#Reseña Las cosas por limpiar: violencia de género y resiliencia

Alex (Margarte Qualley) abre los ojos y observa dormir a su pareja Sean (Nick Robonson). Tratando de no hacer ruido sale de la cama, se viste y busca a su hija que duerme en su cuna. Todo está oscuro porque es de madrugada y tras envolver a la niña y sentarla en la sillita del auto se alejan de la casa donde horas antes hubo gritos y vidrios rotos. Así comienza la serie Maid, traducida al español como Las cosas por limpiar.

Estrenada a principios de octubre, es una de las más vistas en la plataforma. En 10 capítulos de 55 minutos, narra una compleja trama de violencia y las dificultades que tiene salir de ella. Además, sin intención de spoilear, las trabas burocráticas, los vacíos legales y la explotación laboral se ven durante todos los capítulos.

La protagonista de esta historia es Alex, de 25 años, quien vive con Sean, su marido alcohólico y violento, y su hija Maddy de casi 3 años. Luego de huir de su casa, en el primer capítulo, cae en la cuenta de que por diversas razones no cuenta ni con su madre ni con su única amiga para pasar la noche. Entonces, es el primer momento en que descubre que las redes que podían sostenerla no lo hacen, por lo que madre e hija terminan durmiendo en el auto.

En la historia se muestra la importancia de los lazos de contención a la hora de transitar una situación de violencia de género. Para visibilizar dicho rol, la serie tienen una escena en la que Alex mantiene un diálogo con otra mujer víctima de violencia que vive también en el hogar para sobrevivientes: «¿Crees que en la primera cita me dijo “Pásame la sal, algún día te estrangularé”? No, la violencia va creciendo como el moho», le dice Danielle (Aimée Carrero). Y, además de aconsejarla, logra que la protagonista deje de llorar tirada en una alfombra para levantarse y dar pelea.

Por otra parte, la trama logra empatizar con quienes están del otro lado de la pantalla dado que visibiliza un problema recurrente de las madres solteras: las complicaciones de trabajar y cuidar de sus hijes. A lo largo de todos los capítulos se ven las dificultades que tienen las madres solteras, quienes deben hacer malabares para llegar a fin de mes, encontrar un trabajo (en los que mayormente son precarizadas) y, al mismo tiempo, un lugar seguro donde dejar a su hije durante su eterna jornada laboral.

Quizás te interese leer: «INDEC: encuesta nacional sobre el uso del tiempo y las tareas de cuidado», por Noelia Mendilarzu y Florencia Bareiro Gardenal.

En la serie, Alex repasa todos los días —en su cabeza y en la pantalla para los espectadores— cuánto dinero tiene, para qué le alcanza lo que gana por día por limpiar una casa y cuánto le queda: siempre el crédito es negativo. Allí se puede observar otra arista de la violencia que es la dependencia económica y cómo, más allá de los temores y el dolor que afrontan al abandonar una casa donde reciben malos tratos, también deben lograr sobrevivir anímica y económicamente fuera de ese hogar abusivo.

No solo los golpes son violencia

Por otro lado, la historia busca resaltar la importancia de reconocer el abuso emocional como parte de la violencia de género. Cuando Alex llega a la oficina donde pide ayuda del Estado, la asesora le pregunta por qué no denunció en la Policía, a lo que ella responde: «¿Me van a creer? ¿Cómo les digo que me maltrató si no me ha golpeado?». Su exmarido no le daba libertad financiera, le decía qué hacer, le gritaba y la minimizaba. Hechos que gran parte de la sociedad y el sistema niegan como violencia, pero que sin embargo no dejan de serlo.

«Yo no sufro abuso real», manifiesta reiteradas veces la protagonista. En una de esas ocasiones se lo comenta a la asistente social de un centro al que va a pedir ayuda. «Sólo necesito trabajo y lugar donde vivir», agrega. «¿Y cómo es el abuso real? ¿Intimidación, control?», le pregunta la asistente y la recomienda en una empresa de limpieza, pero la deja reflexionando.

Quizás te interese leer: «Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres», por Loló Fernández Bravo.

En este sentido, los personajes secundarios de la historia intentan mostrarle a la protagonista que la violencia por cuestiones de género es mucho más amplia que recibir un golpe, y que sus manifestaciones se van dando de modos sutiles hasta llegar a sus máximas expresiones como golpes y hasta femicidios. Por ello es importante remarcar que la violencia dirigida hacia las mujeres puede tener distintas formas, entre ellas:

  • Violencia física.
  • Violencia simbólica: conocida como «madre» de todas las violencias, porque contiene en sí misma otras violencias y porque está tan naturalizada que muchas veces no es percibida ni por las mismas víctimas. Por ejemplo, creer que por ser hombre se es mejor, que lavar los platos es cosa de mujeres o que existen razones que justifican ejercer violencia física sobre una mujer solo por su condición de género.
  • Violencia psicológica: cualquier acción que tenga el objetivo de degradar a la mujer como persona o tratar de controlar sus acciones o decisiones. Por ejemplo, cuando se le dice «No servís para nada», «Si te vas, me mato», o «Si me denunciás, no ves más a tus hijes».
  • Violencia económica o patrimonial: se da cuando el hombre maneja los recursos comunes; cuando siendo el único sostén del hogar regatea los recursos necesarios para llevar una vida digna o cuando no aporta las cuotas alimentarias de hijes.
  • Violencia sexual: ¿Cuántas veces tuvieron sexo pero no querían, no tenían ganas o no estaban preparadas pero les insistieron tanto que accedieron? ¿Cuántas veces las «apoyaron» en un espacio público? ¿Cuántas veces las tocaron sin su consentimiento? Hay muchas pequeñas acciones que no concebimos como violencia sexual pero lo son.

Resulta fundamental visibilizar estas historias que, como en este caso, suelen basarse en hechos reales, porque puede servir de ejemplo y motivación para las mujeres que se encuentran en situación de violencia. Esta serie está inspirada en las memorias de Stephanie Land, una joven mujer estadounidense que en 2019 publicó Maid: Hard Work, Low Pay, and a Mother’s Will to Survive («Trabajadora doméstica: trabajo duro, salario bajo y la voluntad de una madre por sobrevivir») y que se convirtió en un best seller.


#Reseña Carmel: otra mujer que no obtuvo justicia

La miniserie Carmel ¿quién mató a María Marta? se estrenó el pasado 5 de noviembre. Es un documental que consta de cuatro capítulos en el que se cuenta la historia del sospechoso asesinato de María Marta García Belsunce desde las voces de los involucrados en el caso. Desde su lanzamiento, se encuentra entre las 5 series de Netflix más vistas de Argentina.

documentar un crimen sin resolver

Qué pasó el día del crimen y quién mató a María Marta son interrogantes que ni el documental ni la justicia pudieron resolver. Bajo la dirección de Alejandro Hartmann y la producción de Vanessa Ragone, la serie no pretende demostrar la culpabilidad de nadie sino que desde distintas voces cuenta lo que sucedió el día del crimen, durante el juicio y la cobertura de los medios masivos de comunicación.

La serie se centra en dos personajes contrapuestos, Carlos Carrascosa y el fiscal Diego Molina Pico, este último formuló la acusación a la familia por encubrimiento y al viudo por homicidio. La familia, especialmente sus hermanos, reaparecieron luego del estreno en diferentes programas de televisión y denunciaron que el documental omite información y busca generar más confusión.

En la miniserie se entrevista a casi todas las personas que formaron parte del entorno de la víctima y de los hechos: el marido, los hermanos Horacio García Belsunce, Irene y John Hurtig, el fiscal, sus amigas, periodistas y dos mujeres que se unieron para hacer un blog en el que aseguraban que Carrascosa era inocente. Dentro de las voces que faltan se encuentran el sospechoso por parte de la familia Nicolás Pachelo, Susan Murray, presidenta de Missing Children, organización donde trabajaba María Marta, y empleadas y empleados del country Carmel de Pilar, que durante el juicio desmintieron las afirmaciones de la familia.

«El caso tiene muchas aristas y posiciones encontradas. Nosotros mismos nos vimos muchas veces en medio de esos dilemas, pero nuestra invitación como documentalistas a los diferentes involucrados fue honesta: queremos darles la palabra. Y creo que eso es lo que permitió que por primera vez se trate el caso Belsunce con gran diversidad de miradas y materiales. Un caso que nos hace recordar, siempre, que detrás de estas disputas una mujer fue asesinada impunemente. Ojalá los espectadores se apasionen y conmuevan tanto como nosotros».

– Alejandro Hartmann para El Cronista.

En la serie, al igual que en la cobertura mediática de principios del 2000, queda expuesto cómo se vive en los barrios cerrados, los privilegios y la impunidad de la clase alta argentina, la importancia de tener dinero o un reconocido apellido y el uso de contactos para influenciar policías, fiscales y hasta jueces.

¿qué sucedió hace 18 años?

En octubre del año 2002 María Marta fue asesinada en su casa del Country Club Carmel. En un primer momento la familia dijo que había sufrido un accidente en la bañera pero, luego de que se ordenara una autopsia un mes más tarde, se descubrió que la causa del fallecimiento eran cinco disparos en la cabeza. Durante meses, en los diferentes medios de comunicación solo se habló de hipótesis acerca del «pituto», parte de una bala que John Hurtig, hermano de la víctima, encontró debajo del cuerpo de María Marta y confesó haber tirado por el inodoro con el consentimiento de su familia.

En ese entonces se hablaba de «crímenes pasionales» en lugar de femicidios y la perspectiva de género no era algo adoptado por ningún medio de comunicación. Quienes pertenecieron a las redacciones de aquel momento confiesan en el documental que lo importante era escribir algo acerca del tema para publicar en la tapa de los diarios, sin importar si existían novedades o información dudosa del caso.

Carlos Carrascosa, el viudo, fue condenado a prisión, donde pasó ocho años y luego fue absuelto por la Corte Suprema de Justicia de Buenos Aires, que todavía no decidió si acepta el recurso extraordinario del Ministerio Público Fiscal. Por otro lado, el 3 de agosto de este año debía comenzar el juicio contra Nicolás Pachelo, el vecino del country a quien la familia siempre señaló como responsable y otros dos custodios, pero la pandemia lo postergó.

¿Quién mato a María Marta? Lo cierto es que es una pregunta sin respuestas. Lo que se puede asegurar es que, como afirman desde Página 12, fue la primera de otras mujeres que también fueron asesinadas dentro de sus lujosos hogares de barrios privados como Nora Dalmasso, Roxana Galliano y Claudia Schaefers. Mujeres que, en femicidios, robos u otro tipo de crímenes, fueron víctimas de una exposición mediática que contó intimidades de su vida privada y una justicia que no supo condenar a sus asesinos.


Fuentes:

#Reseña The Morning Show

Noticiero matutino, #MeToo, denuncia por abuso sexual y peleas por el poder. De la mano de Jennifer Aniston y Reese Whiterspoon, Apple TV tiene en su catalogo de streaming un interesante y llamativo drama laboral.

El punto de partida de la serie es la difusión de una denuncia por abuso sexual contra el conductor del principal noticiero matutino de Estados Unidos: The Morning Show. Mitch Kessler, interpretado por un oscuro Steve Carell (Virgen a los 40, The Office), recibe una acusación anónima por una agresión sexual ocurrida años atrás.

En medio del clima de euforia y revolución promovido por las expresiones del #MeToo, la denuncia toma por sorpresa no solo al equipo de trabajo sino también a la cadena productora y, sobre todo, a Alex Levy, la coconductora y fiel compañera en The Morning Show, encarnada por ni más ni menos que Jennifer Aniston (Friends, Marley y yo).

Con el movimiento feminista estadounidense comiéndoles los talones, las autoridades desvinculan rápidamente a Mitch del programa y salen en búsqueda de un nuevo compañero para Alex. Mediante un video de Twitter viralizado, las autoridades del canal dan con Bradley Jackson [Reese Whiterspoon (Legally Blonde, Big Little Lies)], una periodista de bajo rango que aun con dudas y desconfianza se convierte en la nueva cara del noticiero.

El lado B de la TV

A través de los 10 capítulos que componen la primera temporada, la serie mantiene un ritmo dinámico que abarca lugares más allá de la detonante denuncia en contra del periodista principal. Sin dejar la corrección política y los límites de la crítica típicos de una producción estadounidense, la trama parece cavar con innovadora profundidad en los intereses y el accionar de los distintos estamentos jerárquicos de la industria televisiva, en donde todos quieren sacar ventaja o cubrirse las espaldas.

Por arriba del dolor y la repulsión en relación al pésame de la víctima, para muchos integrantes del equipo la denuncia se vuelve oportunidad. De manera frívola y casi cruel, el caso de abuso sexual queda sobrepasado —puertas adentro, claro— por una guerra de intereses, en donde se juegan la reivindicación, la redención y la toma de poder.

El espectador siente la misma encrucijada que los protagonistas: la serie ofrece las distintas versiones de un mismo detonante que, si bien por momentos pueden parecer tibias y poco decididas, con el avanzar de la trama el público es guiado a entender los hechos desde una perspectiva mas clara.

Por fuera de la comedia

Lo que da la nota es la calidad desplegada por el equipo de actores y actrices. Aniston hace valer su premio del Sindicato de Actores con una Alex que, a pesar de ser una mujer «tipo diva» de Nueva York, se empieza a ver conflictuada por su accionar en tanto víctima, presionada por una jerarquía empresarial que la quiere fuera por su edad y su perdida de carisma —pese al cariño del público— y como victimaria, por perpetrar la cadena de silencio que caracteriza los casos de violencia sexual de la industria.

De la misma manera, Carell y Whiterspoon les aportan presencia escénica y distinción a personajes con tendencia a lo estereotipado. El recorrido de Bradley da cuenta de un crecimiento y madurez en relación a lo periodístico y hacia ella como mujer influyente. Carell, por su parte, logra separar a su personaje de la idea de «villano» y lo dota de una cierta complejidad en torno a lo que le está pasando.

Los protagonistas están acompañados por personajes secundarios interesantes encargados de aportar color y paralelismo a la historia. Entre ellos, es destacable el trabajo de Billy Crudup, quien encarna a Cory Ellison, el segundo al mando de la cadena, cuya lucha por el trono se da con estrategias tan misteriosas como imprevistas y hasta por momentos cómicas.

Cualquier similitud con la realidad es pura inspiración

El impacto del #MeToo es uno de los cables a tierra de la serie. El movimiento, que tomó notoriedad mediática en 2017 pero venía de años anteriores, recoge las revelaciones de distintas mujeres del medio por acoso y abuso sexual perpetrados por el célebre productor hollywoodense Harvey Weinstein. En conjunto con campañas como Time’s Up y Woman March en Estados Unidos, el movimiento puso sobre la mesa agresiones y delitos que sucedían puertas adentro de la industria.

Quizás te interese leer: Les queda poco tiempo, por Florencia Bareiro Gardenal

Dentro del universo ficcional, el #MeToo es mostrado como noticia, como variable a considerar y hasta es fuertemente criticado por algunos de los personajes (como Carell) en escenas que, para quien les escribe, conforman las más fuertes de la serie.

Asimismo, aunque no está explicitado, la situación de Mitch Kessler guarda una gran similitud con el caso de Matt Lauer, un presentador del Today show de la NBC que fue desvinculado del programa y de la cadena en 2017, después de que una empleada presentara una queja sobre «comportamiento sexual inapropiado en el lugar de trabajo» en 2014.

Con el sello de Aniston y Whiterspoon en la producción ejecutiva de la serie, The Morning Show se arma con una propuesta llamativa, ligada totalmente a la explosión del Me Too, y enfatiza en problemáticas de genero a través de una trama ágil y fresca que, si bien no alcanza para llamar a reflexionar y concientizar, funciona lo suficiente para atraparte.


#Reseña Anne with an E

Con una nueva versión de un clásico de la literatura, «Anne with an E» es una joya algo escondida de la plataforma Netflix. Con una niña singular, la serie atraviesa la pantalla y cautiva con su historia llena de imaginación, esperanza y color.

Anne with an E es una serie canadiense basada en la novela Anne of Green Gables de la escritora Lucy Maud Montgomery y adaptada por la escritora y productora Moira Walley-Beckett. 

¿De qué se trata la serie?

La historia comienza cuando los hermanos Cuthbert —Matthew (R. H. Thomson) y Marilla (Geraldine James)— deciden adoptar un niño huérfano para que los ayude en su granja y por equivocación reciben a una niña. Ambientada en un pueblo de Canadá a fines de siglo XIX, la trama sigue las aventuras de Anne Shirley (Amybeth McNulty), una niña de 12 años de lo más inusual: pelirroja, charlatana y algo caprichosa, con una gran imaginación desarrollada luego de vivir toda su vida en un orfanato. 

Anne no tiene miedo de irrumpir y de hacerse escuchar: dice lo que le molesta en voz alta y hace lo que le gusta con pasión y dedicación. Aunque es una soñadora con todas las letras y pasa la mayor parte de su tiempo creando fantasías, su mayor deseo es uno: tener una familia a la que realmente pertenezca. 

Sin embargo, pronto Anne se encuentra con que no todo es tan fácil como en las historias que ella fantasea. Acechada por los traumas del pasado —propios del maltrato infantil— y las estructuras de un presente en un pueblo nuevo, la historia muestra cómo la protagonista va encontrando sus propios obstáculos y limitaciones y, por consiguiente, cómo aprende las formas de superarlos sin dejar su esencia de lado. 

Además de sus padres adoptivos, sus vivencias en Avonlea están acompañadas por su mejor amiga Diana Barry (Dalila Bela), una niña de su edad con quien conecta de inmediato y su archienemigo Gilbert Blythe (Lucas Jade Zumann), a quien promete no hablarle nunca más.

Anne with an E, una joya feminista de Netflix

Temáticas feministas que aborda

Algo destacable y novedoso de la serie es el abanico de temáticas sociales que se abordan. Referida muchas veces como una «serie feminista», Anne with an E no decepciona y trata tópicos como el amor romántico, la educación sexual y la desigualdad entre hombres y mujeres en todas las edades. Que prepondere la mirada de Anne (en tanto niña adolescente) le permite a la serie jugar con un tono de humor e inocencia que distiende los temas. 

Quizás te interese leer: Películas y series feministas y LGBTI+ (I) de Paulina Valdivieso

Así como a lo largo de las temporadas vemos cuestionado el lugar de las mujeres, también se plantean situaciones en torno a problemáticas como el racismo y la homosexualidad y se realizan críticas al maltrato infantil, los métodos de enseñanza y los lugares dados por un estricto status quo.

Podemos argumentar la falta de cierta verosimilitud en ocasiones —sobre todo la resolución de conflictos— dada la época en que ocurre la trama. De todas maneras, es justo mencionar que esto es lo que distingue y despierta empatía en el público: la reflexión se da desde la comprensión y el mensaje de que las cosas pueden —y deben— cambiar. Lejos de ser un tratamiento superficial, las escenas generan sensibilidad y simpatía, que muchas veces te deja al borde de las lágrimas (sino empapado en un mar de llanto).

Sobre la construcción narrativa

En esta construcción, los personajes no quedan atrás. Si bien la protagonista es Anne, es indiscutible el interés que prestan los personajes «secundarios», si se los puede llamar así. Sin interferir y ser una carga pesada para la narrativa central, los roles de apoyo acompañan de muy buena manera y hasta se roban el estrellato por momentos.

Los arcos narrativos son atrapantes y aportan diversidad de historias que funcionan como pulmón de la trama principal. La reconstrucción de las historias secundarias se da de a partes, como piezas de rompecabezas que toman forma a través de flashbacks, recuerdos o imaginaciones.

El filtro de misterio de estos personajes secundarios establece una relación de contraste con Anne que para el espectador resulta muy interesante. La protagonista, de quien bastan un par de escenas para conocer sus vivencias y su personalidad, contrasta con los vecinos de Avonlea, reservados y adheridos a las reglas. Hay un equilibro que le da momentos de respiro al espectador entre el «vómito elocuente» de Anne y el pasado misterioso de los demás personajes.

«La vida tenía tantos colores a través de sus ojos. Pintó mi mundo para siempre».

#Reseña «Madam C.J Walker: Una mujer hecha a sí misma»

«El cabello es belleza», recita en los minutos iniciales del primer capítulo de la miniserie que relata su vida. Lo que parece una afirmación superficial cobra sentido cuando vemos quién es la mujer que la enuncia y cuál es la razón de esta convicción. «El cabello es emoción», continúa mientras vemos desfilar en pantalla una serie de fotos que retratan mujeres afroamericanas con distintos peinados. No es hasta la frase que concluye su reflexión antes de presentarse, que terminamos de entender la profundidad de la cuestión, cuando pronuncia que «el cabello es nuestra cultura» y, acto seguido, la vemos a Sarah Breedlove. Sigue leyendo #Reseña «Madam C.J Walker: Una mujer hecha a sí misma»

La adolescencia según «Euphoria»

Aunque parezca mentira, el concepto de adolescencia tiene tan solo cien años de uso. Es una idea moderna: no deja de responder a fenómenos culturales que evolucionan junto con las sociedades. Tal vez este sea el motivo por el cual es difícil definir qué se entiende por «adolescente».

Sin embargo, podemos estar de acuerdo en que la adolescencia —o, al menos, lo que popularmente se entiende por este término— es complicada. No es fácil vivirla y es aún más difícil retratarla sin caer en la romantización de sus partes más oscuras ni recurrir a la completa edulcoración de lo que significa pasar por esta fase de mutación, en la que la angustia y la ansiedad parecen tomar total control.

Sin embargo, existen excepciones que triunfan en mostrar la adolescencia con todos sus matices, como es el caso de «Euphoria».

La polémica rodeó a esta producción de HBO desde el estreno de los primeros episodios de su primera y más reciente temporada, ya fuera por su frontalidad a la hora de abordar temas como la adicción, el sexo, los trastornos psicológicos y la pedofilia, como por mostrar numerosos desnudos totales masculinos o incluso por la representación animada de un fanfic erótico con Harry Styles y Louis Tomlinson, ex miembros de la banda One Direction, como protagonistas.

Lo cierto es que no hay medios tintes en la manera en que se abordan los fantasmas a los que se enfrenta cada personaje. Es una serie explícita y cruda, pero se aleja de la glorificación del sufrimiento. Pone el foco en cuestiones que se negaron históricamente, expone las amenazas reales a las que se enfrentan los jóvenes y lo hace con una belleza visual que resulta hasta contradictoria en relación con la oscuridad de lo que se está contando.

La protagonista de «Euphoria» es Rue Bennett (interpretada por Zendaya), una chica de diecisiete años con múltiples trastornos psicológicos que es adicta a los opioides, los cuales consume desde que tenía trece años. Su dependencia de sustancias como el Vicodin (utilizado como calmante derivado de la morfina) la lleva a una sobredosis y, posteriormente, a rehabilitación.

A lo largo de los ocho episodios que componen la primera temporada, la seguimos a ella, mientras intenta recomponer su vida y hacerle frente a su enfermedad, y a sus amigos, quienes a su vez combaten sus propios problemas.

Es imposible criticar la obra a nivel realización y también es difícil usar adjetivos para calificar lo magnética que es. Retoma la estructura narrativa que usa la serie británica «Skins», con la que se la comparó por abordar temáticas similares, enfocando cada capítulo en un personaje mientras desarrolla las otras tramas.

Además, es hermosa desde un punto de vista estético y utiliza la voz en off, los movimientos de cámara e incluso la ruptura de la cuarta pared como recursos narrativos que no suelen verse en series destinadas a un público juvenil. No solo rompe con los esquemas de lo que se espera contar acerca de los modos de vida adolescentes, sino también con la manera en que se suele hacer.

Más allá de lo técnico, hay que reconocer que «Euphoria» ocupa el lugar vacante para invitar a la reflexión sobre una situación que, aunque en el mundo adulto se silencie, coexiste continuamente con los ámbitos en los que se mueven los adolescentes. La droga circula libre y el aumento de las cifras de adicción en los jóvenes lo prueba, aunque se insista en no hablar de eso. Esta serie puede resultar incómoda, pero no se queda en la simple provocación. Muestra la cara más oscura de la adolescencia porque entiende que la prevención no se hace desde la negación sino desde la información.

Por otro lado, «Euphoria» está inspirada en las vivencias del creador de la serie, Sam Levinson, quien pasó la mayor parte de sus años adolescentes entrando y saliendo de hospitales, rehabilitación y casas de transición. Desde hace catorce años no consume drogas. Levinson expresó que «Euphoria» tiene como principal objetivo abrir el diálogo entre padres e hijos acerca de las dificultades que conlleva ser adolescente.

Asimismo, entendiendo que las producciones cinematográficas tienen que ser coherentes con la sociedad en la que se inscriben, la serie intenta estar a la altura de la coyuntura. El elenco es diverso en la representación racial y étnica, en las diferentes corporalidades e incluso en la participación casi protagónica de la actriz, modelo y activista trans Hunter Schafer, quien interpreta a la mejor amiga e interés romántico de Rue.

No hay razones por las cuales no valga la pena darle una oportunidad a «Euphoria», sin importar la edad que se tenga. Es una magnífica primera temporada que anuncia la llegada de una nueva manera de retratar el sufrimiento adolescente: validándolo, exponiéndolo y, sobre todo, entendiéndolo.

O madre o nada

Maternar para una mujer implica una carga social, económica y emocional tan naturalizada y romantizada que es difícil visibilizarla tanto en el espacio privado como en el público y se la confunde con características propias del instinto maternal.

La serie canadiense Workin Moms (primera temporada disponible en Netflix), escrita y protagonizada por Catherine Reitman, propone tocar una realidad que se intenta mantener en silencio: la maternidad.

Las cuatro protagonistas son madres de bebés menores de un año que atraviesan distintas situaciones propias de la crianza a las que se suman, también, sus deseos, sus metas y sus desafíos personales. Depresión posparto, la pareja, la crianza de otres hijes, un nuevo embarazo y el aborto son los temas principales que se desarrollan a lo largo de sus capítulos, y que dejan al descubierto lo que implica maternar para una mujer.

Además, se toca la decisión de si volver al trabajo o no, porque se acaba el tiempo de licencia que estipula la ley. Este es un problema que atraviesan la mayoría de las mujeres e incluso sus parejas, ya que los plazos que se determinan en los ambientes laborales resultan irrisorios con respecto a lo que sucede en el seno familiar.

La serie cala hondo en todo lo que una mujer atraviesa cuando se convierte en madre. Logra compenetrar a le espectadore, haciéndole sentir los mismos miedos e incertidumbres que las protagonistas, quienes dudan y se sienten juzgadas por sus parejas, sus familias, la sociedad e incluso ellas mismas en todas las decisiones que toman. Escenas en las que se sacan leche en cualquier lugar (el trabajo, el auto, etc.), porque les dicen que es mejor que la maternizada, deseos de morir por un tiempo, frustraciones en el vínculo con otres hijes y con las parejas, deseos encontrados en el desarrollo de la carrera profesional («No quiero ir a trabajar», «¿Acepto o no el ascenso?», «¿Por qué debo trabajar más tiempo si no quiero en este embarazo?»).

Todas estas sensaciones y pensamientos ofrece Workin Moms, una serie que viene a romper con lo lindo de la maternidad y mostrar, además, la gran brecha que existe entre hombres y mujeres respecto del ámbito laboral en el que las mujeres resultan las más vulnerables en términos económicos, de estabilidad y de vínculos.

Maternar en Argentina

No existe una estadística concreta con respecto a cuántas mujeres son madres en la Argentina. No obstante, según el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, la mitad de las mujeres argentinas en edad fértil son madres (cerca de 12 millones entre los 13 y los 35 años).

La brecha salarial por género es de 27,5%, lo que supone que las mujeres deben trabajar 1 año y 3 meses para ganar lo mismo que los hombres en un año. Según una publicación de Economia Femini(s)ta, en el cuarto trimestre de 2018 el ingreso medio de los varones fue de $21.792 mientras que el de las mujeres fue de $15.241. En lo que refiere a las trabajadoras informales, la diferencia se amplía a un 36% sumado a la precarización laboral.

Teniendo en cuenta que el sistema laboral sólo admite una pareja binaria heterosexual, la licencia por maternidad establece que «la trabajadora tiene derecho a tener licencia por maternidad. La duración de esta licencia por maternidad es de 90 días corridos. Puede tomarse 45 días antes y 45 días después de la fecha probable de parto (según certificado médico), o bien 30 días antes y 60 días después. En tanto, si el parto se adelanta, se tienen que cumplir los 90 días». Por su parte, a los padres solamente se les otorgan tres días corridos desde el día del nacimiento del bebé.

El año pasado, en la provincia de Buenos Aires, hubo un fallo precedente en el que la justicia determinó que la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA) debía otorgarle la licencia por maternidad a una mujer a quien pretendían darle licencia por paternidad por no ser quien gestara. La decisión judicial se basó en que «otorgarle la licencia del “padre” al “personal femenino” era forzar de una manera improcedente la regulación».

El sistema laboral en la Argentina, en términos legales y contextuales, excluye a la mujer madre sin distinguir si materna en pareja o sola. Si se encuentra en edad fértil implica gastos porque, en algún momento, quedará embarazada. Los ascensos son casi nulos porque, según el mercado laboral, ser mujer y ser eficaz no van de la mano. Si tiene más de une hije es un problema porque implica que faltará mucho a trabajar.

O madre o nada.

#Reseña The Keepers: no puedes enterrar la verdad

Abusos, asesinato, conspiración, ocultamiento. El clero, la policía y el Estado son responsables. Miedos, mentiras, corrupción. Todo esto ocurrió en Baltimore en los años 60. La serie documental que intenta desenmarañar un crimen sin resolver.

Atención: esta nota contiene spoilers. Aun así, la importancia real de este documental no reside en el desarrollo de la trama, puesto que en el primer capítulo ya se brinda la información completa de lo que sucedió en los años 60 en Baltimore. Lo impactante es la serie misma, su organización, su narración y su estética.

The Keepers empieza narrando un crimen cometido en 1969. Cathy Cesnik, una monja estadounidense que impartía clases en un colegio femenino de Baltimore, había sido asesinada a la corta edad de veintiséis años. Sus antiguas alumnas, quienes hoy tienen más de 60 años, la recuerdan con mucho cariño, describiéndola como una mujer entusiasta, trabajadora, humilde y atenta; una persona a la que podían acudir en busca de apoyo y consuelo. La única monja que supo empatizar con sus alumnas.

La hermana Cathy había desaparecido una noche en circunstancias misteriosas, cuando volvía de comprar un regalo para su hermana quien estaba a punto de casarse. Su automóvil había quedado mal estacionado frente a la casa de la monja, pero ella nunca más regresó a su casa. Dos meses más tarde, su cadáver fue hallado en un bosque cercano.

El crimen, oficialmente, quedó sin resolver. En aquellos años, la policía manejó la hipótesis de que tanto la monja como otra mujer de la zona habían muerto a manos de un “lobo solitario”, algún psicópata sexual que estaba de paso por la zona, ya que ambas eran guapas y jovenes.

Esta serie documental cuenta con siete episodios dirigidos por Ryan White, quien ha dedicado su carrera a este tipo de proyectos de investigación, y está bajo el listado de las producciones de Netflix, plataforma que ya ha producido más de una docena de programas en ese formato. Además, ha sido nominada para el premio Emmy al mejor documental. No contiene imágenes fuertes, amarillistas, ni golpes bajos: es un documental que moviliza una gama muy amplia de sentimientos por el impacto que genera cada palabra testimonial de sus protagonistas.

La historia es de verdad escalofriante, no recomendable para interiorizarse antes de dormir puesto que invita a la reflexión sobre las mayores miserias humanas que pueden manifestarse: el abuso sexual a menores de edad, la consecuente manipulación psicológica y emocional para hacerlos callar, y el asesinato de una persona. Luego de 40 años, dos alumnas comienzan a recordar momentos oscuros de su niñez y deciden investigar estos sucesos. Todo comienza con el recuerdo de aquella tierna monja que un día no volvió a darles clases: empiezan a buscar datos de su muerte en periódicos antiguos y otros archivos, y luego crean una página de Facebook mediante la cual piden colaboración ciudadana sobre el caso.

Cathy Cesnik daba clases en una prestigiosa escuela católica, el Instituto Arzobispo Keough, al que acudían chicas adolescentes de familias bien posicionadas económicamente. En Baltimore abunda la población católica, sobre todo de origen centroeuropeo, y la Iglesia católica tiene una influencia muy grande en todos los niveles de la sociedad, mayor que en otros lugares de Estados Unidos, donde imperan las comunidades protestantes.

El cuerpo de Cesnik fue encontrado dos meses después de su desaparición. Tenía un agujero en la parte posterior del cráneo y, de acuerdo con la autopsia realizada, fue el resultado de un trauma tras un golpe contundente. Este suceso es la punta de un iceberg de proporciones enormes y desagradables.

Innumerables alumnos del Keough habían sido víctimas de abusos sexuales por parte del padre Neil Magnus y el padre Joseph Maskell, sacerdotes del instituto, ambos muertos hace algunos años sin haber sido juzgados como corresponde en este mundo terrenal. Así las cosas, gracias a la Iglesia católica, a la Justicia, y a la Policía de Baltimore, quienes ocultaron los hechos en lugar de encarcelar a los culpables.

d53198368238bb69_KEEPERS_105_SG_00015.jpeg

Cabe destacar que el asesinato de Cesnik se produjo justo después de que la joven monja amenazara con sacar a la luz las atrocidades perpetradas por la Institución eclesiástica, que implican no sólo el abuso sexual, sino un acto de manipulación que nada tiene de improvisado: generar un sentimiento de culpa en las víctimas, hacer que sientan que todo lo que les pasa es porque se lo merecen, porque tienen al “diablo” en el cuerpo, y que ellos tienen un pene “mágico” con poderes de exorcismo. Todas las acciones perfectamente medidas, estudiadas; curas con conocimientos en psicología. Nada estuvo librado al azar.

El padre Maskell tenía un hermano policía y era amigo de las autoridades locales. Estos curas no fueron los únicos implicados en los abusos: hubo policías que también acudían al despacho de la secundaria de Keough para violar a las alumnas. Parte de la metodología para el horror consistía en hacer creer a las víctimas que quizás, algún día, podrían ser perdonadas por sus pecados. Se trataba de niños a quienes se les enseñaba una religión, un necesario temor a Dios, la culpa y por último, el silencio. Esta ha sido la fórmula casi perfecta para las atrocidades.

La actitud de la archidiócesis local sobre el asunto, tras recibir decenas de denuncias, fue de negación, encubrimiento. Claro, ¿acaso podemos esperar que la Iglesia se arrepienta de sus pecados? Una maquinaria que llegó equipada a América en el siglo XV para imponer su evangelio derramando sangre a cada paso. Es insostenible la idea de que las autoridades policiales, eclesiásticas y judiciales son independientes: estamos hablando de la tríada patriarcal por excelencia, se sostienen mutuamente. Lo que hacen es evitar el efecto dominó.

Fuerza, esperanza, justicia. Esto es lo que representan las exalumnas de Keough. Un grupo de mujeres que tuvieron que sumergirse primero en la desesperación, intentar borrar las huellas de una infancia oscura, deconstruir supuestos, para volver a construirse, repararse, comprenderse, valorarse y decidir echar un poco de luz donde un homicidio quedó sin respuestas a casi 50 años del hecho.

2017-05-22-keepers-03-02.jpg