Del otro lado del agujero

El sábado 18 de marzo a las 13 hs, en un mediodía soleado como cualquier otro, la ciudad de Sierra de la Ventana se revolucionó. Los principales medios del sur de Buenos Aires habían publicado en sus redes sociales y páginas la desaparición de una nena de 9 años, un metro diez de altura, cabello castaño claro hasta la mitad de la espalda y ojos marrones. La describían con una campera rosada fina e impermeable, una visera blanca con el estampado de una margarita amarilla sobre la frente, jeans oscuros y zapatillas de cuerina blancas.

En cuestión de segundos, las publicaciones se llenaron de comentarios, algunos furiosos, otros preocupados. En letras mayúsculas, un hombre sentenciaba: «ESO PASA PORQUE VIENEN DOS MINAS DE JODA Y NI SIQUIERA CUIDAN A SUS CRIOS!!! VAYAN A JODER A OTRO LADO». Una mujer, más sensibilizada, añadía: «Este pueblo es tranquilo, el quilombo es cuando vienen de otros lados. Por favor, tengamos mil ojos, esa nena tiene que aparecer!». Algunos usuarios aseguraban haberla visto caminar por tal esquina, otros que la habían visto jugando en alguna plaza, los más fatalistas agregaron que la vieron pasar de la mano de un hombre adulto. Se desplegó un operativo policial insólito en la zona y la noticia llegó a las grandes cadenas nacionales.

La nena apareció a las 16 hs, sana, salva y un poco compungida, sentada a algunos metros del pie de la sierra principal, con la vista fija en la cima donde se abría su ojo vigía.

Lunes, 21 hs.

Llegó a su casa. Colgó la campera en la única silla de la cocina y prendió la televisión. Después, un cigarrillo. Antes de dar la última pitada, rompió en llanto frente a las risas aparatosas de la conductora del programa de refritos de noticias de medianoche. Pensó en lo complicado que debería ser trabajar a la una de la madrugada, completamente sola, parada frente una cortina verde, luces acuciantes, la cámara erguida y mirándola muy fijo. Pensó que era la definición más acabada de la soledad que se le hubiera podido ocurrir en el día. Cuando se cansó de sonarse la nariz, cayó dormida en el sillón.

Apareció bailando en medio de una fiesta descomunal. En un predio al aire libre, rodeado de piletones artificiales que simulaban lagos, se dispersaban cientos de personas. Todas parecían sentirse plenas en ese lugar; celebraban algo, pero nadie sabía qué. En el horizonte se levantaba una fina hilera de árboles y el sol se acercaba lentamente a su puesta de la tarde, llenando el cielo de un color rosado fosforescente. Un grupo de mujeres vestidas de blanco se le acercaron al tiempo que comenzó a sonar una melodía hermosa. Nunca antes la había escuchado, pero supo que era su canción favorita. Bailó con las mujeres de blanco, se tomaron todas de la mano y rieron a carcajadas. Por un instante, pensó que no le importaría morir ahí.

La canción terminó y se separó del grupo para dirigirse hacia uno de los piletones. Al tercer paso que dio, sintió una puntada en el anteúltimo dedo pequeño del pie derecho. Se agachó y notó que estaba en carne viva, toda la piel de la superficie del dedo se había levantado y la carne latía de dolor. Se acercó más y notó un cúmulo de pequeños huevecillos blancos amontonados. Le dio asco y los quitó con el dedo índice de la mano, hurgando en la herida. La gente alrededor seguía bailando.

Al instante, mientras analizaba la herida al desnudo, se posó una mosca milimétrica y descargó, en cuestión de segundos, una nueva camada de huevos. Volvió a quitarlos. Pero otra mosca voló hacia el pie y, antes de que pudiera matarla, ya había instalado más crías. La acción se repitió unas cuatro veces, y cada mosca que venía se las arreglaba para segregar su colonia cada vez más adentro del dedo, como intentando conquistar el pie y penetrar en la carne.

Se despertó asustada y con ganas de vomitar. Constató que seguía en el sillón y que nada a su alrededor había cambiado. Por la ventana se colaba la luz mortecina de la mañana y en la televisión un hombre daba indicaciones sobre el clima.

 Martes, 11 hs.

—¿Qué es una fosa común, tía?

—Un agujero en la tierra donde se entierran varios cadáveres. 

Asintió con la cabeza y dejó las pupilas en punto muerto frente a la ventana de la cocina, como si la hubieran anoticiado de un horror que imaginaba pero hubiera preferido no constatar. En letras blancas sobre azul eléctrico, en la pantalla de mi computadora portátil se leía: “Más de 250 cuerpos en una fosa común en México”. Ella estaba sentada a mi derecha en la mesa rectangular de la cocina, pero no me había percatado de que intentaba leer las noticias conmigo. Me hubiera gustado decirle que Fosa Común era el nombre de un parque de diversiones mexicano. O que, sí, era un pozo, pero no para apilar cuerpos masacrados. Hubiera querido que no tuviera que conocer nunca los niveles de violencia y sangre de los que somos capaces. Pero si no lo había averiguado ya por otras vías, tarde o temprano iba a tener que verlo de frente. Sentí que su cara era más de miedo que de otra cosa, como si los cráneos deshechos de esas fosas pudieran haber pertenecido a cualquiera de nosotros o que podría ser el suyo; que, encima, desde hacía un tiempito había abrazado el sueño de convertirse en una «periodista justiciera». Romina le compró una novela de policiales de no-sé-qué, que tiene como protagonista a una periodista que usa lentes e investiga crímenes. Raro, ¿no? Los investigadores suelen ser los Sherlock Holmes, con algún que otro Watson de ladero, pero nunca mujeres. Bah, no sé, por ahí yo leí pocos policiales. Pero generalmente las mujeres son más atractivas en el rol de víctima, a veces también de asesina traicionera. Lo leyó y estaba como loca, decía que quería ser periodista y acabar con los asesinatos en el mundo.

Bueno, la cosa es que le contesté lo de la fosa igual, a pesar de sospechar su reacción, porque a una nena de nueve años no se le miente. Menos a ésta, que siente una avidez tremenda por conocer todo lo que pasa allá afuera, aunque no pueda pronunciar bien la “r”, aunque tenga las manitos tan chiquititas que no puede agarrar ni cinco galletitas juntas.

—¿Y eso pasa acá?

—Pasó. En otro momento de nuestra historia. ¿En la escuela te hablaron de la dictadura militar?

—Sí.

—Ahora no va a pasar.

Quise consolarla, pero bueno. Un poco flaco mi intento. Y, qué sé yo, no tengo las certezas necesarias para tranquilizarla. Lo cierto es que esto también me intranquiliza a mí. Por esa razón no tengo hijos, no podría darles demasiadas esperanzas ni seguridades.

—¿Mamá cuándo llega?

—Me dijo que hoy termina de trabajar a las cuatro de la tarde. Falta. ¿Querés más leche?

Ladeó la cabeza con las pupilas fijas en mis ojos y los labios apretados. Se quedó mirándome un rato, como reprochándome: “¿Y? ¿Qué hacemos con esto? ¿Matan gente y la juntan en pozos y a vos te preocupa la leche?”. Por ahí no pensaba en eso, por ahí se quedó colgada y yo no hacía más que proyectar mis sentimientos de fracaso en sus pupilas gigantes, pero no pude responderle nada. Le devolví la mirada nomás.

—Me voy a jugar a la pieza —agarró una galletita más, se bajó de la silla y desapareció a través del marco de la puerta que conectaba la cocina con la sala de estar.

Qué lindo debe ser tener nueve años un martes a la mañana sin escuela. Lástima lo de la fosa.

Miércoles, 18 hs.

Llegó a su casa en la tarde, después de cuidar a su sobrina y hacer algunas compras en el centro. Era su segunda semana como desempleada. Había disfrutado mucho entrar en la oficina de la jefa, sentarse del otro lado del escritorio y decirle en la cara: “Hola, renuncio”. La vio armar una pantomima de sufrimiento, “Pero, ¿por qué tomaste una decisión tan drástica, nena?”, cuando ella misma se había encargado de hacer de su paso por la empresa un infierno. Hacer circular rumores sobre su promiscuidad con compañeros de oficina, castigarla con pilas de laburo innecesario por salir a la vereda a fumarse un pucho, retarla frente a todos cuando se equivocaba, eran cosas de todos los días. Sabía que la odiaba desde adentro, que existía un rencor del cual ella no era necesariamente responsable pero que, de alguna forma, lo encarnaba frente a su jefa.

Más disfrutó volver a su sector, agarrar la cartera e invitar a sus compañeros a irse todos juntos a la mierda. Lo lamentó por Susana, la de limpieza, ella siempre había sido muy simpática. También por Luquitas, el desclasado, un fumón irremediable que se acercaba a hablarle de bandas de rock cuando estaba deprimida. Pero consideró que el resto lo tenía bastante merecido, sobre todo el forro de Javier. Le mandaba mensajes los viernes en la medianoche diciéndole lo linda que había estado en la oficina. Los sábados, en cambio, le hablaba borracho para preguntarle si iba a salir a algún lugar. El tipo era lo suficientemente perseverante como para pasar a ser una carga y no tomar en consideración sus negativas. Peor era enterarse de que alimentaba el rumor de que se había acostado con él o, al menos, no lo negaba. En todo caso, ante la pregunta insistente de otros compañeros, esbozaba una media sonrisa cómplice y se quedaba en silencio. Ella sabía que era como su trofeo, o si no, como uno de esos juguetitos que les compran a los gatos para que descarguen sus instintos de cazadores furtivos; el animal sabe que no está cazando en serio: sólo necesita depositar esas pulsiones en algún objeto.

Había pensado en denunciarlo, pero descartó la idea al pensar que nunca le había puesto un dedo encima. Además, ¿con quién? Javier era el responsable de otro sector, amigo de toda la vida de la jefa. Imposible. Entre esos dos, de a poquito, le habían ido corroyendo la entereza. Hasta que los mandó a la mierda.

Sin embargo, toda su planificación de vida se había ido a la mierda con ellos. En la calle había poco laburo y tenía un alquiler y una gata exigente que mantener. Odió un poco el haber sido tan impulsiva, hasta que se acordó del día en que volvió a su casa con ganas de vomitar.

Dos semanas atrás, se había puesto una calza y una remera larga para ir a trabajar. Fue hasta la empresa en la bicicleta de un amigo, que la había dejado en su departamento el fin de semana anterior. Era de hombre y tenía el caño muy alto, por lo cual, al bajarse hizo un movimiento exagerado con la pierna derecha. En eso, la calza se rompió en la zona de la entrepierna – ya estaba bastante vieja y percudida, además. Intentó estirar la remera más allá de los límites de la tela y encaró para su oficina. Procuró mantener las piernas muy cerradas durante toda la mañana: no era adecuado mostrar las partes pudorosas ni ir con ropa rota al trabajo.

Faltaban cinco minutos para las cinco, cinco minutos para que acabara la jornada, y como nadie había hecho comentarios sobre el agujero, se creyó impune; pero ahí fue Javier y la interceptó mientras esperaba al ascensor para irse. Ya no quedaba casi nadie en el edificio, eran pocos los que cubrían el turno tarde. El pasillo vacío, Javier, una humedad que dejaba la piel pegajosa y el ascensor que no venía más. Se paró a su derecha, de frente a la puerta metálica, y el contador electrónico de pisos cambiaba de número muy lentamente. Ella evitó mirarlo de frente. Acercándose a su oreja, cual íntimo, Javier le dijo: “Hoy vi el quilombito que hiciste para bajar de la bici. Lástima que el agujero no se abrió un poco más”. Llegó el ascensor y el hombre se subió. Ella pegó media vuelta y bajó por las escaleras. Tuvo que conducir la bicicleta con una angustia en el pecho que no entendía bien de dónde venía, pero que seguro estaba relacionada a la impotencia.

Menos mal que había renunciado: el desempleo le parecía menos asqueroso que Javier. Esa noche no se quedó dormida en el sillón. Comió, lavó los platos y cosió el agujero de su calza. En la madrugada, volvió a soñar con la fiesta, las mujeres de blanco y las moscas metiéndose por la herida del pie.

Viernes, 18.30 hs.

Tenía que pasar por la carnicería, la puta madre, cómo me fui a olvidar, qué mina estúpida, ahora voy a tener que comprar las milanesas en la de la vuelta, al lado del chino, pero son tan feas esas, son puro pan, puro pan. Bueno, ya fue, ya estoy en la puerta del departamento, no puedo hacer mucho más, los sanguchitos para el viaje hay que hacerlos igual, espero que Rocío ya haya hecho bañar a Paula, son una más vueltera que la otra, pareciera que son dos nenas a veces, tengo dos hijas, una de nueve y otra de veinticinco, la puta madre. A ver, lista mental de cosas que hacer en los próximos quince minutos: entrar, saludar, chequear que Pau haya armado bien su bolso, chequear el mío, fijarme que no quede nada que se vaya a pudrir en la heladera, lavarme los dientes que hoy en el trabajo no pude parar ni para eso. Ay, pero ya guardé el cepillo y el dentífrico en el bolso, qué forra. Bueno, lo saco y me los lavo. Voy a guardar los pasajes en el bolsito personal y…

—Hola, boluda.

—¿Ya se bañó Paula?

—¿Qué hacías atrás de la puerta que no la abrías?

—¿Cómo te diste cuenta de que estaba atrás de la puerta?

—Estaba escuchando el ruidito de tus llaves hace como diez minutos. Insoportable.

—¿Se bañó Paula o no?

—Está en eso —ahí escucho el grifo de la ducha abierto, mirá si yo le dije cinco veces que ya la tuviera lista…

—Pero boluda, te dije que ya tenía que estar lista para cuando yo llegara.

—Romina, no me rompas las bolas. Faltan como tres horas para que salga ese bondi.

—Pero para que estén listas ustedes dos, faltan como cinco.

—Si vas a estar así de infumable todo el fin de semana, no viajo a ningún lugar con vos. Me la llevo a Paula y a vos te dejamos en la terminal.

—Si me dejás en la terminal, no van a tener los sanguchitos de milanesa.

—Uh, cierto. Pasame las milanesas que arranco a fritarlas así armamos los sánguches.

—No, me olvidé de comprarlas en la carnicería de la parada del colectivo. Se me pasó. Ahora voy a comprar acá a la vuelta.

—Las feas esas que son más pan que carne.

—Y bueno, Rocío, no hay muchas más opciones, ¿o sí?

—Eh, bajá un cambio. No lo dije para bardearte, boluda. Me dan gracia esas milanesas, nada más. ¿No querés que vaya a comprarlas yo?

—No, dejá. Voy yo. Hago unas boludeces acá y salgo. Ocupate de que Paula esté lista para salir en una hora, como mucho.

—Como quieras.

*

Bien, ya completé toda la lista que pensé en la puerta, y en quince minutos exactos, qué bien. Paula no salió del baño todavía, no entiendo qué hace esta nena en la ducha.

—¡Dale, hija, metele pila a ese baño, por favor! —me llega la vocecita de Paula filtrada por el agua y el vapor: “¡Ay, ya va, mamá!”. Se enoja encima. Siempre, siempre igual. Rocío no me dirige la palabra desde que entré, ¿qué está haciendo? Debe estar en la cocina, a ver… No, acá no está. Ah, en el living.

—¿Qué estás haciendo?

—Estaba leyendo un libro que me compré hoy. Pasamos por la librería cuando fui a buscar a Pau a la casa de tu vieja.

—¿Desde cuándo comprás libros?

—¿Está mal? Tu piba vive metida adentro de estas cosas.

—No, tonta —me hace reír que esté siempre tan a la defensiva—. Me llama la atención, sé que te gusta leer, pero hace rato que no te veía con un libro.

—Sí, ahora los clasificados son mi lectura favorita. Puta vida. No, no venía leyendo porque laburaba como diez horas, no me daban muchas ganas que digamos. Imaginaba que la vida empezaba y terminaba en esa oficina del orto.

—Oficina del orto que te pagaba el alquiler y la comida y la ropa…

—Romina, ¿otra vez con esa mierda? Ya te lo dije: me enfermaba la cabeza ese lugar. El hecho de que vos te banques un laburo de mierda, no significa que yo también esté obligada a hacerlo. No pienso volver a discutir esta huevada. Peor que mi vieja sos —me corre la mirada y camina para el lado contrario de la habitación cada vez que se enoja feo. Siempre creí que era un método de autocontrol, como que si me mira un rato más, me salta encima y me arranca los pelos.

—Rocío, a ver. No soy tu vieja y no soy nadie de tu familia, al menos no de sangre. Ya sabemos que a ellos no les interesa mucho lo que te pasa y que no son capaces de mandarte un mensaje para preguntarte si estás viva, pero yo te digo esto para que caigas, porque somos amigas hace más de diez años y me preocu—

—No me vengas con esa mierda de que me lo decís porque te preocupa lo que me pasa. Preocuparte por lo que me pasa es no decirme cosas que me duelen también. O preguntarme un poco más cómo siento, en vez de venir con los humos re subidos todos los días y calentarte por cualquier cosa. Paula también te agradecería que bajes un cambio —tiene razón. No está bueno quedarse sin argumentos en medio de una discusión, pero es cierto. Ya venía pensando lo mismo el otro día. Me gustaría que me mire un poco a los ojos cuando me dice esas cosas, así se da cuenta de que estoy de acuerdo con ella, porque no puedo decirlo en voz alta, no sé si es orgullo o qué, pero todavía hay cosas que no puedo verbalizar.

—¿De qué es ese libro?

—¿Eh? —y sí, si después de cuestionarle la vida me hago la copada, yo también me mandaría a la mierda.

—El libro que te compraste. Sobre qué es.

—Ah. Eh, nada. Una cosa de psicoanálisis —no tiene muchas ganas de hablarme ahora, quiere castigarme con la indiferencia.

—Che, perdón. Fue una semana horrenda, con mucho laburo, costó hacer que Paula haga la tarea, encima se cumplió otro aniversario desde el día en que el padre se fue…

—Sí, ya sé. La noté más sensible. El otro día casi se pone a llorar con los doscientos muertos que encontraron en México.

—Ni veo las noticias ya, pero cuando te quedes con ella intentá que no esté muy expuesta a esas cosas, le hacen mal.

—Romi, no la pongas en una cajita de cristal. Si no prendemos la tele, de todas formas tiene internet en la computadora, amiguitos con celulares conectados, puede entrarle por cualquier lugar. Mejor que sea en la casa, en un ambiente seguro, para que pueda hacer todas las preguntas que quiera. Aunque si vos no se las respondés o le mentís, es lo mismo que nada.

—Eu, ya está. Dejá de ser tan hostil conmigo. Nos vamos de viaje este finde, milagrosamente me dieron la semana que viene de vacaciones en el laburo, vos todavía tenés algunos ahorros, es viernes, está todo re bien. Estemos de buen humor.

—Andá a comprar esas milanesas de una vez, que me voy a comer tu brazo en el viaje si no.

Me gusta cuando Rocío clausura los conflictos con chistes. En realidad, lo más lindo es cuando nos reímos al mismo tiempo. Me hace acordar a cuando iba a clases de canto a los trece años y me hacían afinar con una compañera. Cuando las dos voces se empalmaban, el sentimiento era de plenitud, como si todo estuviera donde tenía que estar; eso siento: que mi risa y la de Rocío siempre afinan juntas.

Viernes, 23.20 hs

Qué bien esto de andar por la ruta. Mi último viaje fue a San Carlos Paz, con los compañeros de secundaria, en el último año. Romi no pudo venir porque ya la tenía a Paula de tres años. Qué loco eso: las diferentes elecciones que uno va haciendo en la vida. No se puede todo. Sierra de la Ventana, eso sí que es raro. ¿Quién carajo se va de vacaciones a Sierra de la Ventana, encima a una semana del otoño? Espero que no haga mucho frío. Bah, ni chequeé el clima, traje ropa aleatoria. Esas cosas las hace Romina, la enferma de los detalles.

—Te diste cuenta de que este es el primer viaje que voy a hacer yo sola con Paula, ¿no? Es decir, sin su papá —la verdad que no, no lo había pensado. Desde que ese chabón se fue, estuvo todo tan tranquilo que automáticamente borré en mi cabeza todo lo que remitía a él.

—Claro, la última vez se habían ido a Mar del Plata. Lo único bueno de ese tipo era que tenía guita. Tremendo hotel pegaron ahí.

—Sí, la verdad que sí. Igual, no sé, algunas otras cosas buenas tenía. Digo, estuvimos juntos durante cinco años, tan malo no puede haber sido. Además, mal que mal, hoy paga una parte del alquiler, el otro día me pasó para comprarle a Pau un vestido carísimo que…

—¿Vos me estás cargando, boluda?

—No, bueno, pará. Una a veces también extraña.

—Te repito: ¿vos me estás cargando? ¿Qué mierda te pasa? Ni se te ocurra decir estas cosas delante de Paula, yo te pego.

—Bancá un toque. ¿Vos nunca extrañas a alguno de tus ex? ¿A Ramiro? Estuvieron bocha de tiempo, hasta convivieron un poco y…

—Pero, no, no, no. Mirá, tanto vos como yo tuvimos parejas de mierda. Tenemos una antología de chabones del orto, uno peor que el otro. Pero puntualmente Juan fue un sorete. Creo que no tengo que explicarte por qué, a esta altura del juego.

—Estar sola y con una hija es difícil, Rocío.

—¿Sola? Andá a cagar.

—¿Qué? ¿Ahora por qué te enojás?

—Estoy yo, que somos culo y calzón desde que cursábamos juntas en el parroquial. Tenés a tu vieja también. Y ese grupo extraño de amigas que tenés por ahí dispersas, que hacen esas reuniones de tupper y no sé qué mierda.

—No son reuniones de tupper, estúpida. Hicimos un par de Baby Showers porque varias son mamás.

—No tengo la menor idea de qué hacen, pero por las fotos de Facebook, te puedo asegurar que parecen una juntada de minas de cincuenta años.

—Bueno, disculpalas, no son tan jodonas como vos. Ellas también tuvieron que ser mamás. Y no es soplar y hacer botella esto. Además, todo bien, a vos te amo, al resto de esas personas que nombraste también, pero no es lo mismo que tener a un hombre al lado. Son amores diferentes.

—Primero, dejá de hablar como si Paula fuera una carga para vos. Segundo, seguro que son amores diferentes: nosotras no te metemos los cuernos, no te hacemos sentir una mierda y tampoco las dejamos a vos y a la nena solas —uh. Me zarpé. Los ojos le empezaron a centellear, no quería provocar esto, la puta madre, ¿por qué carajo soy tan bruta? Nunca pude manejar los llantos de Romina, una vez que arranca, no para; se desborda, pareciera una represa que se rompe.

—Eu, Romi. Esperá. No quise ser tan dura. Es que parece que no caés a veces. Pasaron cuatro años de eso, hace cuatro años que ese chabón no es más que un par de billetes que te pasa todos los meses, ni siquiera es capaz de visitar a Paula o llamarla por teléfono. No puede ser que nunca te des el espacio para reflexionar lo que pasó, cómo te manejaste, lo que sentís.

Se extendió un silencio helado entre las dos. Apretó los puños contra la campera que le cubría las piernas y permaneció con la vista baja un rato. No pude soportar la idea de no poder hacer nada al respecto, así que volteé mi mirada hacia la ventanilla – por estas razones, siempre es bueno viajar del lado de la ventanilla, el paisaje que corre da una sensación de aire libre con la que se puede escapar de cualquier situación incómoda. Paula dormía despatarrada a la izquierda de Romina, en el asiento que quedaba cruzando el pasillo. Volteé cuando ya se me había ocurrido un discurso más o menos completo para que se ponga bien de nuevo, pero ella estaba absorta mirando a Pau. Extendió el brazo izquierdo y con una delicadeza que sólo vi en sus manos, le corrió un mechón que se había caído sobre los ojos y le molestaba, porque hacía muecas entre sueños.

—¿Sabés qué? Yo no sé si la hubiera querido tener a Paula. Digo, si en ese momento me hubieran dado otras opciones —eso sí era algo que jamás hubiera imaginado escuchar de la boca de Romina. La cara se le modificó de repente, las lágrimas se le habían metido para adentro—. Sí, ya sé, te parezco un monstruo. Yo sé que no es común que tenga estos sentimientos, pero los tuve en su momento. Para empezar, cogí y no me cuidé porque Juan y yo éramos unos pendejos estúpidos, y yo pensé que, por una vez que no usáramos forro, no iba a pasar nada. Tenía miedo de que me deje también, me imagino. Pero bueno, cuando ya tenía un bebé pateándome las entrañas, no lo podía creer. Sentía que tenía un alien adentro.

—Y sí, tremenda pelota deforme era esa panza tuya.

—Pero, boluda, en serio. Yo sentía como un bicho que me estaba usurpando el cuerpo. De repente, nadie más se interesaba por mí, todos me preguntaban por lo que llevaba adentro: mi cuerpo dejó de ser mío, así, de un día para el otro. Ni respirar bien podía.

—Pero yo siempre te vi re entera y decidida, nunca te vi dudando demasiado. Siempre fuiste, no sé… La “mamá fatal”.

—Y sí, ¿qué iba a hacer, boluda? Una mamá es así, ¿o no? Aparte, cuando nació, ya no era un alien. Se fue haciendo mi Paula. Pero, como te contaba: tuve sentimientos indecibles en un primer momento. Nunca dejé de sentirme culpable por eso. De la misma forma me siento hoy cuando la tengo que dejar sola para ir a trabajar. Cuando estaba el papá, yo podía quedarme con ella. Por eso, también, te agradezco a vos que la estés cuidando ahora que tienen paro en el colegio, me hace sentir un poco mejor que estés vos con ella.

—Che, qué mambo esto. ¿Vos me estás diciendo que arrastrás todas estas cosas hace nueve años?

—Y sí.

—¿Por qué nunca lo charlamos?

—No sé. Siempre estuve más preocupada por Pau, por que crezca feliz, fuerte, qué sé yo. Siempre me pensé en segundo lugar, en ese sentido.

—Sin embargo, vos también sos una persona.

—Cuando seas mamá me vas a entender.

—¿Y si no soy mamá nunca?

—Sí, qué se yo. Puede ser. ¿No sería raro para vos, igual? Digo, ¿qué proyectás para adelante si no es eso?

—Raro es todo lo que me estás contando vos, la puta madre.

Esbozó una media sonrisa y sentí que tenía los hombros más livianos que nunca. Acababa de desembolsar un equipaje gigante y pesadísimo.

—Sí, seremos muy cercanas pero casi nunca charlamos sobre lo que nos pasa en serio… Simplemente entendemos cosas de la otra porque sí, porque jugamos de memoria. Pero somos muy buenas negando también —ahí se le completó la sonrisa y se le vieron los dientes simétricos y resplandecientes de la cantidad de veces que se los lava al día. Tenía razón en lo que decía. La faceta reflexiva de Romina podía ser muy sorprendente a veces.

—¿Sabés qué?

—No.

—Cogí con Javier.

—¿Qué? ¿El goma ese de tu oficina?

—El mismo.

—Tanto que decías que te lo querías sacar de encima…

—Y sí, es que… sí. Pero, no sé. Me mandó mensaje el miércoles y nos vimos.

—¿Y qué onda? ¿Bien… en la cama?

—Meh.

—Bueno. ¿Te divertiste con él, al menos?

—No, la verdad que no. Si es medio estúpido.

—¡Pero eso ya lo sabías! ¿Para qué lo viste? ¿Tantas ganas tenías de…?

—¿De coger? No muchas. La hubiera pasado mejor sola. Pero no sé por qué lo hice. Lo loco de todo esto es que en algún punto me hizo acordar a la secundaria.

—¿Cómo?

—¿Te acordás que a mí me cargaban con que era fácil y esas cosas? Y bueno, yo había estado con un par de pibes y todo eso… Encima me juntaba con vos, que tenías a la nena. ¡La puta y la madre adolescente! Posta que éramos la mala junta del salón —nos reímos en voz alta mientras el micro dormía. Un par de cabezas se dieron vuelta para callarnos con la mirada.

—Sí, bueno, éramos complicadas. Y nos llevábamos un montón de materias por año… Yo porque la gorda no me dejaba dormir, vos porque te hacías la rebelde; qué desastre. Decí que Pau me salió nerd.

—La verdad que sí. Bueno, cuestión que me remitió a esa época, porque algo me hizo acordar a cuando estuve con Sanguinetti.

—¿Sanguinetti? ¿Qué San..? ¡¿Sanguinetti?! —las cabezas de los pasajeros despiertos voltearon de nuevo—. ¡¿El profesor de educación física?!

—Bajá la voz, boluda.

—¡Pero vos me dijiste que era mentira!

—Es que me daba vergüenza. No esperaba que se esparciera tan rápido en todo el colegio… Al tipo lo podían echar… Me vino a pedir que dijera que era mentira y no quería dejarlo sin laburo, tenía hijos…

—¿Vos me estás hablando en serio? ¿Me mentiste todo este tiempo?

—Pero no fue algo tan importante, Romina. Fue un garche más.

—¡Un garche más! Sí que fue importante, tanto como para que me mintieras todo este tiempo.

—Dale, ¿posta me vas a hacer esta escena? No seas infantil, no puedo contarte toda mi vida, también tengo mi intimidad.

—¿Sabés cuál es el problema? La pasaste como el orto durante meses porque todos te trataban de puta, te escapabas en medio de clase al baño para llorar. ¡Decime si no fue importante para vos! Si tuviste que mentir y esconder eso durante tantos años es porque evidentemente fue importante.

—Lo que pasa es que… Sí, qué se yo… No sé. Me dio cosa.

—¿Qué cosa te dio cosa?

—Decirle que no. Yo no quería coger con él en realidad. Pero me encaró un día, no había nadie… y yo le dije que sí. Y no podía explicar por qué le había dicho que sí. Si lo admitía, me iban a exigir explicaciones y yo no las tenía.

—¿Le dijiste que sí o no le dijiste que no?

—¿Hay diferencia?

—Mucha.

—Eh… Creo que la segunda: no le dije que no. Cuando se corrió la bola, no podía pararla, se me fue de las manos. Yo misma quería olvidarme del episodio, pero la gente no me dejaba. Me daba asco ese hombre, tenía como cuarenta años, la piel arrugada, los brazos fofos… No me gustaba ni un poco. Hasta me hizo doler, fue muy bruto. Quería decirle que me dolía, pero no me dejaba hablar, me tapaba la boca para que no nos encuentren. Me sentí… En algún punto yo misma me di asco.

—Pero no entiendo por qué lo hiciste si te generaba tanto rechazo.

—Yo tampoco. Me habló, empezó a acariciarme, después me abrazó. En algún punto, creía que tenía que hacerlo, ya estaba ahí. No sé, algo me dijo que no podía irme, tenía que terminar con esa… «situación» para poder irme. No sé, nunca intenté ponerlo en palabras y no puedo explicarlo todavía.

—Una vez me dijiste que Javier también te daba asco. 

—Sí. Y me lo cogí el miércoles.

—Escuchame… ¿Por qué te ponés en esos lugares? ¿Por qué seguís cogiendo con chabones así después de todo esto?

—Y qué sé yo. Quiero vivir también. Quiero hacer mis experiencias. Conseguí laburo y me mudé sola al toque de terminar la secundaria para tener lo mío, como lo tenías vos con tu familia. Me acuerdo que el primer día que pasé sola en mi departamento, pensaba: “Qué lindo es ser pibe, loco”. Porque, ¿viste mi tío Gastón, el que tiene más o menos mi edad?

—Sí.

—¿Que ahora tiene unos veintinueve años y está juntado con esa rubia platinada que te conté que habla hasta por los codos?

—Sí.

—Bueno, él se había ido de la casa de mi abuela como a los diecisiete y nadie le dijo nada. Yo siempre lo había envidiado, tenía ganas de sentir lo mismo, de estar sola y que nadie me rompiera las bolas ni me tratara de nada por coger cuando quisiera.

—Sí. El tema es que vos no querías coger todas las veces que cogiste, por lo que me contás. Suena más a que te los cogiste para… ¿sacártelos de encima?

—No. No sé. De todas formas, no sé si conozca hoy alguna mina que haya querido coger todas las veces que cogió. ¿No creés?

—Bueno, había veces que con Juan… Sí, es verdad, puede ser. No sé.

Nos quedamos calladas de nuevo, esta vez de forma definitiva. Le pedí a Romina que me pasara un sánguche de milanesa y me lo comí mientras apreciaba el aspecto de infinito que aparentaba el horizonte oscuro. Con la panza llena, intenté dormir sin soñar con moscas ni huevos blancos.

Sábado, 04 hs

Paula se despertó cerca de las cuatro de la mañana y todavía restaban dos horas para que el micro llegara a destino. Romina no había podido dormir en toda la noche, a pesar de haberse propuesto leer un libro, actividad que siempre la vencía por cansancio. Rocío, en cambio, logró conciliar un sueño profundo e imperturbable durante cuatro horas seguidas.

—Ma, buen día.

—Buen día, preciosa. Pensé que seguías dormida. ¡Te sentaste y quedaste planchada! ¿Querés ir al baño?

—No, ahora no.

—¿Querés galletitas? Si no, tengo sánguches también.

—Galletitas está bien —Romina se encorvó sobre su asiento y puso sobre su regazo el bolso grande sobre el que apoyaba sus piernas. Sacó un paquete de surtidas y observó a Paula comer con tranquilidad. Le pareció hermosa y la colmó de ternura ver cómo llenaba de migas su asiento. Pensó: “Menos mal que nadie compró el asiento a su lado, lo estaría llenando de migas también”.

—¿Te paso otra frazada, hija? Traje una más.

—No, ma, estoy bien.

—Yo sí quiero, me estoy re cagando de frío —dijo Rocío del otro lado mientras intentaba despegar sus ojos y estirar los brazos al mismo tiempo.

—Rocío, ¿qué te dije de las malas palabras delante de Paula?

—Bueno, me estoy despertando. ¿Me pasás eso?

—Dios, no vivís sin carajear vos —se quejó Romina mientras desdoblaba la frazada que acababa de sacar de su bolso azul.

—Bueno, dormí mal.

—¿Ah, sí? —preguntó Romina levantando una ceja irónica—. Te juro que no parecía.

—¡Sí, en serio! hace semanas que tengo un sueño recurrente, medio extraño. Estoy en una fiesta pasándola genial y, de repente, me empieza a doler el dedo chiquito del pie. Miro y tengo un agujero donde se corrió la piel, con la carne viva latiendo. Te juro que en el sueño siento dolor físico real, es muy vívido todo.

—Qué feo.

—Sí, estoy intentando leer algo sobre psicoanálisis por eso. El otro día enganché un video en Youtube donde una psicoanalista hablaba sobre “el agujero por donde ingresa la vulnerabilidad” en las mujeres, hablando en términos simbólicos, ¿no? —se acercó ligeramente a Romina y le susurró al oído—. Con “agujero” se refiere a la «chuchi», por lo que entiendo —la amiga se sobresaltó con el comentario y abrió los ojos grandes.

—Tía, en Sierra de la Ventana también hay un agujero, me lo contó mamá.

—Sí, Pau —respondió Rocío mientras se enderezaba en su asiento, percatándose de que no podía hablar tan abiertamente de sus pensamientos ahora que Paula estaba despierta y atenta a todo, como de costumbre.

Desayunaron las tres mientras aparecían las primeras luces del día a través de las ventanillas. Para las seis de la mañana, ya estaban en la terminal de ómnibus de Sierra de la Ventana pidiendo un remise que las llevara hasta la cabaña donde se hospedaban. El lugar estaba ubicado a unas pocas cuadras de la sierra que daba nombre al lugar, por lo que desde el patio trasero podía vislumbrarse uno de los perfiles del cíclope de tierra, pero no su icónica ventana. Paula se instaló en el jardín a pocos minutos de llegar y se quedó observando el relieve. Nunca había visto nada igual fuera de las películas. Mientras Rocío dejaba el equipaje en su pieza, vio por la ventana a la pequeña sentada en el pasto, con una campera rosada que le quedaba un poco grande y una gorra de visera blanca con una flor amarilla en el frente, y pensó que parecía un duende muy simpático. Dejó sus cosas a medio hacer sobre la cama y fue a su encuentro.

—¿Te gusta el paisaje?

—Ahí está: esa es la montaña con el agujero en la punta. Tiene como una ventanita y podés ver lo que hay del otro lado, lo vi en fotos.

—Es verdad.

—Me gusta más ese agujero que el de México —respondió Paula con un dejo de nostalgia en la voz. Rocío pensó en ese agujero lleno de personas muertas, en el agujero en la calza por donde miraba Javier, en el agujero del pie por donde las moscas le invadían la carne. Creyó que Paula tenía razón y respondió con gesto ausente.

—Sí, este es más lindo.

—Pero porque este no es un agujero nada más. Es una ventana. 

—Sí, no todos los agujeros son iguales, calculo. A la vuelta, si querés, hacemos un pozo en el patio del edificio y plantamos algo. ¿Te parece?

—Ese patio es feo. No volvamos. Quedémonos acá. 

—¿Vos estás loca?

—Quiero ver lo que hay del otro lado del agujero. 

—Si vamos solas, nos vamos a perder. Esperá a que nos acomodemos. Mamá va a dormir un poco, yo cocino el almuerzo y después salimos a caminar por ahí. ¿Dale?

A Paula no la conformó la respuesta de su tía, entonces no contestó nada. Rocío lo pensó dos segundos, pero llegó a la misma conclusión: había que esperar a Romina. Le dio un beso en la cabeza a Paula esperando que se mitigasen sus ansias y entró a seguir con las diligencias para el resto del día.

Paula esperó, calculó las posibilidades y entró a la cabaña quince minutos más tarde. Agarró su mochila y la vació sobre una cama cucheta que le habían asignado. Sin hacer ruido sacó los últimos dos sánguches de milanesa del tupper que guardaba su mamá en el bolso azul, apoyado en el piso a un costado de la cama matrimonial donde dormía, y los metió en su mochila mientras Rocío acomodaba sus cosas en el cuarto contiguo. Cuando su tía entró al baño, salió por la puerta delantera que permanecía sin llave desde que llegaron. Partió dispuesta a descubrir qué era lo que pasaba del otro lado del agujero.

 

Tuve suerte

Creemos que nunca puede pasarnos algo así. Lo vemos en los medios de comunicación, lo escuchamos de algún/a amiga/o pero nunca lo sentimos. Es imposible entenderlo si no lo vivimos. Nos indignamos, apagamos la tele, dejamos de leer las noticias porque nos horroriza el relato, hacemos la vista gorda. Salimos a la calle para gritar por las que no están, por las que este sistema patriarcal nos arrancó. Pero nunca, nunca, vamos a sentir lo que ellas pasaron. Algunas no fuimos Ángeles, ni Melina, ni Lola, ni Florencia, ni Araceli, ni María Inés y Coni, ni Micaela, pero pudimos haberlo sido. Yo “tuve suerte”. Porque hoy, lamentablemente, dependemos de esa “suerte” para mantenernos vivas.

Cuando te tocan, te golpean, te denigran, sentís que te arrancan un pedazo de tu ser. Te rebajas a suplicar que ya no te hagan daño, que sos chica, que si te dejan viva prometes que no vas a decir nada. Pero repito, yo “tuve suerte”, “tuve suerte” de que no me maten pero esa misma “suerte” no abarcó los golpes, ni los insultos, ni mi dignidad, ni todo lo otro que siente una mujer cuando violan sus derechos. Pasas a ser un objeto del abusador, que no es un enfermo, sino “un gozador del abuso del poder, ya que disfrutan antes y después de la violación porque sienten placer al aprovecharse de quien no puede defenderse o de quien teme”, según Eva Giberti, quien trabaja en el programa de “Las Victimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Un poder que debería protegernos, en el lejano imaginario de cada una, a las mujeres ante estos casos.

Ese sábado a la mañana cuando me entere que Micaela ya no estaba y no iba a volver, recibí un mensaje de mi papá: “Hija, encontraron muerta a Micaela”. En ese momento, mis ojos se llenaron de lágrimas e inmediatamente pensé que el dolor que estaban atravesando los papás de “la negra”, lo que podrían haber sentido mis papas. Pero claro, es que yo “tuve suerte”.

Durante esa semana pensé, lloré y hasta llegué a sentir todo lo que pudo haber pasado tanto Micaela como todas las que se nos fueron, porque nos las arrancaron. Corrí, lloré, pensé, volví a llorar y le rogué a Dios que me protegiera para que nunca más me vuelva a pasar, porque en estos momentos, en los que la justicia no responde, recurrimos a cualquier lugar o persona para que nos resguarde. Y, lamentablemente, las mujeres,  tenemos que llegar al límite para que se nos reconozcan el riesgo que estamos atravesando. Porque ya no morimos cada  30hs, sino cada 18. Porque el Ministerio de Justicia anunció el incremento de un 33% de condenados por delitos sexuales entre 2012 y 2015. Porque estamos ante un panorama aterrador.

Y sí, lastimosamente, tiene que morir una mujer en manos de un violador para que se implementen las leyes, como ocurrió estos últimos días con la ley 26.879 sobre “registro de violadores” que el presidente Mauricio Macri reglamentará. Sí, el mismo Macri que dijo que a las mujeres nos gusta que nos digan “qué lindo culo tenés” y el mismo señor que recortó 67 millones de pesos al Consejo Nacional de Mujeres. Sí, nuestro Presidente, el que hoy quiere tapar sus actos con leyes. Dicha ley dispone que el Estado obtenga una muestra de material genético de quienes hayan sido condenados por delitos contra la integridad sexual y la almacene para que, a futuro, se investiguen posibles reincidencias por parte de los agresores. Una ley que, para muchas mujeres, llega demasiado tarde.

Pero yo “tuve suerte” y como hoy estoy viva, siento el compromiso de salir a gritar por las que ya no tienen voz. Porque si no lo hacemos nosotras nadie lo va a hacer, porque tenemos que ser hermanas, unirnos y luchar, porque queremos algo tan simple y claro como el derecho a vivir libres.

basta-abuso


 

Apagándose

Caminó diez kilómetros. Esa era su tarea, llevar y traer cosas. Caminar y caminar. Anduvo con paso decidido durante varias horas, parecía que nada podía fallar. Todo terminaría en tiempo y forma, llegaría a casa, se tomaría un largo baño, y volvería a caminar. Esta vez no por trabajo, sino por placer, directamente hacia un beso anhelado. Y la brisa de los árboles sobre su rostro dejaría de ser la protagonista, para darle lugar a la risa amada.

Había entregado su último paquete, el jefe agradecido, la ropa ya abrazada en sudor, la satisfacción de la tarea completada.

Entonces lo sintió, un «click» en la rodilla, un golpecito que primero la tomó por sorpresa, después la abrumó de dolor. Cayó, se incorporó dificultosamente. La nocha ya estaba entrada, los locales abiertos eran cada vez menos. Moverse ya no era una opción, el dolor era un freno endureciéndole la pierna derecha. Se apoyó contra la pared de un edificio, decidida a arrastrarse hasta su hogar y, ya en terreno familiar, tratar de seguir con el plan original. Solo quería un beso, todo lo demás podía esperar. La primera cuadra se sintió llena de voluntad, con la capacidad de vencer la adversidad; la segunda no fue tan generosa, y en la tercera se encontró respirando con dificultad.
Un hombre, pequeño, de mediana edad, se acercó a la muchacha y se ofreció a ayudar. Ella rechazó la oferta con sinceridad, pero parece que sus modales fueron mal interpretados, porque cuando quiso continuar se dio cuenta de que tenía al hombre encorvado sobre su rodilla derecha. Gesto preocupado, las manos en el lugar equivocado, ni se detuvo a preguntar si la muchacha quería ser tratada por un desconocido en plena calle. La forzó a intentar flexionar y le explicó cosas que ya sabía. Ella solo quería llegar a casa. Tenía un plan, un plan que podía funcionar si lo ejecutaba sola. Pero el hombre insistía y forzaba dolor en una rodilla que ya estaba derrotada. Después de 20 minutos y para safarse del hombre, la chica anunció que prefería ir al hospital y empezó a moverse dificultosamente, con la rodilla aun más rígida que antes de recibir «ayuda». El hombre insistió un poco más, pero no se ofreció a acompañarla al hospital. Poca paciencia le quedaba a la muchacha, por lo que agradeció deshacerse del hombre, aunque eso implicara enfrentar la noche en vulnerabilidad.
Se decidió a entrar al hospital, quizás la atendieran rápido, de igual manera la noche estaba comprometida y el paso del hombre por su rodilla había destrozado el plan original.
Tras cinco cuadras arrastrando su rodilla, apoyándose contra las paredes, con todo el peso del cansancio del día, llegó a la guardia.
Pero al entrar la encontró abarrotada, un choque, un colapso del sistema de salud público, algo que estaba por encima de ella y que la sedujo de volver al plan original: arrastrarse a casa, luego ir a los brazos amados, de cualquier forma posible.
La fatiga solo palidecía ante la posibilidad de llegar a su abrazo, a su beso, a compartir una charla y descansar. Por eso pudo continuar su camino, con la pierna derecha estropeada y el doloroso cosquilleo del esfuerzo extra que los músculos ya agotados se veían forzados a hacer para reponer la inestabilidad del cuerpo. El panorama no era bueno, pero la esperanza le florecía al punto que sentía que las luces de la vereda brillaban con mayor intensidad cuando ella se acercaba, como una manera de mostrarle que el obstáculo se podía sortear.
Dos varones, uno joven y otro más adulto, se acercaron. La misma intención de ayudar, la misma negligencia ante la negativa de la muchacha, la tomaron de la cintura y la apoyaron en las escalinatas de un departamento, examinaron la rodilla, forzaron la flexión, ignoraron los quejidos y las lágrimas, sonrieron cortéses cuando ella rehusó la ayuda. Se miraron con gesto de extrema concentración e intercambiaron entre ellos opiniones, sermonéandola de cómo había caminado tantos kilómetros solo con sus rodillas, de lo inapropiado de su calzado y de cómo, por gracia del destino, ellos podrían solucionar todo en diez minutos.
Enajenada, ella solo veía como las luces de la vereda se iban oscureciendo a su alrededor, como la idea del beso amado se esfumaba, como la noche se iba enredando en su pelo, como el tiempo se volvía pesado, lento, y el necesario descanso se perdía de su campo de visión.
Ya ni siquiera sentía el cansancio del cuerpo, solo deseo. Deseo de huir de esa noche, de esa situación, de su rodilla. De teletransportarse y aparecer en su casa, ya ni siquiera se desesperaba por la compañía, solo quería llegar a algun lugar familiar, para poder ducharse y dejar el mal día atrás.
Tan absorta estaba, que el golpe de la piedra llegó como una descarga eléctrica que le convulsionó todo el cuerpo. Cuando cesó el grito desgarrador y las lágrimas ya estaban rodando lentamente por las mejillas pudo abrir los ojos y contemplar la solución de sus dos malditos salvadores: la rodilla estaba abierta, la pierna flexionada en un angulo imposible y, sobresaliendo con un ímpetu violento, un brilloso hueso embebido en su propia sangre. Ese no era el resultado que los dos varones esperaban, y contemplaron su acción aterrados. La muchacha les gritó que se fueran, que la dejaran en paz, que podía sola. Chequearon una sola vez, pero no se ofrecieron a llevarla a un hospital ni a llamarle una ambulancia. El más joven se ofreció a acomodarle la rodilla y, antes de que ella pudiera siquiera contestar, intentó acomodar el hueso hacia adentro, pero solo logró un nuevo grito de dolor y un brote más violento de sangre.

Estaba exhausta, por lo que atinó a escapar arrastrándose con sus brazos. Ya ni siquiera podía insultarlos.
Los varones, consternados, se alejaron lentamente en dirección contraria, ignorando la estela de sangre y llanto que la muchacha dejaba tras de sí.

La extenuación que sentía era tal que se entregó al shock hemorrágico como quien se deja caer en los brazos de un gran amigo. La sed la desesperó pero rapidamente vio como las luces de la vereda se agotaron completamente y a la oscuridad total le siguió una inmensa tranquilidad.

Por fín estaba descansando.

Octavia – Relatos

Proceso

En el diario, las letras negras todavía con olor a tinta fresca cuentan que mataron a otra mujer. Con cuidado, leés la bajada. “Qué porquería”, pensás, “pobrecita”, y pasas la página. Esa mañana estás apurada, tenés que llegar al trabajo, tu jefe estuvo toda la semana pidiendo que revisaras sus papeles y no pudiste desarrollar tus casos. El estudio jurídico funciona así, qué se le va a hacer. Cuando recién entras, por más abogada que seas, terminás como secretaria. Estabas pensando que tal vez ese día podrías adelantar algo del caso Roca así llegás a horario al cumpleaños de Lu, tu hermana. Por eso saliste antes para tomarte el colectivo con tiempo y entrar al estudio temprano.

—Ehhh preciosa, ¡esas piernas! escuchás, mirás al auto que pasa veloz por delante de la parada, no los conocés, girás la cabeza. Sabés que a esos hay que ignorarlos, quedarse callada para que no paren y se arme más lió. El colectivo llega casi vació y el camino hacia el trabajo es tranquilo. Hoy podés sentarte en un asiento individual sin preocuparte de que algún desubicado se acerque demasiado. Cuando llegas a la plaza, ves la pared de uno de los edificios nuevos pintada con graffiti; ayer se jugó la copa, los hinchas festejaron.

En la oficina estaba solo la recepcionista, Estela, que siempre llega temprano. La saludás alegre, ella te devuelve la sonrisa y un mate.

—¿Viste lo de la chiquita esta que mataron anoche? —te pregunta mientras saca los bizcochitos; vos asentís—. Pobrecita… igual, quién anda tan tarde justo por esas calles, con lo peligroso que está todo ahora.

No llegás a responderle porque suena el teléfono, vas a tu oficina pensando en eso del peligro. Es verdad, últimamente hay más casos de robos y esas cosas, pero no te da miedo. Los chicos en el auto hoy más temprano, eso te da miedo.

Mientras pasás por las hojas del caso Roca, te acordás del regalo de Lu, de apurada lo dejaste en la mesa de la cocina. Ahora tenés que salir incluso antes para poder pasarlo a buscar. Cumple veinte y no pudiste ir la noche anterior al festejo en el boliche porque hoy trabajabas; por lo que el regalo es indispensable para compensar la ausencia anterior. Una vez que terminás con el caso Roca, le dejás los papeles de tu jefe a Estela.

—Decile que me tuve que ir más temprano, pero está todo terminado —ella asiente.

—Igual no sé si viene hoy…— te dice—, tiene la audiencia, viste, por eso de agresión a la esposa… Pero bueno, cosas intrafamiliares, yo no me meto.

Dejás los papeles y Estela vuelve a contestar el teléfono que suena incesantemente.

Con el sol en el rostro caminás a la parada, entrecerrás los ojos para no hacerte mal a la vista. En tu bolsillo, el celular empieza a vibrar. Es una llamada corta, muy corta, y ya no tenés que apurarte más. No tenés que volver rápido a tu casa, ni agarrar el regalo. No tenés que saludar a tu hermana, porque ella ya no está. En ese instante, rápido y fugaz, desapareció de tu vida. Más adelante, cuando vayas a infinitas audiencias y hables con fiscales, abogados y jueces, te vas a enterar de quién la mató. Te vas a enterar que ese día en el boliche, Lu tomó, porque cumplía veinte y estaba festejando. Que varios hombres quisieron estar con ella pero uno insistió más de lo normal. Que sus amigas la acompañaron toda la noche y esperaron a que se tomara un taxi. Que él se subió cuando ellas se fueron. Que el taxista pensó que sería el novio y ella estaba muy borracha para reconocerlo, por eso empujaba y resistía. Que la violó y después la mató para que nadie nunca se enterara.

DesArmada

Hoy me llamó mi papá. Llegó bien, pero tenía una mala noticia. Se la olvidó ¡Se la olvidó! La dejó acá en casa, en el cajón, ¡En mi habitación! ¡Donde duermo! Me dijo que tendría que tenerla hasta que volviera de nuevo a Buenos Aires, pero solo Dios sabe cuánto falta para eso. Suele venir una vez al mes, dos como mucho, y ahora él está a 800 kilómetros, y yo acá, encerrada con la “cosa” esta. No sé qué hacer. Ya sé que me dijiste que la ignore, que no la toque, pero siento que la van a venir a buscar. Mi papá la compró para su protección después de que lo amenazaran para que se echara atrás y él no lo hiciera. Saben quién soy yo, ¿Y si vienen acá?
No, por favor, no me dejés sola, ya sé que no puede hacer nada ahí en el cajón pero yo me siento… Bueno, bueno, está bien; entiendo.
Mi papá me dijo que me calmara, que ellos a mí no me van a venir a buscar, que la cosa es con él, que lo amenazaron a él y le pegaron a él, que todo queda ahí, en La Pampa. Acá en Buenos Aires soy intocable. O al menos eso me dice él. Me dijo que no la toque, que no sea boluda. No es que sea curiosa, pero cuando me acuesto puedo sentir el frío del acero, el peso, en paralelo a mi cabeza, en el cajón de la mesita de luz. Yo no sé bien porque algo tan pequeño, tan inerte, puede producir tanto miedo cuando se lo tiene cerca. No, no te preocupes, no la toqué. Abrí el cajón una vez para ver si estaba, no se había movido.
Pasé el fin de semana sola acá y no pasó nada: estudié como siempre, pedí una pizza, capaz tenés razón, soy una paranoica. Voy a bajar un cambio.
La facu está tomada, a veces voy a llevarles café a mis compañeros para acompañarlos, pero no tiene nada que ver con militar. Es que en casa la soledad me abruma. Quedate tranquila, yo me quedo callada y nadie sabe lo que opino. Ahora cuando llegue a casa voy a revisar que esté todo bien y le avisó a papá.
Todo bien. Se me ocurrió poner alguna ropa encima pero después pensé que podía pasar una tragedia si a alguien se le ocurría abrir mi cajón para buscar una remera y de repente la encontraba; no, nadie se queda a dormir a casa, pero qué se yo. Lo llamé a mi papá para avisarle, no está muy bien, pasa noches enteras revisando archivos y expedientes, buscando alguna fisura en la cual meterse. Es tan feo lo que le hicieron. Al principio lo admiraba, implacable denunciando a todos públicamente, decidido a hacer justicia por él, por sus amigos, pero después de que entraran a casa y le pegaran no es el mismo. Se consolaba pensando que lo agarraron estando solo, ¡Imaginate si estaba yo! Pero el golpe fue duro, intentaron llevárselo y no pudieron, y yo, tan lejos, absolutamente incapaz de ayudarlo. Y después de eso se compró el revolver, nadie estaba de acuerdo, pero él estaba convencido de que era lo mejor ¡Y ahora se la olvidó en casa! ¿Podés creer? Te juro que me supera. ¿Y si lo atacan y él no tiene nada con que defenderse?
Hoy se me ocurrió tomarla en mis manos, solo para ver si era tan pesada como se veía. No es como en las películas, que se ven livianas y el protagonista desenfunda ágilmente y mata de un solo tiro: no, es pesada, mis manos se sienten temblorosas abrazándola, ni sé cómo sacar el cargador, pero papá me mostró hace un tiempo donde está el seguro y pude comprobar que no se puede disparar sin querer. Pero estoy totalmente segura de que está cargada.
Papá me dijo que no sea boluda, que no la toque, que no me haga la viva. Él también está paranoico, irascible. Estoy segura que esto es mucho más que miedo: es bronca, es impotencia. Me dijo que me cuide cuando vaya a la facultad, que ande siempre en grupos y me cuenta que siguen llegando amenazas, sigue faltando gente de su círculo y la angustia de papá se sigue acumulando, así como se le acaban los recursos. Su abogado vive con él, así de comprometidos están ambos en la causa.
La facu últimamente está llena de policías, por lo que nos reunimos con mis compañeros en casas prestadas a estudiar y hablar en general. Dicen que están echando docentes y que tenemos que protegernos entre nosotros, pero yo no sé bien cómo aportar, a veces creo que estoy para llenar la silla nada más, perdida un poco en mis pensamientos…
Y… sí, un poco me incomoda llegar a casa sola y saber que está ahí.
Creo que alguien intentó entrar a mi casa. El arma estaba en el cajón como siempre pero había unas marcas en la puerta, creo que intentaron forzar la cerradura o algo así. Papá me dijo que llame a la policía, pero nadie me da bola. Dicen que no es nada ¡No lo digas vos también! ¿Y si me encontraron? Papá no cree que eso sea posible, pero mi dirección está en mis datos de la facultad y saben quién es mi papá… ¿Y sí…?
Quizás papá me contagió un poco de su paranoia…
Ayer llegué a mi casa y la cambié de lugar, la puse adentro de una caja en el placard, si alguien estuvo en mi casa, tengo que cambiarla de ubicación, para mi seguridad.
Sí, es cierto, me volví a juntar con los chicos de la agrupación. No, no estoy intentando evitar mi casa. ¡Si puedo dormir con eso en mi casa tranquilamente también puedo estar! Bah, la verdad es que no estoy durmiendo bien. Papá me dijo que ya falta poco para que vuelva, así que despreocupate, cuando venga se la lleva y yo vuelvo a estar bien. Me pone nerviosa todo esto, nada más.
Contestame por favor, ya sé que es tarde, pero te juro que la movieron, me desperté con ganas de ir al baño y abrí la caja y estaba movida. No, no fui yo, te juro alguien estuvo en mi casa.
La moví otra vez de lugar. No te voy a decir a donde, por la seguridad de ambas.
¿Che, está noche puedo quedarme en tu casa? Tengo miedo. Siento que estuvieron en mi casa otra vez.
Parece que todo está más tranquilo, papá me dijo que en una semana estaba acá, finalmente, porque te juro que no aguanto más. Ya ni sé cuántas veces la cambié de lugar, revisé el seguro, me quedé toda la noche despierta con la policía en marcado rápido.
Hace un par de días que papá no me contesta el teléfono. ¿Habrá pasado algo? Capaz volvieron a entrar a casa y él de vuelta indefenso, y ahora está en el hospital y mi familia no me quiere preocupar, estando tan lejos. ¿Lo habrán matado? No puede ser, no me esconderían una cosa tan grande, pero algo pasó, estoy segura. ¡No me digas más que me calme! ¿Qué sabés vos por lo que estoy pasando?
No, no voy a ir a tu casa, me cansé de tu hipocresía, pensé que eras mi amiga. Pero vos, igual que todos me tratás de loca, como si esto fuera una telenovela en mi cabeza. ¡Mi familia está a 800 kilómetros y yo acá esperando siempre lo peor!

Mi papá me llamó, me dijo que me calmara, que en tres días está acá y que me iba a cuidar, pero no me dio más detalles. Perdón si reaccioné mal, pero de verdad estoy muy consternada y, encima, no me dijo si le pasó algo o no. Todo esto es muy raro. Necesito que me acompañes.
No sabía a quién más llamar. Nadie me contesta. Ayer llegué de una reunión de la agrupación y no está, no la encuentro. ¿¡Cómo me podés decir que me olvidé donde la guarde!? Si, la cambié de lugar varias veces pero la última vez la dejé en una caja abajo de la cama ¿O la metí en el baño? No, no estoy durmiendo bien. Pero tenés que creerme ¡Alguien la agarró! ¡Mi papá no me contesta! No me cortés, no por favor, ¿Podés venir a casa? ¿O yo voy a…? ¿Hola? ¿¡Hola!?
Era de noche, el aire estaba espeso, como si el verano se estuviera aferrando a un último atisbo de vida antes de morir. Llegué a mi casa. La cerradura hizo un ruido raro. La luz de la habitación estaba encendida. Quise volver sobre mis pasos, huir, pero una mano me atajó al voltearme y un guante de cuero ahogó mi grito. Llevaban pasamontañas, todos vestidos iguales. Vi dos, pero escuché una tercera voz diciendo “ésta es la última”. Pude verla, en todo su esplendor, el revolver de mi papá, empuñada por otra mano enguantada. Cerré los ojos. Sentí el frío del cañon en la sien. Yo tenía razón.

Se comunica a la población que a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones. Firmado: Jorge Rafael Videla, Teniente General, Comandante General de Ejército; Emilio Eduardo Massera, Almirante, Comandante General de la Armada; Orlando Ramón Agosti, Brigadier General, Comandante General de la Fuerza Aérea.

Octavia – Relatos

Alas desplegadas

Ah sí, recuerdo sus voces en las mañanas. Era imposible sacarlas de nuestra cama, quizás porque era más grande, quizás porque estaba la tele, quizás porque estábamos nosotros en ella. Y yo les preparaba la leche, y me acostaba a ver los dibujitos con ellas. Las abrazaba y me sentía irradiada, desbordante, llena. Pero la más grande, Clara, dejó de venir al poco tiempo de nacida la nena. Tener una hermana después de ocho años de hija única no debió ser fácil para ella, así que la dejamos ser: quiso tener su propia pieza así que le dejé mi estudio, una casa de dos pisos tenía privacidad para todos; la dejé que fuera caminando sola al colegio cuando empezó el secundario; y que se hiciera el piercing en la nariz. Iba en contra de todo lo que yo creía, pero yo solo quería que fuera feliz, que no se sintiera violentada por tener que compartir. A fin de cuentas daba igual, porque sí yo no la dejaba lo iba a hacer igual, a mis espaldas, mientras trabajaba. La más chiquita la adoraba, corría atrás de ella, la miraba jugar en la computadora, le hacía dibujos. Dejó de ir a nuestra cama para ir a la de ella y, acostada con la mamadera, tenía la costumbre de enredarse el índice en el pelo, los ojitos entrecerrados y la pancita que le asomaba del pijama. La miraba hacer lo que sea que ella estuviera haciendo, le parecía increíblemente interesante. Clara primero la dejó, con una indiferencia formidable, después se fue volviendo más recelosa, y en algunos momentos la encontré pegándole a la nena. Yo nunca fui una persona violenta, por lo cual me costaba reaccionar en esas situaciones, pero lo que mejor me funcionaba era sacarle el celular a la más grande, que a los 16 años parecía un crimen espantoso. Era por unas horas nada más, pero causaba el efecto deseado. Aun así, ella tenía razón: la nena tenía que darle espacio también.
Todo se empezó a dificultar cuando las cuentas aumentaron y tuve que trabajar más horas en la universidad. Fue desgarrador separarme y no verlas más a la tarde, pero ya era hora para ellas también. La más grande ya tenía 18, por lo que no me parecía una locura dejarlas solas. Una niñera implicaría meter a alguien extraño a la casa, y eso no me gustaba: Clara estaba pronta a ser adulta y la nena la quería mucho, entre nosotros debíamos ser capaces de lidiar con nuestros problemas: después de todo, éramos una familia.
Durante la primera etapa las cosas fueron bien, pero un día llegamos a casa y encontramos a la nena con una muñeca que nosotros no le habíamos comprado. La nena, con total tranquilidad, nos dijo que se la había regalado Mauricio. ¿Quién es Mauricio? El amigo de la Clari. Mi marido estaba enojadísimo, cómo no, si mi hija adolescente estaba metiendo a un tipo que no conocíamos en nuestra casa. No fue muy pedagógico de su parte, pero no teníamos tiempo de sentarnos a debatir: puso un candado en las rejas de la casa, nada podía entrar ni salir. Así son los cerrajeros: todo puede protegerse detrás de una cerradura. Pero pronto descubrimos que eso no sería suficiente. La nena nos confesó un día que había saltado el tapial para ir a la casa de Mauricio a ver los pajaritos, pues le deslumbraba que pudieran volar tan lejos. Mauricio era el hijo de nuestro vecino, el dueño de la tienda de mascotas donde comprábamos la comida para el perro. Perdón, no me expresé bien: el hijo de 24 años, sin trabajo, que vivía con los padres y tenía un hijo de menos de un año. ¡Y Clara apenas terminando el secundario!
Me di cuenta enseguida que no iban a servir las ideas medievales de mi marido, pero era innegable que teníamos que hacer algo. Así que me senté a hablar con ella. Somos una familia Clara, no deberíamos tener secretos. Vos crees todo lo que la pendeja esa te dice. No le digas así, es tu hermana. ¡Está mintiendo! ¿Por qué le creen a ella y a mí no? Yo te creo Clara, pero tenés que hablar conmigo. No puedo hacer nada, no puedo tener amigos, tengo que estar cuidado a una hija que es SUYA ¡Una pendeja de mierda que no me importa! ¡Lo único que quiero es terminar el colegio para volar lejos de ustedes!
Escondida entre las cortinas, la nena sale corriendo, ligera, sollozante, hacia el patio, y yo tengo que salir corriendo atrás de ella, Clara es grande, Clara entiende, la nena no. Le digo a mi marido que se quede y encuentro a la chiquita sentada en la terraza, abrazándose las rodillas. No pasa nada mi amor. ¿Por qué la Clari no me quiere? Si te quiere, está confundida nada más. Es por Mauricio, ¿No? Es por muchas cosas mi amor. Pero yo sé que Mauricio es malo; yo también quiero volar lejos de acá, porque no quiero que Mauricio le pegue. ¿Qué?
¿Qué?
La nena empieza a llorar y ya no se le entiende. Mauricio, la Clari, los pajaritos, los gritos.
Clara ya no se iba sola al colegio, y volvía siempre con mi marido, y nos turnábamos para hacer visitas sorpresas a la casa. El 2001 fue terrible y ninguno podía dejar de trabajar. Pero teníamos fe, íbamos a resolverlo juntos. Gritos y ruidos de vasos rotos inundaron la casa. Ella decía que era nuestra sirvienta, y yo intentaba hacerle entender que era su responsabilidad como hija, puesto que nosotros estábamos todo el día trabajando para darle todo lo que ella quería. Mi marido se sacaba el cinto y le pegaba a la baranda de la escalera, y la nena partía en llanto. Yo interrumpía el sermón para consolarla a ella y Clara se encerraba en su cuarto, lejos de nosotros. ¡Esto no se va a quedar así Clara! ¡Vos me vas a escuchar! Sabíamos que no dejaba de verse con ese tipo, pero lo que pasaba solo lo conocíamos por los relatos de la nena: Me quedé mirando la tele en tu pieza. No sé dónde está. No me invitaron más a ver pajaritos, los extraño.
El otro día la Clari estuvo llorando toda la tarde.
¿Y por qué lloraba Clara?
No me quiere decir.
¿Por qué llorás Clara?
Y el silencio inundaba la habitación oscura, y Clara le corría la caricia a la nena con un manotazo que me dolió en el alma, ¿por qué odiaba tanto a su hermana? La nena se abrazó a mis polleras y la miró a Clara con reproche mientras se le caían silenciosas lágrimas. Y yo también lloré. Y las tres lloramos. Y al llanto le siguió un abrazo, y quise abarcar a mis dos preciosos retoños en mis brazos, protegerlas de todo mal, cobijarlas y darles una vida sin preocupaciones.
Pero no pude.
Clara empezó a sentirse enferma, por lo que la llevé al médico. En la sala de espera la nena dibujaba pajaritos con las alas desplegadas, y mientras se las pintaba también pintaba el sol. Sol y alas eran todo uno, demarcado por el lápiz negro. El médico sugirió un ginecólogo, y el ginecólogo un análisis de sangre. Podía ser somático, por todo el estrés, pero había que estar seguros.
¿Estás embarazada Clara?
Los ojos se nos llenaban de lágrimas y Clara negaba y negaba. Dijo que eso jamás había pasado y yo tuve que forzar mi sonrisa para poder creerle.
Mamá vos me criaste mejor que eso. Y yo tuve que abrazar a mi hija para poder creerle.
Y cuando estábamos yendo con mi marido a buscar los análisis de sangre tuve que tomarle la mano para que me diera fuerzas.
Y cuando llegamos a la casa tuve que atajarlo para que no se le desatara la ira en el living, contra Clara, enfrente de la nena que lo miraba todo escondida detrás de las escaleras. Él, colérico, revoleaba los papeles y sus gritos fueron tan fuertes, que gotas de saliva golpeaban la cara de Clara. ¡Nos mentiste!
Y yo tuve que preguntar: ¿Por qué nos mentiste?
Clara lloraba y lloraba, estaba pálida y temblorosa, y decía ya está, ya está, no se preocupen ya está. Y al unísono preguntamos ¿Qué cosa está?
La nena empezó a llorar así que le dije que se fuera. Mi marido respiraba agitado, Clara se deshacía en llanto, yo me calmé.
¿Qué cosa está?
Está en el baño.
A tropel fuimos mi marido y yo. Para qué, Dios mío, para qué. Una tumba de sangre en nuestro baño. Entonces la vi, sentada en la bañera, temblando, con los ojos desorbitados, las lágrimas secas en las mejillas, la boca abierta. La nena. Corrí de nuevo hasta Clara y mi llanto la golpeó con toda la fuerza de la incredulidad. En el baño de mi casa, en el tacho de basura, completamente formado, sin impunidad, ¿cómo pudiste hacernos esto?
Me senté a los pies de la escalera, sin fuerzas en las rodillas y la boca llena de bilis. No vi más nada.
No lo vi a mi marido arrastrando a Clara al hospital porque se estaba desangrando. No vi a la nena salir al patio. No la vi subir a la terraza. No la vi abriendo las alas.
No la vi volar.

Octavia – Relatos

¿Por qué salís con un golpeador?

Hace unos cuantos años, cuando todavía cursaba la secundaria, me hice amigo de una chica. No sé si amigo es el rótulo. Era de esas relaciones en las que no sos simplemente un conocido, pero tampoco cumplís con los requisitos para ser llamado “amigo”. Estaba en ese limbo donde descansan los que no alcanzan la plenitud del vínculo, pero tampoco perecen fácilmente en el olvido. De cualquier manera, yo sí la consideraba mi amiga.

De pequeña había sido obesa, y así pasó los comienzos de su adolescencia en el colegio, entre cargadas y cuestionamientos de sus padres, que la increpaban por su estado físico. Ella siempre decía que no estaba “tan gorda”, y que no merecía que la trataran así por su aspecto. Yo siempre creí que tenía razón.

Durante su adolescencia tuvo un novio fanático del boxeo, que era conocido mío. El chico era gentil con ella al principio, pero luego se volvió ¿inestable?

Resulta que, a pocos meses de empezar a salir, él empezó a preguntarle por cada persona con la que ella hablaba. “¿Quién es ese?”, “¿Quién es el otro?”, y otras preguntas de esa estirpe abundaban en su relación. En esa época regía el MSN como chat por excelencia, y el Fotolog como red social preferida. Ambos eran absolutamente monitoreados por su novio.
¿Qué hacía este muchacho cuando veía que mi amiga se llevaba bien con un chico? Bueno, primero le decía a ella que se alejara y, si no aceptaba, amenazaba al muchacho en cuestión. En cualquier caso, ella siempre terminaba sola.

Aun así, conservaba un grupo de amigas, que se juntaban con frecuencia, ya sea en una casa o un boliche. Vale mencionar que el novio siempre estaba en esas reuniones y salidas. Cuando no podía asistir, la asesinaba a mensajes de texto y llamadas a lo largo de la noche.
Un año antes de terminar el secundario, mi amiga se separó de este chico. Él amenazó con suicidarse, pero no lo hizo. Fue entonces cuando ella y yo nos hicimos más cercanos.

El último año del colegio transcurrió para la chica con mucha soltura. Volvió a hablar con la gente que su ex novio le prohibía, renovó positivamente los vínculos con sus amigas, y empezó a vislumbrar su futuro universitario. De paso, también bajó de peso.

La universidad cambió su perspectiva, conoció movimientos políticos, ideas nuevas, frescas y revolucionarias. Una compañera de ella le dijo que tenía que “hacerse respetar”, frente a los hombres. “Se supone que tienen que ser nuestros compañeros, no nuestros dueños”, le explicó, y así su cabeza dio un vuelco total.

Mi amiga era hija de un matrimonio inestable. Su padre, cuando tenía 35 años, había contratado a una empleada doméstica 14 años menor que él. Al principio fue una relación laboral pero, tiempo después, se convirtió en un amorío, que derivó en embarazo. Ninguno de los dos pensó en abortar, puesto que ambos aseguraban estar “enamorados” y “felices” por tener un hijo.

Sin embargo, apenas nació su hija, se separaron.

Durante los primeros cuatro años de vida, la madre crió sola a su hija, pero luego volvió a estar en pareja con el padre. Desde ese entonces, él la golpeó cada vez que se le antojó.

Cuando tenía 7 años, fueron de vacaciones a una cabaña en la costa durante un verano y, al parecer, todo fue desastroso. Me contó que su padre golpeó a la mujer cada día de esas vacaciones. A veces porque la mujer olvidaba comprar algo para la cena, y en ciertas ocasiones porque sentía que andaba “mostrando mucho” en la playa. Mi amiga se escondía, y buscaba no intervenir.

Con el paso de los años, los golpes del padre a su madre se hicieron menos frecuentes, pero los recuerdos aplastaron cualquier aprecio que ella pudiera tener por su progenitor. Nunca había encontrado respaldo para detestarlo, debido a que las figuras paternas suelen ser sagradas, hasta que se topó con esa fresca corriente de pensamiento en la universidad.

Lamentablemente, su estadía en la facultad duró un año, debido a que decidió cambiar de carrera, para pasarse a estudiar idiomas en un instituto privado.

Durante esos años, nuestra relación se fortaleció, aunque no nos veíamos mucho. Ella me contaba muchas cosas, y yo también le decía mucho sobre mí. Cada tanto salíamos a caminar por el parque, y a veces íbamos a la reserva ecológica.

Ella amaba los gorriones. “No cantan lindo ni hacen vuelos extravagantes, pero siempre están entre nosotros. Las cosas más lindas están entre nosotros, todos los días”, me dijo una vez, y mi alma plasmó el recuerdo. Hay recuerdos que se tienen en la mente, y otros en el alma. Los primeros están llenos de sonidos, aromas, e imágenes. Los segundos, en cambio, traducen estos aspectos en sensaciones. Yo recuerdo cómo se sentía estar con ella, pero ya su rostro y su voz me parecen difusos.

Una vez que empezó cursar en este instituto, conoció a un chico al que ella calificaba de “sencillo”. No se esmeraba en usar ropa variada, tenía el pelo bien cortito, y amaba pasear en bicicleta y fumar porro. En su momento creí que era sarcasmo, pero no, él realmente amaba esas dos cosas. ¿Y por qué no? pensé, ¿qué tendría de malo apasionarse por eso?
La relación entre ellos dos avanzó rápido, y parecía prometedora. Ella se la pasaba de buen humor, y él le hacía regalos cada vez que se veían, recordándole su amor en cada oportunidad.

Este chico había estado en el ejército durante un año. Su padre lo había impulsado a entrar, porque decía que veía en él “un gran servidor a la patria”. La verdad es que nunca entendí cómo entró ni qué tuvo que hacer para lograrlo, pero sí sus penurias durante su estadía.

A lo largo de ese año en el mundo de la defensa nacional, el muchacho fue abusado en reiteradas ocasiones por sus compañeros. A veces de a uno, y otras en grupo. Lo castigaban por “ser puto”, aunque este muchacho no se autodenominaba homosexual, ni tampoco había tenido deseos de estar con un hombre alguna vez. Él insistió en explicarles eso a sus abusadores, pero no surtió ningún efecto.

Poco antes de terminar ese año fatídico, su padre falleció y, tras una larga charla con su madre, abandonó el ejército. Mi amiga lo conoció un año después de esta experiencia.

Pasados casi 10 meses de relación, y a pesar del buen comienzo, el jovencito empezó a montar ataques de celos, a lo que mi amiga respondió con una entereza que nunca antes le vi: “Yo no tengo por qué darte explicaciones”, le dijo, fulminante.

Al principio, él pareció entender, pero no pasaron ni 24 horas, que volvió con los mismos planteos, y la obligó a mostrarle sus conversaciones.

La semana siguiente la chica vino a mi casa, pero a su novio le dijo que iba a lo de su abuela. Nos quedamos tomando y conversando, hasta que le consulté por qué seguía con él.

“Es buen chico”, me contestó, y le pregunté si no creía que merecía estar al lado de alguien que la respetara. “Vos das para más, este chico te limita todo el tiempo. Te está pasando lo mismo que con el anterior…”, le dije, con algo de ingenuidad en mi voz, y un poco de preocupación. Me contestó que iba a replantear su situación, pero que no aseguraba nada.

Un par de semanas más tarde, ella lo dejó. Lo hizo por teléfono, porque quería evitar la confrontación cara a cara. Él se lo tomó con tranquilidad, y dijo que entendía sus argumentos. “Espero que podamos ser amigos”, remató, y colgó la llamada.

Esa misma noche, el muchacho fue al departamento donde vivían mi amiga y sus padres. Eufórico y a los gritos, arrojó varios piedrazos al vidrio de portería, abriendo algunos agujeros en el mismo, donde quiso continuar el destrozo con sus manos desnudas, provocando cortes en su palma y sus dedos. Al no poder destruir el frente por completo, usó la sangre que brotaba de sus manos como tinta para escribir “te amo” en lo que quedaba de vidrio.

Al día siguiente, la madre del muchacho llamó por celular a mi amiga para decirle que era una “puta”, que se estaba “cogiendo a todo el mundo”, que su hijo era un “gran hombre” y que se lo estaba perdiendo. Tras este llamado, mi amiga habló con su madre, y le preguntó por qué pasaba todo esto, por qué no podía elegir separarse de un chico sin que hubiera consecuencias de este tipo, o que le echaran la culpa. Su madre le contestó que a veces hay que “resistir por amor”, porque si no “todo se va de las manos”.

Días después me junté un par de horas con ella, me contó lo ocurrido.

Me sentí convulsionado por el relato de su ruptura pero, al mismo tiempo, esperanzado. Si bien había sido una catástrofe, ella había logrado romper sus cadenas. El tipo, después del colapso, no la molestó más, y ahora tenía el futuro despejado en el campo amoroso. Sin fantasmas, sin abusos.

Tras esta conversación, no hablamos durante un largo tiempo y, de alguna manera, le perdí el rastro. Por eso mismo me llamó doblemente la atención enterarme que cerró su Facebook.

Le escribí al Whatsapp para preguntarle por qué lo hizo, y me dijo que la red social la desconcentraba mucho, y que le estaba complicando estudiar para las materias.

Le creí, porque tenía sentido, porque parecía verdad. Pero así como la verdad no siempre es creíble, lo creíble no siempre es la verdad.

Tiempo después noté que no sólo había cerrado su perfil, sino que también me había bloqueado del Whatsapp. Intenté llamarla, pero no atendió. Yo no conocía a sus padres, y apenas si tenía a una amiga de ella en Facebook, a la que le pregunté si sabía algo, pero me juró que no estaba al tanto.

Tan sólo un día después de mis interrogaciones, me llegó un mensaje privado de mi amiga, desde su Facebook. Para cuando abrí el mensaje, ya lo había cerrado de vuelta. No me aparecía su nombre, pero supe que era ella porque el historial de conversaciones no había sido borrado.

El mensaje era larguísimo, y no era ella la que escribía, era un hombre, un nuevo novio, que me amenazaba de muerte si intentaba rastrearla. Un mes después me llegó otro mensaje, pero no era desde el perfil de mi amiga, sino del de este tipo. Hice a tiempo a guardar su nombre, pero enseguida me bloqueó. Otra vez, como era de esperarse, me amenazaba.

El sujeto era boxeador, igual que su primer novio, y eso es todo lo que pude averiguar de él, puesto que ella ya había caído profundamente en el agujero negro que pergeñan los abusivos, ese que aparta a la víctima del mundo, volviéndola una sombra más.

Nadie supo qué pasó durante mucho tiempo, hasta que por fin hubo una noticia.

Su primer novio, conocido mío, me escribió para preguntarme hace cuánto no hablaba con ella. Me llamó la atención, ¿por qué, después de tantos años, me escribía para eso? Por las dudas, no le di todos los detalles, sólo le comenté que hacía mucho no me podía comunicar.

Entonces, le repregunté hace cuánto él no hablaba con ella, y me respondió que eso no importaba, porque había aparecido muerta.

Me quedé helado. No creí que pudiera pasar. De alguna manera, siempre tuve la esperanza de que mi amiga se borrara de esa pareja enfermiza y de la que tan poco sabíamos todos, pero no pudo ser.

Se enteraron de su muerte porque los vecinos de su novio llamaron a la policía cuando escucharon gritos y golpes. Al parecer, el tipo le desfiguró la cara porque ella había llegado a casa a la madrugada, sin avisarle a dónde había ido. Estaban conviviendo hacía cinco semanas, según contaron los testigos.

La sorpresa fue general, los padres no hablaban con ella desde que había dejado la casa, y las amigas le habían perdido el rastro. Nunca se supo a dónde fue esa trágica madrugada, porque su celular no apareció, y su novio escapó luego del asesinato.

Los amigos del homicida dijeron que él era “buen chico”, que era imposible que hubiera matado a alguien. “Ella era re problemática”, salió a decir la hermana del tipo, mientras que su madre aseguraba que los vecinos “inventaron” la pelea que acabó con la vida de la chica, y que con “escuchar gritos” no alcanza para acusar a alguien de homicidio.

Mi amiga no tuvo funeral. No sabemos si la cremaron, si está en una morgue, o si la enterraron a escondidas. Sus padres no se contactaron con nadie después de enterarse del hecho, por lo que el destino de su cuerpo, una vez más, quedó condenado por el silencio.

El día que me enteré de su muerte estaba con mi novia, hoy ex, que me preguntó por qué estaba llorando. Le conté que mis lágrimas eran porque un novio golpeador había matado a una amiga mía. Tras un abrazo inicial de contención, tomó distancia y, con algo de soberbia, me dijo: “¿Y para qué estaba de novia con un golpeador? Ella sabía que esto podía pasar”.

La miré con odio, contuve mi respuesta, y lloré más fuerte.

Extraído de: http://unperfectoplandelfin.blogspot.com.ar/2016/12/por-que-salis-con-un-golpeador.html 

Tomás Bitocchi