Hasta nunca, tacones

Miles de mujeres japonesas se manifestaron en contra de la convención social, casi obligatoria, que exige el uso de zapatos de taco alto durante la jornada laboral.

#KuToo es el nuevo movimiento que encarna la petición entregada la semana pasada a las autoridades japonesas. ¿Te molesta tener que usar tacos en el trabajo? A ellas también y, por eso, decidieron hacer algo al respecto.

El slogan «KuToo» refiere a un juego de palabras con los conceptos japoneses kutsu (zapato), kutsuu (dolor) y un guiño al movimiento feminista MeToo. La campaña fue iniciada por la actriz y escritora Yumi Ishikawa, quien tras recibir el apoyo de grandes grupos de personas a partir de una publicación en Twitter decidió lanzar una petición online y rápidamente ganó la adhesión de más de 25.000 mujeres.

Una nueva versión de la revolución feminista que, como sostiene El Mundo, comienza por los pies y consiste de una rebelión multitudinaria contra la incomodidad disfrazada de moda. Luego de contactarse con personal del Ministerio de Trabajo, Ishiwaka sostuvo que era la primera vez que un pedido de este tipo llegaba a la institución y que una de las funcionarias que la recibió simpatizaba con la demanda.

Con una propuesta en el sitio Change.org, Ishikawa se volvió viral y manifestó que no solo se trata de una convención sexista, sino que también atenta contra la salud, ya que ocasiona problemas en pies y espalda. Un acto que refleja modales en las mujeres pero parece no ser necesario en los hombres, a quienes no se los acusa de impertinentes por llevar zapatos bajos.

«Hemos presentado un manifiesto en reclamo de una ley que prohíba a los empresarios obligar a las mujeres a llevar tacones: es discriminación sexual y constituye acoso. Es difícil moverse, no puedes correr y te duelen los pies. Todo por las convenciones sociales».

Expertos afirman que el caso muestra una vez más la misoginia arraigada en la cultura japonesa, que quedó demostrada por el diputado Kanji Kato en 2018 cuando sostuvo que las mujeres debían tener varios hijos y que las que preferían permanecer solteras terminarían convirtiéndose en una carga para el estado.

El stop a los tacos no es novedad: en el año 2017, la provincia canadiense Columbia Británica le prohibió a las empresas obligar a sus empleadas a usar tacos, por considerarlo peligroso y discriminatorio. Por otra parte, en 2016, la británica Nicola Thorp inició un reclamo similar luego de que en su trabajo la obligaran a irse a su casa porque se negaba a usar los zapatos altos.

Días más tarde, el ministro de Sanidad de Japón, Takumi Nemoto, volvió a desatar la polémica tras afirmar que llevar tacos es necesario para las mujeres y apropiado en un entorno laboral. Luego, en un intento de matizar sus palabras, consideró excesivo que una empresa obligase a las trabajadoras a usarlos.

En las redes sociales se comenta que este movimiento va a repercutir a nivel global en los estrictos códigos de vestimenta de algunos establecimientos, aunque algunxs se niegan a aceptar este cambio y afirman que los tacos otorgan presencia y actitud. Vos, ¿qué pensas?


Fuentes

Feminista está alterada

Feminista está alterada, sí. Y no, no confunde nada.

Feminista está cansada de ser objeto de burla entre sus amigos que le dicen exagerada. Feminista se siente decepcionada cada vez que su papá dice “¿por qué no es #NadieMenos? Nos matan a todos por igual”, porque sabe que no es así. A nosotras nos matan por motivos muy distintos. Nos matan por ser mujeres, nos matan porque nos creen objetos, porque nos creen inferiores.

Feminista quiere aborto legal, seguro y gratuito porque no quiere que sigan muriendo más pibas en abortos clandestinos. Está a favor porque cree que las mujeres tienen que poder decidir sobre su cuerpo. Que no tienen por qué cargar con una vida dentro suyo nueve meses. También sabe que la vida no es una novela de Cris Morena, donde los nenes van a hogares y terminan felices porque los salva un millonario. Feminista quiere educación sexual en las escuelas, porque sabe que el cambio empieza por ahí.

Feminista se depila, o no. Feminista se deja el pelo largo, corto, rapado. Se tiñe de turquesa, se hace reflejos, ni siquiera se fija. Feminista se maquilla si quiere o vive al natural. Feminista usa pantalones, camisas, vestidos, polleras, tacos, zapatillas. Quiere vestirse sexy o salir en pijama. Feminista estudia, trabaja o es ama de casa. Es mamá de tres hijos o vive con su gata. Feminista tiene marido, novia, pretendientes o está soltera. Es monógama, swinger, y ama libremente.

Feminista quiere poder vivir su sexualidad sin tabúes. No quiere que la juzguen por no querer tener sexo o por tenerlo a montones. Feminista quiere que la respeten cuando dice que no. Muchas veces accedió a hacer cosas que no quería por miedo, pero ya no más. Si no hay consentimiento que no haya nada, dice hoy. Feminista sabe que su cuerpo es suyo, y que ella tiene la última palabra. Feminista puede tener tetas, concha y pito. Porque mujer no se nace, y feminista tampoco.

Feminista no excluye a lxs trans, porque son parte de la lucha. Tampoco a las migrantes, a lxs trabajadorxs sexuales, al colectivo LGBTIQ, a las abolicionistas. Aunque difieran en muchas cosas, todxs vienen buscando lo mismo. Tampoco excluye a las alienadas, porque aunque no se crean parte, el movimiento las abraza.

Feminista aún se está deconstruyendo. Se pone mal cuando nota que sigue reproduciendo algunos micromachismos. Se pone contenta porque ahora se da cuenta. Feminista está a tiempo de corregir muchas cosas y trata de aprender a diario. Feminista no quiere obligar a nadie a reconocerse como feminista, pero quiere que sepan que viven en una sociedad machista.

Feminista pinta catedrales, quema llantas y anda en tetas. Feminista escribe papers y da conferencias. Feminista habla en Intrusos o en un congreso de la ONU. Es escritora y también tuitera. Feminista puede ser economista, periodista, científica, ingeniera. Limpiar casas, atender locales o ser su propia jefa.

Feminista no odia a los hombres, odia al macho. Feminista quiere que sus hermanos levanten la mesa. Que sepan que una mujer no es su sirvienta. Feminista le enseña a sus hermanas que no son menos. Les cuenta de la lucha y lo que propone.

Feminista está enojada, pero también empoderada. Lucha por las que se fueron, las que están y las que aún no vinieron. Marcha, milita, canta y la agita.

“Abajo el patriarcado; se va a caer, se va a caer. Arriba el feminismo que va a vencer”.

Feminista no se va a rendir. Sabe que para cambiar el mundo se tiene que mover. A Feminista no le importa lo que pueda decir una columna en un diario masivo, porque ella sabe que la lucha va por otro camino.

Condenada

Las diferencias entre el hombre y la mujer no son novedad, no nacieron en esta época, pero como siempre, están relacionadas con los procesos sociohistóricos, culturales y económicos que atraviesan al mundo. La preferencia por los varones constituye una característica de muchas culturas a nivel global.

Pero ¿qué pasa cuando la inclinación también abarca a los bebés? ¿Qué harías si supieras que se somete a las niñas a desnutrición y falta de atención porque todo lo recibe el hijo varón?

Sí, con el favoritismo hacia los hijos no solo se perpetúa la discriminación y la violación de los derechos femeninos, sino que también crece el número de infanticidios, en especial en países como India, en donde, según Diario Uno, hoy en día faltan más de 63 millones de mujeres en todo el territorio.

En este país ubicado al sur de Asia, la primacía de los hombres se basa en antiguas tradiciones; creen que una mujer es una maldición, y están condenadas a sufrir las consecuencias de haber nacido “malditas”. Además de causar un alto déficit demográfico, continúa Diario Uno, más de 21 millones de niñas no son deseadas por sus familias y cada año desaparecen 2 millones de ellas.

Estas desapariciones son comunes, y se generan por enfermedades (causadas por la falta de atención), feticidios femeninos, falta de educación, malnutrición y carencia de cuidados. Se las priva de la atención médica y de una buena alimentación, algo que los niños no sufren, pues sí son llevados al médico, poseen niveles más altos de conocimiento y crecen con una buena base alimentaria, además de recibir vacunas y vitaminas de las que carecen las niñas.

La realidad es que las preferencias no solo están sustentadas por antiguos mandatos, sino también por cuestiones económicas. Se entiende que los hombres son aquellos que pueden ganar más dinero, porque además de trabajar más duro, lo pueden hacer por más tiempo.

Asimismo, tener una hija es visto como motivo de deudas, debido a que las familias se encuentran en la obligación de asumirlas, para pagar la dote en el momento del matrimonio (algo que hoy es ilegal pero en algunos lugares se sigue llevando a cabo).

La desigualdad se ve, y se siente. La llegada de un varón a la familia es motivo de orgullo y celebración, mientras el nacimiento de una hija suele relacionarse con decepciones y situaciones humillantes, lo cual produce una consecuente desvalorización de la mujer.

Un hombre entrevistado por ONU Mujeres sostuvo:

“El nacimiento de un hijo varón me hace subir de estatus, mientras que el de una niña me hace bajar la cabeza”.

La constante presión que las mujeres adultas sienten (por parte de los maridos y sus familias) para concebir un hijo pueden generar consecuencias si ese varón no llega, y en su lugar dan a luz a una beba indeseada. Estas famosas consecuencias pueden incluir tanto la violencia y el maltrato físico como el abandono, el divorcio o incluso la muerte.

Un caso atroz, divulgado durante 2010 por El Mundo, trata sobre una madre que después de tener a su tercera niña, después de verse oprimida y castigada por no traer al mundo al varón tan esperado, tomó la decisión de arrojar a sus tres hijas a un pozo, para después suicidarse.

Aunque parezca irreal, las situaciones violentas e inhumanas son normales. En cuestiones demográficas, pueden llegar a desatarse por la cantidad de hombres que hay y las pocas jóvenes disponibles para casarse, lo que en algunos casos produce tráfico de mujeres (de un pueblo a otro), casamientos forzados o el compartir esposas entre hermanos.

En la sociedad patriarcal india, los hijos son los que portan el nombre de la familia y aseguran tanto la vejez de sus padres, como la continuidad de la descendencia, ya que las jóvenes cuentan con poca autonomía económica, si no es nula, y no tienen permitido heredar propiedades.

Además, al casarse, pasan a formar parte del grupo familiar de sus esposos, dejando sin entrada económica a su propia familia. Tampoco tienen la posibilidad de orar por sus progenitores; los únicos que pueden encargarse de las tareas espirituales son los varones, y son los también los únicos que tienen permitido llevar a cabo los rituales del nacimiento, la muerte y el matrimonio.

Un proverbio hindú sostiene que «Criar a una hija es como regar el jardín del vecino», precisamente porque luego de comprometidas y casadas, las mujeres empiezan a funcionar como elemento productivo para otra familia.

A pesar de que las consecuencias  logran verse con mayor intensidad en la niñez, porque la desnutrición y la falta de cuidado es clara e incuestionable, las mujeres adultas, luego de pasar por negligencias alimenticias y médicas  durante la infancia, tienen la posibilidad de morir antes, durante y después del embarazo.  Incluso algunas son obligadas a efectuarse abortos (si saben que van a traer al mundo a una hija), que muchas veces resultan en muertes por estar mal practicados.

La discriminación a la mujer es prenatal y postnatal, son segregadas inclusive antes de nacer, ya que suelen ser eliminadas simplemente por ser mujeres, y si finalmente nacen, son marginadas durante toda su vida.

Preferir hijos varones está directamente ligado, y da origen, a la baja población femenina, a la mortalidad infantil, e incluso, al estado anímico de las niñas.

De hecho, una serie de estudios publicados por Psyciencia, (realizados a un grupo de niñxs en Malasia), encuentra que “al percibir discriminación parental por motivo del sexo (PDPS), la felicidad y autoestima se relaciona de manera negativa y significativa, pero, sólo para las niñas. En otras palabras, las hijas que sentían que sus padres preferían hijos varones eran menos felices y tenían menor autoestima”.

Para países como India, Bangladesh, China, Corea del Sur y Pakistán, las mujeres tienen menos valor e importancia en una economía de comercio, además de generar deudas y ser una complicación  o una carga.

Diario de León cree que, la preferencia por los varones provocó que haya demasiados hombres solteros, más allá de la desproporción demográfica, ya que no se casan y no tienen hijxs, por lo tanto la población envejece y no hay gente joven para reemplazarla. La única salida que ven, es la de introducir incentivos a la natalidad, algo impensado hace un tiempo que puede que ni siquiera funcione.

En definitiva, hay muchos factores relacionados con la preeminencia de los hijos. En países más desarrollados esta diferencia no es tan sustancial debido a que poseen un mejor estado económico, las mujeres son independientes (en su mayoría) y hay incesantes luchas para equilibrar las disparidades, la composición dentro de las familias suele ser más equitativa, y las culturas no se rigen por mandatos. Pero, en países donde la tradición pisa más fuerte que los derechos, las mujeres siguen estando en desventaja, poniendo en riesgo su salud, su autoestima y principalmente su vida.

Según Unicef, estos problemas no datan de ahora, de hecho, cincuenta millones de niñas han sido sacrificadas en suelo indio durante el siglo pasado. En la mayoría de los casos se trata de interrupciones de embarazos, y los abortos tenían que ver con el sexo del feto.nena india

En estados donde la sociedad y la cultura son patriarcales, sexistas, y antifeministas, erradicar este problema es muy complicado, romper las leyes es algo normal para aquellas familias que están decididas a no traer a una mujer al mundo, y eliminarlas no es tan difícil como parece. Incluso, tópicos como la menstruación siguen siendo tabú, y las jóvenes aún se ven castigadas por procesos naturales que no pueden evitar.


 

Fuentes

El feminismo que garpa

La tríada Freijo-Pichot-Mengolini estuvo calentando el sillón de Intrusos estos últimos días. Las malas interpretaciones, la falta de información y las células del machismo reaccionario por parte de diferentes figuras mainstream del espectáculo dieron lugar a que algunas representantes del feminismo (también mainstream) salieran a reponer algunas concepciones sobre este movimiento.

Pasaron cosas. Surgieron preguntas, se contaron experiencias personales, relatos de abusos y lágrimas, se debatió sobre el “no” de la mujer, sobre el rol de la justicia, sobre la criminalización de la víctima y hasta, incluso, sobre las relaciones desiguales con respecto al ingreso económico entre hombres y mujeres.

El espectador se queda con algunas cosas de todo esto que parece disolverse en el aire y yo, particularmente, me choqué de frente con un comentario de Jorge Rial. El conductor, dentro de la última entrevista a Mengolini, comentó que las feministas debíamos aprovechar “esto que se estaba dando”, ya que hoy en día el feminismo “da rating”.

La pregunta que Mengolini, Rial ni el panel se hicieron es: ¿qué feminismo da rating?

Como sabemos, “el feminismo” es un movimiento tan amplio que, a veces, nos cuesta mucho delimitarlo o caracterizarlo. En este punto es donde surge su fuerza y su condena.

La fuerza está dada por lo amplio que puede llegar a ser el movimiento; eso le da complejidad, lo vuelve rico en conceptos, y hace que miles de mujeres se unan a sus filas todos los días porque, siempre, hay por lo menos una problemática que sufrieron e hicieron carne.

Entonces, ¿por qué, a la vez, es su condena? Porque las consignas son muchas y porque no es “lógico”, como dijo Marina Calabró, no todxs somos feministas. Es aquí mismo donde los reclamos se desdibujan, donde pareciera que todo es lo mismo y que aquello que llamamos “el ser feminista” es sólo un discurso.

El feminismo del rating, el feminismo que garpa, el feminismo discursivo, el feminismo que se condena a su propia muerte.

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Y esto, ¿por qué es? Va más allá de Freijo-Pichot-Mengolini. Va más allá de la propia lógica televisiva, con sus tiempos, con lo instantáneo y la opinión permanente (muchas veces no informada). Esto tiene que ver con que se desliga al feminismo de su dimensión política, o más precisamente, de su dimensión revolucionaria (que no es más que la forma de política más extrema).

Por esta razón es que nos queda “gusto a poco” cuando terminamos de ver estos “debates” en televisión. Por esta razón es que nos preguntamos (como surgió en el mismo programa) ¿quién puede estar en contra de la igualdad entre el hombre y la mujer?

La revolución feminista es cultural, sí, pero también es política y económica. La lucha requiere cuerpos, fuerza, peleas por una idea, por una filosofía de vida. Y ahí es donde se parten las aguas. No todxs lxs feministas, ahora, estarán en nuestras mismas filas cuando haya que salir a reclamar por lo nuestro en la arena pública.

La brecha salarial no va a desaparecer en el aire porque “todxs somos feministas”; el capital concentrado va a seguir estando en manos de hombres y la crisis condenará a la pobreza más a la mujeres que a los hombres (fenómeno bautizado como “feminización de la pobreza”). Todo esto ocurrirá mientras “lo político”, en el movimiento feminista, no pase por la acción concreta.

Entonces, ¿esto que está ocurriendo no sirve de nada? Claro que sirve, claro que es importante llegar a más personas y claro que hay que hacer todo lo posible para incorporar al feminismo en la agenda mediática. Pero, cuidado, porque el peligro radica en pasar por alto la propia condena del feminismo, que es, ni más ni menos, “el feminismo que garpa”.

“El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”

Simone de Beauvoir.


 

Los ojos del presente

Las redes sociales no son novedad. Están presentes desde hace varios años, y cada vez son más. Se elimina una y aparece otra.

Latentes, a la espera de nuestro próximo posteo, en busca de una nueva foto, un nuevo comentario, e incluso alguna que otra crítica. Nuestra vida transcurre entre pantallas y perfiles, y gira como un espiral en torno a los likes.

Pero, las redes, no son lo que parecen, y tampoco son tan inocentes. Si bien tienen varios puntos a favor, las consecuencias que genera su uso indiscriminado, son fuertes y bastante negativas. Debajo de la posibilidad de comunicarse, la euforia de verse y encontrarse, el compartir con amigxs y sentirse a la par de lxs demás adolescentes, se esconde lo que puede resultar perjudicial para cada uno de los usuarios, vulnerables ante el panóptico digital que los vigila.
La adicción, el bullying, las dificultades para percibir la imagen corporal, la ansiedad y la depresión, son algunas de las secuelas que generan.

Segun Diario Uno casi el 100% de lxs jxvenes, desde los 16 años (o antes), usan internet; más específicamente las redes sociales. En el pasado solo eran utilizadas por adultos, pero eso fue cambiando, así como también la función que tienen hoy en día.

Lo principal de la cuestión, es la necesidad de estar presente. Básicamente lo que se entiende es que si no estás conectadx, estás desplazadx, serás rechazadx, y sentirse solx y aisladx genera temor.

El miedo a quedarse afuera es real, “Fear of missing out” (FOMO), es como se conoce a este fenómeno según El País, que explica cómo lxs adolescentes están bajo una presión constante para mantenerse activxs, lo que genera ansiedad por tratar de estar conectadxs el mayor tiempo posible y desencadena problemas emocionales y de sueño.

Dentro del grupo de redes más importante en la actualidad, la CNN confirma que Instagram es reconocida como la más perjudicial para la salud mental, sobre todo entre mujeres. Se las atrae a compararse con versiones poco realistas, imágenes photoshopeadas y cánones de belleza instaurados por la sociedad, que se propagan por la red y son constantemente legitimados.

Es fácil hacer que una simple relación se convierta en una angustiante realidad diaria. Las chicas dejan de confrontarse con lo que ven en una foto y comienzan a hacerlo en la vida real, con las personas que las rodean, con amigas, con anuncios, etc. Y, los sentimientos de insuficiencia, ansiedad (y futura depresión), pasan a formar parte de lo cotidiano. Se quiere llegar a una perfección inalcanzable, cada vez quieren más.

El conjunto de imágenes estereotipadas de jóvenes altas y flacas, depiladas, sin celulitis o estrías, de sonrisa perfecta y nariz respingada se inserta en la mente de la gente, las chicas lo quieren y el mundo lo aprueba.

Influenciadas por lo que ven, las adolescentes desesperan ante la diferencia que encuentran entre ellas y lo que se espera que sean, y muchas veces son víctimas de bullying por no lucir como se supone que deberían, como la sociedad espera que lo hagan o como está “aprobado” que lo hagan.

Por otro lado, a pesar de que suelen ser las mujeres las más vulneradas y criticadas virtualmente, los hombres también sufren las comparaciones y comparten los mismos problemas de autoestima. Todxs nos sentimos juzgadxs, incluso aunque solo sean nuestros ojos los que nos ven mal. Y, una simple foto de un cuerpo irreal, puede acecharnos hasta convertirse en enfermedad.

De hecho, no es casualidad que cuando (por diferentes problemas), alguien se interna en un hospital psiquiátrico, el primer requisito sea abandonar el celular, con la consiguiente desaparición de las redes.

Luján, de 20 años, consultada por Escritura Feminista, fue una persona que atravesó todo este proceso. Confirmó que seguir a un conjunto de reconocidas influencers o it girls, con supuesta vida perfecta y cuerpo perfecto, lograba producirle más ansiedad y angustia. Y, cuando la obligaron a deshacerse de las redes (especialmente de Instagram), sintió una plenitud que hace tiempo no experimentaba.

Todavía falta mucho para eliminar todos los prejuicios y estereotipos, pero a pesar de eso, siempre se apuesta al cambio. Actualmente se ven con más frecuencia personas de distintas edades, etnias y razas, justamente buscando generar inclusión, dando la posibilidad de identificarse con ellas.

Por eso, no hay que eliminar la diferencia, lo extraño o lo particular, no hay que convivir bajo una visión impuesta… hay que aceptar lo distinto y estar orgullosxs de lo que somos, y de cómo somos. Hay que tener una mirada más comprensiva y hacer de este presente un futuro mejor.

Y principalmente, hay que aprender a diferenciar entre lo real y la mentira de lo que se nos muestra.


Bibliografía: http://cnnespanol.cnn.com
https://cincodias.elpais.com


#Opinión El alto costo de la vida

Nota por Julieta Lovera


El día 23 de abril de 2013, las personas que se encontraban en sus puestos de trabajo habituales observaron anomalías y grietas en las paredes del edificio pero, a pesar de las quejas y por pedido de sus supervisores (los cuales aseguraban que el lugar era seguro), sin tener otra alternativa, al día siguiente retomaron sus tareas en el lugar.

Alrededor de las nueve de la mañana del 24 de abril se produjo el colapso del edificio Rana Plaza, en Savar, distrito de Dacca, Bangladesh, que dejó un total de 1127 muertos y 2437 heridos. Fue el segundo derrumbe más grande después del ocurrido en 2001 en el World Trade Center de Nueva York. A partir de ese día, en el Rana Plaza nada sería como antes; en un segundo, aquel edificio de 8 pisos pasaría a ser solo escombros teñidos de sangre.

Les propongo hurgar en la naturalización de uno de los bienes más comunes que tenemos y que, a su vez, es una de las industrias que más dinero recaudan a nivel mundial. Una industria que genera devoción en algunos, extremo rechazo en otros, y un sentimiento de indiferencia o acostumbramiento en la mayoría de nosotros: la famosa industria de la moda.

Pocas personas cuestionan a este negocio al nivel que lo hacen a otro tipo de industrias, como las alimenticias, financieras, o tecnológicas. ¿Pensaron alguna vez qué hay oculto atrás de ese mundo de alta costura, chicas hermosas, y creatividad sin límites?

Si pensaron más allá de lo simple, están pensando bien: ocultos detrás todo eso se pueden encontrar salarios bajos, desigualdad de género, niños alejados de sus familias, hacinamiento, violencia, trabajo infantil, consumismo, malas condiciones laborales, contaminación, enfermedades y muertes, sólo por nombrar algunas cosas.

No es habitual hablar de la precarización laboral en los países menos desarrollados de Asia, ya que estos tópicos quedan tapados por las problemáticas de precarización en nuestro territorio latinoamericano, pero sin embargo deberíamos empezar a mirar hacia el este con una nueva perspectiva.

Este texto surge del documental The True Cost, el cual da en la tecla dentro de la cabeza del espectador como algo que se rompe y nunca más podrá arreglarse. ¿Acaso no es una de las sensaciones más desgarradoras pero apasionantes cuando nos ponen la realidad en la cara?

Sin tapujos ni censura, este documental te frota los ojos con la problemática y grita “Mirá, esto es lo que vos naturalizás todos los días. Esta es la injusticia que ignorás cuando te levantás cada mañana. Esto pasa en el mundo también y vos sos cómplice”. Como espectadora, me sentí invadida, vulnerable y culpable, por todas las veces que miré a un costado y sin siquiera preguntarme el por qué de muchas cosas.

Como bien se titula, el documental trata el verdadero costo de la ropa que usamos cada día de nuestras vidas, de lo que se conoce como Fast Fashion (“moda rápida”). Así es como nos tiene (mal)acostumbrados el consumismo que, a su vez, es generado por el sistema capitalista en el cual nos encontramos envueltos, y que se alimenta de sí mismo.

La “moda rápida” es fácil de definir: utilizamos y tiramos. Los must de la indumentaria son desechables en menos de un mes y las dos temporadas pasan a ser obsoletas con el objetivo de vender más en menos tiempo. ¿Quiénes son los damnificados detrás de esta industria? Desde los compradores compulsivos que nunca logran saciar sus necesidades de consumo hasta los niños que no tienen agua potable porque los ríos de sus pueblos están contaminados.

Como vemos, la moda low cost tiene su verdadero costo en el factor social. Marcas tales como H&M, GAP, Zara y Wal-Mart, entre otras, son partidarias de este sistema perverso en el cual al costo de vida le bajan el costo de la ropa. La ropa que usamos todos los días  puede estar contaminando ríos y lagos, o quizás esté siendo fabricada por las manos de un nene de 10 años que debería estar aprendiendo en el colegio o jugando en un parque.

El día que vi el documental, no pude parar de llorar. “Somos monstruos” me dije a mí misma con una camisa de Zara puesta. Me dí asco. Pero con el tiempo quise que ese asco se transformase en voz.

Entre los datos más desgarradores involucrados en la moda tratada en el documental, podemos contar que:

  • Alrededor de 250 000 productores de algodón en India se suicidaron en los últimos años por deudas contraídas en la compra de semillas de algodón genéticamente modificadas.
  • En todo el mundo, la compra de ropa aumentó en un 400% durante las últimas dos décadas.
  • El 90% de la ropa que se tira termina en vertederos o contaminando ríos, lagos y mares.

¿Acaso esto no es motivo suficiente para que nos demos cuenta de que algo malo está pasando? Los invito a que vean The True Cost, y se sientan tan o más invadidos que yo.

Motivos hay miles, pero comenzar a pensarlo es parte de la solución.

 

 

Fuente consultada:

https://truecostmovie.com/

https://www.youtube.com/watch?v=iSa2SwzhzT0

 

Rafael Nahuel: otra muerte de la que el Estado es responsable.

Rafael Nahuel tenía 22 años y muchos deseos por cumplir. Ya no puede hacerlo: las fuerzas de seguridad lo asesinaron de un tiro por la espalda. Mientras que el gobierno intenta construir un enemigo y un escenario donde solo queden los que acatan las normas, otros saben que hay que resistir.

Los pueblos originarios existían antes de la conformación de los Estados-Nación. Entender la lucha de esos pueblos es poder ver la historia, las raíces verdaderas, y poner un límite a los siglos de sangre y asesinatos. 

 

Una vez más, el Estado mira para otro lado. En lo que va del año ya son dos las personas que mueren en manos de la represión de las fuerzas de seguridad.

El primero fue Santiago Maldonado: primero, la agonía de no saber qué habían hecho con él, las mentiras implantadas desde el gobierno, los medios de comunicación y aquellos trabajan desde el mundo virtual para hacer daño, sembrar mentiras y provocar.

Ahora, fue asesinado Rafael Nahuel, un joven de 22 años no militante. Rafael, un pibe solidario, que la peleaba día a día para salir adelante. No pudo seguir su vida, lo asesinaron.

Asistimos a las mentiras mediáticas desde hace años. En 2001, Clarín titulaba “La crisis causó dos muertos” para encubrir las muerte de Kosteki y Santillán. Luego, gracias a la labor de reporteros y periodistas que habían estado ese día en el lugar de los hechos, quedaría claro que a ellos los mató la policía.

Hoy, una vez más, se intenta no sólo encubrir sino además construir un enemigo. Como en su momento fueron los piqueteros, ahora el enemigo son las protestas sociales, las manifestaciones, los reclamos por los derechos; todo lo que sea distinto, y sobre todo los pueblos originarios preexistentes a la conformación de los Estado-Nación.

Sin embargo se quiere hacer creer -con éxito en buena parte de la población- que ellos son el enemigo, y no los extranjeros que están quitándonos tierras desde la Conquista del Desierto a esta parte. No, ellos no. Ellos pagaron, y para las políticas actuales pueden tener todo lo que se les ocurra a cambio de ese dinero.

Los que molestan, los que quieren lo que “no les pertenece”, son los mapuches, los pueblos originarios que se meten donde nadie los quiere. Es decir, los negros, los distintos, los pobres; a ellos hay que combatir.

El gobierno viene por todo y hace rato lo demuestra. Amparado en su triunfo electoral, avanza no sólo con la entrega de nuestro país sino además con la represión de las manifestaciones, donde arresta y (por supuesto) construye cada día un enemigo, para legitimar su accionar y tener un aval de parte de la sociedad civil para los muertos que queden en el camino.

Esto no es nuevo: este tipo de lógicas se utilizan desde la dictadura militar, y vuelven a aparecer, dándonos la señal de que debemos resistir.

Bullrich dijo que no necesitan pruebas de lo ocurrido, que lo que digan las fuerzas “es de carácter de verdad” para ellos. Es decir, se establece un dogma inamovible y lo que resta queda en manos de la justicia, porque para el gobierno eso es otra cuestión. No le interesa saber lo que pasó, y seguramente no le interese la muerte de Rafael. Pero deberá hacerse cargo, porque es el Estado y son responsables.

No hay gendarmes, ni policía, ni albatros que actúen solos. Es importante entender que no son una isla, que responden a órdenes y las ejecutan.

 

Qué pasó con Rafael Nahuel

A Rafael Nahuel lo asesinaron en Lof Lanken Winkul Mapu en un operativo de la prefectura. Ese mismo día, era el velorio de Santiago Maldonado, quien fue muerto el 1 de agosto en Pu Lof durante la represión de Gendarmería.

Dos vidas, dos jóvenes muertos que son cuestionados, manoseados por todos esos que se dicen ser comunicadores, minimizados y hasta ridiculizados -como en el caso de Santiago- por el Estado y sus secuaces.

Se hace difícil comunicar bajo el contexto en el que estamos inmersos, pero es nuestro deber. Todavía no dejó de dolernos Santiago, todavía se sigue con esa investigación, y ahora aparece la noticia sobre Rafael. Y nos duele tanto como antes. No se acaba nunca.

Quieren estigmatizar al pueblo mapuche, quieren minimizar su lucha histórica y ubicarlos en el puesto de los equivocados, los violentos, los enemigos de la patria, cuando es al gobierno al que, a la luz de los hechos, le corresponden todos esos calificativos.

Rafael tenía 22 años, no 27 como se dijo en un principio. No estaba armado, no era un “mapuche violento”, ni alguien que “lo merecía”. Esos son los discursos que arman y se van legitimando para que todos aquellos que han perdido una vez más su humanidad puedan quedarse tranquilos, y dormir tendidos a orillas de su miseria.

Rafael era un joven que hacía de todo un poco, changas, labores varias, como las hicimos todos los que no tuvimos el placer de un laburo fijo y un buen pasar en algún momento.

Rafael hacía herrería, soldaba, y había aprendido el oficio para salir adelante. Salir aunque fuera tan solo un poco de la exclusión y la pobreza. Pero para muchos siempre es el marginado, el distinto o el luchador el que está equivocado, por no dejarse chupar por un sistema que permanentemente lo violenta y lo excluye de todo contrato social.

Siempre es mejor pensar que algo habrá hecho y no que estaba en el lugar equivocado, atacando o no acatando las reglas que se le querían imponer por la fuerza.

Es paradójico que muchas personas piensen que es justo que quien no acata la norma o se sale de lo preestablecido termine mal por merecedor. Ese mismo discurso es instalado y armado para que ocurra y se justifique como en una espiral interminable, y al día de hoy funciona casi a la perfección.

Salvo por el detalle de que ya no nos callarán. No pudieron antes, con las vejaciones, torturas y desapariciones; no podrán ahora. Conocemos nuestros derechos, y con o sin miedo no daremos un solo paso atrás.

Los pueblos originarios son nuestra historia; asimismo, hay territorio que les pertenece. No somos europeos, la mirada europeísta se cae por su propio peso. Esos indios que detestan, somos nosotros. Sería bueno que se enteren de tamaña noticia.

Rafael era un pibe de barrio, con un oficio, con una familia, con una vida. Hacía poco tiempo había empezado a vincularse con el reclamo mapuche.

El día que lo asesinaron, hubo dos heridos más, arrestaron a mujeres, le tiraron gas pimienta a los niños, y le metieron tierra en la boca a María, una integrante de la Lof, cuando empezó a hablar en mapuzungun. Además, le dieron un golpe en la cabeza y la dejaron desmayada. A todas las demás las golpearon y se las llevaron detenidas con sus niños, donde permanecieron más de diez horas sin beber ni comer.

Los varones de la comunidad escaparon hacia el cerro y se defendieron como pudieron, pero no tenían armas de fuego.

El operativo fue ordenado por el Juez Gustavo Villanueva después de recibir una denuncia por parte de Parque Nacionales. Entre policías, gendarmes y prefectos eran  más 300  uniformados. También se cortaron las rutas y se alarmó a la población.

Los días posteriores al asesinato de Rafael, Bariloche fue militarizada, siempre rodeada por la fuerza que generaba un clima de miedo y hostilidad. Otra vez, estamos llenos de dudas, de tristeza, de muerte. Pero hay una certeza: habrá consecuencias, porque el Estado y las fuerzas de seguridad son responsables.

Es importante entender y comprender los procesos históricos, no caer en las historias de manual, empezar a revisar la historia, y empaparse de ella. No se puede tapar el sol con un dedo. Hacernos cargo de lo que somos, y de dónde venimos como pueblo, con nuestras raíces, sirve no sólo para entender estos hechos, sino también para comprender quiénes somos en verdad y por qué deberíamos apoyar ciertas luchas.

Está en nuestras manos nuestro futuro, y también nuestra historia, para abrirla y sanar, reparar en la medida de lo posible, tantos años de daño. Es necesario conocer la verdad. Mirar con ojos abiertos y recordar que los que cayeron por luchar también son nuestros.

Los Estado-Nación son una parte de todo el constructo social y la base de la sociedad moderna, pero la tierra y los habitantes mapuches y tehuelches son preexistentes a ellos. No debemos olvidarlo nunca.

Por Rafael, por Santiago y por todos los que no están, gritamos ¡PRESENTES! Ahora y siempre.

 

 

 

Enredadxs: sobre rulos y estándares de belleza

«La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta».
-Arthur Schopenhauer.

Nací con la cabeza llena, además de sueños y de ideas, de una cualidad heredada de mi familia materna: rulos.

Esta característica nata provocó que, en mi paso por la primaria, los comentarios fueran muchos: «Parece muy seco, ¿probaste con un baño de crema?», «¿Por qué no te hacés un brushing o te pasás la planchita?», «Quizá te quedaría mejor si te sacaras volumen».

Como le sucede a muchas otras ruludas, ninguna de esas opiniones había sido solicitada.

A los siete años, fui a una peluquería. Me senté y, con mis pies movedizos que aún no llegaban a tocar el suelo, le dije que quería el cabello bien corto. «¿Le preguntaste a tus padres?», me cuestionó el peluquero. «El pelo es mío», fue mi respuesta.

Estaba contentx, tenía el largo deseado. Pero estaban los rulos, esos benditos rulos, que parecían no agradarle a la gente y, en consecuencia, incomodarme a mí.
«Estás hecha un varoncito», me decían las amigas de mi abuela. «Ese corte no va con los rulos, pareciera que tenés un afro».

Lo dejé crecer. Traté de pretender que mi cabello no existía. Usé rodete durante años, pero eso no bastó. «¿Nunca usás el pelo suelto? Te quedaría más lindo», «¿Por qué tan tirante? Se te va a arruinar».

Cuando por fin lo soltaba, comenzaban los cuestionamientos acerca de si estaba sucio o era simplemente así, que por qué no lo desenredaba, si usaba crema para peinar o lo acondicionaba como debía. Cuando de rulos se trata, todxs son especialistas en nutrición capilar.

A pedido del público, a los quince años lo alisé. Me lloraban los ojos y no estaba muy segurx de qué producto estaba en mi cabello, pero quedó bien lacio y todo el mundo lo elogió. «Qué lindo que hayas decidido ser más arreglada», «Ahora tenés el pelo más sano, más brilloso». Pero no estaba sano, ni hidratado, ni más limpio: solo estaba lacio. Domado. Liso.

Hubo quienes no podían creer que me hubiera desecho de mis rulos. Imaginaban esos rizos de publicidad, bien armados, retocados, imposibles. No querían los rulos salvajes, los descontrolados, los que hacen caso omiso a cuanta crema para peinar se les imponga. No comprendían la independencia de aquellos cabellos que iban para donde les complacía y no adonde les decían. No encontraban la belleza de lo indomable, lo grande y lo voluminoso.

Cuando, al final, me harté de una rutina que demandaba levantarme una hora antes en la mañana para amoldar mi pelo a lo que les resultara estéticamente agradable a otrxs, fui a la peluquería y lo corté de nuevo.

A cada tijeretazo, se cortaban también de mí esas voces que retumbaban en mi cabeza. «Te quedaría más lindo lacio», ¡zaz! Un mechón menos. «Quizá deberías desenredar más esos rulos». Ya se fue la mitad. «¡Ay, con lo lindo que te quedaba el alisado!». Y se fue todo.

Todo el pelo, todos los comentarios sobre algo que en definitiva es solo mío. Todas las horas tironeando de un cepillo, tratando de coartar esa enrulada forma con dos placas calientes.

Me corté todo el pelo y así entendí que el cabello es una buena metáfora de las mujeres en la sociedad: se lo busca bello, suave, domado, normado y dócil. Hoy se encuentran con que es salvaje, impredecible y se aleja de todo estándar esperado de belleza.