#Reseña Películas dirigidas por mujeres (parte II)

Como comenté en la primera edición de estas reseñas, este año me planteé el interés por consumir cine hecho por mujeres y sinceramente pensé que encontrarlo iba a ser mucho más fácil de lo que resultó. Sin embargo, aquí les traigo otras cinco películas para que puedan consumir en lo que queda de confinamiento.


THE BEGUILED – EL SEDUCTOR (2017)

Esta oda a la sororidad y el compañerismo transcurre en un internado de mujeres durante el siglo XIX. Mientras aguardan con ansias el fin de la guerra civil estadounidense, seis jovencitas comparten el hastío por las eternas tardes de bordado y clases de francés que se ven interrumpidas por la llegada del soldado herido John McBurney (Colin Farrell). Su componente masculino es suficiente para encandilar tanto a las más pequeñas de la casa como a la señorita Martha Farnsworth (Nicole Kidman), quien extiende su rol maternal y tareas de cuidado para con el cabo. La neblina y la naturaleza de Virginia, EE. UU., amalgaman un enfrentamiento tácito entre Martha, Edwina (Kirsten Dunst) y Alicia (Elle Fanning) que tensiona la dinámica del hogar de estas mujeres.

La película genera un clima digno de thriller con toda la estética que conlleva el cine de Sofía Coppola. A partir de la novela «A painted devil» de Thomas P. Cullinan, ella logra nuevamente generar sensaciones capaces de atravesar la pantalla. El punto de vista siempre es el femenino y lo que más me gusta de este film es cómo, a pesar de sus diferencias, este grupo de mujeres de diversas edades logra unirse para inhabilitar una fuerza externa que las amenaza.


WAKOLDA (2013)

Bariloche en los años sesenta es probablemente uno de los contextos más estéticos para narrar una historia. Allí la pareja de Eva (Natalia Oreiro) y Enzo (Diego Peretti) reabren una hostería familiar, donde reciben a un solitario médico alemán. Su hospitalidad es contrarrestada por los macabros planes de Helmut (Àlex Brendemühl) para con la menor de la familia. La pequeña Lilith (Florencia Bado) tiene un cuerpo más pequeño de lo normal y por eso Helmut la elije para experimentar una alteración genética con hormonas de crecimiento. La metáfora con el trabajo de Enzo, fabricar muñecas, es bastante literal. La búsqueda de la perfección es perseguida tanto por Enzo para sus muñecas como por Helmut para sus pacientes.

Candidata a los premios Óscar y premiada en Cannes, la película está basada en la novela homónima de su directora, Lucía Puenzo. El filme vincula la historia del nazismo con la leyenda del supuesto escape de sus dirigentes al sur argentino, retratado en 35 mm y con planos que resaltan la belleza de la Patagonia y las construcciones típicas de la época.


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THE EDGE OF SEVENTEEN – MI VIDA A LOS DIECISIETE (2016)

Películas sobre el paso a la adultez hay miles, pero el mérito de esta es presentar de forma honesta y sensible a una adolescente que podría haber sido cualquiera de nosotres. Nadine (Hailee Steinfeld) tiene 17 años y ha sufrido la muerte de su padre, de la cual aún no se puede recuperar. La relación con su madre y hermano penden de un hilo y su único cable a tierra para no sentirse «tan rara» es su mejor amiga. Los problemas comienzan cuando esta relación también se quiebra.

FRASES DE PELÍCULAS Y SERIES - Mi vida a los 17 - Wattpad

El paso del amor al odio que genera el personaje de Nadine refleja la ambivalencia propia de crecer y reconocerse en ese personaje y su accidentado camino a la madurez. «The edge of seventeen» (2016) es la ópera prima de su directora Kelly Fremon, quien desde la comedia es capaz de abordar temas tan profundos como el duelo por la pérdida de un familiar o la definición de la personalidad sin caer en la mera descripción de los típicos estereotipos de secundaria yankee.


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3 GENERATIONS – CONOCIENDO A RAY (2015)

Ray (Elle Fanning) es un varón de 16 años en plena transición. Vive con su madre Maggie (Naomi Watts), su abuela Dodo (Susan Sarandon) y la novia de ella en una casa con varios pisos. Esta película de Gaby Dellal muestra cómo la relación entre las tres generaciones está tan superpuesta y conectada como sus departamentos. Mientras Maggie se debate si firmar o no la autorización para que su hijo comience a tomar testosterona, debe enfrentarse a la rudeza de la burocracia en estos casos, fielmente retratada. Esta autorización debe ser firmada por ambos progenitores, aunque el padre de Ray jamás participó de su crianza. Esto se complica con la visión sesgada de su abuela Dodo, a través de la cual se puede relacionar la perspectiva de las primeras feministas y cómo su militancia carece de interseccionalidad para tener en cuenta, por ejemplo, las identidades trans.

Ray lleva un registro audiovisual casero de sus vivencias. A través de esos videos podemos conocer sus expectativas de mudarse, cambiar de colegio, hacer nuevos amigos y ser reconocido como varón sin sufrir acosos ni maltratos. Transitando la ciudad en skate, deberá sobrellevar los altibajos de enfrentarse a su padre y a la chica que le gusta. Si bien es una actriz la que interpreta a Ray y no un actor trans como debería ser, se logra conformar una idea verosímil de familia no convencional que se esfuerza por comprender los avatares de no nacer bajo el género asignado.


GRAVE – RAW (2016)

Esta película puede enmarcarse en un subtipo de terror moderno en el cual el argumento principal es el antiespecismo. Justine (Garance Marillier) es una adolescente ingresante a la carrera de veterinaria en Francia. Allí no solo asistieron sus xadres sino también asiste su hermana. En un despiadado rito de bienvenida a la universidad, Justine come carne por primera vez en su vida. Los sucesos que continúan serán una seguidilla de irrupciones de su vegetarianismo, fiestas electrónicas y discusiones con su hermana. Lo que las unirá a pesar de las diferencias que las enfrentan será una particular adicción.

La directora de este film es Julia Ducornau y con sus cortos 36 años ya realizó 5 películas. El primer corto que realizó también fue protagonizado por Garance Marillier. «Junior» (2011) fue premiado en Cannes, donde años después se estrenó «Grave» (2016). En su avant premiere, muches espectadores impresionables se retiraron de la sala debido a los logrados efectos especiales que la componen


#Reseña The Assistant

Abuso. Violación. Coerción o explotación sexual. Une pensaría que una película que trata estos temas mencionaría por lo menos una vez alguna de estas palabras o algún otro sinónimo. Y si nunca son dichas, entonces evidentemente tiene que haber alguna escena que muestre una situación de estas características. Pero The Assistant, dirigida por Kitty Green, va en contra de estos supuestos y rompe con el estereotipo de necesitar lo explícito para hablar de una cuestión difícil y dura.

Esta película es lenta y silenciosa. No tiene un guión muy extenso y claramente no es para todo tipo de espectadores. Pero para quienes estén interesades en la temática y no tengan problema en ver más acciones que escuchar diálogos, este filme es un gran ejemplo de lo fantástica que es la sutileza en el cine cuando es utilizada correctamente. 

La historia sigue el día completo de una asistente, llamada Jane (Julia Garner), en una productora cinematográfica en Nueva York. Es cierto que, grosso modo, puede decirse que la película no «muestra» nada demasiado interesante: es algo tan simple como un día en una oficina cualquiera. Pero esto sería quedarse en una lectura superficial de lo que la cinta realmente sugiere. Lo que sí muestra y explora son conversaciones por lo bajo en los escritorios, risas de complicidad, un aro solitario tirado en el piso al lado de un sillón en la oficina del jefe, justificaciones pobres sobre acciones reprochables, viajes incómodos en el ascensor, mails que contienen disculpas constantes; en fin, murmullos de una situación terrible que todes conocen pero nadie denuncia. 

De izquierda a derecha: Jon Orsini, Julia Garner y Noah Robbins.

Es esta magnífica sutileza la gran fortaleza de la película. Es esta cualidad la que hace que la cinta sea totalmente relevante y real. Une ve en la pantalla momento tras momento, un día laboral normal. No se ve ninguna escena explícita, no se ven situaciones de violencia extrema. No es necesario. Lo único que es necesario ver es un día en esa empresa. En un sólo día, no solo se hace palpable la normalización estandarizada de agresiones laborales y abusos en su mayoría de poder (y a veces sexuales), sino que también se expone la complicidad del silencio y la justificación de que todes «saben lo que hacen» y «son capaces de tomar sus propias decisiones».   

Si bien es cierto que la película está basada en un caso real, esto nunca es mencionado. Desde el minuto que empieza hasta el minuto que termina, les espectadores nunca escuchan o ven el nombre de la compañía, ni el del jefe, ni de nada que pueda relacionarse con el caso en el cual se basa. Es cierto que para muches esto puede ser un factor negativo. Sin embargo, el detalle de exponer la temática pero sin nombrar entidades permite extrapolar el caso a cualquier espacio laboral y esto declara que ningún lugar está exento de caer en este comportamiento.  

Julia Garner y Matthew Macfadyen.

La película no ofrece soluciones ni muestra luchas contra este comportamiento. Esa no es su función. Pero lo que sí hace es cortar una tajada de la realidad y ponerla bajo la lupa, para que todes la podamos examinar. 


#Reseña Mrs. America

 Artículo colaboración por Mariana Parodi Navone


La semana pasada terminó Mrs. America, la serie de Hulu y FX que se adentra en la lucha que constituye la Enmienda por la Igualdad de Derechos (E. R. A.) en los Estados Unidos, situada a finales de los 70. Por un lado tenemos a Phyllis Schlafly, un ama de casa conservadora que fue la impulsora de campañas contra el aborto y la E. R. A. (Equal Rights Amendment). Por otro, nos muestra la segunda ola del feminismo en su esplendor con grandes representantes tanto en política como en agrupaciones o revistas.

La miniserie de 9 capítulos muestra las representaciones de las mujeres más relevantes de esa época como la congresista Bella Abzug (Margo Martindale), la candidata presidencial y primera congresista mujer afroamericana Shirley Chisholm (Uzo Aduba), la congresista conservadora pero feminista Jill Ruckelshaus (Elizabeth Banks), la autora de La mística de la feminidad Betty Friedan (Tracey Ullman) y la activista feminista Gloria Steinem (Rose Byrne). También participan Sarah Paulson y John Slattery.

En la imagen se ve a la actriz Rose Byrne interpretando a Gloria Steinem y a Margo Martindale en el rol de Bella Abzug.

Su creadora, Dahvi Waller (Mad Men/Desperates Housewives), toma una postura neutral estructurando los episodios en base a cada una de las mujeres que fueron importantes en el feminismo (y el antifeminismo), mostrando sus luchas personales, las contradicciones internas del movimiento feminista y cómo se formó su oposición analizando históricamente a la ultraderecha, tan vigente y presente ayer como hoy.

La narración en base a Phyllis Schlafly (Cate Blanchett) la muestra tan humana como se puede, sufriendo machismo aún sin percibirlo, y enriquece el relato sin condenarla, dejándola a nuestro juicio. Muestra a una mujer inteligente y privilegiada con dotes para la política que aprovecha para formar una oposición enérgica aún sin importarle esa lucha porque no es su lucha. Su radicalidad se volvió su enemiga y logró que Reagan buscara a otro tipo de conservadora, más diplomática, para el cargo que ella soñaba.

Defensora de los roles de género tradicionales, donde la mujer debe ser fiel esposa y madre, consiguió ser la oposición fuerte argumentando que la E. R. A. supondría el reclutamiento de mujeres en el servicio militar, baños unisex y eliminaría los beneficios de «esposa dependiente». También negaba la educación sexual y el acoso sexual porque no eran un problema «para las mujeres virtuosas».

En la imagen se ve a Cate Blanchett interpretando a Phyllis Schlafly.

¿Qué es la Enmienda de Igualdad de Derechos?

Es una propuesta de enmienda a la Constitución de los Estados Unidos diseñada para garantizar la igualdad de derechos legales para todos los ciudadanos americanos sin importar el género. Busca terminar con las distinciones legales entre hombres y mujeres en temas como divorcio, propiedad, empleo y otros. La primera versión de la E. R. A. fue escrita por Alice Paul y Crystal Eastman en diciembre de 1923.

En los 60, en plena oleada del feminismo, la E. R. A. obtuvo mucho apoyo y tras ser reintroducida fue aprobada por la Cámara de Representantes y por el Senado de los EE. UU. La enmienda fue enviada a las legislaturas de los Estados para su ratificación y cuando alcanzó 35 de las 38 ratificaciones estatales necesarias, con apoyo bipartidista, apareció en escena una casi desconocida Phyllis que movilizó a las mujeres conservadoras para oponerse. Ellas argumentaban que la enmienda pondría en desventaja a las amas de casa y perderían protecciones como la pensión alimentaria.

En la imagen se ve a Phyllis Schlafly. Fuente: CORDON PRESS

En 1978, el Congreso la aprobó y el presidente Carter firmó una resolución para ampliar el plazo de ratificación hasta el 30 de junio de 1982. La validez de esa extensión fue controvertida y se ha intentado ampliar o eliminar el plazo desde esa época. Al día de hoy, casi un siglo después, se ratificó en 38 estados pero debe superar otros obstáculos legales para poder agregarla a la Constitución de Estados Unidos.

La serie, que aún no está disponible en Argentina, nunca pierde la conciencia de ese pasado donde se forjaron las raíces del feminismo de hoy y cruza un paralelismo con el presente donde la ultraderecha se encuentra a la vuelta de la esquina.


                                                                          

#Reseña Beautiful Boy, ¿y si mañana te toca a vos?

Reseña colaboración por Micaela Gallo


Beautiful Boy

Dirección: Felix Van Groeningen.

Reparto: Steve Carell, Timothée Chalamet, Maura Tierney.
Género: drama.
Duración min.
Origen: Estados Unidos.

La primera vez que escuché hablar de la metanfetamina fue durante el furor de la serie Breaking Bad, y durante varios años no tuve que volver a pensar en ella. No conozco a nadie que la consuma y en Argentina no es de las drogas más populares, así que asumí que no había razón por la cual preocuparme.

Sin embargo, hoy vuelvo a encontrarme con ella bajo el nombre de speed, aunque esta vez como protagonista de la historia de David y Nic Sheff en la película Beautiful Boy.

Según David Sheff (interpretado por Carell), «preocuparse por un adicto es tan complejo, estresante y debilitante como la adicción en sí misma» y esto es lo que la película intenta ilustrar en sus dos horas de duración.

Entre escenas de llanto desconsolado y múltiples idas a rehabilitación, seguimos el drama al que se enfrenta la familia de Nic (interpretado por Chalamet), adicto a la metanfetamina durante más de seis años, cuando tiene que acompañarlo en el proceso de rehabilitación. El filme apunta a correr el foco del adicto para ponerlo en la familia, que suele sufrir los daños colaterales de esta enfermedad.

 

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En líneas generales, la película está bien. No es necesariamente mala, pero tampoco es extraordinaria. Es una historia con un indudable potencial, ya que está basada en hechos reales y toma como base dos libros que relatan las memorias de Nic y David Sheff, pero su ejecución resulta confusa, desprolija y desordenada.

Si bien se deja ver perfectamente si se le presta atención y se logra disfrutar por momentos, es difícil terminar de adentrarse en lo que nos están contando por la constante falta de conexidad que se siente a lo largo de toda la obra. Muchos de los problemas que afronta Beautiful Boy se dan a nivel guion y en errores que se traslucen en el montaje.

Lo que de verdad se destaca en la cinta son las interpretaciones extraordinarias, en especial la de Timothée Chalamet. Si ya nos había dejado con la boca abierta en Call Me By Your Name, en Beautiful Boy termina de posicionarse como uno de los actores más talentosos y con mayor futuro de la nueva generación de Hollywood. Aunque haya quedado fuera de las nominaciones a los Premios Óscar, su trabajo en este filme es maravilloso y continúa aportando esa autenticidad, profundidad y visceralidad que vuelve memorables a sus personajes. Si bien Steve Carell también está correcto y se luce, las ovaciones se las lleva Chalamet y nos convence de que si hay alguien a quien no debemos perderle el rastro, es a él.

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A pesar de que la realización es un poco atropellada, la película triunfa en un aspecto que merece ser reconocido: pone sobre la mesa la charla sobre la drogadicción. Lejos de reforzar el estereotipo del drogadicto como una persona que vive en la marginalidad, nos presentan a un chico de dieciocho años que podés ser vos, yo o tu mejor amigo, porque la droga no discrimina.

Nic Sheff lo tenía todo: era de clase media, tenía pasión por leer y escribir y una familia contenedora, pero igual se vio atrapado por la metanfetamina. Hay sectores que son indudablemente más vulnerables, pero la droga es un mal que amenaza en silencio y del cual no podemos escapar: está ahí, a la vuelta de la esquina esperando que alguien le abra alguna puerta para poder entrar. Estamos frente a una epidemia y ninguna familia está exenta de ser una potencial víctima de este fantasma.

Beautiful Boy puede no terminar de funcionar como película, pero sirve para que hablemos. Hablemos de Nic Sheff y su familia, pero también de la nuestra. Hablemos de esas doscientas mil personas que mueren anualmente por causa de una sobredosis. Hablemos sin miedo, sin vergüenza, de eso que nos incomoda, que escondemos debajo de la alfombra y fingimos que tenemos lejos. Hablemos de lo que es feo, de lo que duele, de lo que no se puede explicar porque esa es la única manera de sacar los demonios afuera. Negar la realidad no hace que desaparezca, sino todo lo contrario: cada vez que le damos la espalda, se hace más profunda la herida.


Ayer se estrenó Beautiful Boy en todos los cines de Argentina. ¿Ya la viste? Contanos qué te pareció.

#Reseña El cine padece un mal

Reseña colaboración de Carla Benisz


our young men
hid with guns
in the dirt
in the dark places

P.J. Harvey

En una entrevista que Lucrecia Martel dio al portal La Fuga, la directora enuncia una sentencia con el peso de lo inapelable: «El cine padece un mal».

Se refiere a que la realización cinematográfica está en manos de la clase alta y eso homogeneiza el tratamiento de los temas sociales, fundamentalmente la representación de las clases populares, que oscila entre el redentorismo y la culpa, pero siempre desde un lugar ajeno a lo que se pretende representar. La patota (2015) de Santiago Mitre tematiza esa representación redentorista de las clases populares a partir de su protagonista, una joven abogada burguesa, y hace de eso el eje central de su argumento.

En su momento, esa película (junto con Réimon (2014) de Rodrigo Moreno) formó parte de una discusión de bloggers cinéfilos sobre la representación de los pobres en el cine argentino contemporáneo y el progresismo de clase alta como sujeto de época. Si Rodrigo Moreno manifestó una postura de total independencia creativa respecto del establishment cinematográfico, por el contrario, La patota se regodeó de productoras internacionales y de una difusión que contó incluso con la participación de la estrella de la versión original, Mirtha Legrand.

Entonces, muchos no pudimos participar de la discusión en torno a Réimon porque no llegamos a las proyecciones de la Sala Lugones o porque vivimos en el interior del país, y no contar o rechazar el apoyo del INCAA puede sonar muy atractivo como manifiesto político pero cierra las posibilidades de difusión en las condiciones actuales del cine argentino.

Así, enfrentamos el histórico dilema de la autogestión y la independencia: que termina siendo artesanal y/o elitista. Si esta postura de Moreno fue celebrada por parte de la crítica de izquierda, La patota, por el contrario, encarna el perfecto antagonismo.

Parte de la crítica que ha lapidado el filme se centra en que el director (sumado a la carga de semejante apellido) plantea la clásica historia de la violación a través de un conflicto civilización-barbarie, lo cual acerca ideológicamente el filme a su versión original (La patota de Daniel Tinayre, 1960) más de lo que Mitre estaría dispuesto a reconocer.  

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La hipótesis a partir de la cual interpreto la película, y que intentaré defender aquí, va en contra de este enfoque y también de algunas de las declaraciones de su director. Creo que La patota es una dura pero clara exposición de la culpa de clase del progresismo burgués.

Paulina, la protagonista, es una abogada con futuro prometedor. Hija de un juez encumbrado en el gobierno pero de pasado izquierdista, preocupada por las problemáticas sociales de un mundo desigual e injusto en el cual ella se reconoce como heredera de las clases opresoras. Como modo de lidiar con su «culpa», Paulina elige suspender su carrera exitosa para dedicarse a un programa social orientado a dar formación cívica (sí, formación cívica) a jóvenes de una escuela secundaria de los suburbios de Posadas.

Como es previsible para cualquiera que alguna vez haya trabajado en docencia en la escuela pública, una cheta con culpa que intenta politizar a sus alumnos desde parámetros institucionalistas ha de fracasar ya en su primera clase. No por ello es poco creíble la audacia de creerse salvadora de almas en un salón de escuela pública para alguien que viene de afuera y se encuentra envalentonada en la ceguera de una «misión».

Una compañera de trabajo, docente que vive en el mismo barrio de la escuela y de sus alumnos, le dice a Paulina: «Les tenés miedo. Peor, les tenés lástima. ¿Por qué no los enfrentás?». Esta interpelación es la clave para entender la personalidad de Paulina y, con ella, toda la película.

Luego de varias jornadas de fracaso didáctico, Paulina trasnocha con su compañera, se emborracha y emprende, ya de medianoche, el regreso a casa. En el camino, un grupo de jóvenes (no es una patota, en realidad), sus mismos alumnos, la confunde con la exnovia de uno de ellos, de quien querían tomar revancha, la intercepta y el líder la viola. Ella queda embarazada, decide no abortar y no denunciar a sus atacantes, y se gana el cuestionamiento de su novio, su padre y, en menor medida, de su compañera de trabajo.

En la película original, la conducta de la protagonista gana verosimilitud porque se explícita el trasfondo cristiano como estructural de la personalidad de Paulina. La Paulina de Mirtha Legrand no puede «condenar su alma» con un aborto, cree en la redención y en la necesidad cristiana de cargar la cruz para salvar los pecados del mundo.

Mitre, en cambio, necesita adecuar la película a épocas más seculares y cambia el paradigma explicativo de la conducta de Paulina; ya no es el cristianismo sino el compromiso social el que la lleva a enfrascarse en el exceso de misericordia para sus atacantes/alumnos.

Se trata, eso sí, de un modelo de militante social algo anacrónico, previo a la toma de conciencia actual de los crímenes contra el género, puesto que Paulina cuestiona las desigualdades de clase pero no las de género; es por ello que su comportamiento no es el esperable de una víctima de violación, ni el de una militante que entienda que la violación no es solo hacia ella, sino hacia su género. Se obsesiona tanto en no castigar a sus atacantes que la solución por la impunidad termina por quebrar, tarde o temprano, el contrato con el espectador: el personaje de Paulina termina siendo tan revulsivo que es imposible seguirlo hasta el fin.

paulina, patota

Esto es así, además, porque su comportamiento es continuamente flanqueado y cuestionado por el resto de los personajes. Algunos de los críticos que asociaron el punto de vista del director con el de su protagonista no destacaron la importancia de estas otras voces, fundamentalmente las de los otros personajes femeninos.

La exnovia de Ciro, la destinataria original del ataque, era madre desde los 14 años como consecuencia de una violación. Ella contrapuntea la misericordia culposa de Paulina con odio de género cuando explica que hubiera deseado ser ella la asesina de su violador. Asimismo, su compañera docente le cuestiona cómo reaccionará cuando vea en el rostro de su hijo el del tipo que la violó.

Antes que el personaje de su padre juez, son ellas las que acusan y odian, las que quiebran la lógica social extremadamente binaria de Paulina (al contrario de las escenas con el padre, estos son los diálogos en que ella se queda sin palabras), así como la de la civilización contra la barbarie, porque marcan los límites del afán liberal de Paulina de entender, dialogar, educar al violador que, para ellas, no es el otro.     

No es menor, tampoco, que el cineasta haya elegido la provincia de Misiones como escenario. Para los críticos, esta elección no le agregaba mucho más al argumento que el contexto de un espacio exótico y atractivo visualmente, no muy recorrido, por el cine nacional contemporáneo, Como si fuera menor para una realización cinematográfica, una mera addenda en una historia previa, la elección de una geografía visualmente llamativa y una apuesta a la generación de otras zonas para la configuración del relato.

Sin embargo, el director explota el espacio fronterizo y, con ello, el conflicto lingüístico que es el que demuestra en la región la cotidianidad del conflicto de clase. Las políticas asistenciales y educativas de los Estados, de las que participa el proyecto de Paulina, son especialmente intensas en las zonas de frontera.    

No creo que la intención central de Mitre, con esta película, sea la de representar el «pueblo», ni tampoco creo que la película y las críticas que se puedan hacer sobre ella (sobre ninguna, en realidad) deban partir de la intención del cineasta, pero La patota –sea esa su intención o no– sí es una buena representación de la culpa de clase de la burguesía que se (auto)convenció del discurso del progresismo, de que con voluntarismo y militancia sectorial se puede salvar almas.

Esto es análogo a lo que enuncia Lucrecia Martel en la cita que glosé en el primer párrafo. Pero «el mal» que padece el cine también se proyecta en parte de su crítica, la crítica «progre» que suele ser agresiva e irreverente cuando el sujeto repudiado es el burgués, pero siente vértigo ideológico cuando se trata de evaluar la representación de los sectores populares. Las mismas ambivalencias se pueden encontrar en la crítica literaria, que suele cosificar la pobreza, y revelan así la extracción de clase de quienes pueblan los suplementos culturales.    

Así como en El estudiante (2011), del mismo director, vemos el vaciamiento de la política universitaria a través de sectores nuevos, embriones del progresismo desilusionado, y la real politik. La Paulina de Mitre esconde un fenómeno bien contemporáneo, propio de la «década ganada». Si en los noventa (como ahora), el neoliberalismo parecía haber extirpado las sensibilidades populistas de la burguesía, el estallido del 2001 daba margen (al mismo tiempo que condicionaba) a la militancia de proyecto de extensión y financiamiento estatal.

Mitre logra poner un espejo frente a su propia clase y muestra un dispositivo altamente religioso, individualista y culposo, detrás de sus buenas intenciones (cuando las hay). En algo podemos estar de acuerdo con Oscar Cuervo: «Esta Paulina es mucho más una monja sufrida que una militante». Por eso, un escollo que debe superar el espectador es el de sentir piedad hacia ella.


 

#Reseña YOU: «Todo lo que hago, lo hago por ti»

«Everything I do, I do it for you.»

Bryan Adams

Si conocés la canción, tanto en inglés como en español, seguramente la recuerdes como una hermosa balada de amor. Podés ponerla de fondo al leer esta reseña o tenerla en mente, y si buscás la letra y la leés entre líneas, quizás veas que no es tan hermosa como aparenta. Por ahí, llega a ser un poco perversa, así como esta serie.

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La importancia de la visibilización

El desamparo, la soledad, la exclusión y la clandestinidad atraviesan Invisible, la segunda película dirigida por Pablo Giorgelli, que narra un drama que va mucho más allá del embarazo adolescente y el aborto.

Los primeros minutos de la película transcurren en silencio, ese silencio que a muchxs incomoda y que será interrumpido por la voz de Guido Kaczka a través del televisor. Este sonido será casi el único que se escuche en ese departamento de dos ambientes del barrio Catalinas Sur, en el sur de Buenos Aires.

Ely, interpretada por Mora Arenillas, es una adolescente de 17 años que estudia en la escuela pública y por las tardes trabaja en una veterinaria para solventarse y colaborar en la casa porque su mamá, única familiar, está desempleada y atraviesa una fuerte depresión. Ely está segura de algo: no quiere continuar con su embarazo. No quiere tener un hijx. Quiere abortar. A partir de esta decisión tendrá que buscar el cómo.

Como muchas jóvenes, junto a su mejor amiga buscará la solución en Google. La forma más sencilla según el buscador es hacerlo con pastillas. Qué es el misoprostol, dónde y cómo conseguirlo, cómo suministrarlo. Ely comprobará que en las farmacias se niegan a venderlo, al menos de forma legal.

 

invisible

Arrastrada por el progenitor, también evaluará la opción de realizarse una intervención quirúrgica donde la enfermera y secretaria de un «ginecólogo profesional» (como ella misma lo describe) contará cada billete de los muchos de $100 que Ely le entregará al llegar a la casa que funciona clandestinamente como clínica.

La película refleja el desamparo desde las instituciones del Estado. La escuela como ese espacio que muchas veces solo implanta contenidos aburridos para lxs estudiantes mientras falla en brindar la contención y el apoyo que se necesitan en situaciones como la de Ely.

Otra crítica la recibe el hospital público donde una médica, frente al planteo de la adolescente convencida de no continuar con su embarazo, le aconseja que lo hable con su familia, con el padre y le deja bien en claro que la única ayuda que puede darle es la derivación al cuerpo de psicologxs del hospital.

Invisible es dura, conmovedora pero sin apelar al golpe bajo. Tampoco es una película militante aunque sí claramente crítica y política. Quizás sea o no casual su estreno. Llegó a las salas el 8 de marzo, con las calles colmadas de mujeres, dos días después de la séptima presentación del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) de manos de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito.

Salas donde puede verse esta semana (se actualiza casi todas las semanas):
Bs. As.: Cine Gaumont
Río Negro: Cine Teatro Español – Espacio INCAA Cinco Saltos
La Pampa: Espacio INCAA Santa Rosa

 

Nerve: ¿sos observador o jugador?

Estrenada en 2016, esta película estadounidense dirigida por Ariel Schulman y Henry Joost (directores de Catfish) transcurre en el año 2020. El comienzo nos introduce en la historia de Vee (Emma Roberts), una joven que está a punto de ingresar a la universidad, pero se encuentra condicionada para decidir a qué casa de estudios asistir, debido a que su madre quiere tenerla cerca porque está atravesando un momento delicado por la muerte de su hijo, hermano de la protagonista. Resulta ser un inicio atrapante, ya que desde los primeros minutos nos plantea el tema central de la película: ¿decides o deciden por ti?

Nerve es un juego virtual en el que no hay reglas (como bien lo dice su eslogan) en el cual los participantes pueden ingresar como observadores o jugadores. Nuestra protagonista responde al cliché de la chica tímida y bastante introvertida, un personaje quizás demasiado frecuente en toda película ambientada al estilo del bachillerato; sin embargo, estas características no dejan de ser claves para expresar que, en su vida, Vee actúa más como observadora que como jugadora.

Luego de ser desafiada por su mejor amiga (y de quedar herida por la indiferencia del chico que le gusta, otro momento también bastante típico y ya predecible de las películas adolescentes), toma la decisión de unirse a Nerve como jugadora.  Tras una serie de desafíos pequeños conocerá a Ian (Dave Franco), que será su compañero durante el juego.

La historia de base, personalmente, no me pareció muy innovadora: la chica perfil bajo enamorada del chico cool que, por la indiferencia que él muestra hacia ella, la obliga a cambiarse a sí misma para transformarse en una mujer desafiante y osada. Bastante androcentrista, ya que la joven sólo cambia su forma de ser para tratar de llamar la atención de un muchacho. Sin embargo, el videojuego, que pareciera ser una fusión de muchas aplicaciones actuales (Facebook y los likes, Pokemon Go y su realidad virtual, Youtube y los vídeos en vivo), deja ver también cómo las complejas dinámicas de Internet atraviesan nuestras vidas y nos hacen construir lo que Aristóteles llamó, en sus tratados de La Retórica, un ethos: una imagen que creamos todo el tiempo para mostrarle a los demás quiénes somos y cómo queremos que nos perciban. El problema es: ¿hasta qué punto la imagen, desesperada por poder de persuasión y aprobación, se distancia de nosotrxs?

¡Alerta spoiler!

Es claro que el éxito comercial de Los Juegos del Hambre fue fuente de inspiración para muchos realizadores audiovisuales. El final de Nerve no es la excepción: el enfrentamiento de los finalistas en un estadio repleto de observadorxs anónimxs recuerda las últimas rondas de combate de los juegos del hambre, donde lxs observadorxs ven el show a través de televisores, por lo que también recepcionan lo que ocurre de manera anónima.

Si bien esta película apunta a hacer una reflexión sobre cuán inmersxs estamos en las redes sociales, también hay una crítica política muy explícita en el último nivel: los finalistas se ven obligados a combatir a muerte para ganar el juego. Lxs espectadorxs decidirán si Ty (el tercer vencedor) dispara o no contra Vee mediante votación anónima, a lo que ella argumenta (con la que considero la frase más interesante de todo el filme):

Es sencillo ser valientes en una multitud, ocultos tras seudónimos, ¿no se dan cuenta aún de que serán responsables de lo que pase esta noche aunque sólo lo estén observando?

El poder de la multitud, entonces, no recae sólo en votar “No” para que no la maten, sino en dejar de ser observadorxs del juego para que no le ocurra lo mismo a nadie más. Un llamado de atención que deja en claro que el silencio es tan cómplice y responsable como la cara visible del crimen.