IUNMa: la Universidad de Madres de Plaza de Mayo y qué hay detrás de su posible intervención

Día a día, podemos observar las maniobras del gobierno, que parte de la población siguen apoyando y avalando. ¿Cuestión de ideología? ¿Ceguera temporal?  Asistimos una vez más al intento de destrozar, de arremeter no sólo contra la historia, sino además contra las posibilidades de todos los estudiantes, docentes, no docentes y personas externas que habitan -o podrían habitar en un futuro- la universidad pública y gratuita.

En el día de ayer, se convocaban distintas actividades en defensa de la Universidad Pública. Esto involucra a todas las facultades, alumnos y alumnas, personal docente y no docente, haciéndose extensivo a toda la comunidad, porque la Universidad, como la escuela y tantos otros espacios, nos pertenecen a todos.  En las diferentes etapas formativas de cada uno de nosotros, el lugar en el cual pasamos en promedio de 5 a 6 horas diarias nos prepara, nos instituye y nos atraviesa en todos nuestros frentes.

La educación, en cualquiera de sus instancias e incluso con las falencias presentes que cualquiera de nosotrxs podría pensar, no es algo menor. No sólo porque nos da herramientas para la vida, sino además porque forma lazos, conforma nuestros vínculos, arma redes inacabables y, sobre todo, nos permite pensar y repensar(nos) como personas, como sociedad. Habitamos desde la infancia una institución determinada y desde ahí, el camino se extiende a lo largo de lo que cada familia y cada persona puedan acceder a. Pero no sólo nosotros habitamos las escuelas, las universidades, los centros de formación, sino que esos lugares nos habitan a nosotros de forma recíproca y permanente: corriendo las fronteras, haciéndonos permeables, relacionándonos, acompañándonos o, en el peor de los casos, excluyéndonos, quitándonos no sólo lugares de pertenencia, sino futuro, pasiones, vocaciones y relaciones.

Esta primera referencia es para que recordemos que, incluso en tiempos en los que la educación pública es vapuleada y minimizada, la educación siempre nos hace un poquito más libres. Esto no significa fuera de todo sistema, o con todo dado y servido para el éxito seguro. Tal cosa no existe. Pero sí nos permite ser mejores personas.

Y claro, el hilo siempre se corta por lo más fino. La “cruzada por la educación” recae sobre la educación pública, porque en las instituciones privadas pareciera que todo marcha muy bien, ¿no? Es esta educación la que está demás, la que genera un gasto. Pero sobre todas las cosas es esta educación a la que el común de los habitantes tenemos acceso.  Entonces, ¿cuál es la estrategia? Poner en tela de juicio la educación toda. Ya que estamos y tenemos los medios para ello, también hacer campaña, plantar la idea de «emprender otro tipo de sueños» porque, estudiar… ¿Para qué? ¿Qué frutos puede darnos?

El gobierno de Cambiemos pretende tapar el sol con un dedo. Otra vez, se mete con la educación y con la historia. Una vez más, el pan nuestro de cada día. Se decide que se va a intervenir la Universidad de Madres de Plaza de Mayo (IUNMa) y ciertos medios lo acompañan.

¿Por qué la intervención?

El gobierno no dio a conocer esto antes, porque en las semanas anteriores se supo lo del 2X1 a los genocidas. Entonces, retrasaron este anuncio. El gobierno alega irregularidades en la casa de estudios y una supuesta reforma integral en la Universidad de Madres de Plaza de Mayo. El primer paso es el cambio de autoridades.

Se quiere hacer creer que la universidad no tiene alumnos. Que el lugar sólo funcionaba como ámbito para hacer crecer cuadros del Kirchnerismo y salvar a Hebe de Bonafini en la causa Sueños Compartidos. Es decir, una vez más se quiere ejecutar la intervención -como ocurrió con el INCAA- y de ahí comandar diferentes ámbitos troncales en la sociedad, como la cultura y la educación.

Hace dos años que la Universidad de Madres de Plaza de Mayo es un Instituto Nacional de Derechos Humanos, y depende del Ministerio de Justicia. ¿Por qué quieren la intervención? Porque hace más de 15 meses que no se pagan los salarios a los docentes; porque no se garantiza un espacio físico donde cursar (se cursa en aulas prestadas por diferentes organizaciones sociales y sindicatos); porque se redujo en un 75% el presupuesto en un año y no se ejecuta ni siquiera así; porque han impedido de diferentes maneras que se realice la formalización de claustros y se pueda elegir a las autoridades democráticamente.

Además, porque al ir contra IUNMa, van contra lo que no pudieron destruir hasta el momento. La perspectiva de Derechos Humanos con la que allí se enseña y se aprende. En la Universidad de Madres, se reciben abogadxs, trabajadorxs sociales, historiadorxs, y comunicadorxs con orientación en Derechos Humanos, de forma gratuita. Es el único espacio en Latinoamérica que permite esto.

“Nos siguen pegando abajo” cantaba Charly hace tiempo. Esos tiempos han vuelto, y debemos defender y defendernos. Porque el avasallamiento es incesante, pero nosotrxs, nosotrxs somos incansables.

La normalización y la apropiación de los cuerpos ajenos

Sigue perdurando a través del tiempo la norma sobre la apropiación de los cuerpos de las mujeres. La creencia de que el cuerpo ajeno está para que todos opinen, pidan, agredan, agarren y experimenten. Es decir, pretendan apropiarse del cuerpo femenino. Que se respeten los cánones y los estereotipos, y que el cuerpo que no respete lo impuesto sea agredido.

Hace algunos días, circuló una nota en diferentes medios y redes sociales que aludía al vestuario utilizado en un show por la cantante Cher. Más allá del mero atuendo, se pusieron de manifiesto una vez más en cuáles aspectos y en dónde se pone la atención en los casos en que la figura a juzgar sea una mujer. Bajo estas premisas, se van configurando formas de opinión e incluso, en cierto sentido, de manipulación y apropiación de los cuerpos ajenos. Se marca una normativa que se supone se debiera cumplir a rajatabla según la edad, la profesión, el lugar de pertenencia, pero sobre todo según los cánones de belleza y la opinión del mundo entero en épocas de redes sociales e instantaneidad. Todos pueden/podemos opinar sobre el cuerpo ajeno, y la opinión se relaciona no sólo con la persona que está expuesta sino también con nuestros consumos, con nuestros discursos, con la configuración de poder que está ahí, en cada momento, y nos atraviesa y nos configura.

Ahora bien, ¿cómo se van configurando esas (llamadas) verdades absolutas? ¿Por qué motivo se imponen distintas reglas en lo relativo a cada género y según la orientación sexual de cada persona? ¿Por qué la agresión y el aval ante estos hechos por parte de muchos usuarios de las redes sociales? ¿Cómo puede plantearse la configuración del poder que subyace a las premisas que se repiten todos los días, respecto de los cuerpos, lo mirable/no mirable; lo que se permite mostrar y lo que no; la admiración artificial no sólo de los cuerpos, mas también de los sucesos creados para los medios (y por los medios), pensados para fomentar el consumo. No solamente el consumo masivo, ni el consumo en tanto productos o cosas: además, pensados para el consumo de personas, es decir, para consumir la vida misma en una red perfecta, inabarcable e inacabable.

Asistimos a un momento en el que se cree que, por la ilusión de cercanía que nos plantean los usos y las configuraciones de los medios de comunicación, redes sociales y todos los dispositivos tecnológicos, se puede obtener cierto control sobre los otros. Sobre todos los otros, los de las redes. De esta forma se irá imponiendo una normativa sobre lo permitido. Quién la rompa o no la tenga en cuenta, no sólo será juzgado, sino que perderá o ganará seguidores -es decir, consumidores-, ya no de la mera persona como tal sino del producto. De esa persona convertida en producto de consumo, de admiración o de repudio.

En el caso de la cantante Cher, los internautas daban todo tipo de opiniones, pero lo llamativo es que no sólo los anónimos opinaban sobre su cuerpo y lo que debe o no debe hacer una mujer de su edad. Estas acciones fueron también fomentadas por un periodista que le pedía a la artista  que se vistiera, que se tapase, creyéndose autorizado para imponer “una verdad” según su vara y su gusto personal. Todos los días acudimos a este tipo de configuraciones de supuestas verdades que son meras construcciones.

Michael Foucault planteaba que existe una economía política de la verdad, la “verdad” que está centrada en la forma del discurso científico y de las instituciones que lo producen; que está inmersa en las formas de difusión y consumo; y que es producida y transmitida bajo el control no exclusivo, pero sí dominante, de algunos aparatos políticos y económicos. Además, esto es el núcleo de todo un debate político y de todo un enfrentamiento social: no es ingenuo ni al azar. Estamos inmersos en ello, y debemos decodificar esos discursos, para poder armar nuevas configuraciones.

El cuerpo y sus usos son propios y singulares, pero se relaciona, se expone, se muestra y se configura en relación constante a otro, a otros. No por ello es pertenencia de nadie. Deberíamos no sólo hacerlo saber, sino respetar el límite. No creerlo manipulable, juzgable o admirable a pesar de que los cuerpos sean disciplinables a partir de las redes de instituciones que nos configuran como cultura y como sociedad. No tomarlo e intentar devorarlo como producto; observarlo y respetarlo con similitudes y diferencias, como parte de la condición humana.

 
 

Erica apareció sana, pero no está a salvo

Erica Romero apareció. Sana y salva según algunos medios. Pero, como toda mujer que se corre de lo establecido, tuvo la condena pública de quienes seguían el caso como si hubieran preferido que apareciera muerta.

¿Cómo se determina quién sí o quién no? ¿El entorno o la opinión pública son capaces de determinar la vida ajena? Pareciera que sí. Para un segmento de la población –que no es menor– la búsqueda está bien según cada caso. Depende de quién sea la mujer, la niña, o la adolescente desaparecida. También depende de sus características particulares, y sus usos y costumbres. A partir de allí empiezan las “determinaciones” con un sinfín de acusaciones a la persona que no está, y en la mayoría de los casos también a sus familias. Porque, claro, si sale en los medios y si esa mujer  pudo irse sola, o estar rodeada de hombres, o en cualquier situación que ella hubiera (supuestamente) elegido, entonces “no merece ser buscada”.

En cada caso, la opinión pública se  para en un lugar y desde ahí emite juicios de valor y opina sobre todo lo que sale de los medios. Pero en tiempos de hiperconectividad, las redes sociales, hoy ya al alcance de todo el mundo y con una aparente instantaneidad, permiten que todos opinemos de todo. El grave error es no dar lugar al análisis y sí en cambio a la violencia feroz. Lastimar sin reparos, acusar con el dedo y muchas veces hacer circular información falsa.

El caso de Erica Romero indignó a muchxs. Erica, de 32 años, apareció sana y salva. Se habría ido por su cuenta con su pareja; además, se fue sin avisar, y es madre de un varón y una nena. Toda esta sumatoria de cosas fue su condena.  En redes como Facebook o Twitter se veía todo tipo de opiniones:  “Hubiera sido mejor que aparezca muerta»; “Que nos devuelva la plata que se usó para su búsqueda”; “Pobres sus hijos”; “Se fue con el macho, está en un telo”; y otras opiniones así.  Un porcentaje menor se alegraba por la aparición, pedía que no acusen sin saber o peleaban entre usuarios por defender una u otra postura.

La indignación que se observa para con la decisión de Erica, no se observa cuando el que se ausenta es un hombre. Históricamente, los hombres han dejado su hogar, sus familias e incluso sus hijos. Por un momento o de forma permanente. Pero eso, como sociedad, al parecer no nos hace cuestionarnos nada. Eso está bien, ¿no? Y si el hombre en cuestión se va con una mujer, es entendible porque seguro se cansó de la que tenía en su casa. Que sólo sabe ser madre, o protestar, o que no trabaja, o que cualquier otro tipo de excusas.

Si el hombre se va, y bueno, mala suerte. Si no se hace cargo de sus hijos amorosa y económicamente, también es mala suerte. Salvo a algún familiar cercano, o al círculo más íntimo, a los demás les importa poco y nada. No hay condena, no hay reprobación. Solo indiferencia. Debiéramos ser todos los que intentemos cambiarlo. Pero como eso sería casi plantear una utopía, podría el género ser más colaborativo. Es decir, juzgar menos y accionar más.

Tantas veces vi madres colapsadas. Amigas, parientes, mujeres cercanas o más lejanas que no daban más.  Que tenían que resignar sus horas de descanso, sus comidas, como algo básico. Siguiente, resignar sus sueños, su profesión, o ejerciéndola con la culpa acuestas de no poder partirse en mil pedacitos y estar en todos lados. Es decir, ser madre, cocinera, cuidar de los hijos, encontrarse un tiempo para sí mismas, buscar una compañía y tantas otras cosas. Son cosas casi “naturales” para una parte de la sociedad, y en realidad, de naturales no tienen nada. Es una construcción. Con ese chip, nos criaron a muchas generaciones. Es ese chip el que tenemos  que resetear.

Cuestionémonos con seriedad cada mirada, cada paso, cada opinión. Solidaricémonos entre nosotras. Corrijamos la historia. Evolucionemos para ser más libres, no más esclavas. Y repartamos obligaciones así como por tantos años nos han (hemos) quitado nuestros propios derechos.

¿Y si Erica no podía más? ¿Si realmente fue una de esas mujeres que colapsó? No lo sabemos, pero es una posibilidad. A veces, las elecciones no son las mejores, sino que son producto que lo que en ese momento pudimos hacer.  La tarea como sociedad no es juzgar. Es tratar de revertir la historia.

 

 
Fuentes utilizadas para análisis del caso:

https://10ahora.com.ar/el-estremecedor-testimonio-de-la-mama-de-erica-romero-166001/

http://www.infobae.com/sociedad/2017/05/02/aparecio-erica-romero-la-mujer-que-era-buscada-en-mar-del-plata/

 

 

 

 

Los medios y la mujer pública, reflejos de una sociedad machista

Estar en el ojo público siempre tiene sus consecuencias. Entre ellas, la continua mediatización de la vida privada, incluso si uno no lo desea. Esto es lo que le sucede a miles de actrices, cantantes, periodistas, modelos y más, en cuanto se convierten en figuras públicas. Sin embargo, la mirada pública, como la sociedad entera, juzga más a las mujeres que a los hombres. Si una actriz estrena una película, se le pregunta qué vestido va a usar en la premiere, no cómo fue la labor para realizarla. Si una modelo envejece, se repara en que “ya no es la misma de antes” y “su carrera está llegando a su fin”. Esta situación comienza a cambiar gracias a la «rebeldía» ante los medios de esas mismas mujeres, pero es un proceso lento y que da lugar a comentarios misóginos y machistas en los medios de forma constante.

¿Todos tenemos derecho a juzgar a una madre por cómo ejerce su maternidad? En los últimos días, la joven Cinthia Fernandez subió un video a su cuenta de Instagram donde una de sus hijas pequeñas dice con inocencia la palabra “boludo”. Recordemos: “boludo”, palabra que utilizan todos los argentinos para llamar a amigos y conocidos, para insultar levemente, para insultar fuertemente, palabra que se usa a veces para todo. Entre los comentarios que recibió en las redes se encontraban: “Las niñas imitan a los padres cuando hablan. Lamentablemente los dos dejan mucho que desear”, “Enseñale un poco de educación en cambio de reírte de todo lo que hacen”, “Qué pena que le enseñen así las malas palabras”, “¿Y nunca están con el padre las nenas?” y “¿Cuántos años tienen, son grandes y no saben hablar?”.

La modelo siempre se mostró muy tranquila frente a comentarios cibernéticos, y sin embargo los medios decidieron hacerlo noticia. Es cuando esto se mediatiza que se abre el debate. ¿Cuál es el problema? Que no es una cuestión abierta al debate la manera en que una mujer ejerce su maternidad, sobre todo si lo realiza de una forma consciente y saludable para ella y su familia.

Del otro lado, están todas las mujeres que aún no han sido madres y a las que los medios les atribuyen falsos embarazos. Jennifer Aniston fue una de las primeras en hacer una declaración pública al respecto, mediante un artículo editorial en el diario Huffington Post. “La objetivización y el escrutinio al que exponemos a nuestras mujeres es absurdo y perturbador” dice, luego de expresar que esto lo hacemos todos, al comprar cada revista y leer cada nota de “chimentos”.

“Usamos la sección de chimentos para perpetuar esta deshumanizante mirada respecto de la mujer, enfocada solo en el aspecto físico al que los medios rondan en constante especulación”, manifestó Jennifer Aniston.

“No estoy embarazada, estoy alimentada”, continúa. Para los medios, parece que la única excusa que tiene una mujer para que su peso se modifique es estar embarazada. Como si una mujer, y mucho menos una famosa, no pudiese tener un cuerpo distinto al que la moda propone; no pudiese estar sana si eso significa alejarse del estereotipo de cuerpo de “bikini”. Porque ya es sabido que cada mujer es distinta y tiene un peso en el que su cuerpo funciona de manera ideal y saludable, más allá de cualquier estereotipo o moda.

Sumado a esto, está el hecho de que la especulación acerca de embarazo se torna en presión por parte de los medios cuando la mujer es mayor y da la impresión de no querer hijos. “La manera en el que me representan los medios es simplemente un reflejo de cómo vemos y representamos a las mujeres en general” continúa Aniston. “El mensaje de que las niñas no son lindas a menos que sean extremadamente delgadas, que no merecen atención a menos que luzcan como una modelo, es algo que estamos comprando voluntariamente».

Además de las críticas a las madres en el ojo público, los rumores de embarazo, las presuntas “carreras terminadas” de las modelos cuando su cuerpo comienza el hermoso y natural proceso de envejecimiento, está la desvalorización de la mujer y su trabajo. En el caso de las actrices, la edición del año 2015 de los premios Oscar fue la alfombra roja de una pequeña, pero importante, revolución feminista en Hollywood. Jennifer Siebel-Newsom es la creadora del hashtag #AskHerMore (Preguntale Más), que hace referencia a las entrevistas de alfombra roja previas a cualquier gala o entrega de premios. Surgió cuando varias actrices notaron que no importaba cuán bueno o difícil fuera el trabajo que habían realizado, los reporteros nunca les preguntaban acerca del tema, sino sobre el vestido que llevaban.

cpxllzkucaaoiak
«Somos más que nuestros vestidos»- Reese Witherspoon

Uno de los casos más reconocidos fue el de la actriz Paula Garces que trabajó durante meses con niños en un orfanato de Colombia pero, cuando volvió a los Estados Unidos, en su primera entrevista solo le preguntaron qué ropa se había puesto durante su viaje, si seguía casada después de pasar tanto tiempo lejos, y cómo hizo para perder peso luego de su embarazo. Varias actrices, como Reese Witherspoon, Blake Lively y las reconocidas feministas Amy Poehler y Tina Fey, fueron grandes impulsoras del hashtag tanto en las redes como en la misma alfombra roja.

Algo similar sucede con las primeras damas de cualquier país del mundo y, tristemente, a veces incluso con presidentas o primeras ministras: se cuestiona qué atuendo usan para cada evento; no importa si es una reunión por el cambio climático o los derechos humanos, si es el lanzamiento de una ley que ellas mismas crearon y que puede cambiar la vida de miles, o si es un hecho histórico. Siempre importa más el atuendo.

Si bien desde 2015 se avanzó muchísimo en el ambiente hollywoodense y las entrevistas de alfombra roja se tornaron más igualitarias, en otros aspectos todavía falta mucho camino por recorrer. Tanto que, hace tan solo una semana, un periodista le preguntó a Blake Lively cual era su “atuendo para estar al poder” durante la gala “El poder de las mujeres” de la revista Variety que premia a mujeres por su labor en género. “Vamos ¿querés hablar sobre la ropa, hoy? ¿Qué hay de ayudar a las mujeres crecer? ¿Ropa? ¿Le preguntarías eso a un hombre?” respondió la actriz.

Está claro que si bien las mujeres en el ojo público comienzan a decidir que la mejor forma de enfrentar el machismo mediático es a través del debate y no del silencio, falta avanzar mucho más. Y no sólo por parte de los medios, sino también de cada persona que compra una revista de chimentos o critica la ropa de una mujer en televisión. Por parte de toda una sociedad que es cómplice.


Fuentes

http://www.hollywoodreporter.com/news/oscars-red-carpet-2015-battle-775698

http://www.huffingtonpost.com/entry/for-the-record_us_57855586e4b03fc3ee4e626f?0830ynt7rezmpldi

https://www.popsugar.com/celebrity/Blake-Lively-Yelling-Reporter-Power-Women-Event-43455209

Imagen:

http://www.dailymail.co.uk

El mundo sigue siendo Redondo

La revancha que se esperaba en Olavarría no pudo ser. Vencedores o vencidos seguimos buscando poner en palabras todo lo inexplicable. Medio millón de almas desearon hacer la revolución con una canción de amor. 

Los hiladores de palabras hilaron. Ante la falta de tiempo y de información mintieron. Ante la hoja en blanco, ante el micrófono, la cámara, como hay que decir algo, y el silencio no puede existir, pareciera ser que no importa el contenido. Que no importan las consecuencias. ¿Por qué? Porque somos devoradores natos. Mastica-noticias.

Somos los globalizados-dominados-mediatizados que no podemos esperar. Y se aprovechan, y nos aprovechan. ¿O no lo ven? Llega la espectacularización de la noticia, y tras ello el morbo, los palos, la violencia ilimitada, el hacer leña del árbol caído. El discurso sin respeto, el vaciamiento de sentido.

Aparecen los detractores, que estaban sentados esperando el día que algo ocurriera, para poder salir a señalar con el dedo, a escupir su asco, a manifestar su odio. Aparecen los anónimos y los que se autoproclaman “consagrados” y escupen. Escupen y no paran. Se replican, se sostienen, se nos burlan, se aprovechan.

Olavarría fue y será un quiebre. Tuvo consecuencias, sí. ¿Consecuencias de qué? ¿Consecuencias para quién? Para todos los que creemos, para todos los que ansiamos un espacio de expresión, para todos los que admiramos…. Para todos sin excepciones.

No estuve en el lugar, es honesto aclararlo. Pero los relatos de la gente con la que tomé contacto, y si fueron a la misa, coinciden en varios puntos: el primero, la cantidad de gente rebasaba todo lo imaginado y lo imaginable. La parte previa al show, es decir, la llegada, los rituales, las maneras se mantuvieron en el tiempo. Se asimilaron unos de otros, show tras show. La tercera, sí hubo alcohol, hubo drogas (como en otros lugares, las hay y las habrá) . Dejando hipocresías de lado para poder entender(nos)- hubo asados, familias, bandas, amigos, parejas .

Hubo gente. Hubieron medio millón de personas:  500.000 personas en una ciudad donde habitan 100.000. Por ende, es casi imposible que algunas cosas no se desborden. Intente entender, al menos. Es algo inexplicable, imposible de poner en palabras exactas. Sólo se siente si estuviste ahí.

Mientras que los medios siguen tejiendo las redes, para “demostrar” que en La Colmena, estaban todos de la cabeza; todos iguales; todos amuchados; todos sin cerebro; venerando a su dios; todos los pobres; todos los de la generación «rolinga-cumbiera” y otros tipos de encasillamientos. Ahí, en La Colmena, estaban los Otros. Estaban los que querían bailar, cantar, celebrar lo que tal vez era –y ahora más que nunca- la despedida del Indio de los escenarios. Estaban todos ellos, y los muchos que no pudimos ir. Los que fuimos a otras misas y estuvimos dentro de ese volcán en erupción, que explota con las luces, y grita de alegría al escuchar “Damas y caballeros con ustedes…”. Ahí, hubieron 500.000 esperando brillar.

 Sin retorno a casa.

Dentro del predio murieron dos personas. Dos, que no es poco. Dos entre medio millón. Javier León, de 42 años; y Juan Francisco Bulacio, de 36 años. Ninguno de los dos, según las autopsias murieron por aplastamiento. No hay indicio de ello. Pero el amarillismo, siempre puede más.

No sabíamos casi datos, pero el domingo a la mañana todo el país  sabía que había ocurrido, quienes debían ir a la cárcel, y sabían también que todo iba a suceder. Fueron, excepciones más que reglas, los medios que esperaron, que chequearon la información antes de tirarla a la marchanta. Fueron contados, los que hicieron periodismo.

Medios como Telam,  TN, e Infobae, por nombrar solo algunos, subían la apuesta permanentemente. Porque la noticia que vende –para ellos- es la tragedia. Y mejor aún si el contexto era el que fue. Con casi medio millón de personas en juego, y un artista del tamaño del Indio Solari. Que puede gustar o no, pero es incomparable en convocatoria, y trayectoria artística, y llegada al público. Tiene plata sí, la que él mismo hizo con su labor e inventiva. ¿Por qué el Indio fue el elegido por las masas?¿Por qué no Skay?  Preguntas sin respuestas.

El regreso a casa para todos fue complicado. Triste, tortuoso. Se llora lo que se siente. Y vaya que esto se sintió. Todavía intentamos acomodar las piezas para armar el rompecabezas. Y no, no cierra. Faltan piezas. Quedará inconcluso. Y ese eterno espacio vacío nos hace añicos el corazón y los cuerpos.

¿Qué tenemos allí, abandonado allí?.

Hasta el sábado a la noche me sentí enjaulada. Quería estar ahí, otra vez. Y no pude. Algo adentro mío se prendió al leer el comunicado de cuidarnos entre todos. Desde ahí, algo enrareció. Intenté no pensar, gente que quiero iba a ir a La Colmena.

No se equivocaban. No en el pedido, al menos. Ya se venía de la negación del predio de Tandil, por parte del gobierno provincial. Y luego el ofrecimiento tras el ofrecimiento por parte de Galli, quedaba el predio de Olavarría a disposición. Parecen años. Todo fue amabilidad e invitación. No ocurrió lo mismo el domingo, una vez terminado el recital.

Apareció el deslinde de culpas y responsabilidades. Los pases de la bomba ya explotada. La ciudad no quería más ricoteros, no quería más al Indio. Querían ahora, que Carlos Solari y la productora  En Vivo S.A , de los hermanos Peuscovich, se hicieran cargo. Y, por ende asumieran culpas. Algo falló, eso es sabido.

Muchos tuvieron miedo, muchos otros vivieron una fiesta “enrarecida” pero se llenaron de felicidad. Felicidad que cayó al enterarse de lo ocurrido. Con la desesperación que propiciaba el contexto. Y el fogonazo de la mala leche mediática y oportunista.

Ni Cromañon, ni Walter.

Apoyados en el no–saber, se tejieron significantes y paralelismos. El fantasma de Cromañon cobraba fuerzas. En redes y medios, se pedía la cárcel, se pedía que sean iguales con el Indio que con Callejeros y con Pato Fontanet. Olvidando, quizá a adrede, que la música no mata. Sí la torpeza, sí la avaricia, si los pocos recaudos. No la música.

Esto no fue Cromañon. Sí hubo bengalas. Porque a veces pareciera, que como público no aprendemos más. Que no se aprende de lo ocurrido. Pero no somos todos. Aunque por un par, paguen los otros casi 500 mil.

El otro significante feroz y mal intencionado, fue el de comparar la muerte de Juan Francisco Bulacio, con la de Walter Bulacio. Walter fue levantado en una razzia policial (métodos que hoy en día se volvieron a llevar  a cabo, porque el Estado le confiere poder a las Fuerzas Policiales) afuera de Obras en el 91. Y murió en manos de la Federal. A Walter lo mató la policía. No los Redondos, no el Indio.

No hubo revancha.

Se esperaba tener una revancha redonda. Era de antemano pensar en  ir a Olavarría y viajar en el tiempo. No pudo ser. La fiesta se apagó, se tiñó de oscuro, se manchó. Los corazones de ricota siguen latiendo a un ritmo desesperado.

Los que odian tuvieron su alimento. Porque son los que no comprenden la alegría de estar entre las multitudes siendo hermanos. Los que odian, son los mismos que levantan los dedos acusatorios. Los mismos que prenden el fósforo para encender una adversidad, que es falaz.

Ellos, los que estuvieron; Nosotros, los que estuvimos con el alma; no odiamos. Estamos tristes, sí. Pero con el corazón lleno de música. A pesar de no encontrar explicaciones.