No somos copadas, ni lo seremos

Cuando la realidad a veces parece ser pura ficción, no sabemos si abrazarnos, reír a carcajadas o largarnos a llorar. Pero ante todo debemos aclarar y declararle a una colega de Clarín que NO, nosotres no somos copades (ni lo seremos).

Una periodista del diario Clarín, uno de los grupos multimedia más grandes del país (con todo lo que esto conlleva), publicó un manual para la mina copada.

Todavía estamos en la duda de si la nota fue escrita en serio o es simplemente un chiste que el grupo lanza en sus páginas, porque lo que allí dice no cuadra demasiado con la realidad actual. Parece que no sólo está bien decir lo que “una mina” debería ser sino que, además, los parámetros que la colega establece distan bastante de lo que muchas mujeres (y no minas) somos y luchamos por ser.

Desde este equipo, como medio pero sobre todo como personas que habitan este mundo, nos declaramos NO copades. Nada copades.

No sólo por cosas menores, como no estar depilades y “engamades” los 365 días del año, a disponibilidad de quien desee desnudarnos o acostarse con nosotres. No, no sólo por eso, sino también porque a veces viajamos con plata juntada en grupo, o prestada, o sacada en cómodas y comodísimas cuotas, porque nuestro presupuesto tampoco es copado.

Y ahí vamos, reuniendo lo que podemos y haciendo los viajecitos que están a nuestro alcance. La mayoría de las veces, con un enorme esfuerzo para hacer el viaje, pasarla bien, cagarnos de risa, y olvidarnos del mundo por un rato.

Al contrario del manual de la mina copada, quien siempre está predispuesta para todo lo que el resto de la humanidad necesite. Nosotres, no. Hay momentos en los que sólo tenemos disponibilidad para unos pocos y, hasta me arriesgaría a decir, hay días en los que sólo tenemos disponibilidad para nosotres mismes. Porque no podemos con todo.

Y nos enojamos, y en las madres habita la culpa de qué hacer, y mandamos a la mierda amigues para después decirles: “Disculpame, tenía un día de mierda”. Remamos y remamos e intentamos hacernos un tiempito entre laburo, cursos, hijes, parejas, estudio y otras yerbas para disfrutar un vinito o una cerveza, que ¡claro, engordan! Sobre todo, el alma y la risa.

No, no somos copades, porque a veces “caer solas a una fiesta” no nos gusta, y no encontramos soluciones inmediatas, porque a veces no las hay o simplemente no las podemos ver. Porque claro, no somos máquinas.

Y no somos copades cuando nos metemos hasta la manija con un tipo que la colega llama “flojo de papeles”, es decir, que está con otra(s) persona(s). A veces sufrimos o hacemos sufrir a otres; ni nos importa. La mayoría de las veces “se lo delata” y todo explota por los aires. Hacemos lo que podemos y también a veces lo que se nos canta. Como lo hacen los tipos, ¿por qué? Porque NO somos copades.

Somos personas que intentan vincularse con hombres y con mujeres en todos los sentidos. A veces acertamos, otras pifiamos lejos, lejísimos. Y cuando eso ocurre lloramos, hacemos duelo por quien sea, nos rearmamos y volvemos. No a la nube de la copada: volvemos a la vida, que para les no copades es otra cosa.

La colega, en su manual, atrasa, encasilla e intenta persuadir. Aunque, ojo, debo confesar que de haberla leído 15 años atrás me hubiese reído de esa imagen cliché. Hoy, no.

El modelo que la colega construye habla de una “copada lectora con un toque feminista”. Como si fuese posible habitar esos terrenos desde tan sólo la superficie, con algunos toques aquí y allá; un salpicadito que te harían una mina deseable, sociable, aceptable, competente, disponible y querible.  Se olvida la colega de que lo que se queda en la mera superficie, allí muere. No se puede tener “un toque”, se es o no se es.

Si tuviéramos que enumerar y refutar cada uno de sus (llamémosle) conceptos, sería agotador. Pero sí podemos contarle a la colega que a veces lloramos en grupo, en pareja; lloramos por teléfono con amigues y hermanes. Nos abrazamos cuando pasa algo, porque ya estamos en el siglo XXI y han cambiado los vínculos, las maneras de pensarnos y comunicarnos.

Entonces, elegimos aunar fuerzas y contarnos, sacarnos dudas y generar otras nuevas, repensarnos y sentirnos manada. Al menos, eso hacemos les NO copades. Porque a veces el mundo se vuelve volcán y erupciona, y nosotres como lava estallamos por los aires y nos perdemos, nos volvemos ceniza que habita la tierra; empezamos a volar.

Algunes sí trabajamos desde los 16 o antes, aunque no sólo para ser independientes. A veces trabajamos desde los 16 o antes (casi siempre en negro y en trabajos mal pagados) porque necesitamos el mango, porque hay que comer, porque hay que estudiar y aportar a la economía familiar. Muches no trabajamos “de copadas nomás”, trabajamos por una necesidad real. Claro, tal vez la copada labure desde que era menor tan solo por placer.

En definitiva, nos declaramos NO copades, para nada copades. ¿Sabés por qué? Porque somos reales, humanes de carne y hueso. Muchas veces no hay tiempo ni ganas de ir “al gym” ni de conservarnos espectaculares; la vida nos mueve y hacemos lo que podemos.

No somos copades porque nos amamos a nosotres mismes, y desde allí a los demás. Por eso recorremos caminos en conjunto, por eso no estamos disponibles siempre para otres. La vida deja de ser un manual para ser habitada y es precisamente porque luchamos para hacer un mundo más habitable que no somos copades, ni lo seremos.

En los manuales, querida copada, no se aprende del amor, ni del sexo, ni de la lucha, ni de lo lindo de un abrazo, ni de lo mojado de un beso, ni del dolor de las lágrimas.

En los manuales, querida copada, sólo habitan infinidad de teorías que por suerte pudimos pensar, combatir y volver a escribir. Pudimos hacer empírico todo lo que hemos leído y aprendido a través de los años, y revertirlo.

Porque la vida, querida copada… La vida es mucho más que un manual.

 

#Reseña The Keepers: no puedes enterrar la verdad

Abusos, asesinato, conspiración, ocultamiento. El clero, la policía y el Estado son responsables. Miedos, mentiras, corrupción. Todo esto ocurrió en Baltimore en los años 60. La serie documental que intenta desenmarañar un crimen sin resolver.

Atención: esta nota contiene spoilers. Aun así, la importancia real de este documental no reside en el desarrollo de la trama, puesto que en el primer capítulo ya se brinda la información completa de lo que sucedió en los años 60 en Baltimore. Lo impactante es la serie misma, su organización, su narración y su estética.

The Keepers empieza narrando un crimen cometido en 1969. Cathy Cesnik, una monja estadounidense que impartía clases en un colegio femenino de Baltimore, había sido asesinada a la corta edad de veintiséis años. Sus antiguas alumnas, quienes hoy tienen más de 60 años, la recuerdan con mucho cariño, describiéndola como una mujer entusiasta, trabajadora, humilde y atenta; una persona a la que podían acudir en busca de apoyo y consuelo. La única monja que supo empatizar con sus alumnas.

La hermana Cathy había desaparecido una noche en circunstancias misteriosas, cuando volvía de comprar un regalo para su hermana quien estaba a punto de casarse. Su automóvil había quedado mal estacionado frente a la casa de la monja, pero ella nunca más regresó a su casa. Dos meses más tarde, su cadáver fue hallado en un bosque cercano.

El crimen, oficialmente, quedó sin resolver. En aquellos años, la policía manejó la hipótesis de que tanto la monja como otra mujer de la zona habían muerto a manos de un “lobo solitario”, algún psicópata sexual que estaba de paso por la zona, ya que ambas eran guapas y jovenes.

Esta serie documental cuenta con siete episodios dirigidos por Ryan White, quien ha dedicado su carrera a este tipo de proyectos de investigación, y está bajo el listado de las producciones de Netflix, plataforma que ya ha producido más de una docena de programas en ese formato. Además, ha sido nominada para el premio Emmy al mejor documental. No contiene imágenes fuertes, amarillistas, ni golpes bajos: es un documental que moviliza una gama muy amplia de sentimientos por el impacto que genera cada palabra testimonial de sus protagonistas.

La historia es de verdad escalofriante, no recomendable para interiorizarse antes de dormir puesto que invita a la reflexión sobre las mayores miserias humanas que pueden manifestarse: el abuso sexual a menores de edad, la consecuente manipulación psicológica y emocional para hacerlos callar, y el asesinato de una persona. Luego de 40 años, dos alumnas comienzan a recordar momentos oscuros de su niñez y deciden investigar estos sucesos. Todo comienza con el recuerdo de aquella tierna monja que un día no volvió a darles clases: empiezan a buscar datos de su muerte en periódicos antiguos y otros archivos, y luego crean una página de Facebook mediante la cual piden colaboración ciudadana sobre el caso.

Cathy Cesnik daba clases en una prestigiosa escuela católica, el Instituto Arzobispo Keough, al que acudían chicas adolescentes de familias bien posicionadas económicamente. En Baltimore abunda la población católica, sobre todo de origen centroeuropeo, y la Iglesia católica tiene una influencia muy grande en todos los niveles de la sociedad, mayor que en otros lugares de Estados Unidos, donde imperan las comunidades protestantes.

El cuerpo de Cesnik fue encontrado dos meses después de su desaparición. Tenía un agujero en la parte posterior del cráneo y, de acuerdo con la autopsia realizada, fue el resultado de un trauma tras un golpe contundente. Este suceso es la punta de un iceberg de proporciones enormes y desagradables.

Innumerables alumnos del Keough habían sido víctimas de abusos sexuales por parte del padre Neil Magnus y el padre Joseph Maskell, sacerdotes del instituto, ambos muertos hace algunos años sin haber sido juzgados como corresponde en este mundo terrenal. Así las cosas, gracias a la Iglesia católica, a la Justicia, y a la Policía de Baltimore, quienes ocultaron los hechos en lugar de encarcelar a los culpables.

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Cabe destacar que el asesinato de Cesnik se produjo justo después de que la joven monja amenazara con sacar a la luz las atrocidades perpetradas por la Institución eclesiástica, que implican no sólo el abuso sexual, sino un acto de manipulación que nada tiene de improvisado: generar un sentimiento de culpa en las víctimas, hacer que sientan que todo lo que les pasa es porque se lo merecen, porque tienen al “diablo” en el cuerpo, y que ellos tienen un pene “mágico” con poderes de exorcismo. Todas las acciones perfectamente medidas, estudiadas; curas con conocimientos en psicología. Nada estuvo librado al azar.

El padre Maskell tenía un hermano policía y era amigo de las autoridades locales. Estos curas no fueron los únicos implicados en los abusos: hubo policías que también acudían al despacho de la secundaria de Keough para violar a las alumnas. Parte de la metodología para el horror consistía en hacer creer a las víctimas que quizás, algún día, podrían ser perdonadas por sus pecados. Se trataba de niños a quienes se les enseñaba una religión, un necesario temor a Dios, la culpa y por último, el silencio. Esta ha sido la fórmula casi perfecta para las atrocidades.

La actitud de la archidiócesis local sobre el asunto, tras recibir decenas de denuncias, fue de negación, encubrimiento. Claro, ¿acaso podemos esperar que la Iglesia se arrepienta de sus pecados? Una maquinaria que llegó equipada a América en el siglo XV para imponer su evangelio derramando sangre a cada paso. Es insostenible la idea de que las autoridades policiales, eclesiásticas y judiciales son independientes: estamos hablando de la tríada patriarcal por excelencia, se sostienen mutuamente. Lo que hacen es evitar el efecto dominó.

Fuerza, esperanza, justicia. Esto es lo que representan las exalumnas de Keough. Un grupo de mujeres que tuvieron que sumergirse primero en la desesperación, intentar borrar las huellas de una infancia oscura, deconstruir supuestos, para volver a construirse, repararse, comprenderse, valorarse y decidir echar un poco de luz donde un homicidio quedó sin respuestas a casi 50 años del hecho.

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Secundaria del futuro: ¿una apuesta a la flexibilización laboral?

Mientras el gobierno porteño está dando los primeros pasos en un nuevo diseño curricular para hacer cambios en la educación, todavía no se sabe que pasará a nivel provincial y nacional. A través de los años y según cada gobierno, se repite la toma de decisiones para cambiar los métodos de enseñanza, sin valorar lo bueno del plan vigente ni partir desde allí para hacer modificaciones. La nueva «Secundaria del futuro» plantea un cambio en los diferentes niveles educativos. Un cambio más, enfocado a conseguir mano de obra a bajo costo, quitar fuerza a los sindicatos y modificar el rol del docente.

«Alfabetizarse no es aprender a repetir las palabras, sino a decir su propia palabra«. Algo que Paulo Freire planteó como una idea para la acción, la idea de ser que en la actualidad comienza a desdibujarse, borrando con el codo lo que se ha escrito con la mano. En tanto y en cuanto la educación deje de ser una prioridad para los países, se perderán los recursos no sólo para liberar sino también para humanizarse. Al vapulear la educación, lo que se logra como medida principal deteriora en primera instancia a las generaciones venideras, y a la sociedad hoy.

El gobierno de la ciudad quiere instaurar una educación nueva, por una «escuela del futuro», y olvida que el primer paso debe y tiene que resolver el presente educativo. Este plan trae implícita la mirada en las formas a las que el gobierno de Cambiemos nos tiene acostumbradxs, que piensa siempre en un modelo económico que apunte al beneficio empresarial con eslóganes más que eficaces, llenos de significantes tan prometedores como vacíos de sentido.

Quienes se encuentran con esta novedad, se preguntan qué implicancias tiene la «escuela del futuro», cómo está diseñado el nuevo plan de estudios y cuáles son sus argumentos. La propuesta está enmarcada en el Plan Nacional Integral de Educación Digital (PLANIED) y en teoría busca dar respuesta a un contexto en cambio permanente. Por supuesto que está pensado como una forma nueva y creativa de la educación, proponiendo el uso de la tecnología como una de sus fuentes principales, pero sin detallar demasiado cómo se llevará a cabo cada uno de los puntos en la mesa ya que, sin ir muy lejos, para que este tipo de educación se cumpla el Estado debiera garantizar el acceso a Internet y una computadora por cada alumno, más la infraestructura necesaria en todas las escuelas. Como sabemos, esto no es una realidad hoy en día.

Claves para entender la «Escuela del Futuro»:

La división de los contenidos: los contenidos ya no se separarán por materias, sino en áreas de trabajo (Comunicación, Sociales, Exactas y Orientaciones). En la actualidad, también se establecen trabajos pedagógicos en conjunto, para que todo tenga un hilo conductor. Un docente no trabaja aislado del resto.

Las formas de evaluación: en las evaluaciones de cada materia ya no habrá notas numéricas ni por separado, sino que se trabajará con créditos. Todavía no está muy en claro cómo se llevará a cabo.

Cómo serán las clases: se basarán en un 30 % de «Introducción a Nuevos Contenidos» y el 70 % restante de «Participación Autónoma y Colaborativa de los Alumnos». La promesa surge de la crítica a las clases verticales y «magistrales» de la actualidad. Es decir, dejan de lado el trabajo docente y el rol en el cual los docentes preparan sus clases y las dictan, haciendo participar a los alumnos y no sólo brindando la teoría, sino llevándola a la práctica.

Quinto año y formas de trabajo: este es uno de los puntos que más llama la atención. Lo que se planta para el último año es que el 50% del tiempo se dedique al aprendizaje y el otro 50% a la formación empresarial autónoma. Es decir, no habrá tiempo para todos los contenidos que se dictan hoy en quinto año: los procesos históricos de la Argentina del siglo XX, la literatura argentina y latinoamericana, entre tantos otros temas que resultan fundamentales para las generaciones futuras.

Estas son sólo algunas de las aristas de la propuesta del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El panorama es complejo. Dado que la comunidad estudiantil no está de acuerdo con la reforma, ya hay colegios tomados por todo Buenos Aires. Los estudiantes consideran que, de cara a los problemas actuales como la falta de gas, los problemas edilicios, los espacios físicos y demás, el gobierno debería invertir en la escuela del presente, antes de mirar a la «Escuela del Futuro».

La comunidad educativa, tanto alumnos como docentes, rechaza la propuesta. Como en otros temas de actualidad, todo apunta a llevarlo a cabo sea como sea. La reforma no establece con claridad cuál va a ser el lugar de los docentes, qué va a pasar con los puestos de trabajo, y cómo será el acceso a la docencia, ya que tal vez no ocurra por concurso y puntaje, como hasta ahora. Por otro lado, lo que se propone para los estudiantes de quinto año es, en palabras simples, mano de obra barata para las empresas y más flexibilización laboral.

La implementación de la reforma se quiere programar para el marzo del año próximo, y los estudiantes se están movilizando en protesta. Como ya se ha hecho antes, con otros hechos ante los que la sociedad ejerció su derecho a la protesta, el gobierno repartió instructivos a los directivos de los colegios para denunciar en la policía la toma de escuelas. La medida, surgida de la dirección de Educación Media, con Soledad Acuña a la cabeza, insta a los rectores y los directores a «concurrir inmediatamente a la Comisaría de la jurisdicción del Establecimiento a efectos de denunciar la ‘situación de toma'», aunque se cuida de aclarar, en mayúsculas: «NO DENUNCIAR PERSONAS».

Una vez más dejan de lado el eslogan del diálogo y buscan la confrontación directa. Hasta la fecha, los colegios tomados son: el Bellas Artes «Rogelio Yrurtia», la Escuela Técnica N° 33 «Plumerillo», el Liceo N° 9 «Santiago Derqui», y el Normal N° 10 «Juan Bautista Alberdi».

En un clima caldeado y una época difícil de dirigir, las decisiones de esta índole nos retrotraen al pasado, más que hacernos pensar en un futuro. Por supuesto que no faltará quién esté de acuerdo con la fórmula y la denominación del «sálvese quien pueda» o «está bien, que los pibes trabajen». Sin embargo, no debemos dejar de poner atención, y continuar resistiendo a que quieran someternos con teorías y planes netamente empresariales y economicistas. Somos mucho más que eso y la educación nos ha dado las fuentes para enfrentar, pensar y armarnos entre todos para construir el futuro. Un futuro que se plantea incierto, pero futuro al fin.

 

 

 

 

 

Aquí el documento elaborado por la comunidad de la ESEAM «Juan pedro Esnaola» como respuesta al proyecto «Secundaria del Futuro»del Ministerio de Educación CABA:

https://drive.google.com/file/d/0B69Qev_QSIs4Z3hBMVpNZWg5bjg/view?usp=sharing

 

 

 

 

«Grace and Frankie» (¡Contiene spoilers!)

«Grace and Frankie» refleja cómo una mujer, a pesar de sus conflictos, sus años y su familia, puede encarar una nueva etapa de su vida sintiéndose completamente rejuvenecida.
Se trata de una serie original de Netflix sobre dos mujeres mayores de 70 años quienes descubren que sus esposos habían estado saliendo durante más de 20 años a espaldas de ellas. Jane Fonda (Grace) y Lili Tomlin (Frankie) encarnan a las protagonistas, dos mujeres con personalidades por completo opuestas que logran superar su relación conflictiva para pasar a ser mejores amigas.

A lo largo de la serie, se ve cómo ambas mujeres deben acostumbrarse a vivir sin sus esposos, con los que habían estado casadas durante más de 40 años. Sus vidas cambian de forma radical: sus casas, su relación con la familia, sus tradiciones, la forma en la que se perciben, por mencionar algunas cosas. Comienzan una etapa en la que deben volver a conocerse a sí mismas.

A diferencia de la mayoría de las series, no es protagonizada por personajes jóvenes y no muestra a la mujer mayor como una persona a la que se le pasaron «sus mejores años», que ahora solo le queda descansar y dedicarse a cuidar de sus nietos.

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Durante este proceso de cambios se percatan de lo subestimadas e ignoradas que eran por sus familias y amigos. En realidad, de lo subestimadas e ignoradas que son las mujeres mayores en general. Es por esto que, en la tercera temporada de la serie, deciden fabricar un producto que deja boquiabiertos a varios personajes: un vibrador para la mujer mayor.

Quisiera destacar dos temas presentes en esta serie: La sexualidad y el estilo de vida de las mujeres mayores.

¿Por qué este producto es tan polémico? Es una de las preguntas que se realizan Grace y Frankie. Ambas remarcan la ausencia de objetos sexuales pensados para las mujeres de cierta edad. Es que ¿acaso estas no se masturban ni tienen sexo? Las protagonistas sienten que es su deber distribuir este vibrador y que llegue a todas, para que se deje de creer que las relaciones están reservadas con exclusividad para los jóvenes.

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Por otra parte, en varias ocasiones hubo personajes que sintieron pena por las protagonistas, como si estuviesen destinadas a pasar el resto de sus vidas solas, siendo mujeres solteras. Es allí donde ambas demuestran todo lo contrario. Si bien el divorcio fue para ellas un momento más que desafortunado, no lo consideraron el fin del mundo. Una vez procesado el duelo, se percataron de que eran libres y capaces de realizar lo que ellas quisieran. Otra vez se cuestionan: ¿por qué creen que una mujer mayor de 70 años no puede ser exitosa ni realizar sus sueños? En lugar de quedarse en sus casas y resignarse a vivir con lo que les tocó, decidieron comenzar su propio emprendimiento, sin importar sus pesados años y dolores.

 

 

 

 

#Relatos Carta a Chester

I’ve lied to you the same way that I always do. This is the last smile that I’ll fake for the sake of being with you. The sacrifice of hiding in a lie, the sacrifice is never knowing.

Ayer nos sorprendiste, nos dejaste en shock, tristes, profundamente dolidos. Por todos lados apareció tu imagen. Estaban en plena gira, tenias 41 años, 6 hijos de dos matrimonios diferentes, así lo detallaron los medios.

También que lo hiciste por tu amigo Chris, en el día que él cumpliría 53 años.
Y claro, no podía faltar, el detalle del alcohol, las drogas, la violencia y toda la mierda que sale a flote una vez que una persona se va de este mundo.

I’ve given up I’m sick of feeling, is there nothing you can say? Take this all away, I’m suffocating! Tell me what the fuck is wrong with me!

Put me out of my… Put me out of my fucking misery!

Claro que a mí no me importa nada de eso.

No me importa por qué lo hiciste.
En este momento me arrastra el egoísmo de pensar que nada de esto pasó, solo para sentirme bien, para dejar de sentir este vacío en mi pecho.

Un vacío que solo puedo llenar con tu música.

I dreamed I was missing, you were so scared but no one would listen cause no one else cared. After my dreaming, I woke with this fear. What am I leaving? When I’m done here?

So, if you’re asking me, I want you to know when my time comes, forget the wrong that I’ve done. Help me leave behind some reasons to be missed, and don’t resent meand when you’re feeling empty keep me in your memory, leave out all the rest, leave out all the rest.

Don’t be afraid, I’ve taken my beating, I’ve shared what I’ve made. I’m strong on the surface, not all the way through. I’ve never been perfect, but neither have you.

En tus letras dejaste la clave para que lo superemos, para que entendamos cómo te sentías. Así como en algún momento nos sentimos identificados en ellas, sentimos que vos nos entendías, ahora nos toca a nosotros.
Nos preparaste de antemano, ahora sólo queda volver gritar y tratar de imitar la potencia de tu voz hasta rasgarnos la garganta. Como tantas veces hicimos. Sólo para sacarlo todo afuera, para liberarnos de todo.

It’s true the way I feel, was promised by your face. The sound of your voice painted on my memories. Even if you’re not with me I’m with you.

Tu música fue catarsis, tu música es catarsis.

I’ve become so numb, I can’t feel you there, become so tired, so much more aware. I’m becoming this all I want to do, is be more like me and be less like you.

And I know I may end up failing too, but I know you were just like me with someone disappointed in you.

Si, soy de esas que empecé a cuestionarlos después de Minutes To Midnight, no me ajuste a sus cambios. Pero también soy de esas que empezó a escucharlos desde muy joven, en mi caso a los 11, cuando todo es nuevo, sorprendente, vivo pero también doloroso.
Es esa etapa en la que empezás a descubrir y descubrirte. Yo encontré el verdadero significado de la música con ustedes. Me enamoré perdidamente de vos, de tu voz. Era la fuerza que necesitaba.

All you’ve ever wanted, was someone to truly look up to you.

Te convertiste en ese ídolo todopoderoso al que probablemente nada le podía pasar.

Pero eras sólo un ser humano.

Crawling in my skin these wounds they will not heal. Fear is how I fall. Confusing, confusing what is real.

There’s something inside me that pulls beneath the surface. Consuming (Confusing what is real). This lack of self control I fear is never ending, controlling (Confusing what is real)

Me hacés reflexionar otra vez sobre la vida y la muerte. Lo finito que somos en este mundo que todavía no comprendo bien, vos me habías ayudado a entenderlo, me habías abierto los ojos. Ahora lo hiciste de nuevo. Ahora dudo de nuevo.

Es difícil encontrar alivio cuando estás inmerso en una profunda desesperación. Yo logré superar algunas de mis batallas escuchándote. Sos parte de mi identidad, de lo que represento ahora.

What it meant to me will eventually be a memory of a time when I tried so hard and got so far but in the end, it doesn’t even matter.

Una de las tantas veces que me perdí escribí que a través de las palabras me vuelvo a encontrar. Es así siempre, las palabras se vuelven alivio del dolor que llevo dentro, así como en tu caso cantar, y no simplemente cantar sino poner el alma al cantar, fue la luz que te hizo sentir vivo.

Who cares when someone’s time runs out? If a moment is all we are. We’re quicker, quicker. Who cares if one more light goes out? Well I do.

Es lo que te hizo inmortal.

Sometimes goodbye’s the only way. And the shadow of the day will embrace the world in grey. And the sun will set for you.

No sé qué batallas estabas luchando ni que demonios te atormentaban. No me gusta pensar que te ganaron, no quiero pensar que te rendiste. Simplemente que decidiste como y cuando irte.

The sun goes down, I feel the light betray me.

Sólo espero que hayas encontrado paz.

I’ll paint it on the walls’cause I’m the one at fault.

I’ll never fight again and this is how it ends.

I don’t know what’s worth fighting for or why I have to scream. But now I have some clarity to show you what I mean. I don’t know how I got this way, I’ll never be alright.

So I’m breaking the habit, I’m breaking the habit, I’m breaking the habit tonight.


 

Caso Victoria Aguirre: Se espera la definición del juicio

Victoria está presa hace dos años, desde que llegó al hospital con su beba muerta. La mujer hizo la denuncia desde el primer momento y dijo que quien había matado a su hija era su pareja, Rolando Emilio Lovera. El hombre las había mantenido secuestradas durante ocho días y había violado a Victoria Aguirre. Esta semana comienza el juicio: Victoria lo espera en prisión, mientras que Lovera está en libertad por decisión de la justicia.

La historia de Victoria da escalofríos, y no deja de recordarnos otros casos de mujeres injustamente privadas de su libertad por determinación de una justicia que, de base, no toma en cuenta pruebas y argumentos, y además condena a las mujeres por el hecho de serlo. Aún están latentes los casos de Belén, a quien metieron presa acusada de homicidio agravado por el vínculo cuando tuvo un aborto espontáneo en el baño de un hospital público; o el caso de Higui, quien se defendió con un cuchillo de diez hombres que intentaron violarla en la calle “para quitarle lo lesbiana”. Y la lista continúa.

Victoria llegó al hospital Samic de Oberá (Misiones) muy temprano -a las 5:45- el 29 de enero de 2015. Fue directo a la guardia, con su beba de dos años y cinco meses. Según el informe médico, la beba ingresó ya sin vida al hospital y con múltiples hematomas en su cuerpo. No era la primera vez que ingresaba. Lo había hecho dos días antes, y la médica de guardia había solicitado que quedase internada por una lesión en su mano, y además porque la niña presentaba hematomas y escoriaciones.  Ese día -es decir, dos días antes de la muerte de la beba- Lovera, la pareja de Victoria, comenzó a gritar  desenfrenadamente para que no se produjera la internación. En ese momento Victoria firmó el alta voluntaria y se fueron los dos con Selene, hija de Victoria.

Ante estos hechos es que aparecen la condena social y, además, la condena de la justicia. Pero si vamos más allá, se puede analizar el caso con perspectiva de género y no sólo cuestionar por qué Lovera está en libertad y Victoria Aguirre en prisión, sino también recordar que tanto Victoria como su hija fueron víctimas de la violencia y víctimas de un sistema que sigue acusando a las mujeres, que sigue actuando en favor de los que vulneran la integridad de todxs. Un sistema que condena a la mujer por ser mujer.

Rolando Emilio Lovera tuvo secuestradas a Victoria y a su hija durante ocho días. Durante el encierro, violó en reiteradas ocasiones a Victoria, las hizo dormir en el piso y golpeó a la nena varias veces, hasta que la mató de un golpe y obligó a Victoria a ser quien la llevase al hospital. Ahí mismo Victoria quedó detenida.

Lo que se pide desde distintos movimientos feministas es que se analice el caso de Victoria poniéndose en sus zapatos. Es decir, pensando su accionar dentro de las posibilidades y los recursos que ella tuvo, y sobre todo teniendo en cuenta que hubo testigos de las condiciones en las que se encontraba la niña y la reacción de Lovera. La violencia de género existe, es permanente, limita, coacciona, nos mata cada día. Muchas veces, a gran parte de la sociedad le resulta difícil entender el sometimiento al que puede llegar una víctima de violencia de género. Tal vez por crecer en otros contextos, tal vez por negar lo que sale a la luz, o inclusive lo que pasa puertas adentro en ciertas relaciones.

Victoria y Selene comenzaron a vivir con Lovera en 2014. Por supuesto que, como en la mayoría de los casos, la violencia surgió desde el comienzo. Victoria -como tantas otras mujeres- quedó atrapada en ese círculo del que nunca más pudo escapar. La violencia era permanente, era su realidad. Vivían encerradas y dormían en el trabajo nocturno del hombre. La familia de Victoria intentaba comunicarse, pero el aislamiento era total. Los mensajes los contestaba Lovera, con historias inventadas falaces, como la de unas vacaciones que no existieron -subiendo fotos a las redes sociales y poniendo palabras amorosas- para que no se supiera la realidad.

Como tantas otras veces, claro que hubo avisos. Pero hay personas que deciden no meterse, por pensar que son cosas de pareja. Esto es lo que le ocurrió a Victoria al pedirle ayuda a un vecino, para que le avisara a su padre lo que estaba pasando. El hombre decidió no meterse. Digamos, el hombre eligió mirar hacia otro lado.

El juicio está suspendido por la recusación del abogado defensor de Victoria. Lo que se trató de hacer fue culpar a Victoria de haber matado a su hija, debido a que permaneció en esa convivencia. Es decir, se le recrimina a la mujer por qué no se fue y de inmediato se exime de responsabilidades al asesino de Selene, violador de Victoria y secuestrador de ambas,  Rolando Emilio Lovera.

 

 

 

Lucha cotidiana

Cuando las cosas se empiezan a perpetuar de forma sistemática y dejan de ser casos aislados, las personas tienden a acostumbrase. ¡Qué peligrosa es la comodidad de lo conocido!

De repente, me despierto y caigo en la cuenta de que no hay un solo día en que no vea, al menos, cinco casos diferentes de mujeres que relatan en redes sociales diversas situaciones de peligro que vivieron y quieren compartir, para empezar a cuidarnos entre nosotras.

Caigo también en que dos de esos cinco sucedieron en las mismas cuadras que camino para ir a la facultad o para tomarme un remis a la salida de algún bar.

Acto seguido, siguen las acusaciones virtuales sobre la veracidad de la historia y comentarios, de lo más peligrosos, desprestigiando el relato porque “bueno, agradecé estar viva”. Sí, juro que lo agradecemos cada día.

De repente, caigo en lo habitual de las amenazas de las exparejas de mis amigas, tanto así que nos encontramos hablando a las 8 de la mañana sobre los nuevos mensajes que recibieron la madrugada anterior y repetimos un simple “denuncialo, dale”, que últimamente ya se volvió moneda corriente mientras compartimos un mate.

El paso siguiente es planear el rejunte de las pruebas necesarias para que le tomen la denuncia, que no es cosa fácil y que no sirve para mucho más que dejar por sentado que (y desde hace cuánto) estaba cagada hasta las patas.

Luego, salen a hablar del nuevo caso en el que el femicida tenía más de 10 denuncias en su contra, exponiendo sin tapujos la inoperancia judicial.

De repente se cae Whatsapp o cualquier otra red de comunicación y tu amiga no responde. «Eu, ¿llegaste?». No contesta. «Ya pasó una hora, ¿por dónde andás?». No hay última conexión. Y ahí comienza la red de investigación precaria para tratar de encontrarla por algún lado, porque no queremos que sean su nombre y su cara con la que vayamos a pedir Justicia en la próxima marcha.

Nada, falsa alarma, demoró en el banco o se durmió una siesta y cosa va, cosa viene, desapareció unas horas mientras todas ya estábamos pensando el peor desenlace. Porque así estamos, paranoicas y susceptibles hasta la médula.

Nos venden gas pimienta en forma de perfume personal para camuflar nuestra herramienta de defensa y nos criamos repletas de estrategias como, por ejemplo, gritar «fuego» para que la gente accione, porque en nuestro pedido de «ayuda» nadie se involucra.

Vivir se vuelve una supervivencia y solo para nosotras mañana se repite el ciclo.

Estamos pidiendo a gritos que no nos dejen solas.

Replanteate tu lugar en esta lucha.

Dale, pensá si podés decirle con orgullo a tu nieto de qué lado estabas cuando el mundo se quedó sin mujeres.

Nerve: ¿sos observador o jugador?

Estrenada en 2016, esta película estadounidense dirigida por Ariel Schulman y Henry Joost (directores de Catfish) transcurre en el año 2020. El comienzo nos introduce en la historia de Vee (Emma Roberts), una joven que está a punto de ingresar a la universidad, pero se encuentra condicionada para decidir a qué casa de estudios asistir, debido a que su madre quiere tenerla cerca porque está atravesando un momento delicado por la muerte de su hijo, hermano de la protagonista. Resulta ser un inicio atrapante, ya que desde los primeros minutos nos plantea el tema central de la película: ¿decides o deciden por ti?

Nerve es un juego virtual en el que no hay reglas (como bien lo dice su eslogan) en el cual los participantes pueden ingresar como observadores o jugadores. Nuestra protagonista responde al cliché de la chica tímida y bastante introvertida, un personaje quizás demasiado frecuente en toda película ambientada al estilo del bachillerato; sin embargo, estas características no dejan de ser claves para expresar que, en su vida, Vee actúa más como observadora que como jugadora.

Luego de ser desafiada por su mejor amiga (y de quedar herida por la indiferencia del chico que le gusta, otro momento también bastante típico y ya predecible de las películas adolescentes), toma la decisión de unirse a Nerve como jugadora.  Tras una serie de desafíos pequeños conocerá a Ian (Dave Franco), que será su compañero durante el juego.

La historia de base, personalmente, no me pareció muy innovadora: la chica perfil bajo enamorada del chico cool que, por la indiferencia que él muestra hacia ella, la obliga a cambiarse a sí misma para transformarse en una mujer desafiante y osada. Bastante androcentrista, ya que la joven sólo cambia su forma de ser para tratar de llamar la atención de un muchacho. Sin embargo, el videojuego, que pareciera ser una fusión de muchas aplicaciones actuales (Facebook y los likes, Pokemon Go y su realidad virtual, Youtube y los vídeos en vivo), deja ver también cómo las complejas dinámicas de Internet atraviesan nuestras vidas y nos hacen construir lo que Aristóteles llamó, en sus tratados de La Retórica, un ethos: una imagen que creamos todo el tiempo para mostrarle a los demás quiénes somos y cómo queremos que nos perciban. El problema es: ¿hasta qué punto la imagen, desesperada por poder de persuasión y aprobación, se distancia de nosotrxs?

¡Alerta spoiler!

Es claro que el éxito comercial de Los Juegos del Hambre fue fuente de inspiración para muchos realizadores audiovisuales. El final de Nerve no es la excepción: el enfrentamiento de los finalistas en un estadio repleto de observadorxs anónimxs recuerda las últimas rondas de combate de los juegos del hambre, donde lxs observadorxs ven el show a través de televisores, por lo que también recepcionan lo que ocurre de manera anónima.

Si bien esta película apunta a hacer una reflexión sobre cuán inmersxs estamos en las redes sociales, también hay una crítica política muy explícita en el último nivel: los finalistas se ven obligados a combatir a muerte para ganar el juego. Lxs espectadorxs decidirán si Ty (el tercer vencedor) dispara o no contra Vee mediante votación anónima, a lo que ella argumenta (con la que considero la frase más interesante de todo el filme):

Es sencillo ser valientes en una multitud, ocultos tras seudónimos, ¿no se dan cuenta aún de que serán responsables de lo que pase esta noche aunque sólo lo estén observando?

El poder de la multitud, entonces, no recae sólo en votar “No” para que no la maten, sino en dejar de ser observadorxs del juego para que no le ocurra lo mismo a nadie más. Un llamado de atención que deja en claro que el silencio es tan cómplice y responsable como la cara visible del crimen.