Vacuna de Oxford: ¿el principio del fin?

En los últimos tiempos, mucho hemos incursionado en lo que al ámbito científico y académico compete. Ya no nos sorprende escuchar en los medios de comunicación hablar acerca de la inmunidad, las técnicas de biología molecular, la PCR, el virus, el plasma, los anticuerpos y la vacunación.  

La información es diversa, muchas veces confusa y otras tantas errónea. La viralización de contenidos sin sustento no solo es difundida por redes sociales o medios de comunicación tradicionales sino también por profesionales del área de las ciencias y de la salud que expresan falsedades sin el apoyo de las instituciones científicas y con el aval de medios de comunicación hegemónicos.

Desde Escritura Feminista, buscamos esclarecer algunas cuestiones sobre los tiempos que se aproximan, para entender de qué se trata lo que muches ven como una luz al final del túnel: la famosa vacuna de Oxford. Vacuna que será producida en nuestro país si se superan satisfactoriamente las distintas etapas del desarrollo.

Para esto, intentaremos responder algunas preguntas: ¿cómo funciona? ¿De qué está hecha? ¿Cuál es la respuesta de nuestro organismo? ¿Qué significan las fases en las cuales se encuentra? Y ¿cuáles son los beneficios de este tipo de acuerdos para nuestro país?

Primero lo primero: ¿de qué está hecha y cómo es su respuesta?

Un grupo de científiques del Instituto Jenner de la universidad de Oxford, con el apoyo de la compañía farmacéutica británica AstraZeneca, desarrollaron lo que se conoce como una «vacuna vectorizada». ¿Qué quiere decir esto?

Como su nombre lo indica, una vacuna vectorizada es una vacuna que en su diseño tiene un vector. Un vector es una herramienta que se utiliza en la ingeniería genética y su función es la de transportar una determinada información. En el caso de la vacuna de Oxford, el vector es un virus distinto al coronavirus (llamado adenovirus), que no produce enfermedad en humanos (tan solo produce resfrío en chimpancés) y al que, para poder transformarlo en vacuna, se le quita todo su posible potencial patogénico. Una vez obtenido este virus modificado y sin capacidad de producir enfermedad en humanos, se lo modifica genéticamente para introducirle una proteína del coronavirus (proteína S o Spike).

Cómo ingresa el virus vector junto a la proteína S a la célula humana para luego favorecer la respuesta inmunológica.

Entonces, recapitulemos: tenemos un virus (o vector) sin capacidad de producir enfermedad y le agregamos una proteína propia del coronavirus. No se le «pega» el coronavirus, tan solo se le agrega una proteína. La proteína que se agrega se llama «Spike» («espiga») o «S». Una vez en nuestro organismo, esta proteína es necesaria para que el virus ingrese a las células humanas y se replique; así, posteriormente, se generará una respuesta inmunológica competente. Entonces, agregar esta proteína al vector es importante porque es la que va a permitir «disparar» la respuesta inmune en las personas que luego las protegerá de una posible infección con SARS-CoV-2.

Una vez dentro de nuestro organismo, la vacuna de Oxford produce dos tipos de respuestas que nos protegerán ante un posible ingreso del SARS-CoV-2:

  • Primera respuesta a cargo de células o linfocitos T (muy importantes para hacer frente a las infecciones virales).
  • Segunda respuesta a cargo de anticuerpos (que se producen para neutralizar al SARS-CoV-2).

Como resumen y en base a las evidencias que presentan les investigadores, obtenidas en las etapas iniciales de los estudios, podemos decir que la vacuna de Oxford produce memoria inmunológica B o de anticuerpos, memoria inmunológica T o a cargo de linfocitos T y que protege contra la enfermedad. Lo que aún se encuentra en estudio es si la vacuna requerirá una o más dosis.

En tiempos de infodemia, les chiques de «Science and Art» hacen ciencia de la buena.

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¿En qué fase se encuentra hoy?

Todos los desarrollos farmacéuticos, incluidas las vacunas, pueden tardar años y hasta décadas en producirse, salir al mercado y transitar en una población. Esto es así porque para que una vacuna (o fármaco en general) pueda aplicarse a gran escala debe superar algunas etapas que aseguren que el remedio no sea peor que la enfermedad.

Las etapas que se deben superar son las siguientes:

  1. Etapa preclínica: esta etapa consta de pruebas en modelos celulares y animales de laboratorio. Aquí se investigará qué efectos potenciales pueden tener la vacuna y sus distintos componentes.
  2. Fase 1 (etapa clínica): en esta etapa se evalúa la seguridad de la vacuna (es decir, se observa si la vacuna per se no produce daño). Para esto, se vacuna a un número reducido de personas sanas (a escala de decenas).
  3. Fase 2 (etapa clínica): en esta etapa se evalúa la seguridad y la capacidad de la vacuna de generar inmunidad (anticuerpos y células que favorecen la protección). Esta etapa se prueba en cientos de individuos.
  4. Fase 3 (etapa clínica): esta fase implica probar la vacuna en miles de individuos que se encuentren expuestos al agente infeccioso (en nuestro caso, SARS-CoV-2, pero es comparable con cualquier otro patógeno) y lo que se busca es evaluar la eficacia protectora de la vacuna.
  5. Fase 4: luego de la aprobación de una vacuna por los distintos organismos sanitarios, continúan siendo monitoreadas en la fase 4, en donde principalmente se observan los efectos adversos o no deseados poco frecuentes.

En la actualidad, existen seis vacunas para COVID-19 que se encuentran en fase 3, dos vacunas en fase 2, siete vacunas entre fase 1 y 2 y diez vacunas en fase 1. A su vez, existen 139 vacunas en estadios preclínicos, incluido un proyecto argentino (acá podés leer sobre el proyecto argentino, comprendido 90% por mujeres). La vacuna de Oxford se encuentra en fase 3 y las pruebas a gran escala se están realizando en Brasil, Sudáfrica, Estados Unidos y Reino Unido.

Entonces, ¿ya está?

El pasado 12 de agosto, el presidente de la Nación Argentina, Alberto Fernández, anunció que la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca se produciría en nuestro país (en conjunto con México) cuando todas las etapas y los ensayos clínicos aseguren su seguridad y eficacia. Es decir, aún no sabemos si la vacuna será efectiva y tampoco se está produciendo pero, en caso de que la fase 3 resulte exitosa, Argentina y México se encargarán de la producción y distribución para toda América Latina (excepto Brasil, que tiene convenio con otro proyecto).

La compañía biotecnológica internacional mAbxience, ubicada en la provincia de Buenos Aires, se especializa en la investigación, el desarrollo y la fabricación de anticuerpos monoclonales. Es el laboratorio elegido, por su amplia capacidad de desarrollo y tecnologías de avanzada, para producir las 250 millones de dosis que se distribuirán por toda Latinoamérica.

El acuerdo realizado por el gobierno Nacional es un importante acercamiento a la tan ansiada vacuna. En caso de que esta sea exitosa, se calcula que para el primer semestre de 2021 podríamos recibir la vacunación, comenzando por aquellas personas que presenten los más altos riesgos de adquirir la enfermedad.

Si bien el costo rondará entre los 3 y 4 dólares, aún no se ha especificado si se encontrará dentro del calendario de vacunación ni si la aplicación será totalmente gratuita. Lo que sí se sabe es que desde la visión de les desarrolladores no hay intensiones de lucro, lo cual genera, al menos, un poco de alivio para la gran crisis mundial que atravesamos.

La carrera por obtener la vacuna contra el SARS-CoV-2 es la más grande de la historia, la meta está cerca y las potencias mundiales apuestan todo por estar en el podio. Sin embargo, todavía falta y nuestro mejor remedio, hoy, es seguir cuidándonos.  


Fuentes:


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La prueba de amor

El mundo nuevo que nace bajo los efectos de la pandemia por COVID-19 pone de manifiesto no solo la peligrosidad del avance constante de la infección sino también de un mal que se disemina a mayor velocidad que el virus y nos invade con noticias poco confiables, falsas o  que promueven conductas incorrectas y peligrosas, concepto conocido actualmente como «infodemia».

En la actualidad y en particular en el caso del COVID-19, los fundamentos sobre la enfermedad, la prevención y el modo de acción en caso de síntomas o infección se encuentran al alcance de todes, en todos los medios de comunicación y a tan solo un clic de distancia. Los esfuerzos incansables de la comunidad científica y médica de todo el mundo son constantes y la implementación de los nuevos descubrimientos se produce en tiempo real.

La vorágine de comunicar es muchas veces perjudicial y peligrosa. Si bien hoy en día vivimos el ejemplo en «carne viva», no hace falta transitar una pandemia para encontrarnos con opiniones de vecines, amigues, compañeres de trabajo, influencers, periodistas y hasta exmodelos, no capacitades en ciencia y salud, que ponen en tela de juicio la idoneidad del sistema de salud, la comunidad científica, el avance de la medicina y la efectividad/seguridad de las vacunas.

A este grupo de «dudoses» podemos separarlo en dos: por un lado, tenemos las opiniones del núcleo duro de la antivacunación en donde se encuentran personas que se basan en algunos de estos conceptos: «A mí me funciona», «Viví toda la vida así y no me paso nada» y «Las vacunas son un curro de la industria farmacéutica», entre otros. La militancia es activa en estos actores de la comunidad que lejos de generar conciencia y edificar opiniones solidas, ponen peligrosamente en discusión de manera errónea, confusa y perjudicial conceptos sobre la salud que se encuentran en constante comprobación y validación científica.

Por el otro lado, se encuentran aquellas personas que dudan sobre la obligatoriedad y necesidad de la vacunación. Estas personas no son militantes ni tampoco fanáticos de la antivacunación pero hay algo en su experiencia personal de vida que genera esa duda activa y ruidosa que se necesita atender y responder otorgando las herramientas correctas para generar un compromiso social.

Quienes creemos que la vacunación es fundamental en la construcción de una sociedad más justa y equitativa no buscamos estigmatizar ni demonizar a quienes no creen esto, sino generar conciencia y compromiso. Elegir hablar de vacunación no es una opinión. Elegir hablar de vacunación es decisión, solidaridad y responsabilidad política. Es importante preguntarnos pero también respondernos, entender y aprender con fundamento y evidencia científica.

¿Vacunación, sí? ¿Vacunación, no? Vacunación, sí. Siempre. Y no importa cuándo se lea esto.

¿Qué son las vacunas?

Según la OMS, se entiende por vacuna a cualquier preparación destinada a generar inmunidad (defensas) contra una enfermedad. Puede tratarse, por ejemplo, de una suspensión de microorganismos inviables (muertos) o atenuados (sin virulencia). Se administran vía inyección u oral a las personas sanas (principalmente niñes aunque también adultes en algunos casos) para generar inmunidad activa y duradera al estimular la producción de defensas (anticuerpos). De esta manera, cuando se administra una vacuna, el sistema inmunológico «cree» que se trata de la enfermedad y responde produciendo los anticuerpos correspondientes.

Si, a lo largo de la vida, la persona entra en contacto con el microorganismo (virus o bacteria) que produce una enfermedad para la cual fue previamente vacunada, los anticuerpos generados gracias a la vacunación se encargarán de «atrapar» o contener al patógeno para que no produzca enfermedad o esta sea más leve.

Las vacunas y el agua potable son las dos herramientas más importantes para la prevención de las enfermedades infecciosas de la historia. Gracias a la vacunación, muchas enfermedades mortales o discapacitantes que eran habituales en el pasado se han controlado e incluso eliminado. Uno de los hitos más importantes de la salud pública mundial fue la erradicación de la viruela en 1980.

Breve historia de la vacunación.

La inmunidad de rebaño

Las vacunas tienen una función individual pero también tienen una función colectiva (o de rebaño). Para alcanzar lo que se conoce como inmunidad colectiva respecto de una determinada enfermedad, se requiere que la cantidad de personas vacunadas contra esta en una comunidad sea mayor a un valor que se denomina «umbral».

Este umbral va a depender de diversos factores, como las características del patógeno (bacteria o virus) y la respuesta inmune (producción de anticuerpos) que este produzca. Cuando este efecto se logra, aunque ingrese en la comunidad un patógeno importado, no va a poder diseminarse con tanta tranquilidad y probablemente no se genere un brote. Es decir, la vacunación y la respuesta inmune que produce responden como barrera o contención para frenar una enfermedad.

En cambio, cuando el número de personas vacunadas está por debajo de ese umbral, los patógenos encuentran una mayor facilidad para diseminarse y generar esa enfermedad.

Vayamos al ejemplo que tenemos más a mano: COVID-19. El patógeno en cuestión es el SARS-CoV-2 que presenta características nuevas y para el cual no existe una vacuna. El organismo humano, en presencia del virus, lo «desconoce» y responde generando anticuerpos. El problema principal radica en que esa respuesta viene acompañada con una enfermedad grave y riesgosa con alta morbilidad y mortalidad. Además, los estudios e investigaciones aun no son concluyentes sobre si esta inmunidad que se genera en respuesta al coronavirus es protectiva y si funciona a largo plazo.

Para evaluar todo esto hace falta tiempo. Tiempo invertido en las investigaciones de laboratorio y tiempo en la generación de evidencia científica. Así que si te estabas preguntando cómo funciona una enfermedad para la cual no hay vacuna: estamos viviendo en tiempo real la respuesta. Por ahora el aislamiento es el mejor tratamiento, así que quedate en casa.  

De la duda al brote

Uno de los mitos refutados hace años es que las vacunas podrían generar autismo. Esta historia comenzó con un paper (modo en el cual se publican los avances científicos) que publicó un gastroenterólogo británico en el año 1998 en el cual establecía una relación entre la vacuna triple viral y el autismo. El hecho fue desacreditado y este científico expulsado de la academia científica a la cual pertenecía. Pese a que la evidencia científica sobre la seguridad de las vacunas y la no asociación con el autismo eran concluyentes, el daño ya estaba hecho y miles de niñes en todo el mundo dejaron de recibir la vacuna.

Este fue uno de los acontecimientos en los cuales se baso la militancia antivacunas. Sin dudas, podemos encontrar muchas más opiniones y supuestos, pero lo que es importante recalcar es que las vacunas son extensamente estudiadas antes de salir al mercado y lo continúan siendo durante todo el tiempo de aplicación. Las vacunas con las que contamos hoy en día son de altísima calidad y los efectos adversos que producen son mínimos.

Uno de los ejemplo de rebrotes en nuestros días es el de sarampión. En 2018, más de 140.000 personas murieron a causa de este virus en todo el mundo y la mayoría de estas muertes se registraron en la población de niñes menores de 5 años. Además, contraer el virus del sarampión puede tener repercusiones sobre la salud a largo plazo ya que deja a les sobrevivientes vulnerables a padecer otro tipo de enfermedades potencialmente mortales.

El porcentaje de casos mortales a causa de sarampión es de alrededor de una muerte cada mil casos. En los países en vías de desarrollo, con altos grados de malnutrición y servicios sanitarios inadecuados, la cantidad de fallecimientos es del 10% y esta cifra asciende al 30% en casos de inmunocompromiso. Entonces, ¿cómo una infección de sarampión con este grado de mortalidad, principalmente en niñes, puede ser mejor que una vacuna cuyo efecto adverso puede ser de uno en millones?

Por el consenso y el compromiso social

Dicen que las vacunas son «víctimas de su propio éxito» porque la comunidad se ha olvidado de las enfermedades terribles de las cuales nos han prevenido al minimizar los efectos protectores que presentan. Pero son estas vacunas las que evitan seis millones de muertes al año, ahorran la pérdida de 400.000 años de vida y previenen 700.000 casos de discapacidad grave.

La vacunación es una de las medidas de Salud Pública que más vidas salvaron y continúan salvando a lo largo de la historia. Son efectivas y aseguradas por el Estado argentino de manera gratuita. Los efectos adversos que se pueden observar, en general, son leves y permiten prevenir enfermedades que, hasta no hace tanto, mataban a millones personas por año e incapacitaban a muchas más.

Existe la enorme certeza de que las vacunas son seguras gracias a las evidencias científicas de altísima calidad, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos y metaanálisis. Es necesario atender a esas evidencias y dejar de lado nuestras connotaciones y emociones negativas y todo aquello que alguien nos dice basado en una opinión o vivencia personal.

La vacunación activa es un derecho y un completo acto de justicia social. Es una de las únicas herramientas que nos emparejan como sociedad, otorgándonos igualdad de condiciones a todes por igual. Las vacunas son un instrumento de equidad y disminuyen la desigualdad en la asistencia sanitaria, proporcionando también beneficios a les más desfavorecides. Las vacunas están dirigidas a todes por igual sin importar su contexto social o económico.

Aceptar la vacunación es amor y solidaridad.

Todas las vacunas del Calendario Nacional son obligatorias, gratuitas y se aplican en vacunatorios, centros de salud y hospitales públicos del país. Nuestro calendario incluye vacunas para todas las etapas de la vida, para situaciones especiales y para grupos específicos.

Para evitar la infodemia sobre COVID-19: CONFIAR.


Fuentes: