(De)construcción drag

La primera Drag Race producida en La Pampa se emitió durante el mes del orgullo 2020 y se puede ver en el canal de YouTube de la productora que la realizó, Megafón Audiovisual. «Disputa Santa» se presenta como un reality, formato tradicional de los concursos drag, pero también invita a talleristas que acompañarán a les participantes en la creación de su performance.

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Mary Poppins, ¿un clásico queer?

Artículo colaboración de María López Medel, de la Universidad de Alicante (España)


La literatura clásica infantil y el universo LGTBI son dos conceptos a primera vista disonantes, hasta que escarbamos en obras intemporales que, dentro de sus limitaciones, han lanzado un guiño queer precoz timidísimo frente a los relatos gays para público infantil que encontramos por el momento en cualquier librería.

Uno de esos clásicos es Mary Poppins, aunque por razones que nada tienen que ver con el icono gay musical Julie Andrews. La autora de esta colección fue una australiana esotérica que escribió la primera entrega durante una relación romántica estable con otra mujer conocida por llevar pantalones y fumar en público a principios del siglo XX.

Nacida en 1899, P. L. Travers tenía treinta años y estaba aquejada por una enfermedad respiratoria. Detestaba la atención y, al no permitirle la editorial firmar sus obras como «Anon», se aferró a su nombre artístico carente de género (P. L. Travers) como hicieran George Sand o J. K. Rowling. Se dedicó a sí misma su primer libro.

P.L. Travers en 1924, diez años antes de escribir Mary Poppins
P. L. Travers en 1924, diez años antes de escribir Mary Poppins.

Poco conocemos de ella y la mitad puede que no sea verdad. Contaba que era de origen irlandés, hija del dueño de una plantación de azúcar en Australia, y no de un banquero alcohólico de Queensland venido a menos que la dejó huérfana con siete años. Dice su obituario en The New York Times que debutó con diez años como actriz de una compañía de Shakespeare y desde adolescente fue bailarina, poeta erótica y reportera.

«A los hombres no les interesan las mujeres sino demostrarles lo interesantes que son».

Sobre su vida amorosa todo son especulaciones, aunque figura en la lista de personas gays, lesbianas o bisexuales de Wikipedia. Para el Daily Mail, fue «una esnob intelectual que escribía prosa erótica, ex simpatizante fascista, lesbiana ocasional y pésima madre», (adoptó un bebé emparentado con Yeats al que separó de su hermano gemelo al nacer y de sus cinco hermanos, previa consulta a un vidente, y le ocultó la verdad mientras pudo. Él nunca lo superó y se dio a la bebida).

A los 25 años emigró a Irlanda y después a Inglaterra. Fue pupila del místico teósofo George William Russell (Æ) hasta que, en 1934, Mary Poppins popped in (apareció) en su vida. Travers aseguró no haber escrito nunca para un público infantil, sino para hacerse llorar y reír a sí misma, como Beatrix Potter con Peter Rabbit, pero la niñera voladora fue un éxito instantáneo de la crítica que encandiló y se prolongó cincuenta años hasta acabar fagocitado por el imperio del ratón orejudo. El personaje literario era cruel, sádico y vengativo. No le gustaban lxs niñxs.

En Londres, compartió piso (y/o relación de una década) con Madge Burnand, hija del editor de Punch. Con ella se mudó a la casa de campo medieval Pound Cottage en Sussex, donde escribió la primera parte de Poppins. Otra relación lesbiana que se le atribuye fue con Jessie Orage, a través de cuyo marido, Alfred Richard, entró en contacto con el gurú espiritual Gurdjieff y pasó a formar parte del grupo de escritoras lesbianas conocido como «The Rope» («la cuerda»).

Imagen actual de Pound Cottage, donde P.L. Travers escribió Mary Poppins en 1934 (Google Maps
Imagen actual de Pound Cottage, donde P. L. Travers escribió Mary Poppins en 1934.

Su biógrafa, Valerie Lawson, autora de Mary Poppins, she wrote (no está traducido al español) desmiente cualquier tendencia hacia su mismo sexo. Oficialmente nunca salió del armario. Recibió un doctorado honorífico, la Orden del Imperio Británico y una de sus obras se tradujo al latín: Maria Poppina ab A ad Z.

Su denigrada maternidad feminista nos lleva a su hija literaria, Mary Poppins: protagonista contracorriente, antipática, asexuada, irrespetuosa, intimidante y libre. Poco que ver con el personaje edulcorado de Disney. La Poppins literaria era como su creadora: agria, brusca y vanidosa. Nunca daba explicaciones.

«Las actrices envejecen, las bailarinas flojean pero una escritora siempre tiene su máquina de escribir».

En el biopic del propio Walter Disney (Al encuentro de Mr. Banks), se echó a perder según Laura Mandanas una oportunidad estelar de visibilizar la condición queer de Travers en las siguientes escenas:

  • Cuando el abogado de Travers trata de convencerla de sus necesidades económicas, podría haber mencionado las necesidades de proveer para su pareja.
  • Cuando despide a la criada, esta podría haber amenazado con ir a decírselo a su pareja.
  • Cuando coloca los abalorios que ha traído de casa, podría haber incluido una fotografía de Madge Burnand o Jessie Orage.
  • En una de las escenas donde está sentada solitaria en el bar del hotel, podría haber tenido contacto visual con otra mujer que la invitara a una copa (aunque la rechazara).
  • Cuando Disney la visita en su casa, podría haber alguna pista de que convivía con otra mujer y era madre soltera de un niño pequeño.

El director de El regreso de Mary Poppins ha anunciado que quiere incluir al movimiento por los derechos LGBTI en la tercera película. Sin embargo, no siempre ha sido un adalid feminista y queer. En los años ochenta, el libro fue retirado de la Biblioteca Pública de San Francisco por su tratamiento de las minorías (el capítulo polémico, «Un mal martes», fue objeto de revisión y se reemplazaron las connotaciones xenófobas y racistas). La señora Banks tampoco era sufragista; solo una mala madre.

Travers insistió en que la versión en pantalla no se inventara una relación amorosa entre Mary y Bert, y detestaba las palabras imposibles y los bailes con pingüinos. Lloró en el estreno pero de frustración. Cobró 100.000 dólares por adelantado y un 5% de las ventas. Murió un Día del Libro hace 23 años, dejándonos con un personaje literario femenino tan evocador como desconocido.

 


Fuentes:

Deconstruirnos

¿Qué es aquello que debemos deconstruir? ¿Y por qué?

Para comprender a qué hace referencia el movimiento feminista cuando habla de la “deconstrucción de género”, es necesario primero entender qué es el género.

Aunque nos encontremos en el siglo XXI, lo cierto es que aún gran parte de la población cree –y  defiende– que el género está determinado por nuestra biología. Es decir: que nuestros genitales marcan nuestra conducta, personalidad, gustos, roles y vestimenta, entre otras cosas.

La definición correcta de género es:

“Construcción social (papeles, roles, comportamientos, caracteres, vestimenta y otros usos y costumbres) que pueden corresponder a una asignación sexual normativa (varón y mujer) o a otro tipo de construcción social no normativa”. (Asociación de Travestis, Transexuales y Trangéneros de Argentina y Federación Argentina LGTB)

¿Qué quiere decir que es una construcción social? Que, a diferencia de nuestro sexo, determinado por nuestras características biológicas, el concepto de género está basado en reglas de comportamiento o en una normatividad “construida” por quienes integran una cultura o sociedad.

Esto significa que no existe objetivamente una definición de género masculino o femenino, sino que va a depender de una sociedad en un tiempo y espacio determinados.

Una de las precursoras del término “género” fue Margaret Mead, una antropóloga estadounidense de los años 20.

En su ensayo “Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas”, explica que durante los estudios que realizó en distintas tribus descubrió que, en una de ellas, las mujeres se comportaban de forma amorosa; en la segunda eran brutas y violentas, y en la última los hombres tenían un comportamiento “femenino”, es decir, se preocupaban por su aspecto y realizaban las compras.

A partir de estas observaciones, postuló que el temperamento es innato e independiente de nuestro sexo.

Deconstruir el género implica, por un lado, abandonar los estereotipos de lo que entendemos como femenino y masculino: entender que el rosa no tiene por qué ser necesariamente “de nenas” y el azul “de nenes”, que el trabajo de la mujer no está ligado a las tareas domésticas o que el hombre no es menos masculino por cuidar de su apariencia o llorar en público. Es reconocer que existe una desigualdad entre los géneros que no es natural.

Por otro lado, es alejarse de los términos binarios –hombre y mujer– y abrirse a la gran diversidad de sexualidades y géneros que existen, como las personas trans, de género fluido, no binario, o del tercer género.

Judith Butler, una de las mayores referentes de teoría Queer, explica que nuestra sociedad está regida por la heteronormatividad. Esto significa que, en materia de sexualidad y género, quienes se encontrarían dentro de los parámetros «normales» son las personas heterosexuales y cisgenero.

El no encarnar el género de forma normativa o ideal supone arriesgar la propia posibilidad de ser aceptable para el otro; no ser considerado un sujeto pleno o real para los demás.

En un mundo donde el genitalismo sigue fomentando las desigualdades de género y la transfobia, la deconstrucción es la única forma de construir seres más libres.


Fuentes