¿Para cuándo la mejora en las licencias familiares?

Artículo escrito en colaboración por Lorena Fernández Bravo y Juana Lo Duca

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#Reseña Mamá desobediente: una mirada feminista de la maternidad

Mamá desobediente es un libro para aquellas personas que son madres, que no lo son, que buscan serlo y que no quieren. En poco más de 300 páginas, Esther Vivas apunta a contribuir al debate sobre la maternidad desde una perspectiva feminista, con foco en la emancipación y en el respeto. La autora escribe desde su propia experiencia como madre y en el camino alza la voz de distintas mujeres. La obra reúne estas experiencias y se funde en un gran abordaje histórico que repasa los cambios en las percepciones sobre la maternidad.

Contextualizar la obra

Esther Vivas nació en el año 1975. Es periodista, socióloga y autora de libros y publicaciones vinculadas a los movimientos sociales, el consumo responsable y las maternidades. En su abordaje teórico de la maternidad, la autora expone la contradicción de que la sociedad se emocione ante la idea de la infancia y la juventud pero ponga trabas económicas para la crianza, como las dificultades para criar niñes en medio del trabajo y la lógica capitalista. Los espacios para lactancia y las guarderías son reclamos provenientes de las sufragistas y aún hoy están presentes en las discusiones sobre crianza y maternidad. Asimismo, nos habla de la diferencia entre las licencias por ma-paternidades y la rigidez laboral que no concibe a la niñez en la lógica mercantil. Ser madre no es fácil.

En este sentido, la conciliación de la maternidad con el feminismo es el hilo conductor del relato. Al respecto, en una entrevista a Télam, la autora explica:

«Una mamá desobediente es aquella que se rebela contra el ideal de maternidad que nos han impuesto, a caballo entre el ideal patriarcal de madre abnegada y su versión moderna neoliberal, siempre disponible para el mercado de trabajo. Se trata de una madre que reivindica su derecho a decidir sobre el embarazo, el parto, la lactancia y la crianza, al mismo tiempo que defiende la necesidad de transformar la sociedad para que esto sea posible. Una mujer que se reconcilia con su cuerpo y reconoce su capacidad para gestar, parir y dar de mamar».

El libro está dividido en tres partes principales: primero, Maternidad en disputa; luego, Mi parto es mío; por último, La teta es la leche. En cada capítulo, Vivas combina las experiencias en primera persona con una investigación teórica al respecto. «Necesitamos un feminismo que incorpore la maternidad a su agenda. La maternidad entendida como el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro cuerpo, derecho al aborto, derecho a quedar embarazadas cuando deseamos, derecho a decidir sobre nuestro embarazo, parto y lactancia, derecho a poder criar y a tener vida propia más allá de la crianza», postula en su prólogo para la edición argentina y este es, a grandes rasgos, el gran reclamo de Mamá desobediente.

La politización de la maternidad, la medicalización y la intervención de las industrias lácteas en la lactancia son algunos de los temas que la autora pone en jaque a lo largo de sus páginas. Vivas hace hincapié en la violencia obstétrica: las cesáreas e inducciones a parto que podrían evitarse, el negocio de la medicina, el alquiler de vientres (con un gran paralelismo a El cuento de la criada) y también en aquelles profesionales que no cuentan con una preparación con perspectiva de género.

Mención especial a los capítulos:

  • De Eva a la virgen María
  • La maternidad en la Edad Media
  • Caza de Brujas
  • Sufragistas y socialistas

Este libro permite comprender que los cuidados y la crianza son una responsabilidad cívica, no un asunto de mujeres (aunque, en la historia, ellas siempre estuvieron relegadas a ese rol, al instinto materno).

Esperamos ansioses una continuación que aborde la crianza a lo largo de los años e incorpore una mirada con perspectiva de diversidad al relato, que en esta primera entrega está abocado a las mujeres cisgénero. Mamá desobediente debería ser leído por cualquier persona que quiera comprender la maternidad y sus complejidades contadas por una de sus protagonistas.

La maternidad será deseada o no será.


#Reseña «Crímenes de familia»: un ángulo improbable de una causa noble

Crímenes de familia se estrenó el jueves 20 de agosto: la semana pasada estuvo entre las 10 películas más populares de Netflix en todo el mundo y fue centro de varias conversaciones y polémicas insólitas.

En el núcleo de la película está una «familia bien» de Recoleta, conformada por Alicia (Cecilia Roth), Ignacio (Miguel Ángel Solá) y su hijo Daniel (Benjamín Amadeo). Típica familia de clase media-alta, el matrimonio convive con una empleada doméstica «con cama dentro», Gladys (Yanina Àvila), y su hijo pequeño Santi (interpretado por el hijo real de la actriz).

La película narra dos procesos judiciales y la familia que los atraviesa: uno, por violación e intento de homicidio, que enfrenta Daniel contra su exmujer y madre de su hijo pequeño, Martín. Otro, el misterioso crimen del que es acusada Gladys. Del último crimen somos parcialmente testigos: recibimos poco a poco las imágenes oscuras de un baño al fondo de un pasillo que, al acercarse, nos deja entrever restos de sangre. Del primero, lo único que vemos son los testigos de los personajes en la corte, que funcionan como un juicio modelo sobre abuso y violación.

Fuente: Netflix.

SPOILERS alert!

La película muestra con gran eficacia las diferencias entre la figura de Daniel y la de Gladys, no como individuos dentro del sistema judicial, sino como símbolos de un trasfondo social. Daniel, hombre blanco de clase acomodada, es ayudado por sus padres para conseguir un abogado privado, e incluso tiene acceso a métodos extraoficiales (y no por eso menos frecuentes) por el monto de US$400.000. Sin una prueba, se ve en un plano de clara ventaja ante su exmujer, Marcela (Sofía Gala Castiglione), por quien es acusado de haberla violentado en repetidas ocasiones.

Lejos está el caso de Gladys: una mujer joven misionera que padece un retraso madurativo, es semianalfabeta y depende por completo de su empleadora en cuanto a trabajo y domicilio. Además, fue víctima de pobreza extrema, abuso intrafamiliar y abandono en su infancia. Como personaje, es de pocas palabras (prácticamente silente). Acusada de asesinar a su recién nacido, enfrenta una probable condena por homicidio agravado por vínculo.

La diferencia entre las condiciones sociales de Daniel y Gladys es claramente abismal. Cuando comienza el juicio de ella, lo vemos en el propio plano que lo introduce: Gladys es la primera en sentarse en una corte vacía para ser juzgada y condenada. Daniel será absuelto y Gladys será condenada a casi dos décadas de cárcel.

En el juicio de Gladys, presenciamos la intensa charla entre el fiscal y la psicóloga que la examinó, hábilmente retratada por Paola Barrientos. Este diálogo durante el juicio encarna la discusión constante sobre la maternidad no deseada y la ley y provoca escalofríos en su transversalidad. «¿Por qué mató a su hijo? ¿Por qué no darlo en adopción? ¿Por qué no dejarlo en la puerta de una iglesia?», pregunta el fiscal. La psicóloga responde: «No era una opción para ella».

Fuente: Netflix.

¿Qué opción tenía realmente Gladys, ante su contexto social y su condición psicológica? Incluso ante la tragicidad del caso y sus terribles consecuencias, el fiscal no hace más que buscar una respuesta que no existe. Este diálogo exhibe la hipocresía del sistema judicial a través de un caso extremo, que no por eso deja de ser extrapolable a tantos otros. De ninguna manera se justifica el asesinato como una situación o solución benigna, sino que el elefante en la sala grita: «¿Qué esperabas ante la ausencia del Estado?».

Alicia se hace cargo de Santi, el hijo de Gladys, a quien crió toda la vida como un hijo. Cuando lo lleva a visitar a su madre en la cárcel, Gladys le pide que se quede con él para «darle lo que le debe», se lo ofrece como hijo y admite que el bebé asesinado era fruto de una violación de parte de su hijo, Daniel.

Una heroína improbable, Alicia decide ofrecerle la evidencia (aquella que le costó su matrimonio y US$400.000) del crimen de Daniel contra su exmujer, Marcela. Intenta averiguar si el juicio de Gladys puede ser apelado para bajar la condena y con su nuevo testimonio, colabora a favor de Gladys. Daniel termina en la cárcel, Alicia se acomoda con Santi en un monoambiente y su marido prácticamente desaparece. La película termina con Alicia y Marcela en una fiesta de cumpleaños, donde Santi y Martín juegan con su abuela.

FANTASÍA Y REALIDAD

Dentro de los estándares de la realidad, es una película idealista. No habría manera de remontar la situación si no fuera por el personaje ideal de Alicia: el final nos da algo de esperanza, un respiro de oxígeno entre tanto barro. Sin embargo, hay que rever la verosimilitud que se maneja en el personaje que salva la película, más que nada para practicar el ejercicio saludable de separar ficción y realidad en nuestros consumos diarios.

Nuestra heroína es, efectivamente, improbable. La figura de la mujer en la clase alta, en su mayor parte, es decorativa y maternal. Generaciones de mujeres han sido criadas y educadas para ese fin diplomático infaltable en una «casa bien». En pocas familias tienen un trabajo que las haga independientes en lo económico y menos aún tienen la decisión sobre las propiedades familiares. Si bien Ignacio podría considerarse permisivo, no se puede dejar de lado que, al ausentarse como lo hizo, estaría dejando atrás un departamento de al menos US$500.000 en Recoleta.

Aún si tuvieran un patrimonio que no se preocupa por esos montos, sigue siendo una mujer de clase alta que decide perder sus privilegios sin chistar y luego enfrenta la hipocresía de su círculo para ser honesta con los actos de su hijo y llevarlo a la Justicia. Algo que, si se considera la codicia por estatus de muchas familias adineradas, es poco probable. No es que Alicia no exista, sino que Alicia es el uno en un millón. Esto justifica aun más que sea una película, porque es extraordinaria, pero acordémonos de que lo es: tomemos esta bella historia como un ángulo más de la resistencia contra la desigualdad, cuya cara no es solo blanca y rica y cuya universalidad merece el mismo tipo de representación.

No olvidemos que la desigualdad trasciende la pantalla. Hace menos de una semana, Red Magazine Central reveló en una entrevista con Yanina Ávila (la actriz que intepreta a Gladys) que ella aún no había recibido sus honorarios. Cabe mencionar que Yanina trabaja en el área de limpieza y lucha por sobrevivir en su vida diaria. Además, al no tener cable ni Internet, no había visto la película siquiera. Un día después y luego de una gran polémica, recibió sus honorarios (que algunos dicen son demasiado bajos para un papel coprotagónico, sumado a la actuación de su hijo). Efectivamente, la realidad supera la ficción.

Más allá de la ironía de producción ya mencionada, Crímenes de familia describe una historia que no oculta un sistema perverso, sino que lo lleva a flor de piel con la certeza de que no todo está perdido. La política la atraviesa completamente, exhibiendo la vulgaridad sobre a quiénes cuida y a quiénes no y, en vez de negarla, introduce una luz pequeña esperanzadora. Intenta contagiarnos su búsqueda por la justicia y la verdad desde el lugar menos pensado. Bravo, porque lo logra.


Fuentes:


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Si yo fuera Maradona

Artículo escrito en colaboración por Micaela Minelli y Emilia De Marziani


¿Cuántes tienen tatuada la firma del Diego, su cara o aquel gol inolvidable a los ingleses? ¿Cuántos niños sueñan con ser como él? ¿Cuántas camisetas con su apellido se regalan cada Navidad o cumpleaños? Diego Armando Maradona es evidentemente un «modelo a seguir» para muches; es un ídolo, un referente. Si yo fuera Maradona, viviría como él, dice la famosa canción de Manu Chao, pero ¿realmente es así? Sigue leyendo Si yo fuera Maradona

¿La mala madre? Maternidades sostenibles

Resulta histórico para mujeres y disidencias gestantes el cuestionamiento sobre maternar o no maternar. En un momento de quiebre, donde también se hizo escuchar el reclamo feminista por la legalización del aborto, aparecen les denfensores de la maternidad para quienes no importa si es deseada o no, si se pudo planificar, si se sabe en qué contexto nacerá y crecerá ese niñe, teniendo en cuenta los cuidados efectivos, económicos y de salud que tode recién nacide necesita para desarrollarse.

La politóloga y comunicadora María Florencia Freijo dedica sus días a comunicar y poner en juego no sólo teoría social, política y feminista sino también sus propias herramientas, ofreciendo sus redes para poner en debate lo que sucede en lo cotidiano. Hace pocos días, planteó mediante redes sociales:

«Para mí, nada es más urgente, nada muestra más el país en el que vivimos, que los bebés tengan que estar a los 45 días en un jardín, o que como madre tengas que decidir cuidarlos sin sueldo. Es de las representaciones más fuertes del odio por mujeres y niñes».

Es la realidad a la que se enfrentan las personas gestantes de manera permanente, ya que es sobre ellas (en la mayoría de los casos) sobre quienes recae dicha responsabilidad. En general, los padres no resignan sus carreras ni se enfrentan a la encrucijada de tener que optar por una u otra cosa. Al mismo tiempo, sus planes de vida pueden continuar sin mayores cambios respecto de cuando la paternidad no estaba en su vida. ¿Por qué? Porque no hay leyes que amparen y otorguen de manera explícita los mismos derechos y obligaciones sobre ambas partes: la madre y el padre.

Por ejemplo, las licencias de paternidad en nuestro país y la región son de tan solo dos días de corrido, mientras que la licencia por maternidad puede extenderse hasta 90 días (en el mejor de los casos, con un empleo en blanco y un puesto que puede esperar a que la mujer vuelva). Esto significa que los hombres pueden hacerse cargo de las tareas de cuidado de les niñes durante tan solo dos días. En el Congreso, duermen 61 proyectos que buscan extender las licencias y, sin embargo, ninguno llegó a ser ley hasta ahora.


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La ley vigente sobre licencias de maternidad y paternidad es la ley 20.744 de Contratos de Trabajo, que data de 1974. Se ha quedado estancada en el pasado, no sólo por la cantidad de años que tiene, sino porque el tiempo de trabajo (o el tiempo que se considera productivo) es diferente y se ha modificado a partir de diferentes factores como la flexibilización laboral, la cantidad de horas laborables y no laborables, la brecha salarial histórica entre hombres y mujeres y la globalización.

Esta última ha influido no solo sentidos y consensos de la vida diaria sino que, además, ha cambiado los tiempos de productividad y de ocio (si es que que realmente existe este tiempo, en la actualidad). Para cerrar un combo que quita en lugar de otorgar, la caída del nivel económico y el aumento de los índices de pobreza en nuestro país y en Latinoamérica hacen de este planteo una situación preocupante y cotidiana.

Quienes deseen maternar deberán elegir entre quedarse a cuidar a su hije o dejarle a los pocos meses de vida a cargo de cuidadores o instituciones públicas o privadas. Una tercera opción resulta quedarse con les hijes full time hasta que elles tengan algunos meses, un año o dos de vida, y luego intentar reinsertarse en el mercado laboral. La decisión es compleja y genera angustia en las personas gestantes (incluso previo a decidir si ser xadres o no) y a veces en les niñes mismes, cuando tienen que quedar a cargo de cuidadores que no sean de su núcleo familiar.

A esto se suman, una vez más, lo vinculante, lo afectivo y también lo discursivo a nivel social: esas pequeñas violencias diarias a las que somos sometidas de manera constante. Si se elige no maternar, aparecen los prejuicios del egoísmo, del amor romántico completado a través de la familia tipo, de la maternidad como una virtud exponencial y la no maternidad como reducción del valor personal de la mujer. Si la elección es ser madres, aparece el ojo observador que todo lo ve desde afuera y se pone en juego la vara (y el binomio discursivo) la buena madre vs. la mala madre.

La buena madre será esa madre abnegada que lo de y lo deje todo por su hije, sin importar cómo, ni cuándo, ni con quién, porque si eso fue lo que decidió, eso es lo que tiene que hacer. La mala madre será la madre que (siempre junto a su hije) se corra de lo que socialmente está establecido como correcto, como común denominador. Sin embargo, las madres (todas, sin excepciones) ponen el cuerpo de la forma que pueden, todos los días. Algunas con recursos económicos y afectivos que acompañan y otras sin ningún recurso, poniendo el cuerpo en soledad a horas incontables de trabajo y a más horas diarias a tareas domésticas y de diagramación cotidiana de crianza no conjunta.

No es solo la ley la que desampara: la sociedad es la primera en juzgar. No toda, claro está, porque existen grupos de apoyo, de crianza, lugares que proponen actividades y formas de educación más amenas, pero falta aún que esos ojos observadores y evaluadores de las madres acompañen los procesos, ayudando y no obstaculizando.

Queda mucho por hacer. Leyes nuevas, a la altura de lo que el tiempo histórico demanda; miradas más contemplativas como sociedad; reflexión profunda de nuestros vínculos y la forma de vivirlos y abordarlos; nuevas educaciones para crianzas compartidas en lo efectivo (y afectivo). Sobre todas las cosas: inclusión laboral para mujeres y disidencias gestantes, porque gestar y maternar no son solo decisiones afectivas. Son decisiones que modifican la vida para siempre y es necesario encontrar nuevas y justas maneras de equilibrar la balanza para les niñes y les xadres.


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O madre o nada

Maternar para una mujer implica una carga social, económica y emocional tan naturalizada y romantizada que es difícil visibilizarla tanto en el espacio privado como en el público y se la confunde con características propias del instinto maternal.

La serie canadiense Workin Moms (primera temporada disponible en Netflix), escrita y protagonizada por Catherine Reitman, propone tocar una realidad que se intenta mantener en silencio: la maternidad.

Las cuatro protagonistas son madres de bebés menores de un año que atraviesan distintas situaciones propias de la crianza a las que se suman, también, sus deseos, sus metas y sus desafíos personales. Depresión posparto, la pareja, la crianza de otres hijes, un nuevo embarazo y el aborto son los temas principales que se desarrollan a lo largo de sus capítulos, y que dejan al descubierto lo que implica maternar para una mujer.

Además, se toca la decisión de si volver al trabajo o no, porque se acaba el tiempo de licencia que estipula la ley. Este es un problema que atraviesan la mayoría de las mujeres e incluso sus parejas, ya que los plazos que se determinan en los ambientes laborales resultan irrisorios con respecto a lo que sucede en el seno familiar.

La serie cala hondo en todo lo que una mujer atraviesa cuando se convierte en madre. Logra compenetrar a le espectadore, haciéndole sentir los mismos miedos e incertidumbres que las protagonistas, quienes dudan y se sienten juzgadas por sus parejas, sus familias, la sociedad e incluso ellas mismas en todas las decisiones que toman. Escenas en las que se sacan leche en cualquier lugar (el trabajo, el auto, etc.), porque les dicen que es mejor que la maternizada, deseos de morir por un tiempo, frustraciones en el vínculo con otres hijes y con las parejas, deseos encontrados en el desarrollo de la carrera profesional («No quiero ir a trabajar», «¿Acepto o no el ascenso?», «¿Por qué debo trabajar más tiempo si no quiero en este embarazo?»).

Todas estas sensaciones y pensamientos ofrece Workin Moms, una serie que viene a romper con lo lindo de la maternidad y mostrar, además, la gran brecha que existe entre hombres y mujeres respecto del ámbito laboral en el que las mujeres resultan las más vulnerables en términos económicos, de estabilidad y de vínculos.

Maternar en Argentina

No existe una estadística concreta con respecto a cuántas mujeres son madres en la Argentina. No obstante, según el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, la mitad de las mujeres argentinas en edad fértil son madres (cerca de 12 millones entre los 13 y los 35 años).

La brecha salarial por género es de 27,5%, lo que supone que las mujeres deben trabajar 1 año y 3 meses para ganar lo mismo que los hombres en un año. Según una publicación de Economia Femini(s)ta, en el cuarto trimestre de 2018 el ingreso medio de los varones fue de $21.792 mientras que el de las mujeres fue de $15.241. En lo que refiere a las trabajadoras informales, la diferencia se amplía a un 36% sumado a la precarización laboral.

Teniendo en cuenta que el sistema laboral sólo admite una pareja binaria heterosexual, la licencia por maternidad establece que «la trabajadora tiene derecho a tener licencia por maternidad. La duración de esta licencia por maternidad es de 90 días corridos. Puede tomarse 45 días antes y 45 días después de la fecha probable de parto (según certificado médico), o bien 30 días antes y 60 días después. En tanto, si el parto se adelanta, se tienen que cumplir los 90 días». Por su parte, a los padres solamente se les otorgan tres días corridos desde el día del nacimiento del bebé.

El año pasado, en la provincia de Buenos Aires, hubo un fallo precedente en el que la justicia determinó que la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA) debía otorgarle la licencia por maternidad a una mujer a quien pretendían darle licencia por paternidad por no ser quien gestara. La decisión judicial se basó en que «otorgarle la licencia del “padre” al “personal femenino” era forzar de una manera improcedente la regulación».

El sistema laboral en la Argentina, en términos legales y contextuales, excluye a la mujer madre sin distinguir si materna en pareja o sola. Si se encuentra en edad fértil implica gastos porque, en algún momento, quedará embarazada. Los ascensos son casi nulos porque, según el mercado laboral, ser mujer y ser eficaz no van de la mano. Si tiene más de une hije es un problema porque implica que faltará mucho a trabajar.

O madre o nada.

Ma(pa)ternidades: repensar la equidad de roles y funciones en cuanto a las tareas de cuidado

Desde Escritura Feminista, hablamos con Julieta Saulo, quien se define como “mujer, feminista y madre”. En ese orden y un poco mezclado. Se formó como psicóloga social y puericultora; hoy, es la Coordinadora General de los servicios de Puericultura de la Asociación Civil Argentina de Puericultura (ACADP). También es fundadora de Las Casildas y coordinadora del Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO).

Julieta es docente y atiende en su consultorio particular a personas en etapa de gestación, puerperio y crianza. Además, coordina encuentros grupales sobre la temática con el eje en pensar el ma(pa)ternaje desde el deseo y no desde el mandato.

Escritura Feminista: ¿Cómo surge la Asociación Civil Argentina de Puericultura?

Julieta Saulo: ACADP es una entidad sin fines de lucro, que comenzó a gestarse a fines de 1999 ante la preocupación de un grupo de profesionales por la falta de respuestas a las inquietudes de muchas familias con respecto a la lactancia y crianza de sus hijos.

La necesidad de aportar opciones y alternativas al tema en cuestión fue creciendo. Poco a poco, profesionales de otras disciplinas con formación en este área fueron sumándose en un marco de capacitación acerca de puericultura y crianza; así se conformó la asociación, con el objeto de realizar una obra de interés general.

El propósito es promover, facilitar, favorecer, apoyar y proteger el embarazo, el nacimiento, la lactancia y la crianza, así como la realización de acciones que tiendan a la capacitación, la información, la difusión y la investigación acerca de estas temáticas en el ámbito de la República Argentina.

E. F.: ¿Qué es la Puericultura?

J. S.: La Puericultura comprende el conocimiento y la puesta en práctica de acciones que apunten a lograr el máximo desarrollo biopsicosocial de los niños y las niñas.

Enfocada en los primeros años de vida, difunde los beneficios de la lactancia materna, acompañando a las familias desde el embarazo hasta el destete, sin olvidar que la lactancia no es elegida por todas las familias.

En estos últimos casos, el proceso de acompañamiento puede darse de la misma manera ya que la prioridad y el foco está puesto en la instancia vincular, independientemente si se establece desde la lactancia materna o no.

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E. F.: ¿A qué rol suele estar asociada la mujer con respecto a la maternidad y la rutina familiar?

J. S.: Históricamente, la mujer ha sido asociada al ámbito doméstico y a las tareas de cuidado.

Con la incorporación de las mujeres al sistema productivo y de trabajo, luego de la Revolución Industrial, la mujer se vio escindida entre el mundo privado (doméstico) y el mundo público (laboral), siempre copado por los varones.

Así y todo, sigue siendo muy dificultoso para las mujeres, en la gran mayoría de los casos, poder ejercer un rol compartido en las tareas domésticas y de cuidado.

E. F.: Muchas mujeres en la actualidad tienen una profesión o trabajan fuera de la casa. Sin embargo, son quienes se hacen cargo del total de las tareas del hogar y de la crianza de lxs niñxs en el 80% de los casos. En este sentido, ¿cómo se vincula la cuestión económica en la disposición tradicional “familiar”?

J. S.: En Argentina, como en la mayoría de los países de la región, sucede un fenómeno muy particular: las mujeres sostenemos una doble jornada laboral, afuera y adentro de nuestros hogares. Esta situación afecta en mayor medida a las mujeres más pobres.

En nuestro país, las mujeres hacemos tres veces más trabajos domésticos y de cuidados no remunerados que los varones.

El promedio de horas semanales dedicadas al trabajo no remunerado, obtenidas entre diez países de la región, es de casi 14 horas en hombres y de alrededor de 40 horas en mujeres. Una variable que no podemos dejar de tener en cuenta es que, además, los varones ganan en promedio un 35% más que las mujeres.

Por lo tanto, es urgente repensar las tareas de cuidado desde una perspectiva más equitativa, ya que estas tareas invisibilizadas y no remuneradas son las que ofician como real sostén de las demás.

E. F.: Entendemos que su espacio fue el primero en acuñar el término de «ma(pa)ternidad», ¿de qué se trata dicho concepto?

J. S.: Comenzamos a hablar de Ma(pa)ternidad cuando lanzamos junto a “Las Casildas” y Fundeco la campaña “Ma(pa)ternidades desde el deseo y no desde el mandato”.

Nos parece fundamental repensar la equidad de roles y funciones en cuanto a las tareas de cuidado. Por eso, nos atrevimos a utilizar ese neologismo en el lanzamiento de ese proyecto, incluyendo a mujeres y varones en situación de crianza y ma(pa)ternaje.

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E.F.: La concepción de “familia” tradicional está sufriendo una crisis, ¿qué se puede hacer para romper esta naturalización de roles en la vida cotidiana?

J. S.: Estamos atravesando un cambio de paradigmas total: no sólo el concepto de familia tradicional está en crisis, sino muchísimos mandatos que históricamente han delimitado y coaccionado nuestra historia y accionar. El mandato de la maternidad, por ejemplo, es uno de ellos. La heteronorma es otro.

Es muy común, hoy, como puericultoras, atender a familias comaternales o monoparentales, e implica revisar nuestro abordaje que también está influenciado por estos paradigmas que empiezan a caer.

Reconfirma que lo importante de nuestra profesión es poder acompañar a cada familia desde esas particularidades que la hacen única, tratando de no perpetuar mandatos históricos y asfixiantes sino conectar con el deseo y las posibilidades reales y no ideales de cada una de ellas.

E. F.: El movimiento feminista en Argentina marca una vanguardia a nivel mundial, pero la cultura machista aún sigue arraigada en la vida cotidiana ¿Con qué herramientas nos tenemos que hacer, hombres y mujeres, para enfrentar este cambio?

J. S.: Considero que la crianza es clave para poder deconstruir la cultura machista. Que una nena sepa que puede vestir de celeste y que un nene disfrute de jugar con una cocinita. Que podamos entender que no hay juguetes para nenes y juguetes para nenas.

Debemos revisar también los lineamientos institucionales ya que, las instituciones son grandes perpetuadoras de la estereotipia imperante, dividiendo los sectores de juego de los niños y las niñas desde una perspectiva sexista, el color de los delantales, el tipo de juego a los que pueden jugar, etc.

E. F.: Acontecemos a una extinción gradual de la “madre” y el “padre” como los conocemos, pero ¿qué surge en ese lugar?

J. S.: En realidad considero que lo que está en extinción es la rigidez y la estereotipia que abundaban en esos conceptos, no los conceptos en sí. Es decir, la madre abnegada que no puede conjugar su ser mujer con su ser madre está en extinción, así como el padre proveedor, rígido y desconectado totalmente con su emocionalidad y con la crianza de sus hijos e hijas.

Es interesante analizar cómo esos dos conceptos son producto de una gran construcción cultural. Basta hacer un raconto, por ejemplo, del rol del varón durante el parto de un hijo o una hija que se muestra en el cine: se lo ubica afuera de la sala, fumando un cigarrillo.

E. F.: ¿Es necesario abrir los espacios de deconstrucción y debate también a los hombres?

J. S.: Totalmente, es necesario incluirnos y también es necesario que ellos puedan generar espacios propios de deconstrucción. Es urgente que puedan replantearse los privilegios históricos que han tenido por el sólo hecho de ser hombres.

Si sos padre, hacete cargo

La paternidad sigue siendo a través de los años un tema que siempre genera debate y conflicto. A pesar de que la institución de la familia ha ido cambiando, no así las condiciones, las normas, los modelos y la forma de acompañar el crecimiento de lxs niñxs, que sigue siendo una tarea en la que hay mayor tiempo invertido por parte de las mujeres que de los hombres.

Las excepciones se dan con más frecuencia en los casos de familias conformadas por padres o madres del mismo sexo, en las que pareciera que, al quitar el rótulo de lo que debe y puede hacer cada género, se empieza a actuar desde tres lugares fundamentales: las necesidades de cada niñx, el amor por lxs hijxs, y las necesidades de los miembros que conforman la pareja. Las tareas, las obligaciones, los momentos de recreación y cada cosa que haya que hacer se reparten.

Si bien la tasa de medición anual de natalidad ha bajado del 17,75% que se podía medir en el año 2010 a un 16,7% en 2017, los datos muestran que hay 17 nacimientos por cada mil habitantes. Siguen ocurriendo nacimientos, pero entre 2010 y 2017 los roles que ocupan mujeres y varones fueron cambiando aunque, con el paso del tiempo, siguen siendo desiguales.

Todavía está arraigado en el imaginario colectivo el pensamiento sexista orientado a mujeres de “Qué bueno, cómo te ayuda con los chicos”, “Al menos colabora con las tareas de las casa”, o “Al menos te los tiene un rato”.

Frases que aparecen en lo cotidiano de diferentes generaciones, y a veces entre las mismas mujeres, lo cual no solo es grave sino que genera un sentimiento de culpa en madres que no pueden con todo, que desean también tener sus tiempos, sus trabajos y su vida por fuera de la maternidad.

No tiene que ver con el egoísmo o con una corriente. No. Tiene que ver con que se supone que la maternidad-paternidad es elegida y construida, y por ende ambos padres debieran hacer lo mismo, con el mismo amor por sus hijos. Pero esto no ocurre a diario.

La madre debe encargarse de todo después que nace el hijo. En el período de lactancia y después, muchas mujeres eligen seguir con la licencia sin goce de sueldo para quedarse en casa con el bebé. Más allá de que ese nexo es importantísimo y genera un vínculo amoroso y afectivo para madre e hijx, a la hora de volver al ruedo laboral, complica las cosas. Mientras esto ocurre, el padre (si es que está presente) sí continúa trabajando.

El problema surge cuando la mujer desea volver a trabajar. A la hora de hacer tareas domésticas y de cuidado, siempre es el hombre a quien le toca hacer menos. Además conserva su puesto laboral, y por ende mayor seguridad y libertad económica, mientras la mujer debe luchar por retomar el espacio que tenía antes del embarazo. El esfuerzo es inconmensurablemente mayor.

La decisión entre la casa y el trabajo no debería verse afectada por factores socioeconómicos. Esto es personal, nadie tiene por qué decir qué decisión tomar en la vida interna-familiar.

En partes iguales

Los padres varones deben fomentar el vínculo con sus hijos, no como una especie de tarea colaborativa, sino como una forma de amor hacia esa persona que nació porque dos adultos así lo decidieron. Las tareas deben ser repartidas porque, si en un hogar trabajan dos personas, el resto de las tareas también deberían compartirse.

Incluso si uno de los dos no trabajase, no tendría por qué hacer todas las tareas domésticas, además de encargarse a tiempo completo de la educación de su hijx. La familia también se construye, y es con esto como formación inicial que lxs niñxs aprenden.

Por ende, crear un hogar donde las dos personas (sin importar su género) valgan y hagan por igual, es una forma de mostrar un modelo de familia que está poco a poco expandiéndose. Debemos ser todxs quienes lo llevemos adelante, no es una tarea meramente femenina.

Un padre ausente o poco presente deja una huella imborrable, y genera a futuro un vacío en lxs niñxs que llevarán por el resto de sus vidas, aunque sanen la herida de esa relación. Por eso es imprescindible dejar de creer que lxs hijxs son de la madre, y que de ella depende la exclusividad en los cuidados. Si sos padre, hacete cargo. En todo el sentido de la palabra.

Si no, planteate los métodos anticonceptivos masculinos que podés utilizar para la no concepción.

Sobre todo, si sos hombre, padre, compañero o amigo, este 8 de marzo, facilitale la vida a las mujeres que te rodean para que puedan ir a la marcha. Paramos porque es necesario, paramos por lo que creemos justo. Paramos todas juntas.


Fuentes consultadas:

https://www.indexmundi.com/es/argentina/tasa_de_natalidad.html