Dejen laburar

María “Malú” López es madre, sostén de hogar y trabajadora autónoma. Desde la noche del martes se encuentra detenida tras un allanamiento en su lugar de trabajo. ¿El motivo? La persecución sin tregua al trabajo sexual autónomo.

El día 10 de octubre, en un operativo violento, el domicilio que Malú López compartía con otras tres compañeras fue allanado en la zona norte de la ciudad de Mar del Plata. Por ser la mayor, María fue separada de las demás y se la dejó incomunicada. Sus amigas declararon que todas eran trabajadoras sexuales autónomas, que estaban allí por propia voluntad y que no había tal situación de trata ni proxenetismo.

Malú es la referente de Mar del Plata de AMMAR, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina, que hoy incluye también diversidad de géneros y de modalidades de trabajo sexual.

En una nota realizada en julio de este año por el portal Cosecha Roja, López decía: “Pasa todo el tiempo. Detienen a las más grandes y las acusan de ‘proxenetas’. Pero somos putas, no sarnosas. Somos mujeres trabajadoras”.

En un comunicado publicado en el día de ayer, AMMAR denuncia que María sufrió una descompensación a causa de estar más de 24 horas sin la medicación que debe tomar a diario.

Por otra parte, Malú es madre de seis hijxs, dos de lxs cuales son menores de edad, y el ingreso que proviene de su trabajo es el único con el que cuenta su hogar. Aun así, se encuentra incomunicada desde su detención.

Desde la Asociación declaran: “Estamos intentando acceder a la causa para poder acompañar y apoyar a María en el proceso judicial al que se tendrá que enfrentar porque en Argentina se equipara trata con trabajo sexual”.

LA INDUSTRIA DEL RESCATE

Esta falta de diferenciación entre trabajo sexual autónomo y el delito de trata de personas se debe a la Ley 26 842, sancionada en el año 2012, yconocida como la “ley anti-trata”.

Esta Ley crea una “industria del rescate”, que revictimiza a las trabajadoras sexuales autónomas organizadas en cooperativas para trabajar de manera más segura. La norma determina de forma expresa que el consentimiento de las partes no exime de responsabilidad penal, civil o administrativa. Las trabajadoras denuncian esta situación como una clara infantilización de sus personas.

Para comprender esta legislación y la actual industria del rescate que se empecina en construir responsables de un delito, aun cuando no lo hay, hay que remontarse a las llamadas Guerras del Sexo que tuvieron lugar en Estados Unidos, entre los sectores abolicionistas del feminismo y aquellos conocidos como prosexo.

Cargos de gobierno y en las Naciones Unidas fueron ocupados por el abolicionismo, gracias a mandatarios conservadores tales como Ronald Reagan.

Los informes realizados por el Departamento de Estado estadounidense, con claro sesgo abolicionista, y las recompensas a aquellos países que “rescatasen” más víctimas también explican cómo llega a constituirse en Argentina el negocio de la fabricación de víctimas.

Por otra parte, en el año 2000, la Organización de las Naciones Unidas adoptó el Protocolo de Palermo, también conocido como el Protocolo contra la trata de personas, el cual nuestro país aprobó y sancionó con fuerza de ley en el año 2002. Este protocolo tampoco contempla el consentimiento de las partes involucradas e iguala trabajo sexual con trata de personas.

Bajo esta lógica rescatista, departamentos donde las trabajadoras sexuales trabajan de manera colectiva son allanados, se acusa de proxenetismo a aquella(s) persona(s) que figuren en el contrato de alquiler y se considera víctimas de trata a las prostitutas que se encuentren en el inmueble, incluso si expresan que se encuentran allí de propia voluntad, como sucedió en la noche del martes con Malú y sus compañeras.

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Fuente: comunicado del sitio web de AMMAR

María Riot (@riotmaria), trabajadora sexual feminista y militante de AMMAR, escribió en su cuenta personal de Twitter que “sus compañeras, a quienes quieren anotar como víctimas, fueron a pedir por ella”. Asimismo, relata que la hija de López pide desesperada poder verla.

Brune, trabajadorx sexual marplatense y militante de la Asociación, denuncia en Facebook: “La parodia que existe en torno a la lucha contra la trata de personas y la industria que se monta en pos de combatirla hace que la policía, funcionarios públicos y agentes municipales [sic] nos criminalicen a quienes ejercemos el trabajo sexual autónomo para hacerse una buena caja chica y, de paso, hacer parecer que trabajan”.

En una publicación en su muro, Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR a nivel nacional, critica como en otras ocasiones a la apelación al derecho penal (y, por tanto, al sistema punitivista) para afrontar problemáticas sociales y, más precisamente, para perseguir y criminalizar a las putas, en clara demostración del funcionamiento patriarcal de la justicia.

Siguiendo el mismo lineamiento, Brune escribe: “Malú son todas las putas que hoy están presas. Lo confirmamos cuando vemos las estadísticas de las personas condenadas por el delito de trata de personas: casi la mitad de ellas son mujeres, mientras que en todos los demás delitos, sólo una de cada diez personas lo es”.

Desde AMMAR denuncian en su comunicado el aumento de la criminalización de la pobreza y la persecución a los sectores vulnerados de la población.

Con esta lógica punitivista, el delito de trata de personas no disminuye, mientras que sí se vulneran los derechos de mujeres trabajadoras, muchas de ellas madres solteras y sostenes de hogar.

Por otra parte, las cárceles se llenan de mujeres pobres, mientras que los verdaderos responsables y sus cómplices en los altos cargos de poder continúan libres e impunes.

Mientras tanto, las putas ponen en marcha mecanismos de acompañamiento y de la denominada “zorroridad”, y son claras en su manifiesto: “Las putas que mandaste presas van a volver”.

Imagen:
Cuenta de Instagram del Sindicato de Trabajadoras Sexuales.

Hay una mujer muerta

Hay una mujer muerta es una obra teatral que tiene como objetivo principal reflexionar sobre la prostitución y la trata de personas.

Un dibujo de una casa y una ruta con la frase “alguien que ayude” lleva escrito un billete arrugado que reparten en la entrada para poder ingresar. Ese es el primer escalofrío que te correrá por la espalda, pero definitivamente no será el último.  

La obra dirigida y adaptada por Ana Maestroni muestra una historia ficticia dentro de un contexto real, que se compone por escenas pequeñas, despojadas de exuberantes escenografías. El arte de la iluminación y las espectaculares actuaciones construyen una trágica puesta en escena.

Una habitación en penumbra. Fotos de chicas con el mismo rostro. Gritos de chicas sin rostro. Oscuridad. Esta es la antesala de un escalofriante burdel de barrio, donde la ambigua construcción de los personajes muestra lo que es vivir en la cotidianeidad del horror.

Un proxeneta (Daniel Liendro) y una mujer triste (Laura Mosquera) son los personajes que van mutando a medida que la historia avanza. La ambivalencia se encarga de mostrar que la gente de mierda también sufre y que, en ocasiones, se debe asumir un rol muy fuerte para sobrevivir.

“El arte, si hay algo que no tiene que tener, es obviedad. Yo siempre digo que hay que contar una historia puntual sin moralizar. Nosotros estamos contando esta historia, que obviamente habla, pero no ponemos ninguna pancarta”, nos cuenta Maestroni.

Reflexionar en soledad

En lugar de hablar de la trata, el espectáculo cuenta con recursos interesantes para que sea el espectador quien reflexione sobre la trata. Los apagones son un recurso excepcional.

Al finalizar cada escena, el teatro queda a oscuras. El negro envuelve al público hasta hacerlo desaparecer y pareciera que uno se queda solo, a oscuras y en silencio.

El apagón, además de permitir que el espectador continúe y termine de armar cada escena, lo incita a pensar sobre lo que acaba de ver y tratar con la conciencia propia.

El arte como martillo

Parafraseando a Brecht, la directora nos cuenta que la obra, con texto original de Patricia Andrés, no busca funcionar como espejo de la realidad sino que busca darle forma.

“Yo creo que el objetivo principal para nosotros y para este tipo de estética es que la gente se vaya y tenga ganas de hacer algo, de cambiar algo. Si no, el teatro no sirve. Me parece que abre un espacio para que cualquiera, el que nunca se interesó en la trata o el que piensa mucho, diga ‘¿Qué pasa con la prostitución?’”.

La obra imperdible terminó con funciones agotadas en el mes de junio y volverá en septiembre a Capital Federal.

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15 años tras las huellas de Marita

Esta semana, se cumplieron 15 años de la desaparición de Marita Verón, la joven tucumana secuestrada por una red de trata para prostituirla. Aunque los culpables están presos y condenados, la búsqueda continúa. Susana Trimarco, madre coraje que mediante su fundación rescató a más de 9.600 víctimas, asegura que nunca dejará de buscarla.

María de los Ángeles Verón tenía 23 años en el 2002 y era mamá de Micaela, de 3 años. Había decido ponerse un DIU. Su vecina y enfermera de la Maternidad de San Miguel de Tucumán, Patricia Soria, la había contactado con Miguel Ardiles para que le facilitara la atención con el médico Tomás Rojas. La citaron el 3 de abril con documento en mano. Nunca más regresó a su casa.

Sus padres, Susana Trimarco y Daniel Verón comenzaron a buscarla. Descubrieron que Ardiles no era jefe de personal de la Maternidad sino empleado de limpieza. Intentaron hacer la denuncia pero la policía no se las quiso tomar. Tampoco salieron a buscarla porque “no tenían nafta en la camioneta”.

Amigos y familiares pegaron afiches, recorrieron las calles sin éxito. Una testigo aseguró que había sido secuestrada en un auto rojo.

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Un día, en la zona roja de la ciudad de Tucumán, una mujer que había sido violada y vendida para explotación sexual aseguró haberla visto en La Rioja. Gracias a esa pista, Trimarco comenzó a frecuentar whiskerías y prostíbulos en busca de algún indicio.

A partir de esos recorridos, pudo entender que el negocio de la trata incluía a quienes debían combatirla: funcionarios públicos –policías, jueces, fiscales, políticos– de distinta jerarquía. La investigación era una y otra vez desviada.

En junio de 2002 llegaron hasta El Desafío, un prostíbulo en La Rioja del que rescataron a Anahí Manassero, quién además de reconstruir el destino de Marita hasta el 2003, confirmó la complicidad estatal que garantizaba la impunidad del delito. Anahí aseguró que, horas antes del allanamiento que la dejó en libertad, un policía había sacado a Marita y otras chicas para esconderlas en su casa.

El juicio

Nueve años después de su secuestro, comenzó el juicio. En el mismo, participaron más de 150 testigos y fueron acusadas 13 personas. A pesar de los testimonios de varias víctimas, el 11 de diciembre de 2012 los jueces de la Sala II de la Cámara Penal de Tucumán, Alberto César Piedrabuena, Emilio Andrés Herrera Molina y Eduardo Romero Lascano, absolvieron a todos los imputados.

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Recién en diciembre de 2013, la Corte Suprema de Justicia de Tucumán revocó el fallo absolutorio y condenó a todos los imputados. La sentencia final fue el 8 de abril de 2014 y estableció penas de entre 15 y 22 años de prisión. Hoy, todos los condenados están presos.

La búsqueda sigue

El 3 de abril de este año, al cumplirse 15 años de la desaparición de la joven, Susana Trimarco renovó una vez más el compromiso con su hija. Publicó en Twitter: «Hoy, a 15 años de la desaparición de mi hija Marita Verón sigo exigiendo Justicia. No voy a parar hasta encontrarla. #15AñosSinMarita”.

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La mujer que se enfrentó a la mafia tucumana, que arriesgó incontables veces su vida tras la huella de su hija, que liberó a miles de víctimas de la trata de personas para la explotación sexual, sigue en pie. Dispuesta a seguir luchando. Más presente que nunca, Marita nos falta a todas.

 


Fuentes Consultadas

Imágenes extraídas de: