Doce de diciembre

Texto colaboración de Ana Novatti


Salimos del departamento, me acompaña hasta el subte aunque dejó el auto estacionado en otra dirección. Fue una noche larga, dormimos poco y soñé con C, algo que, realmente, no esperaba que me pasara. Quizás por eso despertarme me costó, quizás por eso sigo adormecida. No solo es el cansancio de un año eterno, es la sensación de haber compartido la cama con dos personas, aunque solo una estuviera ahí.

El sol calienta bastante y no son ni las diez de la mañana, se filtra entre las copas de los árboles que hay en Laprida y llega a nosotros con la intensidad típica de las mañanas de diciembre en esta ciudad que no hace más que envolverme en cemento por todos lados. Va a ser mi primer verano viviendo en Capital, va a ser mi primer verano lejos de las chicharras de José Mármol.

Llegamos a las escaleras, me da un beso y, aunque no me gustan los besos públicos, decido no resistirme. Hoy me quiero dejar besar. En los molinetes, el subte ya me avisa cómo va a ser el viaje: nefasto. El calor es insoportable y ni siquiera llegué al andén. Pero ni siquiera eso logra despertarme. En el andén no estoy mucho tiempo porque llega el subte y, atípicamente, puedo subir. Voy bastante apretujada, logro sacarme el pañuelo que tengo puesto y con mi escaso metro cincuenta y nueve intento colgarme de alguno de los caños para no caerme. Una hazaña tras otra dentro de la destreza que implica la cotidianidad del transporte público. Consigo cierta estabilidad y sacar el celular. Lo último que vi ayer fue la conferencia de prensa, pero después de eso me desconecté. En Instagram los «Mirá cómo nos ponemos» abundan y me alegra, likeo cada uno de los que me cruzo. A la altura de Facultad de Medicina decido pasar a Facebook para ver qué me perdí en ese antro y leo a Mili.

En 2006, me uní a Acción Católica. Era mi último año de colegio y encontré en ese espacio un lugar donde poder ayudar. Adrogué es un barrio bien, dentro de zona sur se destaca por su chetaje desmesurado, sus casas gigantes, su apellidos eternos. Acción Católica tiene su base en la parroquia San Gabriel Arcángel de Adrogué pero, además, cuenta con una capilla en Rafael Calzada bajo su ala, que en nada se parece a Adrogué. No tiene ni chetaje desmesurado, ni casas gigantes, ni apellidos eternos. Me gustaba más laburar en la capilla, me sentía más cómoda. A veces las cosas que veía o escuchaba me superaban, a veces lloraba cuando estaba sola, a veces tenía que explicarle a las chicas por qué patearle la cabeza a alguien que está tirado en el piso no está bien: no, no porque a Jesús no le gusta. Jesús pocas veces pasaba por ahí.

Mili es la única hija mujer de Moni, una trabajadora estatal que siempre dejó todo por sus hijos. Tenía el perro más feo de todo el barrio, Cooper, pero ella lo amaba como también amaba jugar en la capilla y como amaba los campamentos que organizábamos; nunca faltó a ninguno, ni a los bingos. La capilla era su lugar. Era nuestro lugar. Cada vez que la cruzaba, sin importar cuánto tiempo hubiera pasado, me hablaba de la capilla. Cada vez.

El calor del subte se multiplica, me ahoga, me incomoda. Miro a la gente que me presiona por todos lados, miro sin mirar la pantalla del celular. El viaje se me hace eterno, quiero salir de acá, necesito aire, necesito frenar y dejar de calcular fechas. Pero no puedo, el subte se mueve lento, el calor me envuelve, yo no aguanto más y lloro.

10 años.

Inocencia.

Calvario.

Círculo familiar

Manoseo.

Masturbaba.

«Mirá cómo la tengo».

Vergüenza.

Bronca.

Hablar.

Él me va a tener miedo.

Llego a Catedral y las palabras siguen retumbando en mi cabeza: a los 10 años, Mili iba todos los sábados a la capilla y yo nunca imaginé que esto pudiera estar pasándole. Quizás, tampoco hubiera tenido herramientas para siquiera percibirlo. Siento culpa, siento angustia, comento en Facebook que «Acá estamos» pero en realidad ahí estuve y de nada sirvió. No sé si está bien o no que le escriba, es lo único que me sale para manejar la angustia.

Son las 11:02 y suena el celular. Es una de mis amigas de la parro con una captura de pantalla de Cami.

12 años.

No entendía.

Culpa.

No fui la única.

Monstruos.

Profesor particular.

Lloro.

Compartir.

Valiosa.

Víctimas.

Luchar todas juntas.

Me paralizo, otra vez.

Lloro, otra vez.

Una piba más, otra vez.

Quizás una parte de mí intuía lo que me iba a deparar el día cuando decidí dejarme besar en la entrada del subte.

Poder decidir que alguien me bese o no, soy una privilegiada.

Lloro, otra vez.


 

Crónica ficticia de un viernes a la noche

Debido al trágico femicidio de Agustina Imvinkelried, una joven de 17 años que fue estrangulada y enterrada con vida a la salida de un boliche en Santa Fe, y como aporte a la consigna #AmigaLlegué, escribo esta crónica ficticia (o no tanto) que intenta ser ilustrativa de una experiencia tan preocupante como cotidiana.


Martina había decidido que el viernes sería día de amigas, con todo lo que ello implica: una cena para luego ir juntas a bailar, como podría hacer cualquier grupo de chicas. Aquello que a simple vista parece un plan común y corriente resulta contener más obstáculos de los que unx pueda imaginar, sobre todo para ellas. Para todas.

La ropa, el transporte, el regreso, el alcohol, entre otros, son inconvenientes que deben sortear. «¿Ustedes ya decidieron qué ponerse? Yo tengo una pollera nueva pero si vamos a ir en colectivo prefiero no usarla», podía leerse en su conversación de WhatsApp.

El grupo decidió ir a un boliche en Palermo; ahora tocaba ver cómo viajar. Casi siempre recurrían a un Uber o usaban el Metrobús, ya que sus estaciones mantienen la calle bien iluminada y en esa zona mucha gente pasea por la noche (viajar en taxi ya no es una opción). Antes de dejar la casa, la madre de Martina, no por controladora sino por lo que escuchó en el noticiero sobre una joven de su misma edad que había sufrido una violación dentro del baño de un bar de la zona, le recordó: «Por favor, avisen cuando llegan, donde van a estar y cuando estén de regreso».

Luego de cenar en una pizzería, caminaron unas pocas cuadras hasta llegar al boliche donde pasarían el resto de la noche. A pesar de vestir «looks discretos» todas, los comentarios y bocinazos no tardaron en llegar. Una de ellas agarró un pedazo de baldosa rota de la vereda y en chiste expresó: «Tranquilas, al próximo desubicado le tiro». Las amigas soltaron carcajadas hasta que una de ellas acotó: «Fuera de joda, la mayoría de las veces si estoy sola camino con las llaves entre los dedos, leí que sirve en caso de que una necesite defenderse».

Una vez dentro del boliche, las consignas fueron las de siempre: no separarse mucho, estar atentas a los celulares, no tomar vasos de gente desconocida, avisar si alguna quiere irse antes y, en caso de que sea con otra persona, dejar el nombre, el número y compartir todo el tiempo su ubicación. «Ninguna sale de acá sola». Con las reglas del juego claras, empezó su noche de viernes.

La salida estuvo bien, las chicas pasaron un buen rato juntas sin mayores inconvenientes excepto por los usuales: algún que otro desubicado que pasa la mano «disimuladamente», otro que se pone pesado cuando se le niega un beso y un grupo de amigos que pensó que sería divertido apoyar a una de ellas por detrás. Pero hubo algo que sorprendió a las chicas, y fue que por primera vez un patovica llevó hasta la puerta a uno de los tipos que quiso ser el centro de atención de sus compañeros a costa de acosarlas.

—Guau, es la primera vez que veo que hacen algo así. Por lo general pasa desapercibido. ¡Muchas gracias! —afirmó Martina.

Las chicas esperaron hasta que se hiciesen las 6 para volver a sus casas. Resulta que antes de esa hora la calle está más desolada y todavía es de noche. Ahora tocaba dividirse estratégicamente para que ninguna tuviese que volver sola. Considerando las distancias y el dinero con el que contaban, algunas regresaron juntas en Metrobús y otras llamaron a un Uber.

—Avisen cuando llegan, ¿ok? —pidió una.

Martina fue una de las que regresó con el Metrobús. Ninguna podía acompañarla hasta la puerta, pero al ser de día y al estar sus padres presentes por cualquier inconveniente, no tenía problema. A lo largo del viaje, recibió varios «Llegué ¿llegaste?» de sus amigas.

Ahora le tocaba bajar a ella. Casi siempre es la última en llegar a su estación. Eran tan solo unas cuadras, a plena luz del día, pero aún así su paso fue acelerado y siguió el consejo de una de sus compañeras: las llaves entre los dedos por si es necesario defenderse.

Una vez del otro lado de la puerta, Martina le respondió a sus amigas con un «Ya llegué» A pesar de que todas habían arribado a sus casas hacia media hora ya, la noche para ellas recién terminaba con ese último «llegué». La joven se quitó los zapatos, el maquillaje, saludó a su madre que la esperaba con un ojo abierto y otro cerrado y se fue a dormir.

Horas más tarde, se despertó con una trágica noticia. Una joven de 17 años en Santa Fe había sido brutalmente asesinada a la salida de un boliche.

—¿Habrá sido que ella no conocía las reglas del juego? ¿Tal vez no tenía quien la esperase en su casa? ¿Puede que hubiese sido la ropa o el alcohol que tomó? Capaz sus amigas se quedaron dormidas antes de que llegue a su hogar… —fueron algunas de las reflexiones de su madre, quien compartía la mesa con ella mientras se tragaban esta horrible realidad.

Al final, Martina corrigió a su madre y explicó.

—Simplemente, no tuvo tanta suerte como nosotras.


 

 

 

 

La ley del más fuerte

Por Lara Maqueira

Estamos los dos hospedados en la habitación de un hotel.

El reloj da las 3:00 a. m.,  y afuera se ve todo oscuro.

Pienso que no es un buen momento para escapar, así que empiezo a moverme desesperada en la cama, sabiendo que si me quedo un día más, puedo estar sin vida en cuestión de horas. Esta vez, estoy decidida. Se acabó todo, colapsé yo misma, ya no me importa lo que pueda llegar a pasar mañana, pasado mañana o dentro de cinco minutos. En estos momentos, mi vida es cuestión de horas.

Me levanto, vacilante pero con énfasis. Le digo que me quiero separar, que esto ya no da para más. Él se levanta, me toma fuerte de los brazos y a pesar de que le digo que me está lastimando, no me suelta. Comienza a gritarme que me vaya a la cama, que no soy quién para decidir, que deje de decir estupideces.

En ese momento, me arroja sobre la cama y se vuelve a acostar.

Pienso que no me voy a poder levantar pero, todavía, con el corazón roto y la fuerza que me queda, me levanto de nuevo, le repito que no quiero seguir con esto, que me quiero separar, que esta vez es en serio. Ahora sí se enoja de verdad y lo puedo notar en su mirada. Me toma de las muñecas y me empuja, mi espalda choca contra la pared y siento cómo se me rompe todo, adentro, afuera, donde sea.

Se me vuelve a acercar y le ruego que, por favor, no me lastime. Vuelve a tomarme de los codos, me levanta, me tira al piso y se tira encima mío, tapándome la boca junto con la nariz. No puedo respirar. Pienso que me voy a morir y, de una forma muy absurda, que podría haberme liberado antes de él, pero a la vez no pude.

Entonces la puerta de la habitación se abre; al parecer, los vecinos escucharon mis gritos ahogados pidiendo auxilio. Ellos me salvaron la vida, y lo digo de forma literal.

Logro salir de ahí, y ni siquiera sé a dónde voy.

Durante unos meses, él me manda muchos mails, mensajes de texto, y otras cosas. Hago un esfuerzo y no le respondo; me sale perfectamente.

Me echo la culpa, pienso qué hice hecho yo para que él me levantara la mano, qué grado de culpa tengo yo y qué grado de culpa tiene él.

Al final, llego a una sola conclusión.

Me pega porque es un psicópata, porque está enfermo, porque es el último recurso que le queda cuando su amor fracasado ya no funciona conmigo. Me pega porque desde hace años que nos matan, pegan o queman impunemente. Me pega porque soy la voz de las que ya no están. Me pega porque soy feminista y eso implica una amenaza para los machistas como él. Me pega porque es un misógino de mierda.

Me pega porque estamos en una sociedad machista en la que les enseñan a los hombres que las mujeres somos una cosa, y las cosas no se van a las tres de la mañana, no deciden que no te aman más.

Simplemente, me pega porque soy mujer y eso implica, en su mente, inferioridad.

 


 

Mamá, perdón por no haber llegado temprano a casa anoche

Por Lara Maqueira

Fue a las 3 a. m., o tal vez a las 2 a. m. Él no me dio tiempo de mirar el reloj, simplemente se abalanzó sobre mí. ¿Te acordás del reloj que me regaló la bisabuela para mi cumpleaños número 13? De ese mismo te estoy hablando.

Mi amiga gritaba, no sabía que hacer. Por suerte ella se liberó y logró escapar.

Querida mamá; mi foto estará en todos los noticieros del país en aproximadamente tres horas. Tendrás un título como «hallaron a una chica muerta a la salida de un boliche», y se te acelerará el corazón al revisar mi cuarto y ver que no regresé. Te bajará la presión cuando reconozcas mi foto, y comenzarás a llorar cuando reconozcas mi cuerpo.

Han decidido por mí, por nosotras: decidieron separarnos.

Ahora, necesito pedirte un favor; sé valiente, no dejes que mi hermano le levante la mano nunca a una mujer. Sé fuerte, no dejes que un hombre le levante nunca la mano a mi hermana.

Recuerdo cuando me decías que me abrigara. Te juro que, envuelta en mi sangre, hace bastante frío.

Te amo.

Mamá, perdón por no haber llegado temprano a casa anoche.