Amy: la magia de volver a la oscuridad

Hace ocho años llegaba la noticia de que Amy Winehouse había muerto. Con su muerte empezaban las especulaciones, el amarillismo extremo, la venta de lo noticiable. Por otro lado, se perdía una de las más grandes voces de la música. Fue una mujer que se abrió paso y dejó a su paso un mundo obnubilado por su voz y su personalidad, además de abrir el camino para artistas de todo el mundo.

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Natacha Jaitt: otra vez, la «mala víctima»

Tras darse a conocer la noticia de que Natacha Jaitt había sido encontrada muerta, la repercusiones no se hicieron esperar. Un sector de la sociedad reclama para que el caso se esclarezca, otro sector acusa al feminismo de haberle dado la espalda cuando Natacha necesitó apoyo y, por su parte, los medios se hacen eco del morbo con un tratamiento repudiable de la noticia.

¿Qué hicimos por Natacha? ¿Cómo se la acompañó desde la difusión mediática y el apoyo feminista? ¿Cuántas Natachas hay esperando ser escuchadas y acompañadas? ¿Cuántas se callarán por temor a ser «malas víctimas»?

Pasaron tan solo seis días de la muerte de Natacha Jaitt. Las circunstancias de su muerte son poco claras y, aunque mintió en sus declaraciones, el único acusado, el productor Raúl Velaztiqui Duarte, ya está libre. Es decir, a seis de días de su muerte, las cosas siguen oscureciéndose.

El caso

Velaztiqui fue quien llamó al 911 para avisar que Jaitt se encontraba (en teoría) descompuesta en la cama de la suite de Villa La Ñata. Fue también quien recibió a los paramédicos junto a Gonzalo Rigoni, dueño del lugar.

Velaztiqui y Rigoni fueron citados a declarar. El primero fue cambiando su testimonio: al principio, dijo no haber visto el teléfono de la víctima pero luego las cámaras de seguridad lo registraron entrando a su camioneta mientras los paramédicos estaban en el lugar, para luego volver al salón. ¿Qué hacía en ese momento? Guardaba el celular de Jaitt, según dijo después, «para preservarlo». El fiscal Sebastián Fitipaldi no le creyó y ahora el teléfono está en manos de la justicia.

Velaztiqui fue detenido por falso testimonio y excarcelado el jueves 28. Fue incongruente en sus declaraciones, no pudo responder a lo que la justicia le preguntaba y las cámaras lo muestran en lugares que no coinciden con su relato. Sin embargo, el falso testimonio se considera un delito menor y él ya está libre.

Mientras se daba a conocer la noticia de la muerte, se empezaron a filtrar imágenes que dañaban una vez más a la víctima. El morbo televisado y viralizado en redes no se hizo esperar. ¿Cómo pudo pasar? Sencillo: un policía de comando de patrullas del Tigre que estuvo en la escena de la muerte ese día entró para tomar fotos que luego filtró y que terminaron viralizadas en todo el país.

A Natacha Jaitt no se la respetó mientras vivía y se la daña incluso después de haber muerto, a ella y a todo su círculo íntimo. Natacha era madre de dos hijos (Antonella, de 20 años, y Valentino, de 12 años), pero en el show televisivo eso no le interesaba a nadie.

¿Cuánto valía la palabra de Natacha?

Jaitt era modelo, actriz y una mujer que no tenía miedo de los medios, ni del poder ni de nadie.

El año pasado fue ella quien, sentada en la mesa de Mirtha Legrand, denunció la pedofilia en el fútbol nombrando a periodistas, políticos y otras personas. Sin embargo, sus dichos dejaron de hacer ruido al poco tiempo. Apenas algunas personas volvían a este tema.

Natacha nunca se calló nada y era difícil discutir sobre su palabra, ya que era una mujer que tenía información permanente y la decía sin tapujos. Sin embargo, su alto perfil, sus adicciones y su admisión de ejercer la prostitución era lo que muchxs necesitaban para no tomar en serio lo que decía o quitarle peso a situaciones graves.

En estos días no faltaron los usuarios de redes y los famosos o personajes de los medios que salieran a acusar al feminismo de haber dejado sola a Natacha. No solamente con al denuncia de pedofilia en el fútbol, sino también ante su presentación en la justicia y su declaración ante los medios de haber sido violada por dos amigos suyos, dos hombres en los que ella confiaba.

Es cierto que lo que ella declaró se supo en todos lados y sin embargo la respuesta no fue tan rápida como ha sucedido con otras mujeres o actrices. No supimos, o no pudimos, escucharla y accionar. Como colectivo, como sociedad, como compañerxs.

¿Y ahora qué? Y ahora, buscar justicia por esa mujer que vivió como eligió o como pudo y que, incluso después de su muerte, siguió siendo ninguneada, acusada y no respetada.

El medio El destape publicó información sobre una nueva denuncia que Natacha Jaitt estaba preparando. Ahora, se está investigando en relación a su muerte. Alejandro Cipolla, su abogado, declaró que él no creía que lo ocurrido fuera por denuncias anteriores, sino por cosas que quería denunciar actualmente. Además declaró que él «no podía asegurar que Velaztiqui no fuera parte de los servicios de inteligencia».

Todos los hechos que rodean al caso son confusos. La vida de Natacha parece haber sido muy intensa: su exposición mediática le aseguró muchas veces un espacio para hablar y, al mismo tiempo, pudo haber sido también una condena. En los últimos tiempos, se pudo ver a una mujer angustiada, quizás con miedo, no tan bien parada como otras veces.  Nada justifica haberla dejado sola.

Una vez más debemos recordar no correr el eje de la información, no quitarle gravedad a lo ocurrido y, sobre todo, no mirar para otro lado cuando la realidad y los hechos se vean oscuros. Las «malas víctimas» no existen. Se trata de un armado social, mediático, judicial e incluso político para evitar que salgan a la luz las miserias y las verdades ocultas.

Tratamiento mediático

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No resulta ser un dato menor el modo en que se comunicó la noticia en medios masivos ni las sucesivas actualizaciones de información que no dejaron de tener connotaciones negativas entre sus titulares: «Alterada, llorando y medicada», «Una mujer más odiada que amada», «Abandonada por ser prostituta».

Si bien aún no circula información exacta sobre qué ocurrió con Natacha Jaitt, lo cierto es que la opinión pública no tardó demasiado en hilar sentido para responsabilizar a la víctima por su trágico destino: «Estaba enfiestada, con hombres, drogada. Entonces se la buscó». Si eso no es patriarcado, ¿qué es? 

El respeto, tanto por la imagen de la difunta como por el recuerdo que de ella quieran conservar sus allegados y familiares, no es algo que se pueda negociar. El periodismo con perspectiva de género reclama que se comunique en base a información chequeada, con ética y sin la intencionalidad de insistir en la construcción de imaginarios morbosos.


Fuentes:

  • El Destape Web: x, x, x.

María Elena Walsh: memoria desde el país del no-me-acuerdo

El 10 de enero se cumplieron siete años desde la muerte de la gran María Elena Walsh. Escritora, poetisa, cantautora, dramaturga y música argentina, Walsh supo marcar a más de una generación desde la infancia hasta la adultez con sus magníficas obras.

Nacida en febrero de 1930 en la localidad bonaerense de Ramos Mejía, María Elena Walsh es una de las referentes culturales más importantes que han emergido de nuestro país en el siglo XX. Desde hace décadas, su voz se infiltra en las casas para narrarles a los niños las locuras que ocurren en el Reino del Revés y la historia de una vaca que quería estudiar en la Quebrada de Humahuaca.

La proeza de Walsh le permitió dirigirse a un público muy amplio, desde Manuelita hasta Fantasmas en el parque, su última publicación en 2008. Sus libros para adultos resultan tan provocativos como atrapantes, gracias a la mezcla de un análisis profundo de la realidad porteña con un talento incomparable para manejar la palabra.

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María Elena Walsh fue una ferviente feminista que ya en la década de 1970 exigía la liberación de la mujer del yugo patriarcal. En 1973, de cara al fin de la dictadura de Agustín Lanusse, Walsh publicó la Carta a una compatriota que, sin ir más lejos, comienza con un contundente deseo sororo: «Querría empezar esta carta llamándote hermana, sea cual fuere tu edad y tu condición social».

En los párrafos siguientes, Walsh describe sin pelos en la lengua el contexto machista y paternalista en que vivía, desde la falta de espacio y autoridad femeninos en la política hasta la denegación del derecho al aborto legal y la eterna maternidad obligada a permanecer en el hogar.

«¿Hay que educar, preparar a las mujeres o dejarlas ser dueñas de sus vidas, restituyéndoles las energías que les saquean, embruteciéndolas? ¿Deben prepararse o lo han estado siempre sin que las dejaran ejercer? «¡Las mujeres no están preparadas!» «¡La intuición, virtud esencialmente femenina!» ¿Y nadie dijo que hay que capar a los cretinos, para que no se sigan reproduciendo y produciendo conceptos como éstos?».

En 2008, a partir de la publicación de Fantasmas en el parque (libro en el cual habla abiertamente de “su gran amor”, Sara Facio, exponiendo así su orientación sexual sin tapujos), Walsh deja su opinión sobre las deudas pendientes del feminismo en nuestro país, en especial desde lo social.

Walsh vivió para ver consumada la ley de matrimonio igualitario, no más. Si bien se han dado pasos agigantados en lo jurídico, la crítica (de ya casi una década) sigue resonando en la actualidad como parte de las problemáticas que enfrentamos como sociedad.

«Es un gran tabú que todavía existe. El amor entre hombres está más liberado, porque ellos son piolas y liberan todo en su favor, pero a las mujeres nos cuesta más, y cuando nos sancionan nos dan con todo. Con la desaparición pública, por ejemplo. […] Una cosa es el pánico homosexual y esa forma terrible de discriminación que es la censura, y otra muy distinta el silencio y la reserva asumidos voluntariamente.

En este sentido, creo que las mujeres seguimos siendo poco perdonadas. Si no decime cuántos no verían con malos ojos que una mujer se niegue a la maternidad y diga: “Me revienta ser madre y tener hijos”. Y ahí es donde se nota que en nuestro país no ha habido feminismo. O que si lo ha habido, ha sido una versión tímida, blandengue, autoencerrada por miedo, por pudor, por lo que sea.

En países donde existió y existe el feminismo, se habla de estos temas con mucha más franqueza. Y en la Argentina, mal que nos pese, aún estamos lejos de arriar la bandera del machismo», (entrevista a Página 12).

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Su obra distingue dos categorías claras. Entre sus historias dedicadas a los más pequeños se destacan los Cuentopos de Gulubú (1966), los Versos para cebollitas (1966), el Twist del Mono Liso (1998) y la Reina Batata (1999), y la música que nace de Canciones de Tutú Marambá (1960) y Como la cigarra (1972).

Para continuar su lectura más allá de la infancia, son destacables obras como Otoño imperdonable (1947) y Desventuras en el país-jardín-de-infantes (tanto el libro, 1993, como el artículo periodístico publicado en 1979 como parte de la resistencia cultural contra la dictadura).

María Elena Walsh pidió ser recordada como alguien que quería dar alegría a los demás, aunque no le saliera siempre. Sin dudas, esa alegría se contagió con éxito a los miles de niños que crecimos con su imaginación.

Ese perro.

Ese perro vio mi alma, estoy seguro.

Las luces destellaban, reflejadas en la bruma de la lluvia. Yo, en el piso, creo que respirando. Creo, porque mi respiración me resultaba ajena. Veía a un hombre respirar, arrugándose el pecho de la camisa con una mano, los ojos abiertos de par en par con lágrimas que le corrían por los lados. Supongo que ese era yo.
La gente siguió circulando, todos ausentes, enajenados. Los paraguas les tapaban las caras, y los autos levantaban estelas de agua a su paso, todo estaba desenfocado. Nadie me conocía, era un extraño. Hasta a mí me costaba reconocerme, con el sudor helado que me invadía la frente y el pelo embarrado de sangre.
Todos, incluido yo, desconocíamos a este hombre.
Estoy casi seguro de que era yo, debía serlo, probablemente, porque alguna vez me etiquetaron en una foto en facebook y la persona en el suelo se parecía al tipo de dientes perfectos y tez arrebolada que me sonreía a través de la pantalla, rodeado de mis amigos. Personas que ahora, también, me resultan desconocidas.
Pero ese perro no. Yo lo conocía a ese perro. Mi vecina lo sacaba todos los días a la noche, justo cuando yo sacaba la basura. Una chica de buen barrio, de esas que se pierden en una multitud de iguales con la misma ropa, la misma música, el mismo autoestima colgando de superficial. Simpática, pero algo aburrida para mí. Pero su perro, su perro no. Chano es mágico, un labrador negro, altivo y juguetón, que huele siempre a perfume y adora acariciar a la gente. Sí, acaricia a la gente, lo ha hecho conmigo. Cualquiera puede ser su amigo y yo creo que es uno de los logros más impresionantes de mi vecina: un perro al que no le podés dar vuelta la cara, no podés no acercarte y acariciarlo. Él te enseña que eso es amar: sonreírle al otro sin esperar nada a cambio y devolver, multiplicado infinitamente, el gesto de afecto de alguien sin importar cuan desconocido sea.
Mi vecina estaba esa noche, con su piloto rosa y sus botas de lluvia deslumbrantes, cuando mi alma se empezó a separar de mi cuerpo, ahí, a la vista de todos, en la esquina de nuestra casa, mientras desesperadamente intentaba mantenerla en su lugar. Me aferraba a la vida con todas mis fuerzas, pero me sentía desvanecer con una facilidad aterradora, cada vez más alejado de ese hombre en el suelo que tenía una herida de bala en el pecho y un terrible golpe en la cabeza, que convulsionaba violentamente mientras la ambulancia se tomaba su tiempo.
La mujer, aterrada, sujetaba la correa con fuerza, pero Chano insistía e insistía, sus aullidos retumbaban en la lluvia, se colaban por las persianas cerradas de los departamentos. Interpelaba a la gente, que ya no podía ser indiferente a mi inminente muerte. Su dueña siguió tirando y gritándole entre lágrimas que por favor se quedara quieto, pero no había caso: Chano me estaba viendo y no podía soportarlo.
Nunca había visto tanto dolor en nadie como el desgarro que veía en ese labrador negro, que era más consciente de la situación que todos los demás espectadores. Él era el único que podía verme, podía ver mi alma desvaneciéndose de mi cuerpo.
Cruzamos miradas un segundo que fue eterno, mientras las gotas golpeaban mi cuerpo y el agua iba arrastrando la sangre hacia el desagüe de la vereda. Yo no sentía el frío, ni la lluvia atravesándome, nada. Solo sentía la inmensa angustia que el labrador me transmitía. Ya no escuchaba ni los llantos de la pobre chica, ni los bocinazos, ni siquiera el rumor de la lluvia, solo su aullido resonando en la oscuridad de la noche.
Finalmente, la correa cedió y Chano corrió. No corrió hacia mi cuerpo ensangrentado y agitado, corrió hacia mí. Elevó su cabeza y me escrutó con sus ojos inundados de bondad, pidiéndome que lo acariciara. Entonces sí, volvió sobre sus pasos y se acostó en el suelo, gimiendo suavemente, sobre mi cuerpo.
No sé cómo, pero moví mi mano y sentí su suave pelaje corto. De repente, vi el cielo a través de mis ojos, sentí el hierro de la sangre en mi boca, el frío del agua en mis articulaciones. Todo ese cuerpo sufriente que me parecía tan ajeno se volvió mío, insoportablemente mío. Pero el calor de Chano era un extraño alivio que brillaba como una luciérnaga en el medio de la oscura inmensidad de mi dolor.
Entonces, la ambulancia llegó.

Octavia – Relatos