A los jóvenes de ayer (II)

Ensayo colaboración de Francisco D’Amore (parte I)


Otra crítica frecuente es su supuesta simplicidad musical. De esta aserción capacitista surge el debate en torno a si la dificultad hace a la belleza en las artes y para tratarlo me permito remontarme primero a 1890, cuando el compositor francés Erik Satie escribía sus primeras piezas para piano, denostadas por el academicismo elitista de la época pero bien recibidas por el público y por sus colegas, lo cual desató una revolución minimalista que terminó fundando el impresionismo musical.

Algunos pasajes armónicos de Satie repetían dos acordes por más de 15 o 20 compases (El Gymnopedie Nº 1 repite los acordes Gmaj7 y Dmaj7 durante los primeros 16 compases). Sin embargo, los famosos preludios de Debussy y Ravel no existirían sin la influencia de Satie y sería osado para cualquiera llamar simplistas a estos compositores.

Si este ejemplo resulta alejado del contexto del lector, estaciono el DeLorean esta vez en 1974, en el barrio de Queens, ciudad de Nueva York, donde un grupo de cuatro jóvenes de clase media baja revolucionan la música popular con el nacimiento de The Ramones. No sólo fueron pioneros en la música y la ideología punk, sino que cambiaron las reglas de la cultura pop influenciando a artistas de todas épocas con su estética y su forma de concebir el arte, todo esto sin usar más de tres acordes por canción que usualmente no salían de la subdominante y dominante (Blitzkrieg bop), y, en el mejor de los casos, siguiendo escalas mayores o jugando con octavas (We want the airwaves).

Que estos grandes artistas hayan logrado revolucionar la historia de las artes con estas obras tan, si se quiere, simplistas no implica que la complejidad y el academicismo sean fútiles, sino que estos tienen que ser una herramienta más de la estética que se quiera mostrar. Satie no buscaba el virtuosismo, buscaba rebelarse contra el elitismo de la música académica del siglo XIX.

Con esto en cuenta, nace la inquietud: si la lírica y la sonoridad los géneros urbanos no son particularmente innovadoras ni complejas, ¿en dónde radica su éxito en las masas?

La clave está en la sencillez con la que su mensaje se transmite a las clases más pobladas. El trabajador y el joven de clase baja por fin encuentran representantes musicales en los primeros puestos de los rankings de lo más escuchado. Artistas que hablan con sus mismos códigos y que entienden sus inquietudes. Una música representativa y sin metáfora, con una literalidad que choca y que, como todo buen arte, incomoda.

Esta literalidad, cuando se tocan temáticas que para ciertos sectores sociales son tabú, desemboca en una explicitación de contenido que la clase acomodada prefiere que se metaforice, como el sexo, la delincuencia y las drogas. Esta acción de incomodar a la élite del status quo hace que dichos géneros sean los más contestatarios de la actualidad y los que terminan representando a las clases vulneradas y a la juventud no escuchada.

La mayoría de las críticas aquí nombradas no son inocentes, sino que tienen un trasfondo purista y clasista. Para muchos conservadores es difícil tolerar que la música que ocupa los primeros puestos del Billboard no haya sido concebida en Europa, con raíces en la música clásica y tocada por blancos, sino en los barrios bajos de América y Centroamérica con raíces en la música africana y popularizada por los negros y los pobres.

Claro que dicha aversión resiste hasta que músicos y productores se dan cuenta de la potencialidad de lucro económico que tiene adaptarse a estos movimientos y terminan, con mucha inteligencia, apropiándose culturalmente de los fenómenos. Esto pasó con el blues, el rock, el jazz y está pasando con el reggaetón. Por ejemplo, las canciones Shape of you de Ed Sheeran, Sorry de Justin Bieber y Bellyache de Billie Eilish, entre otras, están sincopadas, una característica del ritmo dembow que consiste en acentuar un pulso en un lugar débil del compás. El alma del reggaetón. Productores y músicos se rinden ante un fenómeno masivo que los supera.

Este ensayo nació el 29 de mayo de 20118, cuando en el Centro Cultural Kirchner se celebraba la vigésima edición de los Premios Gardel. En el mismo escenario donde minutos antes el trapero argentino Duki había versionado su canción Rockstar entre aplausos y felicitaciones, Charly García recibía el premio máximo de la velada, el Gardel de oro. En su discurso dejó una frase que resume lo que he tratado en estas páginas: «Hay que prohibir el autotune», afirmó en alusión al efecto vocal que había usado Duki, un corrector de tono que es otro elemento característico de la estética urbana.

García redobló la apuesta al final del evento cuando en una entrevista con el diario Clarín exclamó:

«Una pendeja va al estudio de grabación, le muestra el culo al productor y la contratan».

Una frase que, además de derrochar un nivel de misoginia estratosférico, demuestra la ignorancia del artista respecto de la autogestión de los músicos urbanos (sobre todo desde el auge de los SoundCloud rappers).

Lejos de querer hacer sangre con el sexagenario músico, me interesa analizar la frase y su contexto. Empieza con un subjuntivo que suena más a un imperativo: «Hay que», una sugerencia que suena a una orden. Orden legitimada por el peso de las instituciones que tenía García en su mano izquierda, el premio. Sigue con el verbo «prohibir», censurar. Cierra con el objeto, «el autotune»: la estética del género, el alma de una música que García no entiende. Quiere que censuren lo que amenaza su entendimiento y su poder.

Declaración fuerte, viniendo del autor de Juan represión, Los jóvenes de ayer y Botas locas. Podemos marcar una incoherencia en el discurso de García, algo que le molesta lo suficiente a un músico veterano y de amplia trayectoria que lo lleva a querer atacar a un artista que no hace ni más ni menos que lo que él hizo hace casi cincuenta años: incomodar al conservadurismo artístico, representar a la juventud y plantarse con firmeza ante los arcaicos academicistas que intentan ver a la música como algo con un contorno ya delimitado. Como dijo Charly, para él el autotune es «el límite».

Todo esto se da en un marco donde los géneros urbanos han tomado las enseñanzas del rock joven y las han adaptado al siglo XXI, apropiando conceptos y filosofías. Haciendo que ahora sean los mismos rockeros los que se tapan los ojos ante este acto de desacato.

Y no es la primera vez que pasa: el rock primitivo tuvo que enfrentar muchísimas criticas similares a las que se le hacen al trap o al reggaetón. Por ejemplo, el actual perreo es un nieto del cadereo de Elvis, un baile que desató polémica en su momento por su clara incitación sexual. El jazz de negros, de Coltrane y Monk, en sus inicios tuvo que soportar arduamente los prejuicios de la opinión académica, antes de convertirse en un género de culto. Incluso la música electrónica pasó de ser resistida a dominar los principales festivales del mundo.

Pareciera que existe una condición cíclica en la historia de la música donde el género que nace rebelde se asienta en las instituciones para convertirse en hegemónico. Para evitar caer en esta ciclicidad, es importante evitar los análisis simplistas y prejuiciosos, y entender que la música es compleja y relevante en su contexto y en sus códigos estéticos, no en su lírica y su sonoridad que son un fenómeno dinámico que se adapta a lo que las generaciones van reclamando: romper estructuras jerárquicas, tabúes y esquemas.

«Míralos, míralos, están tramando algo. Pícaros, pícaros, quizás pretenden el poder».

10 de octubre: Día Mundial de la Salud Mental

Se celebra todos los años desde 1992 y fue una iniciativa de la Federación Mundial de Salud Mental. Este año, el tema principal es «Salud Mental en el Trabajo».

¿Qué entendemos por salud mental?  Nuestro bienestar emocional, psicológico y social. La OMS (Organización Mundial de la Salud) la describe como:

Un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad.

Incluso en la definición de «salud» de la OMS se le da una connotación positiva a la salud mental: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

Día Mundial de la Salud Mental 2017:

Salud Mental en el Trabajo

Este año, el foco se puso en el trabajo. Cómo nuestras vivencias en el ámbito laboral son uno de los factores que determinan nuestro bienestar.

Cómo en empresas donde los empleadores ponen en práctica iniciativas para promover la salud mental, y les prestan atención a aquellos empleados que sufren de trastornos mentales, se da como consecuencia un aumento de la productividad, al contrario de lo que pasa en empresas donde el entorno laboral es adverso y puede llegar a ocasionar problemas físicos y psíquicos a los empleados.

Este año, el Día Mundial de la Salud, que se celebra cada 7 de abril, puso el foco en la depresión y en lo importante que es hablar del tema para comprender qué es, cómo puede prevenirse y tratarse, para así también reducir la estigmatización y aumentar el número de personas que se animan a pedir ayuda.

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La importancia de dejar de lado los estereotipos

Uno de los objetivos de este día, además de hacer hincapié en la importancia de la salud mental, es visibilizar las problemáticas que sufren quienes padecen de enfermedades mentales, educar al respecto, y tratar de romper con el estigma social que sufren.

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Usualmente, quienes sufren de algún tipo de padecimiento mental son tratados desde desde el asombro y el desconocimiento. Se suele minimizar su condición, juzgarlos e incluso acusarlos de no estar haciendo lo suficiente por «estar bien» o por «curarse».  Se los trata de una manera en la que jamás se trataría a alguien que sufre algún padecimiento físico visible.

Traducido del inglés //Robot Hugs.

Los prejuicios por parte de la sociedad y la estigmatización que suelen sufrir quienes padecen de trastornos mentales hacen que les sea aún más difícil animarse a reconocerse como personas afectadas o siquiera hablar del tema.

El temor (y el hartazgo) de escuchar a gente que da consejos sobre cómo lidiar con sus trastornos, que les dice que busquen soluciones naturales, que hagan deportes, que busquen un pasatiempo, que deslegitimizan los tratamientos psiquiátricos, y que tienen una visión muy estereotipada de lo que son los trastornos mentales son tan solo algunas de las cosas con las que se enfrentan a diario.

En el imaginario colectivo, cuando se habla de alguien que padece un trastorno mental, la gente imagina escenas hollywoodenses: gente internada con chalecos de fuerza en habitaciones acondicionadas, personas peligrosas que cometen crímenes debido a su «locura», y otras tantas ideas que suelen ser erróneas.

Los estereotipos no se parecen a la realidad. Sufrir un trastorno mental no te convierte en un potencial asesino en serie ni en un peligro para la sociedad; tampoco te hace una persona indefensa a la cual se debe cuidar constantemente. Quienes padecen de estos trastornos son personas normales, personas que tienen una vida, que en su mayoría trabajan, tienen hobbies, parejas, hijos.

Si bien muchos de estos trastornos pueden venir acompañados de síntomas o manifestaciones físicas, no es una universalidad.

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«Los trastornos mentales NO SON ADJETIVOS»

 

Existe una banalización de los trastornos mentales, que suelen ser usados como adjetivos para describir situaciones que lejos están de parecerse a lo que sufren quienes conviven los trastornos  a diario.

«Mi mamá me grito ayer, ¡es tan bipolar!», «¡Casi me das un ataque de pánico!», «Me quedé despierto hasta la 1 a. m., ¡mi insomnio es terrible!», «Oh sí, ayer estaba muy deprimido«, y «Mi TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) está apareciendo de nuevo» son algunos de los ejemplos que se leen en esta imagen.

Muchas personas, desde esta misma banalización y desconocimiento, incluso se «autodiagnostican» con trastornos que no padecen y que ni siquiera comprenden. Esto se debe, repetimos, a la estereotipación que constantemente vemos.

Personajes de series, de películas, de libros, que sufren trastornos mentales y solo muestran una parte de lo que estos representan en la vida de una persona hacen que la gente crea que los padece por notar cierta actitud que se condice con lo que vio representado en ese personaje.

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«Yo NO TENGO un trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Simplemente, a veces me cuesta concentrarme«.
«Yo NO soy bipolar. Simplemente me siento deprimido a veces«.
«Yo NO tengo un TOC. Solamente me gusta que mis cosas estén ordenadas de cierta forma».
«Yo NO tengo insomnio. Simplemente me cuesta dormirme».

 

Experiencias en primera persona

En estos días, la dibujante y twittera Gabuleta compartió en sus redes su experiencia personal sobre los trastornos mentales, tale como el TOC, la ansiedad y la depresión. En una publicación titulada «Pequeña explicación sobre pasarla como el culo«, que subió a Medium en enero de 2016, cuenta lo que es para ella vivir con estos padecimientos.

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«El TOC no es como en Monk, la depresión no es mirar televisión todo el día (bueno, por lo menos no es sólo eso) y la ansiedad no es un problema burgués».

Habla de cómo la gente suele decir que «no se le nota» que convive con estos trastornos, lo cual, como podemos imaginar, es algo que indigna. Habla también de este estereotipo que venden las series, que no suele parecerse a la realidad.

«No, en serio no lucimos como freaks. No te molestamos, no te pasamos por encima para hacer estos rituales ni estamos perdidos pensando en cosas feas. Yo hablo con vos y soy una persona normal. Si hay algo en mí que te parece que es raro, no está conectado a esto, es mi forma de ser«.

Otra cosa en la que se enfoca es en lo peligroso que es minimizar este tipo de trastornos para quienes los padecen.

«Decir ‘mi TOC es revisar que esté la luz apagada’ es peligroso. Es peligroso porque desparrama el mensaje de que el TOC es una boludez, un aspecto gracioso de una persona, algo digno de poner como descripción en una red social.

Entonces cuando alguien expresa que tiene TOC en serio, la gente piensa ‘pero eso no te hace sufrir’. Y es peligroso. Porque que se minimice constantemente algo increíblemente difícil que vivís te hace sentir un pelotudo».

Menciona también que hay que desmitificar la idea de que el uso de medicación no sirve o que es solo una forma de «sacarle plata a la gente», porque en muchos casos puede ser de gran ayuda.

Todas las personas son diferentes, sufren distintas cosas y los métodos que los ayudan a sobrellevar sus padecimientos pueden ser totalmente distintos. No hay un método universal. También, se debe desmitificar la idea de que alguien esta «más loco» por estar internado o por haberlo estado.

Nos pisa un auto y nos internan y nos arreglan los huesos, pero si algo (o a lo mejor nada) te pisó la mente o el alma y no podés más, está pésimo que vayas a que te arreglen un poquito. (…) ¿Tan mal te parece? Imaginate que te pise un auto y la gente se burle porque estás en terapia intensiva. Hermoso.

En uno de los últimos puntos de su publicación, recalca la importancia de no caer en la idea de que una persona ES su trastorno. Que estos son parte de su vida, pero no definen quién es.

Nada de esto me define. Sí, cambió mi vida para siempre. Pero no es lo que soy. Tengo trastorno obsesivo compulsivo, tengo ataques de pánico, tengo terror a no poder irme de lugares. Pero también dibujo, escribo, me río, hago estupideces, tengo mal carácter, me quedo horas mirando series, guardo secretos, soy fría, me encariño demasiado, amo el humor negro.

Soy una persona, no un diagnóstico. Todo esto es una parte súper chica de lo que soy.

 


Fuentes consultadas
OMS

 

 

Imagenes
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