Violadores en manada: nada nuevo bajo el sol

«La violación no es una anomalía de un sujeto solitario, es un mensaje pronunciado en sociedad».

(La Nueva Elocuencia del Poder, una conversación con Rita Segato, 2013).


La Manada española

En el año 2016, durante las fiestas de San Fermín en Pamplona (Navarra, España), cinco hombres en grupo abusaron sexualmente de una joven de 18 años. El caso tuvo repercusión internacional inmediata pero, aunque en diciembre de 2018 fueron condenados a nueve años de prisión por abuso sexual, siguen en libertad provisional.

El hecho no fue considerado «violación» porque para el Código Penal español «debe existir intimidación y violencia», mientras que la actitud de la víctima según los videos que circularon era de «sometimiento y pasividad».

Los casos argentinos en 2019

Tres jóvenes fueron atacadas en la noche de Año Nuevo. En un camping de la localidad balnearia de Miramar (Buenos Aires), cinco adultos violaron a una adolescente de 14 años. En Las Lajitas (Salta), tres hombres hicieron lo mismo con una joven de la misma edad. La madre la encontró en el interior de una vivienda, desnuda y encerrada. En Villa Elisa (La Plata), una menor de 15 años denunció haber sido abusada sexualmente por siete hombres encapuchados.

Ni el caso español ni las recientes denuncias argentinas son hechos excepcionales. Alrededor del mundo se producen escenas similares. ¿Qué intencionalidad tiene la violación? ¿A quién va dirigida? Aunque se hable de «manadas», no son animales ni monstruos. Son hijos sanos del patriarcado, un sistema asimétrico de poder que aniquila voluntades y produce cuerpos-objetos disponibles para el consumo del dominador.

Violaciones grupales: crímenes de poder

Es tal vez la antropóloga argentina Rita Segato la voz más autorizada para hablar sobre estas escenas que se repiten. Investigó a violadores en la cárcel de Brasilia (Brasil) y analizó los femicidios en Ciudad Juárez (México). A partir de su experiencia, elaboró una teoría –publicada en diversos libros– que intenta darle un marco interpretativo a este tipo de delitos.

Ella considera a las violaciones como crímenes de poder que buscan el aniquilamiento de la voluntad de la víctima y sostiene que son actos vinculados a la consumición del otro, ya que implican no sólo la dominación física sino también la subordinación psicológica y moral, porque «la sexualidad, en el mundo que conocemos, está impregnada de moralidad» (36:2013).

Segato concibe la violación como un tipo de violencia expresiva (21:2013). Como un enunciado que se dirige a uno o varios interlocutores, que pueden o no estar físicamente en la escena. «El violador emite sus mensajes a lo largo de dos ejes de enunciación», sostiene.

En el vertical, le habla a la víctima mediante un discurso punitivo, porque en el imaginario compartido la mujer debe ser contenida, censurada y disciplinada. En el horizontal, se dirige a sus pares para solicitar el ingreso en su sociedad, competir con ellos o adquirir una posición destacada en la fratría. «Esto es así porque en la historia del género, la masculinidad es un estatus condicionado a su obtención (…) mediante un proceso de aprobación o conquista» (23/24:2013).

Asimismo, afirma que la violación adquiere la forma de un mandato y enumera el discurso de los violadores (31:2003) para intentar explicar, desde su perspectiva, qué es lo que los lleva cometer este delito:

  1. Castigo o venganza contra una mujer genérica que se salió de su lugar (posición subordinada) y que muestra signos de una sociabilidad y una sexualidad autónomas. Es un acto disciplinador en el que el violador es un moralizador.
  2. Como agresión contra otro hombre genérico cuyo poder es desafiado y su patrimonio usurpado mediante la apropiación de un cuerpo femenino.
  3. Como una demostración de fuerza y virilidad ante una comunidad de pares, con el objetivo de garantizar o preservar un lugar entre ellos al probarles que uno tiene competencia sexual y fuerza física. Es el caso de las violaciones grupales. «Se trata más de la exhibición de la sexualidad como capacidad viril y violenta que de la búsqueda de placer sexual» (33:2003).

Desde este marco interpretativo se desprende que, como sostiene la académica, «el sujeto no viola porque tiene poder o para demostrar que lo tiene, sino porque debe obtenerlo» (40:2003) y que «aunque la sexualidad proporcione el arma o instrumento para perpetrar la agresión, el ataque no es propiamente del orden de lo sexual» (43:2003).

Si bien estos delitos no son nuevos, se observa un recrudecimiento en las maneras de ser consumados, en un contexto de cambio de paradigma que cuestiona la asimetría de poder existente entre los géneros. Estas modificaciones en las maneras de relacionarse y en el accionar de las mujeres respecto de sus vidas y su sexualidad permiten sumar otra explicación a las violaciones como actos disciplinadores.

Luciana Peker cita a Florencia Alcaraz en «Putita Golosa»:

«Hay un neo machismo, un neo patriarcado que busca restablecer esos mandatos sociales de pasividad social que se espera de nosotras. Entre las pibas cuya autonomía pasa por el deseo, por disfrutar de sus propios cuerpos y estas masculinidades que no se repiensan, está la violencia machista en forma de venganza y ahí aparecen la violación cruenta y el femicidio con femicidios cada vez más crueles» (237:2018).

 

 


Fuentes consultadas:

Bibliografía de referencia:

  • Peker, Luciana (2018): “Putita Golosa”. Editorial: Galerna.
  • Segato, Rita Laura (2003): “Las Estructuras Elementales de la Violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los Derechos Humanos”. Editorial: Prometeo – Universidad Nacional de Quilmes.
  • Segato, Rita Laura (2013): “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez”. Editorial: Tinta Limón.

Cuando denunciar es delito

Las mujeres de Corea del Sur son víctimas de un sistema desigual, paralizador e intimidante. A pesar de los progresos alcanzados tanto a nivel económico como tecnológico, en lo social sigue siendo un país de índole patriarcal, donde el 52% de las víctimas de asesinato son mujeres y donde denunciar puede convertirse en un arma de doble filo.

Según el portal español El Mundo, en el país asiático una persona puede ser juzgada incluso si ha dicho la verdad, por manchar la reputación de otra. Un caso reciente conocido es el de una oficinista, cuya identidad se resguarda bajo la letra “D”, que presentó una denuncia en la que afirmó haber sido violada. Frente a esto, su agresor contraatacó bombardeándola con querellas.

Las estrictas leyes contra la difamación provocan que decir la verdad pueda ser considerado un delito. La Vanguardia expuso que «D» fue sometida a numerosas preguntas por parte de un investigador sobre “sus intenciones de destruir la vida de un joven prometedor”, e incluso los fiscales fueron alentados a no acusar al joven.

«D» renunció a su trabajo y querelló contra la policía, contra la fiscalía y contra el mediador del gobierno encargado de los derechos humanos para lograr que su caso avanzase frente a las numerosas denuncias y los acosos del agresor y sus familiares.

“Presentó querella tras querella contra mí, acusándome de difamación, de insultos, de perjurio, de intimidación e incluso de acoso sexual. Durante meses no pude comer. No podía dormir, tenía la impresión de estar sumida en un pantano del que no saldría nunca”. – “D”

Aunque el caso de “D” fue “resuelto” con solo dos años de cárcel a su agresor, estas situaciones no son inusuales: un número creciente de agresores sexuales utilizan este sistema en su beneficio, para obligar a las victimas a callar o retractarse. Presentar una denuncia en la comisaría no es motivo de difamación, mas sí lo es hablar en público, y si la justicia lo decide, la victima puede ser juzgada por falsa acusación.

“Todo el sistema tiene un efecto paralizador sobre las mujeres. Muchos agresores usan abiertamente la amenaza de querella para intimidar”. – Seo Hye-Jin,(Asociación de Abogadas Coreanas).

Cho Jae-Yeon trabaja para el Teléfono Rojo de las Coreanas, y asegura que muchas víctimas no se dan a conocer porque sostienen que no podrían soportar ser investigadas ni arriesgarse a una eventual condena, como si no hubiesen sufrido suficiente ya.

En caso de denunciar, la víctima debe demostrar que opuso resistencia al momento del ataque, porque la violación se define como el resultado “de la violencia o la intimidación” y no de la ausencia de consentimiento. En el pasado, se desestimaron varios juicios por violación porque las víctimas “no se resistieron lo suficiente”.

Pese a todas estas situaciones, gracias al movimiento MeToo, cada vez son más las que se animan a denunciar a figuras importantes del campo de la política, el arte y la religión, entre otros.

 


Fuentes

#Opinión: Con nosotres no van a poder

Asistimos a un momento de transición, en el cual las voces ya no se callan. Se dice lo que está pasando; estamos perdiendo el miedo y eso nos empodera, nos da valor. Pero en muchos sectores eso molesta, se niegan el abuso, las violaciones, y se termina cuestionando -como en tantos otros casos- a la víctima.

Hace años, se vienen gestando nuevas formas de representación y de acción al pensar en lo femenino y lo masculino, así como también han surgido nuevas elecciones de género con todo lo que esto conlleva.

El movimiento es mundial. En nuestro país, por dar tan solo un ejemplo, desde el colectivo #NiUnaMenos se visibilizan los casos de violencia de género en todas sus formas, se convoca a salir a la calle, se apoya a quienes hayan sido víctimas, y por sobre todo se construye un nuevo escenario donde se intenta crear conciencia de que no debemos callar.

Que nadie tiene derecho a coartar nuestras libertades, ni a forzarnos sexual o psicológicamente para realizar actos que no queramos.

Hemos tomado conciencia (más tarde o más temprano) de que los mensajes, las palabras y las acciones que vienen colándose por todos las fisuras de la sociedad avalan un eje machista, patriarcal y heteronormativo.

Además, empezamos a ver la cantidad de veces en que el micro-poder (que muchos creen tener sobre nosotres) es y ha sido utilizado en cada intersticio de nuestras vidas, por creerse los ajenos dueños de nuestros cuerpos, de nuestras mentes y de nuestras vidas.

Damos batalla, claro. Pero hay que ser constante y no dejar pasar nada.

En estos meses,  el ambiente de Hollywood, se dieron a conocer casos que habían estado ocultos por décadas. Harvey Weinstein fue el primero; leer cada relato, cada caso, es confirmar una vez más que quien ejerce la violencia se siente impune, se ampara en su poder, al mismo tiempo que crea una red que lo consiente, lo avala y hasta llega a poner sus ojos sobre las víctimas.

Se cuestiona por qué «no hablaron antes», por qué siguieron en la industria, cuál es el fin de denunciar ya ocurrido el hecho, y una multitud de preguntas que conducen como mínimo a dos respuestas: ¿para qué? Alzar la voz para que no siga ocurriendo, y dejar de cargar con ese dolor y la culpa de no haber hablado.

Alguien que fue abusado, acosado, o que fue víctima de una violación no encuentra fácil decirlo. Se necesita mucha fuerza, y una cierta red de contención para que, cuando cuente lo ocurrido, sepa que va a estar a salvo. La víctima vuelve a revivir lo que le ha pasado, y se expone. Expone su intimidad, se abre y lo que suele recibir son más golpes de toda una sociedad que se supone debiera estar de su lado. Pero no, no lo hace.

Harvey fue la gota que rebalsó el vaso, pero detrás de él vinieron Kevin Spacey, Ed Westwick y Casey Affleck, entre otros.

A medida que las denuncias salían a la luz, así también empezaba a quedar expuesta la forma en que el mercado propicia este tipo de situaciones y mira para otro lado, hasta que todo explota en sus caras. Entonces comienzan los comunicados, los «despegues» tal vez más mediáticos que sinceros, y el rol de los medios como algo fundamental una vez más.

En nuestro país, de unos años a esta parte también hemos asistido a “la caída” de ciertos ídolos, sobre todo en los ámbitos de la música y la televisión. Ya no son impunes, ya no se les tiene miedo, aunque eso muchas veces implique quedarse sin trabajo, quedar expuesto y recibir todo tipo de cuestionamientos y amenazas en la era 2.0 que todo lo ve y todo lo opina.

En redes y en otros ámbitos se banca a “los ídolos”, y uno llega a preguntarse ¿ídolos de qué?

Empezando con las declaraciones de Gustavo Cordera, que le costaron mucho más que su condena mediática, y cómo se intentó fingir que no había pasado nada, o al menos que no había sido para tanto: desde Vorterix, Mario Pergolini, un hombre hábil para los medios y los negocios así como también uno de quienes mayor acceso tienen a todo este mundo, decía que no creía que lo de Cordera hubiera sido tan grave.

Puntos a su compañera de piso, quien se puso firme y al aire le cuestionó su postura.

Hace poco tiempo se dio una situación similar en una entrevista a Santiago Aysine (cantante de Salta La Banca), quien fue denunciado por abuso de parte de distintas mujeres. En la misma radio y bajo las mismas reglas, se le dio la palabra a Aysine y hubo un intento de limpiar un poco su imagen.

Con una lectura un poco más profunda de aquella entrevista, hay cosas que suenan poco creíbles o, como mínimo, demagogas. Y claro, nosotres no tenemos la verdad, pero la verdad es necesaria para las víctimas, y si alguien hizo uso de su fama, su estatus o su nivel para forzar a otra persona a hacer algo, eso es abuso, acá y en todas partes.

A fuerza de lucha, lectura y conciencia, el pensamiento ha cambiado y nuestra fortaleza también. Nadie puede hostigarnos, ni tocarnos, ni hacernos absolutamente nada que no deseemos, y si lo hacen, sepan que no nos vamos a quedar quietxs ni calladxs. Porque sabemos quiénes somos, hacia dónde vamos, y lo que valemos.

En la vida diaria no se hace fácil esa lucha, pero la damos porque es necesaria. Cada día, están presentes esos paradigmas y pensamientos que atrasan siglos, pero muchxs tratamos de combatirlos: argumentamos, leemos, escribimos, ampliamos otras voces, ponemos un tope en cada fisura por donde intenten colarse esas formas de poder, esas normas, esas personas que se sienten dueñxs de otres.

Ahí estaremos, y ahí estamos para contarles y mostrarles que no.

Que con nosotres ya NO VAN A PODER.