#Reseña La Chaco: darles voz a las invisibles

La novela comienza con un prólogo escrito por la activista trans Susy Shock, en el cual asegura que se deben narrar sus historias «para contrarrestar la violenta ignorancia desde donde hablan y castigan nuestros cuerpos por no ser como ellos. Porque no somos peores ni mejores, somos otras, así, con A mayúscula de sentirnos travas».

La novela cuenta la historia de Ximena, Lucy, Galaxia, Hiedra y Carina, cuyas vidas el destino entrecruza. En este sentido, el libro está dividido en tres partes: Gusano, Crisálida y Mariposa. El autor hace una analogía entre esas tres facetas contando la niñez de las protagonistas, su llegada a Buenos Aires, el comienzo del ejercer la prostitución y el presente.

«A nosotras no nos hacen el amor, a nosotras nos violan, había dicho Galaxia ese viernes al mediodía que se apareció en casa con la nariz llena de sangre y los quinientos pesos que faltaban para pagar el alquiler».

La Chaco, Juan Solá.

La novela, publicada por primera vez en 2017, vuelve a las historias palpables, tangibles, cercanas. La Chaco es una mezcla entre la belleza de una prosa poética y el testimonio crudo y doloroso de quienes están en la sombra y padecen injusticias. Sin embargo, más allá de las denuncias y la crudeza del relato, en los capítulos finales el autor menciona el crecimiento del movimiento LGBTIQ+, la ocupación de la calle con las marchas del Orgullo y la adquisición de derechos.

«Los mismos que querían prohibirnos la calle por lo que éramos, ahora nos veían pasar, como sorprendidos, incapaces de entender que inevitablemente lo que hicieron con nosotros algún día estallaría, incontenible, como una estampida de todos los colores persiguiendo el sol que se alejaba por Avenida de Mayo».

La Chaco, Juan Solá.

En cada capítulo, el autor narra sin prejuicios historias difíciles de digerir, que duelen y escandalizan. Le da voz a las que están al margen, las que abandonan la escuela porque son discriminadas, las que no van al hospital porque no quieren que se burlen y las llamen por su nombre del DNI, las que los padres rechazan y las que no encuentran refugio más que en sus amigas de la calle.

En una entrevista con Infobae, Solá se refirió a la elección del tema: «Andrés Mego, de la editorial Hojas del Sur, me dijo que quería un libro mío para el sello que dirige y que podría escribir sobre lo que más quisiera y acepté. Hacía tiempo que quería hablar de la identidad y la vida trans, tan ignorada, que ocurre en las sombras. Sobre todo en las ciudades más pequeñas donde las nuevas leyes muchas veces no alcanzan para que los vecinos tomen conciencia de que lo trans existe y respira».

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Mostrar la realidad

La dureza del relato coincide con la realidad: distintos estudios concuerdan en que el promedio de vida del colectivo travesti-trans no supera los 40 años. A su vez, según la Fundación Huésped y ATTTA (2014) más del 70% no ha terminado el secundario, resultado de la exclusión sistemática y la estigmatización que pesa sobre las mujeres trans. A esto se suma la expulsión temprana de estas personas de su hogar y la violencia ejercida en este.

En la misma línea, el informe «La revolución de las mariposas» revela que casi el 90% de quienes tienen entre 18 y 29 años está en situación de prostitución o se considera trabajadore sexual. Además, la mayoría de las investigaciones coinciden en que el 80% de las mujeres travestis o trans trabajan en la informalidad, ya que manifestar la identidad autopercibida lleva a la imposibilidad de acceder a un trabajo formal.

Según el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT 2020, del total de personas de la comunidad víctimas de crímenes de odio, el 84% de los casos corresponden a mujeres travestis o trans. Estas cifras podrían ser incluso mayores ya que solo se cuentan casos relevados por los medios de comunicación o denunciados ante el Estado.

Si bien en los últimos años leyes como la de identidad de género y cupo laboral han intentado reparar la invisibilización histórica que la comunidad trans ha sufrido a lo largo de la historia, tanto la novela como la realidad denuncian que todas estas desigualdades se deben en gran medida a la ausencia del Estado.

«Mala suerte de ser travesti.

Mala suerte es tener que llevar una vida ficticia con un nombre ficticio.

Mala suerte es ser la presa favorita de la cana.

Mala suerte es que los presidentes no gobiernen para vos y que tu viejo no te quiera porque sos demasiado sensible».

La Chaco, Juan Solá.

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Imagen: Sudestada

Sobre el autor

Juan Solá es escritor y guionista. Sus textos siempre tienen como denominador común una carga social y por sobre todo humana. Nació en La Paz, Entre Ríos pero se crió en Resistencia, Chaco, donde cursó sus estudios y publicó su primer libro a los diez años: Cuentos para compartir.

Además, es autor de Naranjo en fluo (2015), Microalmas (2016), Épica Urbana (2017), Ñeri (2018) y Galaxia (2020). Durante el año pasado la Editorial Sudestada editó Los Amores Urgentes, una trilogía que incluye La Chaco, Ñeri y Galaxia.

«En la escuela me lo hacían siempre: “¿Por qué no hacen como él?”, decían las maestras en voz alta, y mis compañeros me tomaban una bronca… “Miren cómo estudia, miren cómo sabe todo”, pero lo que no sabía esa maestra es que yo estudiaba para que no me cagara a palos mi papá y porque era la única promesa que tenía para salir de ese lugar. No estudiaba por amor a la tabla periódica, estudiaba porque mi papá me había dicho: “Si vos estudiás bien, idioma, computación, vas a tener un buen trabajo”».

Juan Solá.

Según sus palabras, estudiar computación le sirvió para conseguir trabajo en un call center y aprender inglés «para que me putearan los gringos que atendía todos los días». «Cuando me di cuenta de que no era así como me lo habían pintado, me volví agresivo, resentido, y fue la militancia lo que me fue devolviendo la esperanza en mí mismo», aseguró.


Fuentes:

#Reseña Las aventuras de la China Iron: tradición gauchesca en clave feminista

Las aventuras de la China Iron es una novela de Gabriela Cabezón Cámara en la que se cuenta la historia de la China, olvidada en el clásico Martín Fierro. La protagonista adquiere vida propia, embarcada en una aventura que la lleva desde la penosa existencia en la estancia hasta una comunidad utópica tierra adentro.

Las aventuras de la China Iron es una novela de la escritora Gabriela Cabezón Cámara, publicada en el año 2017. La historia está ambientada e influida por la literatura gauchesca: la protagonista se desprende de «La ida» de El gaucho Martín Fierro y adquiere vida propia. En el poema de José Hernández, la china no tiene nombre; en cambio, en la novela se llama China, con mayúscula, Josephine Star Iron o Tararira, nombre que se da a sí misma cuando decide cambiar su vida.

La historia surge en un contexto en el que por la ley de levas se han llevado a Fierro junto con todos los hombres de la estancia y una alegre sensación de libertad impulsa a la China, de tan solo catorce años, a abandonar a los dos hijos que ha tenido con el gaucho. Los deja al cuidado de un matrimonio de ancianos y se sube a la carreta de Elizabeth, una inglesa culta y hermosa que también ha perdido a su marido y, a diferencia de la protagonista, está decidida a rescatarlo.

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La novela está estructurada en tres partes: El desierto, El fortín y Tierra adentro. En todos narra el viaje, con aventuras y desgracias, de la China Iron junto con su perro Estreya y Liz. Por otro lado, la travesía que ambas mujeres inician por la pampa funciona como iniciación para la protagonista que, durante el recorrido, se alfabetiza, aprende el idioma inglés, lee clásicos de la época, conoce la ceremonia del té y del whisky, aprende las texturas de las telas, tiene la experiencia del sexo deseado y del goce.

«No sabía que podía andar suelta, no lo supe hasta que lo estuve y se me respetó casi como a una viuda, como si hubiera muerto en una gesta heroica Fierro, hasta el capataz me dio su pésame esos días, los últimos de mi vida como china, los que pasé fingiendo un dolor que era tanta felicidad que corría leguas desde el caserío hasta llegar a una orilla del río marrón, me desnudaba y gritaba de alegría chapoteando en el barro con Estreya».

Las aventuras de la China Iron.

La China relata desde un futuro lejano los recuerdos de ese renacimiento personal y celebra la naturaleza explosiva y salvaje de la pampa y de los ríos que se comen las orillas. Hay un tono de realismo mágico en esa naturaleza que por momentos parece cobrar vida. Mágica es también la carreta de Liz que provee, como si fuera la galera de un mago, todo lo que necesitan: especias, artefactos, barriles de whisky.

En el viaje conocen a Rosario, un joven gaucho que anda con su ganado por la pampa. La caravana llega al fortín La Hortensia y los recibe el dueño del casco de estancia, José Hernández, un coronel decadente, alcohólico, que piensa que a las mujeres «hay que darles rebenque hasta que se den cuenta de que quieren ser mandadas» y dice haber copiado los cantos al propio gaucho Martín Fierro que se encuentra allí con él.

Cabezon Cámara plantea escenarios impensados para la época. Por ejemplo, en lugar de la refalosa hay una fiesta del ponche que deviene en orgía desenfrenada donde se liberan todo los límites. Entre otras utopías, la historia narra como a  Fierro «lo han visto a los arrumacos con otro negro como él» y, además, le pide perdón por todo el mal causado a la China a través de una nueva serie de versos.

La autora

Gabriela Cabezón Cámara desafía los límites y apuesta a una historia que lee en clave de género la gauchesca en general y el Martín Fierro en particular. El resultado es una utopía del origen de la nación narrada con imágenes poéticas, explícitas y coloridas, una obra de espíritu carnavalesco que no deja un solo mito literario en pie.

La autora nació en Buenos Aires en 1968 y estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. En 2013 fue becada como Resident Writer en la Universidad de Berkeley, California, y años mas tarde recibió la beca de la Literarisches Colloquium Berlin. Además, es periodista cultural. Sus artículos fueron publicados en distintos medios como Página 12, Le monde diplomatique, Anfibia, Revista Ñ y la revista Crisis.

Trabajó como editora de Cultura del diario Clarín y como docente en la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes e imparte talleres en diversas instituciones. Publicó, entre otros libros, La virgen cabeza, Le viste la cara a Dios y Romance de la Negra Rubia. La novela de la China Iron fue elegida entre los libros del año en la edición en español del New York Times y de El País de España.

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Las aventuras de la China Iron es una novela que tiene una relectura y una reescritura de un clásico de la literatura argentina desde una perspectiva feminista, donde la escritora crea un mundo libre e igualitario para todas aquellas mujeres olvidadas por los poetas de 1800. En estos tiempos de avances en materia de género, esta novela propone un pasaje hacia algo que podría llamarse la matria, un territorio regido por mujeres, en el que lo masculino está devaluado por efecto de su propio exceso.


Un crimen sin piedad y a sangre fría

Artículo colaboración escrito por Mar Cortés


Se cumplen 62 años del asesinato múltiple de la familia Clutter que inspiró a Truman Capote a cambiar la literatura y el periodismo: «A sangre fría».

A fines de la década de 1950, en un pueblo rural seguro y tranquilo de Kansas, donde se conocían todes al punto de dejar las puertas sin seguro, ocurrió el asesinato de la familia Clutter. El trágico evento, contado con gran detallismo por Capote, dejó una comunidad abatida ante la ejecución de cuatro miembros de la familia: Herbert, granjero y líder ejemplar de Holcomb; Bonnie, madre y esposa con serios problemas psicológicos; Kenyon, el benjamín de tan solo 15 años; y Nancy, estudiante modelo de 16 años y la más joven de las hijas mujeres.

Perry Smith y Richard «Dick» Hickock.

Durante la madrugada del 15 de noviembre de 1959, los autores del crimen, Perry Smith y Richard «Dick» Hickock, exconvictos que habían obtenido la libertad bajo palabra hacía poco tiempo, decidieron asaltar la propiedad. El objetivo de los asesinos: 10 mil dólares, los cuales, se suponía, se encontraban resguardados en una caja fuerte.

Sin embargo, la familia no contaba con tal cosa ya que se manejaban con cheques, dato menor que el informante de Smith y Hickock, Floy Wells, excompañero de celda de Dick, se había pasado por alto. El desenlace fue un asesinato a sangre fría por tan solo 50 dólares, unos prismáticos pertenecientes al Sr. Clutter y una radio portátil del joven Kenyon.

Los criminales, ni lentos ni perezosos, escaparon de la escena sin dejar ningún indicio de quiénes habían llevado a cabo los terribles hechos en la propiedad Clutter. Juntos, entre robos y estafas de cheques sin fondos, llegaron a México, donde no encontraron la vida deseada. Volvieron a Kansas, luego de pasar por distintos lugares de la costa este de EE. UU., donde cometieron unos cuantos crímenes más para luego encaminarse a Las Vegas, Nevada. Allí, finalmente, fueron interceptados por la policía y llevado de regreso al estado de Kansas para su posterior juicio y condena por sus crímenes. Ambos acusados intentaron de todo, hasta alegar demencia, pero, finalmente, los sentenciaron a la condena máxima del estado: muerte en la horca.

En esa época, Capote era un reconocido autor por obras como «Otras voces, otros ámbitos» y «Música para camaleones». Pero el caso de los Clutter, el cual captó su atención en un pequeño apartado del periódico, fue lo que lo llevó a cambiar el oficio del escritor y periodista, abriendo la posibilidad de que ambos colisionasen y pudieran servirse de las distintas particularidades que tenían para ofrecer.

Capote, con su carismática y filosa personalidad, se metió de lleno en el caso: se relacionó con Eveanna y Beverly (las hijas mayores sobrevivientes), les vecines, les compañeres del colegio, los investigadores encargados del caso y hasta con los mismísimos criminales, Dick y Perry. Sin embargo, y pese a la fama de la obra y el exhaustivo labor de Capote, fue y es vista con desprecio por la comunidad de Holcomb por considerarla un producto realizado con fines comerciales y marketing, mas no para contar los hechos y concientizar acerca de lo ocurrido a las víctimas.

Con una riquísima prosa y una narrativa atrapante, «A sangre fría» cambió los paradigmas de ámbitos de la cultura contemporánea y, hasta hoy en día, es considerada una de las novelas de no ficción más importantes del siglo XX. Con varias adaptaciones cinematográficas, unitarios especiales y hasta documentales en torno al hecho, Capote logró que su obra no pueda ser olvidada y hasta sea considerada atemporal. Sin embargo, no hay que olvidar el asunto en cuestión, que a veces ha sido eclipsado por la misma obra en cuestión: el asesinato a sangre fría de una familia por tan solo 50 dólares.


Romances tóxicos en ficción: ¿qué idea del amor reciben les jóvenes?

Artículo colaboración escrito por Josefina Anschütz y Mar Cortés


Muchas veces se dice que la ficción supera a la realidad pero podemos postular que se trata de una retroalimentación constante. Las relaciones tóxicas existen tanto en la vida real como en las películas; la cuestión es que las personas estamos atravesadas por la cultura y nuestros consumos audiovisuales. La falta de representación de relaciones sexoafectivas sanas quita la posibilidad que podamos ver en producciones personajes que aporten a la construcción de relaciones más saludables.

Desde Mr. Rochester en Jane Eyre hasta el enigmático «bad boy» Noah Flynn en The Kissing Booth; desde Mr. Darcy en Pride and Prejudice hasta Damon Salvatore en The Vampire Diaries. Estos nombres y muchos más que pueden ser nombrados traen a colación un tema poco novedoso dentro de los productos culturales dirigidos a las audiencias jóvenes: la romantización del comportamiento y las relaciones tóxicas.

En una sociedad donde la violencia de género es cada día más preocupante, esta romantización no ayuda a que el problema se visibilice. Sin embargo, sea adrede por parte de les autores o no, este fenómeno provoca que la violencia y el mal comportamiento dentro de las relaciones afectivas se vea normalizado, hasta el punto de que se encuentren cientos de justificaciones de por qué «está bien».

¿El personaje obliga a la protagonista a irse con él a raíz de un ataque de celos? ¡Qué romántico! ¿La manipula psicológicamente para que se quede junto a él debido a que «la ama y no puede vivir sin ella»? ¡Más tierno no puede ser! ¿La sigue a todos lados porque quiere protegerla, aunque en realidad no la deja ni respirar, y solo él puede cumplir con el rol de «guardaespaldas»? ¡Es tan bondadoso! ¿La usa para su propio beneficio pero se lo retribuye sentimentalmente? ¡Tenía sus motivos, nunca quiso lastimarla!

No, no y mil veces no. La romantización de estos personajes lo único que logra es que se invisibilizan millones de casos por los que se viene luchando hasta hoy en día. Durante las décadas de 2000 y 2010, este patrón comenzó a verse más a menudo en las películas y series dirigidas a niñes y jóvenes. Entre los cientos de ejemplos que pueden encontrarse, seleccionamos los siguientes.


  • Severus Snape (Saga Harry Potter)
Severus Snape (Saga Harry Potter)

El siniestro y malhumorado profesor de Harry Potter desde siempre ha dado de qué hablar. En el fandom (término usado para describir a las comunidades activas de fanátiques de productos culturales) de la saga, se tiene una opinión bastante dividida acerca de este personaje. Muches lo romantizan por «haber estado enamorado de Lily Potter e intentado proteger a Harry». Sin embargo, y pese al intento de darle una redención al personaje, eso dista mucho de sus verdaderas acciones y motivaciones.

El hombre de pelo oscuro y grasiento, como lo describe Rowling en sus páginas, no es más que un varón obsesionado con una mujer con la que nunca tuvo más que una amistad. Como se narra en los libros y se ve en la última película, cuando Harry ve los recuerdos del profesor fallecido, descubre que él y Lily habían mantenido una amistad temprana, interrumpida por culpa de Snape. Posteriormente, y aún «enamorado» de ella, cometió el error de llevarla a su muerte junto con su marido y, pese a sus intentos de salvarla sólo a ella, no lo logró. Fallecidos los padres del «niño que sobrevivió», Snape no duda en maltratar a Harry cada vez que tiene la oportunidad, no solo verbalmente sino también psicológicamente, por ser la viva imagen de James Potter, su progenitor y esposo de Lily.

Mientras que muches Potterheads (como se autoproclaman les seguidores de la saga) afirman que este personaje siempre actuó movido por su amor a Lily y su deseo de proteger al hijo de ella, esta teoría se aleja de la realidad al intentar romantizar y hasta perdonar de pena y culpa a un hombre macabro que no pensaba más que en su propio beneficio y en su enfermiza obsesión con una mujer muerta.

  • Travis Maddox (Saga Beautiful Disaster)

El típico boxeador y bad boy con complejo de Edipo. La toxicidad andante y cliché por la cual cualquier adolescente, si no es advertide, caería a sus pies. Vive por y para luchar. ¿Su pasatiempo preferido? «Bolsearse» a desconocidas para luego denigrarlas por meterse con «alguien que no tiene intenciones de llamarlas». Y, además, perseguir como psicópata a la protagonista, la «única mujer que ama y amará», para que se quede junto a él.

Su comportamiento es uno de los más tóxicos que encontramos en las novelas juveniles de la década de 2010, ya que no solo presenta al personaje que realiza todo por amor, sino que romantiza de una manera extrema la violencia física y psicológica. Si él no puede conseguir que la chica que «ama» esté con él, lo intentará mediante trucos como el comprarle regalos o comportarse de forma tierna para manipular la situación a su favor. Además, si las cosas no salen como él quiere, su respuesta será romper todo lo que haya a su paso o golpear a quienes se encuentren a su alrededor.

Este es, sin lugar a dudas, un personaje bastante peligroso de adaptar hoy en día. No solo porque la historia no es apta para menores, sino que también porque puede darle una idea equivocada a les jóvenes de hoy en día.

  • Hardin Scott (Saga After)

After es una saga de nueve libros escritos por Anna Todd, una escritora estadounidense que surgió de la red social para personas escritoras Wattpad. Esta saga, en principio, se trató de un fanfic de One Direction. El fanfic es un género literario en el que se toma como base a personajes y universos de otres autores o a personas de la vida real (por ejemplo, celebridades) y se crean ficciones en torno a esos elementos. El personaje de Hardin está basado en Harry Styles, el ex vocalista de One Direction, aunque la historia no tiene nada que ver con la banda inglesa.

Hardin Scott (Saga After)

La saga de libros, que se publicó en 2014, tuvo tanta popularidad que en 2019 se llevó al cine bajo el título After, aquí comienza todo, protagonizada por Hero Fiennes Tiffin y Josephine Langford.

Tanto la novela como el filme son criticables desde muchos puntos de vista e incluyen la romantización de una de las peores relaciones tóxicas de la cultura popular después de la que Christian Grey sostiene con Anna. El personaje de Hardin Scott es el típico bad boy sufrido, que tuvo una infancia traumática y justifica su violencia y su alcoholismo en esto. Por otro lado, tenemos a Tessa Young, una «nena bien»: buena hija, buena estudiante y profesional responsable. Por casualidad, conoce a Hardin en una fiesta y la química es innegable. El clásico boy meets girl.

El problema comienza cuando Hardin despliega toda su toxicidad sobre ella: la manipula, le grita, la maltrata, la acosa, depende de ella para su estabilidad mental y emocional, la cela, la persigue. Todas las red flags juntas, pero ella es tan buena y lo ama tanto que lo perdona y lo sigue eligiendo a pesar de todo.

¿Por qué se siguen representando estas pésimas relaciones en el cine? ¿Por qué se siguen mostrando estos amores imposibles al estilo Romeo y Julieta? Es ficción, claro está, pero en ningún momento ningún personaje se cuestiona que la relación está mal; que Tessa no es su psicóloga ni su saco de boxeo. Si Harden necesita terapia, que vaya; una pareja no es la solución a los problemas y es mucha carga emocional tener que ser quien los repare.

  • Noah Flynn (Saga El stand de los besos)
Noah Flynn (Saga El stand de los besos)

Cerramos con el típico estereotipo de chico popular jock, violento y abusivo. Noah Flynn es un personaje detestable y de lo más tóxico, de esos que, mejor, mantener bien lejos, pero la tierna y dulce Elle Evans no puede evitar caer en sus encantos. Su sonrisa, su lunar estratégicamente colocado entre sus abdominales y todo eso, sí, pero las red flags abundan.

Desde el inicio, la relación no comienza bien. Ella es menor que él y él siempre la había considerado como su hermanita pequeña, ya que es compañera de su hermano, hasta que las cosas cambian. Se trata de un hombre que, supuestamente, demuestra afecto a los golpes, como cuando se pelea con cualquiera que mire a Elle más de 30 segundos, cuando cela a su propio hermano porque pasa más tiempo con ella que él mismo, cuando la obliga a que elija entre ellos o cuando la manipula para que vaya a la misma universidad. Es un personaje detestable por donde se lo mire y no tiene crecimiento ni maduración a través de la trilogía: se mantiene como el mismo golpeador, violento, abusivo, celoso y posesivo de siempre. Elle tiene algunos instantes de lucidez donde decide que la relación ya no va más, que podría salir con otras personas que sí la quieren y la respetan, pero siempre vuelve a Noah y su toxicidad, porque no puede vivir sin su bad boy.


Luego de este recorrido por varios personajes tóxicos y la pésima representación de relaciones sexoafectivas en producciones audiovisuales, queremos brindar una luz de esperanza: no todos los personajes son tóxicos. Durante la década de 2010 y en esta de 2020, empezaron a aparecer producciones que muestran buenas relaciones sexoafectivas. Para nombrar algunas, podemos hablar de Moxie, Sex Education, BookSmart y Ladybird, películas y series que intentan mostrar relaciones un poco más reales y personajes no tan acartonados, mucho más humanos. Esperamos que cada vez haya más representación de este tipo de personajes y menos estereotipos. Confiamos en que es posible.


¿Sabías que Frankenstein fue escrito por una mujer?

Artículo colaboración escrito por Paula Abran


En el año 1816, Mary Wollstonecraft Godwin, más conocida como Mary Shelley, tenía 18 años de edad cuando escribió la obra que la llevó al reconocimiento como escritora: Frankenstein.

Shelley nació el 30 de agosto de 1797 en Londres, hija de Mary Wollstonecraf, filósofa feminista que escribió la Vindicación de los derechos de la mujer (1792), y del escritor y filósofo William Godwin, quien tenía ideas muy liberales para la época y fue precursor del pensamiento anarquista. En cuanto a su madre, nunca pudo conocerla ya que falleció un tiempo después del parto. Por lo tanto, su padre se encargó de procurarle la mejor educación.

«No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino que tengan poder sobre sí mismas».

– Mary Shelley.

Amor libre

Luego del fallecimiento de su esposa, William Godwin, quien se declaraba en contra del matrimonio y lo clasificaba como «represivo», se casó con Mary Jane Claremont, quien había enviudado y tenía una hija llamada Claire. A pesar de tener una relación conflictiva con su madrastra, Mary se llevaba muy bien con Claire.

Les Godwin habían creado una editorial que fracasó y les obligó a pedir préstamos para poder mantenerla. En 1814, el poeta Percy B. Shelley -gran admirador de William- llegó a encargarse de las deudas que tenía y así conoció a su hija. Les dos se enamoraron pero la situación de Percy era complicada, ya que hasta el momento estaba casado y su esposa estaba embarazada. Esto causó un gran dolor para Mary, quien lo supo tiempo después.

Al enterarse de que William no aceptaba esta relación, Mary decidió fugarse a París junto a Percy y Claire. Durante el tiempo que vivieron juntes, Claire tuvo un amorío con Percy, mientras que Mary mantuvo una breve relación con Thomas Jefferson Hogg, amigo de su esposo. Elles se declaraban a favor de la libertad dentro de su relación y se permitían estar con otres, pero con el paso del tiempo Mary se aferró más a la idea de monogamia. 

Frankenstein o el moderno Prometeo

Mary vivió trágicas experiencias con respecto al rol de ser madre: perdió cuatro hijes y sobrevivió une. Tras haber sufrido por primera vez la muerte de une hije en 1816, su esposo le sugirió que fueran a pasar unos días a la mansión del poeta Lord Byron en Ginebra, Suiza. Allí comenzó a escribir Frankenstein literalmente como un juego, ya que en las noches de tormenta el grupo se juntaba a leer y componer entre todes historias de fantasmas.

La inspiración de Mary surgió desde su propia experiencia de vida: la ciencia y la muerte eran temas con los que sentía cercanía, la inspiraron a escribir y, aunque no fue el único libro que publicó, esta fue la obra que, hasta el día de hoy, hace que resuene su nombre. En 1818, se publicó por primera vez en una edición con firma anónima y con el prólogo de su esposo, lo que generó en les lectores la idea de que la obra era autoría de él. Ya en su segunda edición, lo firmó Mary.

«Me dediqué a pensar en una historia, una historia que rivalizara con las que nos habían entusiasmado con esta tarea. Una que hablara sobre los miedos misteriosos de nuestra naturaleza y despertara un horror emocionante, una que hiciera que el lector temiera mirar a su alrededor, que helara la sangre y acelerara los latidos del corazón», expresó Mary Shelley en relación a su obra.

El 8 de julio de 1822, Percy se ahogó en Italia mientras navegaba en su velero. Años después, luego de la muerte de Mary en febrero de 1851, encontraron en su escritorio restos del corazón de Percy envueltos en un papel de seda.

Pasaron más de 200 años de la primera publicación de su libro, pero la autora permanece aún como una de las grandes precursoras de lo que conocemos hoy como novela gótica.


Fuentes:


Las dos jaulas

Ficción colaboración escrita por Micaela Abdala


El Sr. y la Sra. Picklets habían estado casados por casi veintisiete años. Él era corredor de bolsa y ella una simple ama de casa.

Henry Picklets consideraba a los de su especie jefes de familia, los únicos capaces de traer dinero a la casa, dinero bien ganado con la fuerza de su trabajo. En su vida y en sus pensamientos, su mujer era solo una acompañante de sus logros. Las opiniones de ella no interesaban y, a pesar de eso, la relación entre ellos se mantenía estable, siempre y cuando al llegar a casa la cena estuviera lista. Nada de lo que ella hacía era suficiente para recibir un reconocimiento por parte de él. Los unía la costumbre, la visión que tenían del mundo, la idea de sentir que ambos pertenecían a alguien.

A Amanda Picklets esto no le afectaba. Sabía cómo era desde el momento en que lo conoció porque se había criado de la misma forma que él. No le importaba que sus opiniones no fueran tenidas en cuenta, tampoco estar en la casa encerrada las veinticuatro horas del día. No consideraba un problema el no tener amigos y tampoco que su marido le prohibiera algunas actividades. Se encontraba cómoda con su vida. Para ella, las restricciones que le imponía Henry no eran más que una muestra de cariño y cuidado.

Su rutina giraba en torno a las preocupaciones que le demandaba el mantenimiento de su hogar. No tenía hijos de los que ocuparse, mascotas a las que comprarles alimento, ni un trabajo que odiar. Toda su vida se reducía a lo que sucedía entre las paredes que la separaban del mundo exterior y que le recordaban día a día lo felices que eran sus vecinos. Siempre que podía, se hacía un tiempo para espiarlos desde su balcón mientras desayunaba. En ellos veía reflejado sus primeros años de noviazgo. 

Decía que amaba la soledad, el silencio, el poder disfrutar de un tiempo de tranquilidad, pero quizás no recordaba lo que era sentirse acompañada. A veces se encontraba a sí misma rememorando con anhelo las salidas con sus viejas amigas en Milán, quienes comenzaron a formar parte del pasado cuando Henry se convirtió en su presente y su futuro. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que había compartido un trago en un bar. Ya no recordaba lo que era llegar borracha a casa, ni reír hasta que las mejillas comenzaran a dolerle. 

De forma inesperada y casi sin permiso, llegó el día en que dejó de contar sonrisas y se convirtió en coleccionista de miradas inexpresivas. Una parte de su alma se concibió encarcelada y, como un acto de revelación, se separó de su cuerpo y emprendió un viaje del que no regresó. Un viaje que le estaba costando su ser.

De lo que Amanda estaba segura era de que amaba leer: le gustaba ser parte de millones de historias en las que ella era la protagonista. Probablemente eso era lo que la mantenía con vida. Había leído cientos de libros -incluso algunos más de una vez-, pero ninguno de ellos era sobre historias de amor, porque al Sr. Picklets le parecían tonterías y, al fin y al cabo, él era quien le compraba los libros. 

«Una mujer tan linda y con gustos tan ordinarios», le dijo Henry aquella tarde de otoño cuando le quitó sin permiso el ejemplar de Anna Karenina que ella tenía en sus manos. «Cuando me conozcas, esto no te va a hacer falta», agregó, acercándose a un tacho de basura y soltando aquel libro. «El amor no se lee, se siente y yo lo percibí en el mismo instante en que crucé la calle y te vi», terminó diciendo. Sus palabras, la seguridad en cada una de ellas, fueron lo que hizo que cayera rendida a sus pies. Lo que él no supo es que, cuando le dejó su número y se fue, ella revolvió la basura hasta encontrarlo. Todavía lo tenía guardado, envuelto entre la ropa en la que él nunca buscaría. 

Una mañana en soledad, no tan diferente al resto de las mañanas, mientras regaba las plantas de su inmenso jardín, descubrió entre los árboles una pequeña puerta de metal incrustada sobre el suelo. De la innumerable cantidad de veces que había pasado por allí, esta era la primera vez que la veía. Observó hacia todos lados como si la respuesta ante tal acontecimiento se encontrara a su alrededor. Temerosa, pero guiada por la curiosidad, la abrió y encontró una escalera que conducía hacia un largo pasillo. La puerta se cerró a sus espaldas cuando bajó el primer escalón y su corazón latió muy fuerte. Paso a paso recorrió el extenso camino en la oscuridad. El olor a humedad impactó directo en sus sentidos y el suelo áspero bajo sus pies le indicó el camino. Al final se encontró con la entrada de un pequeño cuarto.

Empujó y, en cuanto esta se abrió, sus ojos salieron de sus órbitas con lo que allí vio. Por un instante se sintió como Alicia en el País de las Maravillas. Era una sala repleta de libros: estaban por todas partes y divididos en secciones. Nunca había visto tantos en un solo lugar y, como un acto reflejo, corrió hacia los libros de romance que tanto anhelaba. Creyó sentir el momento en que su alma retornaba y se unía a su otra mitad. Recostándose sobre un pequeño sillón pasó la tarde inmersa en nuevas historias. El tiempo corrió lo suficientemente rápido para darse cuenta de que pronto Henry llegaría a casa y despidiéndose de aquel mágico lugar partió a preparar la cena.

Las sonrisas habían vuelto a su puerto, pensó, mientras revolvía la sopa de calamares.

Cuando su marido llegó, le contó lo sucedido y con emoción lo acompañó fuera para enseñarle aquel cuarto soñado, pero se llevó una gran decepción al notar que al levantar la tapa, todo había desaparecido, dejando en su lugar un montón de elementos de jardinería.

—Si no te dejo trabajar es para que te ocupes de la casa —le dijo su marido de mala manera—. Estás por volverte loca —agregó y se marchó, dejándola sola y confundida.  

Aquella noche Amanda no durmió y lloró en silencio al lado de quien decía ser la persona que más la amaba. Las palabras de León Tolstói resonaban como consuelo en su cabeza: «Cada familia infeliz lo es a su manera». 

Al día siguiente esperó ansiosa la partida de su esposo y, en cuanto este puso un pie fuera de la casa, se dirigió al jardín. Miró al cielo, contuvo la respiración, cerró los ojos, se persignó y empujó aquella puerta. La sonrisa se abrió camino nuevamente en su rostro. 

—¡Sabía, sabía que no estaba loca! —gritó mientras saltaba. 

Encontró las escaleras a esa pequeña habitación y emocionada corrió por aquel pasillo como una niña a repetir lo que había hecho el día anterior.

Así, en compañía de su pequeño secreto, pasaron varias semanas en su vida. Era tal el afán que tenía por las miles de historias que leía que comenzó a devorarse libros enteros día a día. Solo había un problema: ninguna de las historias que allí se describían era similares a la suya. No había malos tratos, ni golpes, ni insultos. Poco a poco comenzó a replantearse otra forma de amor. Llegó a sentirse miserable al darse cuenta de que, en realidad, aquello que creía verdadero sobre amar no era ni la mitad de bueno de lo que vivían los personajes de esos relatos. Amanda deseaba tener un amor como los que allí se describían. 

Sabía que su camino para conseguirlo no estaba allanado; estaba casada, apenas salía de casa y solo conocía a unas pocas personas de la ciudad, no tenía familiares ni nadie a quien acudir pero sentía que debía darse la oportunidad y buscar a alguien que la hiciera sentir como la antigua joven de veinte años. Alguien que la hiciera coleccionar risas. Tenía miedo y sabía que no podía huir porque no tenía a dónde ir, todo lo que hacía o conocía de su vida estaba manejado por su marido.

En su mente afloró la idea de mudarse a aquella pequeña habitación, él nunca la buscaría allí. Cada día que partía al trabajo, llevaba parte de sus cosas y las instalaba, hasta que por fin logró crear su propio espacio. 

Ni siquiera tuvo que dar explicaciones de por qué muchas de las cosas del hogar habían comenzado a faltar y pensó que, quizás, ella sería para él una de esas.

«El amor sí se lee», escribió en aquella nota que le dejó sobre la mesa. 

Regó las flores del jardín por última vez, se despidió de la casa y se prometió a sí misma que cuando estuviese lista volvería a salir al mundo. 

Mientras tanto, allí, con todas las historias que aún no había podido leer, aprendería del amor todo aquello que le había sido negado durante los últimos veintisiete años. 


Foto de portada: Gabriel Abdala.


#Reseña Dicen que tuve un bebé

Hagamos un ejercicio: volvamos por un instante a la madrugada de ese 9 de agosto de 2018. Intentemos llevar la memoria hacia la frustración, la ira y el llanto que nos provocó escuchar que el proyecto de ley de interrupción legal del embarazo había sido rechazado por la Cámara de Senadores. Si cerramos los ojos, quizás hasta podamos visualizarnos a nosotres mismes: qué estábamos haciendo, con quién estábamos hablando, qué reacción nos generó saber que, una vez más, nos estaban negando un derecho.

Recordemos la hipocresía en los argumentos comunes de quienes proclamaban defender la vida. Repitamos en nuestras cabezas todas las veces que escuchamos decir que ninguna mujer iba presa por un aborto y pensemos en las personas que habrán apagado la tele pensando que, tal vez, tenían razón.

Dicen que tuve un bebé intenta saldar la deuda que el sistema judicial tiene con la legislación sobre los cuerpos con capacidad de gestar. La única herramienta que tiene es la información y la exhaustiva investigación sobre los hechos para responder a todas esas veces que se negó la existencia de mujeres presas por la interrupción de un embarazo.

Además del famoso caso Belén, quien sufrió un aborto espontáneo y pasó tres años en la cárcel luego de ser acusada por homicidio, hubo otras denuncias en las que se actuó tendenciosamente y se condenó cayendo en la mirada reduccionista que afirma que la mujer debe responder, ante todo, a su función reproductiva. 

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El libro expone siete casos en los que distintas mujeres de diferentes partes del país fueron juzgadas por la justicia patriarcal que las consideró, antes que humanas, madres. «Madres que mataron intencionalmente a sus bebés», haciendo la vista gorda a cuestiones como el contexto, la educación y el mismo testimonio de las víctimas. Como si pudiéramos pensarnos por fuera de ese prisma.

Con una narración más apegada a la crónica, Dicen que tuve un bebé nos sumerge en los casos de Yamila, Paloma, Gimena, Eliana, Inés, Rosalía y Patricia. Aunque cada historia es muy particular, todas tienen en común haber parido en situaciones de extrema vulnerabilidad: la mayoría de ellas no sabía siquiera que estaba gestando y no habían podido tener control médico en ninguna instancia del embarazo. 

Yamila parió sola en su casa y su bebé falleció por accidente. Paloma fue violada y dio a luz un bebé que no lloraba y aparentaba haber nacido muerto. Algo parecido le pasó a Gimena. A Eliana también la violaron a los 17 años de edad y quedó embarazada sin contárselo a nadie. Inés tenía 19 años cuando rompió bolsa en su casa, tras haberse enterado de que estaba embarazada tarde por ciclos menstruales irregulares. Hizo lo que pudo y, como la bebé no se movía, la creyó muerta.

Rosalía no pudo realizarse ningún control médico porque las condiciones de precarización de su trabajo no le permitían tomarse ni un solo día. Al parir, se desangró y, cuando recuperó la consciencia, vio a la bebé muerta. Patricia falleció estando presa por haber tenido un aborto espontáneo de un feto de cinco meses de gestación en su casilla.

«El cuerpo de Paloma, por ser una mujer pobre, no fue parte del cuerpo principal. Paloma declaró que la bebé estaba muerta, pero nadie la escuchó. Declaró que había sido violada, pero los tribunales se enfocaron en otra parte de la historia».

Dicen que tuve un bebé, ed. Siglo XXI.

Aunque el libro se lee con fluidez, sus páginas son un golpe al ánimo. La bronca se acumula en nuestro sistema y resulta difícil de creer que algunos de estos casos hayan tenido tan poca repercusión por fuera de los ámbitos feministas. La justicia no se puso del lado de las víctimas, sino que eligió construirlas como seres incapaces de vivir en sociedad por su «mala manera de maternar».

¿Y si se hace lo que se puede cuando los recursos escasean? ¿Y si pensamos que las situaciones de emergencia, la falta de educación sexual y la imposibilidad de acceder a un centro médico influyen a la hora de actuar? ¿Y si insistimos con una reforma en la justicia para que un cuerpo con capacidad de gestar sea, ante todo, concebido como un cuerpo humano? 

La lectura de Dicen que tuve un bebé entristece, enfurece y termina de quitarle el velo que recubre a un sistema que se escuda con carátulas erróneas, jueces tendenciosos y fiscales moralistas. Es una excelente lectura para quien quiera enojarse, tal vez entendiendo que la ira es una fase inevitable en el despertar feminista.

Sobre las autoras y la editorial

El libro es un trabajo en conjunto de las abogadas María Lina Carrera, Natalia Saralegui Ferrante y Gloria Orrego-Hoyos. En el prólogo se detalla que el deseo de reconstruir estos casos surgió luego de que Saralegui supiera sobre la condena de Patricia, a quien consiguió entrevistar en prisión. Su posterior fallecimiento la impulsó a continuar investigando casos similares junto a Carrera y Orrego-Hoyos, cuyo resultado es este estudio.

Por otro lado, Siglo XXI es un proyecto editorial que busca difundir el pensamiento crítico y la circulación de ideas del campo de las Ciencias Sociales, Humanidades y la divulgación científica. Sus obras abordan autores clásiques, como Barthes, Luxemburgo y Marx, autoras y autores con trayectorias consolidadas y también «a quienes están dando forma a su primer libro y expresan tonos, estilos y temas de una nueva generación».


Aurora Venturini: la mujer de papel que no se rompe

Aurora Venturini (1922-2015) se parece tanto a un personaje que nos llena de dudas, de risas, de asombro. Venturini aparece y hace recordar también esa forma tan Enrique Zymns. Con otro estilo pero siembra la duda, nos quita toda certeza posible sobre qué es verdad y qué no de todo lo que cuenta.

En las entrevistas, a pesar de ser Aurora una mujer predispuesta, fue también una presa difícil de atrapar en su decir. A lo largo de varios reportajes, hechos en distintas épocas, ella se desdice de algunas cosas; incluso quienes la conocieron y fueron de su círculo más íntimo niegan ciertas afirmaciones que Aurora hizo y mantuvo en el tiempo, por ejemplo, la de que tuvo un hermano que murió.

Aurora

Escritora, docente y traductora, nació en la ciudad de La Plata el 20 de diciembre de 1922 y falleció el 24 de noviembre de 2015. Aurora siempre supo, y lo afirmaba cada vez que podía, que todo lo que tenía —o, mejor dicho, aquello que iba a tener siempre— eran sus letras, su literatura, sus libros. Lo que parece un cliché no lo es. Cuando ella misma describe su infancia, su adolescencia y toda su adultez, la pinta de pies a cabeza. Aurora: el animal extraño, la isleña, la distinta, la viajera, la coleccionista de muñecas, la eterna concursante.

En el año 2007 Aurora pegó ese salto a la fama que muches esperan. No porque antes de esa fecha no hubiese hecho nada trascendental. Venturini escribió tantos libros como pudo: casi 40. Pero fue en 2007 que ganó el premio Nueva novela/Página 12 por su novela Las Primas. Cuando el jurado abrió el sobre para ver los datos de la participante que se había presentado bajo el seudónimo de Beatriz Portrinari (creían que era una joven incipiente en la literatura), se encontraron con que la ganadora tenía 85 años y era nada más y nada menos que Venturini. En 2010, la edición española de Las Primas fue votada como el mejor libro editado en español en 2009 y recibió el segundo premio Otras Voces, Otros Ámbitos.

Trabajó junto a Eva Perón: fueron amigas y grandes compañeras. Recorrió escuelas, ganó cátedras en las que trabajó sin parar, viajó y vivió en Paris; fue amiga de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y Borges, entre otres destacades intelectuales. Ella decía que eso era lo mejor de su vida: viajar, conocer gente, nutrirse, participar de mesas redondas donde podía ser ella misma y dar su opinión.

Aurora era peronista, una peronista nacida en una familia radical. Y fue eso lo que terminó de confirmarle su filiación política. En 1956 viajó a Paris gracias a su trabajo junto a Eva y además porque el exilio era necesario para sobrevivir a la dictadura. Allí estudió en La Soborna la carrera de Psicología y vivió en la mítica ciudad francesa en sus años dorados. El gobierno francés la distinguió con el premio Cruz de Hierro por sus traducciones de Villon y Rimbaud. Recién volvió a Argentina 25 años después, a su departamento de calle 37 en la ciudad platense.

Las palabras en el tiempo

Venturini, esa mujer delgada, que se rompió los huesos una y otra vez, nunca se rompió la cabeza en complicadas abstracciones. Empezó a escribir a los cuatro años, dicho por ella. Muchas veces declaró que había cosas de las que prefería no hablar, que había fantasmas a los que mejor dejar en paz. Algunes indignades, como su hermana María Ofelia de Castro, le endilgaban que mentía, que mentía en muchas cosas. Pero ¿y si le servía para narrar? ¿Es reprochable ante tanta letra volcada sobre el papel? Lógico, no somos su familia.

Venturini es aventura, casera, callejera, intimista, rupturista. Aurora fue novelista, cuentista, poetisa, ensayista. Un trabajo sin descanso. Hasta los últimos días de su vida estuvo escribiendo. En dichos años tenía quien le escribiera en computadora todo lo que ella pensaba. Nunca se llevó bien con los aparatos, escribía de ocho a diez horas por día, a mano. Constante en su pasión o, tal vez, su destino.

Para cerrar, unas palabras suyas en una entrevista a la revista Gatopardo realizada por Leila Guerriero. Fue alumna de la escuela Miss Mary O’ Graham, un colegio privado donde cursó primario y secundario y, aunque tenía diez en todas las materias, su clasificación en conducta era regular:

«No me portaba mal, pero era rebelde. En la clase de religión dije que me parecía mal que Adán se hubiera casado con Eva, porque si era de una costilla de él, entonces era la hija. Fue un escándalo. Las maestras nos pegaban. Y en casa nos decían: “Si la señorita les pega, no importa, ustedes aguanten porque la señorita nació en Lyon”. Nos tenían frenados a nosotros. De qué manera».

Aurora Venturini.

Recomendaciones:

Betariz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini. Dirigido por Agustina Massa y Fernando Krapp. Disponible en Cine.ar.


Fuentes:


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