El feminismo que garpa

La tríada Freijo-Pichot-Mengolini estuvo calentando el sillón de Intrusos estos últimos días. Las malas interpretaciones, la falta de información y las células del machismo reaccionario por parte de diferentes figuras mainstream del espectáculo dieron lugar a que algunas representantes del feminismo (también mainstream) salieran a reponer algunas concepciones sobre este movimiento.

Pasaron cosas. Surgieron preguntas, se contaron experiencias personales, relatos de abusos y lágrimas, se debatió sobre el “no” de la mujer, sobre el rol de la justicia, sobre la criminalización de la víctima y hasta, incluso, sobre las relaciones desiguales con respecto al ingreso económico entre hombres y mujeres.

El espectador se queda con algunas cosas de todo esto que parece disolverse en el aire y yo, particularmente, me choqué de frente con un comentario de Jorge Rial. El conductor, dentro de la última entrevista a Mengolini, comentó que las feministas debíamos aprovechar “esto que se estaba dando”, ya que hoy en día el feminismo “da rating”.

La pregunta que Mengolini, Rial ni el panel se hicieron es: ¿qué feminismo da rating?

Como sabemos, “el feminismo” es un movimiento tan amplio que, a veces, nos cuesta mucho delimitarlo o caracterizarlo. En este punto es donde surge su fuerza y su condena.

La fuerza está dada por lo amplio que puede llegar a ser el movimiento; eso le da complejidad, lo vuelve rico en conceptos, y hace que miles de mujeres se unan a sus filas todos los días porque, siempre, hay por lo menos una problemática que sufrieron e hicieron carne.

Entonces, ¿por qué, a la vez, es su condena? Porque las consignas son muchas y porque no es “lógico”, como dijo Marina Calabró, no todxs somos feministas. Es aquí mismo donde los reclamos se desdibujan, donde pareciera que todo es lo mismo y que aquello que llamamos “el ser feminista” es sólo un discurso.

El feminismo del rating, el feminismo que garpa, el feminismo discursivo, el feminismo que se condena a su propia muerte.

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Y esto, ¿por qué es? Va más allá de Freijo-Pichot-Mengolini. Va más allá de la propia lógica televisiva, con sus tiempos, con lo instantáneo y la opinión permanente (muchas veces no informada). Esto tiene que ver con que se desliga al feminismo de su dimensión política, o más precisamente, de su dimensión revolucionaria (que no es más que la forma de política más extrema).

Por esta razón es que nos queda “gusto a poco” cuando terminamos de ver estos “debates” en televisión. Por esta razón es que nos preguntamos (como surgió en el mismo programa) ¿quién puede estar en contra de la igualdad entre el hombre y la mujer?

La revolución feminista es cultural, sí, pero también es política y económica. La lucha requiere cuerpos, fuerza, peleas por una idea, por una filosofía de vida. Y ahí es donde se parten las aguas. No todxs lxs feministas, ahora, estarán en nuestras mismas filas cuando haya que salir a reclamar por lo nuestro en la arena pública.

La brecha salarial no va a desaparecer en el aire porque “todxs somos feministas”; el capital concentrado va a seguir estando en manos de hombres y la crisis condenará a la pobreza más a la mujeres que a los hombres (fenómeno bautizado como “feminización de la pobreza”). Todo esto ocurrirá mientras “lo político”, en el movimiento feminista, no pase por la acción concreta.

Entonces, ¿esto que está ocurriendo no sirve de nada? Claro que sirve, claro que es importante llegar a más personas y claro que hay que hacer todo lo posible para incorporar al feminismo en la agenda mediática. Pero, cuidado, porque el peligro radica en pasar por alto la propia condena del feminismo, que es, ni más ni menos, “el feminismo que garpa”.

“El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”

Simone de Beauvoir.


 

Periodismo con cara de mujer

Louise Bryant fue una periodista y escritora estadounidense. Líder feminista, partidaria del amor libre y del sufragio universal femenino. Amante de la vida, el arte y la revolución.

Se graduó en la Universidad de Oregón cuando no era muy común que una mujer obtuviera títulos universitarios y su afán por ser escritora la había llevado a ser editora de algunas revistas del ámbito estudiantil.

Se consideraba una mujer libre, muy por encima de lo que se permitía en aquella época, y colaboraba con el comité literario de la Asociación para la Igualdad del Sufragio.

Poco después de terminar sus estudios, consiguió trabajo como reportera de eventos sociales en un semanario de Portland (Oregon) y se unió a las “Sob Sisters”: mujeres reporteras.

Como mujer trabajadora, creía firmemente que la relación entre feminismo, libertad sexual e igualdad económica eran tres factores totalmente indivisibles.

El revolucionario amor  

A partir de 1916, su vida cambiaría para siempre al conocer a John Reed, que para aquel entonces era un reconocido periodista. Juntos utilizaban el estudio de Louise como lugar para encuentros clandestinos.

Ambos eran jóvenes brillantes unidos por una ideología que huía totalmente de los convencionalismos sociales y culturales de la primera década del siglo XX estadounidense.

“Ha crecido (no me imagino cómo) para ser una artista, una individualista rampante y gozosa, una poeta y una revolucionaria» la define Reed en una emocionante nota escrita pocos días después de su primer contacto.

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John Reed y Louise Bryant

El cambio radical

Durante el primer tiempo con Reed, Louise escribió poesía, ficción y drama, pero encontró su verdadera expresión cuando decidió viajar con su compañero a Rusia, enviada para cubrir la Revolución.

Entrevistó a heroínas de la Revolución, escribió sobre las condiciones de los niños del país y describió la formación y actividades del llamado Batallón de la Muerte, una unidad de combate compuesto por mujeres rusas.

Eran artículos condimentados con anécdotas personales, comentarios feministas y políticos, que recopiló para para publicar su primer libro: “Seis meses rojos en Rusia”.

Al poco tiempo se convirtió en uno de los mejores relatos de testigos oculares escritos por mujeres periodistas americanas.

Louise se esforzó en darles voz a todas esas mujeres revolucionarias y retratar en cada hoja la lucha de los oprimidos, formando parte de un gran movimiento social que tomó como propio.   

En los años posteriores trabajó en Turquía, Rusia y fue la primera periodista estadounidense en entrevistar a Benito Mussolini. A su vez, su segundo libro, «Espejos de Moscú», está considerado como una obra maestra.


 

Ellas también revolucionaron

Ayer se conmemoró un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, 217 años desde el momento en el cual comenzamos a trazar el camino independentista de una España dominante y arrasadora.  Si hacemos un poco de memoria, notaremos que todo lo que leímos y/o estudiamos tiene voz y cuerpo masculino.

Algo que los relatores de la historia se han encargado de resaltar fue el importante rol de los hombres de la patria, pero lo que no pudieron invisibilizar fue el sustancioso papel que jugaron las mujeres. Sin el aporte ni la presencia de estas mujeres, llenas de garras y espíritu revolucionario, la rebelión de 1810 y la posterior independencia de 1816 no hubiesen sido posibles; incluso, podemos remontarnos a años anteriores: ya habían participado en la ofensiva contra las invasiones inglesas de 1806 y 1807.

Parte de la revolución se gestó en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, mujer tenaz y de gran valor que defendió sus ideas y sentimientos al oponerse a su padre, quien deseaba obligarla a casarse con un hombre que ella no quería. Tan rupturista fue, que se casó a escondidas con su primo, Martín Thompson, poniendo como punto de partida en la sociedad la revalorización del amor por sobre los intereses y los mandatos familiares.

Fue en su casa donde, por primera vez, se cantó el himno nacional y donde, además, se organizaron las tertulias destinadas a la llamada “rosca política”, para definir quiénes ocuparían determinados lugares en la organización que se gestaba y pedir colaboración para las campañas.

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El sustento económico de los hechos sucedidos en 1810 provino, en gran parte, de las donaciones de mujeres adineradas, dueñas de hectáreas, mansiones y joyas. Muchas otras pusieron al servicio su mano de obra para tejer y coser prendas, dar asilo a soldados, cocinar y hacer obras de inteligencia y espionaje para combatir al enemigo, como lo hicieron Macacha Güemes y María Remedios del Valle.

Al momento de dar batalla, las mujeres agarraron el fusil y abrieron fuego a riesgo de sufrir la pérdida de sus compañeros e, incluso, de sus hijos. Ese fue el caso de Juana Azurduy, quien luchó junto a su ejército “Los Leales” en el Alto Perú para avanzar contra el dominio español, acción que se le reconoció con el nombramiento exclusivo de Teniente Coronela pero le hizo perder a sus cuatro hijos. El destino quiso llevársela un 25 de mayo en Chuquisaca.

Martina Silva, en Salta, dirigió un ejército de hombres bajo el visto bueno de Belgrano. Pascuala Meneses, en Mendoza, se vistió de varón para enlistarse en el Ejército de los Andes, pero no duró mucho porque fue descubierta y enviada de regreso.

La revolución de 1810 comprometió a todo aquel que bregara por liberarse de España, aquel que se sintiera oprimido en algún sentido de su vida. Este momento clave en la historia de nuestro país provocó revoluciones en otros niveles, al punto de generar nuevas condiciones sociales y culturales dando lugar, por consiguiente, a otras miradas sobre estos aspectos.

La mujer no comenzó a ganar terreno, sino que encontró el lugar y momento indicado para desarrollarse. Algunas lo hicieron en el campo de batalla, otras en sus casas, en sus círculos familiares, en su pareja. Nunca dejaron de moverse ni de poner el cuerpo a la liberación nacional y personal, por lo que es menester tenerlas presentes en este festejo patrio.

Fuentes:

Romances turbulentos de la historia argentina, Daniel Balmaceda, editorial Norma, año 2012

Mujeres tenían que ser, Felipe Pigna, Editorial Planeta, año 2011


Prohibido prohibir: crónica de una lucha anunciada

El 3 de mayo de 1968, se desató en Francia el levantamiento popular más impresionante, en su despliegue, que el mundo haya visto. La juventud estudiantil, principal motor de la toma de París, parecía exigir utopías: un sistema nuevo, la abolición total de las injusticias. Tal fue el alcance de sus consignas que incluyeron la liberación sexual y desafiaron el conservadurismo de época; intentaron penetrar políticamente espacios siempre reservados a lo privado y al tabú. A 49 años del Mayo francés, la segregación y la desigualdad de género continúan en agenda y son problemáticas que cada vez cobran más fuerza y visibilidad en la Argentina.

Comenzó como una rebelión estudiantil, a la cual pronto se sumaron jóvenes obreros, y terminó por convocar a más de 10 millones de personas en París durante 12 días. Repercutió a nivel mundial y Argentina vivió lo propio un año más tarde, en la gesta del Cordobazo. La falta de una conducción política, objetivos puntuales y una vocaciónhippies de poder clara podrían haber sido los motivos por los cuales el Mayo francés pudo reunir una amplia gama de consignas. Entre ellas, los movimientos estudiantiles lucharon por una revolución de la sexualidad y exigieron el reconocimiento de las minorías sexuales, mientras hacían su aparición en escena los anticonceptivos, y la ideología hippie se extendía por los Estados Unidos y Europa.

“Prohibido prohibir” fue la frase de cabecera para condensar las críticas a la cultura moderna, caracterizada como represiva y censuradora de los cuerpos. Si bien la lucha se edificó desde la primacía de la individualidad por sobre lo común y homogéneo –indicios del individualismo que establecería el liberalismo más duro, junto con la posmodernidad y la globalización en años posteriores–, puede reconocerse como un primer gran impulso al debate de las problemáticas de género a nivel mundial. Sin embargo, para poder palpar cambios efectivos en materia de políticas públicas y nuevos parámetros culturales, el mundo tuvo que esperar varios años más.

Los primeros intentos de recoger esta lucha en Argentina surgieron también a finales de los años ’60. El Grupo Nuestro Mundo fue el primero en reunir personas homosexuales en un conventillo porteño, en su mayoría militantes de gremios cansados de sufrir discriminación, que buscaban hacer valer sus derechos. Recién el 15 de julio de 2010 se logró la aprobación del Matrimonio Igualitario. La Asociación de Travestis Transexuales Argentinas se organiza desde 1989, y apenas en el año 2015, poco tiempo antes del femicidio de la referente trans Diana Sacayán, se consiguió la Ley del Cupo Laboral Trans (14.783), que tomó otro año más para comenzar a reglamentarla.

Los tiempos parecen dilatarse cuando se trata de problemáticas de género, y el cambio cultural, político y social aún se muestra lejos. Para febrero de este año, sin contar con estadísticas oficiales, el Instituto de Políticas de Género Wanda Taddei calculaba un total de 57 femicidios en apenas 43 días. Se basó en el cruce de datos de comisarías y fiscalías especializadas, y estimaron que entre el 60% y 70% de los casos provenían de mujeres que ya habían denunciado a su agresor previamente y que, en gran parte, los asesinos eran la pareja o expareja. En los primeros 27 días de abril se sucedieron 21 femicidios.

La juventud francesa soñó con la construcción de relaciones más igualitarias entre los géneros y, de esta forma, se adelantó a los debates que cobrarían fuerza recién en el siglo XXI. Hoy, Argentina sigue creando hombres violentos y mujeres sumisas, pero también se encuentra con movimientos feministas cada vez más nutridos y organizados. Es momento de accionar sobre la realidad, pero desde nuestras propias experiencias y acorde a nuestra realidad latinoamericana, diferente de la europea. Se trata, ni más ni menos, de ser realistas y hacer lo imposible.

 

Imágenes extraídas de: https://revistapolemica.wordpress.com/2013/08/24/la-rebelion-juvenil-de-los-anos-sesenta-i/