Feminista está alterada

Feminista está alterada, sí. Y no, no confunde nada.

Feminista está cansada de ser objeto de burla entre sus amigos que le dicen exagerada. Feminista se siente decepcionada cada vez que su papá dice “¿por qué no es #NadieMenos? Nos matan a todos por igual”, porque sabe que no es así. A nosotras nos matan por motivos muy distintos. Nos matan por ser mujeres, nos matan porque nos creen objetos, porque nos creen inferiores.

Feminista quiere aborto legal, seguro y gratuito porque no quiere que sigan muriendo más pibas en abortos clandestinos. Está a favor porque cree que las mujeres tienen que poder decidir sobre su cuerpo. Que no tienen por qué cargar con una vida dentro suyo nueve meses. También sabe que la vida no es una novela de Cris Morena, donde los nenes van a hogares y terminan felices porque los salva un millonario. Feminista quiere educación sexual en las escuelas, porque sabe que el cambio empieza por ahí.

Feminista se depila, o no. Feminista se deja el pelo largo, corto, rapado. Se tiñe de turquesa, se hace reflejos, ni siquiera se fija. Feminista se maquilla si quiere o vive al natural. Feminista usa pantalones, camisas, vestidos, polleras, tacos, zapatillas. Quiere vestirse sexy o salir en pijama. Feminista estudia, trabaja o es ama de casa. Es mamá de tres hijos o vive con su gata. Feminista tiene marido, novia, pretendientes o está soltera. Es monógama, swinger, y ama libremente.

Feminista quiere poder vivir su sexualidad sin tabúes. No quiere que la juzguen por no querer tener sexo o por tenerlo a montones. Feminista quiere que la respeten cuando dice que no. Muchas veces accedió a hacer cosas que no quería por miedo, pero ya no más. Si no hay consentimiento que no haya nada, dice hoy. Feminista sabe que su cuerpo es suyo, y que ella tiene la última palabra. Feminista puede tener tetas, concha y pito. Porque mujer no se nace, y feminista tampoco.

Feminista no excluye a lxs trans, porque son parte de la lucha. Tampoco a las migrantes, a lxs trabajadorxs sexuales, al colectivo LGBTIQ, a las abolicionistas. Aunque difieran en muchas cosas, todxs vienen buscando lo mismo. Tampoco excluye a las alienadas, porque aunque no se crean parte, el movimiento las abraza.

Feminista aún se está deconstruyendo. Se pone mal cuando nota que sigue reproduciendo algunos micromachismos. Se pone contenta porque ahora se da cuenta. Feminista está a tiempo de corregir muchas cosas y trata de aprender a diario. Feminista no quiere obligar a nadie a reconocerse como feminista, pero quiere que sepan que viven en una sociedad machista.

Feminista pinta catedrales, quema llantas y anda en tetas. Feminista escribe papers y da conferencias. Feminista habla en Intrusos o en un congreso de la ONU. Es escritora y también tuitera. Feminista puede ser economista, periodista, científica, ingeniera. Limpiar casas, atender locales o ser su propia jefa.

Feminista no odia a los hombres, odia al macho. Feminista quiere que sus hermanos levanten la mesa. Que sepan que una mujer no es su sirvienta. Feminista le enseña a sus hermanas que no son menos. Les cuenta de la lucha y lo que propone.

Feminista está enojada, pero también empoderada. Lucha por las que se fueron, las que están y las que aún no vinieron. Marcha, milita, canta y la agita.

“Abajo el patriarcado; se va a caer, se va a caer. Arriba el feminismo que va a vencer”.

Feminista no se va a rendir. Sabe que para cambiar el mundo se tiene que mover. A Feminista no le importa lo que pueda decir una columna en un diario masivo, porque ella sabe que la lucha va por otro camino.

#Relatos Estereotipos: etiqueta femenina

«Tenés que aprender a vestirte de forma decente. Nada de shorts cortos o pantalones ajustados», dice mamá mientras lava los platos.

Pero cuando salgo a la calle, me doy cuenta de que tengo miles de hombres mirándome, mientras crean una situación incómoda para mí. Recuerdo lo que dijo mamá, y también recuerdo que no llevo pantalones ajustados, ni mucho menos shorts cortos, solo un vestido que me llega hasta los tobillos. 

Todos los días se repite encender la televisión y leer: «Apareció muerta…», (seguido por el nombre de una mujer).

A veces tengo miedo de que algún día pueda aparecer mi nombre. A veces tengo miedo de decirle «hasta luego» a la abuela y no volver nunca más.

Por eso apuro el paso cuando no voy acompañada de mi hermano.

Papá dice que es peligroso ser mujer y andar sola por la calle. Aunque miro el reloj y son las tres de la tarde, plena luz del día; ¿no? Pero hasta a esas horas debemos cuidarnos.

La violencia machista no distingue de horarios.

En varias ocasiones, nuestros padres nos tiran frases machistas pero ni siquiera ellos se dan cuenta, y es que vulnerar a la mujer está tan naturalizado en esta sociedad.

«DEJÁ DE LLORAR, PARECÉS UN MARICÓN».

«SENTATE COMO UNA SEÑORITA«.

Lamentablemente, tenemos padres que fomentan la idea del hombre fuerte y valiente y la mujer débil y comprensiva, pero qué lástima que soy mujer y no pienso seguir esos modelos. Planeo correr riesgos y hacer arreglos en la casa si son necesarios, a pesar de que sea «trabajo de hombre», como dice el abuelo.

En varias oportunidades, observo desde otro lugar cómo le enseñan a mi hermano a ser fuerte y valiente, a ser «un hombre», como dice el tío David. Siento lástima por ambos. Espero que algún día logren cambiar la historia.

No es nuestra forma de caminar o vestir; no es la hora, el lugar ni la fecha. 

Es la violencia machista. 

Que nos está matando un poco más todos los días. 

No somos copadas, ni lo seremos

Cuando la realidad a veces parece ser pura ficción, no sabemos si abrazarnos, reír a carcajadas o largarnos a llorar. Pero ante todo debemos aclarar y declararle a una colega de Clarín que NO, nosotres no somos copades (ni lo seremos).

Una periodista del diario Clarín, uno de los grupos multimedia más grandes del país (con todo lo que esto conlleva), publicó un manual para la mina copada.

Todavía estamos en la duda de si la nota fue escrita en serio o es simplemente un chiste que el grupo lanza en sus páginas, porque lo que allí dice no cuadra demasiado con la realidad actual. Parece que no sólo está bien decir lo que “una mina” debería ser sino que, además, los parámetros que la colega establece distan bastante de lo que muchas mujeres (y no minas) somos y luchamos por ser.

Desde este equipo, como medio pero sobre todo como personas que habitan este mundo, nos declaramos NO copades. Nada copades.

No sólo por cosas menores, como no estar depilades y “engamades” los 365 días del año, a disponibilidad de quien desee desnudarnos o acostarse con nosotres. No, no sólo por eso, sino también porque a veces viajamos con plata juntada en grupo, o prestada, o sacada en cómodas y comodísimas cuotas, porque nuestro presupuesto tampoco es copado.

Y ahí vamos, reuniendo lo que podemos y haciendo los viajecitos que están a nuestro alcance. La mayoría de las veces, con un enorme esfuerzo para hacer el viaje, pasarla bien, cagarnos de risa, y olvidarnos del mundo por un rato.

Al contrario del manual de la mina copada, quien siempre está predispuesta para todo lo que el resto de la humanidad necesite. Nosotres, no. Hay momentos en los que sólo tenemos disponibilidad para unos pocos y, hasta me arriesgaría a decir, hay días en los que sólo tenemos disponibilidad para nosotres mismes. Porque no podemos con todo.

Y nos enojamos, y en las madres habita la culpa de qué hacer, y mandamos a la mierda amigues para después decirles: “Disculpame, tenía un día de mierda”. Remamos y remamos e intentamos hacernos un tiempito entre laburo, cursos, hijes, parejas, estudio y otras yerbas para disfrutar un vinito o una cerveza, que ¡claro, engordan! Sobre todo, el alma y la risa.

No, no somos copades, porque a veces “caer solas a una fiesta” no nos gusta, y no encontramos soluciones inmediatas, porque a veces no las hay o simplemente no las podemos ver. Porque claro, no somos máquinas.

Y no somos copades cuando nos metemos hasta la manija con un tipo que la colega llama “flojo de papeles”, es decir, que está con otra(s) persona(s). A veces sufrimos o hacemos sufrir a otres; ni nos importa. La mayoría de las veces “se lo delata” y todo explota por los aires. Hacemos lo que podemos y también a veces lo que se nos canta. Como lo hacen los tipos, ¿por qué? Porque NO somos copades.

Somos personas que intentan vincularse con hombres y con mujeres en todos los sentidos. A veces acertamos, otras pifiamos lejos, lejísimos. Y cuando eso ocurre lloramos, hacemos duelo por quien sea, nos rearmamos y volvemos. No a la nube de la copada: volvemos a la vida, que para les no copades es otra cosa.

La colega, en su manual, atrasa, encasilla e intenta persuadir. Aunque, ojo, debo confesar que de haberla leído 15 años atrás me hubiese reído de esa imagen cliché. Hoy, no.

El modelo que la colega construye habla de una “copada lectora con un toque feminista”. Como si fuese posible habitar esos terrenos desde tan sólo la superficie, con algunos toques aquí y allá; un salpicadito que te harían una mina deseable, sociable, aceptable, competente, disponible y querible.  Se olvida la colega de que lo que se queda en la mera superficie, allí muere. No se puede tener “un toque”, se es o no se es.

Si tuviéramos que enumerar y refutar cada uno de sus (llamémosle) conceptos, sería agotador. Pero sí podemos contarle a la colega que a veces lloramos en grupo, en pareja; lloramos por teléfono con amigues y hermanes. Nos abrazamos cuando pasa algo, porque ya estamos en el siglo XXI y han cambiado los vínculos, las maneras de pensarnos y comunicarnos.

Entonces, elegimos aunar fuerzas y contarnos, sacarnos dudas y generar otras nuevas, repensarnos y sentirnos manada. Al menos, eso hacemos les NO copades. Porque a veces el mundo se vuelve volcán y erupciona, y nosotres como lava estallamos por los aires y nos perdemos, nos volvemos ceniza que habita la tierra; empezamos a volar.

Algunes sí trabajamos desde los 16 o antes, aunque no sólo para ser independientes. A veces trabajamos desde los 16 o antes (casi siempre en negro y en trabajos mal pagados) porque necesitamos el mango, porque hay que comer, porque hay que estudiar y aportar a la economía familiar. Muches no trabajamos “de copadas nomás”, trabajamos por una necesidad real. Claro, tal vez la copada labure desde que era menor tan solo por placer.

En definitiva, nos declaramos NO copades, para nada copades. ¿Sabés por qué? Porque somos reales, humanes de carne y hueso. Muchas veces no hay tiempo ni ganas de ir “al gym” ni de conservarnos espectaculares; la vida nos mueve y hacemos lo que podemos.

No somos copades porque nos amamos a nosotres mismes, y desde allí a los demás. Por eso recorremos caminos en conjunto, por eso no estamos disponibles siempre para otres. La vida deja de ser un manual para ser habitada y es precisamente porque luchamos para hacer un mundo más habitable que no somos copades, ni lo seremos.

En los manuales, querida copada, no se aprende del amor, ni del sexo, ni de la lucha, ni de lo lindo de un abrazo, ni de lo mojado de un beso, ni del dolor de las lágrimas.

En los manuales, querida copada, sólo habitan infinidad de teorías que por suerte pudimos pensar, combatir y volver a escribir. Pudimos hacer empírico todo lo que hemos leído y aprendido a través de los años, y revertirlo.

Porque la vida, querida copada… La vida es mucho más que un manual.