No es consentimiento

Durante esta semana, las redes sociales se vieron inundadas de fotografías de tangas en respuesta a un caso de abuso sexual informado el 6 de noviembre por Irish Examiner: una joven irlandesa de 17 años reportó haber sido abusada sexualmente en un callejón de Cork, ciudad de la República de Irlanda.

El acusado, un hombre de 27 años, sostuvo que fueron relaciones sexuales consentidas, y su abogada, Elizabeth O’Connell, solicitó durante el juicio que se tuviera en cuenta la forma en la que la víctima estaba vestida, ya que llevaba una tanga de encaje. La justicia falló a favor del abusador, quien fue absuelto de los cargos, culpabilizando así una vez más a la mujer.

Tras un voto unánime del jurado, compuesto por ocho varones y cuatro mujeres, fue declarado inocente en base a un testimonio del acusado que indicaba que cuando la joven le pidió que se detuviera, él lo hizo.

Sin embargo, la adolescente tiene otra versión de los hechos. Según Diario de Cuyo, la cuestión giró en torno al consentimiento. La joven le dijo al hombre: «Me violaste», mientras que él contestó: «No, solo tuvimos sexo». Ella tiene bastante claro que no dio su consentimiento, nunca antes había tenido relaciones sexuales.

La campaña de apoyo se inició luego de que los hechos se volvieran públicos. Circula con el hashtag #ThisIsNotConsent («No es consentimiento»), que manifiesta lo aberrante de que la ropa interior de la joven haya sido considerada como un argumento para absolver al abusador sexual. Cientos de mujeres se mostraron a favor de la adolescente a través de Twitter, como la usuaria @Samana1988 que sostuvo:

«Estoy del lado de la joven de 17 años en la causa por violación en Cork. Te creo. #ThisIsNotConsent #IBelieveHer. Sí, es bonita [la tanga]. No, no quiero tener sexo. La uso para mí, para nadie más».

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Foto BBC.

La parlamentaria Ruth Coppinger mostró una tanga de encaje en el parlamento, con la intención de crear conciencia sobre la culpabilización de las víctimas de agresiones sexuales. Afirmó que debería haber capacitaciones obligatorias para los jueces y para los miembros del jurado, y además invitó a participar a la gente en las manifestaciones.

Según Irish Examiner, sostuvo:

«O el poder judicial cree los mitos de violación, en cuyo caso debería verse obligado a recibir educación, o los abogados los están utilizando para introducir estereotipos sexistas que, como saben, resuenan en la sociedad y en los jurados. Sospecho que este último es el caso».

«La ropa, el bronceado falso e incluso la anticoncepción se han utilizado recientemente para desacreditar a las mujeres que tuvieron la valentía de ir a los tribunales».

Noeline Blackwell, directora del Dublin Rape Crisis Center (centro de atención para casos de violencia sexual de Dublín), no se mostró sorprendida por la importancia que adquirió la ropa interior de la adolescente.

«La referencia a la ropa interior y la inferencia de que el jurado fuera invitado a pensar que, debido a que estaba vestida de esa manera, estaba «pidiendo» sexo, no nos sorprende. Acompañamos a la gente a los Tribunales y todo el tiempo vemos estereotipos de violación utilizados para desacreditar denunciantes».


Fuentes

Castigar a la víctima

Circula por las redes sociales una reflexión bastante simple: si 5 varones dicen que una mujer es puta o fácil, no se pone en duda, pero si 5 mujeres acusan a un hombre de violador o acosador, se las cuestiona.

Hasta el momento, 5 mujeres denunciaron haber sido acosadas por el conductor de radio y televisión Ari Paluch. Las experiencias que expusieron hablan de abuso en el ámbito laboral e incluyen frases desubicadas, insinuaciones, cuestionamiento de sus capacidades, maltrato cotidiano.

Estas denuncias se escriben en un marco más amplio, donde encontramos cada vez más víctimas que se animan a contar lo que les hicieron, ya sea porque se impone un clima de época atravesado por el feminismo o porque las redes sociales se convierten en una vía de difusión rápida. El problema es que, al mismo tiempo, las redes sociales dan lugar al nuevo método de lapidación del siglo XXI.

En Argentina, vimos las denuncias de varias jóvenes contra el cantante de Salta la Banca, Santiago Aysine, y contra otros miembros de la misma banda como Santiago Maggi y Juanjo Gaspari. Esta semana, sin ir más lejos, salieron a la luz los testimonios de casi 40 mujeres que aseguraban haber sido abusadas por James Toback, director de cine estadounidense.

No todos los ambientes son iguales y no todas las figuras tienen la misma relevancia, pero hay patrones que se repiten: los denunciados son hombres que gozan de determinada fama y éxito laboral, tienen personas o proyectos a cargo, y ese poder relativo parece traducirse en poder sobre los cuerpos de personas que los idolatran o que están subordinadas a ellos.

La pregunta importante es ¿qué pasa en las audiencias cuando las denuncias toman conocimiento público a través de las redes sociales? Varias reacciones también siguen un patrón.

El desprestigio a las mujeres que denuncian es moneda corriente y va en diferentes sentidos. A veces, porque “no denunciaron en el momento” en que ocurrieron los hechos, como si el ejercicio de romper el silencio fuera simple y automático. Otras veces, porque estiman que son parte de una conspiración contra el denunciado.

También entra en juego alguna cuota de identificación: si es tan fácil que una mujer denuncie a un hombre y “arruine su carrera”, ¿por qué no podría pasarme a mí? Entonces, los fusiles apuntan al feminismo: “Esto es todo parte de una moda”.

En todo caso, la culpa recae siempre en la víctima y en los colectivos del feminismo que llevan adelante sus causas, mientras el acusado puede gozar no sólo de los privilegios con los que ya contaba -como el de tener una posición social cómoda, ser reconocido y admirado, ser jefe-, sino también de un ejército de usuarios de las redes sociales dispuestos a defenderlos y creerles gratuitamente.

Se constituye así una forma actualizada de lapidar reclamos y personas. Si en la Biblia se describía cómo se le arrojaban piedras a María Magdalena por cometer adulterio, hoy los comentarios en las redes sociales suplen esa función con una gran dosis de desapego y apatía: los usuarios desconocen a la víctima y al tema en discusión, y pueden injuriar sin tener ningún tipo de responsabilidad sobre lo que suceda a la persona violentada.

Estas situaciones deben servir para analizar el inconsciente colectivo -si es que hay solamente uno- y la lógica de las redes sociales que, lejos de ayudar a la profundización de los debates, ayuda a banalizarlos.

Cuando se hace necesario debatir por qué tenemos que erradicar el abuso en todas sus versiones posibles o por qué es necesario tomar en cuenta la palabra de la víctima en lugar de desmerecerla, se evidencian las raíces del machismo que nos condiciona.

No sólo queda expuesta una solidaridad generalizada con el abusador, sino que se ve entre líneas la imagen de la mujer en falta. La mujer que está en falta por denunciar, por aprovechadora. La mujer que está en falta por no denunciar a tiempo. La mujer que está en falta por no bancársela, la mujer que está en falta por bancársela. La mujer que está en falta por despertar en el hombre deseos sexuales irrefrenables. La mujer que está en falta por no ceder ante el deseo masculino.

En sí, la mujer que está en falta por ser mujer.

Celebramos la decisión del canal América 24 de rescindir el contrato de Paluch, ya que habla de un gesto de la empresa contra una sociedad menos receptiva y menos comprensiva ante los casos de violencia de género.

Todavía queda cuestionarnos la desigualdad. El día que entendamos que un jefe que abusa de su empleada no puede ser lo normal y que una mujer que habla no debe ser castigada, estaremos hablando de un cambio verdadero.

 

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«TODAS TE CREEMOS»

Una joven chilena de apenas 23 años, Valentina Henríquez, denunció hace unas semanas mediante una publicación en Facebook la forma en que había sido agredida, tanto física como psicológicamente, por su expareja, Camilo Castaldi, un famoso cantante chileno de la banda «Los Tetas».

El pasado jueves 6 de julio, la coordinadora de «Ni Una Menos», las Secretarías de Sexualidades y Géneros (Sesegen) de la Universidad de Chile y miles de mujeres salieron a la calle para apoyar a Valentina, al grito de «Valentina, te creemos», «Basta de impunidad», y otros tantos cánticos que hicieron resonar Chile.

Devastada, la chilena acudió a la Justicia para realizar la denuncia que le prohibió a Castaldi, por fin, continuar acercándose a ella. Posteriormente, la joven compartió, como ya mencionamos, su historia en Facebook y más de 200 mil usuarios la hicieron eco.

Además, la joven confesó que desde los tres meses de noviazgo, Camilo la golpeó en reiteradas oportunidades, ocasionándole fuertes heridas en los brazos, las piernas y la cara; y no debía convivir solo con este dolor y el miedo de no saber qué hacer ni cómo terminaría, sino que se sumaba al sufrimiento la adicción a drogas, es decir, el consumo habitual de cocaína al que el hombre estaba sometido.

Mientras tanto, el cantante de 39  años asegura que las acusaciones de Valentina son por completo injustas, y la responsabiliza de padecer grandes trastornos psicológicos y hasta de causarse ella misma las heridas; alegato que resulta poco convincente no solo para la Justicia, sino también para el pueblo, que se hizo oír contra la violencia de género y repudia todo tipo de violencia.

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En tanto, en la manifestación a la que concurrieron miles de personas en Chile para hacerse oír y donde no solo se mostraban contra la violencia de género y contra la impunidad, también se intentó reflejar el acompañamiento y el apoyo que las víctimas tienen dentro de la sociedad civil y del pueblo, un pueblo que se hace oír, un pueblo que late.

Así, como vemos en la foto «Tu silencio no te protegerá», todos sabemos que denunciar no es fácil ni sencillo, pero debemos tomar fuerzas, hacernos escuchar, levantar la voz, ayudar a las víctimas a salir adelante, ayudar a denunciar. Debemos velar por un futuro mejor, velar por + AMOR, – VIOLENCIA.

FUENTE: EL PAÍS

 

Terrorismo sexual

      “Además de puta, guerrillera” vociferaban los monstruos, mientras dejaban caer sus cuerpos calientes, llenos de odio e ignorancia, sobre los cuerpos indefensos de las mujeres que allí dentro habían perdido todo individualismo, y solo se consideraban cuerpos, así sin más, con dudas hasta de si tenían vida.

      “Además de puta, guerrillera” justificaba el animal, para nada racional, mientras atacaba con la violencia digna de un depredador que busca conquistar a su presa y así sumar victimas a su estante de trofeos humanos.

      “Además de puta, guerrillera” se terminaban creyendo las victimas de consecutivas violaciones. Era lo único que escuchaban, constantemente, junto con los gritos de agonía de sus compañeros.

El género y el factor biológico fueron agravantes durante el cautiverio en los Centros Clandestinos de Detención. Las violaciones sexuales, los abusos y las vejaciones fueron perpetrados de forma sistemática.

Esclavas sexuales

Por alguna extraña razón, estos simios con poder decidían a dedo limpio quien merecía un ¿mejor? trato, y así separaban a sus víctimas en dos grandes grupos: las que eran llevadas a departamentos privados con sábanas limpias, para que la humillación fuera menor (como si eso fuese posible), y las que eran esposadas a camas de chapa para ser violadas cuando les quedara cómodo.

De todas formas, una vez satisfechas las necesidades de los machitos, las de ambos grupos volvían a los grilletes, las esposas y el tabique.

Los abusos sexuales en los Centros Clandestinos de Detención no constituían hechos aislados, sino que conformaban una práctica habitual que se exteriorizaba, indistintamente, a través de diversas conductas.

Comenzaba con episodios como el momento del baño, donde los guardias las obligaban a desnudarse frente a ellos mientras reían y observaban sus cuerpos, gozando de ese morbo tan característico del disfrutar la humillación ajena.

Las violaciones carnales, donde introducían su miembro o algún objeto de similar apariencia en la vagina de la víctima, eran el final de aquellas vejaciones.

“[…] Yo tengo clarísimo que en ese momento pensé: ¿podrá aguantar una mujer que la violen siete hombres, uno atrás del otro? ¿Podrá el cuerpo? Bueno, si no puede, tendrá que poder. Yo tengo que resistir porque, si no, me van a matar” declaró una víctima en la causa ESMA durante el juicio oral en 2010.

 

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Un instrumento más del terrorismo de Estado

La abogada Analía Aucía, una de las autoras de Grietas en el silencio, un libro sobre la violencia sexual en la dictadura, declara que “los valores de una sociedad patriarcal se trasladaron y agudizaron durante la dictadura”, lo que transformó la violación sexual en “un mecanismo para reubicar a las mujeres”.

    “Esto lo podemos deducir porque las entrevistadas en la investigación nos trasmitieron el discurso de los represores, que les decían frases como ‘Mirá en lo que te metiste, si te hubieras quedado en tu casa, cuidando a tu hijo, no te hubiera pasado esto’. Estos dichos no aparecían en los varones cuando se los torturaba o se les aplicaba cualquier tipo de violencia”, afirma Aucía.

La sobreviviente y periodista Miriam Lewin considera que los delitos sexuales no solo tenían como objetivo la humillación o el quiebre directo en la mujer, sino que también eran una herramienta de disciplinamiento.

    “Muchas veces, las violaciones se hacían en público o de manera que los varones tuvieran conciencia de que eso estaba teniendo lugar. Esto está confirmado por muchísimos testimonios. Había mujeres que eran violadas delante de sus maridos o pared de por medio”, relató Lewin.

Delitos de Lesa Humanidad

En 2010, por primera vez, se consideró a las violaciones ocurridas durante la última dictadura militar argentina como un delito de lesa humanidad, en la sentencia que condenó a cadena perpetua al represor Gregorio Rafael Molina.

La Cámara Nacional de Casación Penal consideró culpable al ex jefe del centro clandestino La Cueva por ser “autor del delito de violación de forma reiterada”, entre otras cosas.

A su vez, dictaminó que las violaciones no hubieran ocurrido “de no encontrarse en aquella situación y amparándose en la posición del poder que detentaba”.   

La violencia sexual fue invisibilizada en los testimonios de la década de 1980 en la Argentina, ya que el relato se construyó en torno a la búsqueda de prueba a través del reconocimiento e identificación de personas que continúan desaparecidas.

Sin dudas la principal dificultad es la negativa de los jueces de instrucción a imputar penalmente a los señalados como responsables por delitos de violación sexual, y la falta de sensibilización de los operadores judiciales con respecto a estos temas.

De todas formas, las violaciones fueron solo otra de las prácticas deshumanizadoras que se instalaron en la última (y más sangrienta) Dictadura Militar Argentina.