Las desventajas de ser invisible

Hoy, 31 de marzo, se conmemora desde el año 2009 el Día Internacional de la Visibilidad Travesti/Trans con el motivo de otorgarles voz a quienes jamás la tuvimos e instar a la reflexión sobre la realidad que nos atañe como colectivo. Si bien podemos decir que en los últimos años hemos adquirido mayor resonancia y llegamos, incluso, a estar en la agenda pública con la ley de identidad de género o el cupo laboral trans, ¿qué es lo que efectivamente se conoce sobre nosotres? ¿Qué se sabe sobre nuestras identidades, corporalidades y vivencias más allá de la falta de oportunidades a la que nos enfrentamos día a día?

Es muy posible que quienes circunden por ámbitos reflexivos y feministas, ya sean marchas, centros culturales, espacios de militancia o a través de simples publicaciones en redes sociales, encuentren familiares los números 35 y 40 cuando hablamos de las personas trans y travesti, especialmente las femineidades: estos reflejan nuestra expectativa de vida como colectivo (entre 35 y 40 años), apenas la mitad en promedio que el resto de la población (cis).

Quienes sean un poco menos osades en su búsqueda de conocimiento, vociferarán las mismas frases cliché que se leen en Internet, aunque quizá con las mejores intenciones: «Vivimos en un cuerpo equivocado», «Soy una niña atrapada en el cuerpo de un niño», «Antes era mujer y ahora es hombre», «Desde pequeña yo jugaba con muñecas y me vestía con la ropa de mi madre».

Por otro lado, nunca faltan quienes también repiten frases hechas pero con la intención de invalidarnos, del tipo: «Se cree mujer por ponerse tetas». A menudo surgen también ciertas presuposiciones sobre nuestras vivencias: la terapia hormonal como único propósito en la vida; la imperiosa necesidad de la operación (en general, en referencia a la vaginoplastia o faloplastia); la ropa, los juegos, los deportes, las actitudes, los rasgos físicos y las preferencias sexuales estereotípicamente femeninas en caso de las mujeres o las masculinas en caso de los varones (no binaries, abstenerse).

Se habla mucho sobre nosotres pero muy poco es lo que de verdad se sabe. Frente a la escasez de ESI se abre lugar al prejuicio y a la desinformación, incluso entre nosotres mismes, lo cual se refleja en una vulneración del acceso a nuestros derechos. ¿Acaso a alguien le explicaron en una clase de ciencias naturales cómo funciona la terapia de reemplazo hormonal o los centros de salud que la propician? Por mi parte, jamás. Como tampoco tuve la oportunidad de encontrar en algún libro de estudio la anatomía de mi vulva. No me explicaron en qué consistía esa operación, ni cómo se vería luego, ni dónde hacerla. La mera experiencia y algún que otro video en YouTube de otra chica trans fueron mi única educación sexual. Y, al parecer, no soy la única, porque a nuestras dudas se le añaden las dudas externas.

InESIstente

Dado que el derecho a la información es universal y más aun cuando se trata de nuestra propia salud, conocer nuestros cuerpos y los de les otres es fundamental para poder vincularnos de manera saludable. Habitar la sexualidad de forma plena y responsable requiere de tener una mínima noción de quiénes somos, qué nos gusta y de qué manera nos relacionamos con ella. De esto, ni siquiera las personas cisgénero pueden jactarse por completo. ¿O acaso todos los hombres cis pueden decir dónde se ubica el clítoris? ¿Sabrán siquiera que vagina y vulva no son sinónimos?

Está claro que si es muy poco lo que se educa sobre sexualidad cis, no se puede pretender que el común de la población entienda algo de la genitalidad travesti/trans. Menos aun cuando se rompen los esquemas de la binariedad. «Existen mujeres con pene y hombres con vulva», solemos decir con rigor desde la diversidad sexual. A esto habría que agregarle que no todas las mujeres trans tienen pene ni todos los hombres trans tienen vagina. Asimismo, no todas las mujeres trans reniegan de su pene ni los hombres de su vagina. El deseo y el goce son indistintos a la identidad de género. Las identidades de género por fuera de la cisnorma no necesariamente implican disforia de género. Y así, cientos de afirmaciones más.

Si no se tiene una amiga trans operada, es factible que se desconozca por completo que la vulva de una mujer trans se constituye íntegramente con restos de piel del mismo pene –por lo que carecemos de órganos internos como el útero u ovarios–, o cuál es el régimen estricto de dilataciones que hay que realizarse para que el canal vaginal no ceda. Es muy posible que nadie sepa que las mujeres trans con vagina también utilizamos toallitas o protectores diarios. No menstruamos –como me han preguntado para mi asombro en más de una oportunidad– pero si secretamos un poco de sangre al comienzo y fluidos de un tono amarillento que ni yo sé bien de qué se tratan. Y ahí se encuentra el punto.

Cuerpes… ¿visibles?

Nadie nunca nos enseñó nada. Ni de nuestra anatomía corporal ni de nuestra identidad. Crecimos en este mundo a escondidas hasta que, por alguna casualidad del destino, nos topamos con la palabra trans –o travesti, dependiendo la generación–. Aquella palabra tan poco nombrada pero que, en caso de utilizarse, enarbola un prototipo hegemonizado de la vivencia disidente.

Las únicas mujeres trans visibles (los hombres trans o y les no binaries parecen no existir) son aquellas que de niñas jugaban con muñecas, vestían la ropa de su madre o hermana y que desde los 3 años son conscientes de su verdadera identidad. Mujeres que desde tan temprana edad detestaban su propio cuerpo –cualquier semejanza con los mandatos de la femineidad es pura coincidencia–, enajenando de su vida hasta el más mínimo atisbo de lo socialmente aceptado como masculino.

No hay lugar para otro tipo de manifestaciones de la identidad y la vivencia personal del género. Apenas sí lo hay en la periferia para aquellas mujeres «que no parecen trans». ¿Qué es parecer trans? No tenemos metas, aspiraciones, sueños, emociones, sensaciones, amoríos. Nuestra condición humana pareciera no existir o estar supeditada meramente a la «transición». ¿Transición de qué? Nuestra identidad es siempre una. Lo otro, nada más que la socialización impuesta bajo los cánones de lo masculino y femenino dependiendo del genital con el que nacimos.

En este día tan paradigmático, sería de gran importancia que nos comencemos a preguntar: ¿somos visibles? Varones y mujeres cis: ¿a cuántas personas trans pueden nombrar? ¿Cuántes familiares, amigues, conocides trans tienen? ¿Cuántas artistas, científicas, políticas, deportistas, empresarias, médicas, periodistas, docentes travas conocen? ¿Qué imagen se les viene a la mente cuando hablamos de travestis y trans? Estoy segura de que no les demandará más de dos minutos pensarlo, pero a nosotres nos demanda la oportunidad de vivir una vida mejor. Visibilizar a quienes sí llegan, que les hay pero en un número muy reducido, y expandir el abanico de posibilidades hacia el conjunto nos resultará más conveniente que añadir nuevas efemérides al calendario.


Imagen de portada: Asociación Civil Infancias Libres


«Las Malas» de Camila Sosa Villada

«Nuestro cuerpo es nuestra patria». La escritora y actriz cordobesa Camila Sosa Villada (38) utilizó su tercer libro, «Las Malas», para narrar una autobiografía novelada donde se visibiliza una denuncia histórica: la marginalidad y el abandono social-estatal hacia las travestis que se refugian en la prostitución como única salida laboral posible. Así, estuvieron, están y estarán (hasta que el sistema cambie) expuestas a múltiples violencias, (sobre)viviendo en condiciones de insalubridad con poco acceso a centros de salud.

La historia transcurre en Córdoba, cuando una muy joven Camila, oriunda de Mina Clavero, se muda a la Capital para estudiar Comunicación Social en la Universidad. En medio, todo se desconfigura y ella encuentra su verdadera pasión, la actuación, aunque no sin antes pasar por la parada obligatoria de la prostitución. La decisión de ir a la gran ciudad para abrir sus alas de mariposa negra le permitieron huir del pueblo donde sufrió la más cruel de las violencias por parte de su progenitor, que pretendía decretar -a golpes y cintazos- su orientación sexual e identidad de género.

El núcleo central de la novela se desarrolla con el aquelarre de travestis del Parque Sarmiento, quienes adoptaron y hermanaron a Camila después de descubrirla espiándolas. Una noche de esas que te congelan hasta la respiración, ella estaba sola sentada en un banco, observando a lo lejos, dividida entre la timidez y el miedo. Ahí pudo —por fin— encontrar un lugar de pertenencia y, a su vez, supo entender el significado de la palabra amistad. 

El libro está separado en capítulos donde se profundiza sobre la vida, el día a día, los problemas, los (des)amores, las indiferencias y las dolencias de cada integrante de esta orfandad. Durante la lectura se produce un viaje de tiempo-espacio constante que mantiene al lector expectante.

«Mi primer acto oficial de travestismo fue escribir, antes de salir a la calle vestida de mujer».

Te introduce en la intimidad y aventura de un niño que da sus primeros pasos para travestirse, aunque incomoda la forma en que padece los estereotipos reforzados de la sociedad, anhelando el reconocimiento de su propia identidad: ya no quería ser Cristian Omar. Ese niño, devenido en una Camila asumida en su cuerpo menudo con una voz «absolutamente femenina», sufrió de forma directa la discriminación y violencia sistemática: tuvo que ponerle precio a su cuerpo y su sexo.

Leer «Las Malas» puede resultar avasallante pero es fundamental. Se dejan entrever críticas sobre distintas relaciones que para parte de la población son contradictorias y fastidiosas: travestis y maternidad, travestis y el seno de un hogar, travestis y mercado laboral no sexual, travestis y el amor romántico de pareja. 

Este libro cumple un rol importante para repensar los vínculos porque pone en tela de juicio la moralidad y la comodidad de una sociedad retrógrada, patriarcal pero, sobre todo, transodiante. En poco más de 200 páginas, se libera la etiqueta nata de prostituta para objetivizar a una travesti y se la humaniza: con sus afectos, deseos, amores, sueños, proyectos, incertidumbres, miserias, tristezas, pérdidas, miedos, valentías y alegrías. «Ser travesti es una fiesta», asegura Camila.


Av. Amancay Diana Sacayán

Artículo colaboración de Micaela Minelli


¿Cómo se decide quiénes son los próceres de la Historia? ¿Cuáles son los requisitos a cumplir para llegar a los billete o a los nombres de las calles y las avenidas importantes del país? ¿Qué hay que hacer para que se designe un día que conmemore tu muerte o nacimiento? ¿Por qué son tan pocas las mujeres que pasaron a la Historia? ¿Por qué no hay próceres travestis o trans?

Say Sacayán aclaró que «no creemos en próceres, sino en personas que son referencia necesaria» para la historia y para la conquista de derechos colectivos. Esas personas que lideran batallas y ponen el cuerpo y la voz por les demás, como lo hizo su hermana Diana.

Ella fue una activista de los derechos humanos; creadora de la ley de cupo laboral travesti-trans y parte del Frente por la Ley de Identidad de Género, fue una de las personas que ayudaron a confeccionar la ley que lleva ese nombre, gracias a la cual pudo acceder a un DNI con su verdadero nombre, ese con el que la recordaremos por siempre: Amancay Diana Sacayan.

Creó el Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación (M.A.L.) en el año 2001, en plena crisis económica, política y social, inspirada por los movimientos piqueteros de la época. Le gustaba la palabra «liberación» como respuesta al hostigamiento que sufría el colectivo LGBTI y como herramienta para la protesta y la denuncia de las injusticias que se atraviesan por llevar una identidad disidente en un mundo machista heterocisnormativo.

El abolicionismo también fue su bandera: de ahí nació la necesidad de plantear una ley de cupo laboral que incluyera al colectivo LGBTIQ y brindase otras opciones de trabajo para aquellas que no quisieran ejercer la prostitución. «Estamos preparando a las compañeras, en distintos rubros, para convertirlas en pequeñas emprendedoras», declaró en una entrevista a la TV Pública.

Su preocupación era el futuro de las niñas travestis y trans, ya que no quería que ninguna de ellas fuera expulsada de su familia y de la comunidad educativa, y debiera caer en la prostitución para sobrevivir en la calle. «Esto se lo vamos a dejar a todas ellas», prometió, y así fue.

 

Antes que histérica, histórica

Su nombre se convirtió en sinónimo de orgullo y lucha, su imagen miles de consignas pero principalmente «basta de travesticidios». Aquella que nos hizo entender que los asesinatos de travestis y trans son crímenes de odio. Ese odio que sólo la ignorancia y el machismo más enraizado pueden destilar, el que sólo genera muerte.

El feminismo de Diana fue un feminismo que no disoció la lucha antipatriarcal de las situaciones de violencia que se sufren en los barrios más humildes de la provincia. «Siempre lo entendimos así porque somos una organización de territorio del conurbano: pobreza, discriminación y violencia en esos niveles también son parte de la construcción de nuestras identidades», describe Say.

No hubo, no hay ni habrá otra Diana, dicen sus compañeras y compañeres. Y tal vez eso sea lo que la convierte en una figura destacable de nuestra Historia reciente. Alguien a quien nunca se podrá reemplazar, quien abrió caminos y dejó legados. ¿Una verdadera prócer?

El término hace referencia a aquello que es grande, monumental y valioso. Entendido así, el, la, ¿le? prócer es un ser humano como pocos, conocide por hazañas y luchas impresionantes en defensa de un pueblo, de una idea o de ciertas convicciones. Pero la selección de personajes importantes pasa por un filtro patriarcal.

Algunas personas nunca llegarán a ser Historia si no cuestionamos las maneras de estudiar los movimientos sociales y las luchas de liberación; sólo así hemos podido recuperar personalidades femeninas que resaltaron en distintas áreas y que desconocíamos por el sólo hecho de que no fueron varones. Pero ¿dónde están las personas travestis, trans, no binaries?

Luego del fallo histórico y fundante que consiguieron familiares, amigues y compañeres de Diana, encabezades por Say Sacayán junto con la Comisión de Justicia por Diana Sacayán, algo cambió en la historia de los derechos humanos. Fue la primera vez que se reconoció que la muerte de una travesti no es un simple homicidio, porque median la violencia de género y el odio irracional a su identidad.

Diana había realizado varias investigaciones que fueron publicadas en El Teje, la primera publicación travesti latinoamericana, donde entrevistó a sobrevivientes de intentos de travesticidios. Todo ese material fue utilizado durante el juicio, como una suerte de propia defensa.

Cuando una persona es fundante de varios hitos, inevitablemente pasa a la historia pero siempre y cuando sea un hombre. Cuando se trata de una mujer, una lesbiana, una persona trans o una travesti, primero será bandera de los movimientos de inclusión antes de volverse Historia oficial.

 

Foto de portada: Soy Jade

Feminista está alterada

Feminista está alterada, sí. Y no, no confunde nada.

Feminista está cansada de ser objeto de burla entre sus amigos que le dicen exagerada. Feminista se siente decepcionada cada vez que su papá dice “¿por qué no es #NadieMenos? Nos matan a todos por igual”, porque sabe que no es así. A nosotras nos matan por motivos muy distintos. Nos matan por ser mujeres, nos matan porque nos creen objetos, porque nos creen inferiores.

Feminista quiere aborto legal, seguro y gratuito porque no quiere que sigan muriendo más pibas en abortos clandestinos. Está a favor porque cree que las mujeres tienen que poder decidir sobre su cuerpo. Que no tienen por qué cargar con una vida dentro suyo nueve meses. También sabe que la vida no es una novela de Cris Morena, donde los nenes van a hogares y terminan felices porque los salva un millonario. Feminista quiere educación sexual en las escuelas, porque sabe que el cambio empieza por ahí.

Feminista se depila, o no. Feminista se deja el pelo largo, corto, rapado. Se tiñe de turquesa, se hace reflejos, ni siquiera se fija. Feminista se maquilla si quiere o vive al natural. Feminista usa pantalones, camisas, vestidos, polleras, tacos, zapatillas. Quiere vestirse sexy o salir en pijama. Feminista estudia, trabaja o es ama de casa. Es mamá de tres hijos o vive con su gata. Feminista tiene marido, novia, pretendientes o está soltera. Es monógama, swinger, y ama libremente.

Feminista quiere poder vivir su sexualidad sin tabúes. No quiere que la juzguen por no querer tener sexo o por tenerlo a montones. Feminista quiere que la respeten cuando dice que no. Muchas veces accedió a hacer cosas que no quería por miedo, pero ya no más. Si no hay consentimiento que no haya nada, dice hoy. Feminista sabe que su cuerpo es suyo, y que ella tiene la última palabra. Feminista puede tener tetas, concha y pito. Porque mujer no se nace, y feminista tampoco.

Feminista no excluye a lxs trans, porque son parte de la lucha. Tampoco a las migrantes, a lxs trabajadorxs sexuales, al colectivo LGBTIQ, a las abolicionistas. Aunque difieran en muchas cosas, todxs vienen buscando lo mismo. Tampoco excluye a las alienadas, porque aunque no se crean parte, el movimiento las abraza.

Feminista aún se está deconstruyendo. Se pone mal cuando nota que sigue reproduciendo algunos micromachismos. Se pone contenta porque ahora se da cuenta. Feminista está a tiempo de corregir muchas cosas y trata de aprender a diario. Feminista no quiere obligar a nadie a reconocerse como feminista, pero quiere que sepan que viven en una sociedad machista.

Feminista pinta catedrales, quema llantas y anda en tetas. Feminista escribe papers y da conferencias. Feminista habla en Intrusos o en un congreso de la ONU. Es escritora y también tuitera. Feminista puede ser economista, periodista, científica, ingeniera. Limpiar casas, atender locales o ser su propia jefa.

Feminista no odia a los hombres, odia al macho. Feminista quiere que sus hermanos levanten la mesa. Que sepan que una mujer no es su sirvienta. Feminista le enseña a sus hermanas que no son menos. Les cuenta de la lucha y lo que propone.

Feminista está enojada, pero también empoderada. Lucha por las que se fueron, las que están y las que aún no vinieron. Marcha, milita, canta y la agita.

“Abajo el patriarcado; se va a caer, se va a caer. Arriba el feminismo que va a vencer”.

Feminista no se va a rendir. Sabe que para cambiar el mundo se tiene que mover. A Feminista no le importa lo que pueda decir una columna en un diario masivo, porque ella sabe que la lucha va por otro camino.

T de Trans-gresoras

Desde Escritura Feminista, entrevistamos a Juan Tauil, director del documental “T”, que aborda las luchas de la militancia travesti en las épocas previas a la sanción de la Ley de Identidad de Género. Es un trabajo de cuatro años que entrelaza testimonios, discursos, cantos, risas y angustias de figuras como Diana Sacayán, Lohana Berkins, Marlene Wayar, Malva Solís y Susy Shock, entre otras.

“El cuerpo gay no cuestiona, en sí, el propio cuerpo. El cuerpo trans es ineludible”, explica Diana Sacayán con la suavidad particular de su voz, en un debate entre compañerxs activistas. El documental “T” (que también puede encontrarse como: «T, trava el que ve») habla de eso: de las cuerpas que son invisibles para el Estado, pero ineludibles para sí mismas y para el machismo que se empeña en violentar, marginar y discriminar. De las identidades que son transgresoras por existir fuera del binarismo, la heteronorma y lo cisgenérico, que colmaron (y colman) los barrios, las calles, las comparsas, los debates y todos los espacios en los que viven, aman y militan.

Estrenado en 2016 y dirigido por el músico y cronista Juan Tauil, con la participación de luchadoras travestis y trans de Argentina como Lohana Berkins, Diana Sacayán y Marlene Wayar, entre otras, el largometraje cumple el rol de un “álbum fotográfico”: une recortes de discursos, charlas casuales, viajes en micro, reuniones de militancia o entre amigxs. Son testimonios sobre el ser travesti en un país que logró la sanción de la Ley de Identidad de Género (Ley N° 26 743) en el año 2012, pero que sigue arrojando a lxs travestis y trans al limbo del desconocimiento y la inexistencia: al ignorarlxs, tampoco se legisla ni se ofrecen respuestas para ese sector, uno de los más vulnerados de nuestra sociedad.

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Marlene Wayar en intervención artística. Fuente: Documental T.

Las historias que transcurren en los 60 minutos de film dejan la certeza final de que la identidad no es algo natural ni individual, sino que es algo que se construye en comunidad. Bajo esta lógica parece estar tejido el relato: las voces narradoras varían, al igual que la realización de las tomas. Todxs participan en su construcción y no hay personajes pasivos, de la misma manera que no pueden distinguirse entrevistadorxs de entrevistadxs. En comunicación con Escritura Feminista, Juan Tauil opinó: “El trabajo conjunto es el espíritu de todas las luchas colectivas”.

Escritura Feminista: ¿Cómo fue el proceso de rodaje del documental? Da la sensación de que varias personas comparten roles y participación.

Juan Tauil: El rodaje fue de más o menos cuatro años, con tres años de edición solitaria. Las chicas me decían dónde iban a estar y yo, siempre listo, iba a registrar los acontecimientos. Creo que el  elemento que hace sentir esa idea de unidad de múltiples

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Juan Tauil, músico, cronista y director de «T». Fuente: Infojus Noticias.

voces es que la película es, en sí misma, una voz en off conformada por múltiples voces.

E. F.: ¿Podemos decir que es el primer documental travesti del cine argentino?

J. T.: No sé si será el primero o el único, lo que sí te puedo asegurar es que es el primer documental en el que miembras representantes del colectivo travesti hablan en primera persona, sin intermediarios. Dan a conocer en forma directa sus discursos políticos y sus trabajos artísticos.

E. F.: ¿Creés que el documental hoy pasó a ser, en parte, una suerte de homenaje a Diana Sacayán y Lohana Berkins?

J. T.: ¡Ojalá! Sería un gran honor que «T» se convierta en un homenaje a Lohana Berkins, Diana Sacayán, Malva Solís, Klaudia con K, Charly Darling, María Marta Leiva y a todas las chicas que no están más con nosotros, que sufrieron décadas bajo la violencia de Estados inhumanos que las descartaba fuera de los márgenes de la sociedad, condenándolas a 35 años de promedio de vida. También me gustaría que «T» sea un homenaje en vida al trabajo constante de Marlene Wayar, Daniela Ruiz, Julia Amore y otras militantes travestis y trans que luchan actualmente.

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Diana Sacayán acompañada de Graciela, luego compartir una charla y mates en un barrio de La Matanza. Fuente: Documental T.

Memoria Travesti

Este tipo de iniciativas constituye pasos gigantes para empezar a desmoronar la invisibilización de las identidades no binarias ni heteronormativas en lo simbólico y en lo social. Registrar la historia de los colectivos es dejar constancia de su existencia y de sus luchas, de sus angustias y de sus logros. “Yo trabajé el documental según un concepto del documentalista Patricio Guzmán, quien dice algo así: ´un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos´”, explicó Tauil, y agregó: “La memoria de colectivos vulnerados es indispensable para poder hablar en un futuro de colectivos empoderados”.

Para ver el adelanto de «T», entrá aquí.