«Macho lindo»: la construcción de la violencia en la música

El 8 de enero se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del femicida y boxeador Carlos Monzón. Con la intención de recordarlo salió a la luz una canción que Los Palmeras grabaron hace ya varios años, lo que generó repudió por parte de quienes luchan por los derechos de las mujeres. La canción «Macho lindo» instala un debate acerca de nuestro consumo cultural y la costumbre de venerar violentos.

«Macho lindo, corazón de valor, fuerza y guapeza,

que tuviste la grandeza de consagrarte campeón,

glorioso fue tu destino, valiente Carlos Monzón […]

Mi humilde canto no alcanza a rendirte el homenaje

que la ley de tu coraje merece toda alabanza».

Canción «Macho lindo» de Los Palmeras.

Esta milonga fue reversionada por Los Palmeras hace más de veinte años y está dedicada al boxeador muerto en 1995 en un accidente de tránsito, cuando volvía de una de las salidas transitorias de la cárcel donde cumplía condena por matar a Alicia Muñiz, crimen cometido el 14 de febrero de 1988. Si bien tuvo denuncias por violencia por parte de todas sus parejas, los medios de comunicación hablaron del hecho como una historia menor y nunca dejaron de llamarlo campeón.

En un contexto en el que una mujer muere cada 22 horas en manos de un violento, la organización Ni Una Menos de Santa Fe repudió tanto la canción como los homenajes a Monzón. Marcos Camino, líder del grupo musical, brindó una entrevista en la que aseguró que la canción fue grabada hace mucho tiempo y que la letra del tema no es autoría de Los Palmeras. Del mismo modo, sostuvo que «los temas que fueron grabados y se encuentran en la web, son de la gente; si reaparecen en tiempos como estos, no somos responsables».

Grupo musical Los Palmeras.

¿Qué escuchamos y repetimos sin analizar? ¿De qué hablan las canciones con las que bailamos o pasamos diferentes momentos de nuestras vidas? La canción de Los Palmeras es solo un ejemplo de como la cultura y, por lo tanto, la música reflejan el pensamiento que fue validado hasta hace unos años y una parte de la sociedad intenta dejar atrás. Se trata de una cultura patriarcal que crea y ampara violentos.

La cultura machista de siempre

«Si te agarro con otro te mato,

te doy una paliza y después me escapo.

Dicen que yo soy violento

pero no te olvides que yo no soy lento,

dicen que yo soy celoso

pero no te olvides que yo fui tramposo.

Dicen que soy absorbente

porque siempre quiero tenerte presente,

dicen que soy aburrido

pero cuando quiero lo que quiero es mío».

«Si te agarro con otro te mato», de Cacho Castaña.

Muchas veces se hace referencia a que algunas canciones estaban «permitidas» porque pertenecen a otra época, pero esa no es una justificación real. El machismo está presente tanto en los tangos que cantaban nuestros abuelos como en las canciones de reggaetón que se bailan en la actualidad. Algunas con frases más violentas y otras con alusiones que pasan casi desapercibidas, pero todas refuerzan los roles de género que perpetúan el patriarcado: amor romántico, belleza hegemónica, mujeres libres consideradas «putas» o peligrosas y varones fuertes que tienen el derecho de hacer con ellas lo que deseen.

Un ejemplo es el cantautor Ricardo Arjona, quien durante varios años fue considerado un romántico que cantaba para las mujeres, pero es otro personaje que perpetua estereotipos y violencias en cada una de sus letras. Podría hacerse referencia a la canción «Ladrón» que dice: «Soy el ladrón que robó tus muñecas, te quitó las calcetas y te hizo mujer […]», o dentro de las más populares: «Tu reputación son las primeras seis letras de esa palabra, llevarte a la cama era más fácil que respirar […]».

Fuente: Colectivas Deseantes

Otra cuestión presente es la construcción de relaciones sexoafectivas tóxicas y violentas. «Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela», entonaba Café Tacvba, quienes se vieron obligados a dejar de cantar el tema por el repudio que generaba. Los medios de comunicación, el arte y la cultura contienen formas de representación, maneras de narrar y significaciones sociales que nos presentan una única visión del mundo. En gran parte de las canciones se muestran, al menos, dos mitos patriarcales: el de la belleza hegemónica y el del amor romántico.

Estamos acostumbrades a vivir en una sociedad donde el maltrato, los estereotipos, el bullying y los abusos son moneda corriente; mediante los productos culturales que consumimos naturalizamos situaciones que marcan las formas de relacionarnos con los demás. Por eso debemos destacar que el mito del amor romántico que todo lo puede y todo lo perdona es frecuente en las letras de los artistas más populares y esta no es la excepción.

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En el último tiempo, diferentes músiques han generado espacios donde se pueden crear canciones sin necesidad de denigrar a las mujeres ni fomentar la imagen de varones como machos violentos. No se trata de la cancelación: cada quien puede bailar o cantar la canción que más le guste. Pero es necesario revisar qué modelos y estereotipos genera la música dentro de nuestra cultura y cómo influyen en nuestra vida social.



#CicloCrisis: Aferrar(nos) o transformar(nos), paso uno

La pandemia que hoy hace temblar al mundo nos hace presentir que algo puede cambiar para siempre. ¿Estamos en una crisis? La tan evocada e incierta idea de «nueva normalidad» puede paralizarnos y hacernos aferrar a la querida «vieja normalidad». Este ciclo ratifica el estado actual de crisis pero anima a entretejer las múltiples aristas que toda crisis pone a jugar: el contacto con el estado de crisis, las fuertes emociones que origina y las preguntas sobre la resolución de la misma. Las crisis exhortan a accionar: es nuestra decisión aferrarnos a lo que fue o transformarnos en lo que puede ser.

Las cuatro notas que componen este ciclo proporcionan reflexiones y herramientas para analizar el estado de crisis, sentir las contradicciones y emociones que este estado nos despierta. Debemos abrir la cabeza y la imaginación para pensar qué viene después.

Paso 1: RASGAR LAS ANTEOJERAS: ¿QUÉ CRISIS?

Probablemente no sea la primera vez que escuchamos nombrar la crisis ecológica y climática. Vimos durante el año pasado y a principios de este las impactantes noticias de los incendios forestales en la Amazonia y Australia. Leímos en febrero de este año que la temperatura en la Antártida superó los 20 grados y registró, así, una temperatura récord desde que se tienen registros y que lo mismo sucedió el mes pasado en el Ártico, donde la temperatura alcanzó los 38 grados.

Hoy, mientras vivimos en carne propia la conmoción que la actual pandemia de COVID-19 está causando en todo el mundo, ya nos llegó la información sobre un posible mañana con otra pandemia proveniente de la nueva cepa de gripe porcina. Escuchamos, vimos, leímos, nos informamos y se alteró toda nuestra cotidianeidad pero, aun así, la crisis ecológica y climática nos parece cosa de ambientalistas o preocupaciones de lujo del «Primer Mundo».

Se podrían esgrimir múltiples motivos por los que resulta tan difícil tomar real conciencia de esta crisis. América Latina está invadida de carencias, de desigualdades y de hambre, ¿por qué poner nuestro foco en una crisis que no demuestra mayor urgencia ni resulta prioritaria? La mayoría de personas que están leyendo esta nota probablemente vivan en contextos urbanos lejos de donde la crisis muestra sus manifestaciones más inmediatas, ¿cómo entrar en contacto con un estado de crisis que solo se ve por la tele o por redes? Y fundamentalmente, ¿quién nos garantiza que el estado de situación es tal como para ser declarado como crisis?

¿Quién nos certifica que hay una relación entre los incendios del Amazonas, las elevadas temperaturas en el Ártico y la pandemia de COVID-19? ¿Qué tenemos que ver nosotres con una crisis que es de la ecología y el clima? Esta última pregunta puede funcionarnos como la punta del ovillo para ir desandando algunas reflexiones que resultan necesarias.

Hay tres mecanismos (humanos) que impulsan la crisis ecológica y climática y revelan la honda intersección que hay entre esta crisis y todas las otras crisis humanas. Estos mecanismos son el dominio, la explotación y la opresión.

Los genocidios, los etnocidios, los femicidios, los travesticidios, les refugiades, la segregación por religión, género, raza, orientación sexual, especie, clase social, discapacidad, las desigualdades, los hacinamientos, la desnutrición, el 99% en manos del 1% y tantas otras cosas se explican —también— por medio de estos tres mecanismos. Es el modelo hegemónico actual «la normalidad»— el que funciona y se reproduce a partir de estos mecanismos: dominando territorios, explotando ecosistemas y oprimiendo pueblos. Por ello, la crisis ecológica y climática no es más que uno de los resultados catastróficos de este modelo en el que vivimos.

Una de las cualidades mas distintivas del modelo es su capacidad de invisibilizar sus mecanismos y sus formas de funcionamiento, de negar la existencia de modelos alternativos y de externalizar sus consecuencias sociales, económicas o ecológicas. Mientras tanto, en paralelo, ha construido y validado como absolutas e insuperables ciertas maneras de vivir, de sentir, de pensar y de relacionarnos. De este modo, se fue forjando un modelo civilizatorio de pretensiones universales que, a través del colonialismo primero y la globalización después fue ganando lugar en cada rincón del planeta.

El modelo civilizatorio del que somos parte se presenta como libre de ideologías —las invisibiliza a través de la naturalización— pero no es más que un tejido ideológico que moldea cuerpos, tierras y vidas, y que crea (cierto tipo de) realidad y materialidad. Las ideologías medulares del modelo son[1] el extractivismo, como modelo de desarrollo, producción y acumulación ilimitados; la tecnociencia positivista, como modelo de validación del conocimiento y como horizonte de la ciencia; el liberalismo, como modelo de ética y moral y, por supuesto, también de mercado; el patriarcado, como relación de poder entre los cuerpos; el etnocentrismo, como relación de poder entre las culturas, sus territorios y tradiciones; y el antropocentrismo, como relación de poder con todo lo no-humano que habita y es parte del planeta.

El orden de los factores, si lo hubiera, sería así: el modelo instala y reproduce sus ideologías a través del dominio, la explotación y la opresión, y se lo permitimos, en gran parte, porque niega, invisibiliza y externaliza sus ideologías, sus mecanismos, sus consecuencias y la existencia de otras alternativas.

Nada de esto es nuevo. Hace siglos que este modelo civilizatorio viene avanzando, mutando, camuflándose y retrocediendo según los requerimientos de los contextos y los momentos (aunque nunca abandonando lo medular) para instituirse como «lo normal» en todo el mundo. Empero, hoy la crisis ecológica y climática sí trae consigo algo novedoso. Lo que la crisis ecológica y climática viene a evidenciar es que la vida tal como la conocemos no puede (literal) continuar: la forma en que estamos viviendo gran parte de la humanidad es insostenible en sus bases materiales y, por lo tanto, también simbólicas. De no cambiarla, la vida se alterará por completo, volviéndose probablemente invivible.

En este punto, es conveniente dejar de hablar de crisis ecológica para empezar a hablar de crisis civilizatoria. Lo que está en riesgo no es «el medio ambiente», sino todo lo que conforma nuestra vida y, también, la de los ecosistemas. No cabe duda de que son y serán las poblaciones vulneradas las primeras en sufrir los daños, las poblaciones históricamente descartables y descartadas. No obstante —y aquí lo novedoso—, de esta crisis nadie está a salvo. Estamos exponiéndonos a que la vida, en todas sus formas, ya no sea posible. El modelo civilizatorio en que vivimos niega nuestra profunda dependencia con todo lo que existe en el planeta, calla que somos una parte más de ello y elude que si el planeta está en crisis, todes nosotres también.

Imposible es vaticinar cómo se irán dando las manifestaciones de esta crisis pero, incluso desde fuentes conservadoras como el Banco Mundial[2], el panorama es desolador: enormes masas de refugiades climátiques, agudización de las desigualdades sociales, aumento gigantesco del número de excluides del sistema, extinción de cientos de miles de especies animales y vegetales, grandes porciones de tierra degradada e inutilizable, escasez de agua dulce para consumo y riego, proliferación de enfermedades, virus. Estas son solo algunas.

Entrar en contacto con este estado de situación nos despierta profundos estados emocionales. Enojo, impotencia, angustia, miedo, incertidumbre, escepticismo y muchas otras emociones nos invaden. Es ineludible sentirnos incómodes y, en general, le huimos a ello. Sin embargo son estos estados emocionales los que pueden despabilarnos y sacarnos de la somnolencia civilizatoria en la que vivimos. Necesitamos sentir el cuerpo para ponerlo en acción hacia nuevos rumbos. Necesitamos aprender a transformar estados penosos en fuerza que nos empuje a crear. Así como resulta imperioso tomar conciencia del estado de crisis civilizatoria, es igual de importante conectarnos con un proceso de recuperación y construcción de otras maneras de vivir y de pensar la vida.

Nos hace falta un nuevo horizonte civilizatorio. Nos hacen falta nuevos horizontes civilizatorios, muchos, en plural. La diversidad y lo múltiple es la característica esencial del planeta del que somos parte y, por lo tanto, de nosotres como humanidad. La monocultura —o monocultivo de la mente, como tan bellamente lo nombra Vandana Shiva— es la farsa más nociva que se ha impuesto y vuelve imposible figurarse todo aquello que tiene que ver con la vida. Es un laborioso proceso de deconstrucción el que tenemos por delante.

Hoy, la mayoría de nosotres ya somos «lo normal», lo reproducimos en nuestra cotidianeidad, en nuestros trabajos, en nuestros vínculos, en nuestra alimentación, en nuestro consumo, incluso en nuestros placeres. Repensar(nos) cómo estamos viviendo y hacia dónde esas formas nos están llevando, urge. Construir redes que impulsen y colectivicen esa transformación, apremia.

Este ciclo pretende ser el puntapié de una gran urdimbre de artículos que habiliten el ir abriendo los ojos, la cabeza, los sentidos y el corazón. Necesitamos rasgar las anteojeras que estrechan nuestra creatividad y cooperación, para poder imaginar mundos que acojan reconocernos inter y eco dependientes.


[1] Sin duda resulta simplista y esquemático hacer un listado de las ideologías, pero resulta útil para lo que este espacio pretende ilustrar. Será tarea de otras reflexiones detallar y complejizar cómo se manifiestan estas y otras ideologías en cada contexto y en cada momento histórico.

[2] Banco Mundial

Imagen destacada: Florencia Carella


Medios de comunicación: un museo del patriarcado

¿Cuántas personas trans ves en la televisión? ¿Cuántas escuchas por la radio? ¿Las ves atendiendo una farmacia, reponiendo en un supermercado o trabajando en un estudio de abogades? ¿Y mujeres? ¿Cuántas mujeres ves en los medios de comunicación? ¿Importan su edad y su aspecto físico? ¿Hablan de economía, política y crímenes? ¿Tocan los mismos temas que los varones?

El pasado 8 de junio se llevó a cabo el primer encuentro del Conversatorio «Faltamos en los medios: hacia una ley de paridad y cupo trans en medios de comunicación». Convocades por la diputada Mónica Macha del Frente de Todos y el medio LatFem, se reunieron más de 200 comunicadores y sindicalistas con un único fin: pensar estrategias colectivas para lograr una democracia paritaria en el campo de  la comunicación.

Las dificultades de las mujeres, las lesbianas y las personas trans a la hora de conseguir empleo en los medios de comunicación son comparables a las realidades de otros rubros. Sin embargo, en este espacio se destaca la relevancia que tiene la prensa en la conformación y reproducción de valores y construcciones socioculturales, como también los contenidos y modelos de representaciones que generan.

«Estos encuentros tienen como fin buscar una normativa que repare la discriminación que se hace visible en los espacios de participación de los medios de comunicación, desde una perspectiva no binaria. Los números con los que contamos que son de distintas organizaciones dan cuenta de que, del total de trabajadores y trabajadoras de la comunicación, solo el 30 por ciento son mujeres y no tenemos estadísticas para personas trans y lesbianas. Tenemos la posibilidad de pensar la ley de cupo y paridad para acelerar la igualdad en medios y reducir los déficits de participación».

Agustina Paz Frontera, periodista y directora de LatFem.

Datos patriarcales

Cuando el encuentro estaba por terminar, las delegadas gremiales del Sindicato de Prensa de Buenos Aires SiPreBA, Lucía Ríos y Micaela Polak, aportaron: «En el sindicato, tenemos 2341 afiliados, de las cuales 858 somos mujeres y, de ellas, solo una compañera es trans. Creemos que es un reflejo de lo que pasa en los medios». El segundo encuentro tiene fecha para el 29 de junio y contará con nueves expositores.

Según una investigación sobre la inserción de las mujeres en el sector de comunicación, publicada por Comunicación para la Igualdad en el año 2018, se puede asegurar que el 78% de las empresas de medios están dirigidas por varones y el 70% de los sindicatos de prensa también. A su vez, las áreas más valoradas de los medios y de las secretarías sindicales están ocupadas por hombres y en solo una carrera de comunicación hay una materia sobre temas de género dentro de la currícula de grado obligatoria.

Además, el informe afirma que la inserción de las mujeres en el sector podría definirse con la frase «muchas estudian, menos trabajan y muchas menos se sindicalizan». El 64% de las personas que estudian comunicación son mujeres pero solo abarcan el 30% de las personas que trabajan en empresas periodísticas y el 24% de las personas afiliadas a sindicatos de prensa.

En relación a las desigualdades de género, las empresas no disponen de políticas para que algo mejore. Ninguna compañía dispone de Oficina o Área de Género, ni tampoco de un sector específico para la resolución de problemas de violencia de género, acoso y abuso laboral y sexual. El abordaje de temas vinculados a la población trans es desigual: sindicatos y universidades comienzan a incluir el tema entre sus políticas y reclamos mientras que para las empresas no es aún una cuestión relevante.

Son necesarios estudios actuales que revisen si el avance del movimiento feminista de los últimos años se ve reflejado o no en los medios de comunicación. Por otro lado, además de la organización colectiva y la planificación de estrategias, son fundamentales las políticas públicas que tiendan a equilibrar la balanza para que todas las voces puedan ser escuchadas.



Fuentes:

Video: Twitter Mónica Macha @MoniMacha

Luz Aimé Díaz, viñetas de justicia patriarcal

En mayo de 2018, Luz Aimé Díaz es muchas cosas.

Estudiante del Bachillerato Popular Trans Mocha Cellis, a donde llegó para completar su escolaridad y seguir estudiando. Inquilina del Gondolín, conocido hotel del barrio de Villa Crespo en donde viven 47 mujeres travestis y trans, que se autogestionan organizadas bajo la modalidad de Asociación Civil.

Trabajadora sexual, migrante y sobreviviente de varios ataques transodiantes, uno de ellos sufrido a sus trece años a manos de un cliente que la molió a golpes. Como consecuencia de ese ataque, Luz perdió el 100% de la visión de su ojo izquierdo y conserva apenas un 25% de la visión del derecho. Dice que aprendió a manejarse sin bastón y que los clientes que vinieron después, en los años, nunca se dieron cuenta.

Es preciso detener el devenir de la escritura en este punto y pedirle al lector que repase el párrafo anterior. Que intente pensar en una niña de trece años en situación de prostitución. En el cliente, varón y adulto, que pide sus servicios y luego de usufructuarlos los paga con golpes y ceguera. En los clientes del después, varones también, que no registran que están ante una persona ciega, creando una especie de paradoja de lo visual y de la propia acción y efecto de percibirlo.

En mayo de 2018, Luz, de por entonces 21 años de edad, es contratada por dos hombres en el barrio de Palermo. La llevan a su departamento y los atiende, de a uno, en una habitación. En la habitación de al lado, se encuentra un hombre secuestrado, atado y amordazado. Luz no se da cuenta de nada. Concluye su servicio y se va. La vida —y ella— siguen siendo muchas cosas por los siguientes dos meses.

Y entonces llega julio, el frío, un hotel y algunas copas, también en Palermo. Dos hombres se acercan, igual que en aquella noche del mes de mayo. Le preguntan cuánto cobra por un servicio. Cuando los saca cagando, se identifican como policías y le develan la verdad: la buscan por aquel secuestro del cual nunca se había enterado.

La llevan detenida y al cabo de unos días la trasladan al penal de Ezeiza. Allí pasa ocho meses con prisión preventiva, hasta que vuelve al Gondolín con arresto domiciliario. Desde entonces, la sostienen sus compañeras y les docentes del Bachillerato. Su familia también, desde su Salta natal, como puede. Aguarda fecha de juicio, que ya fue pospuesto en dos ocasiones.

En la opinión pública se ha expresado un generalizado repudio y el pedido de absolución. Se ha dicho que la justicia tuvo un accionar patriarcal y sesgado, que no contempló perspectiva de género ni el historial previo de vida de Luz.

El accionar judicial fue esencial y fundamentalmente transodiante. Lo suficiente como para establecer que una filmación de Luz entrando al edificio es prueba suficiente para adjudicarle la autoría de un secuestro. Para creer que ella, aun en condiciones generalizadamente desfavorables y con una discapacidad visual, sería capaz de doblegar físicamente a la víctima. Para creer, además, que tendría motivaciones para hacerlo, destacando que se trataba de un varón homosexual.

Al creer eso, la justicia reprodujo el mito que dibuja a la mujer travesti-trans como necesariamente vinculada al crimen y creó otro peor: la idea de que las personas LGBT se matan y secuestran entre ellas, sin otro motivo aparente más que lo intrínseco de sus identidades de género o sus orientaciones.

¿Y por qué omitiría considerar la discapacidad visual de Luz como limitante objetivo para cometer un secuestro, cuando fue comprobada por sus propios peritajes? ¿Por qué resolver todos los interrogantes del caso en su presencia en el edificio, sin investigar a los hombres que aquella noche la llevaron?

Lo cierto es que hoy es junio de 2020 y Luz no está sola. Tiene a su lado un ejército de amor y aguante. Una comisión formada para defenderla y ayudarla en lo que haga falta. Sus compañeras del Gondolín confeccionan barbijos y los venden para cubrir los gastos en una cuarentena que a la mayoría de ellas les impide trabajar. También reciben donaciones de artículos de higiene y alimentos en la sede del hotel, respetando los recaudos que impone la contingencia.

Luz no está sola. Pero su caso deja abierto un interrogante final, imposible de evitar: ¿cómo sondear la aparentemente insondable soledad que produce descubrirnos a nosotras, las mujeres en toda nuestra diversidad, unidas, pero a merced de un aparato judicial que con vía libre y total impunidad nos odia?


Imagen de portada: noralezano

Deconstruyendo las infancias: colonización, patriarcado y adultocentrismo

Artículo colaboración por Luciana Bianchi


«El cuerpo humano es, como sabemos, una fuerza de producción, pero el cuerpo no existe tal cual, como un artículo biológico o como material. El cuerpo humano existe en y a través de un sistema político. El poder político proporciona cierto espacio al individuo: un espacio donde comportarse, donde adoptar una postura particular, sentarse de una determinada forma o trabajar continuamente». Michel Foucault. Sigue leyendo Deconstruyendo las infancias: colonización, patriarcado y adultocentrismo

El feminista menos pensado

Culpa, amenaza y perdón,
¿el discurso de un macho violento o del presidente de la Nación?


La división sexual de las labores le adjudicó a los varones el ámbito de lo público, el manejo del Estado y de la política: reyes, guerreros, obispos, curas, mercaderes, caciques, gobernantes, presidentes. Como dice Rita Segato: «El Estado es constitutivamente patriarcal», porque se origina dentro de la lógica de esas relaciones de poder.

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El olvido también es violencia: coraje con rostro de mujer

Fueron ignoradas por el poder e invisibilizadas por la sociedad, por los libros históricos y por el colectivo social. Sus voces fueron escuchadas por unxs pocxs pero sus roles fueron importantísimos. Es deber de todxs arrancarlas del olvido y hacer florecer su historia, porque como sostiene Alicia Reynoso, una de las enfermeras del hospital de guerra, la sociedad tiene una deuda con la mujer.

Entre la infinidad de artículos que circulan por las redes sociales y por los medios tradicionales de comunicación durante el 2 de abril, pocos hablan sobre las mujeres que, aunque estuvieron presentes en la guerra de Malvinas, fueron víctimas del olvido.  Se insertaron en un ambiente dominado por hombres y, aunque su trabajo fue esencial, sus nombres no se conocerían sino hasta tiempo después.

No es extraño, de hecho, que en la mayoría de los acontecimientos en donde tuvieron algún tipo de participación, las mujeres pasan a ser algo etéreo, casi invisible. Por eso, en busca de su papel en la historia a 37 años de uno de los eventos históricos más nefastos de la República Argentina, emergen las figuras de aquellas que se desempeñaron como enfermeras voluntarias e instrumentadoras quirúrgicas, que aún hoy luchan por el reconocimiento de su trabajo durante esa época oscura.

Como sostiene el portal Diagonales, a pesar de los obstáculos presentes respecto de las políticas de género, poder analizar este hecho histórico desde una perspectiva de género, distinguiendo el arduo trabajo no reconocido de un grupo de mujeres, es movilizador. Devolverles la voz, aunque sea un poco, propagando sus historias para que otrxs las conozcan.

Las seis voluntarias que abordaron el Rompehielos ARA Almirante Irízar y las 13 enfermeras integrantes de la Fuerza Aérea que trabajaban en el Hospital Reubicable de Comodoro Rivadavia pelean por su lugar como veteranas de la Guerra de Malvinas. En un constante trato con los heridos y a pesar de su inexperiencia, se encargaban de recibirlos y atenderlos no solo por heridas físicas sino también con contención emocional: ellas eran el primer contacto que los soldados tenían cuando salían de la zona de conflicto.

«Los que venían del infierno encontraban una mano cálida; hacíamos de madres, de hermanas, de amigas. Hasta a veces de cartero: nos daban notas y nos pedían por favor que las hiciéramos llegar a sus familias», narra una de las veteranas.

Entre libros y testimonios

Alicia Reynoso tenía 24 años cuando afrontó esa angustia desesperanzada, en aquel 1982 que parece tan lejano. Publicó un libro llamado Crónica de un olvido con el fin de narrar lo vivido y, en diálogo con El Teclado, sostuvo: «Levantamos la bandera de la visibilidad porque el olvido también es violencia».

«Las mujeres de la Fuerza Aérea no estamos atrás de un resarcimiento económico, no queremos plata. Esto es una cuestión de olvido y violencia. Casi nos borran de la historia y aunque nos negaron la posibilidad de mostrarnos, nosotras logramos darnos a conocer con nuestros testimonios y nuestra verdad.

Tenemos que recordar no sólo el 2 de abril. No se ama lo que no se conoce, así que tenemos la tarea de conocer nuestra historia para honrar a los héroes que tuvimos».

Es responsabilidad de la nación recordar su historia para resurgir esos hechos del pasado que cada vez se alejan más y que se necesitan cerca para volverlos vívidos.

La escritora Alicia Panero fue una de las pocas en contar la historia de las mujeres de Malvinas; una de las pocas en darles un lugar en la historia, que quedaría plasmado en casi 270 páginas. El libro fue publicado luego de una larga investigación sobre aquellas que desempeñaron un papel en la guerra del Atlántico Sur, tal como dice su biografía en la plataforma digital Bubok, donde se puede descargar el libro de manera gratuita.

Mujeres Invisibles, editado en 2014, les da un grito a las mujeres silenciadas, reúne los testimonios de las trabajadoras que tenían entre 15 y 30 años de edad cuando desempeñaron un papel crucial para la patria y que tuvieron que soportar la ignorancia histórica por tanto tiempo. Panero no solo encarna esa lucha por la visibilización, sino que también narra el maltrato y el acoso que sufrieron las mujeres por parte de los hombres en sus puestos de trabajo.

En las primeras páginas explica que el objetivo del libro es demostrar cómo pueden ser las mujeres luz donde solo hay sombra y oscuridad. Además, sostiene que son víctimas de un anonimato muy grande ya que no se las reconoce, cuestión aún más compleja para las civiles que fueron voluntarias o que vieron su vida en peligro por estar en la zona de guerra y que caen en un olvido aún más grande porque, como dice la autora, nadie se acuerda de lxs civiles después de una guerra.

«Las guerras dejan en la invisibilidad a las mujeres, y hacerlas visibles es un mensaje de paz, que aporta al diálogo permanente. Quien no esté preparado para superar las diferencias, no comprenderá desde donde se trabaja para la paz. Las escenas de combate se mencionan y describen tomadas de los propios protagonistas, a manera de vincularlas a las mujeres que se vieron afectadas por sus secuelas. No es este un libro de guerra, ni un diario de batallas. Es un trabajo basado en emociones, donde todos han perdido».

«La enfermera de guerra trasciende la batalla, porque queda frente a la esencia misma del ser humano que sufre. Sin banderas, sin territorio, humanitariamente. Es, por eso, forjadora de la paz».

«El fin de este trabajo ha sido siempre la esperanza de la visibilidad, difusión y conocimiento de hechos y personajes que no están en nuestro inconsciente colectivo. Hablar de veteranos de guerra debe incluir a aquellas que lo fueron, estuvieran o no dentro del teatro de operaciones. Porque la guerra, con sus amenazas, y sus heridos, se trasladó mas allá de las islas y el mar». (Panero, Mujeres Invisibles)

Esas mujeres fueron las Florence Nightingale argentinas, quien, como Panero relata, cobró atención durante la Guerra de Crimea por atender a los heridos y pasearse durante la noche con el farol que la identificaba y que le dio el mote de «la dama de la lámpara».

Por esos tiempos, en conflictos armados el rol de la mujer era el de madre, hermana y viuda; durante la Primera Guerra Mundial, comenzaron a incorporarse a los ejércitos como enfermeras y recién durante la Segunda Guerra Mundial se insertaron en la vida productiva (debido a que los hombres se encontraban en combate) y en las Fuerzas Armadas.

«Claudia Patricia Lorenzini, Nancy Stancato, María Graciela Trinchin, María Alejandra Rossini, Nancy Castro, Liliana Castro, y Cristina Battistela –en su mayoría oriundas de la Provincia de Buenos Aires– eran estudiantes de enfermería con 15, 16 y 17 años de edad en las épocas en las que prestaron servicio». (Panero, Mujeres Invisibles)

Hace algunos años, estas enfermeras fueron declaradas «Forjadoras de la Paz» por la ministra de Gobierno bonaerense y presidenta del Consejo Provincial de las Mujeres, Cristina Álvarez Rodríguez, en el marco del programa «Gestión de Paz-Cultura de Paz», a partir del cual se declara como Forjadorxs de Paz, a personas que por sus valores, vida, y/o trayectoria han transformado su vida y la de lxs demás.

«Estas mujeres, que dieron todo de sí en la asistencia a los soldados heridos durante la guerra, no han sido mencionadas en el relato de la historia de Malvinas. Por eso es importante que, en la víspera de cumplirse un nuevo aniversario del desembarco argentino en las islas, destaquemos su trabajo y su entrega». (Álvarez Rodríguez)

El horror dentro del horror

Pero las cosas no siempre fueron pacíficas y entre las historias jamás contadas por el horror bélico, algunas encarnan los abusos y los maltratos por parte de superiores. El teniente José Italia y el suboficial José Vivanco son los principales acusados. Claudia Patricia Lorenzini fue de las primeras en relatar su dolor. En 2015, Infobae publica los siguientes dichos de Lorenzini:

«“Aspirante Lorenzini, venga, vamos a ir a que se pruebe su uniforme de gala”, me decía [el teniente Italia]. Y yo me subía a su cupé Fiat celeste. “Vos me gustas. Yo te voy ayudar, pero no tenes que decir nada a nadie porque te puede costar la baja. Además no te creerían”, me advertía. Y sus manos comenzaban a meterse debajo de mi chaqueta de fajina. Luego me besaba y llevaba mi mano a su miembro, mientras acariciaba mis entrepiernas. Sucedió muchas veces.

Para mí era parte de la instrucción. ¿Mis sentimientos? No sé, parecía un juego, pero puedo aseverar que me causaba temor. Cada vez que él aparecía me producía un gran malestar, me irritaba su presencia. Mis manos se abrían y cerraban con mucha transpiración, me mordía los labios. Cuando comenzó la guerra solía verme con él, pero con menos frecuencia. Me ha llevado al Bahía Paraíso a mí sola para trasladar algo, y de paso aprovechaba».

Cuando estos hechos llegaron a oídos de sus superiores, la dieron de baja con una amenaza:

«Ojo con contarle esto a alguien, ni a su madre, o con contar lo que vio con respecto a los heridos o a los simulacros. Recuerde que sabemos dónde están sus familiares, qué hacen y dónde trabajan. También recuerde que el servicio de contrainteligencia va a estar permanentemente detrás suyo. Bueno, ahora firme estos papeles».

Otro testimonio desgarrador, anónimo, remarca el horror de otra veterana que, poco después, tuvo que pedir la baja:

«Es una pesadilla que me llevaré a la tumba. Prefiero olvidar y tratar de pasar lo mejor posible lo poco o mucho que me queda de vida. (…) Me vejaron y violaron en la habitación donde se guardaban las valijas y los bolsos que teníamos cuando ingresamos».

Por otra parte, Silvia Barrera, una de las seis instrumentadoras quirúrgicas que, a sus 23 años, se encontraba en Puerto Argentino, relata a Tiempo Sur que ellas se ofrecieron como voluntarias porque en Malvinas sólo había enfermeros militares varones. Cuando el hospital comenzó a colapsar, ellas se hicieron eco del pedido específico de instrumentadoras quirúrgicas y decidieron ser pioneras, enfrentándose a un ambiente machista en el que no eran bien vistas.

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Ilustración: Miguel Castro Rodriguez. Guión: Armando Fernandez.

«Tuvimos que comprender el shock de los hombres de ver a las mujeres vestidas de militar. Los marinos tienen una cábala, que las mujeres no tienen que subir a bordo de los barcos, y entonces cuando se abrió la puerta del helicóptero y vieron que éramos mujeres comenzó una discusión, decían que lo iban a bombardear.

Cuando fuimos a Río Gallegos nos encontramos con que no sabían que llegábamos, no nos esperaba nadie, los hombres que había ni siquiera nos contestaban cuando les preguntábamos. Nos miraban vestidas de verde con cara de asco y ni siquiera nos preguntaban por qué estábamos ahí, nos ignoraron totalmente».

Sin embargo, también afirma que esta situación cambió cuando, con el pasar de los días y el desarrollo de su trabajo, comenzaron a ser un pilar emocional y un sostén para los soldados. Hoy, sigue luchando por su reconocimiento:

«Todos conocen al Jefe del Estado Mayor del Ejército, hablan de los veteranos y del que tiene más condecoraciones. Yo soy la mujer más condecorada de las Fuerzas Armadas en la historia y si vos preguntas quién es Silvia Barrera, nadie lo sabe. Imaginate que, si a la gente le cuesta saber quién es el soldado más condecorado de Malvinas, quién es la mujer menos saben».


Enfermeras, instrumentadoras quirúrgicas, voluntarias y aspirantes de enfermería que sufrieron y padecieron la guerra, y fueron el sostén principal para los soldados, la cara amiga después del combate, y actuaron de madres y hermanas, para ustedes el olvido NUNCA MÁS.


Fuentes

A los jóvenes de ayer (I)

Ensayo colaboración de Francisco D’Amore


El auge de la tecnología y la atención que las nuevas generaciones les dan a géneros como el trap o el rap han provocado una revolución que ningún género hasta ahora había podido lograr: la democratización del arte. El Internet choca con el concepto de ídolo intangible que predominó durante décadas. Los referentes de los centennials y los millennials más jóvenes son terrenales, sus seguidores los consideran pares y esto genera que empaticen más con ellos y con su arte.

La música, desde una concepción artística y no comercial, se ha visto enriquecida con la posibilidad de que cualquier joven con una computadora sea capaz de grabar piezas que compiten con producciones de estudio. La población ha percibido eso y consume más música de plataformas en línea que las promocionadas en radio o televisión. La industria millonaria de la música y las productoras exprimidoras de artistas cumplen cada día un rol menos relevante en el consumo cultural de la mayoría de los hogares.

Esta pérdida económica sin retorno se manifiesta en declaraciones de músicos y productores que atacan las nuevas olas con tal de salvar su negocio o su concepción nostálgica y elitista del arte. A los intentos desesperados de la industria por rasguñarle algo a los géneros urbanos se les suman el prejuicio y la aversión que estos provocan en la población consumidora de géneros tradicionales o «académicos». Esta parte de la población que no se identifica con los géneros callejeros tiende a emitir juicios de valor presentados como verdades irrefutables acerca de algunos aspectos del movimiento que me propongo objetar.

¿Es cierto, por ejemplo, que la lírica de los géneros urbanos es misógina y cosificadora? Esta es una de las afirmaciones más recurrentes e hipócritas que lanzan los puristas al respecto, ya que, si bien es cierta, no es una característica exclusiva. Por ejemplo, los invito a leer la letra de Run for your life del disco Rubber Soul de The Beatles, que entre otras tiene frases como esta:

«I’d rather see you dead, little girl, than to be with another man. (…) You better run for your life if you can, little girl. Hide your head in the sand, little girl. Catch you with another man, that’s the end».

«Prefiero verte muerta que con otro hombre, niña. (…) Mejor que corras por tu vida si puedes, que escondas tu cabeza en la arena, porque si te encuentro con otro hombre será el fin».

O la reconocida canción de Cacho Castaña, Si te agarro con otro te mato, donde el músico describe con detalle como golpeará y matará a su pareja en caso de que ella le sea infiel.

Si los músicos de rock y de géneros populares también manejan estos códigos, ¿por qué se asocian el trap, el rap y el reggaetón con la objetivización de la mujer? Dichos géneros se caracterizan por la extrema literalidad de sus rimas en un intento por plasmar artísticamente la forma en la que se habla en la calle, dando lugar a una incorrectividad y a una temática de contenido sexual que suele pasar la línea de moral aceptada.

A este factor técnico de la composición se le suma uno más cultural: al ser un género que premia la ostentosidad, no es de extrañar que se presuma a la mujer como un bien material que se posee, se gana y se pierde.

Esto se ve en todo género que exprima temáticas de amor romántico o de infidelidades. Sería un error desentender a los artistas de las problemáticas sociales, cuando ellos son parte y víctima del mismo sistema que nos rige e interpela a todos. Tanto los jóvenes traperos como los tangueros de antaño crecieron expuestos a la propaganda machista y cosificante y eso de una u otra forma se plasma adaptado a la estética de sus obras.

Las referentes mujeres de los géneros callejeros tienen, en muchos casos, un alcance incluso más masivo que sus referentes hombres y traen camuflado en sus líricas sexuales un empoderamiento que pocas veces se ha visto en la historia de la música. Mientras el rock, el metal y diversos otros géneros estallan en una epidemia de denuncias por abuso y violencia de género en un ambiente donde la figura de la mujer se ha reducido a la groupie, la bajista sumisa o la front woman delicada y políticamente correcta, en estos nuevos géneros urbanos surge la mujer como líder, comprometida con causas políticas y, lo que más disgusta a los puristas, que utiliza su sexualidad a gusto, invirtiendo roles.

Sara Hebe, Miss Bolivia, Dakillah y demás artistas urbanas protagonizaron desde la cultura los movimientos feministas que han ido en auge en Argentina en los últimos años, con causas como la legalización del aborto. Dakillah incluso polemizó la doble moral de muchos consumidores de trap con el video de su canción Ac1itud donde muestra a hombres bailando con poca ropa, el lugar común de la mujer en casi todos los géneros.

Mi intención en estos párrafos no es justificar la misoginia y tampoco minimizar su importancia, sino remarcar que ninguna forma colectiva de expresión escapa a la sistematización patriarcal que nos atraviesa, y el arte no es excepción. Defenestrar al reggaetón por esto no significa un ataque profundo al engranaje de dicha sistematización sino una insignificante muestra de activismo oportunista. Lo que interesa no es repensar la posición de la mujer en las artes, sino mantener la subliminalización de esa opresión.


[Continúa en A los jóvenes de ayer (II)]