El corpiño, ¿un mal necesario?

Artículo colaboración de Florencia Gamón


Desde que tenemos memoria, nos preparamos mentalmente para empezar a usarlo. Algunas no pueden esperar a tener el primero y otras lo rechazan, pero llega un momento en que no podemos salir de la casa sin él. Por eso, nos preguntamos: ¿por qué usamos corpiño?

Llegar al hogar y despojarse del corpiño, una sensación de alivio y liberación instantánea. La mayoría de las mujeres coinciden con esta afirmación, así como con el hecho de que es una de las primeras acciones que realizan luego de una larga jornada. El ambiente privado del hogar se convierte en un espacio seguro donde no existe ningún tipo de presión por parte de la sociedad para adaptarse al ideal estético de belleza al que se suscribe de la puerta para afuera.

Esta no es la realidad de todas las mujeres del mundo, por supuesto, ya que existen culturas con costumbres completamente diferentes en donde el corpiño es inexistente, y otras, como la cultura occidental a la que pertenecemos, en las que algunas mujeres encuentran en esta prenda un aliado, un elemento diario cómodo y seguro que utilizan hasta para dormir.

Más allá de las diferentes realidades que cada mujer afronta, es innegable que el corpiño cumple un rol fundamental en nuestra cultura como un elemento básico del atuendo diario y como un dispositivo más de control sobre los cuerpos femeninos. Pero ¿cómo llegó el corpiño a convertirse en lo que conocemos hoy en día?

Vestigios del corpiño pueden encontrarse en el siglo III en la antigua Roma, donde mujeres se envolvían los senos con vendajes de lino para practicar deportes. Según un informe de la revista InStyle, recién alrededor del año 1500 surge el corsé como predecesor directo del corpiño, utilizado para acentuar la cintura y destacar el busto. Este causaba controversia debido a los problemas de salud que creaba (como desplazamiento de los órganos, problemas respiratorios y deformación muscular, entre otros), por lo que se buscaron alternativas para reemplazarlo.

No fue sino hasta finales del siglo XIX que surgió el corpiño que lo sustituiría. Durante la Primera Guerra Mundial se prohibió la utilización del acero en los corsé con el objetivo de destinarlo a la creación de armas de batalla, lo que acabó el monopolio de esta prenda. A lo largo de los años se experimentó con diferentes modelos y materiales, creando variedades para brindar la posibilidad de elegir libremente lo que cada una considerara más cómodo.

A través de la historia el corpiño ha sido modificado, adaptándose al estándar de belleza de cada época, siempre con el objetivo de alterar la figura femenina para que encaje en estos cánones irreales y poco saludables. A pesar de que el corpiño no resulta tan dañino para la salud como los corsés, sí genera algunas problemáticas en el cuerpo: por ejemplo, su uso continuo provoca que los senos pierdan elasticidad debido a que los músculos pierden fuerza al no ser el principal sostén del busto.

Mujeres de busto grande eligen usar corpiño con la excusa de aliviar problemas de espalda debido al propio peso, pero ¿es ese el único motivo por la cual las mujeres utilizan corpiño? Las razones son tan variadas como tipos de corpiños existen en el mundo pero, sin embargo, la mayoría se asocian a una idea de estética, de costumbre o hábito y de presentación.

El hecho de no utilizar corpiño llama la atención a la mayoría de las personas y conlleva una connotación negativa, en particular para las mujeres de senos grandes, debido a que se denota la forma suelta de la teta y, especialmente, el terrible pezón que tanto revuelo genera en redes sociales, donde las aplicaciones enseguida eliminan una publicación en donde este se vea -no así con la tetilla del hombre-.

Las tetas, y en especial el pezón, representan una de las principales formas de represión del sistema patriarcal: solamente se permiten en el porno, donde son explotadas con fines sexuales. Esto se evidencia cuando una mujer recibe críticas por amamantar a su bebé en público; el uso biológico de la teta no es bien recibido.

https://twitter.com/adrianabravista/status/633314700105789440?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E633314700105789440&ref_url=https%3A%2F%2Fperio.unlp.edu.ar%2Fsitios%2Fpuntoperio%2F2018%2F09%2F28%2Fel-corpino-un-mal-necesario%2F

En cuanto a las mujeres que entienden a la femineidad como una construcción artificial, parte del «modelo ideal de mujer», y que consideran al corpiño como una prenda que busca alterar sus cuerpos con fines puramente estéticos, ¿por qué continúan utilizándolo? El corpiño se aprehende desde una edad temprana, desde el inicio del desarrollo de las mamas alrededor de los 12 años, y se incorpora de manera automática, convirtiéndose en una parte esencial de nuestro guardarropa diario y del mismo cuerpo.

Resulta necesario cuestionarse su uso y acostumbrarse a la idea de que el cuerpo estará expuesto a la mirada crítica de una sociedad que busca una perfección inexistente. El corpiño seguirá siendo un mal necesario en tanto las mujeres se refugien en los cánones estéticos que este representa, hasta que se sientan cómodas para salir de la imagen pactada de belleza y decidan ser dueñas de su propio cuerpo.


Imagen destacada: Thais Montero

#Reflexión Una lengua inclusiva

Soy escritor, pero también soy escritora y escritore. Hay en mi cuerpo aspectos femeninos y aspectos transgénero que se expresan de maneras sutiles en mis procesos creativos. No me ha surgido hasta ahora la necesidad de expresar los aspectos femeninos o transgénero de manera explicita con mi cuerpo.

En este sentido no coincido con la hipótesis que propone Valerie Solanas, en su manifiesto SCUM, sobre el varón como un ser que «es pasivo y desea ser una mujer».

Decidí escribir en primera persona porque creo que quienes más conocemos «la lengua» y «el lenguaje» somos las personas que necesitamos día a día trabajar con ellas.

Ante todo hay que establecer que cuando nos referimos a la lengua, estamos hablando de un idioma, lo que hablamos, escuchamos, leemos y escribimos, pero cuando nos referimos al lenguaje estamos hablando de un sistema de comunicación. Los animales tienen lenguaje, pero no tienen idioma.

El debate que propone el lenguaje inclusivo es sobre los cambios en el idioma tanto escrito como hablado.

El escritor trabaja reuniendo y amontando palabras con la ilusión de poder comunicar algo a sus semejantes. La escritora, también. Pero en mi caso, además de ser escritor, soy varón y tengo la obligación ética de reconocer que como escritor varón en una cultura machista me fue asignado un lugar de privilegio sólo por el hecho de usar mi nombre de varón.

La identidad en las personas que intentamos hacer arte es como el lenguaje, la materia de nuestro trabajo. Les escritores no sólo trabajamos con palabras, sino también con imágenes, emociones e ideas que suceden en nuestro cuerpo.

Una vez un filósofo aseguró que «nada sucede por fuera del lenguaje». Sin embargo, hay cosas que, mal que le pesen a este filósofo, sí lo hacen. Una de ellas es la creación, otra la alucinación y otra el delirio. Estos tres atributos de la naturaleza humana, además de suceder por fuera del lenguaje, son creadores de lenguaje.

En este sentido, el lenguaje inclusivo también es una creación y, como toda creación, necesita transformar estructuras preestablecidas. Antonin Artaud propuso en El teatro y su doble que desde el arte era posible borrar los límites artificiales entre cultura, vida y sociedad.

Quienes creemos que la creación artística puede hacer más bellas nuestras vidas celebramos los cambios en el idioma, más allá de que logremos o no incorporar esos cambios en nuestra vida cotidiana. Tenemos vínculos con personas que antes se referían a nosotros como amigo pero ahora lo hacen nombrándonos amigue, y cuando cambian la «o» por la «e», sonríen.

Y esa sonrisa es suficiente.

#Relatos Estereotipos: etiqueta femenina

«Tenés que aprender a vestirte de forma decente. Nada de shorts cortos o pantalones ajustados», dice mamá mientras lava los platos.

Pero cuando salgo a la calle, me doy cuenta de que tengo miles de hombres mirándome, mientras crean una situación incómoda para mí. Recuerdo lo que dijo mamá, y también recuerdo que no llevo pantalones ajustados, ni mucho menos shorts cortos, solo un vestido que me llega hasta los tobillos. 

Todos los días se repite encender la televisión y leer: «Apareció muerta…», (seguido por el nombre de una mujer).

A veces tengo miedo de que algún día pueda aparecer mi nombre. A veces tengo miedo de decirle «hasta luego» a la abuela y no volver nunca más.

Por eso apuro el paso cuando no voy acompañada de mi hermano.

Papá dice que es peligroso ser mujer y andar sola por la calle. Aunque miro el reloj y son las tres de la tarde, plena luz del día; ¿no? Pero hasta a esas horas debemos cuidarnos.

La violencia machista no distingue de horarios.

En varias ocasiones, nuestros padres nos tiran frases machistas pero ni siquiera ellos se dan cuenta, y es que vulnerar a la mujer está tan naturalizado en esta sociedad.

«DEJÁ DE LLORAR, PARECÉS UN MARICÓN».

«SENTATE COMO UNA SEÑORITA«.

Lamentablemente, tenemos padres que fomentan la idea del hombre fuerte y valiente y la mujer débil y comprensiva, pero qué lástima que soy mujer y no pienso seguir esos modelos. Planeo correr riesgos y hacer arreglos en la casa si son necesarios, a pesar de que sea «trabajo de hombre», como dice el abuelo.

En varias oportunidades, observo desde otro lugar cómo le enseñan a mi hermano a ser fuerte y valiente, a ser «un hombre», como dice el tío David. Siento lástima por ambos. Espero que algún día logren cambiar la historia.

No es nuestra forma de caminar o vestir; no es la hora, el lugar ni la fecha. 

Es la violencia machista. 

Que nos está matando un poco más todos los días. 

Un día te hiciste feminista

Un día te soltás el pelo y decidís que querés tenerlo corto. Pero te dicen que en las chicas queda más lindo el pelo largo.

Un día te sentís más cómoda con tu cuerpo de lo normal y te ponés un escote prominente. Pero te dicen que las chicas «bien» se visten recatadas.

Un día decidís maquillarte. Pero te dicen que una mujer es más linda al natural.

Un día decidís no maquillarte. Pero te dicen que una mujer es más linda cuando se arregla.

Un día te querés hacer un tatuaje. Pero te dicen que las mujeres tatuadas son feas.

Un día decidís teñirte el pelo de colores. Pero te dicen que teñirse así es de mal gusto.

Un día decidís dejar de esconder la panza, las estrías y la celulitis. Pero te dicen que esas son imperfecciones, no la naturaleza humana.

Un día decidís aprender a manejar. Pero te dicen que si sos mujer tu lugar es la cocina.

Un día decidís ser una mujer exitosa. Pero te dicen que el éxito es un lugar exclusivo de los hombres.

Un día decidís que te gustan las chicas. Pero te dicen que ser lesbiana es una etapa.

Un día decidís que te gustan las chicas, aunque también te gustan los chicos. Pero te dicen que eso no es bisexualidad, sino que eso es ser heteroflexible.

Un día decidís que te identificás como hombre. Pero te dicen que no lo sos porque no tenés pene.

Un día decidís que te identificás como mujer. Pero te dicen que no lo sos porque tenés pene.

Un día decidís que no querés ser madre. Pero te dicen que no vas a realizarte como mujer hasta no tener un hijo.

Un día decidís abortar. Pero te dicen que sos una asesina.

Un día decidís contar que se sobrepasaron con vos. Pero te dicen que sos una exagerada.

Un día decidís pedir ayuda porque tu pareja te golpea. Pero te dicen que algo habrás hecho para que te peguen.

Hasta que un día decidís hacerte feminista. Y te dicen que vos podés; que siempre vas a poder.

Un día te hiciste feminista, y te encontraste con vos.

Porque de eso se trata: de encontrarse a una misma, empoderarse, querer bajar al patriarcado. Y dejarse florecer.

 

 

 

Fuente imagen: salon.com

Tuve suerte

Creemos que nunca puede pasarnos algo así. Lo vemos en los medios de comunicación, lo escuchamos de algún/a amiga/o pero nunca lo sentimos. Es imposible entenderlo si no lo vivimos. Nos indignamos, apagamos la tele, dejamos de leer las noticias porque nos horroriza el relato, hacemos la vista gorda. Salimos a la calle para gritar por las que no están, por las que este sistema patriarcal nos arrancó. Pero nunca, nunca, vamos a sentir lo que ellas pasaron. Algunas no fuimos Ángeles, ni Melina, ni Lola, ni Florencia, ni Araceli, ni María Inés y Coni, ni Micaela, pero pudimos haberlo sido. Yo “tuve suerte”. Porque hoy, lamentablemente, dependemos de esa “suerte” para mantenernos vivas.

Cuando te tocan, te golpean, te denigran, sentís que te arrancan un pedazo de tu ser. Te rebajas a suplicar que ya no te hagan daño, que sos chica, que si te dejan viva prometes que no vas a decir nada. Pero repito, yo “tuve suerte”, “tuve suerte” de que no me maten pero esa misma “suerte” no abarcó los golpes, ni los insultos, ni mi dignidad, ni todo lo otro que siente una mujer cuando violan sus derechos. Pasas a ser un objeto del abusador, que no es un enfermo, sino “un gozador del abuso del poder, ya que disfrutan antes y después de la violación porque sienten placer al aprovecharse de quien no puede defenderse o de quien teme”, según Eva Giberti, quien trabaja en el programa de “Las Victimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Un poder que debería protegernos, en el lejano imaginario de cada una, a las mujeres ante estos casos.

Ese sábado a la mañana cuando me entere que Micaela ya no estaba y no iba a volver, recibí un mensaje de mi papá: “Hija, encontraron muerta a Micaela”. En ese momento, mis ojos se llenaron de lágrimas e inmediatamente pensé que el dolor que estaban atravesando los papás de “la negra”, lo que podrían haber sentido mis papas. Pero claro, es que yo “tuve suerte”.

Durante esa semana pensé, lloré y hasta llegué a sentir todo lo que pudo haber pasado tanto Micaela como todas las que se nos fueron, porque nos las arrancaron. Corrí, lloré, pensé, volví a llorar y le rogué a Dios que me protegiera para que nunca más me vuelva a pasar, porque en estos momentos, en los que la justicia no responde, recurrimos a cualquier lugar o persona para que nos resguarde. Y, lamentablemente, las mujeres,  tenemos que llegar al límite para que se nos reconozcan el riesgo que estamos atravesando. Porque ya no morimos cada  30hs, sino cada 18. Porque el Ministerio de Justicia anunció el incremento de un 33% de condenados por delitos sexuales entre 2012 y 2015. Porque estamos ante un panorama aterrador.

Y sí, lastimosamente, tiene que morir una mujer en manos de un violador para que se implementen las leyes, como ocurrió estos últimos días con la ley 26.879 sobre “registro de violadores” que el presidente Mauricio Macri reglamentará. Sí, el mismo Macri que dijo que a las mujeres nos gusta que nos digan “qué lindo culo tenés” y el mismo señor que recortó 67 millones de pesos al Consejo Nacional de Mujeres. Sí, nuestro Presidente, el que hoy quiere tapar sus actos con leyes. Dicha ley dispone que el Estado obtenga una muestra de material genético de quienes hayan sido condenados por delitos contra la integridad sexual y la almacene para que, a futuro, se investiguen posibles reincidencias por parte de los agresores. Una ley que, para muchas mujeres, llega demasiado tarde.

Pero yo “tuve suerte” y como hoy estoy viva, siento el compromiso de salir a gritar por las que ya no tienen voz. Porque si no lo hacemos nosotras nadie lo va a hacer, porque tenemos que ser hermanas, unirnos y luchar, porque queremos algo tan simple y claro como el derecho a vivir libres.

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