemente, ONG). Es probable que esta última visión del ejercicio de la política explique la relativa ausencia de su peripecia en la tradición de la literatura argentina.

Desde una tradición política diferente a la de El traductor, la literatura argentina cuenta con una novela antológica sobre la cotidianeidad de la militancia, opuesta por el vértice a esa asepsia liberal: me refiero a Los reventados (1974) de Jorge Asís. En la novela, que se anuncia desde la editorial como «la novela de la militancia peronista», esta es en realidad el trasfondo para la peripecia de unos descuidistas locales, sin suerte para el batacazo, y para quienes la política funciona como aventura personal despojada de todo velo utópico, revolucionario, de transformación o mucho menos.

La aventura se construye en torno a un cronotopo bien definido: el arribo de Perón a Ezeiza en 1973, luego de 18 años de exilio, que terminó en la masacre perpetrada por la derecha peronista.

El heterogéneo grupo de «reventados» protagonistas de la novela está compuesto por estafadores minoristas, patinadores de cheques, mano de obra barata de abogados o de sujetos oscuros del espectáculo, «canguros» vinculados al sindicalismo peronista. Ellos entienden el acontecimiento político de Ezeiza como posibilidad de negocio: consiguen una imagen inédita de Perón en Puerta de Hierro con sonrisa gardeliana y los caniches de Isabel, y la reproducen en pósters y almanaques para la venta. Pero el devenir de la jornada les arruina el emprendimiento y los destruye económica e incluso vitalmente.

Esta lógica del batacazo, así como la caracterización de rufián melancólico de Zevi, asocia la narrativa de Asís con el conjunto de imágenes legado en la literatura argentina por la narrativa de Roberto Arlt. De hecho, este vínculo es explicitado tanto por Benesdra como por Asís en sus novelas.

En Los reventados, de todos modos, la política como posibilidad de batacazo permite también pequeñas epifanías de mística; es decir, instantes de creencia cobijados por el fervor de las multitudes. Es lo que sucede con Rocamora, tal vez el más cínico de los personajes, en Ezeiza cuando se encuentra a sí mismo, su pasado, contenido por la columna de Corrientes:

«Sintió una satisfacción y recordó una vía que no terminaba nunca y recordó a una abuela y a un farmacéutico cuando leyó: Montoneros de Corrientes. Se metió entre ellos y cantó con ellos Far y Montoneros son nuestros compañeros, y se sitió indio, rotoso, los vio rotosos, feos y correntinos y eran más de quinientos aunque no sabía calcular bien. Es que a veces Rocamora parecía escapado de una fotonovela de esas que publicaba Rosqueta; miró hacia los costados y se aseguró que no lo miraba nadie, ningún conocido pedalero, y cantó Montoneros son soldados de Perón los gorilas tienen miedo tienen miedo al paredón, y avanzó unos metros con ellos y gritó efusivamente Corrientes Montonero, los tocó, aprovechó que nadie lo miraba para permitir    que una lágrima se cayera de sus ojos duros». (Asís, Los reventados)

Este momento epifánico será antesala de la tragedia personal de estos buscas a causa del fracaso del negocio; correlato de la tragedia política, a nivel nacional, en los años siguientes.

Al respecto, puede establecerse una continuación entre Los reventados y una de las novelas que le siguen, el best-seller de Asís durante los años de la dictadura militar, Flores robadas en los jardines de Quilmes (1980). Si en El traductor encontramos dos andariveles: el político (como derrumbe) y el amoroso (como canallada); también podemos encontrarlos en la continuación entre Los reventados y Flores robadas….

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En el primero, la política da marco al reviente de este grupo de buscas, reviente que se vuelve definitivo en el final de Willy, uno de los protagonistas. En Flores robadas…, el contexto de la política está diluido por la atmósfera asfixiante de la dictadura. Lo «reventado» de los protagonistas cobra el significado, ya no de una aventura perdida, sino de una creencia diluida; los reventados están desmoralizados porque creyeron en el amor y en la política, y sobreviven a base de cinismo.

«¿Cuándo habremos comenzado a reventarnos?, se pregunta Rodolfo, para sí, mientras, con lentitud inusual, caminan por Corrientes. Mientras redescubre que la flaca ya no es aquella escuchadora incauta, aquella piba que buscaba una clave y con ansias, y que hablaba, en general, para las paredes. Esta flaca, de veras, había crecido, y se acostumbró, con firmeza, a los porrazos. Esta flaca, piensa él, ya me sabe retrucar, imponer su posición, y hasta exhibe generosamente sus llagas. Rodolfo no sabe, por su parte, cuándo fue que él se comenzó a reventar –si es que, realmente, está reventado, lo cual, cree, es discutible–, pero sospecha que ella, a lo mejor, inició ese sendero sórdido cuando decidió abandonar su estipulado destino de confección de tallarines, de baldeo de vereda, tardes de radio o costura y bordado. Cuando decidió enfrentar al sabido porvenir, para disponerse con furia a ser psicóloga, o socióloga, o profesora de literatura, o militante, periodista y cantante o, sobre todo, actriz, dramática y de nivel, su ambición más corpórea, para hacer papeles con contenido. Y para buscar siempre un contenido, encontrarle de prepo fondo a cosas que, tal vez, no lo tenían, inventárselo en todo caso. Habremos comenzado a reventarnos, quizás, es una hipótesis, cuando comenzamos a adherir y a creer devotamente en la profundidad. Pero no me creas». (Asís, Flores robadas…)

Flores robadas… funciona entonces como una continuación del periplo histórico de esa «generación perdida». De la política como aventura, en el primer lustro de los setenta, al repliegue individual obligado por la dictadura y la represión. Los descuidistas son los mismos pero en una reconversión de lo político a lo personal que toma la forma de una «historia de amor» entre el narrador, Rodolfo, y Samantha.

Ésta es también una relación desigual narrada desde la perspectiva abiertamente machista de Rodolfo. Sin embargo, a diferencia de Zevi, Rodolfo crece en lo emocional en su vínculo con Samantha. Su gesto canallesco es más una performance para reproducir de manera ostensible los patrones patriarcales de la virilidad que un derrape moral. O, más bien, su moral es cínica desde el comienzo; la voz que abre la novela ya es la de un «reventado», de modo que no hay decadencia, sino que el rebaje moral es lo esperable pero con un narrador que poco a poco toma consciencia de que ese cinismo es consecuencia de su propia fragilidad. Es por eso que hay pequeñas muestras de aprendizaje en los afectos en la forma en que el protagonista concibe a Samantha: ella crece ante sus ojos, disminuyéndolo a él en su machismo.


[Continúa en Encallados en el amor (II)]